La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


5. Cintas de sombrero griego

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5. Cintas de sombrero griego

 

 

 

 

 

Los muecines convocaban a la öglenamazi, la oración del mediodía. Salvador Loncar bajó del tranvía y cruzó la calle de los consulados. Circulaban en ambas direcciones automóviles y carruajes que el agente republicano sorteó con dificultad, pues a esa hora el tráfico discurría intenso. El día era agradable: en las soleadas terrazas de los cafés frente al Pera Palace, detrás de la fila de taxis cuyos conductores eran casi todos viejos rusos exiliados, había hombres que fumaban o leían los periódicos. Algunos estaban en compañía de mujeres, lo que habría sido imposible pocos años atrás, antes de la modernización impuesta por Kemal Atatürk. Casi todos vestían a la europea, y sólo la gente de más edad, reacia a los cambios, o los campesinos que abastecían los mercados de la ciudad, se cubrían con el antiguo fez rojo, ellos, y con el manto o el velo musulmán, ellas.

Antón Soliónov aguardaba sentado a la puerta del café Fanaraki, comiendo pistachos, y parecía impaciente. Vestía su abrigo largo con cuello de astracán y llevaba metido el sombrero hasta las espesas y pajizas cejas. Debía de llevar allí un buen rato, pues junto al vaso y la botella de cerveza vacíos había un cuenco lleno de cáscaras. Era insólito que pasara a este lado del Cuerno de Oro, abandonando las oficinas de Sovietflot en Eyüp; sin duda lo movía algo grave o urgente, y era fácil adivinar qué: esa mañana, media hora antes de la llamada telefónica de Soliónov, Loncar había recibido un mensaje cifrado del mando de la flota republicana. Y apenas tomó asiento, sin que mediara saludo y tras dirigir un vistazo a uno y otro lado para comprobar que no había oídos indiscretos, el ruso confirmó su certeza.

—¿Qué sabe del Stary Bolshevik?

Era un tono distinto al de la última entrevista: preocupado, frío. Casi hosco. Ni rastro de la simpatía habitual entre ellos.

—Que hemos tenido —el español medía sus palabras— un extraño incidente en las Cícladas.

Hizo Soliónov un ademán de impaciencia.

—Fue peor que un incidente. Se habla de un intento de ataque.

—Mis informes son más limitados —Loncar dirigió un gesto negativo al bigotudo camarero que se acercaba bandeja en mano—. Una embarcación desconocida se aproximó al barco con intenciones en apariencia hostiles… Por dos veces. Pero no llegó a nada más.

Chascó el ruso la lengua. Movía dubitativo la cabeza.

—Quizá lo intentó y no pudo.

—Todo es posible. ¿Tiene detalles?

—Sólo sabemos eso: que ocurrió al alba, todavía con poca luz, y no podía verse gran cosa.

Siguió un silencio incómodo. Recostado en su silla, Loncar miraba pasar a los transeúntes.

—La responsabilidad… —empezó a decir.

—No se trata de responsabilidades —lo interrumpió con sequedad el otro—. Ya habrá tiempo de establecer eso. Lo urgente es averiguar qué ocurrió. Y, sobre todo, qué puede ocurrir. Ustedes arriesgan importante material de guerra, pero nosotros arriesgamos tripulaciones y barcos soviéticos.

—No todos son suyos, camarada Soliónov. Entre sus puertos y los nuestros también navegan barcos españoles y de otras banderas.

Los ojos claros del ruso se enfriaron un par de grados.

—Comprenderá que me preocupen más los de la Unión Soviética. En la Sección X están inquietos.

Volvió el español a quedarse callado. Reflexionaba.

—¿Corsarios en aguas griegas? —dijo tras un momento—. Suena extraño, porque sería una osadía excesiva. Los ataques suelen tener lugar más adelante, al oeste de Malta y en el canal de Sicilia, antes de que los mercantes lleguen a la costa de Túnez y sean escoltados por nuestra escuadra.

—Pues da esa impresión —opuso Soliónov—. La firma del tratado que limitará las acciones navales fascistas está próxima. Tal vez eso los pone nerviosos, incitándolos a arriesgar más.

Lo pensó Loncar. No había, en realidad, muchas opciones imaginables.

—Pudo ser un submarino italiano. Son los que actúan más lejos y más a menudo. Sabemos que al menos dos de ellos operan al servicio de Franco.

Soliónov cogió uno de los últimos pistachos e intentó abrir la cáscara, sin conseguirlo. Lo dejó en el cuenco mientras se chupaba la uña de un pulgar.

—Navegaba demasiado veloz, o eso dicen los del Stary Bolshevik. Hablan de una nave ligera de superficie.

—¿Lancha rápida? —el español se interesó por aquello, que el mensaje recibido por la mañana no mencionaba—. Imposible que sea alemana. No en esas aguas.

Emitió Soliónov un suspiro mientras lo intentaba con otro pistacho.

—Tampoco se ha señalado presencia de torpederas italianas en esa zona, tan a levante —se metió el fruto en la boca, complacido—. No tienen autonomía suficiente para operar en el Egeo.

—Y se arriesgarían mucho, en tal caso. Las islas son aguas territoriales griegas… Quizá fue una patrullera de aduanas que se limitaba a reconocer el buque.

—Las aduanas de allí no tienen lanchas tan rápidas —replicó el ruso—. Y su marina de guerra dispone de dos torpederas, pero están amarradas en El Pireo… Por lo demás, desde nuestro barco intentaron comunicarse con la embarcación desconocida, pero no hubo respuesta.

