La isla de la mujer dormida
7. Hermanos del mar
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7. Hermanos del mar
Había un poco de luna, algo menos del cuarto creciente: la sonrisa del gato de Cheshire, dijo Bobbie Beaumont cuando miró arriba, al subir con el último mensaje del caique que nueve horas antes había localizado el objetivo. Comentó lo del gato y volvió a desaparecer bajo cubierta mientras Ioannis Eleonas se llevaba los prismáticos a la cara para escrutar la noche y Jordán daba el nuevo rumbo al timonel. A media máquina, sigilosa en la oscuridad que cubría el mar bajo un cielo salpicado de estrellas, la Loba puso rumbo oeste-noroeste.
El puente de ataque de la torpedera, descubierto sobre la caseta de gobierno, estaba mojado por el relente nocturno. Hacía frío. Faltaban tres horas para el amanecer y la humedad penetraba hasta el cuerpo de Jordán a través del chaquetón marino, el jersey que llevaba debajo y la toalla puesta en torno al cuello y el pecho. No había apenas viento, sólo un par de nudos más del aparente que suscitaba el movimiento de la lancha; pero una molesta marejada zarandeaba la embarcación. Todo a bordo se mantenía apagado —prohibición absoluta de encender cualquier luz o fumar— y a veces, en algún bandazo más violento que otros, se oían contenidas maldiciones en la oscuridad. Los torpedistas y uno de los Maroun estaban sentados junto al cañón Oerlikon, quietos entre las sombras, y el otro primo arriba, en la pequeña cofa sobre el puente.
—Nada todavía, kapetánie —dijo Eleonas pasándole los Zeiss a Jordán.
—Ya debería estar ahí.
—Pues no está.
Alzó Jordán el rostro.
—¿Algo, serviola?
—Nada, comandante —sonó arriba la voz—. Sólo la farola de Kafireas.
Llevaban siete horas cubriendo un arco de veinte millas al norte de la isla de Andros, sin perder de vista los destellos lejanos del faro. El Karisia, el caique explorador destacado más al norte, había localizado al petrolero un poco antes de la puesta de sol, señalándoles por radiotelegrafía posición aproximada, dirección y velocidad: rumbo doscientos siete grados, siete nudos. Eso significaba que se dirigía al estrecho por la ruta más corta y que se proponía cruzarlo antes de que amaneciera.
—Lo normal es que traiga las luces de posición encendidas —dijo Jordán.
—Puede que sí y puede que no —repuso Eleonas—. Quizá su capitán sea un hombre prudente.
Lo pensó despacio Jordán. En ese momento su cabeza era una geometría de combinaciones sobre una carta náutica: líneas, ángulos, latitud, longitud, rumbos y horarios. Miraba por los prismáticos, pero sólo vio oscuridad.
—Vamos hacia la costa, piloto. A ver si lo que hay de luna nos ayuda.
Dio Eleonas nuevas instrucciones por el tubo acústico y la torpedera varió el rumbo a babor, aumentando la velocidad. Algunos machetazos de la proa en la marejada arrojaron salpicaduras sobre el puente, haciendo agacharse al piloto y a Jordán. Secó éste con la toalla las gotas de agua salada que le mojaban la barba y se encajó más la gorra para evitar que el viento se la llevara.
—¡Verde y blanca por el través de estribor! —gritó el serviola.
Dirigió de inmediato Jordán los prismáticos hacia la derecha, y en la oscilación impuesta a la doble lente por el balanceo pudo distinguir, todavía lejanas, lo señalado por el serviola: dos luces blancas muy juntas, la de delante más baja que la de atrás, y una verde indicando que el buque avistado les daba su banda derecha. Eso significaba que iba directo al estrecho de Kafireas y, según la referencia del faro, estaba a unas quince millas de su parte más angosta.
—¿Es el petrolero? —preguntó Eleonas.
—Lo parece… Eche un vistazo —Jordán le pasó los prismáticos y miró arriba—. ¡Serviola!
—¡Sí, comandante!
—Baje de ahí.
—Ahora mismo, señor.
—Podría ser el Camponegro —dijo el piloto tras un momento—. Pero también puede ser otro.
—Busquemos el contraluz para ver la silueta.
Dieron las órdenes oportunas y maniobró la torpedera. Por un instante se perfiló, recortada en un destello del faro, la sombra del cañón de 20 mm.
Recuperó Jordán los prismáticos.
—Ahí va bien, piloto.
—¡Caña a la vía! —ordenó Eleonas por el tubo acústico.
Estudiaba Jordán la silueta del barco en el contraluz que, situada ahora la Loba en posición más favorable, formaba la escasa luna con el rielar en la marejada: negra, larga, con una estructura en mitad del casco y una alta chimenea en la otra, a popa. La obra muerta parecía baja, lo que indicaba plena carga. Era un buque cisterna, desde luego. Era el Camponegro.
—Lo tenemos… ¡Beaumont!
Se oyó la voz del radiotelegrafista.
—¡Diga, comandante!
—Emita Oscar-Bravo-Bravo, nos disponemos a atacar —se volvió a Eleonas—. Ordene zafarrancho, piloto.
Emitió el griego un gruñido satisfecho y dio el toque de silbato. Jordán había retirado la funda de lona encerada de la dirección de tiro y pegaba los ojos al binocular. Esta vez, se dijo, no podía fallar. Después de ajustado el instrumento habían repetido la maniobra infinidad de veces usando el Karisia y el otro caique explorador como objetivos simulados. Pero era necesario actuar con mucha calma, sin dejar cabos sueltos. No esta vez.
