La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


1. Bandera negra

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1. Bandera negra

 

 

 

 

 

Hay cosas en el mar que sólo se tiene valor para verlas venir una vez, pero él las había visto venir varias veces. Eso lo volvió resignado y tranquilo, imprimiéndole un fatalismo profesional adecuado a su aspecto, más báltico que mediterráneo. Acababa de cumplir los treinta y cuatro años: alto, fuerte, dorado de cabello y barba, con unos ojos azules equívocamente ingenuos y un rostro de sonrisa fácil y gravedad súbita cuando se quedaba mirando al interlocutor como si de pronto le asombrara lo que acababa de oír, o de pensar. Se llamaba Miguel Jordán Kyriazis porque su madre era griega; y durante dos décadas, tras embarcar como simple marinero y mientras cursaba después los estudios de náutica, había navegado en buques de diverso pabellón entre Europa, América, África y el Cercano Oriente. Tenía siete barcos registrados en su cartilla naval, un naufragio en el golfo de Vizcaya —corrimiento de carga durante un temporal, nueve supervivientes y once desaparecidos— y el título de piloto de la marina mercante.

Su vida, sin embargo, había cambiado en los últimos tiempos. El 18 de julio lo sorprendió a bordo de un petrolero de la compañía Campsa amarrado en El Ferrol; y tras ser movilizado y superar un rápido curso de adaptación en la Escuela Naval, se vio alférez de navío de la Armada que llamaban nacional. El siguiente galón se lo habían concedido hacía cuatro semanas, tras un entrenamiento especial con lanchas torpederas en Kiel, Alemania; pero no tuvo tiempo de coserlo en las bocamangas del uniforme. En el saco que llevaba al hombro cuando bajó por la pasarela del vapor Alba Adriática en el puerto de Beirut a mediados de marzo de 1937, Miguel Jordán no llevaba nada que lo identificase como marino de guerra español. En un bolsillo de la chaqueta tenía un pasaporte británico expedido en Gibraltar a nombre de Miguel Tozer. Y dentro del saco, escondido entre la ropa, un revólver Webley de calibre 38 y cañón de cinco pulgadas.

El hombre que lo esperaba estaba donde debía estar. Era de esos en los que nadie repara si no los busca: traje gris, sombrero gris, rostro gris. Perfecto para pasar inadvertido entre la gente. Pero Jordán lo buscaba. Se lo habían dicho ocho días antes, cuando embarcó en Cádiz: aguardará a ese lado de la Aduana, con un ejemplar de L'Orient doblado en un bolsillo y uno de Le Jour en el otro. Su nombre no tiene la menor importancia.

—Bienvenido al Líbano.

—Gracias.

El otro hablaba inglés con marcado acento levantino. Podía ser de cualquier sitio, o de ninguno.

—¿Fatigado del viaje?

—No.

—Ah, colosal.

Ni sonrisas ni apretón de manos. El hombre gris cogió el saco marino de Jordán y lo depositó él mismo delante de un aduanero, que se limitó a poner una marca de tiza en la lona. Caminaron uno junto a otro sin decir nada hasta donde aguardaban los coches de caballos y se acomodaron en una galera. Después de negociar el precio, agitó el cochero el látigo, espantando moscas, y dejaron atrás el puerto con un trotecillo corto en dirección a la parte oeste de la ciudad.

—Le he reservado habitación en el Normandy. ¿Conoce Beirut?

—El puerto y poco más. Un par de escalas breves, hace años.

—Tampoco tendrá mucho tiempo en ésta —el hombre gris sacó el reloj de un bolsillo del chaleco y consultó la hora—. Si le parece bien, cuando se haya aseado podemos tomar el aperitivo en la terraza del Kursaal, que está cerca. Ya sabe, el de La castellana del Líbano… ¿Leyó la novela?

Jordán no sabía de qué le hablaba: era hombre de pocas lecturas, aparte los libros técnicos y los derroteros náuticos. Miraba absorto el mar a la derecha y las montañas de color malva al otro lado, sobre los edificios ocres y los tejados rojos de la ciudad. Se palpó la vieja chaqueta y los pantalones de franela, arrugados por el viaje.

—No sé si llevo ropa adecuada.

—No se preocupe. Lo frecuentan militares franceses, marinos, sociedad local… A esa hora suele animarse mucho y el ambiente es informal. No llamaremos la atención. Ni siquiera usted, con lo alto que es —le deslizaba una ojeada de interés, de arriba abajo—. ¿Cuánto mide?

Sonrió Jordán: un destello súbito, blanco y cálido entre la barba rubia. Era característico en él y lo favorecía; aparentaba pasar con facilidad del callado recelo propio de un marino a una confianza casi ingenua, ruda. Como de adolescente.

—Un metro ochenta y nueve.

—Vaya, no está mal.

—¿Cree prudente conversar rodeados de tantas personas?

—Esto es Oriente, amigo —movía una mano expresiva el hombre gris—. Me fío más de la terraza de un café, donde todo el mundo conspira, trafica y cotillea sin disimulo, que de las paredes de un hotel donde nunca sabes quién puede estar detrás de la puerta.

El Normandy era nuevo, cómodo, con vistas a la avenida de los Franceses y al mar. Después de lavarse y cambiar el cuello de la camisa, Jordán deshizo su escueto equipaje, escondió algunos documentos sobre el armario y el revólver bajo el colchón. Estuvo cinco minutos observando la calle desde la ventana de la habitación y luego se dirigió a la terraza del café, que bullía como una colmena de conversaciones bajo el toldo que filtraba la luz cegadora del mediodía. Camareros y limpiabotas circulaban por el pasillo central entre hombres con fez y corbata, mujeres europeas, funcionarios beirutíes y oficiales uniformados. El hombre gris aguardaba sentado junto a un velador situado al fondo, contiguo a la verja del Círculo Militar, ni demasiado cerca ni demasiado lejos de las otras mesas. Era obvio que sabía elegir lugares adecuados.

