La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Cinco: Enero de 1941 » Talladores

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TALLADORES

En los últimos tres meses el sargento mayor Von Rumpel ha viajado a Berlín y a Stuttgart, ha catalogado el valor de un centenar de anillos confiscados, una docena de pulseras de diamantes, una cigarrera letona con un topacio azul encastrado y ahora, de vuelta en París, ha estado en el Grand Hôtel una semana y ha enviado sus consultas como si fueran pájaros. Todas las noches ha ocurrido lo mismo: cada vez que ha tenido entre el pulgar y el índice el diamante con forma de pera, enorme bajo la lente de su lupa, ha creído sujetar los ciento treinta y tres quilates del Mar de Llamas.

Ha observado el interior azul de la piedra en el que unas montañas en miniatura parecían devolver fuego, una cordillera de montañas carmesíes, corales y violetas, polígonos de color que centelleaban y chispeaban al girarlo, y casi se ha convencido a sí mismo de que las historias eran ciertas, de que hace siglos el hijo de un sultán llevó una corona que cegaba a los visitantes, que el poseedor del diamante no puede morir, que la piedra de la fábula se ha soltado del gancho de la historia y ha caído en la palma de su mano.

En esos momentos ha tenido una sensación de alegría…, de triunfo, pero también un inesperado miedo, la piedra tenía el aspecto de algo encantado, de algo no dirigido a los ojos de los hombres. Un objeto que, una vez observado, no se podía olvidar jamás.

Pero finalmente la razón siempre vencía. Las aristas del diamante no eran todo lo afiladas que debían ser. El engarce era ligeramente cerúleo, o, más aún, la piedra se delataba al no tener delicadas grietas ni detalles, ni una sola incrustación. «Un verdadero diamante», solía decir su padre, «siempre tiene alguna incrustación. Un verdadero diamante jamás es perfecto».

¿Había esperado que fuera real, que estuviera en el preciso lugar en el que él deseaba que estuviera? ¿Conseguir la victoria en un solo día?

Por supuesto que no.

Se podría pensar que Von Rumpel se siente frustrado, pero no es así. Todo lo contrario, se siente esperanzado. El museo jamás habría encargado una pieza falsa de una calidad tan superior si no guardase el objeto real en algún lugar. Durante las semanas que pasa en París, en las horas que le quedan entre otras ocupaciones, ha reducido una lista de siete talladores a tres y luego a uno: un medio argelino llamado Dupont que creció tallando ópalos. Al parecer, antes de la guerra Dupont hacía dinero facetando espinelas como si fueran falsos diamantes para viudas nobles y baronesas. También para los museos.

Una medianoche de febrero Von Rumpel entra en la desagradable tienda de Dupont, cerca del Sacré-Coeur. Examina una copia del Piedras preciosas y gemas de Streeter, dibujos de puntos de corte en el cristal, gráficas trigonométricas utilizadas en el tallado. Cuando encuentra varias meticulosas repeticiones de un molde que encaja perfectamente con el corte en forma de pera de la piedra que estaba en la caja fuerte del museo, sabe que ha encontrado a su hombre.

Por petición de Von Rumpel se le entregan a Dupont varios cupones de comida falsos. Ahora Von Rumpel espera. Prepara sus preguntas: ¿Hiciste otras copias? ¿Cuántas? ¿Sabes quién las tiene?

El último día de febrero de 1941 un elegante y pequeño hombre de la Gestapo se acerca a él con la noticia de que el inconsciente Dupont ha intentado usar los falsos cupones de comida. Ha sido arrestado. Kinderleicht: un juego de niños.

Es una atractiva y lluviosa noche de invierno, con restos de nieve que se derrite contra los bordes de la Place de la Concorde. La ciudad tiene un aspecto fantasmagórico, las ventanas embellecidas con gotas de lluvia. Un cabo de pelo corto comprueba la identificación de Von Rumpel y lo lleva no hasta una celda, sino hasta una oficina de techos altos en la tercera planta en la que hay una mecanógrafa sentada en una silla. En la pared que hay a sus espaldas se ve una glicina pintada con colores modernistas que incomoda a Von Rumpel.

Dupont está en el centro de la habitación esposado a una silla barata. Tiene la cara del mismo color que una madera tropical pulida. Von Rumpel espera una mezcla de miedo, indignación y hambre pero Dupont está sentado, erguido. Lleva roto uno de los cristales de sus gafas pero por lo demás tiene buen aspecto. La mecanógrafa apaga el cigarrillo en el cenicero, hay una mancha de carmín rojo brillante en el filtro. El cenicero está lleno, hay cincuenta colillas aplastadas, amputadas, de alguna manera ensangrentadas.

—Puede marcharse —le dice Von Rumpel, y vuelve su atención al tallador.

—No habla alemán, señor.

—Estaremos bien —responde en francés—. Cierre la puerta, por favor.

Dupont alza la mirada, alguna glándula en su interior le infunde cierto valor. Von Rumpel no necesita forzar la sonrisa, le sale con bastante naturalidad. Le pide nombres aunque lo único que necesita es un número.

Mi querida Marie-Laure:

Ahora estamos en Alemania y todo va bien. Me las he arreglado para encontrar un ángel que te lleve esta carta. Los abetos y alisos son preciosos aquí en el invierno. Y —no vas a creerte esto pero tienes que confiar en mí— nos dan una comida fantástica, de primera categoría: codorniz y pato y guiso de conejo. Muslos de pollo y patatas fritas con beicon y tarta de albaricoque. Guiso de buey con zanahorias. Coq au vin con arroz. Tarta de ciruelas. Frutas y crème glacée. Todo lo que queramos comer. Así que siempre estoy deseando que llegue la hora de la comida.

Pórtate bien con tu tío y también con madame. Dales las gracias de mi parte por leerte esta carta. Quiero que sepas que estoy siempre contigo, que estoy siempre a tu lado.

Tu papá

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