La isla de la mujer dormida
4. El estrecho de Kafireas
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4. El estrecho de Kafireas
Cuando Salvador Loncar y Pepe Ordovás salieron del pequeño restaurante —una lokanta de tablones y chapa, decorada con malos tapices y bombillas de colores—, el crepúsculo se diluía tiñendo de reflejos ocres el mar de Mármara. Desde uno de los seis alminares de la mezquita del Sultán llegaba la voz del muecín rezando la penúltima plegaria del día.
—Reconoce que las albóndigas estaban de muerte —comentó Ordovás.
Se pasaba Loncar una uña satisfecha por el bigote de mosquetero.
—Lo reconozco.
—Ya te lo dije.
La cornís Florya olía a basura, aire salino y pescado asado de la media docena de kioscos que, en la sombra cada vez más densa de la muralla y mal iluminados por lámparas de queroseno, se levantaban al pie de la antigua fortificación. Volviose Loncar a uno y otro lado, cauto, para asegurarse de que no había presencias indiscretas. Después miró hacia la orilla asiática, donde las primeras luces empezaban a encenderse, extinguidos ya los reflejos del sol en las ventanas de Usküdar y Kadiköy.
—Todavía no hemos hablado de lo nuestro —dijo Ordovás.
—¿Qué es lo nuestro?
—Ya sabes —daba rodeos el agente nacional, sombrero en mano, rascándose el pelo escaso—. Los tuyos y los míos.
Era verdad. Todo el tiempo en casa de madame Aziyadé habían estado concentrados en dos partidas de ajedrez —una la ganó Loncar y otra fue tablas—, y durante la cena se limitaron a disfrutar, comentando cada bocado, los platos que, siempre con el efendi en la boca, les servía un turco de colgante mostacho y delantal tan sucio como si no lo hubieran lavado desde los tiempos de Selim el Cruel. La comida era realmente deliciosa: lonchas finas de pez espada ahumado con limón y las célebres albóndigas, objeto de la visita. Después, como postre, Loncar había disfrutado un buen pudin de arroz al horno, dos tazas de café negro y espeso, y un cigarro —turco, de excelente calidad— que todavía humeaba entre sus dedos mientras se acariciaba la tripa, complacido.
Mejor allí, pensó sin remordimientos, que en una trinchera de la Ciudad Universitaria.
—Para vivir así —dijo en voz alta, satisfecho— más vale no morirse.
Ordovás se manifestó de acuerdo. Caminaron a lo largo de la muralla, entre ésta y el mar, para bajar un poco la comida: panzudo y ancho el republicano, peinado hacia atrás con gomina; pequeño y flaco el otro, afeitada la inquieta cara de raposo. Más allá de las viejas piedras bizantinas, por los huecos derruidos donde asomaba una higuera o las hojas de una parra, se veían puertas abiertas a entresuelos mal iluminados, con hombres que jugaban a las cartas o al tavla manejando rosarios de ámbar, y perros callejeros que dormitaban apacibles junto a ellos. En su covacha todavía abierta, un barbero afeitaba a un cliente a la mermada luz de un candil de aceite.
—Sabes lo del combate de cabo Machichaco, supongo —comentó al fin Ordovás.
Era la primera alusión de esa noche a la guerra civil que llevaban a medias. Casi nunca, en lo posible, mezclaban el trabajo con el placer.
—La marina auxiliar vasca se portó bien —asintió Loncar.
—Eso es resumir, ¿eh?… Deberías estar orgulloso. Dos de vuestros pesqueros armados con modestos cañoncitos enfrentándose al crucero Canarias, con un par. Y uno de los bous se hundió sin arriar la bandera. Hasta los periódicos turcos lo traen. Admito que no está mal, ¿verdad?, para ser como sois unos bolcheviques de agua dulce… Aunque, bueno. Esos gudaris de misa diaria sólo son rojos de boquilla. Tocan otra música.
Le dirigió Loncar una mirada socarrona.
—¿Tú no asistes a misa, Pepe?… Los fascistas vais al cielo, ¿no? Y ahí mismo, en Pera, hay una iglesia católica que te haría el avío.
—Yo qué cojones voy a ir.
—Pues a tu glorioso Caudillo, que mala puñalada le den, lo sacan los obispos bajo palio, y el tío se deja.
—Cada cual tiene su clientela —apuntó Ordovás, ecuánime—. Su parafernalia.
—Ya veo.
—Pero no me desvíes la conversación, anda. Te estaba diciendo que lo de esos marinos vascos es la excepción que confirma vuestra regla. Y encima, por lo visto, el patrón de uno de los bous era de Murcia, o de por ahí.
—Hay reglas hechas de excepciones —se burló Loncar—. Danos tiempo.
—Qué tiempo, hombre, si los rojos tenéis la escuadra tan amarrada que al destructor José Luis Díez, que no sale ni a pescar, lo llaman Pepe el del Puerto…
—Tampoco exageres, coño.
—¿Exagero?… Después de asesinar a casi trescientos jefes y oficiales, ahora vuestra escuadra la mandan comités de cabos como esa gentuza del acorazado Jaime I, a la que se dan de maravilla la actividad criminal y las putas del Molinete de Cartagena, pero no saben manejar un sextante ni una carta náutica… Y claro, así os va. Os habíais creído lo del acorazado Potemkin, ¿verdad?… Hay que ser primaveras.
Dio Loncar la última chupada al cigarro, dejó caer el chicote al suelo y se detuvo para aplastarlo con la suela del zapato.
