La isla de la mujer dormida
6. Gambito de petrolero
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6. Gambito de petrolero
En el Kapi Saadet, Salvador Loncar había ganado una partida con negras y Pepe Ordovás otra con blancas.
—Empate entre rojos y nacionales —resumió cínicamente Ordovás.
Mientras Shikolata, el camarero negro, retiraba el tablero y disponía los narguiles para que fumaran, madame Aziyadé, siempre vigilante, había enviado la compañía adecuada: dos armenias de modales correctos, vestidas sólo con la ropa imprescindible, permanecían silenciosas en un diván próximo, en espera de que les dedicaran atención. Una era una veterana de piel color tabaco, grande y carnal, y la otra una jovencita de quince o dieciséis años, menuda, delicada, a la que Loncar no había visto nunca.
Dio éste una honda chupada a la boquilla, dejó salir el humo aromatizado con hachís y miró de soslayo al agente franquista. Estudiaba Ordovás a las dos mujeres, concentrada su cara de hurón cual si le costara decidirse por una u otra.
—¿Qué está pasando en el Egeo, Pepe?
Ordovás todavía se mantuvo un momento pendiente de las mujeres, sin decir nada. Al volverse a Loncar, su expresión era idéntica a cuando alargaba la mano para mover una pieza y la dejaba así, inmóvil en el aire, antes de decidirse a hacer la jugada.
—No sé de qué me hablas, compadre —dijo al fin.
—Sí lo sabes.
—Te juro por Dios que no lo sé.
Rió Loncar al tiempo que dejaba salir el humo. Eso lo hizo toser.
—Tú no crees en Dios, por muy fascista que seas. Así que tus juramentos no valen una perra chica.
La cara de zorro se retraía en sí misma, impenetrable, entornados los ojos pequeños y astutos.
—Cuéntame tú lo que crees que está pasando —tardó en responder— y podré decirte si sé o no sé.
—¿Hay alemanes o italianos que anden por allí de caza?
—¿Tan lejos?
—Sí. A muchas millas de sus pastos habituales.
—No sé, no creo —puso Ordovás cara de pensarlo—. Aunque todo podría ser.
—¿Queréis extender la guerra a esas aguas?
Los ojos del agente nacional se volvieron opacos. Un velo de cautela.
—No sé nada de eso —dijo en voz baja.
—Pues en los últimos tiempos has estado echando miguitas de pan. Incluso a mí.
—Hago mi trabajo, oye. Como tú el tuyo.
—No pido que me abras tu corazón, Pepe… Basta con que me ilumines un poquito. Alguna pista, ¿comprendes?
Ordovás respiró despacio tres veces. Miró a las mujeres y respiró tres más.
—Sólo sé, o creo saber, que hay cierto interés.
—¿Interés?
—Sí. Es cuanto puedo decirte.
—Esa parte ya la conozco. Para eso no te necesito a ti.
Se sostuvieron los ojos chupando sus narguiles sin apartar la vista, en silenciosa complicidad. Tú sabes que yo sé lo que ambos sabemos, era la implícita lectura.
—El otro día dijiste que te apretaban los tuyos, ¿no? —movió Loncar el primero.
—Es verdad.
—Pues ahora me aprietan a mí los míos. Y barrunto que es sobre lo mismo.
—¿Y qué es lo mismo?
—Dímelo tú, anda.
—¿Qué hay de tus camaradas ruskis?
—Ellos también me aprietan.
—¿Y por qué ahora más que antes?
—Como te digo, ahí abajo están pasando cosas… Todos parecen pescar en las mismas aguas, aunque con diferentes anzuelos. Y seguro que de eso sabes más que yo.
—Te equivocas.
—Puede que ignores el conjunto, pero algo tendrás que me sirva.
Asomó el otro la lengua entre los dientes y volvió a esconderla.
—¿Y qué tienes tú para mí?
—Cada cosa a su tiempo, hombre. La urgencia es mía.
Volvió a mirar Ordovás a las mujeres, pero era obvio que ahora no les prestaba atención. Después sus ojos vagaron por el salón, los espejos con marco de terciopelo, las alfombras, las ventanas de madera dorada.
—Hay un agente de compras checo que llega a Estambul la semana que viene —dijo al fin—. Un tal Zborenci. Se alojará en el Pera Palace…
Torció Loncar el gesto.
—¿Tiene algo que ver con lo que te he preguntado?
—No —admitió el otro—. Pero es un fulano… En fin. Tiene cierta importancia.
—Escucha, Pepe.
—Dime.
—En este momento, esa historia me importa una mierda.
—Pues haces mal. Te aseguro que el checo…
—Y dale con el checo. Estamos a otra cosa, coño. No quieras torearme por los dos pitones.
—Dame algo tú, a ver.
Reflexionó Loncar. El humo que llegaba a sus pulmones lo hacía sentirse extremadamente lúcido. Lo retuvo y luego exhaló despacio.
—¿Tengo tu palabra?
—Claro que la tienes —asintió Ordovás—, dentro de lo que cabe.
—¿Palabra de fascista o la tuya?
—La mía, joder. Personal e intransferible.
Aún dudó el agente republicano. Pero a fin de cuentas, concluyó, quizá matara dos pájaros de un tiro. Recordaba su última conversación con Antón Soliónov: el embarque YZ-16 como tanteo. En términos de ajedrez aquello podía llamarse un gambito de petrolero. Tres mil toneladas de gasolina y un viejo buque podía ser una pérdida lamentable para la República, pero no era grave si servía para despejar incógnitas.
—De aquí a dos o tres días, un barco pasará el Bósforo.