—He pedido arak… ¿Le parece bien?

—Sí.

—Espléndido.

Entró en materia mientras esperaban al camarero. Jordán embarcaría de nuevo al día siguiente en un pequeño mercante chipriota, el Akamas, con ruta a El Pireo; aunque nunca iba a llegar a ese puerto, pues estaba previsto un transbordo a medio camino cerca de Milos, al norte de Creta.

—Lo recogerá allí un pesquero griego —en este punto el hombre gris bajó la voz—. Una noche de navegación hasta su destino final, más o menos —hizo una pausa significativa—. Esa isla que usted conoce.

Se encogió Jordán de hombros. Los tenía anchos, fuertes como las manos.

—Nunca estuve en ella.

—Pero la habrá estudiado, supongo.

Asintió el español sin hacer comentarios. Por supuesto que la había estudiado en cartas náuticas del Almirantazgo británico: una isla llamada Gynaíka Koimisméni, en las Cícladas occidentales, a poniente de Andros y Tinos. En la ruta habitual de los mercantes que, procedentes de la Unión Soviética y después de pasar los Dardanelos, navegaban hacia el sudoeste con cargamentos de armas para la República.

—¿Qué hay de la tripulación? —preguntó.

El otro no respondió en seguida. Llegaba el camarero con media botella de arak, una jarra de agua, otra con hielo y dos vasos. Cuando estuvo lejos, el hombre gris alargó una mano y, con cuidado, mezcló un tercio de licor con dos de agua, dándole al anís una apariencia lechosa. Después puso el hielo, que empañó los vasos.

—Parte de su gente ya está en la isla, donde la embarcación principal debió de llegar hace pocos días. El resto, los cuatro que faltan, se le unirá aquí y viajarán juntos.

—¿Nacionalidades? —se interesó Jordán.

—Las previstas: dos libaneses, un telegrafista inglés y el torpedista, que es holandés —bebió un sorbo con gesto complacido—. Los otros son cuatro griegos y un albanés… Se trata de gente dura, hecha a vivir en la zona oscura de la ley, así que tendrá que ganárselos. Imponer disciplina y todo eso.

—Así lo espero.

—De todas formas, todavía no conocen el objeto de la misión.

—Lo sabrán en el momento oportuno.

Pareció pensarlo el otro.

—Respecto a esos hombres —dijo de pronto—, no todos son igual de fiables.

—¿A qué se refiere?

—Bueno, ya sabe. No es el patriotismo lo que los mueve… Y además, está el telegrafista.

—¿Qué pasa con él?

—Ah, nada grave, no se inquiete. Es bueno en su oficio, o al menos es el único cualificado que pudimos encontrar por aquí. Sirvió en la Armada británica durante la Gran Guerra, pero…

—¿Pero?

—Según he averiguado, bebe en exceso. O solía hacerlo.

Arrugó el ceño Jordán.

—No me gusta eso.

—Tampoco a mí… Es la causa de que dejara la Royal Navy, o más bien de que ella lo dejase a él. Anduvo trabajando en barcos mercantes y en el ferrocarril de Siria, hasta acabar por aquí.

—¿No disponemos de otro?

—Lamentablemente lo supe demasiado tarde —el hombre gris bajó la voz hasta casi un susurro—. Y las comunicaciones son importantes, porque…

Lo dejó ahí, se reclinó en la silla y bebió otro sorbo de arak. Asentía Jordán, reflexivo.

—Quisiera echarle un vistazo.

—¿Tantearlo?… Puede ser conveniente. Un tipo agradable, de todas formas. Simpático, cultivado. Por lo que cuentan, alejado de una botella es irreprochable.

—¿Cómo se llama?

—Beaumont. Lo llaman Bobbie, aunque ya cumplió los cincuenta.

—¿Puedo verlo antes de embarcar?

—¿También a los otros tres, o a él solo?

—Aprovecharé para conocer a los cuatro.

—Puedo arreglarlo, aunque para eso aconsejo algo más discreto —miró hacia el oeste, indicando un lugar impreciso—. Entre el hotel Orient y la Universidad Americana hay un cafetín llamado El Chakif cuyo dueño es de confianza.

—¿De cuánta?

—Adecuada, considerando que estamos en Oriente Medio.

Sonó un estampido lejano, amortiguado por los edificios interpuestos. Revolotearon las palomas entre las palmeras de la avenida mientras el hombre gris extraía el reloj del bolsillo para consultar la hora.

—El cañonazo de mediodía en la plaza del Serrallo —dijo.

Jordán mojaba los labios en su bebida: demasiado dulzona y fuerte. Dejó el vaso en la mesa. No era muy de alcohol, excepto cuando buscaba animarse de modo deliberado, lo que no era frecuente; y entonces lo hacía con algo corto, rápido y fuerte.

—¿Hay algo más que deba saber?

—En el hotel tiene un informe sobre la tripulación, y mañana encontrará a bordo, en su camarote, un paquete sellado con material complementario: códigos secretos, manuales técnicos, derroteros y cartas del Egeo. También un informe sobre el propietario de la isla, el barón Katelios —hizo una mueca ambigua mientras guardaba el reloj—. Supongo que le hablaron de él.

—Apenas.

—Lo conocerá tarde o temprano, porque vive allí. Un tipo excéntrico, ¿sabe? De la rancia aristocracia griega.