—Eso suena raro.

—Suena mal. Apunta a maniobra de ataque o intimidación que no llegó a consumarse.

—¿Y por qué razón?

Se miraron indecisos. La dureza inicial de Soliónov parecía haberse suavizado, y por fin le dedicó al español una mueca tolerante.

—Lo ignoro, camarada… Nadie lo sabe.

No debe de ser fácil para él, pensó Loncar. En España, los problemas y los errores se disimulan en el caos de taifas, rencores y acusaciones mutuas: comunistas, socialistas y anarquistas reivindicando victorias y negando derrotas, acusándose entre sí de los desastres y encubriendo a los suyos hagan lo que hagan, de modo que las responsabilidades se diluyen hasta acabar no siendo de nadie. Pero tener encima la despiadada cadena de mando de la Unión Soviética, desde la Sección X hasta el Kremlin, es otra cosa. En ese terreno, pisar una piel de plátano te deja solo y a la intemperie. Camino de Siberia o del paredón.

—Me inclino por los italianos —concluyó—. Ya lo han hecho otras veces, aunque no dentro de las tres millas jurisdiccionales griegas, ni tampoco en aguas turcas.

—Ésa es también nuestra opinión —asintió el ruso.

—¿No hubo disparos?

—Ninguno.

—¿Ni torpedos?… ¿Pudo ocurrir que pasaran de largo?

Alzó Soliónov las palmas de las manos.

—Al menos no se vieron. Pero ocurrió al alba, como dije. Tampoco había luz suficiente. Un marinero creyó ver una estela cruzar ante la proa, aunque sólo fue él. Nadie más lo confirmó a bordo.

—¿Ataque fallido, entonces?

—Ésa es la posibilidad que nos inquieta. Si hubo uno, fallido o no, puede haber más.

Se quedaron un momento callados, pues un turco de mediana edad, con chaleco, corbata y un tespih de cuentas de ámbar en la mano, había tomado asiento dos mesas más allá. De mutuo acuerdo, tras cambiar una mirada silenciosa, se pusieron en pie, caminando en dirección al parque cercano.

—Hay embarques previstos para las próximas semanas —dijo Soliónov cuando se hubieron alejado lo suficiente—. Y todos son de importancia.

—¿Qué podemos hacer?

Encogió el otro los hombros.

—Extremar las precauciones. Son mil novecientas millas a recorrer entre el mar Negro y España, y apenas tenemos rutas alternativas; pero vamos a procurar que capitanes y tripulantes vayan prevenidos en los siguientes envíos… Usted y los suyos deberían intensificar pesquisas en la parte que les toca —dirigió a Loncar una mirada penetrante, suavizada por una sonrisa más franca que la anterior—. Los agentes fascistas en Estambul no son ajenos a nada de cuanto ocurre —hizo el ruso una pausa intencionada—. Y sé que usted tiene buenos contactos en todas partes.

Sé que sabes, pensó Loncar. Pero no sé hasta qué punto llegas a saber, ni tú me lo dirías claramente nunca. Todo es muy ambiguo en nuestro extraño oficio.

—Puedo arreglármelas —se limitó a decir.

Ensanchaba Soliónov la sonrisa. Amable, por fin. Persuasiva. Tan cómplice como de costumbre.

—La última vez que nos vimos, camarada Loncar, dijo que los fascistas parecen más interesados que antes en nuestras actividades desde el mar Negro.

—Ésa es mi impresión.

—También la mía. Y quizá sea el momento de confirmarlo… En cuatro días zarpa de Sebastopol el Camponegro para cargar en Constanza —lo observó con atención—. ¿Sabe a qué barco me refiero?

—Sí, claro. De la compañía estatal Campsa. Tres mil toneladas de gasolina con destino a Cartagena, código de embarque YZ-16… Un barco pequeño y muy viejo.

—Exacto. Y puede ser útil para tantear la situación.

—Comprendo —dijo Loncar.

Comprendía demasiado bien, y Soliónov no tardó en confirmarlo.

—Ya que ese petrolero enarbola pabellón español y la carga no es demasiado importante, sería excesivo pedir que nos haga de conejillo de Indias —se rascó una ceja con aire distraído, de forzada inocencia—. Pero será instructivo seguir el curso de los acontecimientos.

Aquel excesivo no le gustó a Loncar. Y el instructivo, tampoco. La forma en que el ruso los había pronunciado.

—¿No puede tener escolta soviética?

—Sólo en el mar Negro, ya sabe —señaló Soliónov hacia el Bósforo, invisible tras los edificios y los minaretes de las mezquitas—. A partir de ahí correrá su propia suerte, como todos.

—Pero tenía entendido que el YZ-16 saldría después del Y-22…

—Oh, desde luego. Se refiere usted al mercante Tchapaiev.

—De bandera soviética.

—Sí, claro —extrajo el ruso un pañuelo de la manga derecha del abrigo y se sonó ruidosamente—. Su partida se retrasará unos días, por razones técnicas.

Loncar retuvo aire.

—¿Cuánto de técnicas?

—Como sabe, es un envío importante. Transporta carros de combate y artillería de campaña.

—Es lo previsto. ¿Hay algún problema?

—No, por supuesto. Aunque me dicen de Moscú que el cargamento no llegará a tiempo a Sebastopol… Hay un pequeño retraso.

El español dejaba salir el aire contenido. Sonó como un suspiro.

—Así que ustedes —comprendió— mandan al Camponegro por delante.