—Me gusta, compadre, me gusta —se iluminaron codiciosos los ojillos de Ordovás—. ¿Qué más?
—Nada más.
—No me seas cabrón.
—Te lo repito: nada más.
—¿Tovarich?
Seguía dubitativo Loncar.
—Niet —se decidió—. Españolski.
—¿Carga?… ¿Puertos de salida y destino?
—No lo sé, pero cambiará a bandera francesa cuando esté en aguas griegas.
—¿Y?
—Con eso vas que chutas, Pepe. A partir de ahí búscate la vida —hizo una pausa satisfecha—. Ahora te toca mover a ti.
Se quedó pensativo el otro, analizando el asunto. Al cabo asintió muy despacio.
—No hay certeza absoluta de lo que te voy a decir… ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Sólo es lo que olfateo.
—Que sí, venga. Desembucha.
—Me huelo que van a pegar fuerte allí.
—¿Cómo de fuerte?
—Mucho.
—¿En las islas?
—Sí.
—No pueden —objetó Loncar—. Son aguas territoriales griegas.
—Da igual… Hay prisa, antes de que se firme el nuevo tratado de control e ingleses y franceses acepten garantizarlo. Mi impresión es que alguien se va a pasar las tres millas jurisdiccionales por el forro de los huevos.
—¿Alemanes?
—No creo. Les pilla lejos.
—¿Italianos?
Guiñó un ojo Ordovás, socarrón.
—A ésos les pilla más cerca.
—¿Submarinos o unidades de superficie?
—Ni idea. Aunque supongo que serán submarinos, suyos o de los que nos han prestado. Lo otro, barcos de guerra con bandera y tal, suena descarado… Los sumergibles llevan tiempo operando en otras zonas del Mediterráneo, así que todo es cosa de que se arrimen más.
Arrugaba Loncar la frente, reflexionando. Se acarició el bigote con una uña.
—¿Has oído hablar de lanchas rápidas?
—No he oído hablar de nada en concreto —Ordovás hizo un ademán evasivo—. Sólo soy un peón en Estambul: la información circula hacia arriba y poca viene hacia abajo. Te cuento lo que puedo suponer, pero ni siquiera lo sé.
Parecía razonablemente sincero, aunque quiso insistir Loncar.
—¿Y qué puedes decirme de…?
Lo interrumpió el otro moviendo la cabeza mientras alzaba una mano.
—Fin de la primera parte, chico. Como dicen los turcos, quien cuenta toda la verdad es expulsado de nueve pueblos. Ha llegado el intermedio, visite nuestro bar.
Hizo un gesto a las dos mujeres, que se acercaron a ellos. Miraba con codicia a la que había elegido y ésta se sentó sobre sus rodillas con desenvoltura profesional. Tenía unos ojos grandes maquillados de kohl, un busto que desbordaba el escote y las caderas anchas. Contrastaba aquel exceso de carne con la menuda apariencia del agente franquista.
—Para mí —dijo éste— mula grande, ande o no ande.
La otra, la jovencita, permanecía de pie ante Loncar, esperando sus indicaciones; pero, tras la conversación con Ordovás, aquél tenía otras cosas en la cabeza. Se puso en pie dispuesto a irse y la muchacha se acercó como si temiese un desaire, pegándose a él.
—Non ti vayas, efendi —dijo en una mezcla de turco y mal francés—. Yo ti faré feliz.
Tenía un cuerpo delicado y cálido, piel clara, ojos medio asiáticos y rostro angelical sólo desmentido por la sonrisa encanallada, artificial, que la boca pintada de carmín mantenía como una máscara. Una chica peligrosa, pensó Loncar; de aquellas de las que se enamoraban militares y marinos ingenuos, soñando con regenerarlas mientras ellas, con frialdad propia o de quienes las explotaban —madame Aziyadé debía de obtener pingües beneficios de esa joven—, les vaciaban a conciencia los bolsillos.
—¿Cómo te llamas, muchachita?
—Yildiz.
—Lo dejaremos para otro día, Yildiz.
Abrazada a él sin permitirle moverse, alzado el rostro para mirarlo cual si fuera el único varón sobre la tierra, la muchacha deslizó unos dedos hábiles en el lugar adecuado para que le flaqueasen las ganas de irse. Por encima del hombro de la otra, Ordovás le dirigía una mueca guasona.
—Ánimo, compadre, la vida es corta… ¿Quién dijo miedo, habiendo hospitales?
Suspiró Loncar. No había nada en el informe que iba a escribir para Madrid que no pudiera esperar un par de horas, decidió. Y mientras se dejaba llevar de la mano —Yildiz se movía con delicada lentitud, como una cierva joven—, pensó en las hermanas Calafell, que a esas horas estarían haciendo punto, escuchando la radio o leyendo a Reclus y a Kropotkin, rodeadas de gatos.
Soplaba una brisa suave del norte. En aquella parte de la isla el sendero discurría sin demasiadas pendientes, entre arbustos secos y troncos aislados de árboles muertos. En los tramos altos alcanzaba a verse el mar.
—No es el lugar más bello del mundo —comentó Lena Katelios—. Sin las vistas del Mediterráneo, sería un horror… Lo fue, en realidad, durante mucho tiempo.
Jordán escuchaba en silencio mientras caminaban. De vez en cuando, por instinto de marino, dirigía un vistazo hacia el norte, al cielo de barlovento que deshilachaba largas nubes. Iba en mangas de camisa, chaqueta al hombro. La visera de la gorra atenuaba el resplandor de la luz sobre las piedras blancas y grises. El sol incidía más oblicuo y las dos sombras empezaban a alargarse ante ellos.
