La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


2. Ajedrez en el Egeo

Página 5 de 31

2. Ajedrez en el Egeo

 

 

 

 

 

Cuando el peón negro amenazó a la dama, Salvador Loncar se echó un poco atrás en el diván, enarcó las cejas y miró a su oponente.

—Qué hijo de puta eres, Pepe.

Desde el otro lado del tablero, Ordovás le dedicó una mueca maliciosa.

—Me lo has puesto fácil… ¿Estabas distraído, o qué?

—Estaba.

—Pues ya sabes, compadre: camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. A ver cómo sales de ésta.

Estudió Loncar la posición de las piezas. Era un jugador cauto y realista. A causa de su descuido no quedaba otra solución que retirar la dama, y eso llevaría el alfil enemigo, mortal como una estocada, hasta el flanco de su rey. Aquella partida estaba más perdida que el Titanic.

—Es tuya —dijo, resignado—. Lo dejamos.

—Hoy te rindes fácil, chico. Te veo flojo de forma. ¿Quieres la revancha?

—No, déjalo. Estoy cansado. Me desquitaré el lunes.

Más bien gordo, con frondoso y descuidado bigote, reluciente de gomina el pelo negro y brillante, Loncar devolvía las piezas a la caja. Dio su acompañante tres palmadas, y Shikolata, un corpulento camarero negro vestido de gaucho argentino —cada tarde y noche se bailaban tangos en el local—, trajo dos narguiles ya encendidos. Se llevó Loncar a los labios la boquilla del suyo y aspiró con deleite la mezcla de tabaco turco y hachís. Desde hacía unos años este último estaba oficialmente prohibido en Turquía; pero madame Aziyadé, la dueña, tenía buenas relaciones con la policía. Al fin y al cabo, su cabaret burdel —Kapi Saadet, Puerta de la Felicidad— era de los más serios y elegantes de Estambul.

—¿Cenamos juntos? —propuso Ordovás—. Han abierto un sitio nuevo en la cornís Florya, cerca de la muralla: una lokanta apartada, discreta, donde hacen unas albóndigas celestiales.

—Hoy no puedo —dijo Loncar.

Vio que el otro le dirigía una mirada de extrañeza entre dos bocanadas de humo.

—Pues ya es raro que tú rechaces unas albóndigas como Dios manda —se animaban los ojos de Ordovás con un brillo expectante—. ¿Hay novedades?

—Mis labios están sellados.

Entornaba Ordovás los párpados astutos, de oteador paciente.

—Cómo sois los rojos… O sea, que tienes algo entre manos.

Cogió Loncar la boquilla de su narguile y volvió a fumar. Los botones del chaleco se tensaban sobre su excesiva tripa. Tenía un aspecto engañosamente plácido y frente a él Pepe Ordovás parecía su antítesis: pequeño, nervioso, flaco, afeitada la cara, crespo el pelo que empezaba a escasear en la coronilla. Las orejas grandes, apartadas del cráneo, reforzaban su aire zorruno. Si las debilidades de Loncar eran la buena comida y el ajedrez, las de Ordovás eran, ajedrez aparte, el champaña Bollinger, la ropa de calidad y las mujeres. Tal era la razón de que las partidas que jugaban los lunes y los viernes de cada semana tuvieran lugar en el local de madame Aziyadé: espejos con marcos de terciopelo rojo, alfombras, ventanas de madera dorada, divanes tapizados en damasco. Un sitio donde a nadie podía llamar la atención que coincidiesen, con periódica frecuencia, un agente de la España nacional y otro de la republicana.

—Hace tiempo que no cambiamos cromos de Nestlé —dijo Ordovás, con intención.

Lo admitió Loncar.

—No hay gran cosa que contar.

—¿Te fue útil el soplo sobre aquel polaco?

—Sí, mucho.

—Al final cerraron el negocio en el hotel Slavyanska de Sofía, como te previne… ¿A que sí? El alemán y él.

—Exacto.

—Tengo entendido que lo mataron dos días más tarde, en Trieste. Qué casualidad.

Inescrutable, Loncar le sostuvo la mirada.

—No tengo ni idea —dijo.

—Da igual —metió Ordovás una mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una cuartilla doblada, escrita a máquina—. Ahí tienes una verdadera perita en dulce: un mercante griego tiene previsto cargar en El Pireo cañones de campaña Schneider, morteros Brandt y fusiles Mauser… El pago se ha hecho a través de la sucursal del Banco Otomano en Atenas.

Cogió Loncar el papel y se lo guardó sin mirarlo; como veterano ajedrecista, sabía disimular la sorpresa. Aquello era demasiado bueno para él, y justo por eso podría ser malo. Estudió fijamente a Ordovás.

—¿Fecha de salida?

—La ignoro.

—¿Nombre del barco?

Moduló el otro una mueca cómplice, cual si ya hubiera ido muy lejos.

—Búscate la vida, anda. Con eso cumplo de sobra.

Asintió Loncar y sin más comentarios dio una larga chupada a su narguile. En espera de la contrapartida, Ordovás le había guiñado un ojo.

—Quiero algo bueno a cambio, compadre. Una por ti y otra por mí, ¿no? —dejaba salir, triunfal, una bocanada de humo—. Ya sabes: un trueque de peones.

—Todo a su tiempo —sonrió Loncar, cauto—. Algo tendré pronto.

Se inclinó un poco el otro hacia él, bajando la voz. Sonaba Volver en un gramófono y había dos mujeres, ligeras de ropa y abundantes de carne, sentadas en una esquina del reservado. Madame Aziyadé las había situado allí por si se requerían sus servicios, de baile o de los otros. No hablaban español, pero más valía prevenir que lamentar.

—Si fuera sobre los barcos que vienen del mar Negro me iría muy bien.