—Rumbo paralelo. Vamos a seguirlo para calcular su velocidad.
Se inclinó sobre la alidada, tomó la marcación del petrolero, al cabo de dos minutos volvió a tomarla y lo hizo por tercera vez dos minutos después, comprobando que se mantenía constante. Y en cada ocasión, Eleonas, en contacto con la caseta de gobierno, confirmó siete nudos de velocidad. Entonces Jordán introdujo los datos en la dirección de tiro.
—Atacaremos algo a proa del través, a unos sesenta grados de su rumbo —retiró un momento los ojos del binocular y miró de nuevo—. A quinientos metros.
Esperó hasta que la maniobra estuvo ultimada para ordenar a Zinger que abriese el portillo del tubo de babor y destrincara el torpedo. La silueta del petrolero seguía enmarcada en el débil contraluz.
—Vamos a por él, piloto. Motores a mil cien revoluciones.
Rugieron los diésel y la torpedera tomó impulso a veinte nudos, alzando más la proa. Los dos hombres se agarraron a la brazola de acero del puente. El viento llegaba ahora más húmedo y frío, y las salpicaduras se convirtieron en rociones de agua.
—Rumbo cero-nueve-cero… Así como va. Aguante ahí.
Pegados los ojos a los protectores de caucho del binocular, que lo incomodaban en cada pantocazo sobre la marejada, procuró Jordán mantener la retícula del visor en la silueta del petrolero, cada vez más próxima. En ese momento no pensaba en nada ajeno a lo inmediato; sus sentidos seguían concentrados en situar torpedera y objetivo en la relación correcta, con la tensa ansiedad de la caza. Era un marino absorto en un problema profesional: rumbo, velocidad, distancia, ángulo de ataque; eso era todo. Nada tenía que ver con simpatías o antipatías, con ideas políticas, con impulsos bélicos o patrióticos, con rojos o nacionales. Una fría resolución técnica era cuanto importaba ahora: que el rumbo de los torpedos, cuando se lanzaran e hiciesen su recorrido, se encontrara con el de la presa en el lugar y tiempo exactos. Cuestión de éxito o de fracaso. Y respecto a la tripulación, los seres humanos que pudiera haber a bordo del Camponegro quedaban fuera de la ecuación. Habría tiempo para pensar en eso. Aunque ojalá no.
—Cinco a babor, piloto.
—Cinco a babor.
—Así, a la vía.
—A la vía.
—Modere a doce nudos, novecientas.
—Doce nudos.
—¡Zinger!
Por encima del ruido de motores llegó la voz del torpedista holandés, agazapado con su ayudante tras el tubo de babor. Sonaba animado y casi gozoso, disfrutando.
—¡Listo, comandante!
Sin despegar los ojos de la RZA alzó Jordán la mano izquierda, que nadie podía ver en la oscuridad. El petrolero ocupaba la casi totalidad de la mira óptica. Quinientos metros justos. Bajó la mano.
—¡Fuego, dos!
Ruido de succión, estampido sordo. Por la amura de babor se deslizó al mar la forma alargada y oscura del torpedo; y la lancha, desequilibrada de peso, dio una guiñada a estribor. Ordenó Eleonas meter toda la caña a la banda contraria y la Loba describió tres cuartos de círculo macheteando la marejada para situarse en rumbo paralelo al del mercante. Jordán había apartado los ojos del binocular de la dirección de tiro, y empuñando los prismáticos los dirigía al Camponegro, aún silueteado en el suave contraluz lunar. En la oscuridad era imposible ver la estela del torpedo o consultar el reloj de pulsera, así que contó mentalmente los segundos. Medio minuto desde el disparo hasta el impacto.
—¡Zeemu! —exclamó Eleonas.
Dios mío, significaba eso. La misma expresión de asombro rozó los labios de Jordán cuando entre el través y la popa del petrolero surgió primero un fogonazo breve, casi imperceptible, y luego una columna de espuma oscura más alta que la chimenea. Ocurrió en silencio, sin otro sonido que el de los motores de la lancha; y el estampido, un retumbar seco amortiguado por la distancia, llegó después. Para entonces, del costado herido de la nave había brotado ya una llamarada roja, amarilla y negra que se retorció sobre sí misma salpicando de reflejos el agua entre el barco alcanzado y la torpedera.
Se habían detenido a media milla y la Loba se balanceaba en la marejada. Los hombres de abajo subieron a contemplar el espectáculo; observaban impresionados y silenciosos cómo el incendio se corría con rapidez de popa a proa del barco moribundo. El hongo de fuego era cada vez mayor y más violento, igual que cuando en una caja de fósforos se prendían todos a la vez. Su resplandor llegaba hasta la lancha, iluminando en rojo los rostros graves de los que miraban.
—Pobres diablos —dijo alguien.
Así que era eso, concluyó Jordán, hipnotizado por la visión. Era así, y no de otra forma. Tres mil toneladas de gasolina a las que doscientos cincuenta kilos de trilita enviados a una velocidad de cuarenta nudos acababan de prender fuego. Fue entonces cuando pensó —y era la primera vez— en los que iban a bordo del Camponegro. La idea penetró en su cerebro de modo repentino, con la contundencia física de un golpe, haciéndolo estremecer. En aquel barco había marinos mercantes, como él había sido durante los últimos veinte años. Ignoraba cuántos, pero parecía imposible que alguno pudiera sobrevivir entre semejantes llamaradas.
Se volvió hacia Bobbie Beaumont. El telegrafista había subido al puente y miraba el incendio sin decir palabra.
