La luz que no puedes ver
Cinco: Enero de 1941 » Prisionero
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PRISIONERO
Una noche de febrero despiertan a los cadetes a las dos de la mañana y los arrastran fuera, al brillo resplandeciente. Hay antorchas encendidas en el centro del patio interior. Un Bastian con el pecho hinchado como un barril camina como un pato mostrando las piernas desnudas bajo el abrigo.
Frank Volkheimer emerge de las sombras arrastrando a un hombre harapiento y esquelético que lleva zapatos de pares diferentes. Lo arroja tras el comandante, donde un poste ha sido clavado en la nieve, y ata con fuerza el torso del hombre al poste.
Una bóveda de estrellas cuelga sobre sus cabezas. La respiración colectiva de los cadetes se mezcla en el patio como una pesadilla en común.
Volkheimer se retira. El comandante da un paso al frente.
—Muchachos, no os vais a creer qué tipo de criatura es esta. Qué bestia desagradable, qué centauro, un Untermensch[11].
Todos estiran el cuello para observarlo. El prisionero tiene los tobillos esposados y los brazos atados al poste. La delgada camisa está destrozada en las costuras y el hombre tiene la mirada fija a una distancia intermedia, débil debido a la hipotermia. Parece polaco. Tal vez ruso. A pesar de estar atado logra mecerse lentamente adelante y atrás.
Bastian dice:
—Este hombre se escapó de un campo de trabajos forzados. Intentó entrar a la fuerza en una granja y robar un litro de leche fresca. Fue detenido antes de que lograra hacer algo incluso peor. —Hace un gesto vago hacia el otro lado del muro—. Estos bárbaros son capaces de cortarnos la garganta en un segundo si los dejamos.
Desde el viaje a Berlín un gran temor ha estado creciendo en el pecho de Werner. Comenzó poco a poco, lento como el paso del sol a lo largo del día, pero ahora se descubre escribiéndole cartas a Jutta en las que tiene que esquivar la verdad y asegurar que va todo bien aun cuando siente que las cosas no van bien. En sueños se sume en escenas en las que la madre de Frederick se transforma en un demonio de mirada lasciva y boca diminuta que coloca sobre su cabeza los triángulos que dibuja para el doctor Hauptmann.
Miles de estrellas congeladas presiden el patio. El frío es invasivo e indiferente.
—¿Y esa mirada? —dice Bastian y agita su regordeta mano—. ¿No da la sensación de que no tiene nada que perder? Un soldado alemán jamás llega a este punto. Esta forma de mirar tiene un nombre. Se llama «bordeando el sumidero».
Los chicos se esfuerzan por no tiritar. El prisionero baja los párpados ante la escena como si estuviera viéndola desde alguna posición elevada. Volkheimer regresa acarreando una pila de cubos. Otros dos alumnos mayores desenrollan y acercan una manguera a través del patio. Bastian explica: primero los instructores. Luego los estudiantes del último año. Todos pasarán en fila y mojarán al prisionero arrojándole un cubo con agua. Todos los hombres de la escuela.
Y comienzan. Uno a uno, cada instructor coge el cubo cargado que le entrega Volkheimer y lanza el contenido al prisionero que está a unos pasos de distancia. Los gritos de aclamación se elevan en mitad de la gélida noche.
Con los primeros dos o tres baldazos, el prisionero vuelve en sí y se sacude de pie. Se forman arrugas verticales entre sus ojos, como si estuviera intentando recordar algo de vital importancia.
Entre los instructores de capa negra pasa el doctor Hauptmann apretándose el cuello de la camisa con los dedos enfundados en guantes. Hauptmann acepta su cubo, arroja el agua y no se detiene a observar cómo da en blanco.
El agua sigue cayendo. El rostro del prisionero se vacía. Se desploma sobre las sogas que lo sostienen y su torso resbala por el poste, por lo que de vez en cuando Volkheimer sale de las sombras, emerge extraordinariamente enorme, y el prisionero vuelve a quedar enderezado.
Los estudiantes del último año desaparecen en el castillo. Cuando rellenan los cubos estos emiten un ruido mudo, metálico. Pasan los cadetes de dieciséis años, los de quince. Los gritos de aclamación van perdiendo entusiasmo y a Werner lo inunda un verdadero deseo de huir. Corre. Corre.
Solo faltan tres chicos antes de que sea su turno. Dos. Werner intenta ver otras imágenes flotando ante sus ojos pero las únicas que aparecen son penosas: el montón de chimeneas sobre la cantera nueve, los encorvados mineros que caminan como si arrastraran el peso de enormes cadenas, el chico que cayó en los exámenes de ingreso. Todo el mundo parece atrapado en su papel: los huérfanos, los cadetes, Frederick, Volkheimer, la vieja judía que vive en el piso de arriba. Incluso Jutta.
Cuando le llega su turno Werner arroja el agua igual que todos los demás y el chorro da al prisionero en el pecho. Se oye un vitoreo superficial. Se une a los cadetes que esperan a ser liberados. Las botas mojadas, los puños mojados. Las manos se le han entumecido tanto que no le responden.
Cinco chicos más tarde llega el turno de Frederick. Frederick, que claramente no ve bien sin sus gafas, que no ha estado vitoreando cada vez que un baldazo alcanzaba el objetivo, que frunce el ceño al prisionero como si reconociera algo en él.
Y Werner sabe lo que Frederick va a hacer.
Frederick debe ser empujado por el niño que está detrás de él en la fila. El chico del último curso le entrega el cubo y Frederick desparrama el contenido en el suelo.
Bastian da un paso al frente. Tiene la cara enrojecida a pesar del frío.
—Dale otro cubo.
Frederick vuelve a derramarlo en la nieve a sus pies. Dice en voz baja:
—Ya está acabado, señor.
El chico del último curso le alcanza un tercer cubo.
—Tíralo —le ordena Bastian.
Todo en la noche echa vapor. Las estrellas se queman, el prisionero se bambolea, los chicos observan, el comandante inclina la cabeza. Frederick derrama el agua en el suelo.
—No lo haré.