—Isla de la Mujer Dormida —añadió ella—. La llaman así desde hace tres mil años y fue lugar de confinamiento y prisión… ¿Lo sabía?
—Lo mencionó su marido.
—El poeta Ovidio estuvo desterrado aquí por el emperador Augusto antes de acabar en lo que hoy es Constanza, a orillas del mar Negro —miró en torno y luego, dubitativa, a Jordán—. ¿Leyó algo de Ovidio?
—Nunca —dijo él con naturalidad.
—Era bueno, o al menos mi marido me convenció de que lo era. Ése es el viejo camino de los venenos… Cuando nos conocimos, yo era de pocas lecturas —movió la cabeza con una extraña sonrisa—. ¿Qué es usted?
—Leo poco.
—No me refiero a lo que lee.
—Soy un marino.
—Poco convencional, me parece —apuntó tras estudiarlo unos segundos—. Una especie de corsario o de pirata, diría yo. Suenan bien esas palabras, ¿no cree?… Un hombre de mar, al margen de la ley.
Encogió los hombros Jordán, resignado.
—Los corsarios navegaban con patente de su nación, no eran piratas. Pero yo no tengo patente oficial alguna.
—Parece lamentarlo. ¿Eso es importante, considerarse honorable?… Le va bien, encaja con su aspecto y sus maneras. Porque, dígame: su misión…
—No puedo hablar de eso con usted, señora Katelios —la interrumpió Jordán.
—Llámeme Lena, por favor.
—Lena.
—Mejor así… ¿Y con mi marido puede hablar?
—Tampoco demasiado. Sólo un poco más.
Frunció ella los labios, considerándolo.
—Quizá tenga razón… Confiar secretos a una desconocida es como poner un arma en manos de un niño. Imposible saber qué hará con ella.
Dieron unos pasos más sin hablar. Sólo se oía el chirrido monótono de las cigarras. Inclinada la cabeza, la mujer parecía contemplar las dos sombras que se movían juntas por el sendero.
—Soy anticomunista, igual que Pantelis —dijo de pronto—. Nacida rusa, detesto a los bolcheviques… O más bien los detestaba.
Se sorprendió Jordán.
—¿Ahora no?
—El mundo ha cambiado, o puede que quien cambie sea yo. A veces pienso que, molestias personales aparte, no vienen mal ciertas sacudidas de la Historia.
Había un almendro solitario a la izquierda del sendero, en una pequeña loma. Ella se detuvo y alargó una mano, señalándolo.
—Es el único que nos queda en la isla. Olivos hay una docena, casi todos cerca de la casa, pero almendros sólo éste. Es el último de los que hubo en otro tiempo. ¿Alcanza a ver las yemas de los brotes?… Florece cada año, y siempre vengo a cortar una rama con flores blancas para llevarla a mi dormitorio, donde sólo se conserva unos días mientras los pétalos van cayendo sobre la mesa.
Observaba Jordán la mano que la mujer había extendido: fina, larga, de uñas barnizadas en rojo sangre. Había muchas rayas en la palma, más de las habituales. Ella sorprendió su mirada y sonrió de un modo singular, casi ausente. Después se pasó la mano por el pelo corto veteado de canas.
—He estado muchas veces en esta vida.
Caminaron otra vez y Jordán se sintió en la obligación, o la necesidad, de llenar con palabras el nuevo silencio.
—¿Cuándo se fue de Rusia?
—Con la revolución, como tantos… Estaba en San Petersburgo, vivíamos en la Milionaya. A mi primer marido, que era militar, lo mataron la noche del veinticinco de octubre en el Palacio de Invierno; y a mi padre lo detuvieron y nunca supimos de él. Huí con mi madre a Budapest y acabamos en París.
Miró a Jordán con repentina curiosidad.
—¿Dónde estaba el veinticinco de octubre de mil novecientos diecisiete?
Dudó éste sobre la conveniencia de una respuesta. A fin de cuentas, se dijo, no había secreto militar en eso.
—Llevaba dos meses en el mar.
—¿Tan joven?… Dios mío. Debía de ser un niño.
—Tenía catorce años. No me gustaba estudiar, así que me embarcaron de mozo de cocina.
—Vaya, un aventurero precoz. ¿Cuándo se convirtió en marino de guerra?
—Cuando en España hubo una guerra.
Advirtió que Lena Katelios lo observaba con renovada curiosidad. La vio dar unos pasos con los labios entreabiertos como para decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra alguna.
—En París me enamoré por segunda vez en mi vida —dijo ella de pronto.
Jordán no supo qué responder. Siguió otro silencio incómodo.
—El barón, supongo —deslizó tras un momento.
La mujer movía la cabeza. No, dijo. Pantelis Katelios había aparecido más tarde. Su segundo hombre —pareció recalcar la última palabra— fue otro ruso exiliado: uno que jugaba a las cartas como un delincuente y bebía como un cosaco. La relación sólo duró meses, hasta que se hizo insoportable.
—En ese tiempo —añadió— mi madre y yo conocimos de cerca la miseria: un cuarto alquilado por quince francos, una cama de hierro, un desportillado bidé y un papel horroroso con moscas aplastadas en las paredes.
Se quedó callada y tampoco esta vez supo Jordán qué decir.
—Lo lamento —murmuró al fin.
La vio encoger los hombros con aparente indiferencia.
—Conocí la miseria y la humillación, como nos ocurre a muchos tarde o temprano; pero no me destruyó porque tuve la sensatez de convivir con ella, aceptándola igual que el resto del juego.
