La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


8. Una casa en Syros

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Tras decir eso dio media vuelta y se dirigió a la escalera que conducía a los dormitorios. Permaneció él quieto, mirándola hasta que se perdió de vista; luego acabó el coñac y siguió un rato sin moverse. Recordaba la primera vez que la había visto reír de verdad, cuando aún se llamaba Lena Mensikov y se comportaba como la maniquí parisién que hasta semanas antes había sido: una risa vigorosa, sana, chispeantes los ojos y echada atrás la cabeza. Había ocurrido a poco de conocerse, cuando la bolita de marfil se detuvo en el número al que habían apostado —era la primera vez en su vida que ella ganaba— en la sala privada del Sporting Club de Montecarlo. Y él comprendió en ese momento exacto, con asombro, que forzosamente debía casarse con una mujer capaz de ganar a la ruleta con una risa como ésa; una risa que había escuchado por última vez cinco años después, poco antes de lo ocurrido en Atenas, celebrando un comentario ingenioso de Katelios que él mismo ya había olvidado.

Subió a la planta superior, pasando ante el cuadro de la matanza de Quíos, y se encaminó al dormitorio. Todo estaba en orden allí: el pijama doblado sobre la cama, el quinqué y la lámpara principal encendidos, la jarra de cristal con agua y el vaso que le servía de tapadera, el libro que releía aquellas noches —las Cartas de lord Chesterfield— dispuesto en la mesita con una señal en la página adecuada. Lo miró todo con serena desolación. Después, tras reflexionar, fue hasta la puerta que comunicaba su dormitorio con el de su mujer. Se detuvo ante la puerta cerrada, inmóvil sobre el suelo de baldosas ajedrezadas en blanco y negro, llamó y aguardó sin obtener respuesta. Por fin puso la mano en el picaporte y abrió: la habitación estaba en penumbra, con la única luz de un candelabro en el que ardían tres velas; pero era suficiente para ver a Lena en la cama, todavía con el vestido puesto aunque desnuda de cintura para abajo, abiertas las piernas y masturbándose. Posó ella la vista en Katelios cuando lo vio aparecer, inexpresiva, sin dejar de hacer lo que hacía. Y le sostuvo así la mirada hasta que él, retrocediendo, salió del dormitorio y cerró muy despacio la puerta a su espalda.

Un corazón de mujer muerto, pensó mientras se ponía el pijama, ya no resucita nunca.

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