—¿Alguna comunicación del petrolero?… ¿Llamadas de socorro?
Movió el inglés la cabeza. El fuego lejano se reflejaba en los cristales de sus gafas.
—Nada, comandante. Nada en absoluto. Supongo que no han tenido tiempo.
Lo pensó Jordán un momento.
—Baje y emita un SOS —dijo al fin—. Tenemos incendio a bordo, hundiéndonos diez millas al este del cabo Kafireas… Añada su señal distintiva, para que parezca que la llamada procede del propio petrolero.
—Entendido.
Desapareció Beaumont. Fue Ioannis Eleonas quien hizo la pregunta obvia entre hombres de mar.
—¿Vamos a buscar supervivientes, kapetánie?
Apoyó Jordán las manos en la brazola sin apartar los ojos del barco en llamas. Tenía la impresión de que la escena quedaría impresa en ellos para siempre. Sus dedos crispados apretaban el acero húmedo. Sintió la boca áspera y amarga.
—No, piloto… Regresamos a la isla.
Pantelis Katelios había desayunado en su habitación. Solía hacerlo así en los últimos tiempos, ya que Lena se levantaba cada vez más tarde y a él no le gustaba bajar al comedor sin otra compañía que la sirvienta, pan tostado con aceite y una jarra de café. Dejó la bandeja a un lado, en la mesita, y se puso en pie. Aún estaba en pijama, sin afeitar, con el viejo cárdigan de lana gris por encima, y calzaba babuchas turcas de cuero. Al mirar por la ventana comprobó, más allá de los árboles, que el viento había refrescado durante la noche y venía del norte, rizando en el mar borreguillos de espuma blanca. El día, sin embargo, era luminoso y claro.
Rellenó con parsimonia la primera pipa y se la puso entre los dientes sin encenderla. Le gustaba el aroma del tabaco fresco —una mezcla inglesa que se hacía traer de Atenas— bien apretado en la madera de brezo antes de aplicar una llama y convertirlo en humo. A menudo disfrutaba más con la perspectiva de fumar que con el hecho mismo, y ése era un rasgo esencial de su carácter: lo por venir, lo anunciado, más estimulante que la culminación. Cada expectativa era una promesa, pero cada hecho solía terminar decepcionando. A juicio del propio Katelios, aquello podía considerarse una constante inmutable. Y también una apropiada sinopsis de su vida.
Continuó contemplando el paisaje. Desde la ventana distinguía los colores grises y azulados de la isla de Kea, doce millas a poniente; y a más distancia, al norte, el alto perfil montañoso de la de Andros. Súbitamente algo llamó su atención. Había una pequeña embarcación que se movía hacia el sudeste dejando una estela blanca y recta. La siguió con la vista: navegaba rápida y sin duda era una lancha. Por su rumbo parecía dirigirse al norte de Gynaíka, en demanda del lado oriental de la isla, y eso le hizo pensar en la torpedera. Era posible que volviera de una misión tras pasar la noche en los estrechos. El regreso del cazador, concluyó irónico. Tal vez aquel raro español de madre griega traía una presa cobrada. O quizá venía con el zurrón vacío. No siempre el conejo se lo ponía fácil a la escopeta.
Todavía con la pipa sin encender, el barón pasó a la habitación contigua, de paredes cubiertas con frescos roídos por el tiempo y la humedad donde aún era reconocible Ulises, arco en mano, exterminando a flechazos a los pretendientes de su esposa. Había allí una otomana de forro ajado, un par de sillones, una mesa con un quinqué veneciano y una estantería con volúmenes en desorden: álbumes de fotografías, revistas encuadernadas, novelitas de Phillips Oppenheim. Cruzó hasta la otra puerta y se detuvo ante ella tras golpear ligeramente con los nudillos. No obtuvo respuesta, así que abrió con cuidado y entró en la habitación.
Olía a colillas de cigarrillos y carne tibia de mujer dormida. Las cortinas estaban echadas y en la penumbra se distinguía el bulto de Lena en la cama. Respiraba con suavidad, lenta, pausada, y Katelios estuvo escuchándola con furtiva cautela antes de ir a la ventana y descorrer un poco las cortinas, lo suficiente para que una rendija de claridad iluminase el lecho. Después se sentó en un taburete a mirar. Dormía ella boca abajo, desnuda como acostumbraba incluso en invierno: sábana y manta quedaban por debajo de la cintura, descubriendo desde el arranque de las caderas hasta la nuca vulnerable y el cabello cortado a lo masculino, medio rostro hundido en la almohada y el otro medio casi inexpresivo, sólo algo fruncida la frente como si durante el sueño algún recelo la mantuviese tensa.