Se detuvo Soliónov mientras guardaba el pañuelo, mirando al frente cual si algo entre los árboles de la plaza atrajese su atención. Su gesto no expresaba nada. Tras un momento así, inmóvil y con aire ausente, se volvió muy despacio.

—Nos conocemos hace algún tiempo, ¿verdad, camarada?

—Sí.

—Pues hágase cargo —los ojos del ruso se habían enfriado otra vez—. A fin de cuentas, ésta es su guerra. Nosotros ayudamos, claro. El pueblo soviético participa de la solidaridad proletaria contra el fascismo internacional, pero nuestra flota mercante todavía es modesta… Insisto en que ésta, y me refiero al aspecto inmediato, es su guerra.

Asintió resignado Loncar. Conocía lo suficiente a los rusos y a su agente naval en Estambul. Sólo se trataba de un presentimiento, pensó. Incluso de una posibilidad inconcreta. Pero no le gustaría estar a bordo del Camponegro cuando ese barco dejara atrás los Dardanelos.

 

 

 

—Revisé los cuatro torpedos que nos quedan, como hice con los otros antes de embarcarlos —dijo Jan Zinger—. Los motores están bien y la distancia era correcta. Tampoco hay defectos en las aletas de contacto de las espoletas. Y si hubiera habido impacto contra el casco del barco…

—Su reacción habría sido otra —comentó Jordán.

Estaba sentado informal sobre la mesa de trabajo, en el barracón que servía de almacén y lugar de reuniones. A su espalda tenía, sujetas con chinchetas al panel de madera, las dos grandes cartas náuticas del Egeo. Frente a él, sentados en sacos de víveres y cajas de material, estaban Zinger, Beaumont y Eleonas. Todos, incluido Jordán, en pleno análisis del fracaso.

—Eso creo —repuso Zinger—. El golpe de un torpedo contra un casco no pasa inadvertido, aunque no estalle —señaló al inglés, que estaba a su lado—. Pero según Bobbie no hubo nada.

—En absoluto —confirmó éste, quitándose el cigarrillo de la boca—. Ninguna comunicación telegráfica hablando de ataque, ni llamada de socorro, que habría sido lo normal… Sólo un poco más tarde el telegrafista del barco señaló a las autoridades navales griegas la actitud sospechosa de una embarcación rápida desconocida. Éstas le pidieron más información, pero ya no respondió a eso.

Asintió Jordán.

—Un silencio comprensible. No quería dar detalles sobre posición, cargamento y todo lo demás.

—Sin embargo —añadió Beaumont—, media hora después emitió otras comunicaciones: puntos y rayas durante al menos diez minutos. Lo anoté todo, pero era un mensaje cifrado. Ignoro qué decía y a quién iba dirigido.

—Seguramente informaba a los suyos del incidente.

—Es posible.

Miró Jordán a Eleonas.

—Lo que está claro es que, si hubieran visto torpedos, la llamada habría sido abierta, inmediata y general… ¿No cree, piloto?

El griego, que había estado callado, se rascó despacio la mandíbula sin afeitar. Todo lo seguía haciendo de ese modo, cual si cada una de sus palabras o ademanes exigiera una previa consideración tranquila.

—Seguro que sí —dijo al fin—. Sus señales luminosas y luego las radiotelegráficas se limitaron a preguntar qué estábamos haciendo. Se referían a nuestra maniobra sospechosa, no a un ataque.

Jordán se dirigió de nuevo al torpedista.

—¿Cuál es su conclusión técnica, Zinger?

—Que los dos peces pasaron de largo —se detuvo un instante, indeciso—. No iban bien dirigidos, si me permite el comentario.

—Soy yo quien ha pedido que lo haga.

—Creo que pasaron por su proa o por su popa y ni siquiera los vieron, con tan poca luz. Por eso no los mencionaron.

Suspiró contrariado Jordán.

—Lo que nos lleva a la dirección de tiro.

—Eso parece… Error en los cálculos: velocidad del objetivo mal estimada o ángulo de ataque incorrecto.

Había recalcado con un ápice de insolencia la palabra error, y eso no pasó inadvertido a nadie. Jordán escuchaba, impasible.

—Pude equivocarme —admitió tras un silencio incómodo—, o puede que la RZA esté mal ajustada.

Sonreía ligeramente el holandés, que parecía complacido por la primera posibilidad.

—Todo puede ser. Nadie nace sabiendo, ¿verdad?… Ni siquiera los comandantes.

Reflexionó Jordán. Primero, sobre lo inoportuno de agarrar por el cuello al torpedista y sacarlo de allí a patadas. Después, resolviendo ser práctico —habría tiempo de poner las cosas en su sitio—, miró el reloj de pulsera y echó un vistazo a las cartas náuticas. Uno de los dos pesqueros que exploraban los estrechos debía de estar a esa hora entre el cabo Nikolaos y su base habitual en el puertecito de Gávrion, a unas quince millas de la isla, donde repostaba combustible.

—Habrá que calibrar de nuevo la dirección de tiro —concluyó con calma—, así que prepárelo todo, Zinger, porque haremos pruebas de mar al atardecer y por la noche.

—Bien.

Sintió Jordán otra punzada de irritación.

—¿Bien, qué?

Miraba al holandés con tanta dureza que éste acabó pestañeando.

—Bien, comandante.

—El Karisia se encuentra cerca y podemos utilizarlo como objetivo simulado.