Loncar se quedó, de nuevo, mirando a su interlocutor. Así que era eso. En su cabeza tintineaba desde hacía rato una campanita de alerta. Funcionario de consulado uno, agente comercial el otro, eran íntimos desde antes de la guerra. El golpe militar en España los había situado en bandos distintos —intereses opuestos era otra forma de decirlo—, pero no llegó a romper su relación. Por eso, cuando los servicios de espionaje nacional y republicano, cada cual por su cuenta, recurrieron a ellos como agentes de información en Estambul, los dos desarrollaron un insólito juego de lealtades y triquiñuelas: pacto de no agresión y, hasta donde era posible, de asistencia mutua. Una especie de hoy por ti y mañana por mí que, para su doble satisfacción —llevaban ocho meses practicándolo con toda clase de cautelas—, funcionaba bien. Cuídame y te cuidaré, gane quien gane. Pero el mar Negro era un asunto delicado.

—El del mar Negro es un asunto delicado —repuso Loncar, prudente.

Desde luego que lo era. En el complicado juego del tráfico de armas con destino a los bandos españoles en conflicto, los puertos soviéticos constituían la joya de la República. Y ambos agentes lo sabían. Desde el principio aquél había sido un tema a evitar, una especie de pacto tácito fuera de sus complicidades y combinaciones habituales. Palabras mayores. Y eso, intuyó Loncar, pretendía ahora alterarlo Ordovás con su imprecisa oferta de caza menor: una vaga mención de cañones y morteros donde no constaban el nombre del barco ni el puerto de salida. Desde algún lugar debían de estarle presionando para que él se arriesgara, aunque fuese poco, a violentar las reglas.

—Muy delicado —insistió.

Asentía el otro con desparpajo.

—Por eso me iría bien un toquecito por ese lado. Cualquier cosa vale, te digo. Con un nombre y una fecha aproximada puedo arreglarme: le doy un par de vueltas, lo cruzo con lo que ya sé, mando un informe y quedo como un señor.

Loncar, precavido, ganaba tiempo. Chupó dos veces la boquilla del narguile, reteniendo el humo. Le sentaba bien en los pulmones y la cabeza.

—Nombre y fecha, dices.

—Sí.

Seguía reflexionando Loncar. Por qué se arriesga a cruzar la línea, seguía preguntándose. Por qué ahora, y qué le habrán pedido que haga. La rebelión militar y el estallido de la guerra civil en España habían echado sobre Europa una turba de representantes de la República en busca de suministros que equilibrasen la ayuda alemana e italiana a las tropas de Franco; pero había demasiado dinero de por medio, así que la llamada Comisaría de Armamento y Municiones era un caos de oportunistas y bandoleros que actuaban cada uno por su cuenta y a veces adquirían cargamentos inexistentes o transformados, a la hora del embarque, en chatarra defectuosa o inservible. De todos los proveedores, los rusos eran los más serios; así que para tratar con ellos se había creado en Estambul una estación de seguimiento llamada Oficina de Suministros y Fletes, destinada a coordinar el tráfico desde la Unión Soviética por el Bósforo y los Dardanelos. Y al frente, debido a su experiencia y lealtad —hasta el 18 de julio fue agregado comercial adscrito al consulado—, habían puesto a Salvador Loncar. Nadie por encima ni nadie por debajo: empleado único, en contacto directo con el ministerio de Marina y Aire. Hasta ese día, de los treinta y cinco viajes de mercantes —veinte soviéticos y quince de otras banderas— supervisados por él, veintisiete habían llegado sin novedad a Valencia y Barcelona. No era mal resultado, para como andaban las cosas.

—Veré qué puedo hacer —aparentó no darle más importancia—. ¿Te interesa ahora eso en especial?

Dio el otro una chupada a su narguile. Por un momento sólo se oyeron las burbujas del agua.

—Hombre —concluyó evasivo—. Eso interesa siempre.

Se estudiaban uno a otro como si la partida de ajedrez siguiera en curso. Tenía picante, pensó Loncar, la esporádica transgresión que de vez en cuando hacía peligrar el pellejo de ambos, poniéndolos a prueba. Pero el mar Negro y sus inmediaciones eran otra cosa: un tablero cuyas piezas contenían intrigas, azares, información y vidas humanas.

—Son bocados demasiado grandes, Pepe —dijo al fin—. Ahí no puedo darte facilidades.

Lo dijo con un arrebato de sinceridad que ambos sabían relativa. Sobre los dientes de roedor del otro asomó la sonrisa, taimada, de un depredador que deja las presas a los chacales cuando ya sólo son carroña.

—Con que me des alguna, me conformo. Ya sabes, ¿no?… La puntita nada más.

—De tus puntitas fascistas me fío lo justo —protestó Loncar—. Hace dos meses me bastó mencionar el nombre del Mandrakis para que los tuyos mandaran un crucero auxiliar a recibirlo en el canal de Sicilia…

Aburridas de esperar, las dos mujeres se habían puesto a bailar un tango —ahora sonaba La cumparsita—, moviéndose abrazadas, exageradamente procaces, en un ángulo del reservado. Ordovás les dirigió una breve ojeada de interés.

—Pero ese barco no era ruso, sino turco —replicó, volviendo con desgana al asunto—. Nada que ver. Y además, salió de Esmirna con bandera francesa.

—Da igual. Si mi gente llega a relacionarme con eso, me cortan los huevos.

—Pues calcula lo que pueden hacerme los míos —lo señaló Ordovás con la boquilla del narguile y luego se la pasó por la garganta como si fuera el filo de un cuchillo—. Lo que sería una lástima para nuestra vieja amistad.

Rió Loncar de buena gana.

—Sería, sí… Además, si te echan los tuyos, ¿a quién ibas a pasar tus infladas notas de gastos, las listas de sobornos imaginarios y el pago a los colaboradores que te inventas?

