La isla de la mujer dormida
5. Cintas de sombrero griego
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—Es usted un hombre callado, me parece.
—Es posible —admitió el otro con sencillez.
—¿Conoce el teatro de Epidauro?
—No.
—Allí no hace falta levantar la voz. La acústica es tan buena que cualquier palabra llega a las gradas de arriba.
Hizo la pausa exacta, necesaria, entre otras dos bocanadas de humo.
—A mi esposa le gustan los hombres silenciosos —añadió, ecuánime—. Procuro satisfacerla siéndolo cuanto puedo… Por eso hoy me desquito con usted.
—Es raro que las palabras mejoren el mundo —dijo Lena de pronto—. Lo más común es que lo empeoren.
Katelios permanecía inmutable, como si no la hubiese oído.
—No vamos a preguntar por su misión, capitán. Ni voy a comprometerlo hablando de política. Pero es cierto que el comunismo es la gran amenaza de nuestro tiempo. Mi esposa lo sabe bien —ahora se volvió despacio hacia ella, cual si de nuevo reparase en su presencia—. ¿No, querida?
Asintió Lena sin decir nada y Katelios volvió a dirigirse al visitante.
—Procede de una familia huida de los bolcheviques. Su padre era comerciante de cueros y pieles en San Petersburgo. Lo perdieron todo.
—¿Es cierto?
—Naturalmente.
—¿Por eso París…?
—Sí —dijo ella.
—Hay que parar a esa gentuza, amigo mío —intervino Katelios—. Antes dominaban el mundo los poderosos y los ricos, lo que no era perfecto en absoluto; pero hoy pretenden hacerlo los resentidos: primero Rusia, ahora España. Pronto será Grecia y toda Europa. Por suerte, Alemania e Italia procuran…
Se detuvo en ese punto, pues a él mismo le sonó ridículo lo que estaba diciendo. Una avispa revoloteaba en torno a las tazas vacías de café, y a Katelios le gustó que el español no hiciera intento alguno por alejarla, aunque se le acercaba mucho. Sin duda era un marino tranquilo. Un hombre estoico.
—No crea una palabra —estaba diciendo Lena—, porque en realidad le es indiferente. Menciona todo eso por cortesía, ya que usted se enfrenta a los rojos. Pero no cree en lo que dice… Su resignación a esta isla es significativa. Se limita a esperar con calma que el destino se sitúe en el lugar adecuado para destruir lo que queda de su mundo.
—Bueno, bueno —objetó Katelios—. La palabra teatro se relaciona con el griego zeomai, que significa hacer visible, contemplar, mirar. Soy, en efecto, un hombre que mira… Mais vous exagérez peut-être, ma chère.
Lo dijo en francés, pasando con naturalidad al vous. Respondió ella sin mirarlo, pues seguía atenta al invitado.
—No exagero en absoluto… La frialdad de mi marido proviene de su convicción de que es imposible salvar lo que ve desmoronarse. Es un egoísta pasivo; cuando mira alrededor no ve nada que desee que sobreviva.
—¿Y usted?
A Katelios le sonó audaz la pregunta, y observó todavía con más atención al español. Percibía en él posibilidades interesantes bajo su aparente simpleza, que empezaba a parecerle deliberada. Después de todo, aquel hombre de aspecto escandinavo era marino, y en el mar las cosas sólo eran simples para quien pasaba en él una semana de vacaciones.
—Yo no soy —repuso ella, casi brusca—. No existo.
Ahora el visitante la contemplaba desconcertado. Katelios creyó oportuno devolver la conversación a un terreno neutral, o menos íntimo. Se quitó la pipa de la boca.
—En cuanto a mí, nací en el siglo pasado, compréndalo. Uno de mis abuelos luchó contra Napoleón… Se me hacen cuesta arriba las maneras de moda en esta extraña época. No concibo que Europa renuncie a ser el faro de la civilización superior que iluminó el mundo.
El español aceptaba sin reservas el nuevo derrotero.
—¿Por eso viven en la isla? —se interesó, cortés.
—Por eso nos sepultó aquí a los dos —dijo Lena en el mismo tono que antes.
El español titubeó a contrapelo, sin saber qué decir. Con retorcida satisfacción, Katelios improvisó una sonrisa de circunstancias y la dirigió a su mujer.
—Nadie te obliga a permanecer, querida.
—Es cierto.
—Tienes tu preciosa canoa automóvil, y tienes Syros ahí cerca, y tienes…
—También es cierto —admitía ella, obstinada—. Todo eso lo es.
—Va y viene de Syros cuando quiere —se dirigió Katelios al invitado—. Tenemos una casa de mi familia en esa isla. Me trae libros y música que encarga a Atenas.
En ese momento emitió Lena una risa queda y breve que él conocía bien. Apuró ella el resto de su café, abrió la tapa de la tabaquera y cogió un cigarrillo tras estudiar el contenido como si fuera importante elegir uno u otro.
—Nunca me gustó, en el cuello de las mujeres —dijo—, la huella de las perlas que acaban de vender. Y de ésas conocí a unas cuantas… ¿Querrías que terminase así?
—Oh, por Dios, querida. Claro que no —se inclinó Katelios para encenderle el cigarrillo—. Además, hace mucho que tu piel es bellamente griega: cobriza, dorada por el sol y el mar. No necesita perlas.
