La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Ocho: 9 de agosto de 1944 » El transmisor

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EL TRANSMISOR

Espera sobre la mesa que está apoyada contra la chimenea. Las baterías gemelas están debajo. Es una máquina extraña construida hace años para hablar con un fantasma. Marie-Laure trepa a la banqueta del piano tan silenciosamente como puede, alguien ha de tener una radio: la brigada de bomberos, si queda alguna, o la resistencia o los mismos americanos que están lanzando misiles sobre la ciudad. O los alemanes en sus fuertes subterráneos. Tal vez el propio Etienne. Intenta imaginárselo encorvado en alguna parte con los dedos bailando sobre el dial de una radio fantasma. Tal vez piensa que ella ha muerto, quizá solo le hace falta un titileo de esperanza.

Recorre con los dedos las piedras de la chimenea hasta que encuentra la palanca que su tío instaló allí. Se deja caer con todo su peso encima de ella y la antena hace un leve quejido sobre el tejado al alzarse. Se ha oído demasiado.

Espera. Cuenta hasta cien. No se escucha nada escaleras abajo.

Junto a la mesa encuentra los interruptores: uno es para el micrófono y el otro para el transmisor, pero no recuerda cuál es cuál. Enciende uno y luego el otro. Desde el interior del gran transmisor suenan las placas eléctricas dentro de los tubos de vacío.

¿Se oye demasiado alto, papá?

No más alto que la brisa o el trasfondo de los proyectiles.

Recorre las líneas de los cables hasta que consigue tener el micrófono en la mano.

Cerrar los ojos no alcanza para imaginar lo que es la ceguera. Bajo un mundo de cielos y rostros y edificios, existe otro mundo más crudo y antiguo, un mundo en el que las superficies se disuelven y los sonidos construyen conjuntos en el aire. Marie-Laure puede estar sentada en el desván muy por encima del nivel de la calle y aun así escuchar los lirios que se abren a tres kilómetros de distancia. Oye a los americanos atravesar los campos, dirigir sus enormes cañones hacia el humo de Saint-Malo, a las familias lloriqueando en los sótanos alrededor de las bombillas, a los cuervos saltando de un escombro a otro, a las moscas posándose sobre los cadáveres en las zanjas. Oye el temblor de los tamarindos y el sonido de los arrendajos y la queja de la hierba en los médanos. Siente el gran puño de granito sobre el que se asienta Saint-Malo sumergiéndose en el interior de la corteza terrestre mientras el océano lo devora por los cuatro costados y oye las islas exteriores firmes ante los vaivenes de la marea. Oye cómo una vaca bebe entre las rocas y cómo saltan los delfines en las verdes aguas del Canal. Oye los huesos de las ballenas muertas bajo la superficie a cinco leguas de distancia ofreciendo con su tuétano un siglo de comida a ciudades enteras de criaturas que vivirán toda su existencia sin ver jamás un solo fotón del sol. Siente el rumor de los caracoles en su gruta arrastrando sus cuerpos por las rocas.

En vez de leerte yo a ti… ¿por qué no me lees tú a mí?

Con la mano libre abre la novela sobre su regazo, encuentra los renglones con los dedos y acerca el micrófono a los labios.

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