—Si no me falla la memoria —dijo con calma—, que no me falla en absoluto, nosotros liquidamos a señoritos del cuerpo general que eran unos chulos arrogantes y estaban compinchados con Franco para cargarse la República, o lo habrían estado si los hubiéramos dejado vivos.
—No les disteis tiempo, leche. Se sublevaron las tripulaciones.
—Pues mala suerte, chico —reía Loncar, mordaz—. Al que madruga, san Carlos Marx lo ayuda. Pero vosotros, a cambio, ya habéis fusilado a un millar de marineros, maquinistas y fogoneros. Ésa sí que es una escabechina.
—Correcto —asumió Ordovás sin el menor complejo.
—Pues blanco y en botella, ¿no?… Cada cual despacha lo suyo.
Siguieron caminando. Suspiraba el agente nacional, menudo, filosófico.
—La vida es dura, compadre.
—Para unos más que para otros.
—Pero reconoce que las albóndigas estaban cojonudas.
—Lo reconozco.
—Si cuando hayáis perdido la guerra sigues aquí, te invitaré una vez al mes.
—Lo mismo digo, cuando la pierdas tú.
Miraba Loncar el mar, del que se adueñaba la noche como siempre ocurría en aquella ciudad: surgida de pronto de las montañas del otro lado del Bósforo. Muy cerca, mostrando la luz roja de babor, un barco remontaba el canal llevado por un remolcador cuyo espeso humo negro rozaba las alturas de Topkapi.
—¿Hay alguna novedad en los puertos rusos? —inquirió Ordovás.
Loncar se puso alerta. Al fin entraban en materia.
—Nada que yo vaya a contarte —replicó.
—Venga, hombre… Ya te dije. Necesito aunque sean unas migajas, y luego las adorno como Dios manda.
—Te digo que no hay nada. Tanto dais por saco los fascistas en el Mediterráneo que la ayuda soviética sale ahora de Murmansk, por el norte. Id a interceptarla allí, si tenéis huevos. Y llevad ropa de abrigo.
Soltó Ordovás una risita cínica.
—Eso no te lo crees ni harto de rakia, compadre… ¿Me ves cara de panoli?
Al pasar junto a otro hueco de la muralla se encontraron con uno de los vigilantes de incendios que hacían la ronda, listos para dar la alarma al menor chispazo en las casas de madera que abundaban en aquel barrio. Fumaba sentado bajo la luz de un farol, y al ver a los europeos se llevó dos dedos a la visera de la gorra.
—Esa torre de dama estuvo muy bien jugada —dijo Ordovás cambiando de tercio.
—No es mérito mío —repuso Loncar—. Capablanca le hizo exactamente lo mismo a Alekhine en Buenos Aires, hace diez años.
—Pues le jugó la de Fu-Manchú.
—Sí.
Movía la cabeza Loncar, impaciente. Lo fatigaba aquel tira y afloja, esa forma de perder el tiempo. Estropear la digestión apacible de una buena cena.
—Vamos a ver —se encaró—. ¿Qué andáis tramando?
Los ojos de Ordovás brillaban, taimados, bajo el ala del sombrero que le oscurecía el rostro.
—Pues lo de siempre —se limitó a decir—. Hacerle la puñeta a tu disparatada República.
—Y en concreto, ¿por qué tanto interés estos días?
Titubeaba el otro.
—Pues no sé qué decirte, mira —se pasó la lengua por el labio inferior—. Me aprietan, me exigen, me…
Alzó Loncar una mano admonitoria.
—Oye, Pepe.
—¿Qué?
—¿Cuánto hace que nos conocemos?
—Ocho años largos.
—Pues vamos a seguir llevándonos bien, ¿eh?… Por ese asunto ni me preguntes.
—¿Y a quién le voy a preguntar, si no es a ti?
—Tienes tus contactos, yo los míos. Que a veces son los mismos.
—Somos agentes secretos, coño —insistió Ordovás—. Hacer preguntas va en el sueldo.
—Será en el tuyo, porque yo llevo tres meses sin cobrar.
—Son los horrores de la guerra.
—Vaya si son.
—Y es lógico. Como el oro del Banco de España se lo habéis entregado a los rusos, estáis tiesos como la mojama.
Loncar emitió un exabrupto poco piadoso.
—Con algo habrá que pagar, ¿no crees? A nosotros no nos fían los suministros a crédito, como a vosotros Hitler y ese payaso de Mussolini. Que hasta submarinos os mandan.
—Anda, tú —se extrañó Ordovás—. ¿Cómo sabes eso?
—Me lo ha dicho un pajarito.
—Joder.
Se quedó callado Loncar un instante, reflexionando. O fingiendo hacerlo.
—Vamos a hacer una cosa, que en realidad es lo de siempre —dijo al fin—. Si tengo algo que pueda pasarte sin perjudicar a los míos, lo haré… ¿Vale?
—Vale.
—Pero te lo advierto: de momento no esperes gran cosa. Mientras tanto, no seas pelmazo. Deja de darme la lata con los puertos del mar Negro y sigue vigilando este lugar como hago yo, anotando barcos y cosas.
Los dientes del otro se destacaron en la penumbra. Sonreía.
—Que es lo único que haces en Estambul, naturalmente.
—Que es, en efecto, lo único que hago.
Suspiró otra vez Ordovás.
—Qué hijoputa eres, compadre.
—Yo también te quiero, Pepe.