—No hay aristócratas griegos.

—¿De veras? —pestañeó el hombre gris, sorprendido—. Bueno, él sabrá… Barón parece que es, desde luego. Lo que importa es que simpatiza con la causa nacional y ha cedido Gynaíka Koimisméni para este asunto.

Asintió Jordán, preguntándose fugazmente con quién simpatizaría su interlocutor si quienes pagaban fueran otros. Después volvió a pensar en la isla. Tenía dibujado su contorno en la cabeza mediante las cartas de navegación: la forma de pescado con la cola cóncava por el lado de levante, donde había un fondeadero discreto, entre dos y cinco metros de sonda en fondo de arena y piedras, abrigado de todos los vientos excepto los del segundo cuadrante.

Ahora el hombre gris lo contemplaba con renovado interés.

—No me corresponde hacer preguntas y es inoportuno por mi parte, pero siento curiosidad —aventuró—. ¿De verdad habla el griego tan bien como me han dicho?

—No sé qué le han dicho. Lo hablo desde niño.

Enarcaba el otro las cejas.

—Vaya, ¿en serio? Resulta insólito en un español, y más con su aspecto. Aunque supongo que también lo eligieron por eso. Nadie imaginaría…

—Tuve familia nacida en Kalamata —lo interrumpió Jordán.

—Ah, comprendo.

 

 

 

Cinco horas después caminaba envuelto en la luz dorada del crepúsculo libanés. Más allá de la ciudad, las pendientes lejanas del monte Sannine se oscurecían en tonos azulados, el mar lo surcaban profundas vetas cárdenas, y hacia el oeste, detrás del solitario minarete de una mezquita, se recortaba en el cielo violeta el faro de Ras Beirut. De vez en cuando se detenía a contemplar el paisaje, aprovechando cada momento para dirigir un vistazo precavido a su espalda. Nadie parecía irle detrás, aunque eso no bastaba para tranquilizarlo, pues carecía de experiencia en tales situaciones. Apenas había tenido una semana, a su regreso de Kiel, para que le enseñaran lo más elemental en cuanto a cautelas básicas y mantenerse vivo fuera de un barco. Todo peligro a bordo era previsible: cuanto sobreviniera, incluido el peor de los desastres, ya le había ocurrido a uno mismo o a otros; formaba parte de una vasta enciclopedia profesional acumulada en siglos de temporales y naufragios. Por eso, como todo marino acostumbrado a serlo, Jordán prefería la certidumbre del mar a los azares desconocidos de la tierra firme.

—Vaya directamente a El Chakif —había dicho el hombre gris— y entre sin preguntar, porque lo esperan.

El cafetín se alzaba sobre pilotes de madera en la orilla misma. Desde él se tenía una amplia vista de la avenida sobre la muralla: había barquitos de pesca anclados entre las rocas que afloraban del mar tranquilo; y a lo lejos, en la punta que se adentraba en el agua cada vez más oscura, los hoteles y cafés costaneros encendían las primeras luces. Olía a madejas de algas y verdín húmedo.

Los cuatro hombres aguardaban en un reservado, al fondo, con suelo de tablas y vidrios empañados por el salitre. Al verlo entrar se pusieron en pie, y eso le gustó a Jordán. Establecía ciertos códigos desde el comienzo. Reglas útiles para el trabajo que tenían entre manos.

—Siéntense.

Obedecieron mientras él permanecía inmóvil, cruzadas las manos a la espalda, con la actitud más autoritaria y firme de que era capaz. La menguante luz exterior aún bastaba para observarlos con detalle. Dos eran claramente europeos, sin duda el torpedista y el telegrafista. Los otros eran cetrinos, desaliñados y con bulto de navaja en el bolsillo del pantalón: de esos que la bajamar de la vida solía dejar con profusión en los puertos del Mediterráneo. Los identificó Jordán en sus adentros, pues el pasado de marino mercante lo familiarizaba con el género. Aquellos cuatro eran lo esperado, y supuso que al resto lo cortaría el mismo patrón. Ninguno invitaba a confiarle virtud de mujeres, dinero ajeno o cualquier clase de propiedad privada; pero eso era común a levante de Malta. Sería una vez a bordo, en el mar, donde se demostrase lo que cada cual valía o dejaba de valer. En cualquier caso, la selección no la había hecho él, pues todo se lo daban planeado y dispuesto: el momento, la misión, la nave y los hombres.

—A fin de cuentas —había dicho el capitán de navío Navia-Osorio al despedirlo en Cádiz—, el oso afgano se caza con perros del Afganistán. ¿Conoce la frase?… La escribió Kipling, o uno de ésos.

Tampoco era Jordán de muchas palabras ni de calentarse la cabeza para considerarlas. Y no se hacía ilusiones sobre los motivos que llevaban a tales hombres a unirse, con los que ya aguardaban en las Cícladas, al trabajo para el que habían sido reclutados, del que lo ignoraban casi todo excepto —elemento decisivo— que cobrarían en dólares americanos una prima de enganche y un salario que, mientras durase la misión, se depositaría cada dos semanas en cuentas de la Banca Commerciale Italiana, en Atenas. Eso estaba resuelto y en marcha, así que a él no le correspondía sino ocuparse de los aspectos operativos del asunto.

—Durante algún tiempo obedecerán mis órdenes —hablaba despacio, con calma, que era su manera habitual de hacerlo—. La naturaleza exacta del trabajo la irán conociendo a medida que yo lo considere oportuno… De momento les basta con saber que vamos a estar en una isla desde la que haremos viajes que incluyen riesgo físico.

