La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


2. Ajedrez en el Egeo

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—¿Qué le parece la instalación TSH de la torpedera?

Se quedó pensativo el otro.

—De eso quería hablar, porque hay un inconveniente.

—¿Cuál?

—Al eliminar el palo que hay sobre la caseta de gobierno, el cable de la antena queda demasiado bajo. Tendré que hacer pruebas cuando llegue el equipo completo, pero no garantizo nada.

—El palo nos hace muy visibles. Por eso lo quitamos.

—Ya, pero ocurre lo que digo. Cuando emita o reciba desde la estación que vamos a montar en tierra, todo irá bien; pero navegando podemos tener problemas… ¿Es importante utilizar el equipo en el mar?

—Mucho. Habrá dos caiques vigilando los estrechos, uno al noroeste y otro al sudeste. Informarán por radiotelegrafía cuando avisten los objetivos.

—Pues habrá que ver la manera… Quizás una pértiga provisional.

Alzó ambas manos Jordán.

—Lo dejo a su criterio.

—Gracias.

Siguió un nuevo silencio. La luz menguaba con rapidez, pero aún era suficiente para ver el contorno de la cala y la sombra de la torpedera en el muelle.

—Es una extraña aventura —comentó de pronto Beaumont.

Jordán no dijo nada. Ahora, al ocultarse el sol, hacía más frío. A treinta metros, frente al barracón que servía de alojamiento a la tripulación, habían encendido una pequeña fogata con madera de deriva. Era la única luz en toda la playa.

—Debe de ser usted marino competente, de confianza, para que le encomienden esta misión… Tan delicado, todo, dentro de la barbarie.

El término sorprendió a Jordán.

—¿Barbarie?

—Eh, por supuesto. Hundir barcos no es un acto civilizado en el siglo veinte, aunque hayan transcurrido dos décadas desde las últimas grandes carnicerías europeas. Sin contar lo de aquí, recuerde: turcos, griegos, Esmirna y todo lo demás.

Volvieron ambos a callar. En torno a la hoguera se movían las siluetas rojizas de los hombres. Se oían sus voces interpelándose en griego y en inglés.

—¿Qué le parecen sus compañeros? —inquirió Jordán.

—Bien, en general —repuso apacible Beaumont—. Ese griego, su segundo, conoce el oficio. Lleva toda la vida jugando al gato y al ratón en estas aguas.

—Sí. Tabaco, alcohol… Lo normal aquí.

—Es callado y serio, parece fiable. Y los que vienen con él, nuestra pintoresca legión extranjera de contrabandistas y corsarios, están a tono.

Sonrió Jordán.

—Así parece.

—No sé cómo se comportarán cuando empiece la acción, pero supongo que eso depende de usted, querido muchacho.

Jordán dejó transcurrir cinco segundos.

—Le pedí que me llamase capitán, o comandante.

Había endurecido el tono, y sintió titubear al otro.

—Eh, sí, es cierto. Disculpe. A veces, como dicen ustedes los católicos, se me va el santo al cielo.

Hurgaba en los pantalones y acabó sacando un paquete de cigarrillos y una caja de fósforos.

—Así que rusos, ¿eh?… Mercantes soviéticos.

La repentina luz, reflejándose en el cristal de las gafas, le iluminó un instante las mejillas hundidas.

—¿Le he dicho ya que simpatizo más con la República que con Franco?

—Sí, lo dijo en Beirut.

—¿Y no le importa?

—No, mientras cumpla con el trabajo por el que le pagan.

El otro dejó salir el humo y el olor llegó hasta Jordán.

—¿Y usted, con quién simpatiza?… Aunque la mía sea una pregunta estúpida, ¿no? La respuesta es evidente.

Asintió Jordán. Recordaba los turbulentos meses que habían precedido al golpe militar, la indisciplina pavorosa de la flota mercante y la marina de guerra, los comités de marineros que entorpecían el buen gobierno del petrolero de la empresa estatal donde navegaba como primer oficial. Vagamente partidario de las ideas republicanas aunque ajeno a las pasiones políticas del momento, Jordán había visto decidir su destino a los dados del azar. Durante la sublevación militar en El Ferrol, cuando un grupo de la CNT-FAI quiso incendiar el buque para impedir que los militares rebeldes se apoderasen de las cuatro mil toneladas de fuel que llevaba a bordo, él y su capitán lo habían impedido pistola en mano. Eso le valió la aprobación de quienes en ese puerto resultaron vencedores. Dos semanas después, el piloto de la marina mercante Miguel Jordán Kyriazis era destinado a la Reserva Naval; y algunos días más tarde, la noticia de que doscientos cincuenta y cinco jefes y oficiales de la Armada habían sido asesinados por sus tripulaciones en zona republicana le hizo pensar que, al menos como marino, tal vez no estaba en el peor de los bandos posibles.

Volvió a asentir, encogiéndose de hombros.

—Un filósofo español muy respetado allí dijo algo interesante: Yo soy yo y mi circunstancia.

—Vaya —se interesó Beaumont—. ¿Eso dijo?

—Eso mismo.

—¿Lee filosofía?

—Leo periódicos, cuando los encuentro. Y derroteros náuticos cuando los necesito. Poco más.

—Pues no le falta razón a su compatriota. Todos somos nuestras circunstancias, supongo… Aquí estoy yo, por ejemplo. Violentando mis simpatías.

La claridad crepuscular había desaparecido casi por completo. Bajo las estrellas que se asentaban arriba, las únicas luces terrestres eran ahora la fogata del barracón y el brillo intermitente de la brasa del cigarrillo que fumaba Beaumont.

—Es usted un hombre singular, capitán Mihalis. Con ese aspecto de vikingo rubio y barbudo, pero hablando griego como un nativo —señaló la fogata con el cigarrillo—. A casi todos les cae bien, por ahora… Parece seco y justo.

Se asombró Jordán.

—Repítalo.

—Seco y justo, dije.

—Nunca me habían dicho algo así.

—Pues confío en que sepa beneficiarse de ello, esforzado príncipe. Y la dulce patria se lo premie.

Era suficiente, decidió Jordán. Bastaba de confianzas por esa noche. Cogió el derrotero, se puso en pie y, al hacerlo, la funda del revólver que seguía llevando al cinto rozó el costado de Beaumont.

—¿Me permite un consejo, comandante? —dijo éste con voz tranquila.

—Le permito comentarios, no consejos.

—No es necesaria el arma, se lo aseguro. Haría mejor efecto que no la llevase. En mi opinión, denotaría…

—En su opinión.

—Sí.

—¿Confianza?

—Sí… En todos ellos, en nosotros. En su tripulación, ¿comprende?… Ésa es la palabra exacta: confianza. Al fin y al cabo, se supone que vamos a jugarnos la vida juntos.

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