Seguía contemplándola él con atención, de soslayo, mientras caminaban: las piernas largas, los pasos tranquilos, el cuerpo maduro pero delgado y flexible bajo el suéter holgado y los pantalones marineros. Incluso vestida así, decidió, era una mujer elegante. Se movía con la precisión de un animal cazador, bien adiestrado. Y su aplomo casi intimidaba.
—¿Cómo empezó a trabajar en casas de modas?
—Mi madre acababa de morir de tifus y yo me ganaba la vida como podía —hizo una pausa casi imperceptible después de decir eso—. Un día, sentada en la terraza de Le Dôme mientras comprobaba si tenía en el bolso suficientes monedas para pagar el café, un caballero muy bien vestido se detuvo ante mi mesa y preguntó, con exquisita amabilidad, si nunca había pensado en ser maniquí. Aquel caballero era Jean Patou.
Habían subido una pendiente prolongada y se detuvieron a tomar aliento. Desde allí se veían el mar y las manchas verdosas y grises de las islas lejanas. Entre unos matorrales asomó un conejo y desapareció con rapidez.
—Mi marido les dispara —se le había oscurecido el semblante—. No me gusta eso.
—Me lo ha contado —apuntó Jordán.
—¿Que les dispara?
—Que a usted no le gusta que lo haga.
—Oh, vaya —pestañeaba con aire de sorpresa—. ¿Le contó mi desagrado?… Qué extraña confianza. Es curioso que hiciera eso.
Jordán la vio ladear un poco la cabeza, contemplando el mar.
—O no tan curioso —añadió.
Después de decirlo miró a Jordán con imperturbable atención.
—Supongo que usted inspira confianza, a pesar de lo que lo trajo aquí. Su aspecto, quiero decir. Esos ojos azules que parecen inocentes… ¿De verdad es así?
—Nunca intenté saber cómo soy.
Ella pareció apreciar la respuesta.
—Ha dicho que no tiene muchas lecturas, pero ¿conoce las novelas de Joseph Conrad?
—Alguna hojeé cuando navegaba.
—¿Lord Jim?
—Sí, ésa sí… La leí porque trata de mar y marinos.
Le dirigió otra lenta mirada valorativa, de abajo arriba, hasta detenerse otra vez en sus ojos.
—Me recuerda a Jim. Físicamente, quiero decir… Siempre lo imaginé alto y fuerte, parecido a usted, aunque sin barba.
Continuaron caminando. La antigua prisión se encontraba sobre la siguiente colina: muros mellados y en ruinas, piedra gris, ladrillos deshechos. Todavía quedaban herrumbrosas rejas en algunas ventanas, al otro lado de las cuales y de las vigas desnudas podía verse el cielo.
—Dijo que está casado.
—Lo dije.
—¿Y es el suyo un matrimonio feliz?
No respondió Jordán a eso, limitándose a dirigir otra ojeada al horizonte de barlovento. Ella aguardó antes de hablar de nuevo, cuando comprendió que no obtendría respuesta. Lo hizo señalando la superficie azul que circundaba la isla.
—De ese mar y su espuma surgió el cuerpo de Afrodita… ¿La vio alguna vez desnuda en sus navegaciones?
—Nunca —sonrió distraído Jordán—. Ni siquiera vestida.
—¿Y en los puertos? Porque ustedes los marinos…
—Tampoco allí.
—¿Sirenas? —ella parecía divertirse con la conversación—. ¿Se encontró con sirenas?
—Ni una.
No había tenido tiempo para sirenas, pensó él. Faenas duras en los primeros años, entre hombres recios y sencillos que afrontaban con resignado fatalismo los golpes del mar y de la vida; y que en las treguas de tierra firme, cuando el suelo dejaba de oscilar bajo sus pies, quemaban en breves horas de olvido la aspereza del pasado cercano y la incertidumbre de lo inmediato. Y un poco más tarde, cuando llegó la comprensión de lo que deseaba y no deseaba en la vida, horas de estudio en coys balanceantes o literas de castillo de proa, preparación de exámenes en pensiones portuarias baratas —trigonometría, estiba, maniobra, cosmografía, idioma inglés, mecánica del buque—, respuestas a preguntas formuladas por tribunales examinadores con capitanes adustos de cinco galones en la bocamanga: mozo de cocina Miguel, marinero Jordán, alumno de náutica Miguel Jordán, piloto don Miguel Jordán Kyriazis, corsario —esto último lo hizo sonreír en sus adentros— Miguel Tozer o kapetanios Mihalis. Miró la palma de su propia mano: también él había estado muchas veces en la vida.
Lena Katelios se había detenido y contemplaba la extensión azul. Recordó Jordán lo que había dicho de Afrodita saliendo del mar e imaginó que su cuerpo desnudo emergía entre la espuma de la orilla, húmedas las caderas y el sexo. Hace mucho tiempo, pensó, que no estoy con una mujer. Hace un endiablado y excesivo tiempo.
—¿Teme al mar? —preguntó ella.
—Como todo el que lo conoce.
Seguía inmóvil, inexpresivo el rostro.
—A veces sueño que muero ahogada, que el mundo se cierra sobre mi cabeza… Sumergida en una masa medio densa y medio líquida como el mercurio. Los días de calma, estas aguas se parecen a eso.
—Sin embargo —objetó Jordán— va con su canoa automóvil para un lado y otro.
Asintió despacio la mujer.
—Sí… Voy a Syros, casi siempre.
—Pero ha dicho que teme morir ahogada.
—No he dicho que lo tema.
—Ah.
—Riesgo a cambio de libertad —suspiró ella—. Todo tiene su precio.
—¿No es libre en esta isla?
—No demasiado.
—¿Y por qué sigue aquí?
La vio modular una sonrisa lenta, insolente y cruel.
—Éste no es mal lugar para interpretar el mundo.
