La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


4. El estrecho de Kafireas

Página 10 de 31

Dejó Jordán los prismáticos, y con las manos apoyadas en la mojada regala de acero hizo nuevos cálculos mentales. El Stary Bolshevik —pabellón soviético, matrícula de Odesa, 4.950 toneladas de registro bruto—, vigilado por los servicios de información nacionales desde que tres días atrás pasara el Bósforo procedente del mar Negro, debía de estar a esas horas muy cerca del punto de paso habitual de los barcos que procedían del nordeste, entre la gran isla de Eubea y la de Andros: un embudo de siete millas donde sería difícil no descubrirlo. El Karisia, el caique de exploración disfrazado de pesquero que vigilaba ese sector, había avistado al mercante ruso la tarde anterior al sudeste de Skyros, justo cuando encendía sus luces de navegación a la puesta de sol, navegando a unos siete nudos de velocidad. Ya debería estar allí, por tanto, salvo —la posibilidad inquietaba en extremo a Jordán— que hubiese alterado el rumbo durante la noche para pasar entre las islas de levante.

Otra sombra se incorporó a las del puente.

Era Beaumont, el telegrafista. Traía la respuesta a un mensaje enviado por Jordán al caique explorador.

—Comunicación del Karisia, comandante.

—¿Qué dicen?

—No han perdido de vista en toda la noche la luz de alcance del mercante, al que siguen de lejos. Cada vez se distancia más, pero aún pueden distinguirlo a unas ocho millas. Calculan que se encuentra embocando el estrecho, así que deberíamos verlo pronto.

Asintió Jordán, tranquilizado al fin. Alzó de nuevo el rostro.

—¿Lo ha oído, serviola?

—¡Lo he oído, comandante!

—Pues mantenga los ojos abiertos.

Lo angustiaba la posibilidad de equivocarse de barco. Había estado a punto de ocurrir hora y media antes de que rayara el alba, cuando avistaron las luces de navegación de un vapor. Se habían aproximado con cautela a media máquina, por su babor, procurando confundirse en la informe oscuridad de las islas a levante, y durante quince tensos minutos estudiaron las luces y la estructura del buque que podía deducirse de aquéllas. Después, imitando los movimientos, velocidad y rumbo errático de un caique arrastrero —allí los pescadores solían faenar sin luces—, la Loba se acercó lo suficiente para comprobar que no se trataba del mercante soviético sino de un desconocido que, como tantos otros, seguía la misma ruta.

—¡Luces, comandante!… ¡Roja y verde, en la amura de estribor!

Se llevó Jordán los prismáticos a la cara. Roja y verde significaba que el barco venía de frente, dándoles la proa. Y sí, allí estaba. Procurando ignorar el vacío que de repente se le había hecho en el estómago, estudió las luces e hizo cálculos mentales de rumbo y distancia. Después retiró la funda de la dirección de tiro RZA y miró por el binocular. Demora, treinta y siete grados. A cinco millas, aproximadamente.

Sintió que se le secaba la boca. Su voz brotó ronca:

—¡Baje, serviola! —se volvió a Eleonas—. Zafarrancho, piloto… Y no quiero ninguna luz a bordo. Ni siquiera un cigarrillo.

Dio el griego un toque de silbato y Jordán oyó a los hombres ocupar sus puestos de combate: el chasquido de los primos Maroun al municionar el cañón de 20 mm en la cubierta de popa y el chirrido de los mecanismos de los tubos lanzatorpedos, uno a cada lado de la caseta de gobierno, destrincados por Zinger. Los días de adiestramiento tenían su efecto. Se dirigió a Beaumont, que seguía allí.

—Envíe la señal Oscar-Bravo-Bravo y esté atento a cualquier comunicación que emita el mercante… Y cuando empiece el ataque, procure emitir lo que sea, lo más confuso posible y a la máxima potencia, para interferir su comunicación si dice que está siendo atacado y pide ayuda. ¿Entendido?

—Sí, comandante.

—Vaya a su puesto —se volvió a Eleonas con toda la calma de que fue capaz—. En sus manos, piloto. Haremos lo mismo que antes, fingiendo ser un pesquero… Por su estribor, para que se recorte mejor.