Hacía calor para esa época del año. Miguel Jordán estaba a la sombra en el porche de su barraca, sentado en una silla plegable ante una mesa de tijera, terminando de escribir el informe que debía enviar en las próximas horas. Había empezado también una carta para su mujer, pero a las pocas líneas desistió de continuar. Ella y su hijo se encontraban demasiado lejos de aquella isla, y no sólo en lo tocante a distancia física. Nada tenía que decirles —quizás al niño, pero no con la madre como intermediaria—, y releer los lugares comunes con que comenzaba la carta llegó a producirle malestar. Así que la rompió en trozos minúsculos y se concentró en el informe.
Todo estaba listo, o a punto de estarlo. El barco nodriza, un mercante italiano llamado Massafra, de apenas mil toneladas y con medio siglo de mar en las viejas varengas, había descargado el día anterior seis torpedos, cinco mil cartuchos de 20 mm para el Oerlikon y veinte mil litros de fuel. Suficiente, en principio, para las primeras misiones. Dos de los torpedos y siete mil quinientos litros de combustible estaban a bordo de la lancha, y el resto en el barracón que servía de almacén, comunicado con el pantalán por una pasarela de tablas dispuesta sobre la arena.
Desde el lugar en que se hallaba, Jordán veía la torpedera, cubierta a medias por la red de camuflaje, con gaviotas revoloteando encima y Jan Zinger, los maquinistas y los primos Maroun ultimando detalles a bordo. Las pruebas de mar se habían hecho con éxito, y la lancha —la Loba, como ahora la llamaban— estaba a punto para la primera misión real. Todo dependía ya del servicio de información nacional en Atenas, que centralizaba las operaciones, y de las alertas que enviasen los caiques destacados en los estrechos cercanos, señalando la presencia de buques soviéticos o de la República.
Vio al piloto salir del barracón donde estaban la cocina y el comedor, mirar en torno y dirigirse hacia él. Traía el poderoso torso desnudo, un cuchillo al cinto, y en la mano una camisa que se puso al estar cerca de Jordán. A éste le gustaban las maneras del contrabandista: el modo respetuoso en que guardaba las formas, sin sumisión pero con tranquila disciplina. En momentos duros, pensó mientras lo veía aproximarse, convenía tener cerca a individuos como él. Durante muchos años, viéndolos luchar contra el viento y el mal tiempo, atrapado con ellos donde no podías decir paren esto que me voy de aquí, hombres muy parecidos a Ioannis Eleonas, por lo común taciturnos, silenciosos excepto a la hora de gritar maniobras o blasfemias, habían sido sus padres espirituales. Por eso era capaz de reconocerlos cuando los veía.
—Todo dispuesto, kapetánie —dijo el griego.
Jordán le ofreció un vaso de agua de la garrafa que tenía junto a la mesa y Eleonas lo bebió, agradecido.
—Podemos salir cuando nos dé la orden —añadió, secándose la boca con el dorso de una mano.
Señaló Jordán a los que estaban en la torpedera.
—¿Qué opina de ellos, piloto?
Lo pensó Eleonas un momento.
—Ya los vio en las pruebas de mar. De los míos respondo yo… Por su parte, los Maroun son competentes y el torpedista conoce su oficio. Buena tripulación.
—¿Y el telegrafista?
—Es más raro, va a su aire —hizo el griego un ademán vago—, pero trabaja bien. La instalación de la antena en la lancha es buena, como su estación en tierra. Sabe lo que hace.
—¿Puntos débiles?
—¿Del inglés?
—De todos.
—Zinger tiene su manera de hacer las cosas; insolente, pero se contiene. Los libaneses no darán problemas mientras coman bien y cobren su dinero.
Miró Jordán hacia los barracones. Humeaba la chimenea del comedor. El cocinero y su mujer habían salido a vaciar unos cubos de basura. Eran un griego de mediana edad, calvo y panzudo, y su mujer, todavía joven: Apóstolos y Cenobia, vecinos de Syros. No se les permitiría abandonar la isla mientras durase la misión. Por un instante pensó en la baronesa Katelios.
—¿Satisfecho con ellos?
Asintió Eleonas.
—Ha sido buen cambio, de latas de conserva a comida de verdad. Para este trabajo convienen estómagos felices —se quedó pensativo y movió los hombros—. Pero hay una cosa…
Otra vez se detuvo, mirando a Jordán. Al fin siguió adelante.
—Sospecho que el cocinero tiene intención de ofrecer su mujer a los nuestros. Cobrando, naturalmente.
—¿De verdad es su mujer?
Se rascó Eleonas la nariz.
—Eso dice.
—O sea, que no lo es… ¿Los conoce?
—En estas islas nos conocemos todos, kapetánie… ¿Quiere que la eche de aquí?
—Ya no. Puede hablar de lo que no debe, donde no conviene.
—Estoy de acuerdo.
Se miraron en silencio, indecisos.
—En todo caso —dijo al fin el piloto—, no irá mal que nuestra gente pueda aliviarse. Vendrán situaciones de tensión, y la otra salida es el alcohol. Más peligrosa que ésta.
—Comprendo.
—No habrá problemas si todo queda claro desde el principio.
—¿Ya ha ocurrido algo?
—No, pero lo veo venir. Acabas conociendo a los hombres —hizo el griego otra pausa reflexiva—. Quizás…
—Hablaré con ellos y con el cocinero —zanjó Jordán—. Reglas estrictas.
—Convendría, sí. Prevenir las cosas.
—Cuente con ello, piloto.
