La isla de la mujer dormida
9. Temporada de caza
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9. Temporada de caza
Durante la segunda quincena de abril, beneficiándose del buen tiempo en el Egeo occidental, Jordán y sus hombres torpedearon y hundieron otros tres barcos procedentes del mar Negro: dos soviéticos —el Nikolái Chernyshevski y el Svetlograd— al norte de la isla de Andros y uno español, que navegaba con falsa bandera británica —el Sierra Bermeja—, en el canal entre Tinos y Mikonos. Aquello supuso para la República la pérdida de dos cargamentos de material militar, y también de varias toneladas de alimentos y trigo ucraniano. Todos los ataques fueron nocturnos o en horas de escasa luz, y las declaraciones de los supervivientes de dos de los naufragios —el Svetlograd se hundió con rapidez y pérdida completa de la tripulación— resultaron contradictorias: unos hablaron de ataque de un submarino y otros de una embarcación rápida que los torpedeó y ametralló.
Miguel Jordán fue llamado a Atenas. El mensaje le ordenaba presentarse en día y hora determinados, así que uno de los caiques de apoyo lo llevó al puerto de El Pireo, donde compró los periódicos y tomó un taxi para la capital griega. Vestía con chaqueta y arrugado pantalón de franela, y en un comercio de Monastiraki compró un sombrero y una corbata. El revólver lo dejó en la isla.
Nunca antes había estado en el hotel Grande Bretagne. Mientras cruzaba el lujoso vestíbulo decorado con una gran bandera griega miró el reloj, comprobando que llegaba demasiado pronto; así que se dirigió al bar, ocupó una mesa discreta bajo la montera de vidrio multicolor, entre los macetones con palmeras y helechos, y pidió un café y un vaso de agua. Quince minutos después pagó la cuenta, se puso en pie y anduvo hacia los elevadores.
Un joven ascensorista lo llevó a la quinta planta, donde caminó por el pasillo alfombrado hasta la habitación que buscaba. Y cuando llamó y abrieron la puerta, el capitán de navío Navia-Osorio, de paisano, en mangas de camisa, chaleco desabotonado y floja la corbata, lo acogió con una sonrisa.
—Nuestro corsario favorito —dijo.
El marino español ocupaba una suite espaciosa de dos ambientes, por cuyos balcones se veía la Acrópolis. Había un rincón de butacas en torno a una mesa con bebidas, revistas y unas carpetas de cartón con documentos, e invitó a Jordán a acomodarse.
—Espléndido trabajo —añadió mientras movía la cabeza, valorativo—. Magnífico de verdad. Le traigo la felicitación personal del almirante Cervera.
—Hasta ahora hemos tenido suerte —repuso Jordán.
—Más que suerte, no sea modesto —Navia-Osorio se sentó ante él—. El Lloyd's de Londres ha subido las primas de seguros para navegar por esa zona… Cuatro barcos en poco más de un mes es una cifra excelente. Durante ese tiempo, toda nuestra escuadra sólo ha hundido cinco en el Mediterráneo y el Cantábrico.
—¿Cómo van las cosas en España?
—Pues bien, en general. Aparte los boletines triunfales y todo eso, realmente bien. Razonables en el mar y despacio en tierra, pero van… La ofensiva contra Bilbao sigue su curso. Y en lo internacional, el Congreso norteamericano está a punto de aprobar la ley de neutralidad, lo que en realidad es una buena noticia.
—¿Qué ha pasado en Guernica?… Lo leí esta mañana en los periódicos.
Se ensombreció el rostro del capitán de navío.
—Pues eso, lo que dicen —dijo tras un corto silencio—. La ciudad fue incendiada por los rojos.
—Aquí se habla de nuestra aviación: alemanes o italianos. Y de muchos muertos civiles.
Parpadeó impaciente el otro y al fin deslizó una sonrisa forzada. Sus ojos se habían vuelto cautelosos y duros.
—¿A quién da usted más credibilidad?… ¿A la prensa internacional o al cuartel general del Caudillo?
Tardó Jordán en responder.
—Al cuartel general, naturalmente.
Se miraron en silencio unos segundos. Al cabo, Navia-Osorio imitó con las manos el ademán de pasar página y dejó diluir la sonrisa.
—Hay asuntos importantes, Jordán. Para eso, entre otras cosas, estoy aquí. Los éxitos de usted no gustan a todo el mundo, como puede suponer.
—Era previsible.
—El gobierno griego nos ha dado un toque de atención. Metaxás está con nosotros, pero le conviene guardar las formas. Y nuestra actividad en el Egeo empieza a hacer demasiado ruido… ¿Comprende?
—Sabíamos que eso iba a ocurrir tarde o temprano.
—Por supuesto, y ése es el asunto. Que ocurre temprano. Nunca creímos que usted operase con semejante eficacia. Y claro, llama la atención. También los ingleses comienzan a husmear.
Aquello no gustó a Jordán. Ingleses de por medio sonaba a complicaciones.
—¿De qué manera?
—Algunos mercantes que trafican para los rojos llevan su pabellón, real o falso. Y ya sabe cómo son esos arrogantes hijos de mala madre. Van a destacar un barco de guerra para garantizar la seguridad en estas aguas: una fragata o destructor de sus bases de Malta o Alejandría.
Jordán calculaba mentalmente millas, lugares y oportunidades.
—Mal asunto.
—Sí… Podría serlo. Tenga cuidado con eso.
Se levantó Navia-Osorio y anduvo hasta el balcón. Abrió la puerta vidriera e invitó a Jordán a unírsele. Se levantó éste y fue allí. La plaza Sintagma se extendía, bulliciosa, cinco pisos más abajo.
