La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Siete: Agosto de 1942 » Girasoles

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GIRASOLES

Conducen a lo largo de un sendero oscuro rodeado de kilómetros cuadrados de moribundos girasoles tan altos que parecen árboles. Los tallos se han secado y están rígidos, las caras se han inclinado como si fueran cabezas durante una plegaria. Mientras el Opel se abre camino, Werner tiene la sensación de estar siendo observado por diez mil ojos ciclópeos. Neumann Uno frena el camión, Bernd se descuelga el rifle, coge el segundo transceptor y se interna entre los tallos para colocarlo. Werner alza la enorme antena y se sienta en su puesto habitual en el interior del Opel con los auriculares puestos.

En la cabina Neumann Dos dice:

—No eres más que un virgen de pueblo.

—Cierra la boca —contesta Neumann Uno.

—No haces más que pajearte todo el día. No paras de machacártela, de sacudírtela.

—Igual que la mitad del ejército, alemanes y rusos por igual.

—Nuestro pequeño ario púber es un pajillero de los de verdad.

Bernd lee las frecuencias sobre el transceptor. Nada, nada, nada.

Neumann Uno dice:

—Un ario de verdad es rubio como Hitler, delgado como Göring y alto como Goebbels.

Se oye la risa de Neumann Dos.

—Joder, si…

—Ya basta —interrumpe Volkheimer.

Es la última hora de la tarde. Se han estado moviendo durante todo el día a lo largo de esta extraña y desolada región sin ver nada más que girasoles. Werner desliza la aguja a través de las frecuencias, cambia las bandas y ajusta el transceptor para indagar en la estática. El aire está cargado de ese sonido día y noche, una enorme, triste y siniestra estática ucraniana que parece haber estado aquí incluso antes de que hubiese hombres para escucharla.

Volkheimer sale del camión, se baja los pantalones y mea entre las flores, y Werner decide recoger la antena, pero antes de hacerlo escucha una retahíla en ruso nítida, clara y amenazadora como la hoja de un cuchillo reluciente al sol. Adeen, shest, vosyem. Hasta la última fibra de su sistema nervioso se despierta al instante.

Sube el volumen todo lo que puede y presiona los auriculares contra los oídos. Ahí está de nuevo: Ponye-no-sé-qué-feshky, shereno-sé-qué-doroshoi… Volkheimer le mira desde la parte trasera del camión como si también pudiera oírlo, como si despertara por primera vez en meses igual que aquella noche en medio de la nieve en la que Hauptmann disparó cuando se dio cuenta de que funcionaban los transceptores de Werner.

Werner ajusta el sintonizador y una nueva voz irrumpe abruptamente en sus oídos: Dvee-nat-set, shayst-nat-set, davt-set-adeen, un sinsentido, un terrible sinsentido canalizado directamente hacia el interior de su cabeza. Es como introducir la mano en un saco lleno de algodón y encontrar una hoja de afeitar, todo tranquilo y homogéneo hasta que de pronto topas con algo peligroso, algo tan afilado que uno apenas percibe que se ha abierto la piel.

Volkheimer golpea con su descomunal puño el lateral del Opel para callar a los Neumann y Werner transmite el canal a Bernd que está en el transceptor lejano. Bernd lo encuentra, mide el ángulo y lo transmite de vuelta. Ahora a Werner solo le quedan las matemáticas, la regla de cálculo, la trigonometría, el mapa. El ruso sigue hablando cuando Werner se cuelga los auriculares al cuello.

—Nor-noroeste.

—¿A qué distancia?

No son más que números, pura matemática.

—Un kilómetro y medio.

—¿Están emitiendo ahora?

Werner escucha por uno de los auriculares. Afirma con la cabeza. Neumann Uno arranca el Opel y Bernd aparece de nuevo aplastando las flores con el primer transceptor a cuestas mientras Werner recoge la antena. Abandonan la carretera y cruzan directamente a través del campo de girasoles aplastándolos a medida que avanzan. Los más grandes son casi tan altos como el camión y sus enormes cabezas secas golpean en el techo de la cabina y a ambos lados de la caja.

Neumann Uno comprueba el cuentakilómetros y canta las distancias. Volkheimer distribuye las armas. Dos carabinas 98K y el Walther semiautomático con mira telescópica. A su lado, Bernd carga los cartuchos de su Mauser. Bong, hacen los girasoles. Bong bong bong. El camión da bandazos como un barco en altamar mientras Neumann Uno lo fuerza para mantener la ruta.

—Mil cien metros —grita, y Neumann Dos rebusca en el fondo del camión y se pone a observar el campo con un par de prismáticos. Hacia el sur las flores dan pie a un campo de intrincados pepinillos. Y más allá, rodeada por un anillo de tierra árida, se alza una bonita casa de campo con techo de paja y paredes de estuco.

—El campo acaba en esa línea de milenramas.

Volkheimer alza la mira.

—¿Se ve humo?

—No.

—¿Alguna antena?

—Es difícil saberlo.

—Apaga el motor. A partir de aquí avanzaremos a pie.

Todo está tranquilo.

Volkheimer, Neumann Dos y Bernd cargan sus armas entre las flores y desaparecen. Neumann Uno se queda tras el volante y Werner en la caja del camión. No explota ninguna mina de tierra frente a ellos. Alrededor del Opel las flores crujen sobre sus tallos e inclinan sus heliotrópicas caras como si bailaran siguiendo un triste acorde.