Bobbie Beaumont se había asomado a la puerta de la barraca de la radio, estirando los brazos. Parecía fatigado, pues sin duda llevaba un buen rato pulsando el manipulador o ajustando el equipo. Después de contemplar la playa volvió a meterse dentro.
—Quiero pedirle que vigile al telegrafista —sugirió Jordán—. Discretamente.
Eleonas lo miraba sorprendido, pero no objetó nada.
—Lo haré —dijo.
—Es un buen hombre si se mantiene lejos de productos embotellados.
—Ah, ya… Pero he visto que no prueba el alcohol. Sólo cerveza.
—Procuremos que siga así.
Se quedaron callados mirando la playa y las gaviotas que planeaban sobre la lancha y rozaban el agua en busca de peces. Jordán enroscó el capuchón de la estilográfica y metió los documentos en una cartera de cuero.
—¿Desde cuándo se gana la vida en el mar?
Entornó los párpados el otro, calculando despacio. Todo, confirmó Jordán, lo hacía así, asegurándose antes de cada movimiento y cada palabra. Difícil suponerle al veterano contrabandista una improvisación o una imprudencia.
—Desde los doce años, que embarqué en un pesquero… Eso son treinta y dos.
Con doce, pensó Jordán. A la misma edad que ahora tenía su hijo, Ioannis Eleonas había salido al mar a ganarse la vida. Dos años antes que él mismo.
—¿Y de dónde es? —quiso saber—. ¿De una de estas islas?
—No, de Focea… Está cerca de Esmirna, en la costa turca. A mis padres y mis hermanos los mataron el año catorce —lo dijo con naturalidad, sin dramatismo, e hizo otra pausa fatalista—. Yo tuve suerte, estaba en el mar. Me salvé por eso.
Suspiró Jordán.
—Un lugar duro, esta parte del Mediterráneo.
Pareció pensarlo el otro, cual si nunca se lo hubiera planteado de ese modo.
—Todos los lugares lo son, tarde o temprano, antes o después —concluyó—. Ustedes los españoles lo están demostrando en su patria. Y también esa Europa a punto de estallar.
Lo había dicho con un amago de sonrisa que no desmentía su acostumbrada seriedad: una mueca resignada ante las evidencias. Sólo pueblos muy antiguos y sabios, se dijo Jordán, eran capaces de sonreír así.
—Nadie aprendió la lección de la Gran Guerra y andan buscando otra —añadió el piloto.
—¿Le interesa la política?
Opuso Eleonas el gesto griego de protesta: mano alzada, vuelta de muñeca con los dedos separados, índice apuntando al interlocutor.
—Para nada, kapetánie… Sólo en lo que afecte a mi trabajo.
Lo contemplaba Jordán curioso, con extremo interés. Cada uno de nosotros es un mundo, pensaba. Nunca se acaba de aprender.
—¿Y qué hará si todo arde? —quiso saber.
Hizo Eleonas otro ademán, esta vez de indiferencia: palmas de las manos hacia arriba, transfiriendo la responsabilidad al cielo, o a los dioses.
—Los griegos estamos acostumbrados a que todo arda: Quíos, Focea, Esmirna —miró a Jordán en busca de confirmación—. Creo que también ardieron Atenas y Troya, ¿no?
—Eso cuentan.
—Pues con fuego o sin él, pase lo que pase, seguiré comerciando con alcohol y cigarrillos. En guerra o en paz, todos necesitan fumar y beber.
A Jordán le agradaba el estoicismo con que su segundo se planteaba vida y destino.
—¿Tiene familia?
—Una mujer y cinco hijos, en Paros… ¿Y usted?
—Mujer e hijo. En España.
—¿Afectados por la guerra?
—Poco. Están en zona segura.
—Es una suerte que en el mundo haya lugares seguros. Es afortunado… Combatir solo, sin preocuparse por cuidar de nadie a quien se quiere.
—Supongo que sí, que lo soy.
Eleonas señaló la torpedera.
—Yo también me siento afortunado. Mi familia está en una isla, sin turcos demasiado cerca. Vivo libre para esto… Además, tengo curiosidad —de nuevo moduló la mueca de antes, que no llegaba a sonrisa—. Nunca hundí un barco.
—Yo tampoco —le recordó Jordán.
—Bien, aprenderemos juntos. Puede ser útil aprender a hundirlos. Como incendiar ciudades y matar hombres… Creo que son destrezas importantes en el mundo que está por llegar, o por retornar.
Escuchaba Jordán, interesado.
—Me gusta usted, piloto —dijo de pronto.
Se lo quedó mirando Eleonas con aire intrigado antes de sonreír de modo abierto: un ancho trazo blanco contrastando en el rostro atezado y sin afeitar. Después extendió una mano fuerte de dedos cortos, encallecida por una vida en el mar, para estrechar la que Jordán le ofrecía.
—Yo también conocí a peores jefes, kapetánie Mihalis.
Entró Jordán en la barraca del telegrafista, llevando una cámara fotográfica Agfa y un maletín de revelado que acababan de llegar con los últimos suministros del barco nodriza. Bobbie Beaumont, sentado frente al equipo emisor-receptor Telefunken, dejó de pulsar el manipulador y quitándose los auriculares se volvió hacia él.
—Todo bien, comandante. Acabo de comunicar con el Karisia… Está a unas treinta y cinco millas, frente al cabo Kafireas —alzó una mano hacia el techo, sobre el que estaba situada la antena—. Y la señal es perfecta.