—Bonito lugar —el capitán de navío contemplaba la Acrópolis—. ¿Qué tal su media sangre griega, Sócrates, Leónidas y todo eso?… ¿Se siente a gusto en la tierra materna?
—Es agradable estar aquí.
—Imagino que hablar el idioma ayuda mucho.
—Sí.
Se quedó pensativo el otro.
—Los rojos echan chispas y no paran de mandar notas de protesta a la Sociedad de Naciones —dijo al fin—. También dan la tabarra a los griegos, pidiéndoles más control de las aguas jurisdiccionales… De todas formas, no tienen elección: o sus barcos vienen de Rusia por la ruta del norte de Europa, que es larga y complicada, y además los esperamos en el Cantábrico, o mantienen ésta. Y aquí no hay otro camino que el embudo del Egeo: usted y su torpedera.
—¿Todavía podemos escudarnos en los italianos?
—De momento les cargan el paquete a ellos. Que lo niegan, claro, como niegan sus propias acciones de submarinos… Pero no sabemos cuánto tiempo podremos sostener el tinglado.
—Todo se acaba sabiendo —suspiró Jordán.
—Confiamos en que tarde un poco más. Estamos gastando mucho dinero en mantener la tolerancia del gobierno griego, pues no sólo de afinidades ideológicas vive el hombre… Y por cierto, nuestros amigos alemanes están satisfechos con los informes que nos envía sobre el empleo táctico de la S-7 en condiciones reales de combate. Le mandan sus felicitaciones.
Apoyaban las manos en la barandilla de hierro del balcón, mirando la plaza. A la izquierda, en la explanada ante el palacio presidencial, los centinelas se movían despacio en el cambio de guardia, como minúsculos soldaditos de plomo.
—En cuanto a lo otro —prosiguió—, lo que dure su campaña es cuestión de tiempo… Suponemos que antes o después exigirá Metaxás que desmantelemos la base y ahuequemos el ala. Ya dicen por lo bajini que les hemos complicado la vida y que no podrán mirar hacia otro lado.
Se quedó en silencio, contemplando la plaza. Después moduló otra sonrisa ligera y vacía.
—Hay que apretar, Jordán.
—¿Cuánto nos queda?
—No lo sé. Nadie lo sabe.
—Debo conocer a qué atenerme.
—Eso depende de lo que usted haga. De que llame o no la atención.
—Espero que no me esté atribuyendo la responsabilidad.
—No, nada de eso, por favor —Navia-Osorio entornaba los ojos como si lo deslumbrase la luz—. Tiene todo nuestro respaldo.
—Pues dígame un plazo. Un margen de seguridad.
Hizo el otro un ademán indiferente, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.
—Yo no le daría más de cinco o seis semanas… Quizás algo más, quizá menos.
Entró en la habitación y Jordán fue detrás.
—Un error cualquiera, una casualidad, un incidente fuera de lugar pueden precipitarlo todo —dijo el capitán de navío—. Intente durar lo más posible. De una u otra forma, debe aprovechar la última temporada de caza… Mire.
Se había sentado de nuevo ante la mesa, invitando a Jordán a hacer lo mismo, y abría las carpetas con documentos.
—Nuestro servicio de información tiene controlados en el mar Negro otros tres barcos de los que los soviéticos llaman Igrek: uno ruso, uno español y uno francés. Del francés olvídese: lo esperarán nuestros cruceros en el cabo Bon para apresarlo allí… Pero en lo tocante a los otros dos, no sería un mal final de campaña que los echara a pique.
—¿Cuándo está previsto que salgan?
—Dentro del plazo del que estamos hablando. ¿Cómo va de suministros?
—Bien. El barco nodriza nos transbordó más torpedos hace unos días.
—También tendremos que retirarlo pronto, pues se ha hecho demasiado visible en estas aguas. De momento vamos a amarrarlo en Chipre… ¿Tiene cuanto necesita en la isla?
—Por ahora no hay problema.
Navia-Osorio sacaba papeles mecanografiados y otro material de las carpetas y lo extendía sobre la mesa.
—Seis barcos hundidos sería un número redondo, ¿no cree?
—Lo creo —confirmó Jordán.
—¿Trae las fotografías que le pedimos?
—Sí.
Extrajo Jordán el sobre del bolsillo, aliviado por librarse de él. Navia-Osorio repasó las imágenes con expresión satisfecha.
—Excelente —dijo al fin—. A nuestros amigos alemanes les gustará tener esto. Una de sus schnellboote en plena acción real… Buen trabajo.
Metió las fotos en una de las carpetas e indicó el material expuesto en la mesa.
—Aquí tiene lo que sabemos de esos mercantes que están previstos. Lo mantendremos al corriente si hay novedades.
Lo repasó todo Jordán minuciosamente. Había fotografías, documentación, detalles sobre cargamentos, nombres de barcos, tonelaje, tripulaciones. La precisión era asombrosa. Los servicios de información nacionales, confirmó, hacían un buen trabajo.
—Tome las notas que necesite… Las fotos puede quedárselas. Le serán útiles para identificar los barcos.
Sacó Jordán la estilográfica y tomó apuntes en papel del hotel al que cortó el membrete.
—¿Es cierto que el Sierra Bermeja se defendió? —quiso saber Navia-Osorio.
Asintió mientras anotaba.