—Siempre podéis ficharme vosotros —el otro fingió considerarlo un momento—. Aunque no creo que me convenga, porque la guerra la vais a perder, compadre.

—Eso lo veremos.

—Te lo digo yo. La perdéis tan seguro como que me quedé sin abuela.

—Pues en el Jarama os hemos dado pomada para el pelo.

—Vaya por la que os dimos nosotros en Villarreal y Málaga. ¿Has leído los versos que publica Pemán, o uno de ésos, en el ABC?

—¿En el vuestro o en el nuestro?

—En el mío, coño. La edición de Sevilla, la buena… Pemán es falangista.

—Pues no los he leído.

—La hidra roja se muere / de bayonetas cercada / y el Cid, con camisa azul, / por el cielo azul cabalga —Ordovás se lo quedó mirando, expectante—. ¿Eh?… ¿Qué te parece?

—Cursi que te mueres.

—Qué va a ser cursi. Es precioso. Y lo que dice es verdad: tu República está para el arrastre. Demasiado bien os salen las cosas, con ese panorama.

—Pues mejor van a salir, ya verás.

—Ni lo sueñes, porque lo vuestro es un sindiós: bolcheviques, socialistas, anarquistas… Todos haciéndose la puñeta unos a otros. Os sobran gallos en el corral.

Suspiró Loncar, estoico.

—Hasta que pasa el rabo, todo es toro.

—Pues más vale que tus camaradas comunistas tengan más toros, porque éste anda buscando las tablas para tumbarse.

—No soy comunista, hombre. Lo sabes de sobra.

—Simpatizas.

—¿Y qué?

—Y eso.

Loncar se puso en pie. Sonreía casi afectuoso.

—Pepe…

—¿Qué?

—Trach.

Rió Ordovás. En turco vulgar, eso significaba vete a tomar por culo. De soslayo dirigió otro vistazo, esta vez más apreciativo, a las dos mujeres. Se habían sentado de nuevo y fumaban cigarrillos, cansadas de bailar inútilmente.

—No sé, chico… A estas horas me apetece algo más convencional.

—Me voy.

Lo miraba el otro desde abajo, recostado en el diván. Señaló a las mujeres con la boquilla del narguile.

—¿Y las señoritas?… ¿Qué hago con la parte que te toca?

—Sabrás arreglártelas, seguro —se encogió Loncar de hombros con aire resignado—. Hoy tengo la cabeza en otras cosas.

—Para esto no necesitas la cabeza.

—Paso.

—Pues tú te lo pierdes.

—Sí, yo me lo pierdo. Ya habrá otro día.

—¿Y de verdad no cenas conmigo?… Lo de las albóndigas iba en serio.

—De verdad. Nos vemos el lunes —levantó Loncar un puño cerrado hasta tocarse la sien—. Viva la República.

Dio Ordovás un taconazo guasón bajo la mesa.

—Que viva, pero no mucho. Arriba España.

 

 

 

Hacía frío fuera. El viento levantaba remolinos de papeles y polvo. Caminó Salvador Loncar con las manos en los bolsillos de la trinchera —nunca usaba sombrero, prenda burguesa— hasta la plaza Taksim, donde los viernes por la tarde tocaba marchas patrióticas una orquesta militar bajo el kiosco central. Compró el Cumhuriyet y lo estuvo hojeando mientras un tranvía rojo lo llevaba a las proximidades del barrio de Ortaköy. Anduvo luego un trecho cuesta arriba, entre las fachadas de madera cubiertas de parra virgen y las casas pintadas de azul y gris cuyos bajos albergaban tenderetes de anticuarios y ropavejeros; pisando con precaución el empedrado irregular que lo mismo destrozaba los zapatos que exponía a un esguince de tobillo. Y al inclinarse poco a poco la calle en la pendiente opuesta, vio el Bósforo y la costa de Asia al otro lado: dos millas de anchura que durante siglos no habían detenido la civilización ni la barbarie.

Se cruzó con un vecino al que conocía de vista: arrojaba trozos de pan duro a unos perros callejeros que lo rodeaban moviendo la cola, y Loncar se preguntó qué habría hecho de malo. Cuando un estambulí cometía alguna acción indigna, se llenaba de pan los bolsillos para repartirlo entre los perros que encontraba al paso: una especie de reparación pública parecida a la penitencia católica. Lo singular era que köpek, perro —animal proscrito por el Corán—, se contaba entre las palabras turcas más despectivas.

Le gustaba esa ciudad, pensó una vez más, satisfecho de que la guerra de España no lo hubiera alejado de ella. Allí le habían planchado camisas los rumanos, limpiado zapatos los armenios, llevado en taxi los rusos, le habían prestado dinero los judíos y se lo habían robado los turcos. Vivía a gusto en aquel rescoldo ruinoso, cajón de sastre de un imperio que ya no existía: sus calles sucias, su gente suspendida entre un pasado muerto y un futuro incierto, los tenderetes donde se asaba pescado bajo las viejas murallas, las luces nocturnas temblando en la superficie tersa del Cuerno de Oro, las orillas salpicadas de palacetes abandonados por la antigua nobleza otomana, la imposible modernidad que se pretendía imponer tras la liquidación del rancio califato. Pese a los esfuerzos de los Jóvenes Turcos —que ya no eran tan jóvenes— y de Kemal Atatürk, Estambul nunca dejaría de ser lo que ya no era; y Loncar llevaba allí tiempo suficiente para no desear otro lugar. Sin nadie especialmente querido, sin más familia que él mismo, nada lo reclamaba en el extremo opuesto del Mediterráneo. En su instinto, la palabra volver había dejado de tener sentido. Sobre todo a una España desgarrada ahora por fanáticos y asesinos en la que —de eso estaba seguro— nada de cuanto recordaba sería reconocible si regresaba.

