La isla de la mujer dormida
8. Una casa en Syros
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8. Una casa en Syros
Dejaron atrás el puerto y ascendieron por una calle en pendiente suave a cuyo término, ante una plaza amplia y bordeada de arcadas, se alzaba la estatua de un héroe de la independencia griega.
—Andreas Miaoulis —dijo Lena Katelios.
Asintió Jordán, mirando en torno. Había un par de cafés a la sombra, palmeras y un templete de orquesta junto al que picoteaban gallinas. Las casas y el edificio del ayuntamiento, situado sobre una lujosa escalinata, eran de mármol y piedra blanca. Pese a la decadencia visible, Ermoúpoli, en la isla de Syros, mostraba distinguidos restos de un antiguo esplendor.
—Sigue siendo el principal puerto de las Cícladas —comentó ella mientras dirigía a Jordán una mirada de curiosidad—. ¿De verdad no estuvo aquí antes?
—Nunca.
—¿Ni siquiera estos días?
Sonrió Jordán.
—Ni siquiera.
—A mí me gusta; aunque tampoco tengo dónde elegir, porque otras islas de interés quedan más lejos… Vengo con frecuencia: hago compras, encargo cosas a Atenas, saludo a los amigos. Hay un par de buenas casas de comidas, una librería y una taberna donde por la noche tocan música.
—¿Se queda a dormir?
La pregunta la había formulado de forma inocente, pero ella tardó un momento en responder. Lo estudiaba como para adivinarle alguna intención.
—Sí, a veces —repuso al fin.
Lo condujo a la derecha, por calles más angostas que seguían ascendiendo hasta los dos campanarios y la cúpula azul, roja y blanca de una iglesia que ella llamó Agios Nikolaos. Después la pendiente se inclinaba de nuevo hacia el mar, con escalinatas laberínticas y viviendas escalonadas entre palmeras, olivos y buganvillas.
—Tenemos una casa ahí.
Se había detenido a contemplar el paisaje, que era hermoso: la luz solar, todavía alta, volvía el agua transparente en la orilla, dejando entrever las piedras y bancos de algas del fondo.
—Una casa que nadie habita —repitió en tono más bajo, casi para sí misma.
La observaba él de soslayo como quien estudia una costa desconocida: con extrema atención. Llevaba haciéndolo desde que una hora y media antes lo convenció de acompañarla a Syros. De compras, fue lo que dijo. Voy de compras y estoy segura de que su gente —eso lo añadió mientras señalaba los barracones de la playa— también necesitará algo de allí. Jordán se había resistido al principio, vagamente incómodo, hasta que de pronto cayó en la cuenta de que no deseaba resistirse en absoluto. Todo seguía en orden en la isla, ninguna misión estaba en curso y nada malo tenía ausentarse unas horas. En rápido debate interior se planteó esos argumentos procurando eludir el principal: aquella mujer madura de piernas largas y cuerpo de muchacho ejercía en él un influjo singular. Nunca había conocido a ninguna con tan extraño aplomo, ni advertido en nadie la amargura elegante que ella parecía destilar, gota a gota, en cada gesto y cada palabra. Lena Katelios se movía —era la desconcertada conclusión de Jordán— como un soldado en territorio enemigo. Y le tentaba averiguar por qué.
También ella lo observaba a él. Se volvía a mirarlo, silenciosa, cuando caminaban uno junto al otro por el pavimento irregular y los desniveles de las calles procurando no rozarse siquiera. Manteniendo, como tácito acuerdo, la distancia entre ambos. Había ocurrido lo mismo a bordo de la canoa automóvil, sentado él a estribor y ella con gafas de sol que el viento moteaba con salpicaduras de agua salada, sandalias griegas y la falda del vestido —algodón blanco, el jersey marinero por encima— subida sin complejos hasta las rodillas para pilotar más cómoda, manejando con destreza el volante y la palanca de cambios, atenta a las revoluciones del motor de 125 caballos que roncaba poderoso mientras a casi treinta nudos de velocidad, dando rápidos pantocazos sobre el mar, recorrían en media hora las doce millas que separaban Gynaíka del puerto de Syros.
Seguía llevando Lena las gafas oscuras, que se quitaba en las zonas de sombra. Colgaba de su hombro izquierdo un bolso de piel grande, de buena calidad.
—¿No le molesta el sol?… Quizá no debió dejar su gorra en la lancha.
—Prefiero no llamar la atención.
—¿De verdad cree que no la llama?… Con su estatura, ese pelo y la barba rubios, no pasa en absoluto inadvertido.
Sonreía bonachón Jordán.
—Lo intento, al menos.
—Ni se esfuerce, capitán Mihalis.
De vez en cuando se cruzaban con mujeres vestidas de negro, cubierta la cabeza y la pañoleta cruzada sobre el pecho, o con hombres de aspecto tosco que al reconocer a la esposa del barón Katelios se tocaban la gorra o se inclinaban ligeramente. Un ceñudo sacerdote ortodoxo, que los vio venir desde un portal, desapareció dentro con sospechosa rapidez.
—No todos me aprecian en Syros —dijo ella con frialdad.
A veces se detenía ante un edificio o un paisaje para resumir algo del lugar y su historia —corsarios medievales, comercio mediterráneo, cuatrocientos años de guerras contra los turcos—, y Jordán atendía con educada atención, convencido de que a ella le importaba contárselo tan poco como a él escucharlo. Sin embargo, pese a su limitada experiencia en esgrima social, intuía que tal era la convención apropiada; el camino correcto para resolver preguntas aún sin respuesta y presentimientos de lo que tal vez podía ocurrir.
—La Francesca del Dante —dijo ella.