—Algo quiso hacer… El primer torpedo no llegó a hundirlo y llevaba un cañoncito a popa. Emitió la señal QQQ de que estaba siendo atacado y nos presentó combate a ciegas, tirando contra la oscuridad mientras maniobrábamos para lanzar el segundo torpedo. Éste lo mandó al fondo.
Hizo el capitán de navío un gesto de aprobación.
—Valientes, esos marineros rojos… Españoles, a fin de cuentas, ¿no?
—Sí, eso parece. Asturianos en su mayoría. Los rescataron unos pescadores griegos.
—Sobrevivieron casi todos, tengo entendido.
—Veintidós de veintinueve.
Se quedó absorto un momento recordando los fogonazos del pequeño cañón del mercante atacado, los estampidos del Oerlikon tirando contra él entre el primero y segundo torpedo, el entrechocar metálico de vainas vacías en el balanceo de la marejada. Y el resplandor de un incendio en el barco herido, vencido al fin, que se deslizaba despacio, casi con elegancia —algunos barcos sabían morir—, a un abismo de setecientos metros de profundidad.
—¿Qué tal su gente? —Navia-Osorio lo estudiaba ahora con atención—. Por los resultados parece una tripulación eficaz.
—Así es. Hacen su trabajo.
—¿Algún garbanzo negro?
—No.
—¿Ningún problema de liderazgo?
—Ninguno.
—¿Nadie entre ellos cuestiona lo que hacen aquí?… ¿Sobre quién está detrás de todo?
—No son idiotas. Lo saben, pero no plantean preguntas. Son mercenarios y cobran puntualmente en sus cuentas de Atenas.
—El sueldo de usted se lo estamos mandando a su esposa, según las instrucciones que nos dio.
—Sigan haciéndolo.
Jordán había terminado de tomar notas, esperó a que la tinta se secara, dobló los papeles escritos y se los metió en los bolsillos con las fotos de los barcos.
—¿Qué tal la relación con el propietario de la isla, ese barón Katelios?
Vaciló un instante, pues no esperaba la pregunta.
—Buena —dijo con voz tranquila.
—¿Se han conocido en persona?
—Es nuestro anfitrión. Pero no interfiere.
—Vive y deja vivir, ¿no?
—Eso es.
Navia-Osorio vertió whisky inglés en un vaso, lo rebajó con un chorro de sifón y se lo ofreció a Jordán, que negó con un movimiento de cabeza.
—Hay algo que debe seguir teniendo presente —bebió un sorbo—. Bajo ningún concepto puede ser apresada la torpedera. ¿Comprende?
—Comprendo.
—En caso de que algo se tuerza, adopte las precauciones necesarias para hacerla desaparecer… ¿Sigue comprendiendo?
—Sí.
—De todas formas —la expresión del otro se había vuelto más seria—, sea por los rusos, por los griegos, por los ingleses o por quien sea, algunos de sus hombres podrían verse muertos o capturados. Todo es cuestión de negar cuanto digan… ¿Me sigue?
—Perfectamente.
Bebió de nuevo el capitán de navío.
—Recuerde que su caso personal es distinto. Es un oficial de la Armada nacional española y no puede ser apresado de ningún modo. Y si lo fuera, negaríamos saber quién es. Por eso le dimos un pasaporte falso y lo hicimos venir sin documentación oficial —dejó el vaso en la mesa y encaró a Jordán con estudiada cortesía—. ¿Lo tiene claro?
—Lo tuve desde el principio.
—Será diferente cuando todo haya pasado y regrese a la patria. Y por cierto, quizá le agrade saber que el almirante Cervera lo ha propuesto para una cruz al mérito naval —al decir eso frunció la boca, escéptico—. Aunque creo conocerlo a usted un poco, y diría que no es de los que se emocionan con las condecoraciones.
—Tiene razón —asentía Jordán—. No me emocionan en absoluto.
Grande y casi grueso uno, menudo el otro, Salvador Loncar y Pepe Ordovás salieron satisfechos del Rejans, acariciándose la tripa. Había sido, en palabras del último, un memorable almuerzo internacional: entremeses rusos con vodka, pato a la naranja y vino francés, culminado con una copa de Hennessy y un café turco de los que dejaban poso de un dedo de grosor. Esta vez le tocó pagar a Loncar. El día era templado, lucía un sol razonable y los dos agentes —enemigos aunque bien avenidos— caminaban uno junto al otro dando un paseo calle Istiklal abajo, en dirección al Cuerno de Oro. Durante la comida nadie había dicho nada de interés, pues la conversación anduvo en torno a la situación mundial, la barbarie de las tropas japonesas en China, las últimas noticias de España y el torneo internacional de ajedrez que se celebraba en La Habana. Fue Loncar el primero en mencionar el asunto.
—Y ahora que hemos comido, Pepe, cuéntame algo.
—¿De qué?
—Sabes de qué… Esos ataques en el mar Egeo.
Dieron una docena de pasos en silencio. Por fin el agente franquista se detuvo. Su rostro zorruno, afeitado y flaco no miraba a su interlocutor sino hacia poniente; allí donde, sobre las cúpulas y tejados de los edificios, surgían los minaretes de Santa Sofía y de la Mezquita Azul.
—No somos nosotros —dijo.
Se contemplaba los pulidos zapatos blancos y negros. Suspiró Loncar, estoico.
—Oye, Pepe. Mírame, anda.
Obedeció el otro levantando la cabeza, echado atrás el sombrero.
—Ya te miro… ¿Qué pasa?
—¿Tú me ves cara de gilí, como en los tangos?
—Te digo que no somos nosotros, coño —descubría Ordovás los incisivos mientras chascaba la lengua—. Pregunta a los italianos.
