La isla de la mujer dormida
3. La baronesa Katelios
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3. La baronesa Katelios
Al remontar la última colina chaqueta al hombro, el extremo occidental de Gynaíka quedó a su vista rodeado de un mar que parecía artificial de tan crudamente azul como se prolongaba hasta el confín remoto, semicircular, del horizonte bajo un cielo sin nubes, allí donde media docena de grandes islas, nítidas aunque las más próximas distaban diez o doce millas, se destacaban en trazos pardos y grises.
La casa y su entorno eran un oasis diminuto en la desnuda topografía del lugar. Para llegar hasta ella, Jordán había pasado junto a la vieja prisión abandonada y recorrido luego el sendero que conducía a poniente, sin más sombra que la de su gorra de marino. El día era templado, casi caluroso. Todo se mostraba desnudo de vegetación: sólo había arbustos indignos de ese nombre y retorcidos troncos de árboles secos, tan muertos como el terreno pedregoso que los rodeaba. En torno a la casa, sin embargo, situada en una loma ante una pequeña playa y adosada a una vieja torre de piedra ocre, había algunos olivos, higueras y cipreses, como si fuera un último reducto defensivo antes de que el resto de la isla, tarde o temprano, se adueñase de todo.
Mientras subía los peldaños desgastados de la escalera de ladrillo y azulejos miró la playa abrigada, estrecha, donde sobre pilotes de hierro roídos de óxido había un embarcadero con una canoa automóvil amarrada. La casa de dos plantas, bella y decadente, con dos columnas de mármol flanqueando la entrada, era una mezcla de villa decimonónica italiana y palacete turco. Había tejas rotas, los muros desconchados necesitaban reparación y los postigos de las ventanas una mano de lija y pintura.
Se puso la chaqueta. No llevaba corbata y lamentaba no contar con una en el reducido equipaje: hasta ese momento, hacer vida social no había figurado entre sus expectativas.
—Kaliméra… Vengo a ver al barón Katelios.
El interior olía a humedad centenaria. Un sirviente griego —viejo, reseco, adusto— le franqueó el paso y Jordán recorrió tras él un vestíbulo y un pasillo ambientados con añejo exceso: cuadros, objetos de bronce, coral y porcelana en vitrinas, muebles de pulida caoba, ventanas por las que, tamizada entre visillos, la luz exterior difuminaba melancólicos rectángulos en el enlosado del suelo y hacía relucir una treintena de sables antiguos, colocados en soportes de madera a lo largo del recorrido. Y al pasar ante una puerta abierta a una pérgola con macetas y rosales, Jordán vio un sombrero de paja de ala ancha, de mujer, colgado sobre una cesta con utensilios de jardinería. En algún lugar lejano de la casa sonaba un gramófono.
El barón Pantelis Katelios leía en la biblioteca, y al ver entrar al visitante se puso en pie despacio, con extrema lentitud. Vestía un cárdigan de lana gris, gastado pantalón de pana y pantuflas. Su piel tenía el aspecto marfileño de una vejez quizá prematura. Sesenta y dos años, según había leído Jordán en el informe. Era muy delgado y alto, aunque menos que él: cabello gris con corte casi militar, bigote del mismo tono, ojos oscuros y atentos. Las patas de gallo entre los párpados y las sienes le daban una vaga apariencia de sonreír siempre, aunque no lo hacía.
—Bienvenido. Agradezco su visita.
—Soy yo quien viene a dar las gracias por su hospitalidad.
—No diga eso, por favor. Me complace ser útil, tenerlos aquí. ¿Cómo debo llamarlo?
—Tozer puede valer.
—Bien… Capitán Tozer, entonces.
A diferencia del resto de la casa, apreció Jordán, la biblioteca estaba amueblada con sobriedad: una chimenea de líneas modernas, una mesa de despacho de diseño nórdico y muebles de cuero, cristal y acero. Era ingresar en un mundo aparte, yendo sin transición del siglo pasado al presente. Tomaron asiento en un ángulo de la estancia, único espacio sin libros, cuyas paredes estaban cubiertas con una docena de fotografías enmarcadas. Ofreció el barón al recién llegado cigarrillos y bebida, que éste declinó, y hablaron sobre asuntos intrascendentes mientras pasaban del inglés inicial al griego con toda naturalidad. Tenía Katelios una forma peculiar de atender la conversación: inexpresivo, fijos los ojos en su interlocutor como si enfocasen un lugar indefinido a espaldas de éste. Era la suya una amabilidad fría y artificial, aunque en extremo correcta. Confiaba, dijo, en que el visitante y sus hombres estuvieran bien instalados. Naturalmente, cualquier cosa que necesitaran y estuviera en su mano tendría sumo gusto en procurársela.
—La mayor parte son libros de viajes, epistolarios o memorias —dijo al advertir que Jordán miraba la extensa biblioteca—. Hace tiempo que apenas leo otra cosa —una mano fina y pálida indicó las baldas—. Anduve por muchos lugares en mi vida, pero me he vuelto perezoso… Ya sólo viajo con la imaginación y converso con autores muertos.
Atendía Jordán mientras intentaba descifrar al personaje. Cuando hablaba, Katelios seguía mirándolo con aparente fijeza, pero sus ojos mantenían una especie de claridad velada, lejana. Una educada indiferencia. Daba la impresión de que, si en mitad de la conversación cambiase el interlocutor, nada alteraría su actitud ni su discurso.
—¿Y no lee a los vivos? —preguntó cortés, aunque le daba igual lo que leyera el barón.
Lo obsequió el otro con una sonrisa levemente cómplice.
—Los difuntos me interesan más. Suelen habitar en los libros, y sólo hablan cuando se les pregunta.
