La luz que no puedes ver
Cinco: Enero de 1941 » Plage du Môle
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PLAGE DU MÔLE
El padre de Marie-Laure ha desaparecido hace veintinueve días. Ella se despierta con el sonido de los recios zapatos de madame Manec subiendo a la tercera planta, la cuarta, la quinta.
Oye la voz de Etienne en el pasillo, a la salida de su estudio:
—No lo hagas.
—Él nunca lo sabrá.
—Pero ella es responsabilidad mía.
Suena un inesperado tono metálico en la voz de madame Manec.
—No puedo compartir esa decisión ni un segundo más.
Sube hasta la última planta. La puerta de Marie-Laure chirría al abrirse. La anciana cruza la habitación y apoya su pesada y huesuda mano sobre la frente de Marie-Laure.
—¿Estás despierta?
Marie-Laure rueda hasta una esquina y habla desde debajo de las sábanas.
—Sí, madame.
—Voy a sacarte. Trae tu bastón.
Marie-Laure se viste. Madame Manec la espera al final de la escalera con una rebanada de pan. Ata la bufanda alrededor de la cabeza de Marie-Laure, le abotona el abrigo hasta el cuello y abre la puerta de delante. Es una mañana de fines de febrero, el aire huele a lluvia y a tranquilidad.
Marie-Laure duda, escucha. El corazón le late dos, cuatro, seis, ocho veces.
—Casi nadie ha salido aún, querida —susurra madame Manec—, y no estamos haciendo nada malo.
La puerta cruje.
—Un escalón más abajo, todo recto y eso es todo.
Marie-Laure siente los adoquines de la calle como algo irregular bajo sus pies, la punta de su bastón se atasca, vibra, se vuelve a atascar. Una lluvia suave cae sobre los tejados, se desliza formando pequeños arroyos, le humedece la bufanda. El sonido rebota entre las altas casas; siente, al igual que la primera vez que estuvo aquí, como si hubiese entrado en un laberinto.
Muy por encima de ellas alguien sacude un trapo en una ventana. Un gato maúlla. ¿Qué peligros les amenazan ahí fuera? ¿De qué estaba papá tan ansioso por protegerla? Giran en la primera esquina, después en la segunda y luego madame Manec gira hacia la izquierda en un lugar en el que Marie-Laure no esperaba, un lugar en el que el muro de la ciudad, cubierto de musgo, ha sido apartado sin ser destruido, y atraviesan una de las entradas.
—¿Madame?
Salen de la ciudadela.
—Hay unas escaleras hacia abajo, ten cuidado. Una, dos, ya estás. ¿Has visto qué fácil?
El océano. ¡El océano! ¡Justo frente a ella! Había estado cerca todo este tiempo. Chupa y explota y rompe y retumba, se encoge y dilata y cae sobre sí mismo, el laberinto de Saint-Malo se ha abierto como el mayor portal de sonidos que ha experimentado jamás. Más grande que el Jardin des Plantes, que el Sena, que la galería más grande del museo. No se lo había imaginado bien, no había comprendido su escala.
Cuando alza la cara hacia el cielo siente miles de ínfimas gotas de lluvia deshaciéndose en sus mejillas, en su frente, oye la áspera respiración de madame Manec y el profundo sonido del mar entre las rocas y la llamada de alguien que está en la playa y el eco en los acantilados. En su mente aún puede oír a su padre puliendo los candados, al doctor Geffard caminando entre las hileras de cajones. ¿Por qué no le dijeron que era así?
—Es monsieur Radom llamando a su perro —dice madame Manec—, no tienes por qué preocuparte. Aquí está mi brazo. Siéntate y quítate los zapatos. Súbete las mangas del abrigo.
Marie-Laure hace lo que le dice.
—¿Están mirando?
—¿Los boches? ¿Y qué si lo hacen? No somos más que una vieja y una niña. Les diré que estamos buscando almejas. ¿Qué nos pueden hacer?
—El tío dice que han enterrado bombas en las playas.
—No te preocupes por eso, él se asusta hasta de una mosca.
—Dice que la luna hace que retroceda el océano.
—¿La luna?
—Y a veces el sol también. Dice que la marea genera alrededor de las islas unos embudos capaces de tragar barcos enteros.
—No vamos a ir a ninguno de esos lugares, querida. Estamos en la playa.
Marie-Laure se desata la bufanda y madame Manec la recoge. Un aire color peltre, salado y con olor a plantas, le recorre el cuello.
—¿Madame?
—¿Sí?
—¿Qué hago?
—Camina.
Ella camina. Siente unos fríos guijarros bajo los pies. Luego crujientes algas. Y ahora algo más suave, mojado, una arena sin arrugas. Se inclina y estira los dedos. El tacto es parecido al de la seda fría. Una seda fría, suntuosa sobre la que el mar deja sus ofrendas: piedras, conchas, percebes, pequeños fragmentos de ruinas. Escarba con los dedos y busca, las gotas de lluvia le rozan la nuca y el dorso de las manos. La arena expulsa calor a través de sus dedos y bajo las plantas de sus pies.
Un viejo nudo que había en el interior de Marie-Laure comienza a deshacerse. Camina a lo largo de la línea de la marea, al principio casi gateando, e imagina la playa abriéndose en ambas direcciones, resonando contra el promontorio, abrazando las islas exteriores, la completa filigrana de la línea costera bretona con sus cabos salvajes y sus ruinas cubiertas de enredaderas. Imagina la ciudad amurallada a sus espaldas, con sus muros altos y sus caóticas calles. Todo como en la pequeña maqueta de papá, pero lo que rodea la maqueta es algo que su padre no ha sabido expresar, lo que está más allá de la maqueta es lo más emocionante del mundo.
Una bandada de gaviotas pasa volando por encima de sus cabezas. Cientos de miles de pequeños granos de arena se comprimen en sus puños. Siente que su padre la levanta en brazos y le da tres vueltas.
Ningún soldado de la ocupación viene a arrestarlas, nadie les dirige la palabra. Durante esas tres horas los entumecidos dedos de Marie descubren una medusa, una boya incrustada y un millar de piedras pulidas. Se mete en el agua hasta las rodillas mojando el dobladillo del vestido. Cuando por fin madame Manec la lleva de vuelta —empapada y aturdida— a la rue Vauborel, Marie-Laure sube las cinco plantas, llama a la puerta del estudio de Etienne y espera frente a ella con la cara cubierta de arena húmeda.
—Has estado fuera mucho tiempo —murmura—, me he preocupado.
—Mira, tío —saca de los bolsillos un puñado de conchas, percebes y trece guijarros de cuarzo cubiertos de arena—, te he traído esto, y esto, y esto, y esto.