—Tal vez necesite volver a necesitarlas.
La avispa revoloteaba ahora cerca de una rodilla del barón. La mató éste con un rápido golpe de servilleta —antiguos reflejos de esgrimista— y volvió a chupar la pipa, imperturbable.
—¿Sabe, capitán?… En mi vida anterior, cuando me movía por lugares civilizados, compré a muchos hombres y mujeres, y no me refiero sólo a sus cuerpos. A los hombres nunca los deseé y a las mujeres nunca fue necesario: venían ellas solas, creyéndome el mejor postor.
—Así me compró a mí —apuntó Lena con ojos apagados—. Era el mejor postor.
El español, resultaba evidente, volvía a estar incómodo en el fuego cruzado. Advirtió Katelios que dirigía un vistazo al reloj, de modo que fue en su ayuda.
—Tiene usted, capitán, todo el aspecto de un alodapós, de un extranjero. Y sin embargo…
Funcionó el recurso, y durante unos minutos conversaron sobre el visitante, su dominio de la lengua griega, su aspecto y estatura. También sobre los indicios de carácter que dejaba a la vista.
—Y sí —concluyó Katelios—. Parece idóneo para cierta clase de asuntos. Esa calma suya no se aparenta.
Hizo el invitado un movimiento impreciso.
—Navegué desde muy joven en barcos de pesca y motoveleros, haciéndome adulto entre hombres que me aceptaron como uno de los suyos. Supongo que eso facilita una forma de ver las cosas y de comportarse ante ellas.
—¿Cierto estoicismo resignado? —arriesgó Katelios.
—Y también una saludable incertidumbre.
—Desconfianza, quiere decir.
—No, no… Sé muy bien lo que digo: saludable incertidumbre.
Miró el barón de reojo a su mujer, que escuchaba en silencio.
—Oh, ya comprendo. Nunca puede dormir del todo pensando en el barómetro, en los escollos, en que cambie el viento y lo demás.
—Algo parecido, sí.
—En estas islas, cuando sopla el meltemi tenemos un antiguo dicho: a la mujer y al viento, con mucho tiento.
—También en España… Es el Mediterráneo.
—Helena de Troya y tal.
—Supongo.
—La mujer, querido Watson.
Dudó el español, confuso, sin comprender la alusión.
—Quizás —dijo.
—Los hombres, con nuestra vanidad, creemos ser amantes o verdugos; pero en realidad sólo somos sus testigos.
—Es posible.
—Sí, desde luego… Le aseguro que lo es.
Era tiempo de que el invitado se despidiera, y lo hizo éste de modo educado, poniéndose en pie en el momento oportuno. Sin duda, pensó Katelios, era un hombre de lo más correcto. Le ofreció que el viejo Stamos lo llevara en la lancha al otro lado de la isla, pero el español dijo que prefería regresar dando un paseo.
—Lo acompañaré un trecho —dijo Lena.
—No hace falta que se moleste, se lo agradezco.
—Me irá bien tomar el aire.
La estudiaba su marido con curiosidad casi científica. Sorpresa habría sido una palabra inapropiada.
—Dudo que nuestro invitado se pierda, querida. Sólo hay un sendero que cruza la isla y ya lo recorrió para venir.
—Lo acompañaré —insistió ella—. Voy a cambiarme de ropa y vuelvo en seguida.
Se quedaron de pie los dos hombres, mirándose.
—¿Le gusta cazar? —inquirió al fin Katelios.
—No demasiado.
—Lástima, porque en la isla hay conejos. Se comen las hortalizas de nuestro pequeño huerto. A veces doy un paseo y les tiro, aunque a mi mujer no le gusta que lo haga —hizo una pausa que pretendió significativa—. No siempre Lena y yo coincidimos en todo.
Se quedó chupando la pipa mientras observaba al invitado, al acecho de una reacción; pero éste permaneció impasible. Considerando ecuánime su aspecto, pensó Katelios que con hombres como aquél era un error buscar querella física. Se les dejaba en paz o se les soltaba un escopetazo antes de que empezaran a moverse hacia uno. Más automatismos de viejo esgrimista.
—Será un placer enviarle algunos conejos para usted y sus hombres.
Sonrió por fin el español.
—No es necesario.
—Oh, supongo que no lo es… ¿Tienen escopetas?
—No.
—Puedo prestarle una, si se anima. Tengo una Purdey y una excelente Sarasqueta, española como usted.
Seguían uno ante el otro, mirándose a los ojos. Tras un momento, Katelios vació la ceniza de la pipa dando golpecitos en la pared. Se sentía divertido, concluyó. Ácidamente divertido.
—¿Sabe que en estas islas es tradición que los hombres usen cinta negra en el sombrero?
—Lo ignoraba… ¿Sólo de ese color?
—Sí.
—¿Alguna razón especial?
—Luto.
—¿Por quién?
—Por los amigos y familiares muertos, y por los enemigos a los que todavía tienen que matar.
Movía lentamente el otro la cabeza, como si al fin comprendiera. Modulando una sonrisa amable, Katelios quiso abreviar camino.
—Matar por la patria, por odio al turco o al vecino, por amor, matar por celos… Desde la Ilíada hasta hoy, los griegos siempre hemos matado por algo.