Sonó afuera un redoblar metálico. Golpeando una sartén, el cocinero avisaba de que la comida estaba lista. Jordán se apartó de la mesa y todos se levantaron.

—Hora de comer… Aparejamos para largar a media tarde. Hay que aprovechar la última luz.

Salieron del almacén. Algunos hombres se acercaban desde la torpedera y otros ya estaban dentro del barracón que hacía las veces de comedor. Jordán se puso la gorra y miró hacia la punta rocosa de la ensenada, allí donde se hallaban las ruinas de la antigua atalaya.

—¿Quién está de guardia?

—El albanés.

En la orilla, Cenobia, la supuesta mujer del cocinero, fregaba con estropajo dos grandes cazuelas de cobre. Llevaba el pelo recogido en una gruesa trenza. Era una griega todavía joven, vestida de negro, y estaba de pie ante una pila de madera llena con agua de mar. Al inclinarse, entre la falda y las medias se entreveía una porción de carne blanca de sus muslos.

Jordán dejó adelantarse a Beaumont y Eleonas y se retrasó un poco con el torpedista, tras tocarle ligeramente un codo.

—Zinger.

—Dígame.

—Comandante.

Sonrió el holandés, irónico.

—Dígame, comandante.

Jordán bajó la voz hasta un susurro.

—Si vuelve a decir una insolencia, por leve que sea, le arranco la cabeza.

Lo expuso despacio, sin inflexiones, con mucha frialdad. Y palideció el otro. La sonrisa se había borrado de golpe.

—No creo… —empezó a decir.

—Me importa una mierda lo que usted no crea.

Zinger se había quedado inmóvil. No parpadeaba y tenía la boca abierta como si necesitara más aire del que podía respirar. Boqueaba igual que un pez fuera del agua.

—¿Me está amenazando?

—Comandante —insistió Jordán, sereno.

Vaciló el holandés.

—¿Me está amenazando, comandante?

—Por supuesto que sí. Está bajo una autoridad, y esa autoridad soy yo.

—Me parece que…

Se detuvo ahí, sin acabar la frase. Jordán había dado un paso hacia él, mirándolo de cerca y desde arriba. Lo sobrepasaba en casi dos palmos de estatura.

—Esto no es como el barco del que desertó. Sólo hay dos formas de salir de aquí. Y la que le conviene es hacer su trabajo con eficacia, disciplina y respeto.

No preguntó el holandés cuál era la otra forma de salir de allí.

—Mi intención no es causar problemas, comandante.

—Celebro oír eso —señaló el barracón—. Ahora vaya a comer.

Se alejó el otro arrastrando los pies. Eleonas, que había dejado irse a Beaumont y permanecía inmóvil esperando, vio pasar a Zinger sin decirle nada. Jordán anduvo despacio hasta el piloto.

—¿Todo bien, kapetánie?

—Sí, todo bien.

—¿Alguna clase de…?

—No. Nada.

Caminaron de nuevo. Buscaba Jordán un pretexto para cambiar de conversación y se fijó otra vez en Cenobia, que aún fregaba las cazuelas en la orilla. La indicó con una mirada.

—¿Qué hay por ese lado, piloto?

Dio el otro unos pasos antes de responder.

—Los hombres están encerrados aquí, no saben para cuánto tiempo… No pueden ir a ningún sitio, el vino está racionado y las bebidas fuertes, prohibidas. Ni ouzo tienen. Y este trabajo mete mucha presión en las calderas. Así que, como ya le dije, no veo mal que puedan aliviarse.

—Usted…

Blanquearon los dientes en el rostro atezado del contrabandista.

—Ni lo piense, no me ofenda. Sé cuál es mi sitio. Hay que dar ejemplo.

—Discúlpeme —se excusó Jordán—. Soy un torpe. No insinuaba…

—Lo sé, lo sé. Olvídelo.

Seguían mirando a la mujer mientras caminaban.

—De todas formas —dijo Jordán—, ate corto al marido, o lo que sea. Vigílelo. No quiero el menor tropiezo.

Reía el griego, quedo.

—Hace mucho que conozco a Apóstolos. Además de buen cocinero es hombre práctico.

—Pues déjele claro que al menor problema le meto un tiro en la cabeza a él, y otro a su mujer.

Se detuvo Eleonas con sobresalto. Estaban ya junto al barracón, y bajó la voz.

—¿De verdad lo haría? —su expresión era más pensativa que asombrada—. ¿Es lo que dice?

—No sé, no creo —se encogió Jordán de hombros con deliberada calma—. En principio, creo que no. Pero como advertencia puede ser eficaz.

—En principio, ha dicho.

—Sí.

—¿Y en final?

Suspiró Jordán. Aquella conversación era innecesaria. Lo fatigaba. Recorrió con la vista la playa, las rocas y el cielo azul pálido. Demasiada responsabilidad, pensó. Lo habían adiestrado para tripular lanchas torpederas, pero sólo para eso. El resto tenía que improvisarlo. Había gobernado a hombres otras veces, incluso en situaciones extremas, con el mar transformado en cólera de Dios. Pero nunca de esa clase.

—Lucho en una guerra, piloto. Y ustedes forman parte de ella… Se les paga por esto.

Arrugaba el griego la frente, considerándolo.

—La guerra tiene sus propias reglas —resumió.

—Todo las tiene: los océanos, la vida, incluso esta isla… Como marino que es, sabe a qué me refiero.

Asintió el otro y permaneció callado un instante, sombrío.

—Una vez maté a un hombre —dijo al fin.