Hizo una pausa precavida, por lo del riesgo; pero nadie se inmutó. Era evidente que contaban con ello. No se habían enrolado a ciegas.

—¿Bajo alguna bandera?

Uno había levantado la mano: era casi albino, tosco, con manchas rojas en los pómulos y la frente. Vestía un raído chaquetón marino, pantalones de faena y zapatillas de lona.

—¿Su nombre? —preguntó Jordán.

—Zinger.

—¿El torpedista holandés?

—Sí.

Conocía Jordán los antecedentes del individuo, los había leído en el hotel: Jan Zinger, treinta y un años, buzo profesional, ex suboficial con experiencia en armas submarinas. Desertor, once meses antes, del crucero neerlandés De Ruyter.

—No formamos parte de ninguna Armada en concreto, pero a todos los efectos deben considerarse bajo estricta disciplina naval. Se ha decidido que yo sea su jefe y mis decisiones serán inapelables… ¿Hay más preguntas?

Se miraron entre ellos. Al fin alzó la mano uno de los libaneses: nariz semítica, pelo ensortijado, veintipocos años. Tan semejante al otro que parecían hermanos.

—¿Su nombre? —inquirió Jordán.

—Farid Maroun —señaló el joven a un lado, sin mirar—. Él es mi primo Sami.

También tenía Jordán un informe sobre los Maroun, nacidos en Sidón, pescadores y contrabandistas. Traficantes ocasionales de armas para los judíos de Palestina, eran expertos en manejarlas y repararlas. Enrolados como marineros y artilleros a bordo. Un Oerlikon de 20 mm no lo manejaba cualquiera.

—¿Cuál es su pregunta?

Sonrió el libanés, aunque sólo con la boca. Tenía los ojos vivos y la sonrisa peligrosa.

—¿Nos dirá para quién vamos a trabajar?

Jordán endureció el gesto.

—Trabajan para mí.

—Sí, claro. La cosa es cómo considerarlo. Para dirigirnos a usted, ¿no?… Con qué tratamiento.

—Pueden llamarme señor, capitán o comandante, lo que prefieran. Y déjenme aclararles algo: toda indiscreción, desobediencia o falta de respeto tendrá la sanción adecuada, y me encargaré de aplicarla.

Frunció los labios el otro.

—¿Económica?

—Por supuesto.

—¿También castigo físico, llegado el caso?

Jordán no respondió a eso, o no lo hizo directamente.

—Quien los emplea dispone de medios para resolver cualquier irregularidad o incumplimiento de contrato.

Cambió el libanés una ojeada rápida con su primo.

—Suena a alguien poderoso, ¿no?

—Lo suficiente —confirmó Jordán.

Siguió un silencio roto por el torpedista Zinger.

—¿Eso es una advertencia?

—Pues claro que es una advertencia —los miró uno por uno, con aplomo—. ¿Dónde creen que se han enrolado?

—Creíamos que se trataba de contrabando —dijo Farid Maroun.

—Creyeron mal.

Se miraban unos a otros, asimilando lo que acababan de oír. El cuarto hombre no había abierto la boca durante la conversación: el telegrafista inglés, el tal Bobbie Beaumont, era casi tan alto como Jordán pero flaco y de piernas muy largas, desproporcionadas con el torso. Mejillas hundidas, ojos de color aguamarina, húmedos tras el cristal de unas gafas de concha. Necesitaba un corte de pelo y un afeitado; la barba de tres o cuatro días rozaba el cuello sucio de una camisa caqui militar que llevaba por fuera, sobre el pantalón zurcido en una rodilla. Calzaba sandalias y un burdo tatuaje medio descolorido manchaba de azul el dorso de su mano izquierda. Pese a todo, aquel individuo poseía un aire distinguido. Estaba sentado en un taburete con la espalda apoyada en el vidrio de la ventana y no había dejado de fumar en todo el tiempo: dos cigarrillos, encendido el segundo con la brasa del anterior. Cuando habló lo hizo átono y sin dirigirse a nadie, cual si se limitara a expresar un pensamiento en voz alta.

—Bandera negra, entonces —dijo.

Todos lo miraron con curiosidad. Se encogió de hombros y al fin, alzando la vista, posó en Jordán los ojos que todo el tiempo parecían a punto de lagrimear. Ironía y fatiga se combinaban en un brillo lento, insólitamente divertido.

—Se trata de merodear, me parece —añadió con calma, como si aquella deducción no lo alterase en absoluto—. ¿Seremos corsarios en el mar Egeo?

—Piratas —aclaró Jordán sin titubear—. En lo oficial nadie nos respalda.

 

 

 

Anduvo de regreso al hotel siguiendo la orilla del mar. Hacía ya una hora que el sol se había ocultado contiguo al faro, semejante a un disco incandescente que se extinguiera sobre un ancho triángulo rojo; pero quedaba un rastro de claridad que permitía apreciar los contornos sombríos de los edificios, cuyos bajos, donde permanecían abiertos algunos pequeños comercios, salpicaban débiles luces de lámparas de queroseno.

Se sentía inseguro, y era natural que así fuese. Había mandado a hombres en situaciones que el mar volvía críticas, luchando por sus vidas en despiadados paisajes en blanco y negro; pero nunca en acciones de guerra. Su única experiencia violenta se limitaba a un incidente aislado en los muelles de El Ferrol en julio del 36 y al posterior adiestramiento con los alemanes en Kiel. Lo enviaban al Mediterráneo oriental sin que nadie hubiese pedido antes su parecer: eran órdenes a cumplir sin discusión posible. Y no podía menos que preguntarse si, llegado el caso, conseguiría estar a la altura.