Miró Jordán la carta náutica clavada con chinchetas en la pared. Había dos rutas trazadas a lápiz que se bifurcaban desde la salida de los Dardanelos para pasar a uno y otro lado de las islas Andros y Tinos. El Karisia era el pesquero que patrullaba el noroeste, ruta habitual de los mercantes que venían del mar Negro. El otro caique, el Zeios Demetrios, vigilaba el estrecho de Mikonos, al sudeste: la ruta alternativa.
—Necesitaremos que comuniquen con nosotros desde más lejos.
—Eh, por supuesto —lo tranquilizó Beaumont—. No habrá dificultad en deshacer el áspero nudo gordiano de las ondas.
—Traduzca.
—Pues eso, comandante. Puedo garantizar una cobertura de cien millas desde la isla y de unas sesenta desde la torpedera —hizo un gesto esperanzado mientras limpiaba las gafas con un faldón de la camisa, atentos a Jordán sus ojos aguamarina y miopes—. ¿Le parece suficiente?
—Eso creo. Debe darnos tiempo para aparejar e ir al encuentro del objetivo. Y si es de noche, será más complicado. Necesitaremos al menos una hora de margen.
—La tendrá si los caiques comunican a tiempo —el inglés acercó un poco más un cenicero lleno de colillas y encendió un cigarrillo—. Todo depende, majestad, de lo que aporte el viento de Escocia. O de donde sople.
Jordán ya le había cogido el tono al telegrafista. Llevaban los suficientes días juntos.
—Excelente —se limitó a comentar—. ¿Y Atenas?
—Ahí no hay problema. Acabo de comunicar con nuestra antena de El Pireo: señal tan alta y limpia como el alegre gorjeo de las aves… En lo que a mí respecta, en cuanto ajuste el carrete de inducción todo estará en orden —dio una honda chupada al cigarrillo y habló entre el humo—. Ni más cerca ni más lejos, mi señor, que la fuerza de este brazo. Etcétera.
Asintió Jordán. Las instrucciones del cuartel general de la Armada llegaban cifradas a través de la estación clandestina que el servicio de inteligencia nacional tenía en el puerto ateniense. Era su enlace directo con España; y si los caiques se hallaban demasiado lejos de la isla, también con ellos.
—Lo felicito, buen trabajo —Jordán indicó el cuaderno de notas que estaba sobre la mesa, junto al librito de claves y el manipulador telegráfico—. ¿Algún mensaje?
—Nada especial —Beaumont arrancó una hoja escrita y se la dio—. Sólo piden confirmación de que todo el material se ha recibido y la torpedera está lista.
—¿Nada de barcos en puertos rusos?
—No.
—¿Ni de fechas posibles?
—Nada en su más prístino sentido… O sea, nada de nada.
Leyó Jordán lo anotado con letra mayúscula y clara. Pese a los años que llevaba en el mar —conocía el alfabeto Morse como cualquier oficial de marina—, seguía asombrándolo la habilidad de los especialistas para interpretar con rapidez la sucesión de puntos y rayas, sonidos e impulsos eléctricos que recibían mediante el radiotelégrafo. Y a menudo, cifrado en claves que aún lo complicaban más.
Le devolvió a Beaumont el mensaje, que éste fechó al margen con lápiz azul y rojo —la ceniza del cigarrillo caía sobre el papel— antes de meterlo en el archivador con cerradura de seguridad. Señaló Jordán el transmisor.
—¿Puede contactar con Atenas ahora?
Miró el otro su reloj: viejo, barato, de bolsillo.
—Creo que sí.
—Responda que afirmativo. Todo listo para operaciones.
—En seguida.
Se puso el inglés los auriculares, pulsó en el manipulador los toques dobles y simples de la llamada preliminar, y tras recibir una señal de respuesta emitió el mensaje: tres rayas, punto, raya, punto…
—Lo hace en clave, supongo —dijo Jordán.
Le dirigió Beaumont, de soslayo, una mirada más de reproche que ofendida.
—Por supuesto. Grupo ORR.
Asintió Jordán. Estoy preparado, era el mensaje. Para abreviar en las comunicaciones, a cada situación probable, a las preguntas y respuestas más frecuentes, se había asignado un grupo de letras previamente dispuesto. Me dispongo a atacar era OBB. Objetivo alcanzado, OAA. Objetivo fallado, OFF.
Había terminado la transmisión. Beaumont se quitó los auriculares recostándose en la silla, humeante el cigarrillo colgado de los labios.
—Hecho, comandante.
—Otra cosa —indicó Jordán la cámara fotográfica y el maletín que había dejado sobre la mesa—. Nos han pedido algunas fotografías para acompañar los informes. ¿Le importaría encargarse de eso?
—Con mucho gusto… Pero no soy ducho en materia de revelado, me temo.
—Es fácil, le enseñaré cómo hacerlo. Y ahí tiene un manual.
Al salir Jordán al exterior, el otro fue con él. Permanecieron inmóviles, deslumbrados por la luz. Cuando Beaumont se llevó la mano a la boca para dar la última chupada a la colilla, Jordán observó que los dedos le temblaban.
—Estará cansado —dijo, amable—. Doce horas diarias de escucha, aparte el trabajo de instalar y comprobar todo… Es mucha tensión.
Encogió el otro los hombros con sencillez.
—Cobro por esto.
—Aun así —Jordán adoptó un tono oficial—. Permanezca alerta, pero tome un descanso. Duerma, despéjese —con un pulgar señaló la barraca a su espalda—. Que alguien lo releve ahí, para avisar si entran comunicaciones. Farid Maroun podría ocuparse. ¿Le parece bien?
—Sí. Es el más listo de los dos primos.