Lo miró Jordán con sorpresa, no por el hecho —atribuía al contrabandista una vida dura entre hombres duros— sino por la confesión. Se mantuvo en silencio hasta que Eleonas habló de nuevo.

—No con una pistola, claro… Nunca tuve una, porque en mi trabajo no es bueno que las autoridades te encuentren armas de fuego. Fue con un cuchillo. Sucedió una noche de mucho riesgo, teníamos a los aduaneros turcos encima, y uno de mis hombres perdió los nervios…

Seguía Jordán sin decir nada. Eleonas miró hacia el mar.

—Era su silencio o la cárcel para todos.

—Comprendo.

—Sé que comprende y por eso se lo cuento. Para que sepa que yo también lo comprendo a usted. Nunca es fácil, y menos así.

Permanecían uno junto al otro, sin moverse.

—No toda su vida fue marino de guerra… ¿Me equivoco, kapetánie Mihalis?

—No se equivoca.

—Marina mercante, diría yo.

—Sí.

Movió el griego los hombros, afirmativo. Satisfecho en apariencia.

—He visto a muchos en mi vida… Hay maneras y maneras.

—¿De qué?

—De ser marino.

Cenobia pasó cerca, baja la cabeza, camino del barracón. Cuando desapareció en el interior, Eleonas contempló la sombra a sus pies, pensativo.

—¿Puedo decirle algo personal? ¿Sobre usted?

—Claro que puede.

—Hace bien en no llevar ese revólver encima.

Sonrió apenas Jordán. Tenía el Webley y la munición bajo llave en el arcón de su barraca donde guardaba los libros de claves y los documentos.

—Fue un consejo de Bobbie Beaumont —confesó.

—Puede que fuera un buen consejo.

—Eso creo.

—Un tipo raro, el inglés.

—Mucho.

Eleonas se había movido un poco, lo necesario para situarse ante él, y lo estudiaba con una rara mezcla de curiosidad y suspicacia. Acabó apuntándole con un dedo burlonamente acusador.

—En realidad no necesita mostrarlo… Me refiero al revólver.

Se sorprendió Jordán.

—¿Por qué dice eso?

Volvía el griego a rascarse el mentón salpicado de canas. Entornó tanto los párpados que apenas había dos rendijas de basalto negro entre ellos.

—Llevamos unos días juntos y los hombres lo observan. Sobre todo anoche, durante el ataque.

Hizo Jordán una mueca amarga.

—Durante el fracaso, querrá decir.

—¿Qué importa fracasar cuando vives para intentarlo otra vez?… Es lo que llamamos fortuna de mar: a veces se gana y a veces se pierde. Pero ya nadie duda de lo que usted es capaz.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo sé, permítame saberlo. Pasé mi vida entre gente así.

—¿Y qué hay de usted, piloto?

Alzó Eleonas ambas manos, cual si todo fuera obvio.

—En mi oficio se acaba conociendo a los hombres tanto como al mar. Yo tampoco lo dudo.

Jordán había dejado de prestar atención, pues en la atalaya de la punta rocosa, donde estaba de guardia el vigía, sonaban tres toques de silbato. Y cuando miró hacia allí vio que la canoa automóvil entraba despacio en la ensenada. La tripulaba el viejo criado de los Katelios.

 

 

 

—A los fascistas les hemos dado fuerte en Guadalajara —dijo Acracia Calafell mientras hojeaba el periódico.

Tales palabras, sobre todo el plural hemos, contradecían sus facciones regordetas y amables; en especial, la mansedumbre aparente —engañosa, sabía Salvador Loncar— de los ojos color hierba idénticos a los de su hermana. El plácido aspecto de solterona inofensiva.

—Y bien fuerte —confirmó Libertad Calafell.

—No pueden con Madrid, ¿eh?… Y mira que lo intentan, los canallas.

—Es mucho pueblo en armas para esa gentuza.

—Vaya si lo es.

Conversación aparte, la de esa noche, como todas, era una escena doméstica convencional. Las dos hermanas y Loncar tomaban café después de cenar —un pescado al horno con arroz y tomate que a él casi le había provocado lágrimas de felicidad—, sentados los tres en torno a la mesa camilla de la sala contigua al comedor: bandeja y cafetera de plata, tazas de porcelana, grabados de revistas enmarcados en las paredes, sillones y sofá con brazos cubiertos por tapetes de ganchillo. Dos gatos dormitaban en la alfombra y tres ante la estufa de hierro, junto a la ventana cuyas cortinas se veían entreabiertas. La noche acababa de adueñarse del Bósforo, y de la orilla asiática sólo era posible advertir luces aisladas que brillaban a lo lejos.

Acracia dejó el periódico y cogió de la cesta de costura las agujas y los ovillos de lana roja, amarilla y morada. Llevaba unos días tejiendo para Loncar una bufanda con los colores de la República, que a pesar de su declarado agradecimiento éste no tenía intención de ponerse nunca.

—Hablan de miles de italianos muertos y prisioneros —dijo retomando el punto.

—Bien se lo merecen —opinó la hermana mayor— por meterse donde no los llaman.

—Bueno, Líber, lo cierto es que los llamaron, ¿no?… Franco y sus asesinos.

Alargó la otra el rostro huesudo y seco.

—Pues mira tú por dónde, bien empleado les está. Que tome nota ese pavo real de Mussolini.

Alzó Acracia la vista de la labor hasta Loncar.

—¿Crees que también resistirá Bilbao, camarada?

Éste, que fumaba un cigarrillo, hizo un ademán confiado.