Tras decir aquello señaló las fotografías de las paredes: amarillentas y medio desvaídas unas, más recientes otras. En algunas se reconocía al propio Katelios, joven. En dos de ellas vestía peto de esgrima y tenía una careta y un florete en las manos.
—También casi todos los que ve ahí están muertos —comentó con ironía—, incluido ese esgrimista que todavía mira, o miraba, el mundo exterior con cierta curiosidad.
—¿Qué edad tenía en esas fotos?
—Veintiún años. Formé parte del equipo griego de esgrima en la Olimpíada de Atenas, el año noventa y seis —sonrió débilmente—. No nos fue mal del todo.
Se quedaron un momento callados, observándose. Al fin, Katelios habló de nuevo para elogiar el dominio del idioma griego por parte de su visitante.
—Nadie lo diría, con su aspecto tan… escandinavo, ¿no? Supongo que es una razón entre las que lo han traído aquí.
Asintió Jordán sin más explicaciones. Hizo el barón un ademán desganado, moviendo una mano para abarcar la biblioteca, la casa o la isla.
—Imagino que le sorprende mi título, pues no hay nobles en Grecia; pero es auténtico. Mi abuelo, el barón Sonderburg, que era medio alemán y medio danés, vino con el rey Jorge en mil ochocientos sesenta y tres. Uno de sus hijos, mi padre, se casó con una griega y heredó el título, pero no podía usarlo… En cuanto a mí, nací Sonderburg-Katelios, aunque para la Olimpíada suprimí el apellido paterno. O me lo suprimieron, da igual. El caso es que aquí me tiene, ciudadano griego con título danés, viviendo en la que fue propiedad de verano de mis padres.
—Una vida solitaria, si como ha dicho no viaja.
Lo miró el otro con repentina fijeza.
—No vivo completamente solo.
Pensó Jordán en las huellas de presencia femenina que había visto al llegar a la casa, aunque se abstuvo de mencionarlo. Katelios había cogido una pipa de entre varias dispuestas en una mesa contigua y procedía a llenar la cazoleta, presionando con un pulgar el tabaco que sacaba de un recipiente de porcelana.
—Viajé mucho en mi juventud y madurez, como dije —añadió tras un momento—, así que no lo echo en falta. Todo lo contrario. Desde hace años vivo aquí tranquilo, pues tengo cuanto necesito… La fortuna familiar fue mermando con el tiempo, pero aún da algo de sí.
—Me han dicho que simpatiza con la causa nacional en España —apuntó Jordán.
—¿Eso le dijeron? —sonreía ligeramente el barón, benévolo—. Quizás exageren. Soy anticomunista, por supuesto; sobre todo ahora, cuando al concepto más o menos sano de pueblo lo sustituyen palabras como proletariado y populacho… Detesto a esa escoria criminal casi tanto como a los turcos, pero no se haga una idea equivocada: mi vida es, desde hace mucho tiempo, un acto continuo de no intervención.
Hizo una pausa para encender la pipa, concentrado en ello. Mantenía la sonrisa, aunque ésta ya no parecía significar nada.
—Observo que le extrañan mis palabras —prosiguió tras un momento—, pero tienen explicación. Soy un hombre que mira, o más bien que lee, y con eso me basta… Pero, aunque no nos veamos ya, el general Metaxás y yo somos amigos desde que tirábamos esgrima en Atenas con el viejo maestro Ostarevic —señaló una fotografía en la que posaban dos oficiales: él y otro joven con lentes—. Después pasamos un tiempo juntos en el estado mayor del príncipe Constantino, durante la guerra por Tesalia con los turcos.
—¿Fue usted militar? —se sorprendió Jordán.
—Sólo un poco, brevemente. Todos debemos servir a la patria, por confusa que sea la idea que tengamos de ésta… ¿No cree?
—Por supuesto.
—Cuestión de decoro.
Chupó Katelios la pipa hasta que lo rodeó una nube de humo azulado y aromático.
—El caso —prosiguió— es que mi relación con Ioannis Metaxás viene de antiguo. Incluso se refugió en esta casa durante la revuelta venizelista del año veintidós… Y, bueno. Cuando le pidieron facilidades para lo que usted ha venido a hacer aquí, él mismo pensó en este lugar. Me convocó para pedirme el favor, y yo accedí, claro.
Habló luego el barón de la isla: Nysos Gynaíka Koimisméni, como la llamaban, la isla de la Mujer Dormida, tenía una larga y no siempre feliz historia. En la Antigüedad había sido utilizada como lugar de destierro; y durante varios siglos su ensenada de levante fue refugio de piratas y corsarios bizantinos, venecianos y turcos. Bajo la dominación otomana se construyó la prisión, que los griegos siguieron usando al apoderarse de la isla.
—La vio al venir, supongo… Un lugar siniestro, deshabitado. Me gustaría demolerlo para borrar su mal recuerdo, pero eso cuesta dinero y no puedo permitírmelo.
Emitió un suspiro de resignación y se puso en pie, estirando los largos y huesudos miembros como si estuvieran entumecidos. Jordán se levantó también.
—La idea me pareció interesante —Katelios sonreía de nuevo—: modernos filibusteros en aguas del Egeo. Una isla de la Tortuga en versión helénica. Esto altera la monotonía de mis libros y el mar que me rodea —alargó una mano para estrechar la de Jordán—. Seguiré su aventura con interés, capitán… Ah, sí. Tozer. Hasta cierto punto.
—Molestaremos lo menos posible. Mi intención es pasar inadvertido.
—Eso espero, aunque a mi edad y en mi situación ciertas cosas no importen demasiado —con una mano afablemente puesta en su brazo, el barón acompañó a Jordán hasta la puerta de la biblioteca—. Pero no es sólo por mí: Metaxás confía en que esto no se vuelva contra él, ¿comprende?
