La isla de la mujer dormida
3. La baronesa Katelios
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—¿No va a enseñarme su embarcación, ni a presentarme a sus pintorescos tripulantes?
—Le ruego que no vuelva a este lugar.
—Usted no puede imponerme algo así.
Suspiró Jordán. Estoy perdiendo el tiempo, pensaba. No me gusta lo que ocurre, ni cómo ocurre. Nadie me había advertido de esto.
—Tendré que hablar con el barón.
—Sí, es buena idea —ella se mostraba repentina y exageradamente animada—. Hágalo… Puede venir a cenar alguna de estas noches, cuando no esté en el mar. Estoy segura de que mi marido tendrá mucho gusto en invitarlo.
Haciéndose a un lado, Jordán le mostró el camino de la playa y el pantalán.
—Adiós, baronesa.
A ella se le ensombreció el rostro. Fruncía la boca, molesta. Se puso en pie.
—No sea ridículo… No vuelva a llamarme baronesa —señaló el espejo de popa de la canoa automóvil—. Mi nombre es Lena.
Los hombres seguían mirándola curiosos mientras se dirigía al pantalán. Deslizó sobre ellos una ojeada indiferente, cual si no estuvieran allí o no los viese. Después, volviendo brusca la espalda, soltó las dos amarras y se deslizó con agilidad tras el volante, sobre el asiento tapizado de cuero verde.
—Lena —repitió.
Extrajo unas gafas de sol de la guantera y se las puso. Hizo luego girar la llave de contacto, rugió el motor y la lancha abandonó la cala de levante.