Se detuvo ante una puerta claveteada y la abrió con su propia llave. Aquélla no era su residencia oficial —tenía asignada una casa en Pera, como el resto de los funcionarios que vivían en Estambul—, pero desde hacía cuatro meses habitaba junto al Bósforo. Eso facilitaba su trabajo. El edificio, de tres pisos, pertenecía a dos españolas entradas en años, las hermanas Calafell: viuda una, solterona otra, hijas de un dirigente anarquista ejecutado tras la Semana Trágica de Barcelona y vecinas de Estambul desde hacía dos décadas —la mayor había estado casada con un consignatario de buques belga—. Ambas eran fervientes activistas de izquierda, y desde la sublevación de los militares en España se habían puesto incondicionalmente al servicio de la República con colectas de dinero, conferencias sobre antifascismo, cartas a los periódicos locales, envíos de ropa y alimentos. También se negaban a cobrar alquiler por el ático que Loncar ocupaba. Y —detalle fundamental para él— tenían unas manos maravillosas para la cocina.

—Buenas tardes, señoras.

—Buenas tardes, camarada.

Las Calafell eran así de formales, todo el tiempo con el camarada en la boca. Amojamadas de sobra, entre los sesenta y los setenta, sin el más remoto sentido del humor —Loncar sólo recordaba haberlas visto sonreír cuando fracasó la ofensiva fascista sobre Madrid—, la mayor, Libertad, viuda del consignatario, era alta, rubia y delgada; y Acracia, la menor, baja, morena y rellenita. Sólo se parecían físicamente en los ojos de color verde hierba, idénticos, que en los momentos de enardecimiento dialéctico adquirían destellos de apasionada juventud.

—¿Cenarás aquí?… Acracia ha hecho imam bayildi.

Se acarició la tripa, ilusionado.

—¿Berenjenas rellenas?

—Sí, riquísimas.

Estaban sentadas en la salita, junto al mirador, cosiendo Libertad y leyendo Acracia algo de Eliseo Reclus. Y como de costumbre, rodeadas de gatos: dos dormitaban en la alfombra, uno en una silla, otro sobre el aparador. Creyentes en la regeneración de la raza felina tanto como en la de la raza humana, las Calafell los recogían de la calle, escuálidos y sarnosos, para brindarles cuidados y oportunidad de una nueva vida. Algunos de ellos, los aventureros incapaces de sentar cabeza entre cortinas impolutas, tapetes de ganchillo y cojines de cretona, añoraban la libertad callejera y acababan por volver a los cubos de basura y a las pedradas de los muchachos. Otros, los conformistas aburguesados, se quedaban a engordar y echar la siesta. Por aquellos días había al menos cinco gatos en la casa. Y aunque le costó al principio, Loncar estaba acostumbrado al olor.

Sonrió, hogareño, mientras colgaba la gabardina en el perchero.

—Berenjenas rellenas —repitió complacido, en voz alta—. Madre mía, ¿quién puede negarse a eso?

—En una hora estará puesta la mesa —dijo Libertad.

—Estupendo.

Subió al ático haciendo crujir los peldaños de madera. El apartamento era pequeño pero luminoso: un dormitorio con cama de latón y armario ropero y un despacho en forma de medio hexágono con ventanales, mesa de escritorio, archivadores, una alfombra buena de Bujará y un ajedrez sobre una mesita, con una partida a medio jugar. Había también un teléfono —conseguido sobornando al funcionario adecuado—, unos prismáticos y dos grandes catalejos de latón, uno antiguo y otro moderno, montados en trípodes ante las ventanas desde donde se apreciaba una vista espléndida del Bósforo, paso obligado entre el mar de Mármara y el mar Negro. El sol declinante iluminaba Usküdar, al otro lado, y a la derecha la punta del Serrallo y las grandes mezquitas. Había embarcaciones de todas clases, desde mercantes hasta goletas turcas y caiques, navegando por la estrecha franja de agua que separaba Europa de Asia.

Sentado ante el escritorio trabajó con el libro de claves, preparando un mensaje. Después levantó la funda de hule que protegía el telescritor Siemens-Halske y comprobó que había suficiente cinta en la bobina. Todo estaba en orden, así que consultó el reloj, accionó el alimentador y la tecla que disponía el aparato para la recepción y se dispuso a esperar mirando por la ventana. Un petrolero pasaba despacio ante los esbeltos minaretes de la mezquita de Ortaköy. Con gesto maquinal, Loncar se situó tras uno de los catalejos para echar un vistazo: Anjelique era el nombre pintado en la proa. Llevaba a popa bandera rumana, así que supuso procedía de Constanza. Nada tenía de interés, pero por rutina desenroscó el capuchón de la estilográfica y anotó en el registro: buque cisterna Anjelique. 18:47. Sur.

Se asomó la mayor de las Calafell desde el rellano de la escalera.

—Voy a prepararte la cama. Sólo está puesta la colcha.

—No, déjelo. Ya la haré yo.

Dirigió la mujer una mirada satisfecha al telescritor, como haría una madre ante los deberes escolares de un hijo aplicado. Asentía, aprobadora.

—Como quieras, camarada. La cena está casi a punto.

—Gracias… Bajaré en seguida.

—No tengas prisa, haz lo que tengas que hacer. La mantendremos caliente.