—Por supuesto.
Miró Katelios la cazoleta de la pipa, fruncido el ceño cual si desconfiara de la combustión del tabaco que humeaba en ella.
—Citando sus palabras exactas, la presión de los amigos alemanes e italianos, unida a los diplomáticos de Franco, ha sido intensa. Aunque espera cobrársela en el futuro, sin duda… No es de los que, para bien o para mal, olvidan una deuda.
Salió Jordán al sol. El mar estaba tranquilo también en ese lado de la isla. La pequeña playa que se abría en forma de concha al final de una escalinata de ladrillos era de arena dorada, más fina que en la cala de levante. En la quietud absoluta del agua podían verse las piedras y algas del fondo. Amarrada al embarcadero, la canoa automóvil parecía suspendida en una transparencia delicada de color esmeralda.
Más por curiosidad profesional que por otra cosa, se acercó a echar un vistazo. La motora era una bonita Chris-Craft de ocho metros de eslora, cromados brillantes, asientos de cuero verde y madera de caoba impecablemente barnizada. En lugar de timón tenía un volante de automóvil situado en la banda de babor, junto al cuadro de instrumentos, la palanca de marchas y el compás. Había una bandera griega y un nombre con letras de latón en el espejo de popa: Lena.
Después de remontar la escalinata pasó otra vez cerca de la casa, y al hacerlo advirtió que en una de las ventanas de la planta superior se movían las cortinas como si alguien acechase desde allí. No alcanzó a ver quién era, pero se sintió observado mientras se alejaba por el sendero que conducía a levante de la isla.
Dejó Pantelis Katelios el libro en el que, sin conseguirlo, intentaba concentrarse de nuevo. El viaje a Italia que Michel de Montaigne había hecho en 1580 no lograba recobrar su atención. Pensaba en el marino español que acababa de marcharse —un hombre educado y prudente, era su impresión—, en el asunto clandestino que lo había llevado a la isla y en su propio papel en tan extraña o disparatada aventura. Inoportuno Ioannis Metaxás, concluyó irritado. Inoportunos tiempos de antaño que obligaban más que los nuevos, tan revueltos, en aquella Grecia que a imitación de toda Europa derivaba hacia un totalitarismo a la moda que al barón, desde el desdén cosmopolita de su biblioteca, le resultaba imposible concebir. Lealtad, compromiso, obligación, honor —escurridiza palabra— eran ya términos difusos, de límites imprecisos: una trampa peligrosa para quienes, como él, se veían obligados por antiguas e ineludibles maneras. Por viejos códigos de conducta. Nadie escapaba a su pasado, y Katelios no había tenido oportunidad de negar Gynaíka para aquella historia. Eso ofrecía, al menos, un aspecto divertido: como le había dicho al español, alteraba la monotonía de su vida en la isla. Pero lo inquietaban posibles daños secundarios. Hacía más de una década que se había retirado a esa casa para escapar del mundo, y ahora el mundo llamaba a la puerta con consecuencias imprevisibles.
Dio una última chupada a la pipa, comprobó que estaba apagada y la vació en un cenicero de bronce que representaba el torso de una mujer desnuda. Después rascó la cazoleta y puso la pipa junto al cenicero. Tras permanecer un momento inmóvil mirando las fotografías de la pared, se puso en pie y abandonó la biblioteca. La sirvienta estaba quitando el polvo a los sables del pasillo. Llevaba treinta años en la casa junto a su marido, el viejo Stamos.
—Irini, ¿dónde está la señora?
—En su dormitorio, señor.
Subió deslizando los dedos sobre el gastado pasamanos de nogal, bajo una copia razonable, en marco barroco, de La matanza de Quíos. Desde el piso de arriba llegaba música de gramófono, y al acercarse reconoció la voz de Fréhel:
Où sont tous mes amants,
tous ceux qui m'aimaient tant
jadis, quand j'étais belle…
Llamó con los nudillos a la puerta entreabierta y entró sin aguardar respuesta. Dentro olía ligeramente a Bandit, aquel perfume seco y sobrio que él detestaba.
—¿Quién era? —preguntó ella.
Katelios no respondió en seguida. Fue hasta la ventana, apartó las cortinas, contempló el mar y el camino de levante, que a través del terreno yermo se perdía en dirección a la colina central de la isla, donde estaba la antigua prisión.
—El jefe de la gente que anda por ahí. Un español.
—Lo he visto irse… ¿Qué tal es de cerca?
—Me pareció correcto. Agradable de aspecto y modales. Habla bien el griego.
—Menos mal, temí que enviasen a un bruto.
Se volvió a mirarla. Estaba recostada en la cama, con un cigarrillo encendido entre los dedos. Por el kimono japonés de seda asomaba una de sus piernas hasta casi la ingle: desnuda, larga y bronceada, con una fina cadena de oro en el tobillo y las uñas pintadas de rojo sangre.
Pies de puta turca, pensó Katelios. Y era curioso, concluyó. No lo excitaba la visión de aquel cuerpo —hacía demasiado tiempo, o al menos no directamente—, pero sí la idea turbia, el concepto. La imaginó con otro hombre y sintió crecer el deseo. Tal vez aquel marino grande y rubio que acababa de irse. Al fin y al cabo no habría sido la primera vez. Algunos, pensó con sangre fría, tenemos la facultad de adivinar futuros recuerdos.
En el gramófono había terminado la canción. Fue hasta él, levantó el brazo de la aguja, retiró el disco y lo introdujo en su funda.
—¿Quieres que ponga otro?
—No, déjalo. Así está bien.
