La luz que no puedes ver
Siete: Agosto de 1942 » La gruta
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LA GRUTA
Meses después de la muerte de madame Manec, Marie-Laure sigue esperando a oír el sonido de sus pasos subiendo por las escaleras, su respiración fatigada y su acento marinero. ¡Por Dios bendito, niña, hace un frío que pela! Pero nunca viene.
Los zapatos están al pie de la cama, junto a la maqueta. El bastón en la esquina. Baja a la primera planta y coge la mochila que está colgada en su gancho. Sale. Veintidós pasos bajando por la rue Vauborel, luego a la derecha, dieciséis alcantarillas, luego a la izquierda por la rue Robert Surcouf. Nueve alcantarillas más hasta la panadería.
Una barra de pan normal, por favor.
¿Cómo está tu tío?
Mi tío está muy bien, gracias.
A veces la barra tiene un rollo de papel dentro, otras veces no. A veces madame Ruelle se toma la molestia de conseguirle algunas compras a Marie-Laure: repollos, pimientos rojos, algo de jabón. Regresa a la intersección con la rue d’Estrées, pero, en vez de girar a la izquierda hacia la rue Vauborel, Marie-Laure continúa recto. Cincuenta pasos hasta la muralla y cien o algo más junto a la base del muro hasta la boca del callejón que se estrecha cada vez más.
Tanteando con los dedos encuentra el cerrojo y saca del abrigo la llave que Hubert Bazin le dio hace un año. El agua está helada y le llega hasta la espinilla, por un instante se le entumecen los dedos de los pies, pero la gruta comprende en sí misma su propio mundo resbaladizo y en el interior de ese universo giran incontables galaxias: aquí está la concha medio abierta de un mejillón, un percebe y una pequeña caracola habitada por un aún más pequeño cangrejo ermitaño. ¿Y sobre la concha del cangrejo? ¿Una caracola aún más pequeña? ¿Y en el interior de esa caracola?
En la húmeda caja de la vieja perrera el sonido del mar hace que se desvanezcan el resto de los sonidos. Ella se inclina hacia las conchas como si lo hiciera sobre las plantas de un jardín. Ola tras ola, segundo tras segundo, escucha cómo las criaturas absorben, se mueven, chirrían, y piensa en su padre dentro de una celda, en madame Manec sobre el prado de florecillas, en su tío confinado en el interior de su propia casa durante dos décadas.
Luego recorre el camino de vuelta hasta la verja y la cierra al salir.
Ese invierno la electricidad está más tiempo cortada que activa. Etienne ajusta un par de baterías de barco al transmisor para poder retransmitir incluso cuando están sin electricidad. Queman cajas, papel y muebles antiguos para mantenerse calientes. Marie-Laure saca la vieja alfombra del suelo de la habitación de madame Manec y la arrastra hasta la sexta planta para ponerla encima de su edredón. A veces a medianoche la habitación está tan fría que casi puede oír cómo se congela el suelo.
Cualquier paso en la calle puede ser un policía, cada rugido de motor puede ser el comienzo de una redada.
Etienne retransmite en el piso de arriba y ella piensa: debería estar en la verja de entrada por si llegan, eso le daría unos minutos, pero hace demasiado frío. Es mucho mejor quedarse en la cama bajo el peso de la alfombra y soñar que está de nuevo en el museo, recorrer con los dedos el recuerdo de las paredes, atravesar la galería central camino de la conserjería. Todo lo que tiene que hacer es cruzar el suelo embaldosado y girar a la izquierda y ahí encontrará a su padre frente al mostrador, con sus llaves.
Y le dirá: ¿Dónde has estado todo este tiempo, pajarito?
No te abandonaré jamás, ni en un millón de años.