Mientras hablaba señaló la franja anaranjada que se ensanchaba en el horizonte: la presa más visible a contraluz y el cazador acercándose por el lado oscuro. Un ataque clásico, de manual.

—¡Zinger! —gritó sin volverse.

—¡Sí, comandante!

—Abra tubo dos… ¿Todo en orden?

Le pareció que reía el torpedista: una carcajada en la oscuridad. El holandés disfrutaba con aquello. Nikos Kiprianou se había reunido con él detrás del tubo de babor, para auxiliarlo.

—¡Todo!

Ordenó Jordán a los Maroun no abrir fuego sin su orden expresa y volvió a pegar los ojos al binocular. El objetivo aparecía nítido y su silueta correspondía con el informe recibido —la descripción del barco y su carga había llegado a la estación telegráfica de la isla dos días atrás—: chimenea alta, dos puentes de diferente altura, puntales en los palos de proa y popa. Eleonas había destapado los tubos de comunicación con el timonel y con el maquinista.

—Avante poca —ordenó el piloto—. Rumbo tres-cero-siete.

Vibraron con más intensidad los tres potentes motores diésel y la torpedera empezó a moverse con rapidez hacia el noroeste, en ángulo recto con las luces roja y verde de las que, tras un momento, desapareció la roja. Eso significaba que se hallaban en el lado de estribor, a la derecha del mercante que se acercaba. Entonces Eleonas ordenó un rumbo casi paralelo, a la misma velocidad y algo convergente, para aproximarse al vapor sin que ni la maniobra ni un ruido excesivo de los motores despertara sospechas.

—Ahí va bien —dijo Eleonas por el tubo acústico—. Caña a la vía.

La brisa producida por el movimiento de la lancha enfriaba la ropa húmeda de Jordán, que seguía mirando por el binocular. Apretó los dientes porque temía morderse la lengua, pero no lo estremecía el frío, sino la tensión. Perfectamente recortado ahora en la estrecha franja de claridad, el Stary Bolshevik navegaba ajeno a lo que iba a ocurrir, llevando en sus bodegas cañones, fusiles, ametralladoras y munición destinados a la República española.

—Manténgalo así como va, piloto.

Calculó de nuevo la distancia, siempre a ojo —la RZA no tenía telémetro—, basándose en la altura de la chimenea. El vapor se encontraba a unos novecientos metros. Los dedos se le crisparon en torno a las ruedecillas de la dirección de tiro.

—Yo tomo el mando, piloto —dijo—. Rumbo cero-nueve-tres. Motores a seiscientas revoluciones.

Repitió Eleonas la orden por el tubo acústico y Jordán siguió la variación mediante el binocular. Al fin, tras calcular nueva distancia, velocidad y rumbo, fijó el ángulo de ataque.

—Una cuarta a babor —seguía procurando que su voz sonara fría, dueña de sí—. Ahí va bien. A la vía.

Después respiró hondo y despacio, tres veces. El blanco estaba perfectamente fijado en el visor y el rumbo de la lancha era correcto. Los índices coincidían. Respiró dos veces más, sintiendo el pulso latirle fuerte en las sienes. Ya no había vuelta atrás.

—Vamos a por él… Avante media, novecientas revoluciones.

Repitió la orden Eleonas por el tubo acústico y la torpedera adquirió más velocidad. Hendía ahora la noche con rápidos y suaves pantocazos, rumbo al vapor y al alba naranja que se ensanchaba tras la silueta en contraluz. Levantando a uno y otro lado rociones que salpicaban la cubierta.

—Ahí, piloto. Muy bien… Manténgalo así, a quince nudos.

Con la cara pegada a los protectores de caucho de la dirección de tiro, agarrado con una mano a la brazola, que vibraba con la trepidación de los motores, Jordán levantó la otra con el puño cerrado, señal de aviso para el torpedista. Ignoraba si Zinger podía verlo con tan poca luz, pero era el gesto convencional, automático, previo al lanzamiento. El mercante se agrandaba por momentos en el visor. Seiscientos metros, calculó. Distancia adecuada.

—¡Fuego, dos! —gritó por encima del rugido de los motores, bajando la mano.

Un ruido de succión, seguido por un estampido sordo, sonó en la banda de babor mientras la forma negra y larga del torpedo saltaba hacia el agua. Bien por Zinger.