Cobró vida súbita el telescritor: primero un breve zumbido de la dínamo y después el repiquetear del disco a medida que la bobina dejaba salir una larga tira de papel con los caracteres impresos en clave. Loncar aguardó de pie a que terminara la recepción; después, sentándose ante la máquina, accionó la tecla blanca del inversor para ponerlo en estado de transmisión y tecleó su mensaje, que era rutinario y se refería a las últimas disposiciones aduaneras tomadas por las autoridades turcas a la salida de los Dardanelos. Al terminar apagó el telescritor, lo cubrió con la funda, encendió un cigarrillo y, pasando la cinta de papel entre los dedos, se aplicó a descifrar el mensaje recibido de la estación de comunicaciones del estado mayor de la Armada republicana, en Ciudad Lineal, Madrid:

 

Ultimar detalles nuevo envío odesa prioridad alfa fecha determinar contacto tolstoi facilitar trámites paso continua información este departamento.

 

Había un segundo mensaje de carácter particular: C3AR. Venía sin cifrar, y Loncar se alegró al verlo. Fue hasta el tablero de ajedrez, y tras contemplarlo un momento desplazó el caballo negro a la tercera casilla frente al alfil de rey. Todavía se quedó un instante inmóvil, mirando. Era buena opción, admitió. El operador de la estación radiotelegráfica de Madrid, cuya identidad desconocía, jugaba muy bien. Instintivamente pensó en responder con el caballo a la casilla tres alfil dama de las blancas, pero eso requería meditarlo despacio. Había cosas más urgentes.

Después de leer otra vez el primer mensaje, fue al cuarto de baño y quemó las notas y la cinta telegráfica. Cuando regresó al despacho la oscuridad se cerraba sobre el Bósforo a la manera de Estambul: en forma brusca, como caída de las montañas de Asia. Un rosario de débiles luces empezaba a encenderse a lo largo de la orilla.

Odesa, prioridad alfa. Miró el reloj y sonrió, complacido. Por el hueco de la escalera ascendía un aroma delicioso; las berenjenas rellenas de las hermanas Calafell ya debían de estar en la mesa. Se recreó en la inminencia del paladar satisfecho; pero antes de bajar necesitaba hacer una llamada telefónica, así que descolgó el auricular, pidió un número a la central, y tras identificarse con el nombre en clave de Petronian —supuesto representante de una empresa ficticia de exportación de aceite— concertó una cita con el contacto Tolstoi, cuyo verdadero nombre era Antón Soliónov, representante en Estambul de Sovietflot: el organismo oficial de la marina mercante soviética.

 

 

 

Desde el punto de vista de un marino, comprobó Miguel Jordán, la lancha torpedera era una belleza: larga, esbelta, treinta y seis metros de eslora por cinco de manga, ochenta toneladas de madera y metal impulsadas por tres motores diésel que sumaban 3.900 caballos de potencia. Había navegado a bordo de una durante el curso de adiestramiento en Alemania y conocía su capacidad de maniobra, la soltura con que, en condiciones adecuadas de mar, podía alcanzar la velocidad de treinta y seis nudos y lanzar de modo casi simultáneo dos torpedos cargados cada uno con doscientos cincuenta kilos de alto explosivo. Construida hacía tres años en los astilleros Lürssen de Vegesack, aquella schnellboot S-7 era una máquina de guerra rápida y eficaz, ahora amarrada bajo una red de camuflaje a un estrecho pantalán en la cala situada a levante de la isla, rodeada de paredes rocosas: un abrigo natural protegido de todos los vientos excepto los del sudeste.

—Los hombres están listos para escuchar, kapetánie.

Dejó de contemplar la embarcación y se volvió hacia el que había hablado: el piloto Ioannis Eleonas —Juan Olivar, traducido al español— era un griego de cabello rizado y salpicado de canas que también apuntaban en el mentón apenas pasaba unas horas sin afeitarse. Tenía el aplomo físico de los hombres de fiar: tostado de sol y vientos etesios, estatura mediana, manos rudas, ancho de rostro, torso y cintura, con unos ojos duros y tranquilos, oscuros como basalto pulido. Aspecto clásico de pescador o marino de aquellas islas y aguas, inmutable desde que treinta siglos atrás sus antepasados izaron velas rumbo a Troya.

—Vamos a ello, piloto —respondió Jordán.

Se ciñó el cinturón con el revólver Webley —metido en una funda de lona del ejército británico— y anduvo despacio, seguido por el griego, hacia la sombra del barracón principal, situado a pocos pasos del muelle que se adentraba en el agua sobre pilotes de madera. La arena sembrada de pequeñas conchas crujía bajo sus pies. El sol cenital molestaba pese a la estación del año; así que se inclinó sobre los ojos la visera de la gorra de marino que no lucía emblema naval alguno, como tampoco la camisa azul descolorida que llevaba, remangada, sobre el sucio pantalón de faena.

Ocho hombres aguardaban sentados en las cajas y sacos del barracón que servía de almacén. Jordán había procurado memorizar cada nombre y podía llamar por el suyo a todos. Allí estaban los que habían llegado a la isla con él y también los otros, que incluyendo al piloto eran cuatro griegos y un albanés: altos o bajos, flacos o gruesos, morenos o trigueños, tenían todos el aire semejante, de familia o equívoca cofradía, acostumbrado en el Mediterráneo oriental. Con rostros en los que era fácil leer un turbio pasado, y a veces un claro destino. Frente a ellos había un gran panel de madera con dos cartas náuticas del Almirantazgo británico sujetas con chinchetas, que todos contemplaban con curiosidad.

Procuró ser conciso y claro, sin más explicaciones que las necesarias. Gynaíka, expuso, iba a ser base operativa y hogar común durante cierto tiempo. La isla tenía cuatro kilómetros de longitud, y en el extremo opuesto vivía el propietario, en una casa a la que todos excepto Jordán tenían prohibido acercarse. Hasta principios de siglo aquel lugar fue una prisión, primero turca y después griega; y a medio kilómetro de la playa, sobre una pequeña colina, aún podía verse el edificio abandonado de la antigua cárcel. Nadie, absolutamente nadie excepto él, traspasaría ese límite.