Una mujer así, pensó Katelios una vez más, sólo podía ser resultado de una época, ya concluida, de la más alta civilización europea. Aquel siglo de nubarrones oscuros que nublaban el mundo no volvería a producir ejemplares como ella; ninguno de una perfección semejante. Y resultaba asombroso. Los quince años transcurridos desde el primer encuentro en París —la escalera del bar privado del número 7 de la rue Saint-Florentin— apenas habían alterado la belleza del cuerpo ahora semidesnudo e inmóvil. Al contrario: afirmaban una cualidad densa, excitantemente turbia, de la que al principio ella careció, o parecía carecer. Pies de puta turca, recordó. Le había gustado que le hablara de eso, que la tratara así. Dime que lo soy, por favor. Susúrramelo al oído, tan cerca, mientras yo, etcétera. Dime de nuevo que soy tu trofeo elegante, condúceme sin miramientos al lugar oscuro que hay en mi corazón y mi cabeza. De ese modo, en aquel tiempo remoto habían alcanzado juntos la perfección: la más extrema complicidad física e intelectual posible entre un hombre y una mujer. Pero el estado ideal tenía fecha de caducidad; la vida terminaba siempre por imponer sus propias reglas. Lena había dejado de amarlo justo cuando él empezaba a amarla a ella; todo acabó yendo demasiado rápido y demasiado lejos, hasta un lugar donde Katelios ya no pudo seguirla: un paraje desolado por el que acabó internándose sola, ahora amarga, resabiada, desdeñosa, sin mirar atrás, armada con el frío rencor del que sólo eran capaces ciertas mujeres singulares cuando sufrían. O cuando consideraban, ebrias de infelicidad y según extrañas fórmulas sólo por ellas conocidas, que había llegado la hora de sufrir.
La vio abrir los ojos, frotar somnolienta la cara en la almohada y mirarlo. Aún boca abajo, inmóvil y en silencio, durante un largo momento. Después se volvió un poco sobre el costado, apoyándose en un codo, y alzó ligeramente la cabeza.
—¿Qué haces ahí?
—Te observo.
—Ya veo que me observas… ¿Qué haces ahí?
No respondió a eso. Sonreía cortés, con aire distraído. Metió una mano en un bolsillo, sacó una caja de fósforos y encendió la pipa. El humo aromático ambientó la habitación.
—No me gusta que me mires cuando duermo —dijo ella tras un momento—. Estar dormida se parece a estar muerta… Tampoco querré que nadie me mire cuando esté muerta.
No dijo él nada. Se limitó a asentir mientras daba chupadas a la pipa. Ella se incorporó un poco más. Mostraba sus pechos desnudos: pequeños, firmes a causa del tamaño, proporcionados al cuerpo todavía esbelto, de líneas prolongadas. El rostro y los brazos apenas más dorados por el sol que el resto de la piel.
—He visto pasar la lancha —dijo él, por fin.
—¿Qué lancha?
—La de los hombres del otro lado de la isla —chupó de nuevo la pipa—. Me pregunto si habrán atacado a alguien.
Lo miraba inexpresiva, con ojos vacíos. Tardó en hablar.
—No es asunto nuestro.
—Oh, por supuesto que no lo es… No demasiado, en realidad.
Se puso Lena en pie, desperezando su tranquila desnudez. Después se acercó a la ventana, descorrió del todo las cortinas y un caudal de claridad inundó su torso, haciéndola entornar los ojos y deslumbrando a Katelios. Cuando las pupilas de éste se adaptaron a la luz, contempló el cuerpo que se mostraba con naturalidad, sin pudor alguno. Ella seguía inmóvil junto a la ventana, indiferente a su mirada, y él se acordó de cuando la había visto así, quieta, descalza sobre la alfombra del apartamento de la rue Rivoli cuyo alquiler costaba una fortuna al año, y que Katelios sólo utilizaba cuando iba a París para hacerse unos trajes en Samuelson & Son o unos zapatos a medida en Dauxois. Aquella tarde parisién la vio al fin desnuda —habían comido en Le Grand Véfour—, después de que ella misma liberase los tirantes del vestido, dejándolo caer a sus pies para mostrar, como si se tratase de la conclusión de una fórmula matemática, que no llevaba nada debajo. Y por primera vez en su vida él se había quedado paralizado, incluso físicamente —tardó casi una hora en reaccionar de forma adecuada—, menos por la espléndida visión de aquel cuerpo que por la impudicia natural con que ella lo desvelaba para él.
Con idéntica soltura dio ahora Lena media vuelta y se dirigió al pequeño cuarto de baño, donde entró sin cerrar la puerta a su espalda. Había dentro un inodoro de porcelana, un bidé y un lavabo, y la vio sentarse en la taza del inodoro con la misma naturalidad que si se encontrara sola. Y desde allí, mientras orinaba con las piernas ligeramente abiertas, dirigir una mirada indiferente al marido que la observaba desde el taburete cerca de la ventana, la pipa en la boca, velando a intervalos con bocanadas de humo la escena que se desarrollaba ante él. No era la primera vez que ocurría, aunque ahora las circunstancias fueran distintas. En otras ocasiones, mucho tiempo atrás —semejante a siglos, pues así percibía Katelios el tiempo transcurrido—, él se había acercado muchas veces para meterse entre los muslos mojados y clavarse hondo en el interior húmedo y cálido. Buscando penetrar, más que el cuerpo que entonces sin reservas se le ofrecía, los misterios oscuros de la cabeza de aquella mujer.
Cuando Lena se puso en pie, una gota le corrió por la cara interior de un muslo, hasta la rodilla. Sin secarse, con la naturalidad de antes, fue hasta la percha situada junto a la cama, en busca del kimono de seda. Después cogió el paquete de Raleigh que estaba sobre la mesita de noche junto a una novela de Gabriele d'Annunzio que nunca terminaba de leer y se colgó un cigarrillo en la boca. Fue entonces cuando Katelios salió de su inmovilidad. Se puso en pie, fue hasta ella, y rascando un fósforo se lo encendió. Dejándolo hacer, Lena lo miraba pensativa entre las primeras volutas de humo.
—Creo que iré a Syros —dijo de pronto.
Katelios mantuvo la calma. Agitó en el aire la cerilla para apagarla y la dejó en el cenicero, sobre las colillas.
—¿Irás hoy? —se limitó a preguntar.