—Los italianos es como si fuerais vosotros. O lo mismo sois vosotros con lanchas torpederas de ellos.
—¿Lanchas?… ¿Quién habla de lanchas? Al parecer son submarinos.
—Vete a tomar por culo.
Echó a andar Loncar, dejando al otro atrás. Ordovás se apresuró en alcanzarlo.
—Ha sido una comida estupenda, compadre… No la estropeemos.
Se detuvo Loncar de nuevo.
—Te he pasado buenos asuntos, Pepe. Incluido ese petrolero al que pegasteis fuego hace unas semanas. Y el traficante húngaro que acabáis de trincar en el hotel Esplanade de Zagreb negociando tres mil fusiles Mosin-Nagant y medio millón de cartuchos te lo soplé yo con nombre y apellido… Mientras que tú, por tu parte, no me has dado una puñetera mierda.
—El húngaro estaba más quemado que una falla valenciana y además era un bocazas —objetó Ordovás—. Ya no os servía para nada.
—Da igual. Te anotaste el tanto, y es lo que importa. Pero a mí me tienes boquerón total. O sea, nada de nada.
—Te conté lo de la nueva oficina en Bucarest y el petróleo de Ploesti.
—Eso no vale un carajo.
Tras decir aquello y decirlo así, el agente republicano hizo la pausa misteriosa que llevaba mucho rato calculando. Hasta la expresión del rostro la había ensayado varias veces ante un espejo. Una historia verídica, sabía por experiencia, nunca era tan cierta ni duradera como una bien inventada.
—Y el caso es que tengo algo bueno —dijo con aparente desgana—. Algo demasiado bueno, me parece…
No añadió nada más. Caminaba de nuevo, con Ordovás pegado a él y mirándolo de reojo.
—Yo no sé gran cosa del Egeo —le oyó decir.
—Pues cuando te paso algo al respecto, bien que lo utilizas.
Anduvo el otro unos pasos callado, dubitativo, torciendo hacia abajo una comisura de la boca. Parecía luchar contra su propia prudencia.
—Es posible que tengas razón —murmuró—. Que no sean submarinos…
Loncar le dirigió una mirada desdeñosa.
—Venga, hombre. A estas alturas es obvio, ¿no? Dime algo que no sepa.
—Puede que estén operando lanchas torpederas… —guardó Ordovás un silencio doloroso, cual si le costara añadir el resto—. Lanchas italianas, naturalmente.
—¿De dónde salen? ¿De un barco, de bases en tierra?
—Eso no lo sé, Salvita.
—Algo así no se organiza sin complicidades oficiales griegas.
—Rellena tú mismo la línea de puntos.
—Qué hijos de puta.
Habían llegado a los muelles junto al puente Gálata, que en ese momento se abría para que pasara un barco. La estación del Orient Express destacaba dorada en un triángulo de sol, al otro lado del agua.
—Te juro que es cuanto sé de ese asunto —dijo Ordovás—. ¿Qué podrías darme tú?
Todavía fingió duda Loncar. Se pasó la uña por el bigote. Miraba a los vendedores de pescado que llamaban a los clientes manteniéndose de pie en el balanceo de sus barcas: todas, pese a ser de madera, tenían hornillos calentando cazuelas con aceite donde se freían chicharros y rodaballos.
—Un embarque espectacular… Tanto, que esta vez tendríais que pagarme.
Ordovás se quitó el sombrero, pasó una mano para alisar el pelo que le quedaba y volvió a ponérselo. Parecía sorprendido. Las grandes orejas afilaban más su cara de raposo.
—¿De qué estamos hablando?
—Mil libras esterlinas o su equivalente en dólares.
—Leches.
—Sí.
Un destello de avidez recelosa iluminaba los ojos del agente nacional. Se pasó la lengua por los labios y los movió levemente, sin pronunciar palabra alguna.
—¿A cambio de qué? —pareció animarse al fin—. Porque eso es un dineral… Ya tendría que ser gordo, compadre.
—A cambio del mayor embarque de material militar de toda la guerra.
—Estás de guasa.
—Sabes que no.
Ordovás contuvo el aliento. Loncar casi podía escuchar las ruedecillas que giraban en su cerebro.
—Dame detalles.
—No.
—Por tu madre, Salvador.
—No metas a mi madre en esto… Es una santa y de izquierdas, como mi difunto padre.
—Perdona, hombre. Pero dime algo.
Lo dejó cocerse medio minuto el agente republicano en su ansiedad.
—No te voy a dar nada hasta que te comprometas.
—Dime al menos de qué se trata.
Loncar fingió que se debatía entre la prudencia y la oportunidad.
—En las próximas semanas saldrán más barcos del mar Negro —deslizó.
—Toma, claro… Eso lo sabemos.
—Pero hay uno en especial.
De nuevo la lucecita de interés, más intensa ahora. Entornaba Ordovás los párpados como para ocultarla.
—¿Español o ruso? —preguntó.
—Te lo diré cuando toque, si es que toca.
—¿Qué tiene éste de particular?… ¿Cuál es la carga?
Fingió otra vez Loncar indecisión.
Duda propia.
—Algo serio, importante, grande como el barco —acabó por decir—. Aviones y una treintena de aviadores y consejeros soviéticos.
Atendía Ordovás con todos sus sentidos: receloso, confiado e incrédulo al mismo tiempo.
—Vaya… ¿De ese volumen hablamos?
—De ése.
—Joder.
—Lo que oyes.
—¿Y qué más puedes contarme?
—Nada hasta que no vea el dinero: mitad antes y mitad después.