—En cuanto a lo que haremos aquí —mostró las cartas náuticas—, la isla se encuentra a medio camino entre los dos pasajes habituales de los mercantes que se dirigen al Mediterráneo occidental: el estrecho de Kafireas, al noroeste de las islas Andros y Tinos, y el de Mikonos, al sudeste. Como pueden ver —utilizó los dedos abiertos a modo de compás para indicar las distancias—, está a veinte millas de uno y otro… Con una embarcación tan rápida como la nuestra, podemos acudir a cualquiera de ellos en menos de una hora.

Uno de los griegos —barbudo, cetrino, uñas tan negras como las patillas, ancha cicatriz que dividía su ceja izquierda— alzó una mano. Figuraba en el rol como Giorgios Ambelas, primer maquinista.

—¿Y qué se espera que hagamos allí, señor capitán?

—Hundir barcos.

Hubo estupor general.

—¿No saquearlos?

—He dicho hundirlos.

A esa respuesta seca, casi brutal, siguió un silencio tenso. Jordán observaba sus reacciones, pues era el momento de hacerlo: se miraron unos a otros cual si se vieran por primera vez, o de modo distinto; y un joven flaco y con granos en la cara —inscrito en el rol como Fatmir Selmani, albanés, segundo maquinista— emitió una risa nerviosa. Pero no hubo comentarios. Esperó Jordán diez segundos —los contó mentalmente— antes de hablar de nuevo.

—Nuestro objetivo son ciertos mercantes procedentes del norte. Y como digo, no se trata de capturarlos.

—¿Atacaremos barcos españoles?

La pregunta la había hecho uno de los primos Maroun. Asintió Jordán.

—Es posible… Y también rusos.

Volvieron a mirarse entre ellos. Algunos mostraban excitación o curiosidad; otros, indiferencia. Bobbie Beaumont, el inglés, sentado sobre un cajón de conservas y humeante un cigarrillo en la boca, movía la cabeza con una sonrisa de suficiencia, como si la palabra rusos no lo sorprendiera en absoluto.

—Somos parte de un dispositivo complejo —prosiguió Jordán—. Un barco nodriza traerá suministros y un par de caiques pesqueros, encargados de vigilar los estrechos, nos tendrán informados mediante TSH —señaló a Beaumont—. De ahí la importancia de nuestro telegrafista, cuyo equipo llegará en un par de días.

Intervino el holandés, Jan Zinger.

—¿Cuándo tendremos los torpedos?

—Los trae el barco nodriza, con todo lo necesario para almacenarlos y embarcarlos.

—¿Modelo?

—Lamentablemente no son modernos. Nos envían seis W-200 Whitehead con espoleta de percusión.

Frunció el otro la boca.

—Italianos, entonces —se hurgó una muela con un dedo—. De hace por lo menos diez años.

—Da igual de dónde vengan. Funcionan, espero, y es lo que hay.

Señaló las cajas apiladas en el almacén: sardinas en aceite, carne enlatada, galleta de barco, garrafas de vino y de agua. Hasta entonces no habían tenido más.

—En cuanto a la comida —añadió—, no deben preocuparse. A partir de mañana habrá alimentos frescos y un cocinero griego que nos envía el propietario de la isla. Tampoco faltarán cigarrillos.

—Con el cuidado madura la fortuna —dijo Beaumont en tono solemne—. Que Dios los bendiga.

Todos se mostraron complacidos. Pasó Jordán a hablar del adiestramiento, que empezarían al día siguiente. Teórica a primera hora —disponían de diagramas y manuales técnicos— y una salida a la mar por la tarde. La idea era que lancha y hombres estuviesen operativos al cabo de una semana.

—Ustedes hablan griego o inglés, así que las órdenes se darán en esos idiomas —se volvió a medias hacia Eleonas—. El piloto, mi segundo, tiene mucha experiencia. Como algunos saben, pues él los reclutó, lleva toda la vida dedicado al contrabando y conoce estas islas como si fueran suyas.

Sonrieron al oír aquello, y uno de los griegos dijo en voz baja algo que suscitó carcajadas. Jordán no había alcanzado a oírlo, pero vio que el piloto asentía, bonachón.

—Un par de cosas más… Este lugar debe seguir pareciendo un poblado de pescadores, y el escondite de la lancha ha de ser perfecto, haciéndola todavía más invisible desde el aire y el mar. El azul oscuro en que está pintado el casco nos conviene para la navegación nocturna, pero aquí puede llamar la atención —se dirigió al piloto, indicando el terreno tras las rocas—. Por ese lado hay muchos arbustos. Encárguese de que espesen con ellos el camuflaje de la red.

Asintió el griego, disciplinado.

—Como mande, kapetánie… Así se hará.

—En cuanto a precauciones, aunque la torpedera procede de un astillero alemán, varios instrumentos a bordo, como el telégrafo de órdenes y alguno más, son elementos recuperados de embarcaciones inglesas, francesas e italianas.

—Borrar las pistas —comentó Beaumont chupando su cigarrillo.

—Sí, en lo que se pueda. Es poco probable que las autoridades griegas nos molesten, pero eso no excluye la prudencia por nuestra parte —señaló al holandés—. Jan Zinger adiestrará a un segundo torpedista, y yo ayudaré a nuestro primer y segundo maquinistas a familiarizarse con los MAN L7 diésel… En cuanto a los Maroun, aparte su función de marineros y serviolas cuando no estemos en acción directa, el barco nodriza trae un cañón Oerlikon de 20 mm que instalaremos a popa de la caseta de gobierno —miró a un individuo callado, reseco como un sarmiento, que lucía un bigote tan exagerado que parecía postizo—. Por decisión de nuestro piloto, el timonel será Teóphilos Katrakis, que ya navegó con él y es de toda su confianza… ¿Alguna pregunta?