Se había detenido ante una casa de aspecto venerable que había conocido tiempos mejores. La brisa del mar cercano movía suavemente los visillos en las ventanas, como las velas de un barco. En uno de los balcones había una pintura al fresco deteriorada por el sol y la lluvia: una joven con un libro en las manos entre lo que parecían llamas del infierno.
—¿Conoce la historia?
—No.
—Es el primer personaje literario al que la lectura cambió la vida, mucho antes que a don Quijote y a madame Bovary… ¿Leyó ésas?
—Sólo algo del Quijote.
—Ah, es cierto. Ya dijo que leía poco… Francesca conoce la historia de sir Lancelot, que es besado por Ginebra, y ella se deja besar por Paolo. De ahí su pecado. Su condena.
Tenía las gafas de sol en la mano. Miró a Jordán un momento de reojo y apartó la vista.
—Usted no parece de esos hombres a los que la muerte sorprende leyendo —sonrió distante—. Ni siquiera de aquellos a los que sorprende en la cama.
Él no dijo nada, y continuaron camino. Un poco más allá, ante una tienda de esponjas y material de pesca —el dueño estaba sentado en la puerta, fundiendo plomo para sedales—, ella miró su reflejo en el vidrio del escaparate.
—No hay metáfora más perversa que un espejo en la vida de una mujer… ¿No cree, capitán?
Lo dijo con una mirada inesperada y rápida, violenta, que desconcertó a Jordán.
—Aquí no me llame así —dijo molesto.
Hizo ella como que no lo oía. Continuaba observándolo igual que antes, con inexplicable dureza.
—¿Cómo se imagina con los años, si vive lo suficiente? —quiso saber.
—No imagino nada… No pienso en eso.
—Yo sí me imagino. Más pronto que tarde, si llego a vieja, seré esa anciana que apenas duerme y que recuerda. No puedo permitirme…
Se detuvo ahí sin otras palabras, con una sonrisa extraña que a Jordán se le antojó aún más cruel pues la adivinaba dirigida a sí misma.
—Restos de vidas en desorden —murmuró ella tras un momento.
Jordán se creía en la obligación de decir algo.
—Usted aún es…
Se interrumpió a punto de decir «una mujer hermosa», pues súbitamente intuyó que no era apropiado. Ella parecía penetrar sus pensamientos.
—Déjelo, por favor, no es necesario. No ha venido aquí para eso. A decirme lo que soy.
Siguió una sonrisa sutil, diferente a la anterior. Más bien un amago de sonrisa.
—Sin duda es un hombre valiente —añadió—. Quizá por eso lo trajeron a estas islas. Pero a veces parece más estúpido que atrevido.
Habían llegado a un lugar elevado, al término de una escalinata y dos arcos de piedra: una terraza larga y estrecha que se prolongaba por el borde del acantilado, sobre los tejados de las casas pintadas de amarillo, azul y cal. La luz era muy violenta allí. El mar de transparencia esmeralda estaba un centenar de metros abajo, lamiendo un espigón de rocas y cemento, chozas de pescadores y una orilla quebrada a la que se asomaban casas, arbustos y tamariscos. Separada del vacío por una reja de hierro había una taberna con una higuera, cuatro mesas de pino crudo y un cañizo con pulpos secándose al sol.
—No es un hombre guapo —Lena estudiaba a Jordán como si hasta entonces no hubiera reparado en ello—. O tal vez sí, a su manera.
Sonrió él, confuso.
—¿Mi manera?
—Rudo, más bien… En todo caso, es alto y fuerte. Masculino. Ya le dije que me recuerda al personaje de esa novela que sí leyó, Lord Jim —hizo un ademán resignado—. Como ve, proyecto mis lecturas en usted.
Se habían sentado a una mesa próxima a la reja y el acantilado. Lena indicó un edificio al final de la explanada, separado de ésta por un muro sobre el que se alzaban copas de olivos y palmeras.
—Ésa es la casa —dijo.
La contempló Jordán: sillares de piedra casi blanca, arcadas, pilastras y un balcón de forja sobre los soportes típicos de las viejas mansiones griegas. Las contraventanas de madera, cerradas, se veían deslucidas y rotas, maltratadas por el tiempo.
—Parece abandonada —comentó.
—Casi lo está —la cara de ella se vació de expresión—. Sólo yo entro ahí de vez en cuando.
Se acercó un tabernero perezoso, gordo, de sonrisa esquinada bajo el espeso bigote isleño, al que Lena saludó con familiaridad antes de pedirle media botella de retsina. Después sacó del bolso una cajetilla de cigarrillos y un encendedor de plata y los dejó sobre la mesa.
—La vida en sí no es una realidad objetiva —dijo lentamente, como si lo hubiera estado pensando—, sino más bien un espacio parecido a una casa vacía. Nosotros introducimos la realidad en ella… Y hay cuatro medios para llenar ese vacío, o soportarlo: la religión, el patriotismo, el sexo y la ironía. Descartados patriotismo y religión, mi marido eligió la ironía. En varias de sus formas.
Se detuvo porque el tabernero había traído el vino con un plato de aceitunas negras. Mordisqueó una y arrojó el hueso al otro lado de la reja.
—¿Cuánto hace que no está con una mujer, capitán? —torció despectiva la boca—. No lo imagino esperando turno con esa del cocinero que les procuró mi marido.
No respondió Jordán. Irritado, se puso en pie. Ella lo contemplaba desde su silla, sin moverse.
—Siéntese, por favor.
Se mantuvo él como estaba, mirándola.
—Le ruego que se siente —Lena ojeó de soslayo al tabernero, que los observaba desde la puerta—. Está llamando la atención.
Obedeció él, por fin. Apoyaba ahora la mujer los codos en la mesa.