—Supongo que aguantaremos. Aquello es un cinturón de hierro.

—No me fío de esos vascos —movía Acracia la cabeza, dubitativa—. Hasta curas llevan en la tropa.

—Pero son republicanos —terció la hermana.

—Sólo para lo que les conviene, hija mía.

Loncar miró el reloj: faltaban diez minutos para la comunicación de esa noche, prevista a las nueve en punto.

—La lucha del pueblo me reclama, señoras —apagó el cigarrillo y se puso en pie—. Con su permiso.

Asintieron las hermanas. Todo cumplimiento de un deber popular gozaba de su beneplácito.

—Faltaría más, camarada. No te retrases por nosotras.

—Si queda café, luego tomaré otra taza mientras escuchamos la radio.

—Ay, sí, porque dentro de un rato ponen Turandot… Aquí te esperamos. Anda, ve a lo tuyo.

Seguido por uno de los gatos, que se desperezó en la alfombra antes de pegarse a sus talones, Loncar subió al piso de arriba, retiró la funda del telescritor y comprobó que todo estaba en orden. Faltaban cinco minutos para la transmisión, así que se detuvo ante el tablero de ajedrez sin llegar a sentarse, estudiando la disposición de las piezas en la última jugada que tenía previsto enviar a su anónimo contrincante de la estación de comunicaciones de Ciudad Lineal. Llevar el caballo a la tercera casilla de alfil de dama de las blancas seguía pareciéndole mejor, y era posible que el otro respondiese con peón de torre, eventualidad para la que él estaba prevenido. Miró al gato, un felino atigrado que lo contemplaba con recelo.

—¿Qué jugarías tú, Micifuz?

No hubo respuesta. En su lugar repiqueteó el telescritor y la cinta impresa en clave empezó a salir de su bobina. Cuando acabó la transmisión, el agente republicano se sentó a teclear su propio mensaje; y al final, tras una corta pausa, añadió C3AD: caballo tres alfil dama. Apagó la máquina, abrió el libro de claves y se puso a descifrar lo recibido, con el gato encaramado a la mesa y mirando como si entendiese lo que anotaba:

 

Investigar incidente estrecho kafireas posible actividad unidades superficie fascistas extremar precaución informar puntualmente todo indicio amenaza…

 

En el piso de abajo, las Calafell habían encendido la radio: por el hueco de la escalera ascendía una voz de barítono proclamando en italiano que el príncipe de Persia, tras fracasar en la prueba de la princesa Turandot, iba a morir. Recostado en la silla, Loncar encendió otro cigarrillo y volvió a leer el mensaje del estado mayor de la Armada republicana. Después se acercó a la mesa, dio una chupada y expulsó el humo directamente en el hocico del gato, pero éste no retrocedió: se mantuvo impávido, tiesa la cola, limitándose a erizar el pelo del lomo arqueado.

Qué útil sería, se dijo Loncar, tener la sangre fría que tienen estos bichos.

Iba siendo hora, decidió, de tirar de la lengua al cabrón de Pepe Ordovás.

 

 

 

—Ha sido muy amable —dijo Pantelis Katelios— al aceptar nuestra invitación.

Hablaban en griego y de vez en cuando pasaban al inglés. El barón estaba sentado a la cabecera de la mesa, con el marino español a la derecha y Lena a la izquierda. La claridad de la ventana, a la espalda del dueño de la casa, lo situaba en contraluz; pero él podía observar a su mujer y al invitado. No había nada casual en aquella disposición de asientos.

—De verdad amable —repitió Katelios.

La criada había servido el segundo plato antes de regresar a la cocina: pierna de cordero con orégano y pimientos. Manejando con delicadeza el cuchillo y el tenedor de plata, el barón cortó un pedazo minúsculo y se lo llevó a la boca para saborearlo, satisfecho. Irini era buena cocinera.

—Soy yo quien está agradecido —dijo el español.

Negó Katelios con la cabeza mientras se tocaba los labios con la servilleta.

—En cierto modo, usted es nuestro huésped. También sus hombres lo son, pero no podemos traerlos a todos.

Advirtió que el invitado miraba a Lena y apartaba luego la vista.

—En realidad, oficialmente… —empezó a decir.

—Oh, deje eso —lo interrumpió el barón—. Esto no tiene nada de oficial, y rompe de forma grata nuestra monotonía. Además, sería la primera vez, desde Homero, que un extranjero llega a un hogar griego y no se sienta a la mesa —esbozó una sonrisa cómplice—. Lo que pasa es que al visitante se le exige a cambio que cuente su historia.

Sonrió apenas el visitante.

—Lamento no poder contar la mía.

—No se turbe por eso, capitán… Eh… —lo contempló con fingida ingenuidad y miró a su mujer—. Tozer, ¿no?… Aunque creo que en esa playa lo llaman capitán Mihalis.

—Sí —repuso el español con calma.

—Parte de su historia podemos imaginarla, capitán. Ahí está el condimento —miró de nuevo a la mujer—. ¿No es verdad, querida?… En lo que imaginamos.

Respondió ella con una mirada opaca, breve. Apenas había hablado desde que el visitante llamó a la puerta: sólo frases de cortesía, sin amabilidad ni calor algunos. Para la comida había cambiado sus habituales suéters y pantalones casi masculinos por un vestido que a Katelios le agradaba mucho: una sobria robe de jour de crepé blanco, ligeramente pasada de moda.