—No sé… Hoy, quizá mañana. Depende.
—¿De qué?
La vio contemplar la brasa del cigarrillo como si buscase ahí una respuesta adecuada. Tras un momento entornó los párpados mientras movía un poco la cabeza, afirmativa, respondiendo a una pregunta misteriosa que parecía formulada en su interior.
—Puede que invite a ese español a acompañarme, si sus obligaciones se lo permiten —ahora lo miraba con gelidez átona, perfecta—. ¿Crees que aceptará?
Se quitó Katelios despacio la pipa de la boca. Había hombres —pocos, pero había— capaces de sonreír así cuando los llevaban al cadalso.
—Estará loco —respondió, suavemente educado— si no lo hace.
Los primeros rayos de sol enrojecían el Cuerno de Oro y el atardecer lo volvía dorado. A Salvador Loncar le gustaba comprobarlo, en aquella ciudad cuya peculiar topografía suscitaba un permanente cambio de colores, matices y sombras, hasta el punto de que parecía imposible estar diez minutos bajo la misma luz. Estambul, pensó, debía de ser una pesadilla para cualquier pintor de paisajes.
—Hace frío —dijo Antón Soliónov.
Había amanecido hacía una hora y el sol todavía estaba a poca altura sobre la orilla asiática del Bósforo. El agua surcada por el vaporcito que iba y venía del puente Gálata a Eyüp era de color rojizo. Había gaviotas planeando en el contraluz sobre los pequeños pesqueros y los caiques cargados de mercancías que navegaban despacio por todas partes.
—Un frío asquerosamente capitalista —añadió el ruso, bromeando.
Interpuesto entre Loncar y la ciudad, el representante de Sovietflot tenía media cabeza hundida en el cuello de astracán del abrigo y el sombrero calado hasta las hirsutas y rubias cejas. A su lado, metidas las manos en los bolsillos de la trinchera y con una bufanda al cuello, Loncar le rió el mal chiste. Los dos estaban hombro con hombro, sentados en el último banco de madera a popa, después de que el agente republicano recibiera una llamada telefónica citándolo a bordo de la embarcación. El ruso había venido desde Eyüp para encontrarse con él sin bajar a tierra, y ahora éste lo acompañaba en el viaje de vuelta. Una cita discreta, pues a esa hora apenas había pasajeros.
—Imagino —dijo Soliónov— que está informado.
—Si se refiere al barco hundido ayer, lo estoy. La embajada de Atenas se ocupa del asunto. Sigo en contacto con ellos y con mi ministerio de Marina.
—¿Hubo supervivientes?
—Dos.
—¿De cuántos?
Se pasaba Loncar, sombrío, una uña por el bigote.
—De veintinueve… Los demás se dan por desaparecidos —hizo otra pausa breve—. Achicharrados vivos.
Movió el ruso los poderosos hombros, incómodo. Y no era el frío.
—¿Quién los atacó?
—Fueron torpedeados. No por un submarino, sino por una embarcación de superficie. Oyeron los motores acercándose y creyeron verla a pesar de la oscuridad.
—Eso coincide con lo que contaron los del Stary Bolshevik.
—Sí.
—Sólo hay una explicación —Soliónov chasqueó la lengua—. Torpederas italianas.
—A eso huele.
—Resulta extraño que se arriesguen tan lejos, pero parece evidente, ¿no cree?… Seguramente operan desde un buque nodriza.
Hizo el español un ademán dubitativo.
—No tenemos constancia de ninguno en la zona.
—¿Una base clandestina?
—Es una posibilidad —concedió Loncar—. Pero los griegos…
—El gobierno griego es un gobierno fascista. No nos sorprende que miren hacia otro lado. En cuanto a las islas, convendría…
—Hay cientos de islas donde pueden esconderse. Es buscar una aguja en un pajar.
Asentía el ruso con una sonrisa estoica, perdida la mirada en la orilla más próxima, donde los pilotes de las viejas casas de madera hundían en el agua sus leños podridos, tan diferentes de los palacios blancos y minaretes de la margen opuesta. Loncar estudió el gesto de su interlocutor. Antón Soliónov había sido un hombre peligroso, y aún lo era. Sus ojos claros muy eslavos, de equívoca apariencia, habían visto cosas que al agente republicano no le gustaría ver.
—Confiamos en que ustedes no interrumpan sus envíos —dijo Loncar.
Alzó ambas manos el otro, convincente. O buscando convencer.
—Me comuniqué con mis superiores, y no parece su intención.
—Eso me tranquiliza.
—No es la primera vez que nos interceptan un Igrek, ni por desgracia será la última. La República española necesita la ayuda soviética y la seguirá teniendo. Material militar aparte, hay dispuestos cargamentos de trigo en los puertos del mar Negro y en Bulgaria —su expresión se tornó seria—. El camarada Stalin sigue personalmente interesado en eso.
—¿Cuándo saldrá el próximo?
—El Y-22 y el Y-23 están listos en los muelles de Odesa y Sebastopol.
—¿Sigue siendo el Tchapaiev?
—Sí, es el primero que se hará a la mar: carros de combate, artillería de campaña y una veintena de especialistas soviéticos. Lo seguirá el Nikolái Chernyshevski.
—¿Van a escoltarlos?
—Un cazatorpederos los acompañará hasta que dejen atrás los Dardanelos, pero no podemos ir más lejos… Y la escuadra de ustedes —añadió con estudiada cortesía— nunca se arriesga a este lado del canal de Sicilia. El mar Egeo sigue siendo una zona vulnerable.