—En Atenas, cuando llevaba cinco años casada, fui al burdel que él frecuentaba, sabiendo que estaba allí. Y follé como una puta.
Había utilizado el verbo gamó en griego, y eso hacía la frase aún más vulgar: gamisa san poutana. Tardó Jordán en reaccionar.
—¿Con él?
—No… Ante sus ojos, con alguien adecuado a las circunstancias.
Seguía mirándola asombrado e inmóvil. Ella llenó muy tranquila los vasos y se recostó con naturalidad en la silla.
—Tiene gracia —continuó—. ¿Sabe qué me dijo en cierta ocasión?… Que el verdadero seductor es el que hace aparecer a la mujer que hay tras la que parece haber.
Calló un momento mientras se le dibujaba otra mueca insolente y cruel.
—No me diga que eso no tiene gracia.
Jordán no sabía qué decir.
—Soy incapaz de…
—Un eficaz seductor, sin duda —lo interrumpió ecuánime—. Siempre lo fue. Me refiero a mi marido.
La vio entrecerrar los ojos, cual si estuviera haciendo memoria.
—Le gustó lo ocurrido en el burdel. Mucho. Y a partir de ese día, por supuesto, jamás le permití tocarme… Desde entonces debió limitarse a ver; y más tarde, a imaginar.
—¿Por qué sigue con usted? —se atrevió Jordán.
Alargó Lena una mano hacia su vaso y bebió un sorbo.
—Quizá porque tiene una imaginación poderosa.
—¿Y usted con él?
—En cierta ocasión leí sobre soldados derrotados que resistían hasta el fin en vez de huir… Y uno de ellos lo explicó así: «Estábamos demasiado cansados para correr».
Aún sostenía el vaso en la mano. Bebió un poco más y lo dejó sobre la mesa.
—Estoy demasiado cansada para correr.
Inclinaba el rostro, y a Jordán le pareció que cruzaban por él trazos de sombra, aunque no había ninguna.
—Hay fantasmas que confían en verse redimidos —dijo ella de pronto—. Creen que entonces dejarán de vagar por la eternidad. Pero otros, los desconfiados, preferimos seguir siendo fantasmas.
Fijó la vista en el vaso, buscando un misterioso punto de apoyo a sus reflexiones.
—Es un sistema de selección, ¿comprende? —prosiguió—. Aislar un fragmento de lo que hay ante tus ojos. Eso me lo enseñó una prostituta griega… La clave consiste en comprender el momento adecuado y elegir a la persona idónea, como si fueras un asesino armado con un rifle.
Seguía mirando el vaso, pensativa. Después alzó la mirada hacia Jordán y se encogió de hombros.
—¿Cómo no va a acostarse usted con una mujer capaz de contarle todo esto? —ahora cruzaba sus labios otra sombra sutil, apenas un rastro de sonrisa seca y fría—. ¿Conoció a alguna así, tal vez?
Negó Jordán con la cabeza antes de hablar, y tardó en hacerlo. La boca se le había secado de repente.
—Nunca.
—Pues ya ve —con un suspiro de fatiga, Lena cogió los cigarrillos y el encendedor, se puso en pie e indicó la casa con el mentón—. Es un motivo tan bueno como cualquier otro.
Había paredes pintadas de colores ya perdidos, espejos que la vejez moteaba, arcones labrados, cuadros de barniz oscurecido y polvorientas lámparas venecianas. Un ambataros de madera tallada separaba el salón del dormitorio amueblado con una cama grande, un armario de luna y una antigua alfombra turca. Por las ventanas, al abrir los deteriorados postigos de madera, podían verse las terrazas de las casas próximas, el arco gris de la costa, el mar y el perfil brumoso de las islas lejanas.
Lena había puesto un disco en el gramófono del salón, junto al que se enmarcaban fotos familiares que el tiempo volvía desvaídas. Cantaba una voz de mujer:
Payons-nous un petit peu de plaisir,
nous n'en ferons pas toujours autant,
on n'a pas tous les jours vingt ans.
—¿Entiende el francés? —preguntó ella.
—Sólo un poco.
—No todos los días se tienen veinte años… Eso es lo que dice.
Estaba ante él, inmóvil, justo en la división entre el salón y el dormitorio, junto al panel de madera labrada en forma de hojas, flores y pájaros. Llevaba un rato mirándolo desde el punto intermedio entre antes y después de una frontera figurada, imaginaria, que ella misma hubiera establecido al detenerse en ese lugar. O quizá no tan imaginaria, decidió Jordán. Si algo resultaba fácil, era adivinar lo que ocurría; y sobre todo, lo que estaba a punto de ocurrir.
Ella señaló la gran chimenea de mármol, apagada. Se había quitado el jersey al entrar en la casa, dejándolo caer al suelo de cualquier manera. El vestido blanco estilizaba más las líneas prolongadas del cuerpo y permitía a Jordán ver por primera vez sus brazos desnudos. Fue entonces cuando se fijó en las pequeñas marcas: minúsculos puntitos semejantes a picaduras, o pinchazos. Los había visto antes —en los barrios portuarios podía encontrarse de todo—, pero nunca en una mujer como aquélla.
—¿Tiene frío? —preguntó Lena.
—No —movió la cabeza—. Se está bien.
Le sorprendía no experimentar deseo. O, para formularlo con precisión, que no fuera el deseo la sensación dominante. Se trataba, concluyó, de una curiosidad tranquila, más propia de un espectador que de un actor de verdad implicado. Entonces recordó lo que ella había contado de su marido, intuyendo que Lena Katelios poseía, de algún modo, la extraña facultad de convertir a los hombres en espectadores. En testigos privilegiados, íntimos, de sí misma.