No parecía haberlas, porque siguió un silencio. Pero, al cabo, Zinger levantó otra vez la mano.

—¿Tendremos armas?

—Sólo las que he mencionado: los torpedos y el Oerlikon. Las otras nos complicarían la vida.

Inclinó un poco el holandés la cabeza a un lado. Sonreía ligeramente, con un ápice de insolencia, mirando el revólver que Jordán llevaba al cinto. Y esa mueca le gustó a éste menos que una sonrisa abierta.

—Pero usted lleva una, comandante —dijo en voz casi baja.

Lo miró Jordán con dureza.

—Sí, en efecto… Y mientras me parezca oportuno, la seguiré llevando.

 

 

 

El sol empezaba a ocultarse tras las alturas que circundaban la cala, alargando la sombra de las paredes rocosas sobre el agua de color esmeralda, tan transparente que podían verse las piedras del fondo moteadas de erizos. No había viento y nada se movía en la orilla, excepto algunas gaviotas que iban y venían entre la playa y una antigua torre de vigilancia en ruinas situada arriba del acantilado.

Jordán y su segundo, Ioannis Eleonas, conversaban en el puente de la lancha torpedera, familiarizándose con ella. Antes de enviarla al Mediterráneo, en Lürssen habían hecho modificaciones para volverla más operativa en esas aguas: el timón y los instrumentos seguían en la caseta de gobierno, protegida por un techo y con una puerta a cada banda; pero el puente de ataque, antes situado frente a la caseta y blindado por una brazola de acero, se hallaba ahora sobre aquélla, comunicado con timón y máquinas mediante tubos acústicos, y en él se había instalado una dirección de tiro de torpedos RZA con binoculares Zeiss. Era una embarcación correctamente equipada, y no —eso temió Jordán al principio— un viejo trasto que la Kriegsmarine se quitara de encima. En los acuerdos entre Burgos y Berlín, el vicealmirante Cervera había hecho bien las cosas.

—Este aparato fija los ángulos de ataque… Se le meten los datos de rumbo, eslora, velocidad y distancia del barco a atacar, y el giróscopo del torpedo lo guía hacia su objetivo.

Asentía aplicado el piloto, atento a cuanto escuchaba. De vez en cuando sacaba una libretita que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón, humedecía con la lengua la punta de un lápiz y tomaba notas.

—Podemos enviar dos torpedos seguidos con intervalo de unos segundos —explicó Jordán— o atacar dos veces, disparando uno y, si falla, disparando otro.

—¿Y si también falla ése?

—Pues vuelta a casa, y más suerte la próxima vez.

Atendía el griego con solemne curiosidad.

—Hay algo que me preguntan los hombres —dijo—: cómo llamarlo además de capitán o comandante.

—Con eso les basta.

—Ya, pero conviene algo, ¿no cree?… Un nombre de cristiano acerca más.

—No los quiero más cerca, piloto.

—Por favor. Usted ya me entiende.

Lo pensó Jordán, y parecía razonable.

—Miguel —dijo—. Capitán Miguel, supongo. Pero suena extraño aquí.

—Mihalis —resolvió satisfecho Eleonas—. Kapetanios Mihalis.

Compartió Jordán su sonrisa. Miraba el griego en torno, y al fin hizo un movimiento circular con una mano.

—¿Aún no ha recorrido la isla?

Negó con la cabeza. Ni por tierra ni por mar. Eleonas se rascaba los pelos que despuntaban en el mentón sin afeitar.

—Conozco las Cícladas y éste es buen lugar… Quien lo eligió lo hizo bien.

—No fui yo —se sinceró Jordán—. A mí me lo dieron hecho.

—¿Ya vio al dueño, el barón Katelios?… Es muy conocido aquí.

Volvió a negar Jordán. Su documentación incluía una escueta biografía del hombre llamado Pantelis Katelios: sesenta y dos años, propietario de Gynaíka, bien relacionado con la dictadura griega, simpatizante de la causa nacional en España y persona de confianza. El informe, un folio mecanografiado, venía con una antigua fotografía recortada de las páginas de sociedad de una revista: un hombre delgado y apuesto, vestido de frac, sentado a una mesa entre dos señoras elegantes, un cigarrillo en una mano y una copa de champaña en la otra. Alguien —Jordán creía reconocer la letra del capitán de navío Navia-Osorio— había escrito una fecha en el margen: Nochevieja 1924.

—Todavía no lo he visitado —respondió—. Lo haré, claro, por cortesía.

Abarcaba Eleonas con un ademán la cala, los barracones y la lancha.

—Deben de ser ustedes muy influyentes, si él permite todo esto.

—También eso me lo dieron hecho… ¿Conoce al barón?

Hizo el griego un gesto impreciso.

—Lo vi dos veces. Una me habló.

—¿Y qué tal es?

—Raro, solitario… Hasta la última guerra con los turcos su familia controlaba el negocio de esponjas en el Dodecaneso, con una factoría importante y barcos propios en Kálymnos. Después vino a menos.

—¿Vive aquí todo el año?

—Antes viajaba. Ahora no sale de la isla ni para ir a la casa que tiene en Syros, a diez millas de aquí. Es su mujer la que va.

Se interesó Jordán. Ninguna esposa constaba en el informe.

—¿Está casado el barón?

—Sí, pero ella no es griega… Rusa, dicen unos. Otros, que francesa.

Asomó la cabeza por una de las escotillas de popa Giorgios Ambelas, el primer maquinista, sucio de aceite pero de excelente humor. Estaba encantado con lo que veía abajo, y lo manifestó dirigiendo una larga y rápida parrafada en griego al piloto, en la que expresaba su satisfacción por el buen estado de los tres motores diésel. Hasta el telégrafo de órdenes que comunicaba la sala de máquinas con el puente venía rotulado en inglés y no en alemán. Todo un detalle.