Tras decir eso alzó súbitamente la cabeza, cual si pretendiera observar la altura del sol.
—Debo regresar, capitán —indicó el sendero—. Su playa está ahí, detrás de aquellas rocas. A medio kilómetro.
Dio la vuelta con brusquedad, desandando camino. Jordán la miraba irse, desconcertado. De improviso ella se detuvo un momento, a siete u ocho pasos de él.
—Usted sabe por qué esta isla se llama como se llama: vista desde el mar, esa mujer que duerme, o parece hacerlo… Pero le aseguro que el nombre no es exacto. Sería más adecuado llamarla isla de la mujer muerta.
Sentado en la terraza bajo el emparrado, Pantelis Katelios apuró la segunda taza de café. Después, cuidando de no rayar el acero, volvió a pasar la lija suave por la hoja del sable para eliminar el pequeño rastro de óxido que había en la bigotera, junto a la firma del fabricante. Para un aficionado como él, capaz de identificar punzones y marcas, era fácil establecer modelo, lugar y fecha de fabricación de cada ejemplar. Aquél había salido del taller de un armero llamado Osborne, en Birmingham, entre 1796 y 1810. Era una bella hoja ancha y curva, contundente, utilizada por la caballería ligera británica en las guerras napoleónicas.
Oyó ruido en el jardín y prestó atención. Quizá Lena estaba de regreso, tras acompañar al marino español. Pero era Stamos, que trajinaba por allí. Lo vio caminar entre los olivos, higueras y cipreses cargado con un cesto y cubierto con un sombrero de paja, así que volvió a ocuparse del sable. Cuando el acero estuvo limpio pasó un algodón para aplicar la misma cera protectora que utilizaba para los libros encuadernados en piel de la biblioteca. Frotó después con un paño para eliminar la cera, y tras contemplar satisfecho la hoja a la luz del sol que se filtraba por el emparrado la devolvió a su vaina, se puso en pie y entró en la casa para colocar el arma en su lugar del pasillo, entre un sable de coracero francés modelo Año XIII y otro de dragón fabricado en 1801. Le gustaba que los tres estuvieran juntos, pues quizás ellos y los hombres que los blandieron se habían cruzado, por azares de la vida y la muerte, en un mismo campo de batalla.
Se encaminó a la biblioteca. Cada vez que entraba en ella, Katelios tenía la sensación de que abandonaba un pasado ajeno para penetrar en un presente propio; un baluarte que hacía posible mirar atrás sin desazón ni excesiva tristeza. Nada de eso era casual, pues él lo había planeado así: buscando un deliberado contraste entre el caserón familiar, lleno de objetos vinculados al tiempo viejo, y los sobrios muebles de acero, cuero y cristal, la moderna chimenea, la mesa de despacho de diseño nórdico, la ausencia de otra decoración, libros aparte, que las fotografías enmarcadas con sencillez en el rincón más discreto de la estancia.
Cogió una pipa y se la puso en la boca, chupándola sin intención de cebarla con tabaco. Después fue a sentarse en uno de los sillones y dirigió un desganado vistazo al libro que estaba en la mesita de lectura —Memorias de ultratumba, de Chateaubriand— con un resguardo de equipaje del hotel Vittoria de Sorrento indicando las últimas líneas leídas:
Es fácil tener resignación, paciencia, amabilidad, humor sereno, cuando ya no se apasiona uno por nada, cuando todo hastía, cuando se reacciona ante la felicidad como ante la desgracia con un desesperado y desesperante: «¿Y eso a mí, qué?».
Pensó en ella, en Lena. En el paseo que en ese momento daba con el marino español y en cuanto de la condición de su esposa sabía o adivinaba. Observándola, llenando con la imaginación los muchos y crecientes ángulos de sombra en la vida de ella —el pasado en París, el presente en la isla y las escapadas a Syros, el incierto futuro—, él mismo, y de eso estaba completamente seguro, experimentaba una peculiar sensación de vértigo, de atracción peligrosa y turbia. Algo parecido a asomarse, más allá de lo razonable, a un acantilado que fascinaba y repelía a la vez.
No era posible hacer nada por ella, había comprendido mucho tiempo atrás. Le faltaban recursos emocionales para eso y los señuelos intelectuales habían dejado de ser eficaces, hasta el punto de que Lena los despreciaba de modo abierto, provocador, menos por convicción que por insolencia. Buscando a la vez —eso era lo paradójico— la aprobación tácita del marido, su perversa complicidad y también su escándalo.
Abrió el libro e intentó concentrarse en la lectura, sin conseguirlo. Dos páginas después lo dejó de nuevo sobre la mesita con la pipa encima, apoyó la nuca en el respaldo del sillón y cerró los ojos. Pensaba en su mujer, imaginándola mientras caminaba por la isla junto al español. Silenciosa como solía, seguramente, pues lo contrario en ella no significaba gran cosa. No era ahí donde se la podía descifrar. En realidad, ninguna de las mujeres que había conocido en su vida manejaba lo tácito como Lena; y en los últimos años él se había especializado en lo que ella no decía: en escuchar lo que ocultaban sus palabras y desvelaban sus silencios. En estudiar con interés casi científico el oscuro instinto de hacer daño que acometía a muchas mujeres que amaban o habían amado.
Al abrir los ojos ella estaba en el umbral de la biblioteca, mirándolo. Ignoraba cuánto tiempo había permanecido allí.
—¿Cómo fue el paseo? —preguntó Katelios con desenvoltura.
—Fue bien.
—Ese corsario, o como debamos llamarlo, parece un hombre agradable.
—Sí.