Súbitamente, ella pareció tomar una decisión. O más bien la había tomado antes y consideraba llegada la ocasión de que también la tomara él: retrocedió internándose —era la palabra exacta, internarse— en el dormitorio sin dejar de mirar a Jordán, invitándolo en silencio a seguirla. Y así, de espaldas, sin perderlo de vista ni volverse en ningún momento, fue hasta la cama y se sentó en ella, en el borde mismo, ligeramente separadas las piernas que se apreciaban bajo el algodón blanco del vestido, sin apartar los ojos del hombre que se aproximaba despacio con resignada cautela, parecida a la de un marino que tanteara el fondo con el escandallo para calcular la profundidad bajo la quilla, el peligro de las rocas ocultas bajo el agua menguante. Y cuando estuvo tan cerca que pudo percibir el aroma de su cuerpo —carne cálida, fatigada, vago rastro de perfume que no era capaz de identificar—, sin apartar los ojos de los suyos ella abrió más las piernas, alzándose lentamente la falda hasta la cintura para mostrar que nada llevaba debajo. Desnudos los muslos y el triángulo de vello púbico ante el que él se arrodilló, muy despacio también, para acercar los labios y la lengua; y, cerrados al fin los ojos, saborear la carne rosada y húmeda que de aquel modo se le ofrecía.
—Sí, eso es —la oyó decir con voz de pronto ronca, lejana.
Después se estremeció en su boca, con violencia, varias veces. Hasta que de pronto, en repentino arrebato, lo agarró fuerte por el pelo, forzándolo a echar atrás la cabeza. Abrió él los ojos para encontrarse con los de ella, que lo miraban con una intensidad entre asombrada y cruel; y lo hizo a tiempo para verle alzar una mano y abofetearlo dos veces con dura y seca firmeza. Aún pretendió golpearlo una tercera, aunque para entonces Jordán ya se había incorporado rápido, brusco, casi furioso, y agarrándola por una muñeca la echaba atrás, de espaldas sobre la cama, mientras con la otra mano liberaba su cinturón y abría el pantalón antes de clavarse en sus entrañas mediante una violencia de la que nunca, hasta entonces, se hubiera creído capaz con una mujer.
Creemos los hombres ser amantes o verdugos, recordó un poco más tarde, todavía entre las brumas del momento. Pero en realidad sólo somos sus testigos.
Sentado en un banco de la explanada de Ortaköy, rodeado de palomas que picoteaban el suelo, Salvador Loncar disfrutaba del sol que aún calentaba la orilla del Bósforo. Había una goleta amarrada bajo los dos altos minaretes de la mezquita, y los marineros remendaban las velas extendidas en el muelle. De vez en cuando el agente republicano alzaba la vista y los miraba trabajar, pero la mayor parte del tiempo su atención se concentraba en el pequeño ajedrez de viaje que tenía sobre las rodillas. Llevaba casi media hora intentando dar respuesta al mensaje que el anónimo operador de la estación telegráfica de Ciudad Lineal había añadido al término de la última comunicación recibida en casa de las Calafell: C5A+, caballo blanco a la casilla cinco de alfil, con jaque al rey negro. Y por más vueltas que le daba, Loncar sólo era capaz de ver una solución. Su rey negro se vería forzado a regresar a la casilla inicial, perdida definitivamente la posibilidad de enrocar.
Resopló con fastidio. Después, resignado a lo inevitable, desenclavijó las piezas, guardándolas en la cajita que se formaba al cerrar el tablero, y la introdujo en un bolsillo de la trinchera. Cuando alzó de nuevo la vista se entretuvo otro poco en los hombres que remendaban las velas; y al hacerlo, entre la mezquita y la orilla oriental vio pasar un viejo bricbarca de casco blanco y velas aferradas para la maniobra, conducido hacia el sur por un remolcador que dejaba atrás una larga humareda negra.
Sin moverse del banco, Loncar contempló el lento paso de la embarcación hasta que se alejó canal abajo. Aquel barco, pensó, le recordaba otro que había visto semanas atrás en el Cinema Alkázar, frente al pasaje Çiçek: una película americana titulada Mar de fondo, que narraba las andanzas de un velero en el Atlántico durante la Gran Guerra. Era la historia de un barco trampa a la caza de un submarino alemán, con un argumento general bastante ingenuo: inevitable idilio entre el comandante yanqui y una espía germana, supuestos españoles que hablaban con acento mejicano, guerra entre caballeros del mar y demás tópicos del género. Sin embargo, en ese preciso momento, la idea que desde un tiempo atrás rondaba la cabeza de Loncar tomó forma y circunstancia concretas. Su mente de ajedrecista, concentrada durante la media hora anterior en resolver un problema, y por tanto despierta y sensible en extremo, lo vio todo de pronto con tan diáfana claridad, detalle sobre detalle, que se asombró de no haber caído antes en ello.
Estúpido de mí, pensó. Se habría dado un par de bofetadas a sí mismo. Tantos días muleta y estoque en mano, pero sin cuadrar al toro. Y ahora, de forma inesperada, llegaba la revelación súbita de algo que siempre había estado ahí, en su cabeza. Se puso en pie con brusquedad, excitado, y dio unos pasos nerviosos hasta la orilla del agua para dirigir la mirada hacia el bricbarca que aún seguía a la vista bajo la humareda negra del remolcador, canal abajo, cerca ya de las alturas de Usküdar. Naturalmente, concluyó casi feroz. Ahora sabía qué jugada hacer. La idea era tan vieja como la historia bélica de la humanidad, pero los treinta siglos transcurridos no le restaban validez ni eficacia, sino que las acreditaban: ofrecer a los fascistas un caballo de Troya situado en el mar.
