La isla de la mujer dormida
6. Gambito de petrolero
Página 14 de 31
—Veinte más si pasan a levante de Tinos.
—¿Conocemos la velocidad del petrolero?
Indicó Jordán el Replinger Merchant Shipping, registro de buques que estaba en un estante del camarote con los derroteros y manuales técnicos.
—Es un barco viejo. Sólo puede navegar a un máximo de diez o doce nudos, y por eso no lo hará todo el tiempo, forzando máquinas en un viaje largo… Siete u ocho sería lo normal.
—Entre treinta y cuarenta y tres horas de navegación —calculó Eleonas.
—Más o menos —Jordán golpeaba con un dedo tres puntos de la carta—. Lo que significa que mañana a mediodía puede estar aquí; y al atardecer, aquí o aquí.
—La ruta más corta es el estrecho de Kafireas —opinó el griego.
—Es la más probable. Si viene despacio y elige ese paso, llegará mañana durante la noche o al amanecer del día siguiente; así que podemos salir a su encuentro por la tarde. Cuatro o cinco horas de margen bastarán para explorar la zona y situarnos.
—¿Serán capaces de localizarlo nuestros caiques? —preguntó Beaumont.
—Más nos vale; y si no se distrae usted, será el primero en saberlo. De no ser así, a ciegas y tal vez de noche, en este laberinto de islas será buscar una aguja en un pajar —sonrió forzado, alentador—. Ahí confío en el ojo marinero de nuestro piloto.
Movió la cabeza Eleonas, insensible al elogio. Rascándose la barba.
—Haré cuanto pueda, kapetánie.
Jordán miraba a Beaumont.
—Hasta que salgamos, permanezca pendiente del telégrafo. Y asegúrese de que en el mar funcionen perfectamente las comunicaciones.
—La pértiga de la antena da buen resultado —repuso el inglés—. Mejora la recepción.
—Mejor así, porque no podemos permitirnos otro fracaso como el del Stary Bolshevik —se volvió Jordán hacia Eleonas—. Diga a los hombres que tendremos reunión mañana temprano, y que esta noche procuren descansar.
—Ah, sí, maravilloso —intervino Beaumont—. Incluso la mujer del cocinero podrá entregarse al dulce sueño, tras laboriosas noches en vela —alzó la mano para brindar con una copa imaginaria—. Hechicémonos con la grata somnolencia antes de que el carro celestial, etcétera. Y suene la trompeta para montar a caballo.
Se miraron Jordán y el piloto con fatigada resignación. Estaban acostumbrados a las maneras del inglés.
—Los hombres se alegrarán —opinó Eleonas—. Demasiada inacción en los últimos días. Sólo maniobras y maniobras, así que irá bien una cacería de verdad —descubría los dientes risueño, con mueca depredadora de viejo contrabandista—. Les gustará cobrar una verdadera presa en el mar, como Dios manda.
—Amén —dijo Beaumont—. Y mil veces amén.