—Trescientas millas de aguas e islas —confirmó Loncar.
—O más, si consideramos desde Creta hasta Malta.
—¿Y qué dicen ingleses y franceses?
—Empiezan a preocuparse, aunque no pueden hacer gran cosa: sólo garantizar con sus barcos de guerra que no se hostigue a quienes lleven su pabellón o sean neutrales. No son los policías del Mediterráneo.
Lo último lo dijo en tono apagado y triste, cual si lo lamentara. Se caló a fondo el sombrero, hundió aún más la cabeza en el cuello del abrigo y miró el paisaje. Estaban llegando a la próxima escala del vaporcito y ya podían verse las alturas de Eyüp, con sus largos cipreses entre las estelas blancas de los cementerios. Tras un breve silencio, el ruso habló de nuevo. Su departamento, dijo, mantenía contacto permanente con Nikolái Kuznetsov, el principal consejero naval soviético en España. Y coincidían con el gobierno republicano en que era imprescindible encontrar soluciones: rutas alternativas que hicieran más difícil la localización de los barcos procedentes del mar Negro, cambios de nombre, falsos movimientos en los puertos para despistar al espionaje fascista y medidas defensivas en los propios barcos.
—¿De qué clase? —se interesó Loncar.
—En la guerra, el elemento básico para cualquier victoria es la sorpresa. ¿Está de acuerdo?
—Naturalmente.
—Vamos a usar banderas falsas. Y también, tanto en el Tchapaiev como en el Chernyshevski, un cañón naval de 76 mm. De ahora en adelante, en cada buque soviético la tripulación será reforzada con cinco artilleros de marina. Ustedes deberían hacer lo mismo en los suyos.
—Estamos en ello.
El vaporcito ya se encontraba junto al muelle y los amarradores dirigían los cabos a tierra, donde aguardaban los habituales campesinos cargados con bultos y animales en jaulas, dispuestos a embarcar. Indiferente a todo eso, Soliónov miró a Loncar con fijeza. Su rostro se había vaciado de expresión.
—Podemos permitirnos perder barcos —comentó grave—. Eso estaba previsto desde el principio. Pero perder muchos sería demasiado, incluso para un país generoso como la Unión Soviética. Y más en aguas griegas, tan lejos del verdadero escenario de la guerra. A ustedes corresponde identificar la amenaza y neutralizarla. Confío en que sus superiores comprendan la gravedad de la situación.
—Eso espero yo también. Aunque no siempre es fácil hacérselo entender.
—Sé a qué se refiere… Un despacho no es lugar apropiado para interpretar el mundo. Por eso conviene, periódicamente, abrir las ventanas y pasar la escoba por ellos —hizo una pausa significativa—. Y a ser posible, hacerlo antes de que desde allí nos barran a nosotros. Buscar responsables ajenos de los errores propios es una lamentable práctica habitual.
La embarcación estaba abarloada al muelle y los escasos pasajeros bajaban a tierra. Se puso Loncar en pie aunque iba a regresar a Estambul en el viaje de vuelta, pero el ruso no abandonó su asiento: se miraba melancólico las manos, que descansaban sobre los faldones del abrigo que le cubrían los muslos, y al fin alzó la vista hasta el agente republicano para observarlo con una atención tan fría que estremeció a éste. A quien de verdad te conoce o te comprende, pensó incómodo, lo acabas temiendo. Y nadie más temible que quien necesita sobrevivir.
—¿Tiene alguna idea? —inquirió Soliónov—. ¿Algo que yo pueda comunicar a mis superiores para tranquilizarlos?
Tardó Loncar en responder.
—Alguna idea tengo, pero necesito madurarla un poco.
—¿No puede adelantarme en qué se basa? —sonreía súbitamente el ruso, persuasivo—. En realidad, un buen secreto no es algo que nadie sabe, sino de lo que nadie habla.
—Se basa en que casi siempre sólo vemos lo que estamos preparados para ver.
Permaneció un momento en silencio el otro. Parecía evaluar esa respuesta. Al cabo se puso en pie.
—Me gusta hablar con usted, camarada. Es un hombre de temperamento tranquilo, y yo siempre admiro eso. El mundo iría mejor si hubiera más gente tranquila como usted y como yo… ¿Está de acuerdo?
—Podría estarlo.
Soliónov parpadeó dos veces. Después de hacerlo, su sonrisa se había vuelto ligera y vacía. Menos amable.
—Bien, muy bien —dijo lentamente—. En cuanto a esa idea que debe madurar, no se demore demasiado… La paciencia del camarada Stalin es mucha, pero no infinita.
Miró Jordán el cielo pálido, de un azul muy claro sobre los bordes rocosos que circundaban la playa. El aire era tibio y transparente, y el agua estaba tan quieta que parecía un semicírculo de cristal; pero él no sentía la misma paz en su interior. Seguía furioso consigo mismo, pues un momento antes había estado a punto de perder los estribos con Jan Zinger, aunque tenía plena conciencia de que en realidad el holandés sólo era un pretexto: la válvula de seguridad por la que escapaba algo más complejo, más oscuro, hecho de cólera y remordimiento.