—Habrá que dar un nombre a la embarcación —dijo Eleonas cuando desapareció el maquinista.

Lo miró sorprendido Jordán.

—¿Cree que es necesario?

—Pues claro que lo es. No puede navegarse en un barco sin nombre, igual que trae mala suerte cambiárselo. Los barcos son iguales a personas, ¿no? Cada uno tiene su forma de ser y su manera de moverse o de tomar la mar, sus reacciones ante el viento… Usted es marino y sabe de qué hablo.

—¿Y cuál cree que será el carácter de éste?

—No sé. Depende de nosotros. Si uno quiere que los barcos sean fieles, debe cuidar de ellos, comprenderlos. Aprender su lenguaje y respetarlos.

—¿Qué nombre le ponemos, entonces?

Señaló Eleonas los tubos torpederos situados uno en cada banda, todavía vacíos.

—Es una embarcación destinada a cazar, es hembra y tiene buenos dientes —tras pensarlo un momento levantó una mano a la griega, con los dedos juntos hacia arriba—. ¿Qué tal Lykaina?

—Me gusta.

—¿Cómo se dice en español?

—Loba.

—Pues así suena mejor. Y hay que pintarle un ojo azul en la proa, como aconsejan las tradiciones.

—Me gusta lo del ojo, piloto.

—Pues en tal caso…

Alzó un dedo Jordán pidiéndole que esperase, bajó a la camareta y subió con el coñac para emergencias —una botella de Metaxá con el precinto intacto— que un rato antes había guardado en el botiquín. Señaló la escotilla por donde había aparecido el maquinista.

—Llámelos. Necesitamos testigos.

Dio un grito Eleonas y Ambelas asomó otra vez la cabeza. Lo invitó Jordán a unirse a ellos, y el maquinista —barbudo, grasiento, mono azul, sonrisa blanca en el rostro atezado— vino limpiándose las manos con un trapo, seguido por Fatmir, su ayudante albanés.

—Por nuestra Loba —dijo Jordán.

Derramó un poco de coñac por el costado de la lancha y luego le pasó la botella al piloto para que tomase un trago.

—Yasas… Salud.

Bebieron después él y los maquinistas. Sonreían los griegos y el albanés, a sus anchas, y acabaron llamando a los que estaban en tierra para que se unieran al ritual. Vinieron todos a bordo y bebieron —Bobbie Beaumont fue el único que no lo hizo— celebrando el bautismo de la torpedera.

—Y por el kapetanios Mihalis —apuntó Eleonas.

Pensaba Jordán, viendo tan animada a su tripulación, que nunca estaba de más, e incluso era conveniente, asegurar la lealtad de los barcos y de los hombres.

 

 

 

Venus era una estrella todavía solitaria en la última claridad del cielo cada vez más oscuro. El agua, en calma absoluta, se había vuelto de un azul profundo, casi negro. Seguía sin haber ni un soplo de brisa, y de la pequeña ensenada llegaba olor a madejas de algas y salitre secándose en las rocas que flanqueaban la playa. Amarrada al muelle bajo la red de camuflaje, cubierta de ramas y arbustos, la lancha torpedera resultaba casi invisible en la luz indecisa del crepúsculo.

 

Hay un buen resguardo abierto al SE, con fondo de arena y piedra, aunque conviene precaverse de la restinga que se alarga en su parte sur…

 

Ya no era posible leer, por más que se forzase la vista. Así que Jordán, sentado en la puerta de su alojamiento —una choza de pescadores apartada de los otros barracones—, cerró el libro que subrayaba con lápiz rojo: volumen IV del Mediterranean Pilot, correspondiente al Egeo. Necesitaba familiarizarse con fondeaderos, balizas, faros, peligros, hasta convertirlos en parte natural de su nueva vida; en el paisaje mental de su trabajo. Durante diez mil años, marinos de diversa condición habían recorrido aquellas aguas registrando cada incidencia, cartografiándolo todo. Y parte de esa antigua ciencia o arte náutico se resumía, como un destilado de siglos, en quinientas páginas de ilustraciones, tinta y papel.

Cuando alzó la vista, Bobbie Beaumont se hallaba delante. Había dado un paseo por la playa y al regreso se detuvo ante Jordán. Le colgaba de la boca el inevitable cigarrillo, y en aquella última luz, que se reflejaba en el cristal de las gafas, parecía aún más enjuto y desgarbado.

—Lectura mientras muere el día —dijo—. Noble ejercicio.

Se lo quedó mirando Jordán y al fin lo invitó a sentarse a su lado. Obedeció el inglés, abrazándose las piernas, que, muy flacas, calzados los pies con sandalias, salían de unos arrugados pantalones cortos de estilo colonial británico. Llevaba también un jersey deshilachado, demasiado grande, que alguna vez había sido negro. Después de un momento señaló el mar.

—Acaso nosotros, criaturas de esta isla —sentenció solemne—, nacimos para ver una hora tan triste.

Escuchaba Jordán con curiosidad.

—¿Shakespeare? —preguntó al azar, poniendo el derrotero a un lado.

Lo miró el otro con sorpresa.

—Oh, vaya… Es un hombre culto.

—No he leído nada de Shakespeare en mi vida, pero en usted suena inconfundible.

—La perspicacia también es una forma de cultura, querido muchacho.

Decidió Jordán pasar por alto la familiaridad. Ambos se mantuvieron callados un momento, lo suficiente para que el inglés diese las últimas chupadas al cigarrillo antes de enterrar la colilla en la arena.

—Tranquilo lugar —suspiró.

Ir a la siguiente página

Report Page