La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Ocho: 9 de agosto de 1944 » Una voz

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UNA VOZ

En la mañana de su cuarto día atrapados bajo lo que sea que quede en pie del hotel de Las Abejas, Werner escucha con el transceptor reparado. Está girando el dial adelante y atrás cuando la voz de una chica le llega directamente al oído bueno: «A las tres de la mañana me despertó una explosión violenta». Piensa: es el hambre, la fiebre, me estoy imaginando cosas. Mi mente está modificando la estática.

Ella dice: «Me incorporé sobresaltado en el lecho y prestaba oído atento en medio de la oscuridad cuando, bruscamente, me sentí lanzado al centro de la habitación».

Habla un francés tranquilo y pronunciado a la perfección. Su acento es un poco más nítido que el de frau Elena. Él presiona el auricular en el oído. «Sin duda», dice ella, «el Nautilus había escorado después del encontronazo».

Ella arrastra las erres y prolonga las eses. A cada sílaba la voz parece sumergirse un poco más profundo en su cerebro. Es joven, aguda, apenas un susurro. Si se trata de una alucinación, pues que así sea.

«Uno de los icebergs, al dar la vuelta, ha chocado con el Nautilus, que flotaba tranquilamente entre las aguas. Se ha deslizado por debajo del casco y, levantándolo con un empuje irresistible, lo ha llevado a aguas menos densas…».

Él escucha cómo ella se humedece los labios con la lengua. «Pero ¿quién sabía si antes no toparíamos con la parte inferior del banco, quedando espantosamente prensados entre las dos superficies de hielo?». La estática regresa y amenaza con apagar la voz. Werner lucha desesperadamente para no perderla, es un niño en el desván de un orfanato haciendo todo lo posible para que un sueño no se desvanezca, pero Jutta le ha puesto una mano sobre el hombro y le susurra que despierte.

«De manera que el Nautilus estaba rodeado por un infranqueable muro de hielo. Estábamos atrapados».

Deja de leer abruptamente y suena la estática. Cuando vuelve a hablar su voz se convierte en un silbido desesperado: «Él está aquí. Justo debajo de mí».

Se corta la transmisión. Busca con el sintonizador, cambia el dial. Nada. Se quita los auriculares y se mueve en medio de la total oscuridad hacia el lugar en el que está sentado Volkheimer. Agarra lo que cree que es su brazo y dice:

—He escuchado algo, por favor…

Volkheimer no se mueve, parece de madera. Werner tira de él con todas sus fuerzas, pero es demasiado pequeño y está demasiado débil; le abandonan las fuerzas tan pronto como habían llegado.

—Ya basta —dice la voz de Volkheimer en la oscuridad—, no servirá de nada.

Werner se sienta en el suelo. Unos gatos maúllan en algún lugar de las ruinas sobre sus cabezas. Están muertos de hambre igual que él, igual que Volkheimer. Uno de los chicos de Schulpforta le describió una vez a Werner un mitin en Núremberg: un océano de estandartes y banderas, relataba, masas de chicos bullendo entre las luces y el Führer mismo sobre un altar a quinientos metros de distancia con unos focos que iluminaban las columnas a sus espaldas. La atmósfera sobresaturada de significado y furia y justicia. Hans Schilzer enloquecido, Herribert Pomsel enloquecido, todos y cada uno de los chicos de Schulpforta enloquecidos y la única persona en la vida de Werner que había sabido mirar a través de toda esa parafernalia teatral había sido su hermana pequeña. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo consiguió entender Jutta tantas cosas sobre el funcionamiento del mundo cuando él entendió tan poco?

Pero ¿quién sabía si antes no toparíamos con la parte inferior del banco, quedando espantosamente prensados entre las dos superficies de hielo?

Él está aquí. Justo debajo de mí.

Haz algo. Sálvala.

Pero Dios no es más que un ojo blanco y frío, una media luna sostenida encima del humo que parpadea y parpadea mientras la ciudad se va reduciendo a cenizas.

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