Apenas se cruzó con nadie: sólo un par de transeúntes aislados y cuatro hombres que conversaban en árabe y fumaban apoyados en la balaustrada. Un automóvil surgió de frente, ruidoso y rápido, iluminando a Jordán antes de alejarse en dirección opuesta, y él aprovechó la luz para dirigir otra ojeada suspicaz a su espalda. Entonces se quedó inmóvil, mirando atrás. El tal Beaumont caminaba a quince o veinte pasos, siguiéndolo. O eso parecía.

Permaneció quieto hasta que el inglés llegó hasta él. Vino despacio, acercándose con naturalidad, y al fin se detuvo a su lado.

La luz del crepúsculo se había extinguido casi por completo, pero bastaba para recortar en ella la silueta enjuta y desgarbada del telegrafista.

—¿Qué hace aquí? —lo interrogó Jordán con aspereza.

—Me dirijo a mi hotel, querido muchacho. Está en el puerto.

La familiaridad del tono lo desconcertó: tolerante, superior. Casi afectuoso. Parecía un profesor dirigiéndose a un alumno.

—¿Y sus compañeros?

—Eh, bueno. Sería precipitado llamarlos así, ¿no cree?… En realidad acabo de conocerlos —hizo una pausa que cubrió con un suspiro de fatiga—. Se han quedado en el cafetín estrechando lazos de camaradería, ya sabe: los pocos afortunados, grupo de hermanos, el día de San Crispín y todo eso —se detuvo, dubitativo—. La riqueza de la patria, sea cual sea, premiará nuestras fatigas… ¿Me capta?

Jordán ignoraba a qué diablos se refería el inglés. Estudió intrigado lo que de su interlocutor podía ver en la penumbra. Aún estaba callado cuando el otro habló de nuevo.

—Como he dicho, querido muchacho, voy a mi hotel. ¿Le importa que continuemos juntos?… A esta hora, Beirut no es el lugar más seguro que conozco.

Suspiró Jordán, incómodo.

—Escuche, Beaumont.

—Todos me llaman Bobbie.

—Prefiero Beaumont.

—Como guste —el telegrafista emitió un gruñido resignado—. Usted es el jefe.

—Eso quiero recordarle. Reserve lo de querido muchacho para cuando tengamos confianza. Algo que no ocurrirá hasta dentro de mucho tiempo.

Titubeó el otro.

—Eh, sí. Comprendo. Usted es…

—Lo que dijo hace un momento: el jefe.

—Naturalmente. Conste primero mi temor y después mi reverencia. La disciplina, por supuesto. Con todo lo demás.

El tono, ahora entre respetuoso y comprensivo, seguía irritando a Jordán.

—Exacto —zanjó—. Y todo lo demás.

—Disculpe, señor. Eh… Comandante.

—Aquí no me llame así.

—Discúlpeme otra vez.

Caminaron a lo largo de la balaustrada que separaba la avenida del mar. Lo hicieron en silencio mientras la última claridad se extinguía a su espalda. En la boca de Beaumont se avivaba de vez en cuando la brasa de otro cigarrillo, reflejada en el cristal de sus gafas.

—Lo ha expuesto bien hace un rato —dijo al fin—. Instrucciones precisas y nada más, en absoluto pistas comprometedoras y ningún etcétera. Seguimos sin conocer el objeto final de tan variopinta asamblea.

—Saben lo que deben saber, por ahora. El resto llegará en su momento.

—Se trata de perturbar algún tráfico marítimo, evidentemente. Radiotelegrafista, artilleros libaneses, torpedista holandés… Que me ahorquen si no suena a operación militar clandestina.

El inglés tenía una conversación serena, educada, con alusiones cultas que Jordán era incapaz de identificar. Sin embargo, ya no se sentía irritado. Bobbie Beaumont era un hombre agradable. Al menos, recordó, cuando parecía encontrarse lejos de una botella.

—¿Se trata de una embarcación grande? —le oyó preguntar.

Anduvo unos pasos sin responder, calculando la pertinencia de una respuesta.

—No demasiado —concedió—. Lo suficiente.

—¿Una goleta, una motora o algo así?

—Más o menos.

—O sea, que han reclutado una tripulación para operar en aguas de Levante. Acciones de guerra encubierta… ¿Seguro que no es contrabando?

Jordán no respondió. Se detuvo el inglés y dejó caer la colilla al suelo, contemplándola inmóvil hasta que se extinguió la brasa.

—Pues que yo sepa —dijo—, sólo hay una guerra en curso, que es la de España. Y el tráfico mediterráneo más relacionado con ella proviene del mar Negro… ¿Voy bien?

Miró Jordán a su izquierda, donde ya se confundían mar y cielo oscuros. Cerca de la costa, las luces de un buque grande se movían despacio hacia el oeste. Seguramente era el Alba Adriática, que a esa hora tenía prevista su salida rumbo a Alejandría.

—Leyendo periódicos —estaba diciendo Beaumont— creí que quien por una parte se ocupa de eso son los barcos alemanes y los submarinos italianos; o sea, los aliados de Franco. Y los rusos, por la otra.

—¿Sabe, Beaumont? —Jordán se había vuelto brusco hacia él—. Usted habla demasiado.

—Sí, lo sé… Es mi defecto principal. Pero no se inquiete por mí. Sé tener la boca cerrada cuando conviene.

—Pues debería cerrarla ahora.

—Eh, claro. Mi obediencia, mi deber, mi discurso. Discúlpeme otra vez. Ya se sabrá todo, ¿no? Bajo el sol de Dios y a su debido tiempo.