—Y educado… Cuando me hablaron de esto no esperaba a alguien como él.
Todavía la contempló un momento tal como estaba: apoyada en la puerta, aún esbelta y elegante pese a los estragos del tiempo inexorable, vestida del modo informal que ahora prefería a cualquier otro —sólo una mujer vulgar, le oyó decir en cierta ocasión, acepta ser obediente a la moda—. Y sin embargo, recordó melancólico, la había visto atraer todas las miradas años atrás, cuando entraba en un restaurante o cruzaba el vestíbulo de un hotel, moviéndose por el Danieli, el Adlon, el Savoy, con la naturalidad de quien caminaba por escenarios que el mundo se limitaba a disponer para ella.
Lena seguía inmóvil en el umbral.
—Irini me ha consultado sobre la cena —dijo—. ¿Qué te apetece?
—Poca cosa, comimos demasiado. Una sopa ligera, como mucho… ¿Qué prefieres tú?
—No cenaré aquí —hizo una pausa opaca—. Me voy a Syros.
Tardó Katelios unos segundos en responder. Inexpresivo, encajaba aquello. Lo asumía otra vez, como las anteriores. Como siempre.
—¿Pasarás allí la noche? —inquirió al fin.
—No lo sé.
Ahora el silencio fue largo. Él hizo un ademán fatigado y se puso en pie.
—Diré a Stamos que te prepare la Chris-Craft.
—Ya se lo he dicho yo.
—Deberías…
—Sé lo que debería.
Estaban frente a frente, quietos los dos. Adivinándose. Sintió él una punzada de retorcido deseo. Siempre tan absurdo, todo. Tan desesperado y oscuro.
—¿Tiene algo que ver ese español?
Lo miraba serena, con un desprecio infinito.
—No seas ridículo.
—Entiendo… ¿De quién se trata esta vez? ¿Músico, camarero? —señaló un brazo de ella, cubierto por la manga del suéter—. ¿O te vas a limitar a eso?
—Improvisaré.
Si las palabras llevaran hielo, ésa habría congelado el aliento entre ambos. Volvió Lena la espalda, alejándose por el pasillo, y él permaneció quieto, observándola hasta que desapareció de su vista. Después regresó a la biblioteca, tomó asiento y cogió el libro de la mesita de lectura:
Nuestras vidas se parecen a esos edificios viejos, sostenidos por sólo unos arbotantes: no se vienen abajo de golpe, sino que se van derrumbando poco a poco…
Tal vez un día la mataré, pensó fríamente. Quizá cogeré una de esas escopetas con las que disparo a los conejos —la Purdey, por supuesto—, apoyaré con calma el doble cañón en el pecho de ella, y atento a la expresión final de sus ojos —estoy seguro de que no pronunciará una palabra y me sostendrá todo el tiempo la mirada— apretaré los dos gatillos a la vez. Put out the light: apaguemos la luz y apaguemos su luz. Un apropiado quinto acto de la tragedia. Y después de eso, con una pipa humeando en la boca, un libro sobre las rodillas y una copa del mejor coñac en la mano, el último de los Sonderburg-Katelios tendrá tiempo, sin prisas, para reflexionar y ocuparse de sí mismo.
El ruidoso puente Gálata hormigueaba de tranvías, carromatos y automóviles. Saliendo del Gran Bazar, donde había cambiado a buen precio francos franceses por libras turcas, Salvador Loncar descendió a la zona peatonal y anduvo por ella hacia la orilla oriental, junto a las barcazas y caiques amarrados. Soplaba el poyraz: un viento desagradable que solía venir del mar Negro. El día era frío y luminoso, y los chiquillos limpiabotas, casi todos con una colilla en la boca, se alineaban en el lugar más soleado junto a los vendedores de roscas de pan y los puestos de comida, abrillantando zapatos de hombres con sombrero occidental, chaleco, corbata de lazo y americana a la moda. Olía a mejillones hervidos y mazorcas de maíz asadas.
Miró Loncar el reloj y luego se volvió hacia levante, donde el Bósforo se estrechaba por la parte de Usküdar. Había barcos que navegaban lentamente, unos hacia el norte y otros hacia el sur, pero ninguno era el que esperaba. Sin prisa, el agente republicano se detuvo a comprar los diarios franceses e ingleses al jorobado que atendía el kiosco de periódicos y revistas, y siguió camino entre los restos de verduras, frutas y cajas de madera que alfombraban el suelo y flotaban en el agua. Sonaban a intervalos las sirenas de los vaporcitos que iban y venían, y en el contraluz de la parte oriental del puente brillaban las cañas y sedales de los pescadores como una tela de araña entre la claridad del cielo y el agua plateada del canal.
Al llegar a Karaköy, Loncar eligió las mesitas soleadas de un café frente al Bósforo. Pidió un sorbete de granada con un chorro de licor y unos garbanzos tostados a un camarero sucio y sin afeitar, estiró las piernas y estuvo casi una hora leyendo los periódicos. De vez en cuando alzaba la vista hacia el canal y volvía luego a los diarios. Guerra de España aparte, el mundo no era un lago de paz: el Kuomintang chino rechazaba colaborar con los comunistas, Birmania se escindía de la India, Egipto iba a ser admitido en la Sociedad de Naciones, diecisiete manifestantes habían sido asesinados en Puerto Rico por la policía estadounidense. Y en Europa, donde se confirmaban purgas de Stalin en el ejército rojo, Hitler y Mussolini seguían golpeándose el pecho como orangutanes enloquecidos mientras, sin molestarse en guardar las apariencias, sostenían con descaro a Franco y los suyos.