—Enséñele lo básico: que sepa estar a la escucha, identificar llamadas y todo eso. Pero nada de transmitir ni responder, naturalmente.
—Por supuesto.
—Al entrar en acción lo voy a necesitar a usted fresco y despejado a bordo.
—Lo estaré.
—Eso espero.
Contemplaba el inglés la playa y el mar. Al cabo levantó la mirada para comprobar la altura del sol.
—La fuerza de una cadena es la de su eslabón más débil.
Se removió Jordán, incómodo.
—No pretendía…
—Eh, lo sé, querido muchacho. Lo sé.
Seguía Beaumont vuelto hacia el cielo. Tras un momento bajó despacio la cabeza.
—No se inquiete, comandante. Quizá no merezca yo guirnaldas de sauce, pero tampoco desciendo de estirpe innoble, ¿comprende?… No soy un eslabón débil. Sólo me hallo un poco maltrecho. La vida gasta.
Se detuvo, mirando a los hombres que trabajaban en la torpedera. Sonreía.
—Es buena tripulación, diría yo —añadió en seguida—. Los pocos afortunados, nosotros, grupo de hermanos, etcétera —se giró hacia Jordán—. ¿Nos eligió?
—No, a ninguno. En realidad me lo dieron casi todo hecho. Incluido a usted.
Hizo Beaumont un círculo con el índice y el pulgar y lo penetró con un dedo de la otra mano. Después le guiñó un ojo a Jordán.
—¿Sabía que la cocinera…?
—Algo he oído.
—¿También se la dieron hecha?
—También.
Una risa seca hizo toser al inglés.
—El consuelo está en el cielo, no en la tierra —se quedó pensativo—. ¿O era al revés?
Contemplaba a Jordán, inquisitivo, como si realmente éste lo supiera. Por fin asintió con resignación.
—Todos somos barro y espíritu, ¿no le parece?… Con nuestras debilidades, nuestras pasiones y nuestros vicios —hizo un ademán dirigido a una audiencia imaginaria—. Cuántas veces, mi señor, no pecamos por no haber visto el modo de pecar.
Tanteándose indeciso un bolsillo del pecho, cual si no estuviera seguro de encontrarlo ahí, sacó un arrugado paquete de cigarrillos Papastratos; pero al encenderlo le temblaban tanto los dedos que se le apagó el fósforo. Fue Jordán quien, tomando la caja, le dio fuego. Tras los cristales de las gafas, el telegrafista parpadeaba, avergonzado.
—Es curioso. Cuando estoy ahí dentro o en la lancha, pulsando puntos y rayas, no me tiembla nada. Es sólo cuando…
—¿Cómo fue lo de Jutlandia? —interrumpió Jordán.
—Eh, bueno, hace mucho de aquello —lo miraba con sorpresa—. Casi no me acuerdo.
—¿Cómo fue?
Se quedó callado el otro, dejando salir humo por la nariz y la boca. Miraba el mar.
—Duro, querido muchacho. Eso es lo que fue.
—¿Y qué más?
Lo contó Beaumont, al fin. Lo hizo de un modo sencillo, sin dramatismos: Jutlandia para los ingleses y Skagerrak para los alemanes, 31 de mayo de 1916, dos flotas cañoneándose en la mayor batalla naval de la historia, tres mil muertos alemanes y casi siete mil británicos, con él mismo encerrado en la cabina de telegrafistas del crucero ligero Southampton ignorante de quién ganaba o perdía, enviando y recibiendo mensajes en el caos del combate, punto-raya, punto-raya, mientras oía los cañonazos, los impactos de artillería, la metralla reventando en cubierta y los estruendos de los acorazados que volaban por los aires.
—No quiero otra como aquélla —concluyó con disgusto.
—¿Por eso lo dejó?
—Fue una de las razones. Probé suerte en la marina mercante y luego anduve trabajando en los ferrocarriles de Oriente Medio. Sin demasiada fortuna en los últimos tiempos, como todos saben.
Se quitó las gafas, mirándolas al trasluz para comprobar si de verdad estaban limpias, y se las puso de nuevo.
—Si lucháis, ciudadanos, contra los enemigos de una patria, la riqueza de esa patria premiará vuestras fatigas —ahora miraba irónico a Jordán—. ¿No cree?
—Claro.
—Nuestras fatigas deben premiarse.
—Supongo.
—Pues yo también lo supongo —señaló a sus compañeros en la torpedera—. Ni a ellos ni a mí nos viene mal algún dinero en el banco, o en el bolsillo.
—Sin embargo, esto lo expone otra vez —objetó Jordán—. Al mar, quiero decir. A lo que quiso dejar atrás.
—¿Se refiere a combates?
—Alguno habrá. Aunque confío en que sin demasiado riesgo para nosotros.
Miró Beaumont pensativo la brasa de su cigarrillo y le dio otra chupada.
—Nunca se sabe, querido muchacho —dejó salir despacio el humo—. En asuntos de riesgos, en el mar nunca se sabe.