Caminaron de nuevo. El talante del interlocutor desarmaba un poco a Jordán. Casi lamentaba su rudeza.

—Me han dicho que es un buen operador de telégrafo —comentó.

—No soy malo, desde luego. Tengo experiencia.

—Estuvo en la marina británica, tengo entendido.

—Por supuesto, eh, vaya si estuve —se había animado la voz del inglés—. Una guerra meditada y honorable, ya me entiende, a la vieja usanza: segundo operador a bordo del Southampton, en Jutlandia. Hace veintiún años. Y todavía…

—Me han dicho que bebe en exceso —lo interrumpió Jordán.

—Vaya. ¿Eso le han dicho?

Sonaba casi dolorido, reflexivo, y tardó en hablar de nuevo.

—Mire, querido mu… —la frase quedó truncada—. Señor, quiero decir. Llevo cuatro meses sin probar una gota de alcohol.

Se detuvo Jordán, haciendo pararse al otro. Dos siluetas oscuras frente a frente. Ha sido un error, pensaba, mantener esta conversación.

—No voy a permitir descuidos, ¿comprende? —dijo con sequedad—. A nadie. Hay demasiado en juego, y el trabajo que debe hacer es fundamental.

—Me hago cargo, naturalmente. Pero le aseguro…

—Cometa un error, uno solo, y me encargaré de que sea el último.

Siguió un silencio prolongado, incómodo. Y cuando Beaumont habló por fin, en su voz amable parecían infiltrarse unas gotas de resentimiento.

—Es marino de guerra, ¿verdad?… Conozco el tono. Eh, sí. Y español, claro. De lo que al principio no estaba seguro era de si pertenecía a la Armada franquista o a la republicana.

Jordán replicó con dureza.

—¿Tendría inconveniente, en cualquier caso? ¿Alguna preferencia?

—¿Yo? Ninguna —el otro encendió un nuevo cigarrillo—. Enloquecido mundo, locos reyes, locas alianzas… —antes de apagarse, la llama del fósforo iluminó el rostro huesudo y sin afeitar, los ojos perdidos en la nada—. Aunque, vista de lejos, me cae mejor la República. Pero pecunia non olet, querido… Vaya, quiero decir comandante. O sea, señor.

 

 

 

Los mamparos y las planchas del suelo transmitían la trepidación de las máquinas. Sobre un hombro de Jordán, un rayo de sol que entraba por el ojo de buey del camarote se desplazaba arriba y abajo con el balanceo del barco, iluminando o dejando en sombra los documentos que leía y las cartas náuticas que consultaba. Todo cuanto necesitaba saber se encontraba allí cuidadosamente expuesto. El capitán de navío Navia-Osorio, organizador de la misión, era un jefe minucioso y un hombre de palabra. Al despedirse había prometido que el material estaría disponible a bordo del Akamas cuando el barco chipriota zarpase de Beirut.

—No conviene que hasta entonces lleve encima documentos comprometedores… Ya tendrá tiempo de familiarizarse con todo.

Serio, muy correcto de uniforme y actitudes, católico puntilloso, superviviente de las matanzas de jefes y oficiales efectuadas por la marinería republicana en julio y agosto del año anterior, Luis Navia-Osorio era un lúcido y eficiente encargado de operaciones del jefe del estado mayor de la Armada, vicealmirante Cervera. La conversación decisiva la habían tenido en presencia de éste y en la cámara de oficiales del crucero Canarias, al presentarse Jordán en Cádiz al regreso de Alemania. Allí advirtió que todo estaba planeado al más alto nivel y que urgía ponerse en marcha. Ni siquiera le concedieron permiso para ver a su mujer y su hijo en El Ferrol.

—Los barcos con material militar soviético —había explicado Navia-Osorio— siguen saliendo del mar Negro rumbo a los puertos españoles en poder de los rojos: después de pasar el mar de Mármara, los Dardanelos y el archipiélago griego, cruzan el Mediterráneo hacia su destino. Tanto los mercantes de la República como los rusos son presa legítima, y hasta ahora hemos hundido o capturado varios, gracias a los submarinos italianos y alemanes, a sus unidades de superficie y a nuestros cruceros auxiliares que hacen el corso en el canal de Sicilia…

—Pero eso se acaba —apuntó el vicealmirante, que se encontraba sentado en un sofá entre un retrato del general Franco, un reloj atornillado en un mamparo y una estampa de la Virgen del Carmen—. Es el final de los happy times.

Cerca de los setenta, Cervera era un anciano de pelo gris y ademanes pausados, a quien el uniforme azul oscuro con botones dorados y galones en las bocamangas aún daba una singular gallardía. Marino de prestigio, la sublevación militar contra la República lo encontró en situación de retiro forzoso, pero había acudido a ponerse a disposición del bando franquista.

—Así lo tememos —confirmó Navia-Osorio—. Inglaterra y Francia quieren prohibir actos de fuerza lejos de nuestras aguas y pretenden limitarnos al mar balear y al mar de Alborán, impidiendo a nuestros amigos intervenir y a nosotros patrullar fuera de esas zonas. La Sociedad de Naciones prepara una conferencia para conseguir un acuerdo, y eso puede ocasionar que tanto los mercantes rusos como los republicanos naveguen con impunidad. Además, barcos de otros pabellones que también trafican para los rojos se camuflan y protegen bajo bandera inglesa… O sea, que cada vez tendremos más difícil hincarles el diente.

—Por medios legales, quiere decir —precisó el vicealmirante.

