La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


La isla de la mujer dormida

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Ella es representativa de las mujeres y sin embargo es una de esas que escasean en cualquier época. No es que sean pocas, sino que apenas existe sitio para ellas.

 

Joseph Conrad. El rescate

 

 

 

 

 

 

En el gramófono suena una canción francesa. Háblame de amor, dice Lucienne Boyer con voz de miel: Parlez-moi d'amour. Dime otra vez cosas tiernas. La luz poniente, horizontal, entra por la ventana y enrojece el dibujo de la gastada alfombra, la chimenea de mármol apagada, los cuadros de barniz oscurecido por el tiempo, el rostro impasible de la mujer que fuma recostada en un diván turco. Viste unos pantalones de sarga blanca rozados y sucios, y también un viejo jersey marinero. De modo insólito, esa ropa no quita elegancia a su aspecto sino que, por contraste, la acentúa. Debe de andar por los cincuenta años y es atractiva a su manera: delgada, más bien alta, de nariz larga y ojos color avellana, cortado el pelo a ras casi como un hombre, todavía oscuro aunque muy veteado de canas.

El gramófono está ahora en silencio. La mujer aplasta el cigarrillo en un cenicero grande de latón —una nave homérica con sirenas aladas revoloteando en torno— y permanece inmóvil mientras el rectángulo de luz disminuye de tamaño para retirarse de la alfombra a los visillos y al marco de la ventana, abierta a un mar de horizonte cárdeno y orillas tranquilas. Es entonces cuando, con ademán indolente, extiende despacio una mano hacia el bolso que está sobre el diván, junto a un encendedor y un paquete de cigarrillos, para tomar de él una cartera de piel de la que extrae una fotografía de bordes dentados: varios hombres al fondo, vestidos como marineros o pescadores griegos, agrupados ante una embarcación semioculta por una red de camuflaje y amarrada a un espigón de piedra, cemento y madera, en una playa rocosa; y delante de ellos, otro hombre corpulento de cabello y barba rubios, con una camisa remangada sobre unos brazos fuertes, cubierto con una gorra de marino sin distintivos ni insignias.

Mira la mujer los rostros con indiferencia y al fin se detiene en el del primer término, al que contempla pensativa. Luego coge el encendedor, frota la ruedecilla con el pulgar y aplica la llama a una esquina de la fotografía. La deja arder en el cenicero hasta que se consume por completo y se recuesta otra vez en el diván, en el momento en que un hombre de cabello escaso y bigote oscuro, vestido con un arrugado traje de color castaño, entra en la habitación.

—Llega tarde —dice ella, sombría—. Maldito sea, siempre llega tarde.

—Tengo otros pacientes.

—Pero ninguno le paga lo que le pago yo.

Encogiéndose de hombros, con movimientos rutinarios, el recién llegado abre un maletín, saca un estuche de practicante y un frasco de alcohol y dispone el infiernillo para esterilizar una jeringuilla y un par de agujas hipodérmicas. Mientras lo hace, vuelto de espaldas a la mujer, ésta se sube la manga del brazo izquierdo, descubriendo numerosas marcas de inyecciones anteriores.

—Eni ponto oleto —murmura—. Se perdió en el mar.

—¿Quién? —pregunta el otro en tono distraído, sin esperar respuesta.

—Da lo mismo quién… Traiga eso y acabe de una vez.

Después, tras apoyar la cabeza en uno de los cojines, la mujer cierra los ojos y aguarda una nueva dosis de olvido.

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