Los ojos almendrados, bajo cejas sin depilar ajenas a la moda, lo miraban indolentes. Lena Katelios tenía cuarenta y nueve años, facciones delgadas con pómulos altos, nariz larga y boca grande, bien dibujada. El cabello, negro pero muy veteado de canas, lo llevaba corto, casi masculino. Había sido hermosa y todavía lo era, aunque ahora de un modo oscuro, equívoco, distinto al día en que el barón la vio por primera vez en el número 7 de la rue Saint-Florentin de París; cuando su físico de maniquí de la casa Patou, flexible y prolongado en líneas de elegante geometría, confería un chic especial a las blusas de cintura baja y las faldas cortas que las clientes europeas y americanas, aferradas a sus talonarios de cheques, envidiaban sin disimulo al verla caminar y detenerse con mirada altiva y una mano apoyada en la cintura.
—Te traerán complicaciones. Sería un escándalo.
—Es posible, pero sabes que no puedo negarme. El propio Metaxás…
—Por Dios. No le debes nada a él, ni siquiera a Grecia. Y mucho menos a los fascistas españoles.
Las últimas palabras las había dicho en francés. A veces, al conversar, pasaban con naturalidad a utilizar esa lengua. Eso incluía el formal vous. Con el paso del tiempo, tanto en un idioma como en otro, ella había perdido el ligero acento ruso que tenía cuando se conocieron, quince años atrás.
—Combaten a los bolcheviques, querida —el barón volvía al griego—. Precisamente tú deberías ser sensible a eso.
La vio apartar la mirada, dar una última chupada al cigarrillo y apagarlo despacio, deshaciendo la brasa en el cenicero que estaba a su lado, sobre las sábanas arrugadas.
—Ha pasado mucho tiempo desde lo que yo fui —dijo ella—. Y también desde lo que fuimos.
Era cierto, pensó el barón con melancolía. Se recordaba a sí mismo con un codo apoyado en la barra del pequeño bar privado de Patou, exclusivo para clientes —actrices de moda, políticos influyentes, grandes fortunas internacionales—, donde los hombres solían esperar sentados en altos taburetes mientras esposas, novias o amantes eran atendidas en la planta superior. El barón había ido acompañando a una amiga, y mojaba los labios en un brandy-flip cuando la vio bajar a ella por la escalera de caracol. Nunca olvidaría el nombre del vestido. Il viendra, se llamaba: una robe de soir de muselina violeta, tan delicada que parecía adaptarse a su cuerpo como si la hubieran cosido sobre él. Dos noches después, la mujer que entonces aún se llamaba Lena Mensikov y el barón Pantelis Katelios cenaban juntos en Prunier, y cinco semanas más tarde se casaban en Montecarlo.
—Es cierto, entonces, que van a atacar barcos rusos desde aquí, ¿no?… ¿Que Gynaíka será su base?
—Ésa es la idea.
Torcía ella la boca, escéptica.
—¿En el siglo veinte?… Qué disparate.
—Quizás.
La mujer se levantó con brusquedad de la cama: pies descalzos, primero sobre la alfombra y luego sobre las baldosas frías.
—Creo que me acercaré a echar un vistazo… Desde el mar, de lejos, con la lancha.
Movía él la cabeza.
—No puedes hacer eso.
—¿Por qué? —había dejado caer el kimono—. Es nuestra isla.
Contempló Katelios el cuerpo de su mujer: la piel tostada de sol sin apenas marcas de ropa, la curva suave de las caderas, el pecho escaso y todavía firme, casi de muchacha. El vello púbico rizado entre el arranque de las largas piernas.
—Puede ser inconveniente —opuso con calma—. Son hombres que… En fin. Serán gente peligrosa.
—Acabas de decir que su jefe te ha causado buena impresión.
—El jefe no es todos ellos. Además, hay un acuerdo. Oficialmente no sabemos nada de esto.
Ella había abierto el armario. Tras una corta duda sacó unos pantalones de algodón basto, marineros, y se los puso. También cogió un jersey negro. Con él en las manos, todavía con el torso desnudo, se volvió hacia Katelios.
—Es ridículo —dijo—. Están ahí. Y lo peor es que ni siquiera te pagan por eso.
—Ofrecieron hacerlo. Metaxás propuso…
—Déjate de Metaxás, por Dios —lo interrumpió—. Estoy harta de él y de tus apolilladas reglas. El hecho es que te negaste a aceptar dinero… Tenías que dejar claro quién eres, ¿verdad?
—Tenía que dejar claro quién fui.
Relampaguearon los ojos de la mujer.
—¿Y crees que eso le importa a alguien?
—Es cierto —asentía sombrío—. Ni siquiera te importa a ti.
Ella había terminado de vestirse. Se calzó unas zapatillas para tenis, de lona y suela de caucho.
—En serio, Lena —insistió él—. ¿A dónde vas?
—A Syros. Hace casi dos semanas que no voy allí.
Miró Katelios las dos diminutas marcas de pinchazos recientes en el brazo izquierdo de la mujer y apartó en seguida la vista.
—Tu amigo el doctor.
Lo dijo con fría amargura y ella lo miró súbitamente, tan molesta como si hubiera recibido un insulto. Después alzó una mano adversativa: tenía la palma surcada por líneas hondas y prolongadas. Como para despistar a la más sagaz quiromántica, solía decir en otro tiempo, cuando aún bromeaban entre ellos.
—No es mi único amigo.
Sonó seco, igual que una bofetada. Permanecieron un momento mirándose, a la espera de palabras ya imposibles. Por fin él desistió, resignado.
—Le diré a Stamos que te lleve.
—Puedo ir sola.
—Son doce millas hasta el puerto de esa isla. El mar está tranquilo; pero si tienes una avería…
Se encogió ella de hombros e hizo ademán de irse. Katelios la tomó por un brazo.