—Eso es, por medios legales… Pero nosotros necesitamos mantener la tensión. Atacar su tráfico cuando está lejos de la protección de la flota roja, que espera a la altura del cabo Bon y lo escolta a lo largo de la costa norteafricana. El asunto es golpear antes de que lleguen allí, y el Egeo es paso obligado. Un lugar perfecto para darles caza, aunque ahora se camuflen como barcos neutrales con capas de pintura, chimeneas falsas y otras banderas.

Tras decir eso los dos jefes se quedaron callados, dejando a Jordán penetrar por sí mismo en el resto del asunto. Miró éste, confuso, la esfera del reloj del mamparo, cuyo tictac parecía prolongar el incómodo silencio.

—Discúlpenme —acabó por decir—, pero no comprendo mi papel en esto… ¿Cuáles son o serán mis órdenes?

—¿Qué tal su curso en Kiel? —se interesó Cervera.

Parpadeó Jordán.

—Muy instructivo.

—¿Lo trataron bien los kameraden?

—De maravilla.

—¿Y se siente capacitado para operar con lanchas torpederas?

—Eso espero, almirante. Me apliqué cuanto pude.

El jefe del estado mayor de la Armada se volvió hacia Navia-Osorio, cediéndole la palabra. De modo oficial y como ayuda de guerra, explicó éste, Alemania había entregado a la flota nacional dos de esas embarcaciones, que operaban en el Estrecho y Baleares con los nombres de Requeté y Falange. Y estaba prevista la entrega de otras dos. Ninguna era del último modelo, pero sí del penúltimo, por así decirlo. En ese punto miró a Jordán con renovada atención.

—Usted las conoce bien —dijo.

—Sí, claro —confirmó éste—. Clase S, por schnellboot. Un poco anticuadas, con motores de gasolina, a diferencia del diésel que llevan las de ahora.

—En Kiel también hizo prácticas con la clase S-7, tengo entendido.

—Exacto. Ésa ya es de las modernas.

—¿Y cuál es su impresión?

—Una embarcación magnífica. Rápida y maniobrera. Navega a treinta y cinco nudos.

—Pues celebro que le guste, porque estará al mando de una.

—¿Perdón?

—Acaba de oírlo.

—Pero si yo…

—Lo sabemos, lo sabemos. Usted sólo es un alférez de navío de la Reserva Naval, pero tiene cualidades útiles en este momento —sonrió fríamente al desconcertado Jordán—. Además de alemán e inglés, habla griego. Podría pasar por uno de ellos.

—¿Griego?

—¿Qué ocurre? —inquirió irónico el vicealmirante—. ¿No hay rubios allí?

—Pues claro que los hay, pero…

—Además —intervino otra vez Navia-Osorio—, para la misión que le asignamos ascenderá un grado. Desde hoy es teniente de navío.

—Dios mío —a Jordán le daba vueltas la cabeza—. No comprendo…

—Parece sorprendido —lo interrumpió Cervera—. Sin embargo, aquí no se improvisa nada… ¿Cree que lo enviamos a Alemania para hacer turismo? —señaló al capitán de navío—. Él ya tenía planeada esta operación. Buscaba la persona idónea, y en la Escuela Naval le hablaron de usted.

—Poco imaginativo, calmado y fiable —confirmó el otro—. Eso dijeron.

Sonreía el vicealmirante:

—Con experiencia fuera de la Armada, que lo limita menos que a nosotros, los cabezas duras del Cuerpo General.

—Y la operación es… —aventuró Jordán, viendo venir el chubasco.

—Organizar una base en el mar Egeo —dijo Navia-Osorio— para atacar el tráfico de los rojos con una lancha torpedera S-7.

Jordán se había quedado con la boca abierta.

—Pero de ésas no tenemos —arguyó.

—Ya que el Comité de Londres prohíbe ceder naves de guerra a países beligerantes, Alemania nos entrega una en el más absoluto secreto. También desean probarla en acción de guerra real, así que en algún momento deberá elaborar informes que les enviaremos… Pero hay otras circunstancias que convierten esto en inusual. Bajo ningún concepto navegará bajo pabellón español, ni tampoco habrá españoles en su tripulación. Todos serán voluntarios extranjeros.

—¿Mercenarios?

—No ponga esa cara —terció severo el vicealmirante—. También la República los utiliza. La cuestión es que nada puede hacerse público. Sería un escándalo, así que se trata de una acción clandestina que nuestro gobierno nunca reconocerá. Una vez allí se verá completamente solo, bajo su exclusiva responsabilidad. Todo el apoyo material y económico le va a llegar a través de terceros.

—Pero eso es piratería —protestó confuso Jordán.

—Sí, desde luego… Actuará bajo identidad falsa, sin nada que lo acredite. Si lo capturan se verá sometido a leyes penales internacionales.

—Nada haremos por usted —precisó Navia-Osorio con sequedad.

Asentía Jordán lentamente. Al fin encajaba todo: el mes de adiestramiento en Alemania, la urgencia con que había sido llamado a Cádiz. Su designación y no la de otros: Miguel Jordán, Kyriazis de apellido materno. Poco imaginativo, calmado y fiable. Ni siquiera se sentía ofendido por lo de poco imaginativo, aunque nunca lo habría considerado una virtud militar. Estaba muy asombrado para eso.

—¿Habrá que atacar en aguas griegas o internacionales?

—Griegas, nos tememos. El tráfico pasa entre esas islas. También la base desde la que va a operar es una isla griega. Por ese lado no hay inconveniente, porque el gobierno del dictador Metaxás simpatiza con nosotros.

—¿Están allí al tanto de esto?