Deslizó el barón un dedo por el tallo de su copa de vino —cristal de Bohemia, quedaban once copas de una vajilla de veinticuatro— y miró al español. Era Katelios hombre de mundo, o lo había sido. Hábil en el arte de orientar una conversación y en desviarla.

—Espero que le agrade este Clos Sainte Hune del veinticinco.

Sonrió el otro: un repentino destello blanco entre la barba rubia, cuya simpatía acentuaban los tranquilos ojos azules.

—Me gusta mucho.

—Oh, gracias.

Katelios estudiaba con interés a su invitado: alto, fuerte, con aspecto de nórdico despistado en aguas cálidas que no eran las suyas, el español vestía pantalón de faena y camisa muy limpia bajo la chaqueta. La barba parecía recién recortada y el pelo estaba peinado hacia atrás con raya alta. Era obvio que se había aseado lo mejor posible para la comida, aunque no debían de ser muchas las facilidades al otro lado de la isla.

—Aún quedaban un par de botellas en la bodega… Le aseguro que en esta casa los vinos nunca fueron suizos —sonrió con educada desgana—. El nuestro, o más bien el mío, es un mundo que encoge poco a poco.

El invitado bebió un sorbo de vino: era moderado en eso y frugal en el comer, advirtió Katelios. No parecían tales sus pasiones, si es que las tenía.

—¿Nunca salen de la isla?

—Yo no salgo, o lo hago raramente —repuso el barón—. La última vez que estuve en Atenas fue hace tres meses, y lo hice porque fui convocado para hablar de su posible presencia aquí.

Fue cuanto dijo sobre ello, omitiendo el resto: claridad brumosa de El Pireo en enero, el automóvil que esperaba en el puerto, eco de pasos en los corredores del palacio presidencial, y al otro lado de una mesa cubierta de informes de la policía secreta —incluido el del propio Katelios, bien a la vista—, el reflejo de una lámpara eléctrica en los lentes de Ioannis Metaxás: querido y viejo amigo, envidio la vida que llevas, te pido un favor que no podrás negarme, italianos y alemanes insisten mucho y tú puedes aliviarme el problema, etcétera. Oficialmente nadie admitirá nada; pero hasta el rey, al que he consultado, está de acuerdo. Te manda, por cierto, sus saludos.

—También le estoy agradecido por permitirnos estar aquí —dijo el español.

—Oh, por favor… Como supondrá, no lo hago por usted. Ni siquiera por su país.

—Mi marido tiene compromisos —apuntó Lena.

Katelios la miró con interés. Había permanecido callada hasta entonces, pero él sabía interpretar sus silencios: ninguna mujer de las que había conocido dominaba ese lenguaje como ella.

—Sí, desde luego —convino—. Mi esposa tiene razón. Tales compromisos no son demasiados, y eso facilita poder cumplirlos.

Tras decir eso dejó los cubiertos en el plato, recostándose en la silla con una mano introducida a medias en un bolsillo de la americana. Consideraba el presente e intuía el futuro como una premonición de renovado rencor —retorcida, turbia, casi placentera— que se uniría al antiguo. Sabía reconocer, por costumbre, los síntomas previos.

—¿Sus hombres están cómodos, capitán?

—Mucho.

—Confío en que el cocinero que les conseguí haga un buen trabajo.

—Sí, desde luego.

Tocó Katelios el resto de pan que tenía junto al plato.

—¿Qué le parece este pan?

—Es muy bueno —respondió el español.

—Harina de centeno sin levadura, cocido directamente sobre el fuego. Tradicional de aquí, con ese sabor tan agradable a humo y tierra. Seca rápido y se conserva bien. Se lo recomiendo para su gente… Puedo hacerle llegar un par de sacos de esta harina, pues tenemos de sobra.

—No será necesario. Gracias.

Apareció Irini para retirar los platos y servir el postre: un bizcocho bañado en licor que comieron en silencio. Era dulce y sabroso, con aromas turcos. Al terminar, Katelios volvió a dirigirse a su invitado.

—Invitarlo a comer fue idea de mi esposa.

La vio alzar con brusquedad la cabeza.

—Eso no es exacto.

Sonrió tolerante Katelios.

—No la crea, o no del todo. Le aseguro que la idea fue de ella. Yo me limité a secundarla.

Hizo Lena un ademán de impaciencia. La cucharilla de postre sonó en el borde del plato.

—Se envanece de adivinar mis pensamientos —le dijo con sequedad al invitado.

—Incluso de provocarlos —confirmó Katelios en tono festivo—. Llevo casi quince años observándola de cerca, y a esa distancia algo se aprende.

Apoyaba el español, correcto, las muñecas en el borde del mantel.

—¿Es indiscreto preguntar dónde se conocieron?

Apreció aquello el barón: esfuerzo del forastero por suavizar la situación. Podía tomarse por cortesía tanto como por prudencia. Hablar de ellos y no de él. A pesar de su aspecto rudo, el tal capitán Tozer, o como de verdad se llamara, sabía conducirse en una conversación delicada, o que derivaba hacia eso. Sintió subir varios puntos su simpatía por él.

—No, en absoluto. París, hace quince años. Desde hacía dos, ella era maniquí en Patou… ¿Conoce la firma?

—Vagamente. El mundo de la moda me pilla lejos, y veo pocas revistas ilustradas.

—Los diseños de ese modisto, que murió el año pasado, estilizaban el drapeado según el cuerpo de la mujer que los llevase. En el caso de Lena, la caída era perfecta. Verla bajar por una escalera era todo un espectáculo, así que me interesó en el acto.