Bebió un poco de sorbete, masticó un par de crujientes garbanzos y se limpió el bigote con el dorso de la mano. Después miró de nuevo el reloj y el cercano tráfico de buques. Uno asomaba ahora al norte del canal. Extrajo del bolsillo unos pequeños gemelos de teatro, chapados en plata, y echó un vistazo. No parecía el que esperaba, así que acabó de leer los periódicos, terminó la bebida y pidió otra al camarero. Un artículo de Le Figaro había llamado su atención y volvió a leerlo. Hablaba de las tensiones en Cataluña entre anarquistas, trotskistas y comunistas; y según el corresponsal que firmaba la crónica no se descartaban nuevos choques violentos en las próximas semanas, atentos los anarquistas a hacer la revolución antes de ganar la guerra y resueltos los comunistas —hombres de Moscú, afirmaba el corresponsal— a ganar la guerra antes de culminar la revolución.
La lectura del artículo arrancó una mueca sarcástica a Loncar, porque ése era el único punto discrepante entre él y sus caseras, las Calafell. Separó la página y se la guardó en un bolsillo para mostrársela a ellas. Los tres habían conversado a menudo sobre eso, en animadas discusiones políticas en torno a la mesa camilla y escuchando la radio. No había modo de convencer a las dos hermanas de que la libertad individual, la demolición del Estado burgués y la arcadia libertaria que anhelaban debían aplazarse para dar prioridad a una lucha antifascista que sólo la organización política y militar del Partido Comunista podía librar con eficacia. La marina republicana, sabía Loncar por experiencia, era prueba de eso: tras el caos de los primeros tiempos, incitado por marineros y suboficiales de filiación anarquista, la paulatina toma de control de la flota por mandos comunistas con asesores soviéticos empezaba a dar resultado.
Otro barco había aparecido con rumbo sur. El agente republicano miró el reloj y encaró de nuevo los gemelos: casco negro, puente central y otro a popa, larga chimenea. Con el francobordo bajo, lo que indicaba una navegación a plena carga. Era, sin duda, un buque cisterna.
Sintió que se le aceleraba el pulso. Todavía se mantuvo en la silla durante un rato mientras el barco se aproximaba; y al fin, cuando estuvo más cerca, se puso en pie y anduvo hasta el muelle, en la orilla misma del canal. Se encontraba ya lo bastante a la vista para, con ayuda de los gemelos, leer su nombre en la proa: Camponegro.
Tomó aire, lo retuvo en los pulmones y acabó por expulsarlo en un prolongado suspiro. Allá iba eso, con todas las consecuencias: el gambito de ajedrez —sacrificar una pieza para obtener ventaja— que el oponente podía aceptar o no. Aquel barco era buen señuelo, un objetivo tentador. Bandera roja, amarilla y morada a popa: tres mil toneladas de gasolina rumbo a la España republicana, con paso obligado por el mar Egeo.
Por un momento imaginó a los hombres que iban a bordo: veintinueve tripulantes, según sus informes, todos españoles. Seguramente la mayor parte de los que se hallaran libres de servicio estaría acodada en la banda de estribor, contemplando la ciudad. Quizás a él mismo, de pie en el muelle, viéndolos pasar hacia el destino feliz o infortunado que los aguardase cuando dejaran atrás el mar de Mármara.
Se metió los gemelos en el bolsillo. Dejando un rastro de humo negro, el petrolero se alejaba ya hacia el sur. A simple vista aún podían verse nombre y matrícula en el espejo de popa.
Confío, pensó antes de irse del muelle, en que ese hijo de puta de Pepe Ordovás haya hecho bien su trabajo. Y que sus jefes fascistas se coman la pieza que les ofrezco.
Era extraño el crepúsculo en aquella isla, consideró Jordán: parecía artificial, ideado por la mano del hombre. El blanco y gris de las rocas resplandecía nítido hasta el último instante en torno a la orilla arenosa y el agua esmeralda de la playa; y sólo al final, cuando el sol estaba a punto de extinguirse, todo adquiría una violenta tonalidad rojiza que duraba unos segundos antes de apagarse con brusquedad, dando paso a una penumbra que desdibujaba las formas hasta que la oscuridad cubría tierra y mar, y las estrellas se adueñaban del cielo.
Sentado a popa de la torpedera, Jordán contemplaba el paisaje, que en ese instante se teñía de la misma intensa claridad bermeja que le enrojecía el rostro y la barba y se reflejaba en sus ojos claros, cuyas pupilas estaban contraídas ante la luz. Abajo, en su estrecho camarote, alejado de la playa y de los hombres que se encontraban en ella, había escrito de nuevo una carta a su mujer. La cuartilla de papel estaba a medias, inacabada, sobre el tablero plegable que hacía las veces de mesa: términos convencionales, fórmulas faltas de convicción y de afecto. Espero que el niño y tú estéis bien, yo lo estoy, etcétera. Todavía tardaremos algún tiempo en volver a vernos. Jordán era poco dado a escribir cartas, ni a su mujer ni a nadie: tres a sus padres desde que había estallado la guerra, cinco a su mujer. Aquélla era la sexta, y quizá no llegara a enviarla nunca.
Reflexionaba respecto a las razones de escribirla; sobre el impulso inicial que se había ido agotando a medida que la pluma estilográfica añadía sobre el papel línea tras línea de frías banalidades. Era obvio que lo sucedido aquel día estaba relacionado con eso, aunque no lograba establecer cuánto y por qué razón exacta: la comida con los Katelios, la mirada perspicaz y reflexiva del barón, el largo paseo en compañía de la mujer. La forma, en fin, con que ésta lo miraba, conversaba y callaba; y también las sensaciones que él había experimentado cuando caminaron uno junto al otro, rozándose de modo accidental y distanciándose de inmediato, como queriendo evitar, o tal vez demorar, presagios de lo que se intuía inevitable.
