La isla de la mujer dormida
1. Bandera negra
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Jordán fue a acomodarse recostado en su saco de marino, en un lugar desde el que podía contemplar el mar. Pensaba, como no había dejado de hacerlo en los últimos días, en la isla y la embarcación que aguardaban al término de tan extraño viaje. En sus posibilidades de éxito o de fracaso. Hasta el momento en que pisó la cubierta oscilante del caique se había limitado a seguir, disciplinado y tranquilo como era por naturaleza, la pauta establecida por otros: un plan ajeno a su voluntad. A partir de ahora, sin embargo, la responsabilidad de cuanto ocurriese recaería sobre él, sin nadie a quien apelar. Acontecimientos, vidas de amigos y enemigos, dependerían de las decisiones que adoptase, acertadas o no. Por eso llevaba tantas noches durmiendo mal, dando vueltas en la cabeza a los pormenores de una misión impredecible y peligrosa en la que nunca habría imaginado verse envuelto.
—No es usted un hombre de acción —había dicho Navia-Osorio al despedirlo en Cádiz—. Y eso nos tranquiliza.
No lo era, en efecto. Al menos, lo que solía entenderse como tal. Tal vez por ello, idiomas aparte, lo habían elegido a él. Su carácter era sencillo, prudente —lo de poco imaginativo no se le iba de la cabeza—, forjado junto a hombres hechos a poner distancia entre un barco y la tierra que dejaban a popa o por el través. No era el afán de aventura lo que lo había llevado al mar a los catorce años, a bordo de un bacaladero en los bancos de Terranova, sino la íntima necesidad de silencio en paisajes rutinarios de agua y cielo. Nunca en la vida, ni siquiera por su mujer y su hijo —había sido y era un matrimonio accidental y poco feliz—, lamentó soltar amarras, sino todo lo contrario. Era Jordán un hombre imperturbable, casi abúlico, para quien el mar suponía un recurso y la vida a bordo una solución. Pero el azar o el destino lo situaban ahora bajo responsabilidades que poco tenían que ver con el acto de llevar un barco de un lugar a otro con los menos riesgos posibles, único deber del marino mercante que hasta hacía algo más de medio año había sido: aquel a quien unos grados, minutos y segundos establecidos con certeza, las coordenadas de latitud y longitud en que se hallara cualquier nave que le fuese confiada, bastaban para permitirle dormir a pierna suelta.
Pensó en eso durante toda la noche, cada una de las muchas veces que despertó molesto por el balanceo de la embarcación, húmedo del relente que goteaba de la jarcia y mojaba la cubierta, su rostro y su ropa. Tiritando de frío bajo las infinitas estrellas que parecían oscilar en el cielo como alfilerazos en una vasta esfera negra.
En la luz horizontal del alba, todavía oculto el sol bajo el mar, el amanecer se afirmaba lento, acuchillado en tonos naranjas. Alzó la cabeza Jordán tras la última duermevela, se frotó los ojos y vio que el patrón del caique seguía sentado a popa con la caña del timón entre las manos y un cigarrillo en la boca, cual si no se hubiera retirado de allí en toda la noche. Vestía ahora un chaquetón y un gorro de lana, y al ver despierto a su pasajero le dedicó una ancha sonrisa.
—Kaliméra, kyrie.
Se incorporó Jordán.
—Kaliméra, kapetánie.
Sus cuatro hombres aún dormían a proa, bultos inmóviles cobijados bajo la lona de una vela llena de remiendos. El patrón señaló una cafetera y un pichel encajados entre las adujas de un cabo, y Jordán, con un gesto de agradecimiento, se sirvió lo que quedaba en ella. El café era malo y estaba tibio, pero le sentó bien a su estómago aterido. Se puso en pie, fue a sotavento, se desabotonó el pantalón y orinó al mar, aliviado, antes de regresar junto al patrón.
—Sigue el viento en contra —dijo sentándose a su lado.
Asintió el griego, indicando con resignación la gran vela cangreja, que seguía baja y sujeta a la botavara. Después, con un leve movimiento del mentón, invitó a Jordán a mirar más allá del palo y la proa. A unas tres millas, emergiendo del mar, que viraba despacio del azul oscuro al rojo color de vino, se distinguía una breve línea irregular de tonos pardos y grises, semejante a un cuerpo humano que yaciera vuelto hacia el cielo.
—Nysos Gynaíka Koimisméni —dijo el patrón, satisfecho, volviendo a tocarse con un dedo la muñeca donde no llevaba ningún reloj.
Era cierto, advirtió Jordán consultando el suyo. Llegaban a la hora prevista. El sol asomaba ya por la amura de estribor del caique. Sus primeros rayos dibujaron prolongados trazos rojos en el paisaje; y bajo aquella luz, vista desde el mar, la isla parecía el cuerpo de una mujer dormida.