—Ni se te ocurra acercarte a la cala de levante, Lena.
—No te preocupes —se liberó sin brusquedad de su mano—. La parte más absurda de nuestras vidas te la dejo a ti.
Soplaba una brisa húmeda y fría, así que Salvador Loncar se abotonó el cuello de la trinchera. Desde que en su adolescencia había tenido un amago de tuberculosis —hubo que secar con gas parte de un lóbulo pulmonar— era propenso a una neumonía. Después de eso miró el reloj, comprobando que todo iba bien. El pequeño vapor que lo transportaba por las aguas tranquilas del Cuerno de Oro pasó ante las casas de madera del barrio de Fener, medio abandonado por las últimas matanzas de griegos y armenios, y dejando atrás las chimeneas de las fábricas, los minaretes sobre viejas iglesias bizantinas y los astilleros con esqueletos oxidados de barcos a medio desguazar, apuntó la proa hacia Eyüp, cuyas orillas brumosas salpicaban blancos cementerios otomanos y altos cipreses grises.
Cuando bajó del barco vio a Antón Soliónov en el muelle, apoyado en un paraguas entre las campesinas que aguardaban para subir a bordo con cestas de verduras, gallinas y pollos. Era un detalle por parte del ruso, advirtió complacido; una deferencia diplomática a tener en cuenta. El representante de Sovietflot en Estambul —la oficina estaba allí mismo, cerca de unos tinglados para mercancías alquilados por la Unión Soviética— era corto de estatura, poderoso de hombros, con tupidas cejas pajizas bajo el sombrero de ala ancha y torso de atleta cubierto por un abrigo con cuello de astracán, largo casi hasta los zapatos. Sus ojos eslavos chispearon al ver al español.
—Gracias por venir a recibirme —dijo Loncar.
Con ademanes de gran señor, abriendo mucho los brazos como si esas palabras superfluas lo ofendieran, Soliónov restó importancia al detalle. Había cumplido los cincuenta pero conservaba un cutis delicado, infantil, que con los ojos claros y una boca a menudo sonriente le confería un aspecto simpático, inofensivo, engañoso para quien —ése no era el caso de Loncar— ignorase el papel despiadado que Soliónov, conocido como Tolstoi por el servicio de información naval de la República, había tenido años atrás en la salvaje purga de elementos contrarrevolucionarios en la flota mercante rusa.
—¿Prefiere sentarse en algún sitio, o pasear, camarada Loncar?
Miró el español el cielo bajo y oscuro.
—¿No lloverá?
—No creo —mostró el otro su paraguas, aferrado por una mano velluda y rubia—. De todas formas, ruso prevenido, medio combatido… Ya lo dijo Lenin.
—¿Lo dijo?
—No sé, pero pudo decirlo.
Sonrieron cómplices, eligiendo el paseo hacia el prado de Karayagdi. Lo habían hecho otras veces hasta llegar al cementerio de los verdugos: Soliónov parecía hallarse a gusto entre aquellas lápidas sin remate ni inscripción, confinadas allí porque los estambulíes rechazaban mezclar a sus difuntos con quienes habían hecho de ejecutar al prójimo una profesión remunerada. Eso aparte, el lugar era agradable; así que Loncar prefería pensar que la querencia por aquel cementerio se debía sólo a razones estéticas.
—Hay algo —se pasó una uña por el bigote—. No sé qué importancia puede tener, pero lo hay.
—Soy todo oídos soviéticos —apuntó el ruso.
Loncar intentó concretar lo que hasta ese momento no eran sino simples impresiones. Había obtenido, expuso, indicios sobre el interés de los franquistas en los barcos que cruzaban los Dardanelos. Eso no era nuevo en absoluto, pero sí más evidente en los últimos días. Parecía como si algo distinto, fuera lo que fuese, se insinuara en el paisaje.
Escuchaba con atención Soliónov, balanceando el paraguas.
—Me parece interesante, aunque un poco vago… ¿Podría ser más preciso, camarada?
—No, y eso es lo que me preocupa. Es más una corazonada que algo basado en evidencias. Pero me atrevería a decir que se cuecen novedades.
Dio Soliónov unos pasos sin decir nada. Pensativo.
—La sospecha permanente es el estado natural del buen comunista.
Loncar no pudo evitarlo.
—¿Se refiere a la paranoia?
Lo miró el otro de reojo, severo.
—Ustedes, los españoles, siempre tan ocurrentes con sus chistes… La sospecha, he dicho: una saludable prevención, alerta siempre, en la certeza de que el imperio burgués trabaja en la sombra. Que se infiltra en las más nobles empresas a fin de traicionar al proletariado internacional.
—Me lo ha quitado usted de la boca.
Se detuvo en seco Soliónov, encarándose con él.
—¿Se está choteando de la Unión Soviética, camarada Loncar?
—Dios me libre.
—¿Dios?
Se quedaron uno frente al otro, en apariencia serios, y de golpe estallaron en carcajadas. Soliónov se echó un poco atrás el sombrero, abrió el abrigo, sacó una funda de cigarros de cuero y ofreció uno a Loncar: era tabaco turco de buena calidad, vitola Osmán. Al ruso aún le lagrimeaban los ojos risueños cuando accionó el encendedor —un Parker de oro nada proletario— para darle fuego a Loncar.
—¿Tiene forma de averiguar algo más?
—Puedo intentarlo —dijo el español.
Fumaron en silencio, contemplando el paisaje entre las estelas blancas y grises de las tumbas: los barcos que cruzaban en todas direcciones el Cuerno de Oro, el lejano puente Gálata, Topkapi y la mezquita de Suleymaniye bajo el cielo oscuro que empañaba de bruma las colinas.