La luz era cada vez más dorada y horizontal, incomodando a Jordán.
Se removió somnoliento, y apartándose del cuerpo de mujer que dormitaba a su lado —olía a carne cálida y a sexo reciente—, retiró las sábanas arrugadas, se puso en pie y bajó por la escalera hasta la cocina, donde había una tinaja con agua. Bebió con ansia y regresó al dormitorio sintiendo el frío de los peldaños y las baldosas bajo los pies. Lena estaba fumando sentada en la alfombra ante la chimenea apagada, con el jersey como única vestimenta y el sol poniente iluminando sus piernas desnudas como si fuera un foco artificial especialmente dispuesto para ello. En el gramófono sonaba una canción, y esta vez él reconoció la voz y la melodía: Tino Rossi cantaba en italiano El más bello tango del mundo.
No se inmutó al verlo aparecer. Lo contempló inmóvil, el cigarrillo humeándole entre los dedos. Tras un momento, sin dejar de mirarlo, encogió una pierna hasta apoyar en la rodilla la muñeca de la mano con que fumaba. El ademán descubrió la sombra oscura, profunda entre sus muslos.
—Creí que te habías ido para siempre jamás —dijo, irónica—. Huyendo de mí.
Señaló él su ropa tirada a los pies de la cama, con el vestido de ella.
—No habría podido ir muy lejos.
La vio sonreír un poco.
—No, claro que no —se acentuó la sonrisa—. ¿Nunca soñaste que caminabas por la calle, desnudo entre la gente?
—No, nunca. Soy de los que sueñan poco.
—Un hombre afortunado, en tu caso… Muy afortunado.
Jordán miraba las marcas de sus brazos y ella se dio cuenta: con naturalidad, sin alterarse, movió la mano que sostenía el cigarrillo para ocultar las huellas de pinchazos. Él se acercó a la ropa y consultó su reloj de pulsera.
—Se hace tarde. Debo regresar a la isla.
Lena lo miraba, inexpresiva. Dio una chupada al cigarrillo y siguió mirándolo. Movió la cabeza.
—Naturalmente —parecía recordar algo—. ¿No te importa que nos retrasemos un poco?… Sólo quince o veinte minutos. Hay algo que necesito hacer.
—Por supuesto —Jordán se vestía—. ¿Podrás pilotar a oscuras, si la noche se nos echa encima?
Ella se levantó con desgana. Lo hizo muy despacio, con aire abatido.
—Oh, pues claro… Qué tontería. Hace diez años que navego entre estas islas.
Salieron a la claridad del lento atardecer que se demoraba en las piedras altas de los antiguos edificios y descendieron por calles estrechas, zigzagueando entre fachadas amarillas y ocres en cuyas ventanas había ropa tendida y macetas de geranios y albahaca. Llegaron así al puerto sin que Lena despegara apenas los labios: caminaba con la cabeza baja, abstraída en pensamientos que Jordán no lograba situar. A veces parecía incómoda o malhumorada, y se preguntó él hasta qué punto lo ocurrido tenía que ver con ese estado de ánimo.
—¿Todo bien? —llegó a preguntar, confuso.
—Oh, sí —fue la seca respuesta—. Todo bien.
En el muelle jalonado por norays de hierro oxidado y montones de redes puestas a secar, donde estaba amarrada la canoa automóvil, se alineaban caiques y barquitas de pesca. Con un prolongado toque de sirena, el último vapor del día estaba a punto de salir para El Pireo.
—Puedes esperarme ahí, si quieres —dijo Lena.
Señalaba una taberna situada en la boca de un callejón, junto al despacho con las persianas metálicas ya bajadas de un consignatario de buques. Panayiotis Taverna, decía el cartel sobre la entrada.
—Es un lugar agradable —añadió—. Voy a menudo.
Parecía animada de pronto, o pretendía aparentarlo. Permaneció Jordán en la calle, mirándola alejarse hasta que la vio entrar en una casa próxima. Y cuando ella desapareció en el interior, se acercó curioso a echar un vistazo. Era un edificio de dos plantas con balcones al puerto, y a la izquierda de la entrada, junto al timbre eléctrico, había atornillada una placa de latón: G. Papagos, yiatrós.
Un médico, pensó desconcertado mientras daba media vuelta y se dirigía a la taberna. Un doctor griego para consultar alguna dolencia que él ignoraba. O tal vez —dio de repente en eso— se trataba de una visita relacionada con aquellas marcas que ella tenía en los brazos. La idea le desagradó profundamente, y aún le daba vueltas en la cabeza cuando entró en la taberna, que era espaciosa, con toneles grandes y mesas con manteles de cuadros, casi todas ocupadas. Fue a sentarse en un taburete, la espalda apoyada en la pared, y pidió al camarero una frasca de retsina y unas lonchas de pescado ahumado con aceite y zumo de limón.
La Panayiotis olía a vino, humo de tabaco, salazones y serrín. Era una taberna de músicos y había dos en un pequeño estrado tocando con un buzuki y una guitarra una rebética aguda, vibrante y lenta. A Jordán le recordaba melodías que de niño oyó tararear a su madre cuando cocinaba, cosía en el jardín o lo arropaba antes de dormir —el padre, importador de alfombras y tapices orientales, era seco y distante—, susurrando dulces frases en la lengua que Aglaea Kyriazis había traído consigo desde el otro extremo del Mediterráneo. Desde entonces eso suscitaba en Jordán una singular melancolía, nostalgia de una Grecia mítica, soñada, que durante muchos años no conoció sino mediante música y palabras.
Entró Lena Katelios en la taberna. Lo hizo saludando sin detenerse a algunos conocidos, incluidos los músicos, con desenvoltura de cliente habitual. Cuando fue a sentarse junto a Jordán, éste comprobó que parecía más viva; más animada. Sus ojos despiertos mostraban un brillo diferente.