No era sólo deseo, concluyó Jordán. Llevaba demasiado tiempo sin una mujer y eso podía confundir sus ideas; pero era un marino tranquilo, ecuánime, hecho por oficio a observar el barómetro, la declinación magnética y la desviación de la aguja. Alguien, en fin, capaz de identificar los síntomas. Aunque poco acostumbrado a analizarse a sí mismo, advertía el impulso, el instinto, la necesidad física de aproximarse a esa mujer en particular y no a otra. Deseaba, en fin, indagar en el desconsuelo que Lena Katelios parecía llevar cosido a los pies como una sombra. Adentrarse en su piel y su carne para descifrar allí, como si de una carta marina se tratara, las rayas de la palma de una mano cuya propietaria aseguraba haber estado demasiadas veces en la vida.
Se recordó a sí mismo pasando de la adolescencia a la juventud entre hombres rudos de los que obtuvo una manera específica de afrontar el mar y sus consecuencias. La ambición surgida luego, paulatina, firme, de no ser siempre como ellos; de no envejecer relegado al maloliente castillo de proa de un buque: cambiar las paletadas de carbón, el lampazo de cubierta y las estachas de amarre por la limpia asepsia de un puente de mando, por el resplandor tenue de la bitácora que iluminaba desde abajo el rostro del timonel, la proa del barco vista desde arriba, cortando el agua tranquila o macheteando violentas marejadas. Noches de estudio, lecturas en horas libres de maniobra, exámenes durante las estancias en tierra entre dos embarques, ahorrando cuanto era posible para matricularse en la escuela de náutica de Bilbao. Y tras un tiempo como agregado en un barco de pasaje de la Trasmediterránea, aquella pensión para estudiantes de la calle Somera, junto a la ría, donde durante tres meses preparó el examen de segundo piloto: la patrona viuda, la hija que se ocupaba de la limpieza y el futuro oficial de la marina mercante. Mi hija ha tenido una falta, muchacho, ya sabes a qué me refiero. Confío en que seas un caballero y asumas tus responsabilidades.
La claridad rojiza se extinguió con rapidez y una súbita penumbra agrisó el lugar. Jordán permaneció inmóvil mirando el agua que se oscurecía más allá de las dos puntas rocosas de la ensenada. El hombre que había estado de guardia en la torre en ruinas —uno de los primos Maroun— bajaba hacia la playa: se le veía silueteado contra el cielo cada vez más sombrío, moviéndose por el estrecho sendero de la cortadura. En la calma crepuscular se percibía con nitidez cualquier sonido: más allá del embarcadero, junto a los barracones, las voces de los hombres que se disponían a cenar y la de uno de los contrabandistas de Ioannis Eleonas, que encendía una fogata cantando algo que repetía mucho la palabra palikári, mozo valiente. Era curioso —sonrió Jordán pensando en ello— lo mucho que a los griegos les gustaba ese término. Hasta para dirigirse a un camarero decían oiga, por favor, palikári. Valiente.
Crujieron las tablas del embarcadero. Miró hacia allí y vio acercarse la flaca y desgarbada figura de Bobbie Beaumont junto a la maciza silueta del piloto. Traía el telegrafista un papel en la mano y un cigarrillo en la boca. Subieron a bordo y fueron a sentarse junto a él.
—Hay novedades, comandante —dijo el inglés—. Noticias de los sabios príncipes que nos rigen.
Le pasó el papel, pero ya no había suficiente luz para leerlo.
—Cuéntenmelo —dijo Jordán, guardando el papel en un bolsillo de la camisa.
Fue Eleonas quien habló.
—El objetivo sobre el que nos alertaron ha pasado el Bósforo.
—¿El petrolero?
—Ése, sí… Camponegro, bandera española. Hoy.
—¿A qué hora?
—Sobre las once de la mañana —confirmó Beaumont—. Algo después del canto de la alondra.
Le entregó a Jordán un sobre grueso.
—También revelé las fotografías que me pidió que hiciera —añadió—. Mi barraca no es ideal como cuarto oscuro, pero han quedado potables.
Hizo cálculos mentales Jordán. Habían estudiado las posibles rutas y practicado maniobras de ataque hasta el agotamiento, tanto de día como de noche. Con el depósito lleno de combustible, la Loba se hallaba lista para operar: tenía un torpedo dispuesto en cada tubo lanzador, la dirección de tiro estaba ajustada y había tiempo de sobra para actuar con calma. Se puso en pie y descendió por la escalerilla hasta su camarote, seguido por los dos hombres. Se volvió a mirar al inglés.
—Tire ese cigarrillo.
Obedeció éste. Una vez abajo, Jordán encendió la luz del camarote, metió en un cajón las fotos y la cuartilla a medio escribir, extendió una carta náutica y los otros se acercaron a mirar. En ella, todas las alternativas posibles estaban trazadas a lápiz, desde la salida del mar de Mármara hasta las islas Cícladas.
—La cuestión es acertar con la ruta —comentó mientras seguía los trazos con un dedo.
—Los caiques han zarpado y surcan el mar color de vino —dijo Beaumont—. Recibí sus mensajes casi al mismo tiempo que éste.
Se inclinaban los tres sobre la carta y Beaumont se había subido las gafas a la frente para ver mejor de cerca. Eleonas no necesitaba fijarse mucho: tenía todas aquellas aguas e islas en la cabeza.
—Trescientas millas hasta el estrecho de Kafireas —comentó—. Si ésa es la ruta que eligen.
Asentía Jordán.