—Todo a babor, piloto —ordenó, sereno.

Inclinada la cubierta hacia el lado opuesto, describió la lancha un amplio círculo cerrado hacia la izquierda, buscando situarse de nuevo en una posición parecida a la de antes.

—¡Abrir tubo uno!

Esta vez, mientras la lancha ejecutaba la maniobra, Jordán se volvió a mirar a estribor. La claridad del horizonte había aumentado lo suficiente para que, en la penumbra del alba cada vez más luminosa, pudiera ya distinguirse al torpedista y a su ayudante situándose junto a las palancas de lanzamiento de esa banda.

Miró otra vez al frente. Era imposible ver la estela del primer torpedo en el agua todavía oscura, y el reflejo del contraluz tampoco ayudaba. Confiado en que el pez de acero estuviera siguiendo la trayectoria correcta, volvió a pegar los ojos al binocular.

—Una cuarta menos, piloto. A babor, eso es. Así va bien… Caña a la vía y modere a diez nudos.

El Stary Bolshevik estaba centrado de nuevo en el visor, a unos mil metros. La franja de claridad se había ensanchado detrás del mercante y el contraluz lo hacía ahora más visible. También tripulantes y estructura adquirían contornos propios a bordo de la torpedera.

—Ya tendría que haber impacto —dijo Eleonas.

—Sí.

Pero no lo había, pensó descorazonado Jordán. Los Whitehead italianos fallaban a menudo, y él mismo podía haber cometido un error en la dirección de tiro. No era igual adiestrarse con blancos simulados e instructores competentes en las aguas calmadas de Kiel que operar bajo la propia responsabilidad de aquella manera, a oscuras y en acción real de combate. Y menos mal, concluyó, que se trataba de una presa indefensa.

Cual si fuera una reacción a sus pensamientos, un proyector se encendió en el puente del mercante soviético y el haz luminoso recorrió el mar, buscando. Sin duda los rusos habían oído los motores acercándose. Quizá hasta sintieron pasar el torpedo.

—Atacamos otra vez, piloto. Avante toda.

Repitió Eleonas sin inmutarse la orden por el tubo acústico, sonó el triple rugido de los motores y la Loba saltó adelante, alzada la proa entre rociones. Deslizándose y golpeando con suavidad el agua tranquila.

—Tres grados a estribor… Así como va, a la vía. Modere a media.

Fijado el nuevo ángulo de ataque, sin apartar los ojos del visor levantó Jordán una mano. En ese momento, a menos de media milla de distancia, el proyector del mercante los iluminó antes de perderlos en seguida. Bajó la mano.

—¡Fuego, uno!

Succión y estampido, esta vez en la banda de estribor. El haz luminoso del proyector, que volvió a pasar muy cerca un instante, iluminó los negros seis metros y medio del torpedo, relucientes de grasa, saliendo del tubo con una breve humareda y entrando en el agua.

—Todo a babor, piloto.

Describió la lancha una amplia curva hacia la izquierda. Jordán había apartado los ojos de la dirección de tiro y observaba con ansiedad el mercante, calculando la velocidad del torpedo y la distancia a recorrer: de treinta a cuarenta segundos entre el lanzamiento y el impacto. Pero había transcurrido un minuto y el Stary Bolshevik continuaba su rumbo, a salvo, sin que nada estallase contra su costado. De improviso se apagó el proyector y una luz más débil empezó a parpadear en el puente.

—¡Kapetánie! —avisó Eleonas.

—¿Sí?

—¡Hacen señales desde el vapor!

Se volvió Jordán hacia él: definido su duro perfil en la penumbra del alba, el piloto movía silencioso los labios, descifrando los puntos y rayas luminosos que emitían con una lámpara Scott desde el mercante soviético.

—What ship? What ship?… —dijo al fin—. Preguntan quiénes somos y qué diablos estamos haciendo.

Miró Jordán la luz parpadeante, que repetía el mensaje en la distancia. Su corazón latió desacompasado y notaba la boca amarga. A esto, pensó, es a lo que sabe el fracaso.

—Rumbo sur —se limitó a decir, sombrío—. Regresamos a la isla.

Ir a la siguiente página

Report Page