—¿Te gusta el lugar?
Asintió. Un hombre mayor de pelo escaso y bigote cano, vestido de negro, había subido al estrado con los músicos. En pie, balanceándose levemente, empezó a cantar algo que evocaba antiguos puertos isleños, tugurios y vida perdularia. El tono era trágico al estilo del fado portugués, la copla triste española o las canciones suburbiales francesas. Lena movía la cabeza al compás de la música, repitiendo en voz baja las palabras del cantante.
—No te vayas, mujer, quédate en mis brazos —miró a Jordán—. O morirás por mi cuchillo… ¿Qué te parece?
—Creí que el rebético estaba prohibido por el gobierno.
—Lo está. La censura prohíbe hablar de cárceles, prostitución o crímenes. Como castigo, la policía afeita los bigotes a los músicos transgresores; y un griego sin bigote resulta tan absurdo como una mujer con él —señaló al cantante—. Pero ya ves: el viejo Manolis conserva el suyo… Estas islas son un lugar lejano y no es fácil desarraigar las costumbres.
Se quedó callada escuchando la canción. Después bebió vino del mismo vaso que Jordán, sacó la cajetilla de tabaco y el encendedor y prendió un cigarrillo.
—Desde las matanzas de Esmirna, los temas amorosos en las canciones griegas dejaron lugar al lamento por el destino, la separación de los amantes, el exilio y la muerte.
La observaba él con intensidad, preguntándose cuántas mujeres había realmente en ella.
—¿Vienes a menudo aquí?
—Con frecuencia.
Encogió Lena los hombros e hizo seña al camarero para que trajera otro vaso. Cuando estuvo lleno, lo levantó y tocó el de Jordán.
—Por las viejas costumbres y las islas lejanas que las toleran.
Después estuvo un rato callada, alternando los sorbos de vino con chupadas al cigarrillo. El griego del estrado, el tal Manolis, había terminado la canción anterior y empezaba otra.
—Me gusta —dijo Lena—. ¿Escuchas la letra?… Habla de hombres fugados a las montañas, que luchan contra los turcos y contra la autoridad. De los más valientes… Del que merece la mejor tajada de carne y la muchacha más bella cuando bajen al llano. Podría estar cantando el propio Homero… ¿Leíste la Ilíada?
—No.
—Si un día Grecia desapareciera, sería posible reconstruirla a partir de un olivo, un poco de mar y una canción.
Había un hombre sentado cerca, en compañía de dos mujeres: hacia los cuarenta años, apuesto, chaleco sobre la camisa blanca, espeso pelo negro peinado hacia atrás, espléndido y geométrico bigote. Tenía un komboloi en las manos y desgranaba las cuentas pasándolas de un dedo a otro con arrogante negligencia. Cuando Lena entró en la taberna, Jordán había advertido que la saludaba con una inclinación de cabeza e intercambiaban una ojeada cómplice. Ahora les dirigía una sonrisa de suficiencia, y ella sostuvo su mirada antes de apartar la vista.
Sintió Jordán un pinchazo de celos: algo nuevo para él.
—Un viejo amigo, supongo.
Se volvió con aire sorprendido, estudiándolo.
—Sí.
Ni ella ni él dijeron nada más. El hombre del estrado entonaba una tercera canción. Humo mágico, decía la letra, que hacía soñar. También cantar sobre drogas, dijo Lena, estaba oficialmente prohibido. Metaxás había cerrado los fumaderos de hachís y de opio.
—Incluso aquí, en las islas… Había uno en el puerto, y es una lástima. Si tienen dinero suficiente para no pedírtelo, los que fuman drogas son gente agradable —le dirigió una ojeada inquisitiva—. ¿Nunca probaste con ellas?
—Nunca sentí necesidad.
Lena se quedó pensándolo.
—Interesante palabra —dijo al fin—. Necesidad.
—¿Qué te inyectas?
Ni pestañeó ante la pregunta hecha a bocajarro.
—Cocaína.
Se quedó callada en espera de un comentario, pero él no dijo nada.
—Un médico conocido, con todas las garantías.
—Ya.
—Es el camino más corto que conozco a la felicidad. O tal vez el único.
Jordán miraba al hombre del komboloi y ella interpretó su mirada.
—El sexo es sólo un camino secundario. Quizá si el barón Katelios no existiera, yo sería casta como una monja… ¿Cómo saberlo?
Miró Jordán el reloj. Debía regresar a la isla. Lo dijo en voz alta, pidió la cuenta y puso unas dracmas sobre la mesa. Lena apagó el cigarrillo en el borde del plato.
—Desencanto del mundo, suele decir mi marido en la lengua de alguno de sus abuelos… Entzauberung der Welt —chasqueó despectiva la lengua—. No era ése el hombre que conocí. Aquél aún estaba vivo.
El comentario estremeció a Jordán.
—¿Qué lo mató?
—La lucidez, supongo. Una especie de clarividencia egoísta que contrajo poco a poco, a la manera de una enfermedad… Posiblemente no fue culpa suya, pero me arrojó, abandonada, a una costa desconocida.
Se puso en pie y él la imitó.
—A veces —añadió ella—, cuando eres infeliz, torturar a un hombre que te adora y al que desprecias puede producir verdadero alivio… ¿Comprendes eso?
—Podría comprenderlo.
Salieron al exterior. En el aire que olía a brea y agua sucia del puerto, una penumbra color ámbar iba convirtiéndose en claridad lunar. Cuando se encaminaron despacio al muelle no eran ya más que sus sombras.