—Es un momento delicado —dijo al fin Soliónov, serio de nuevo—. Como sabe, está negociándose el tratado que limitará las actividades fascistas en el Mediterráneo… Alemanes e italianos ya no podrán, como hasta ahora, hostigar impunemente a los barcos que llevan suministros a la República. Ni siquiera la flota de Franco podrá detener, registrar o hundir mercantes fuera de las tres millas de aguas españolas —hizo una pausa, chupó su cigarro y exhaló despacio el humo—. A Moscú no le conviene alzar la voz hasta que todo esté concluido.
—Pero no van a interrumpir, ni de modo temporal, el tráfico con nuestros puertos, ¿verdad?… O eso esperamos.
—Claro que no, por supuesto. Ya sabe que la Sección X sigue noche y día dedicada a eso. Nuestros puertos de Sebastopol, Odesa, Feodosia y Jersón se mantienen activos.
Asintió Loncar. La Sección X era el departamento del temible NKVD que desde Moscú coordinaba la ayuda soviética a España mediante los llamados barcos Igrek, que transportaban material de guerra: código Y para identificar los de pabellón soviético, código YZ para barcos de otras banderas, incluida la española republicana. Bajo la cobertura comercial de Sovietflot, Antón Soliónov era el jefe de la Sección X en Estambul.
—El camarada Stalin es fiel a sus promesas —prosiguió el ruso— y la solidaridad de nuestros campesinos y obreros con España es inquebrantable. Por eso me parece importante lo que usted dice. Es vital averiguar si los fascistas preparan nuevas acciones. Nuevas estrategias.
Reflexionó un instante Loncar.
—¿Hay algún embarque inminente en el mar Negro?
—Claro que lo hay… Durante las próximas ocho semanas, al menos cuatro barcos soviéticos, españoles o con pabellón de conveniencia zarparán con destino oficial a México u otros países que, para cubrir las formas, garantizan el certificado de último usuario. Pero desembarcarán su carga, como suelen hacerlo, en Cartagena, Valencia o Barcelona.
—Entonces, convendría…
—Ya sé, no se inquiete. Ya sé. Lo tendré informado, como siempre. Su colaboración y control siguen siendo preciosos. En un par de días le haré llegar un informe detallado, pero puedo adelantarle algo… ¿Se acuerda del Stary Bolshevik?
—Sí, claro. Ha hecho dos viajes a España.
—Pues se encuentra listo para el tercero. En este momento los trabajadores portuarios de Odesa trabajan día y noche, con el entusiasmo de su admiración por el antifascismo español, estibando en las bodegas el cargamento del que hablamos hace diez días: el Y-21.
—¿Completo?
—Excepto las ametralladoras Bergmann, que irán en otro viaje con la munición correspondiente, está casi todo.
Se mostró Loncar satisfecho. Con el código Y-21 figuraba un importante envío de material para la República: diez cañones de campaña Schneider, ocho obuses Krupp, ciento cincuenta ametralladoras Maxim, cuatro mil fusiles Mauser, sesenta toneladas de pólvora, cuarenta mil relés eléctricos, quince mil espoletas de mortero y ocho millones de cartuchos de fusil. Un envío necesario para los duros combates que las tropas leales libraban en España.
—¿Cuándo está previsto que zarpe el Stary Bolshevik?
—Una semana, o tal vez menos. Me avisarán, naturalmente, y lo pondré en su conocimiento para que controle el paso por los Dardanelos y prepare la escolta de su escuadra… Supongo que el punto de cita será el acostumbrado.
—Sí, en principio. Salvo otras órdenes, se encontrarán frente a la costa de Túnez, a la altura del cabo Bon.
—Perfecto. Y en cuanto a esas sospechas de que me habló antes…
—Ni siquiera se trata de sospechas, camarada Soliónov. Todavía no llego a eso.
—¿No hay nada concreto en lo que apoyarse?
—En absoluto. Se trata de simple intuición.
—¿Y qué es lo que intuye?
—Que los fascistas están más interesados que antes en los envíos del mar Negro.
Los ojos claros de Soliónov pestañearon, simpáticos. Casi ingenuos.
—Interés siempre tuvieron, que yo recuerde.
—Sí, pero tal vez ahora tengan un poquito más.
—¿Podría relacionarse con el tratado que está a punto de firmarse?
—Podría.
Se quedó callado el ruso, contemplando pensativo el puño de su paraguas. Al cabo emitió un suspiro que sonaba fatigado.
—Nunca infravaloré las intuiciones de hombres experimentados como usted —dijo lentamente—. En nuestro oficio no existe la casualidad, y nada debemos descuidar como tal… Veré si mi gente puede averiguar algo, pero no baje la guardia. No suelte el hueso, si llega a morderlo.
—No lo haré.
—Todos nos jugamos mucho en esto. La Unión Soviética, la República española, yo mismo… Usted.
—Sobre todo yo —comentó Loncar.
Los ojos de Soliónov habían descendido veinte grados de temperatura. Ya no parecían ingenuos, ni simpáticos.
—Sí, camarada, eso creo. Aquí, tan lejos de su patria… —hizo una pausa larga como un pasillo de la Lubianka—. Sobre todo, usted.
Veinticinco nudos era una buena velocidad de crucero. Habían alcanzado los treinta y seis, pero Jordán no deseaba forzar los motores. Ya habría ocasión, o necesidad de ello. Cuando iban al máximo de revoluciones bajó a la sala de máquinas para comprobar cómo iba todo. Sentados entre tubos, conductos y palancas, atentos a los indicadores, el primer maquinista y su ayudante albanés se mostraban satisfechos. Todo funciona, kapetánie, dijo Giorgios Ambelas levantando la voz por encima de la rítmica trepidación de los diésel. Esos alemanes saben hacer las cosas. Le ordenó Jordán moderar a mil revoluciones y después subió por la escala metálica de vuelta a la caseta de gobierno, donde Ioannis Eleonas, atento a todo, daba instrucciones en voz baja al timonel.