Se mordía el otro el labio inferior.
—Tengo que consultarlo.
—Pues ya tardas, criatura… Ya tardas.
Estuvieron un momento callados, contemplando el ambiente: olía a pescado y frituras, y en un cafetín cercano, en el mismo muelle, había tipos bigotudos jugando al dominó. Entre las voces de los pescadores que ofrecían su mercancía sonaban las fichas al golpear el mármol y las risas de los que jugaban. De vez en cuando, de soslayo, Ordovás se volvía a mirar a Loncar, suspicaz, cual si buscara interpretarle el pensamiento.
—Nunca pediste dinero.
Se encogió de hombros el agente republicano, con espontaneidad.
—Ni tú tampoco.
—¿Y por qué ahora?
Suspiró Loncar. En esa ocasión no necesitaba esforzarse para dar un tono sincero a su respuesta. Le salió tan natural y creíble como la vida misma.
—Empiezo a estar cansado, Pepe… Y la República puede perder la guerra.
Cuando Jordán regresó a Gynaíka tras dos días de ausencia, Ioannis Eleonas lo recibió inquieto; o más bien fue Jordán quien dedujo su estado de ánimo. En el tiempo que llevaban juntos había aprendido a interpretar al contrabandista, cuya preocupación no solía manifestarse sino en silencios largos y reflexivos; en la tardanza en responder a preguntas o aportar comentarios, como si cada palabra o gesto los filtrase antes, precavido, por su razón y su instinto.
—¿Todo bien, piloto?
Estaban sentados ante la barraca de Jordán, a oscuras. Era tarde y Eleonas demoraba en irse. Había ido a dar la novedad, como cada noche antes de que los hombres se retirasen a dormir. Podían verse a un centenar de pasos, recortadas las siluetas en torno al resplandor de una fogata que se extinguía despacio. La voz de Teo Katrakis, el timonel, sonaba cantando en griego una saloma marinera que los otros coreaban de vez en cuando, entre risas.
—Todo bien y alguna cosa no tan bien —dijo al fin Eleonas.
—¿Los hombres?
—Se comportan. Con Cenobia se turnan, pagan al marido y no hay problemas. Nadie se queja, y todos están satisfechos con la comida.
—¿Qué tal Zinger?
Lo pensó el griego algo más.
—El holandés es antipático, pero no pasa los límites —se detuvo otro momento, reflexivo—. Aunque no lo aprecia a usted. Anoche tuve que llamarle la atención. Hizo comentarios inapropiados sobre la baronesa Katelios.
Jordán no dijo nada, se limitaba a esperar. Por fin Eleonas habló de nuevo.
—No me gusta andar con chismorreos, kapetánie. Si le cuento esto es porque…
—Comprendo por qué me lo cuenta —lo interrumpió—. Siga.
—No hay más. Zinger dijo una insolencia, ordené que cerrara la boca y la cerró.
—¿Y el telegrafista? —se interesó Jordán—. ¿Se mantiene lejos del alcohol?
—Ni una gota… Bobbie es buen hombre. Con un humor raro que a los demás choca, pero no ofende. Buen hombre.
—¿Cuál es el problema, entonces?
—No en la isla, sino fuera —señaló el griego la sombra oscura de la torpedera—. Esta mañana vino con suministros uno de los caiques. Era el Karisia y hablé con su patrón, el viejo Petros.
Volvió a callar. Alzaba el rostro para mirar las estrellas y éstas se le reflejaron en los ojos. También Jordán levantó la vista. Por hábito profesional siguió la línea de la Polar a Capella y de ahí a las Pléyades.
—Petros me dijo que los aduaneros griegos se mueven más estos días —dijo Eleonas.
—¿Cuánto de más?
—Los ha visto tres veces en estas aguas; y en el paso entre Andros y Tinos lo pararon y subieron a bordo para echar un vistazo.
—Eso nunca había ocurrido antes.
—No.
La novedad preocupó a Jordán. El equipo TSH del caique no era común en aquella clase de embarcaciones. Demasiado evidente.
—¿Vieron los aduaneros la instalación telegráfica?
—La vieron, pero no dijeron nada. Y lo extraño es eso… Que no dijeran nada.
—¿Cómo lo interpreta, piloto?
—No es asunto mío interpretar.
—Ya, pero se lo pido… ¿Qué deduce de eso?
—Puedo decir lo que a mí me contó Petros.
—Dígamelo.
—Él cree que quieren que sepamos que saben. Y que nos advierten.
—¿Nos amenazan?
—De momento sólo nos advierten.
Seguían mirando las estrellas. Jordán pasó del grupito luminoso de las Pléyades a la solitaria Aldebarán. El piloto se movió un poco, aunque permaneció sentado.
—No sé cómo llevan esto fuera de la isla ni quiero saberlo, kapetánie. Pero hay cosas que, pasado un punto, dejan de ser secretas. Y eso es malo para todos. No sé cuánto tiempo…
—Ya. Sé a qué se refiere.
La fogata de los tripulantes era un rescoldo de brasas. El timonel había dejado de cantar y sus siluetas se dirigían al barracón. Alguien dijo algo y sonaron nuevas risas. Parecían de buen humor.
—Salí al mar siendo un chiquillo, como le dije —comentó inesperadamente Eleonas—. Mi padre y mi abuelo eran pescadores y contrabandistas, igual que todos por aquí. Mi abuelo murió en un naufragio con sus hermanos y cuñados, y a mi padre lo mataron los turcos. Tengo pocos recuerdos de él, pero algo le oí decir que no olvido nunca.