El incidente con el torpedista había tenido un motivo banal. Tras el éxito del Camponegro, Jordán permitió relajar algo la disciplina: una pequeña celebración para recompensar el trabajo bien hecho. Por eso había ordenado al cocinero y su mujer una comida especial —psária plakí con salsa de zanahorias seguido por un buen estofado de cordero—, y sacado de su arcón personal tres botellas de ouzo de buena calidad y dos de Metaxá que guardaba bajo llave. Los hombres lo habían festejado en regla, primero con el retsina habitual de las comidas y luego con el licor y el coñac. Casi todos se habían comportado con moderación, pero Zinger —Jordán se reprochaba no haberlo previsto— había ido un poco más allá. Cuando Cenobia, la mujer del cocinero, recogía los platos, aquél la había manoseado con mucha desvergüenza. Eso dio lugar a un par de bromas groseras por parte de sus compañeros, a la ojeada incómoda que Ioannis Eleonas dirigió a Jordán y a que éste llamara la atención al holandés.
—Compórtese —se había limitado a decir.
Todo pudo quedar ahí, pero el alcohol enturbiaba la mirada de Zinger algo más de lo razonable. Y el rumiado rencor le subió a la boca.
—Ella está aquí para eso —dijo con insolencia.
Era cierto, o lo era en parte, y el comentario suscitó sonrisas procaces en torno a la mesa; pero Jordán sabía que bajo ningún concepto podía tolerar ni el tono ni las sonrisas. No tanto por Zinger, sino por el resto de la tripulación. Con hombres como aquéllos, la menor grieta podía convertirse en peligrosa vía de agua. Y quedaba mucho trabajo por hacer.
Se puso en pie despacio, sin precipitarse.
—Salga —ordenó.
Los ojos turbios parecieron aclararse un instante. Tal vez el holandés no estaba tan borracho como aparentaba.
—¿Perdón?
—Que salga —con un movimiento de cabeza señaló la puerta del barracón—. Afuera, ahora.
Se había hecho un silencio absoluto. El torpedista vaciló un momento, miró en torno y se puso en pie al fin, con desgana. Después se dirigió a la puerta y Jordán fue tras él. Lo alcanzó unos pasos más allá, y Zinger se volvió a mirarlo entre los párpados entornados por el deslumbre del sol. Jordán se alegró de haber hecho caso al consejo de Bobbie Beaumont y no llevar nunca encima el revólver. Era mucho mejor así.
—Si vuelve a hablarme de ese modo lo mataré, Zinger.
Inició el otro una sonrisa, como si acabara de escuchar una broma; pero se le heló en la boca apenas iniciada. Jordán había dado un paso más hacia él, uno solo. Le llevaba casi dos palmos de estatura y el holandés se vio forzado a levantar la vista.
—Usted no… —empezó a decir, aunque se calló de pronto.
Jordán no dijo nada más. Se mantenía inmóvil, mirándolo. Desvió Zinger los ojos resentidos y hostiles. Ahora parecía completamente sobrio.
—Vuelva adentro —dijo Jordán.
Dudó el otro, cual si quisiera objetar algo. Al cabo asintió con la cabeza.
—No le oigo —dijo con dureza Jordán.
Tragó saliva Zinger.
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señor.
—Váyase.
Pensaba en eso Jordán, sentado ahora bajo la red de camuflaje de la torpedera mientras contemplaba la playa y el mar. En las futuras misiones y en los hombres con que contaba para ejecutarlas; en cómo manejarlos y manejarse entre ellos; en las ventajas, las dificultades y la soledad en que debía hacer frente a sus actos presentes y futuros —el pensamiento lo estremeció como si algo le doliera—. Después de enviar al cuartel general de Burgos, vía Atenas, el informe sobre el petrolero hundido, sólo había recibido un enterados como respuesta. Ni una palabra de aprobación o aliento: sólo eso. Fríamente informados, allá lejos, de que en el mar Egeo una tripulación de republicanos españoles había ardido igual que antorchas a bordo de un barco cargado de gasolina.
Pensó en las palabras con que había amenazado a Zinger. Él nunca había matado antes. Hasta dos días atrás ignoraba la sensación de truncar vidas con un ademán o una orden; y lo cierto es que habría preferido seguir ignorándola. La incomodidad no provenía de razones religiosas, a las que era ajeno; y tampoco de índole moral, pues con frecuencia su profesión lo había situado allí donde la existencia humana perdía el valor que la sociedad convencional solía atribuirle. Estaba acostumbrado a eso. Su malestar, comprendió, tenía más que ver con una percepción gremial del asunto. Había matado a hombres que, como él, practicaban un oficio que nada tenía que ver con causas justas e injustas, patrias o banderas: simples trabajadores que tripulaban barcos y transportaban mercancías a través de los océanos. Seguramente un auténtico oficial de guerra, alguien de carrera en la Armada, lo habría considerado desde otro punto de vista; pero Jordán era un hombre de guerra accidental. Un marino mercante que acababa de quemar vivos a dos docenas de hermanos del mar.
Oyó ruido en la pasarela y se volvió a ver quién era. Bobbie Beaumont venía con un cigarrillo en la boca y una botella en la mano; y a Jordán le sorprendió esto último pues ni siquiera durante la reciente comida lo había visto beber. Subió a bordo el inglés y fue a sentarse junto a él, apoyada la espalda en la caseta de gobierno. Y al comprobar que Jordán miraba ceñudo la botella —coñac, todavía llena en un tercio— respondió a la pregunta no formulada.
—No se preocupe, comandante; me he limitado a quitarle el tapón y olerla. Así que por ahora mantengo mi palabra —se la pasó a Jordán—. La traigo para usted.
—Soy de beber poco.
—Lo sé, lo he visto. Pero hay momentos y momentos, ¿no cree?
Le dirigió Jordán una ojeada suspicaz.
—¿Qué le hace pensar que éste lo sea?