—Hay situaciones en la vida —dijo Lena— en las que crees que Dios te elige personalmente las cartas de la baraja o el número de la ruleta… Y piensas que eso va a durar mucho tiempo.
Estaban junto a la Chris-Craft. Saltó a bordo y él la siguió, soltando las amarras. Se iluminó el fanal con la luz de navegación y rugió el motor. Acomodado Jordán en el lado de estribor, miraba la silueta oscura de la mujer sentada al volante.
—Pero siempre llega un momento —añadió ella de pronto— en que Dios, sin advertencia previa, se retira del juego. Y no hay soledad más terrible que ésa.
Se alejó del muelle la canoa automóvil dejando a popa las luces de tierra. Mientras se dirigían hacia la farola parpadeante en rojo de la bocana, Jordán echó atrás la cabeza y contempló el cielo. Había sido un día extraño, se dijo. Muy extraño.
Las nubes pasaban despacio bajo la luna.
¿Para qué el conocimiento de las cosas, si nos vuelve más cobardes, si perdemos el reposo y la tranquilidad que tendríamos sin él?
Pantelis Katelios releyó esas palabras subrayadas con tinta desde hacía muchos años, cerró Los ensayos de Montaigne y, poniéndose en pie, lo devolvió a su lugar entre La vida de Samuel Johnson de Boswell y las Memorias de ultratumba de Chateaubriand. Era aquél su rincón favorito, donde se hallaban los libros que intentaría salvar en caso de incendio. No eran demasiados, aunque suficientes: un Homero, un Plutarco, una Biblia, la Historia de la Revolución Francesa de Michelet y un gastado Quijote en inglés. A partir de ahí —estaba convencido de ello— podía reconstruirse cualquier biblioteca.
Tras dejar el libro fue a la ventana, donde vio su propio reflejo mediante el quinqué de petróleo encendido en la mesa de lectura de acero y cristal: escorzo en sombra, parte del rostro delgado y anguloso, extremo izquierdo del bigote, cuello de seda del viejo batín escocés. Daba la impresión de que un fantasma lo observara desde el exterior, o tal vez podía interpretarse como un desdoblamiento crítico de su propia apariencia. Incómodo con esa visión, acabó por abrir la ventana y permanecer inmóvil, escuchando el chirriar de los grillos mientras contemplaba la noche que, más allá de los árboles del jardín, argentaba la superficie oscura del mar. Desde allí alcanzó a ver el embarcadero de la playa, y en el contraluz lunar advirtió que la canoa automóvil todavía no estaba allí.
Como en otras ocasiones se preguntó de qué modo estaría ocurriendo esta vez, y con quién. A menudo procuraba mantener la mente en blanco, rechazar imágenes amargas que lo turbaban; pero era difícil evitar cierta retorcida mezcla de rencor y avidez: un placer enfermizo hecho de insatisfacción, procacidad y desdicha, donde cada certeza —y en Lena bastaban como confirmación una mirada o un silencio— constituía una culminación casi física. Era lo más parecido a una relación sexual que ambos podían mantener a esas alturas, entre las ruinas desoladas de lo que en otro tiempo fue, o fueron.
Tarde o temprano, pensó Katelios, llega un momento en que miras tu futuro y sólo ves el pasado. Durante algún tiempo ésa había sido una reflexión ingeniosa, elegante, adecuada para pronunciarse con una copa de champaña de cien francos la botella rozando los labios. Hasta que en Gynaíka, o tal vez antes, acabó siendo realidad; pasado y ausencia de futuro con el viejo mar atrapándolos en siglos de espuma y esmeralda, libertad y prisión que se combinaban en un solo concepto y lugar: el territorio de los prisioneros y de los exiliados. La isla de la Mujer Dormida.
Inmóvil ante la ventana abierta a la noche, el barón recordó, melancólico. Poseía la afilada destreza de intuir en el acto, con escaso margen de error, por cuánto podía venderse un hombre y qué clase de mujer podía llevar a ese hombre a la cama. Eso distaba de aprenderse en los libros, pues era cuestión de práctica y experiencia. Por eso, si hubiera podido hacerlo en confianza —no era en absoluto el caso—, Katelios habría dicho a aquel extraño corsario español, oficial de marina o lo que fuera, cuando por primera vez lo vio mirar a su esposa o advirtió que ella lo miraba a él, algo por el estilo de tendría que haberla visto en otro tiempo, capitán Mihalis o como diantre se llame usted. Verla cuando el mundo era hermoso para quienes podíamos permitirnos que lo fuera, antes de que esta triste Europa empezara a suicidarse. Tendría que haber visto a Lena cuando usaba zapatos de tacón alto con finas correas alrededor del tobillo que parecían brazaletes. Tendría que haberla visto volver de pronto el rostro para escucharme como si fuese el único hombre sobre la tierra mientras oscilaban, a la luz de las velas, sus largos pendientes de oro y diamantes. Tendría que haberla visto, en fin, desnudarse como una diosa impasible en el espejo azulado de un coche cama del Orient Express, una habitación del Hôtel de Paris en Montecarlo, una suite del Negresco cuya ventana enmarcaba, como un cuadro, las palmeras que pintó Matisse.
Más allá del canto de los grillos oyó el ruido de la Chris-Craft y vio la pequeña luz de navegación acercarse despacio al embarcadero. Después la luz se apagó y sólo quedó la forma oscura e inmóvil de la que se destacó una sombra que anduvo por el sendero hacia la casa. Cerró Katelios la ventana y fue de la biblioteca al salón. Lena tenía que pasar por allí para subir a su dormitorio, así que aguardó de pie, metidas las manos en los bolsillos del batín. Apareció al cabo de un momento: vestido blanco, jersey marinero, aire fatigado.
—¿Todo bien? —preguntó Katelios, cortés.