—Arriba, piloto —dijo a su segundo.
Subieron los dos al puente de ataque, situado sobre la caseta. El sol estaba veinticinco grados por encima del horizonte y la lancha hendía como un cuchillo el resplandor inexorable de una superficie azul que la estela recta y blanca dividía en dos mitades exactas. En torno a ella, en el paisaje circular, se perfilaba el azul más espeso, en masas oscuras, de las islas que moteaban la distancia, con sus cañadas aún llenas de sombras en la luz de la mañana.
Jordán se apoyó en la dirección de tiro, protegida con una funda de lona, y miró hacia popa. Junto al tubo lanzador de estribor, disimulado como el otro con una lona pintada del mismo color que el resto de la embarcación, Jan Zinger adiestraba a Nikos Kiprianou en el manejo del mecanismo de armado y disparo de los torpedos.
—Ahí está nuestra cita —dijo Eleonas.
Miró Jordán el punto oscuro, lejano, y levantó luego el rostro hacia la pequeña cofa, protegida por un aro metálico a nivel de la cintura, donde Sami Maroun apuntaba sus prismáticos hacia el mismo lugar.
—¿Es el caique?
—Lo es, comandante —respondió el libanés.
Destapó Eleonas el tubo acústico que comunicaba con el interior de la caseta y ordenó al timonel modificar el rumbo. Puso proa la lancha al punto oscuro, que empezó a aumentar de tamaño. En ese momento, Bobbie Beaumont asomó la cabeza por el tambucho. Tenía los lentes subidos sobre la frente y un cigarrillo en la boca.
—¡Señal del Karisia! —gritó—. ¡La recibo muy fuerte!
—Lo estamos viendo —repuso Jordán.
Desapareció el inglés. El caique, que navegaba con rumbo sur, se encontraba ya lo bastante cerca para reconocerlo a simple vista. Era el mismo en el que Jordán y cuatro de los tripulantes habían llegado a Gynaíka, encargado ahora de vigilar el sector noroeste de las islas Andros y Tinos mientras otro caique, el Zeios Demetrios, patrullaba al sudeste. Con apariencia de inocentes pesqueros griegos pero equipados con aparatos de telegrafía sin hilos y en contacto permanente con Bobbie Beaumont, los dos caiques eran los ojos avanzados de la torpedera. A ellos correspondería señalar la presencia de los objetivos.
—Aprovechemos, piloto —propuso Jordán—. Zafarrancho de combate.
Dio el griego un toque de silbato, reforzándolo con un grito. Los que estaban en cubierta miraron hacia el puente, sorprendidos. Zinger y su ayudante se situaron en posición y Sami Maroun bajó de la cofa y fue a reunirse con su primo Farid junto al afuste del cañón de 20 mm, aunque éste no estaba instalado todavía. Jordán destapó la boquilla del otro tubo acústico para pedir treinta nudos de velocidad al maquinista. Después, mientras retiraba la funda de la dirección de tiro, fue dando instrucciones al segundo, que las transmitía al timonel.
—Quince a estribor. Así, mantenga a la vía… Diez a estribor. Ahí va bien, piloto. A la vía.
Como empujada por una mano repentina y poderosa, la torpedera alzó más la proa, hendiendo el agua mientras saltaban rociones a una y otra banda. Los tres motores llevados casi al máximo transmitían su vibración a las estructuras de cubierta y el ruido de los tubos de escape sonaba con ronca contundencia de máquina perfecta, potente, bien calibrada. Jordán no había vivido aquello desde que acabó su adiestramiento en Alemania, y reconoció complacido el familiar estímulo, la sensación de cabalgar una fuerza poderosa de la que esta vez él era dueño. Único amo a bordo después de Dios, como solía decirse.
—Cinco más a estribor. A la vía.
Le flameaba la ropa a causa del viento generado por la velocidad. Se quitó la gorra para evitar que volara de su cabeza y acercó los ojos al binocular Zeiss. Centrada en la retícula de la mira, que era de una asombrosa nitidez —aquellas perfectas ópticas alemanas—, la imagen del caique aumentaba a medida que disminuía la distancia. Mil quinientos metros. El tamaño del pesquero era menor que el de un mercante y las incursiones tendrían lugar sobre todo de noche, pero aquello servía para adiestrarse. Lo repetirían docenas de veces antes de atacar de verdad.
—Ahí va bien, piloto… Así va bien.
Moviendo las ruedecillas de la dirección de tiro, Jordán calculó rumbo y velocidad del blanco para fijar la trayectoria del torpedo imaginario. Se hallaban a mil metros del caique cuando dirigió un rápido vistazo a Zinger y vio que el holandés y su ayudante estaban atentos. En el puente, pegado al tubo acústico que conectaba con el timonel, Eleonas miraba el objetivo, concentrado, tenso como si se tratara de auténtica acción. Alzó Jordán, cerrado, el puño de la mano izquierda. Ochocientos metros. La torpedera parecía volar sobre el azul del agua, rizada por una suave marejadilla. Quinientos metros. El caique ocupaba todo el visor. Bajó el brazo, y al apartar los ojos del binocular y mirar a estribor vio cómo Zinger simulaba accionar la palanca de lanzamiento, cual si hubiera un torpedo en el tubo.
—A estribor, piloto. Vámonos de aquí.