Nos dormimos al ruido de los tronos que se derrumban durante la noche y que son barridos cada mañana ante nuestra puerta…
Pantelis Katelios cerró el libro, se quitó los lentes y apoyó la cabeza en el respaldo de cuero y acero de la butaca, contemplando distraído el techo, donde una capa de pintura blanca ocultaba los antiguos frescos —paisajes clásicos y sabios de la Antigüedad— que habían decorado la estancia. Chateaubriand solía consolarlo tanto como Cervantes, Montaigne, Séneca y el doctor Johnson, pero no aquel día. Estaba cansado, aunque no era la suya una fatiga física. Aún permaneció un rato inmóvil después de dejar el libro a un lado, sobre la sencilla mesita de lectura en la que había una plegadera de marfil, una pipa apagada, una caja de fósforos y el cenicero de bronce en forma de torso de mujer desnuda. Muchas cosas, pensó, se encontraban cada mañana barridas ante la puerta. Das Dort ist niemals Hier, había escrito un alemán, no recordaba quién —Schiller, quizás—. Allí jamás será Aquí. Cosas ajenas o propias, y tal vez eran demasiadas.
Se puso en pie lentamente, con indolencia, y abotonó los dos botones superiores del cárdigan. Llevaba debajo una camisa de franela a cuadros y el descolorido pantalón de pana. Al salir del despacho-biblioteca —hacerlo era como penetrar de nuevo en el ayer—, el centenario espejo veneciano del pasillo le devolvió una imagen empañada que parecía de otro tiempo, de un hombre distinto al que recordaba haber sido; una estampa ante la que a veces se detenía inquisitivo, curioso, queriendo descifrar los extraños vínculos que entre presente y pasado teje la vida del ser humano que alcanza a vivir lo suficiente: alto y muy flaco, el pelo gris, el bigote, las manos pálidas, huesudas y largas. Los ojos cansados que cercaban pliegues y arrugas.
Pasó sin dirigirle la palabra junto al viejo Stamos; que en el pasillo, bajo las pinturas agrietadas que a diferencia de la biblioteca allí se mantenían a la vista, limpiaba una vitrina donde había tres cerámicas blanquiazules de Luca della Robbia. Un poco más allá, junto a la zona de servicio, le llegó el aroma del guiso que la sirvienta preparaba en la cocina. Se detuvo en la puerta.
—Eso huele muy bien, Irini.
—Gracias, señor barón.
—¿Qué es?
—Estofado de conejo con ajo, hierbas y tomate.
—Ah, estupendo… ¿Dónde está la señora?
Hizo la sirvienta un ademán indiferente con la cabeza, en dirección a la playa.
—Salió.
Cogió Katelios, al paso, un ajado panamá del perchero del vestíbulo. Afuera, el sol y los árboles trazaban en el suelo arabescos de luz y sombra. No se oía un sonido, ni había el menor soplo de brisa. Anduvo sin prisa entre los olivos, las higueras y los cipreses hasta la terraza y los peldaños de piedra que descendían a la playa, y se detuvo allí. Lena estaba en el embarcadero, ocupada en el motor de la Chris-Craft. Durante el desayuno había comentado algo sobre la conveniencia de un cambio de aceite y de limpiar bujías.
Permaneció un rato inmóvil, observándola desde la terraza. Ajena a su presencia, había desmontado la cubierta central de la canoa automóvil y trabajaba arrodillada sobre el motor desnudo. Vestía un pantalón corto y una camisa de hombre remangada hasta los codos, y un pañuelo, anudado en torno a la frente, evitaba que el sudor incomodara sus ojos.
La recordó mientras la contemplaba como había hecho innumerables veces desde que ella conoció su piso de soltero de la rue Rivoli, cuyas ventanas daban a las Tullerías: admirado por su elegancia aristocrática y fría, de una belleza casi trágica; por los ojos avellana tan profundos que en un momento de vértigo él temió caer dentro de ellos, y por sus primeros besos lentos, dolorosos como lágrimas —besar a Lena Mensikov, antes Helena Nikolaievna, después Lena Katelios, era abrazar una arcana biografía—. Besos que acabarían siendo, aunque no por mucho tiempo, estallidos de risa y felicidad. En los meses siguientes ella había reído así en la terraza del Ritz de Madrid, donde los farolillos chinos recreaban, en sus hombros desnudos y la pechera blanca del frac de él, una Venecia de luz rosada que tenía como fondo el Palace Hotel. También la había oído reír de ese modo en la villa alquilada junto a la via Ludovisi, en la colina desde la que se veía Roma entera, con el Vaticano a sólo media hora en coche de caballos; y ante los tulipanes blancos de una mesa del Hôtel de Paris, en Montecarlo, mientras él contaba la historia del genio perverso que redujo a treinta y seis los números de la ruleta y ella escuchaba como entonces solía hacerlo: absorta en sus palabras, un codo sobre la mesa y el rostro apoyado en la palma de la mano que sostenía un cigarrillo. Todo eso, y mucho más, había sucedido antes de que ella se convirtiera en una extraña, y antes de que él mismo hallase un oscuro alivio en la aceptación de su incapacidad para hacerla feliz.
Se dirigió a la playa, al fin. Lena no lo advirtió hasta que sus pasos hicieron crujir la madera del embarcadero, y cuando alzó la vista del motor ya estaba él junto a la canoa automóvil. Se llevó ella al rostro una mano, y los dedos dejaron un rastro de aceite en su mejilla derecha.
—¿Desde cuándo estás ahí?
Señaló Katelios las tablas de la pasarela. A uno y otro lado, el agua inmóvil tenía transparencias de esmeralda.
—Me has oído llegar.
La vio hacer un ademán amplio, abarcando la playa, la escalera de piedra y la terraza.
—Ahí —repitió ella.
—Te estuve observando desde arriba.
—No me gusta que hagas eso… Que me espíes cuando no sé que lo haces.
—Te advertiré la próxima vez.
—Sí, por favor.
Permanecieron un momento callados, mirándose. Indicó él el motor de la lancha.