—Esos hijos de puta se van a llevar una sorpresa —susurra Neumann Uno. Mueve el muslo derecho arriba y abajo varias veces por segundo. A sus espaldas Werner alza la antena hasta donde se atreve, se pone los auriculares y enciende el transceptor. El ruso lee algo que parecen letras de un alfabeto. Peh zheh kah cheh yu myakee znak. Cada sonido parece alzarse de ese algodón acústico solo para los oídos de Werner; luego desaparece. La nerviosa pierna de Neumann Uno hace que el camión tiemble ligeramente y el sol brilla a través de los restos de insectos aplastados contra las ventanas mientras una fría brisa hace vibrar el campo.

¿No habrá centinelas? ¿Vigías? ¿Partisanos armados rodeando el camión? El ruso de la radio es como un avispón en cada oído, zvou kaz vukalov. Quién sabe qué horrores está despachando, posiciones de tropas, horarios de trenes, puede que le esté dando a la artillería la posición exacta del camión mientras Volkheimer sale de entre los girasoles tan enorme como puede llegar a ser una diana humana, con su rifle colgando como una batuta. Parece casi imposible que quepa dentro de esa casa de campo, como si Volkheimer se fuera a tragar la casa en vez de la casa a Volkheimer.

Los primeros disparos llegan a través del aire. Medio segundo después los oye a través de los auriculares tan fuerte que tiene que quitárselos. Luego hasta la estática se corta y el silencio en los auriculares parece una masa descomunal que se mueve a través del espacio, un zepelín fantasmagórico que desciende.

Neumann Uno abre y cierra el cerrojo de su rifle.

Werner recuerda cuando se agachaba junto a su catre con Jutta hasta que la señal del francés desaparecía y las ventanas temblaban por el paso de algún tren de las minas; el eco de las transmisiones centelleaba en el aire por un instante, como si pudiera alzar la mano y sentirlas flotar entre sus dedos.

Volkheimer regresa con manchas de tinta por toda la cara. Se lleva dos enormes dedos a la frente, se echa hacia atrás el casco y Werner comprende que no se trata de tinta.

—Incendiad la casa —dice—. Rápido, no malgastéis gasolina.

Mira a Werner. El tono de su voz es suave, casi melancólico.

—Rescata el equipo.

Werner se quita los auriculares y se pone el casco. Se adentra entre los girasoles. Su mirada gira en círculos, como si no consiguiera mantener el equilibrio del todo. Neumann Uno tararea delante de él mientras avanza cargando la lata de gasolina por entre los tallos. Cruzan el campo de girasoles hacia la casa pisando verbascos y zanahorias silvestres con las hojas oscurecidas por las heladas. Junto a la puerta principal hay un perro tendido en la oscuridad con el hocico apoyado en las patas. Por un instante Werner piensa que está sencillamente dormido.

El primer muerto está en el suelo con un brazo atrapado entre él y la masa carmesí que debía ser su cabeza. Sobre la mesa hay un segundo hombre desplomado como si estuviera durmiendo de lado y solo se ve el costado púrpura de la herida. La sangre se ha esparcido sobre la mesa como cera derretida. Es casi negra. Resulta extraño pensar que su voz aún sigue flotando en el aire a lo largo de todo el país, cada vez más débil.

Pantalones rotos, chaquetas mugrientas, uno de los hombres en tirantes. No llevaban uniforme.

Neumman Uno arranca una cortina hecha con un saco de patatas, la lleva afuera y Werner escucha cómo la empapa de gasolina. Neumann Dos le quita los tirantes al segundo muerto y coge una ristra de chalotas del dintel, la sujeta contra su pecho y sale.

En la cocina hay un pequeño trozo de queso a medio comer. Junto a él un cuchillo con un gastado mango de madera. Werner abre un solo armario. Dentro encuentra una guarida de supersticiones: botes con líquidos negros, remedios para dolores, melaza, cucharones pegados a la madera, algo escrito en latín, belladonna y algo marcado con una X.

El transmisor es pobre, de alta frecuencia, lo más probable es que haya sido salvado de algún tanque ruso. Parece un manojo de componentes amontonados en una caja. La antena de tierra está instalada detrás de la casa de campo y calcula que ha hecho llegar sus transmisiones a unos cuarenta kilómetros de distancia, como mucho.

Werner sale y echa un último vistazo a la casa, blanquecina bajo la última luz. Piensa en el armario de la cocina con sus extrañas pociones y en el perro que no hizo su trabajo. Puede que esos partisanos se hubieran relacionado con alguna magia del bosque, pero deberían haberlo hecho mejor con la magia de la radio. Se cuelga el rifle y carga el enorme y maltrecho transmisor —sus cables, su micrófono inferior— a través de las flores hasta llegar al Opel, que ya los espera con el motor encendido y Neumann Dos y Volkheimer en la cabina. Escucha al doctor Hauptmann: El trabajo de un científico está determinado por dos cosas: sus intereses y los de su tiempo. Todo le ha traído hasta aquí: la muerte de su padre; aquellas horas sin dormir escuchando la radio en el desván junto a Jutta; Hans y Herribert con sus brazaletes rojos bajo la camisa para que no los viera frau Elena, y las cuatrocientas oscuras y rutilantes noches en Schulpforta elaborando transceptores para el doctor Hauptmann. La destrucción de Frederick. Todo le ha traído a este momento en el que Werner apila el descuidado equipo de los cosacos en la caja del camión y se sienta con la espalda apoyada en el banco contemplando cómo se alza la luz de las llamas de la casa de campo. Bernd se sube y se sienta a su lado con el rifle en el regazo y cuando el Opel se pone en marcha ninguno de los dos se molesta en cerrar la puerta de atrás.

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