Eleonas dio la orden, y con todo el timón a una banda, inclinada la cubierta hacia la otra, la lancha trazó una curva a la derecha, apartándose del caique. Se relajó Jordán.
—Bien hecho. Mantenga timón así y modere a ochocientas revoluciones.
—¿Lo hemos hundido, kapetánie?
Sonreía el griego, y Jordán lo hizo también.
—Yo diría que sí.
Detrás del tubo lanzador, Zinger mostraba un satisfecho pulgar hacia arriba. Ahora más despacio, la lancha describió un círculo casi perfecto, a cuyo término se hallaron de nuevo junto al Karisia. A Jordán no le pasó inadvertido el cable de telegrafía sin hilos que iba de la timonera al tope del palo. Seis hombres estaban junto a las redes y palangres, observando la torpedera. Entre ellos reconoció al patrón que lo había llevado del Akamas a la isla.
Ordenó situarse por la banda de estribor del caique, a la misma marcha y al alcance de la voz. Ocupado en colocar la funda a la dirección de tiro no alcanzó a oír lo que el patrón del otro barco gritaba, así que miró a Eleonas para averiguarlo.
—¿Qué ha dicho, piloto?
Movía el griego la cabeza, bonachón, rascándose los pelillos grises de la mandíbula sin afeitar.
—Cuestiona la honestidad de nuestras madres.
—Ah, vaya… ¿Y por qué?
—Creyó que los íbamos a torpedear de verdad.
Lo que Jordán vio al regresar a la isla no le gustó. Mientras la lancha torpedera, tras dar resguardo a la peligrosa restinga de la orilla sur, entraba despacio en la cala de levante entre los chillidos de las gaviotas, divisó la canoa automóvil del barón Katelios al otro lado del pantalán, frente a los barracones. Y cuando efectuaban la maniobra de atraque observó que había una mujer sentada a unos treinta pasos, en las rocas al extremo de la playa.
—¿La conoce, piloto?
Eleonas se encogió de hombros sin decir sí, ni no. Lo que hubiese en tierra firme, decía el ademán, no era asunto suyo.
—Pues a mí no me importaría conocerla —dijo Zinger—. No creía yo…
—Cállese.
Enmudeció el holandés. Todavía estaban amarrando la torpedera cuando Jordán saltó al pantalán y caminó hacia las rocas bajo la mirada curiosa de sus hombres. Estaba realmente irritado, porque aquél no era lugar para intrusos. La mujer, comprobó, era delgada, de piernas largas. Parecía más joven de lejos que de cerca. Mostraba un aire elegante pese al pantalón marinero, el holgado jersey negro y las zapatillas de tenis que vestía; o tal vez era el modo de llevar la ropa lo que daba esa impresión: una manera desenvuelta, natural, de sofisticado desaliño. Llevaba el pelo muy corto, como un hombre, veteado de canas. Fumaba impasible un cigarrillo, observándolo mientras se aproximaba a ella.
—No puede estar aquí —señaló Jordán.
La vio parpadear sorprendida, cual si hubiera esperado de él otras palabras. Un pestañeo fugaz al que de inmediato sucedió una mirada serena, casi irónica.
—Pues claro que puedo —dijo con sencillez—. Esta isla es mía.
Dejó caer la ceniza del cigarrillo en uno de los huecos horadados por el mar en las rocas, relucientes de salitre. Pequeños cangrejos se movían al filo del agua tranquila, entre las piedras cercanas.
—He traído desde Syros a quienes cocinarán para su gente —señaló un barracón, a cuya puerta habían salido a mirar un hombre y una mujer—. Es mi marido quien los envía, aunque tendrán que pagarles ustedes.
Dio luego una chupada al cigarrillo, dejando salir el humo por la nariz y la boca. Seguía estudiando a Jordán con interés. La luz del sol declinante daba reflejos dorados a sus iris color avellana.
—¿Cómo se llama, señor marino?
Tardó Jordán un momento en responder.
—Se lo dije a su marido.
—Pues él no me lo dijo a mí.
—Mi nombre no tiene importancia.
—De algún modo tendré que llamarlo, ¿no cree?
—No habrá muchas ocasiones para eso.
—Aun así.
Dudó él de nuevo.
—Tozer —dijo al fin.
—Suena raro para ser español —ahora sonreía distante, como distraída—. Y desde luego, nadie adivinaría su nacionalidad por su aspecto.
Dio otra chupada y dejó caer la colilla entre las piedras.
—Eso sí —añadió con tranquilo asombro—. Habla el griego mejor que yo.
—¿Qué hace aquí?
Había Jordán formulado la pregunta con rudeza y vio que la mujer iniciaba un ademán ambiguo. Tenía los dedos largos: uñas pintadas de rojo sangre, ni joyas ni reloj; sólo una fina cadena de oro en un tobillo, entre el pantalón y la zapatilla de lona.
—Ya se lo he dicho —repuso ella tras un silencio—. Traje al cocinero.
Después de eso paseó la mirada por la lancha, los barracones y la playa. Los hombres seguían observándola desde lejos.
—Tiene un extraño barco y una extraña dotación, señor Tozer… ¿O debo llamarlo capitán?
—Debe irse —dijo Jordán, seco.
La mujer le dirigió una ojeada muy lenta, casi interminable.
—¿Me está echando de mi isla?
—Tiene que irse —insistió él—. No es lugar para una mujer.
Miró ella en torno, como para comprobar que estaba sola.
—¿A qué clase de mujer se refiere?
—¿Sabe su marido que está aquí?
—Sabe que fui en busca del cocinero… Que converse con usted ya es cosa mía.
Se quedó callada mientras sus ojos lo recorrían de arriba abajo. Con una sonrisa vacía y ligera indicó a los hombres que miraban de lejos.