La luz que no puedes ver

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Siete: Agosto de 1942 » Piedras

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PIEDRAS

El sargento mayor Von Rumpel es convocado a un almacén a las afueras de Lodz. Es la primera vez que viaja desde que ha terminado su tratamiento en Stuttgart y se siente como si hubiese perdido densidad en los huesos. Del otro lado del alambrado le esperan seis guardias con cascos de acero, golpes de talones y saludos habituales. Se quita el abrigo y se pone un mono sin bolsillos. Se abren tres candados. Del otro lado de la puerta, cuatro hombres con monos idénticos están sentados frente a unas mesas con lámparas de joyero encendidas. Las ventanas están cegadas con paneles de contrachapado.

Un Gefreiter de pelo oscuro les explica el protocolo. Un primer hombre separará las piedras de sus engarces, un segundo les dará un baño de detergente, un tercero las pesará y anunciará su masa, y entonces se las pasarán a Von Rumpel, quien se encargará de examinar las piedras y anunciar su transparencia: «Inclusión», «Pequeña inclusión», «Inclusión casi invisible a la lupa». Un quinto hombre, el Gefreiter, apuntará las tasaciones.

—Trabajaremos en turnos de diez horas hasta terminar.

Von Rumpel afirma con la cabeza. Vuelve a sentir como si su espina dorsal se astillara. El Gefreiter pone un saco cerrado encima de la mesa, abre el candado y vuelca el contenido sobre una bandeja cubierta de terciopelo. Aparecen miles de joyas: esmeraldas, zafiros, rubíes. Citrina. Peridotita. Crisoberilo. Entre ellas relucen cientos y cientos de pequeños diamantes, la mayoría aún engarzados en collares, brazaletes, pulseras o pendientes.

El primer hombre lleva la bandeja hasta su puesto, sujeta un anillo de compromiso en su tornillo de banco y abre los engarces con alicates. Entonces se distingue el diamante. Von Rumpel cuenta las bolsas en la mesa: nueve.

—¿De dónde… —comienza a preguntar— han salido?

Pero en realidad sabe bien de dónde han salido.

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