—Pues claro. Tenemos un acuerdo secreto para que miren hacia otro lado cuando convenga. Si actúa con discreción, no habrá problemas con Atenas. Una cosa son sospechas públicas, y otra, hechos demostrables. A usted corresponde que no se nos atribuya absolutamente nada.

—Convendría que se dejara crecer la barba —sugirió el vicealmirante tras meditarlo un poco, y miró a Navia-Osorio—. Y también el pelo, ¿no cree?… Cuanto menos formal parezca, mejor.

—Sí, es buena idea —aprobó el capitán de navío.

Siguió un silencio pautado por el tictac del reloj del mamparo.

—¿En qué piensa, Jordán? —se interesó Cervera.

Dejó éste salir de golpe el aire que retenía en los pulmones.

—Mi familia…

—Lo sabemos y lo lamento —dijo Navia-Osorio—. No hay tiempo para que visite a la familia.

—¿Qué edad tiene su hijo? —preguntó el vicealmirante, amable.

—Doce años.

—¿Sigue con la madre en El Ferrol?

—Eso creo.

—Cuidaremos de ellos, no se preocupe.

Asentía Jordán, pensativo. Resignado.

—Hace siete meses yo era marino mercante…

Lo dejó ahí, con un último titubeo. Encogió Cervera los hombros.

—Pues ahora lo es de guerra. Y la misión de un marino de guerra es hundir barcos enemigos. De modo que procure hundir tantos como pueda.

De nuevo el tictac del reloj: una pausa larga. Jordán se aclaró la garganta.

—¿Me permite una pregunta, almirante?… ¿O más bien una reflexión?

—Naturalmente. Hágala.

—En ningún momento han sugerido que tenga la opción de ofrecerme, o no, como voluntario.

Se endureció el gesto del viejo marino.

—No hace falta. En la España nacional todos somos voluntarios… Ay de quien no lo sea.

 

 

 

Sonaron golpes en la puerta del camarote. Un desharrapado marinero, tan sucio como el resto del barco —el Akamas era un candray herrumbroso de los que todavía llevaban un timón descubierto a popa—, estaba allí para decirle a Jordán que el capitán lo llamaba al puente. Guardó aquél los documentos, echó la llave y siguió al marinero hasta la cubierta, cegado por la luz que reverberaba en la marejada que a diez nudos hendía el mercante. En torno al barco había islas por todas partes: pardas, grises, verdosas, grandes y pequeñas, altas y bajas, incrustadas en el azul o emergiendo de él, visibles hasta donde alcanzaba la mirada en el aire nítido del mediodía: las islas Cícladas. El corazón del mar Egeo.

Mientras subía por la escalerilla del puente advirtió que el Akamas moderaba máquinas y vio a sus hombres acodados en la regala de estribor. El inglés, el holandés y los libaneses contemplaban el mar y un caique cercano: un pesquero griego que navegaba a motor a poco más de un cable, en rumbo paralelo al mercante. También el capitán, asomado al alerón, observaba el pesquero. Era un individuo flaco, silencioso, con una mugrienta gorra calada hasta las cejas, que apenas había cambiado una docena de frases con sus pasajeros durante los tres días de navegación desde Beirut. Ahora llevaba unos abollados prismáticos colgando del cuello; y cuando Jordán llegó su lado, señaló el pesquero con una mano de uñas sucias.

—Su caique, señor.

—¿Dónde estamos?

Se volvió ligeramente el otro hacia una breve línea montañosa que, por la banda opuesta del barco, destacaba en el mar.

—Cinco millas al norte de Milos.

Tras decir eso metió la cabeza en el interior del puente y dio una orden. Las máquinas aflojaron su ritmo, disminuyó la trepidación, y después de unos momentos de inercia el mercante quedó balanceándose en la marejada mientras el caique, que había cambiado el rumbo, se acercaba por estribor. El mismo marinero que había avisado a Jordán fue hasta la borda y dejó caer una escala de gato.

—Prepare a su gente —llevándose los prismáticos a la cara, el capitán chipriota exploraba el horizonte en torno al barco—. Transbordan en diez minutos.

 

 

 

El pesquero estaba aún más sucio que el Akamas: pequeño, viejo, repintado, olía a redes húmedas, combustible y pescado. Tenía una larga caña de timón a popa, su único palo llevaba las velas aferradas y el motor vibraba de modo inquietante, despidiendo una densa humareda de gasóleo mal quemado. Lo tripulaban seis marineros, todos griegos, y el patrón era un hombrecillo rechoncho, de tostado cráneo calvo y ojos vivos. Le faltaba un botón de la camisa y de vez en cuando metía los dedos por el hueco para rascarse con parsimonia la barriga. Su rostro grasiento, sin afeitar, reclamaba agua y jabón desde hacía al menos una semana. Al llegar Jordán a bordo le había estrechado la mano, solemne, dándole la bienvenida con mucha ceremonia.

—Kalós ilzate, kyrie.

—Efjaristó, kapetánie.

La respuesta en correcto griego sorprendió al otro. Ahora, mientras navegaban contra el viento a una velocidad máxima de cuatro nudos, el kapetanios observaba con curiosidad a Jordán y a los cuatro hombres que, sentados a proa sobre sus petates de lona, dormitaban, fumaban o miraban el mar.

—¿Cuánto tardaremos en llegar? —preguntó Jordán.

El patrón del caique, que manejaba él mismo el timón, encogió los hombros mientras movía la cabeza, indolente.

—No sé —se tocaba con un dedo la muñeca izquierda, señalando un reloj que no llevaba—. Diez horas o menos, si Dios quiere.

—¿Cuarenta millas, entonces?

—Puede ser —señaló el sol cada vez más bajo—. Podrán dormir hasta el amanecer.

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