Ella le dirigió una larga mirada silenciosa. Al fin asintió despacio, moviendo la cabeza.
—Todo.
Él señaló la doble puerta corredera que separaba el salón del comedor.
—Pareces cansada… ¿Cenarás algo?
—No me apetece.
—¿Una copa?
Ahora indicaba el mueble bar. Lena seguía mirándolo a él, sin decir nada. En cierta ocasión, Nochevieja de 1927, cuando los dos ya vivían ensordecidos por el ruido del mundo que se les caía en pedazos, ella había estado mirándolo de ese modo durante toda la cena, desde el otro lado de la mesa en la que se hallaba entre un armador griego y un diplomático inglés, mientras él conversaba a derecha e izquierda con la esposa del armador y con una cantante italiana de ópera. En otro tiempo, a Katelios le había divertido observar a ciertos hombres mientras conseguía a mujeres que solían ser las de ellos; pero aquél ya no era otro tiempo, y la mujer que deseaba era la suya; e incluso, superado el carácter inicial de hermoso trofeo, la empezaba a amar. Sin embargo, era demasiado tarde. Una semana después Lena se había presentado en el burdel de lujo de la calle Adrianou del que él era cliente habitual, y con gélida serenidad había pagado una fortuna por la suite principal, haciéndolo acudir allí —mediante una tarjeta escrita con bella caligrafía, que él aún conservaba— para que, sentado en un sofá con una botella de champaña y un disco de Berthe Sylva en el gramófono, presenciara el espectáculo de su mujer con otro hombre: un joven guapo y vulgar, camarero del hotel King George, cuidadosamente elegido por ella para la ocasión. Katelios había estado inmóvil, viéndolo todo; y cuando ella ordenó al joven que se marchara y permaneció en la cama, desnuda entre las sábanas revueltas, el marido se puso en pie, se despojó de la ropa y ambos hicieron el amor con una ferocidad animal, como jamás lo habían hecho antes y como nunca volverían a hacerlo, pues desde aquel día ella le impidió acceder a su cuerpo. Jamás ninguna mujer se le entregó con tanta furia y desprecio como ella esa última vez. Te estoy diciendo adiós, había susurrado con voz neutra y mirada vacía que él no supo entonces interpretar; pero de ahí en adelante se le negó para siempre, incluso cuando, para desconcierto del propio Katelios, ella quiso seguirlo a la casa de la isla y mantenerse a su lado en aquel exilio voluntario.
—Estuve en Syros —dijo Lena.
—Lo supongo —dándole la espalda, él se había acercado al mueble bar y vertía coñac en dos copas—. Étiez-vous seule cette fois-ci?
—Non.
—Ah… Déjame adivinar.
Se había vuelto hacia ella con las copas en las manos, ofreciéndole una. La cogió sin llevársela a los labios mientras él bebía de la suya.
—Lo has adivinado —dijo.
Asintió él, inmutable. Asomarse a la intimidad de ciertas mujeres, pensaba, era como internarse en fortalezas secretas. En curiosos laberintos, concluyó mientras alzaba un poco la copa antes de beber de nuevo. Me asombra que en las situaciones dramáticas los griegos no gesticuléis, había dicho ella en cierta ocasión. Rompéis el tópico mediterráneo quedándoos inmóviles, expresivos pero muy quietos, con la mirada peligrosa. Como si confiarais demasiado en vosotros mismos.
Lena bebió al fin.
—Yasou —dijo—. A tu salud.
Katelios seguía mirándola y ella le sostenía la mirada. La recordó quince años atrás, cuando todavía era una mujer enamorada, tan diferente a las que durante la luna de miel contraían una jaqueca de la que ya no se curaban nunca. Ni siquiera después, cuando llegó el tiempo del silencio oscuro, tuvo necesidad de recurrir a excusas. Bastaba una mirada, la misma que tenía en ese instante, para disuadirlo de tocarla. Y él se había acostumbrado a ello. A convivir con esa extraña suerte de venganza compartida, hecha de castigo, resignación y remordimientos.
—¿Cómo es? —quiso saber.
Ella ladeó la cabeza cual si realmente reflexionara sobre eso.
—Tranquilo —dijo—. Alguien con quien se puede contar en los momentos de caos.
—¿Rudo?… A fin de cuentas es un marino.
—No en exceso. Más bien agradable.
Se obligaba Katelios a mantener un tono natural. Tenía sobrada costumbre: diez años de práctica mientras ella iba y venía en su canoa automóvil.
—¿Varonil? —inquirió.
—Mucho.
—Parece un tipo fuerte, con esa pinta de vikingo.
—Lo es.
Indicó un brazo de ella, oculto por la manga del jersey.
—¿También te has…?
—Sí.
Bebió él otro sorbo y se quedó pensativo.
—Algún día —dijo ecuánime— me gustaría ir a Syros y matar a ese doctor.
La vio enarcar una ceja con ironía.
—Allí tendrías que matar a demasiada gente —hizo una pausa como si lo considerase—. Y tú no eres de los que matan.
—Mato conejos.
No dijo ella nada, limitándose a mirarlo igual que antes.
—¿Por qué no iba a hacerlo? —dijo él tras un momento—. Tengo un par de excelentes escopetas… Además soy griego, y un griego mata por amor, por celos, por venganza, por dinero o por dormir tranquilo —compuso una mueca sarcástica, alejada de una sonrisa—. Los griegos siempre matamos por algo.
—¿A mí también, llegado el caso?
—¿Por qué no?… ¿Por qué dejarte en manos de Menelao y los aqueos?
Ella se encogió de hombros y puso la copa en una mesa.
—¿Para qué matar a nadie, si ya estamos muriéndonos?