—Yo tardé un poco más —dijo ella con sonrisa vaga, tras un silencio casi teatral. Era ésa, decidió Katelios, su primera sonrisa de aquel día.

—Una semana… Se me resistió hasta Biarritz.

El español se había vuelto hacia Lena, que seguía sonriendo de aquel modo pensativo y distante. No era habitual, pensó el barón, que lo hiciera así. Hacía tiempo que no. Y entonces, como si en su interior se hubiera roto una brida invisible, ella habló de verdad, sin reserva, sorprendiendo a su marido:

—Era un hombre elegante, seductor y de los que saben que una ruleta gira entre treinta y siete y sesenta veces cada hora… Me invitó a acompañarlo y fui con él. Lo vi perder los ciento cincuenta mil francos que llevaba encima, sin pestañear. Y aquella misma noche, al salir del casino sin un céntimo, se me declaró… ¿Qué mujer se habría resistido?

Todo eso lo dijo sin mirar a Katelios ni un solo instante, cual si no estuviera allí. Sintió él de pronto la necesidad de intervenir. Recobrar el control de la conversación.

—Así fue —dijo en tono ligero—. Hicimos el viaje en mi Bentley Blue Label con un equipaje que cabía en dos maletas… Y descubrí que nada era más elegante que una mujer de piernas largas vestida de castaño y beige en el asiento de un coche descapotable. De modo que fui a por más fondos a mi banco de Montecarlo, donde ella ganó en el casino por primera vez. Y allí nos casamos.

Hizo una pausa calculada, melancólica, dando oportunidad a Lena de hablar de nuevo. Pero ella no dijo nada más. Había apoyado un codo en la mesa, el mentón en la palma de la mano, y escuchaba atenta y fría.

—Siempre fui infiel a los dioses y a las mujeres —dijo el barón, cubriendo el silencio— hasta que la conocí a ella.

—Entienda lo de fidelidad como una figura retórica —matizó Lena.

Observó Katelios que el español se removía en la silla, aunque parecía encajarlo todo bastante bien. Tenía unas manos fuertes y duras, y no le fue difícil imaginarlas acariciando el cuerpo de su mujer.

—Hay algo de un compatriota suyo que leí hace poco, capitán… ¿Le gusta la lectura?

Lo pensó el otro, o pareció hacerlo.

—Lo imprescindible para matar el tiempo en el mar. Tampoco soy muy de eso.

—Hace mal, estimado amigo. Hay virtudes que sólo existen en los libros… Es natural que el último depositario de la hidalguía sea su compatriota don Quijote, que se inventa a sí mismo mediante lo que ha leído.

Advirtió que el visitante seguía incómodo y que el silencio de Lena empezaba otra vez a ser excesivo; pero Katelios era experto en resolver incomodidades de protocolo. Había pasado buena parte de su vida haciéndolo. Así que propuso tomar el café fuera, bajo el emparrado del jardín.

—La única tentación seria es la mujer. Fuera del arte, de la filosofía, no hay más que la mujer —le dirigió al español una ojeada de interés mientras se levantaban de la mesa—. Ésa es la cita. ¿Está de acuerdo?

—No sé… —el marino lo miraba inexpresivo—. Es posible.

 

 

 

Salieron a una terraza que daba a un pequeño jardín de flores casi quemadas por el sol, con sillones de mimbre bajo la sombra de un emparrado, y tomaron asiento en torno a una mesita con una tabaquera de marfil y un cenicero de cristal. La sirvienta había traído el café —griego, oscuro, denso— en una bandeja con elegantes servilletas de hilo que el tiempo amarilleaba; y Lena, tras dejarlo reposar un poco, se inclinaba para servirlo. La luz exterior multiplicaba las hebras plateadas en su cortísimo cabello y hacía relucir la cadenita de oro del tobillo.

Pies de puta turca, pensó Katelios una vez más. El deseo físico, una punzada súbita, lo estremeció de un modo oscuro y triste.

—Cuando la conocí —le dijo con calma al invitado— se apellidaba Mensikov, pero su verdadero nombre era Helena Nikolaievna.

—Y ahora soy Lena Katelios —comentó ella, impasible, mientras terminaba de llenar las tazas—. Cambiar de apellido tres veces en la vida no es excesivo, tal como va el mundo.

El café aún estaba demasiado caliente. Sacó el barón un hule de tabaco y una pipa de un bolsillo de la chaqueta y empezó a llenar la cazoleta. Seguía haciéndolo cuando oyó la pregunta de ella.

—¿Está casado, capitán?

—Sí.

—¿Hijos?

—Uno.

—¿Y la guerra de España pone en peligro a su familia?

—Por ahora están a salvo.

Katelios terminó de llenar la pipa y alzó la cabeza.

—A nosotros no nos dotó Dios con ese monstruo social creado por el cristianismo que es la familia convencional —dirigió a Lena una rápida mirada de soslayo—. En cualquier caso, a las mujeres suele convenirles un hijo, pues pueden utilizarlo como arma defensiva y ofensiva… Pero tal vez en tiempos inciertos sea prudente no tenerlos. Se corre mal con un niño en brazos mientras arde Troya, ¿no cree?… Y todo parece a punto de arder, ahora.

Rascó un fósforo y encendió la pipa concentrado en ella, atento a la correcta combustión del tabaco.

—Ágonos en griego, ya sabe —dijo exhalando la primera bocanada—. Improductivo, sin descendencia.

Chupó la pipa un poco más y miró al español a través del velo azulgrís.

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