Se había puesto en pie. No era Eleonas proclive a confidencias, así que Jordán prestó especial atención a lo que decía. Hablaba ahora más despacio, casi pensando cada palabra antes de pronunciarla.
—Una vez al año, decía mi padre, el diablo celebra su cumpleaños… Y ese día es mejor no salir a la mar.
Aún permaneció callado un momento más. Estaba ante Jordán como demorando el irse: sombra maciza e inmóvil recortada en los alfilerazos luminosos de las estrellas.
—Todo consiste, kapetánie Mihalis, en saber qué día cumple años el diablo.
Pantelis Katelios apuntó la escopeta, apretó uno de los dos gatillos y el conejo dio un salto en el aire, rodeado de polvo, antes de quedar tendido en el suelo. Satisfecho, el barón se acercó a él mientras sustituía el cartucho vacío, y tras coger el animal muerto lo enganchó por las patas traseras en la canana que llevaba en la cintura. En otro tiempo había cazado con un perro, un buen labrador negro llamado Áyax; pero éste envejeció hasta quedar ciego, así que un día Katelios lo llevó a un último paseo, y tras dejarlo saciarse con un buen pedazo de carne roja y fresca lo sacrificó de un disparo, enterrándolo cerca del único almendro de la isla. Había querido mucho a ese perro, y ya nunca quiso tener otro. Desde entonces paseaba solo.
El cañón de la escopeta aún estaba caliente. Era su arma de caza favorita, una elegante calibre 12 con dos cañones paralelos de acero Whitworth de setenta centímetros, y la casa Purdey la había fabricado para él a medida en su exclusivo taller londinense de Audley Street. Si un día decido suicidarme o matar a un ser humano, había comentado Katelios con admiración cuando el armero la puso en sus manos, será con ella.
Se colgó la escopeta en el hombro derecho —llevar correa en un arma como ésa era de mal gusto, pero más cómodo— y siguió camino por el sendero que recorría Gynaíka de oeste a este. Vestía una usada chaqueta Harris con coderas de ante, el pantalón de pana y el sombrero panamá que había conocido tiempos mejores. El cielo estaba casi despejado, con una línea de nubes al sudoeste, al otro lado de doce millas de mar color malaquita, entre las islas de Kea y Kythnos.
Al cabo de un rato vio otro conejo entre unos arbustos secos. Descolgó la escopeta y apuntó, pero algo en la actitud del animal retuvo su dedo ante los gatillos: estaba inmóvil, sin mostrar inquietud por su presencia. No se agazapaba procurando pasar inadvertido, sino que permanecía erguido sobre las cuatro patas, enhiestas las orejas, mirándolo. Un conejo atrevido, valiente, pensó Katelios. Que desprecia el plomo que lo puede matar. O quizá sólo es un bicho estúpido, incapaz de adivinar la granizada que le viene encima. También puede que esté enfermo y le importe todo un bledo. Aunque, puestos a intelectualizar el asunto, tal vez se trate de un conejo hastiado del mundo, deseando que alguien ponga fin a sus días: un conejo estoico y suicida, en demanda de la cicuta de Sócrates o la espada de Catón. Consciente de que, en ciertos momentos entre la vida y la muerte, huir sólo sirve para morir un poco más tarde.
Tras apuntar indeciso durante medio minuto, Katelios bajó el arma, volvió a colgársela del hombro y continuó su camino. Pensaba en el conejo resignado, quieto; en el paisaje de la isla, el mar y el mundo del que una y otro lo mantenían lejos. Durante toda la vida los seres humanos no hacían sino vagar en torno a la propia tumba, y sólo se diferenciaban en el modo de situarse ante ella. A veces, como en ese momento pero cada vez más a menudo, el barón se sentía también espectador indiferente, igual que un romano al que solía imaginar asomado a la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saqueaban Roma, las respetables matronas eran violadas, los ricos caían asesinados en sus mansiones, la turba corría entre gritos de horror, y ardían —con los sacerdotes dentro, naturalmente— los templos de los viejos dioses. Qué otra cosa esperabais, estúpidos, pensaría aquel romano mientras se llevaba a los labios la última copa de vino de su bodega, que como el resto de la ciudad sería saqueada en las próximas horas. Lamentando, tal vez, no ser lo bastante joven para unirse a los bárbaros.
Lo había comentado con su mujer antes de confinarse en la isla, cuando aún viajaban por Europa y no conversaban con silencios. Desayunaban en la habitación 426 del hotel Vesuvio de Nápoles, frente al castillo y el pequeño puerto cubiertos de blanco porque una fuerte nevada —insólita allí incluso en enero— cubría la ciudad. Monologaba él como ya solía hacerlo entonces, malhumorado y amargo, lamentando cuanto la última guerra había arrastrado consigo; el final inexorable de una época que agonizaba sin remedio. Europa carece de fuerza, había dicho mirando por el balcón y más huraño que de costumbre, quizás a causa del mal tiempo. Ya no genera ideas que influyan en el mundo: Alemania, Inglaterra, Italia, Grecia, carecen de fibra moral. Hasta los bárbaros son ahora vulgares, reemplazados por anarquistas, comunistas, nazis o fascistas que pretenden sentarse a nuestra misma mesa. Y fue en ese momento, en Nápoles, cuando Lena, recostada en la cama con un albornoz blanco y una taza de café en las manos, había mirado silenciosa y largamente a su marido antes de pronunciar, sarcástica, unas palabras que volverían mudos para siempre esa clase de lamentos en Pantelis Katelios:
—Es natural que estés inquieto por tu pobre Europa… Con todo el mundo sentado a la mesa, ¿quién te la servirá ahora?