—¿Todo en orden?
Asintió Lena. Se había quitado el pañuelo de la frente para secarse el rostro. La camisa tenía manchas húmedas en la espalda y las axilas. Percibió Katelios, próximo, el olor de su cuerpo: carne de mujer, sudor, suciedad y grasa del motor. Una sensación familiar, antigua, turbadora, lo estremeció en sus adentros. La imaginó una vez más, o la recordó, en brazos de otros hombres. En plural. Mezclando aquel olor con el de ellos. La había visto hacerlo.
—¿Cuándo vas a Syros?
—Mañana o pasado —lo miraba fijo, provocadora—. ¿Quieres venir?
—No… Tampoco esta vez.
Lena sabía sonreír de un modo concreto, como si insultara. Torciendo la boca a un lado, breve, serena, gélidamente cruel. También ahora. Y no sé dónde aprendió a hacerlo así, pensó de nuevo él. Pero lo hace.
—Ya van muchas veces que no —repuso ella en voz baja, sosteniéndole la mirada.
Quizás aprendió conmigo, concluyó desolado Katelios. O tal vez antes ya sonreía de ese modo y sólo llegó a olvidarlo durante un tiempo, al principio de nosotros, hasta que yo le devolví la manera de hacerlo. Le afilé el gesto con el fracaso en curar sus heridas y las mías. Cada cual a solas con los propios estragos, al fin y al cabo. Con los particulares fantasmas.
—Sí —se limitó a decir, resentido—. Muchas veces.
La ayudó desde el pantalán a colocar la tapa del motor apretando las palomillas de los cierres. En la impecable caoba oscura, los cromados relucían bajo la intensa luz. Al terminar, mientras se limpiaba las manos con un trapo, ella se volvió hacia el lado oculto de la isla.
—¿Qué hay de esa gente?
—Siguen con lo suyo, supongo.
—¿Ya han empezado a actuar como tienen previsto?
—No lo sé… Ni creo que nos convenga saberlo.
Lena seguía mirando hacia levante de la isla. La mancha de aceite permanecía en su mejilla, y Katelios contuvo el impulso de alzar una mano para limpiársela.
—Su jefe, ese tal…
—Tozer —dijo él—. Comandante o capitán Tozer.
—Un nombre ridículo para un español.
—Medio griego, creo.
—Da igual. Estoy segura de que no se llama así.
—Por supuesto que no; pero a nosotros nos da igual cómo se llame. En cualquier caso, habla tan bien el griego que podría serlo.
—No con ese aspecto.
Parpadeó Katelios. Apenas fue un instante, pero no pudo evitar que ella lo percibiera.
—¿Te gusta su aspecto?
—¿Por qué no? —Lena saltó de la lancha al pantalán—. Es atractivo, masculino, fuerte, con esa barba rubia que le da aire de vikingo… Parece un hombre preparado para lo imprevisto y lo peligroso, y eso lo hace distinto.
—¿A qué, o a quién?
Ella no respondió y esta vez pudo él mantenerse impasible. De todos los hombres que existen, concluyó, soy el que mejor la conoce.
—Lástima que esté ocupado en sus piraterías —dijo en tono objetivo, abanicándose con el sombrero—. De no ser así podrías invitarlo a acompañarte a Syros.
Tardó ella en reaccionar. Seis latidos en el corazón de él, cinco segundos de mirada atenta, casi científica.
—¿Te importaría?
—En absoluto.
Surgió de nuevo la sonrisa aguzada como un puñal. También los ojos de Lena parecían astillas endurecidas al fuego.
—Pues quizá lo haga.
—Tenme informado, entonces.
La vio pasarse una mano por el pelo cortísimo. Sus innumerables canas destacaban bajo el sol como salpicaduras de plata.
—Oh, sí, serás el primero en saberlo… Puede que de ese modo te animes a acompañarme allí otra vez.
—No creo —le sostenía la mirada, ácidamente sereno—. Tengo suficiente de pescadores y camareros. La cuota completa.
—Ése no es pescador ni camarero.
Era imposible poner en duda la sinceridad de aquellas palabras. Sonaban como una fría advertencia o una amenaza. O más bien como una certeza.
Un naranja trémulo empezaba a aclarar la línea oscura del horizonte, definiendo límites entre mar y cielo. En el puente de ataque de la lancha torpedera, escarchado por el relente del alba que se asentaba despacio, Miguel Jordán sentía húmeda la ropa, e incluso notaba así la toalla que se había puesto bajo el cuello subido del chaquetón marino. Se había echado atrás la visera de la gorra y sostenía pegados a los ojos unos prismáticos Zeiss con los que escrutaba inquieto el nordeste.
—Nada, piloto —murmuró entre dientes—. Nada todavía.
A su lado, Ioannis Eleonas se mantenía tan inmóvil y callado que resultaba casi invisible: una sombra que se confundía con la estructura negra de la embarcación. Todo se hallaba igual de quieto y en silencio más allá del suave runrún de los motores, que hacían vibrar la cubierta. El agua estaba tranquila y la torpedera, con todo apagado a bordo, apenas se balanceaba en ella. No había luna ni estrellas. En el círculo de noche agonizante que los rodeaba, las islas y el mar se confundían en una informe oscuridad, sólo interrumpida a intervalos por el destello lejano del faro del cabo Kafireas.
Alzó el rostro Jordán hacia el serviola, otra sombra sobre sus cabezas.
—¿Algo a la vista?
—No se ve nada, comandante —llegó de arriba la voz de Sami Maroun.