No respondió el telegrafista a eso. Estiraba las piernas en la tablazón de la cubierta: flacas y huesudas bajo el pantalón corto, con sandalias sobre agujereados calcetines grises. Se apartó el cigarrillo de la boca, respirando hondo.
—Después de mucho tiempo desembarcado —dijo al fin con aire complacido—, se llega a echar en falta este olor de los barcos a grasa, humedad y pintura, ¿verdad?… Es asombroso, pero a veces parece más saludable que el de tierra firme. No por lo que es, claro, sino por lo que significa.
Sin decir nada, Jordán levantó la botella y bebió un corto sorbo, apenas lo justo para sentir el coñac en la boca. Era áspero y fuerte. El inglés hizo un ademán impreciso para señalar los barracones de la playa.
—No sé qué le dijo a Zinger, pero volvió con las orejas gachas y ya no abrió la boca. Tampoco mencionó nadie el asunto… De todas formas, Eleonas los tiene controlados, o nos tiene. No dijo nada, aunque cuando usted y el otro salieron, fue hasta la puerta y se quedó allí, mirando atento, con los pulgares en el cinturón donde lleva el cuchillo. Por si acaso.
Jordán le puso el tapón a la botella y la dejó sobre la cubierta.
—El piloto es un buen hombre —se limitó a decir.
—Lo es, sí. Todos lo somos hasta que dejamos de serlo… Hasta que la enferma naturaleza estalla, como es su inclinación, en pasmosas erupciones.
Beaumont lo había dicho esbozando una sonrisa ligera y vacía. Después encogió los hombros.
—También Cenobia es una buena mujer, ¿no cree?… Sólo ayuda a su hombre a ganarse la vida.
Tampoco ahora respondió Jordán. Miraba a las gaviotas planear a baja altura; era tarde para que pescaran, pero algunas aún rozaban el agua y alzaban el vuelo con un pez en los picos afilados como navajas. Apurando sus oportunidades.
—Estas islas son un mundo duro, comandante.
Tras decir eso, el inglés alargó una mano hacia la botella, le quitó el tapón y aspiró el aroma, complacido y melancólico.
—Soy más bien misántropo, como resulta obvio —dijo—. Poco partidario del género humano, fundamento esta misantropía en el método aristotélico: obtengo universales a partir del análisis de numerosos particulares hijos de puta —miró a Jordán con vaga esperanza—. ¿Me sigue?
—No mucho.
—Quiero decir que tengo cierta idea de la gente que trato, cuando la trato. Puedo identificarla con relativa facilidad… Hay quien nace con el don de la risa, y yo nací con ese otro.
Puso el tapón a la botella y la dejó donde estaba.
—Usted cumplía órdenes —dijo de pronto.
Sorprendido, Jordán estudió su perfil: las canas sobre la frente y en el mentón, la nariz larga, las gafas que parecían enflaquecer más el rostro.
—¿A qué se refiere?
—Sabe a qué me refiero, querido muchacho… Cuando hace dos noches veíamos arder el petrolero, yo lo observaba a usted. Era más interesante, se lo aseguro. Más que el espectáculo del barco ardiendo. Su forma de mirarlo iluminado por el color rojo del incendio, ya sabe. Desde el vientre oscuro de la noche troyana.
Se detuvo Beaumont a encender otro cigarrillo con la colilla del que había estado fumando.
—Aquellos hombres que morían eran de los suyos —añadió tras un momento.
A Jordán no le gustó oír eso.
—También usted vivió en el mar.
—Oh, es diferente —reía el inglés, seco y mordaz—. Yo viví en el mar como en la tierra, siempre de paso. Pulsar puntos y rayas, hasta ahí llega mi responsabilidad… Pero usted, el piloto y algún otro miraban de distinta manera —hizo una pausa reflexiva—. Sobre todo, usted.
A su pesar, Jordán estaba interesado.
—¿Responsabilidad del mando, pretende decir?
—Supongo, no sé. Nunca tuve ese privilegio, o esa pesada carga de la espada y la balanza… Y menos cuando, como ahora, voces confusas, oscuridad opaca y otros etcéteras amenazan con cubrir de nuevo el armazón del universo.
Se quedó callado mientras dejaba salir humo por la nariz. Nada en su cara indicaba qué podía estar pensando. Asomó tras los lentes un reflejo húmedo, aguamarina, que desapareció al parpadear.
—Lo hace bien, comandante —dijo súbitamente—. Vencido el reparo, oculto el dolor bajo el semblante de una serena auctoritas… Hace lo que debe y no debería atormentarse por ello.
La respuesta de Jordán fue muy seca:
—Usted no sabe nada de lo que puede o no atormentarme.
—Se equivoca, querido muchacho.
—No debe llamarme así.
—Estamos solos.
—Me importa un carajo cómo estemos.
Le dirigió el otro una mirada al mismo tiempo reprobadora y benevolente.
—Soy experto en tormentos personales y ajenos, ¿sabe?… Los reconozco en cuanto los veo.
Tras decir eso, Beaumont se quedó examinando con aire ecuánime la punta encendida de su cigarrillo.
—La privación de alcohol me afecta el temple, seguramente —concluyó tras un momento—. Pero afina mis sentidos. Me aferro a ellos para soportarlo.
Jordán apenas escuchó las últimas palabras, pues había dejado de prestar atención. Arriba, en la antigua torre de vigilancia, sonaba el silbato del hombre de guardia. Se puso en pie, mirando inquieto hacia el mar. Y un momento después vio cómo la canoa automóvil Chris-Craft, tras dar prudente resguardo a la restinga de la punta sur, penetraba en la ensenada.