Las ruinas de la prisión se alzaban a un lado del sendero: muros sin techo, desconchados, con ladrillos rotos y ventanas por las que se colaba el cielo. El conocimiento, pensó Katelios, sólo era capaz de entender los signos; ellos suponían su finis terrae. Y construir prisiones era uno de los evidentes signos de la Historia: con engendrar y matar, posiblemente, la afición —o la necesidad— más antigua del ser humano.
En un lugar que quedaba en sombra, apoyó la escopeta en el muro, colgó en ella la canana con el conejo, sacó un libro del bolsillo —una vieja edición en octavo de las Cartas a una princesa alemana, de Euler— y se sentó a leer:
Creemos, con razón, que Dios desea realmente la felicidad del género humano, y por eso sorprende que el mundo sea tan distinto de lo que consideramos adecuado para conseguir ese deseo…
Sonrió para sí. Había diversas formas de reaccionar ante esa sorpresa, que la lucidez volvía tarde o temprano inevitable, y él había elegido una de ellas: la del observador pasivo e indiferente, ácido a veces, atrincherado en el desdén de su clase. Una clase consciente de estar condenada por la sociedad moderna, la política y el futuro. Pensando en eso levantó la vista del libro para pasearla por las ruinas próximas y la fijó en el mar. También Lena, consideró tras un momento, había elegido su propia trinchera, de un modo que no podía aprenderse en los libros y ni siquiera en la vida. Sobrevivir en un medio hostil transformándose uno mismo en el ser más peligroso del lugar —había muchos modos de conseguirlo— no estaba al alcance de cualquiera; hacía falta cierta especie de instinto previo, innato, que en el caso de una mujer podía acabar convirtiéndola en un animal fríamente peligroso. Nada conocía ni imaginaba Katelios más despiadado que la cólera silenciosa de una hembra herida cuando era capaz de destilarla sin prisa, gota a gota, con amargura, desesperación e inteligencia.
De ese modo, con las palabras fríamente peligroso todavía en la punta de la lengua —las pronunció en voz alta sin darse cuenta, paladeando su sonido—, el barón contempló el mar todavía un momento y luego retomó la lectura:
Considerando el mundo desde esa perspectiva, nos vemos muy tentados a dudar de la sabiduría y la bondad soberana del Creador.
Euler, consideró Katelios, era un geómetra y un físico educado de las Luces; por eso sabía expresarse con moderación, y para dirigirse a su princesa había utilizado el término dudar en vez de otros posibles como maldecir o blasfemar. Cada cual tenía su manera de hacerlo y también de negociar los propios remordimientos, pues no todo podía atribuirse a Dios ni a la ausencia de él. Mientras pasaba distraídamente páginas del libro —había dejado de prestar atención a lo que leía— el barón recordó a Lena al principio, recién conocidos en París y en los siguientes lugares donde la condujo cuando ella buscaba en él un alivio para las heridas, la turbulencia, el desarraigo del mundo en que había vivido y dejaba atrás. Durante aquel primer tiempo glorioso, único feliz de su existencia en común, ella lo siguió sin reservas, leal como una niña de recobrada inocencia, Helena Nikolaievna antes de ser Lena Mensikov y luego Lena Katelios, sin sospechar que se dirigía hacia la trampa oscura, el lugar sin vuelta atrás que la vanidad arrogante y estúpida de él no supo o quiso evitar. Hasta entonces la había paseado por su mundo como espléndido triunfo social que atraía miradas de admiración y asombrados silencios; pero cuando fue consciente del abismo en el que la precipitaba, contagiándola de su propia y árida lucidez como si de una enfermedad venérea se tratase, era ya demasiado tarde: había roto el mecanismo de salvación al que Lena se aferraba con todas sus fuerzas, y en adelante sólo quedaron, entre ellos y en torno a ellos, el páramo desolado, la doble soledad y el rencor de la mujer que en otro tiempo lo había amado con devoción y que dejó de hacerlo justo cuando empezaba a amarla él.
Cerró el libro, lo guardó en un bolsillo y se puso en pie. Sentía la boca tan seca como el corazón y lamentó no llevar una bota con agua o vino. Volvió a ceñir la canana con el conejo muerto, se colgó la escopeta al hombro y, tras una corta indecisión, caminó por la parte del sendero que llevaba a levante de la isla. De haber creído en el Dios del que Euler hablaba a la princesa alemana, Pantelis Katelios habría necesitado un sacerdote con el que contrito, en voz baja, confesar sus remordimientos. Pero lo único que tenía disponible en aquella isla era aquel extraño español medio griego, tan semejante a un escandinavo grande y rubio: el marino venido de lejos. El hombre que acababa de acostarse con su esposa.
—Hay alguien allí arriba, comandante —anunció Zinger.
Alzó Jordán la vista —estaba a bordo de la torpedera, engrasando con el holandés los mecanismos de lanzamiento— y vio al hombre en lo alto de la colina. Aquello lo sorprendió. Estuvo un momento observando, inquieto, hasta que reconoció al barón. Entonces se limpió las manos con un manojo de estopa, saltó al embarcadero y se dirigió a su encuentro. De camino se cruzó con Ioannis Eleonas; y éste, que también había visto al intruso, dirigió a Jordán una mirada de preocupación. Mientras recorría la playa advirtió que el visitante llevaba una escopeta colgada al hombro y que un conejo pendía de la canana con cartuchos que rodeaba su cintura; así que se desvió unos pasos para coger el revólver que tenía en su barraca. Lo introdujo entre el cinturón y la camisa, a la espalda, y remontó despacio el sendero.
—Paseaba por aquí cerca —dijo Katelios cuando llegó hasta él—. Y me atrajo la curiosidad.
Cambiaron unas palabras de cortesía y al cabo quedaron callados, mirándose como si hubieran agotado los argumentos sociales posibles. Qué diablos, reflexionaba Jordán, lo habrá traído por aquí. Observó de nuevo la escopeta que colgaba con naturalidad del hombro del barón y no pudo evitar pensar en Lena Katelios. Aunque no había nada amenazador en la actitud del visitante, se alegró de llevar encima el revólver. Con el pretexto de mirar hacia la playa, girose a medias para que el otro viera que lo llevaba. Al fin, el griego hizo un ademán tranquilo que abarcaba la ensenada y la torpedera.
—Ha traído la guerra muy lejos de su patria —dijo.
Vaciló Jordán, escrutándole el tono. Tampoco advirtió en él hostilidad alguna, de modo que se relajó un poco más.
—Siempre estuve lejos —repuso—. Incluso en tiempo de paz.
Asintió Katelios. El ala deformada del panamá dejaba sus ojos en sombra.
—Ah, es cierto. Sí. Olvidaba que antes de esto fue marino mercante.
Se sorprendió Jordán, queriendo hacer memoria.
—¿Le conté eso?
—¿De veras no lo hizo?… Bueno, tal vez se lo contara a mi mujer.
Lo miraba el griego con un interés casi científico, muy detenidamente. Y tras un momento, Jordán vio que se encogía de hombros.
—Cómo cambian las cosas, ¿verdad? Las nuevas tecnologías y todo eso… Yo también hice una guerra, pero fue de otra manera. Más sucia, como puede imaginar —le dirigió una mirada aviesa—. ¿Sabe que una docena de orejas turcas en un frasco con alcohol parecen melocotones en almíbar?
Jordán no estaba impresionado en absoluto.
—La guerra en el mar no tiene nada de limpia —se limitó a decir.
—Supongo que no, por supuesto —Katelios aparentaba pensarlo más—. Supongo que no.
Miraba el mar y la playa. Al cabo se descolgó del hombro la escopeta para dejarla a sus pies, apoyada en una piedra grande. También se desciñó la canana con el conejo. Jordán observó que la sangre le había manchado el pantalón, pero no parecía importarle.
—Luché en una guerra griega, en caballería. En Tesalia, año noventa y siete, los turcos me hirieron en un pulmón.
—Vaya… ¿Grave?
—Lo suficiente para hacerme pensar. Allí me di cuenta de algo: un hombre al que ves sorprendido porque va a morir es que no ha comprendido nada —se volvió de repente hacia Jordán—. ¿Está de acuerdo?
—Podría estarlo.
—Fue esa certeza lo que cambió mi vida, me parece. La herida también ayudó a simplificarla, pues quedé inútil para el servicio. Quise alejarme: a este lado del Mediterráneo todos se odian de un modo ancestral, histórico. Se odian por patrias, por razas, por religiones. Y en cuanto alguien olvida quién es su enemigo, se apresuran a recordárselo… No hay forma de poder que no se base en el odio al otro.
Metió una mano en un bolsillo de la chaqueta y sacó una pipa que traía ya cebada. Tras prender un fósforo protegiendo la llama con el hueco de la mano, la encendió con parsimonia. Lo hizo sin dificultad, pues no soplaba ninguna brisa.
—Pese a mis antepasados y mi título —dijo entre una bocanada de humo— nunca fui monárquico, ni tampoco republicano. Había cumplido con mi nombre y patria, así que me dediqué a otras cosas, leer y viajar: Berlín, Londres, París, Montecarlo… Me convertí en un meraklis.
Arrugó la frente Jordán.
—No conozco esa palabra.
—Es menos una palabra que un concepto: un hombre capaz de disfrutar del mundo, no por exhibirse sino para su íntimo placer. Atento a los detalles de la ropa, de la comida… Amigo de hacerlo todo despacio y disfrutándolo —sonrió irónico, superior—. Puede que usted ignore lo interesante que es la vida cuando decides no perderte nada de ella, pero sin apasionarte en absoluto.
Escuchaba Jordán con sincero interés.
—Lo ignoro, en efecto… ¿De verdad es así?
—Lo era. En aquella época tenía dinero y tiempo para eso.
—¿Y ya no lo tiene?
—Menos. Muy poco, en realidad. Mi familia consiguió una cómoda posición con el comercio de esponjas, pero eso nunca me interesó gran cosa. Tampoco tuve hermanos, ni quien se ocupara de ello.
—¿Y por qué regresó aquí?
—No fue un regreso, realmente. Ésta, supongo que lo sabe, es la isla de los desterrados y los prisioneros. Me daban fastidio otros lugares, y además disminuían mis medios para permitírmelos.
Se detuvo Katelios en ese punto y estudió la cazoleta de la pipa para observar la correcta combustión del tabaco.
—También creí que aquí la recuperaría a ella.
Se llevó la pipa a la boca y durante unos segundos permaneció callado, chupándola con desgana elegante. Había vuelto a mirar el mar.
—Supongo que creí comprarla… ¿Entiende lo que digo?… Las mujeres se enamoran de los osados, pero desean casarse con hombres razonables y, a ser posible, con dinero —lo pensó un poco y torció la boca en una mueca cínica—. Aunque de una u otra forma todas lo hacen por dinero… Tal vez en el futuro sea distinto, pero ahora es así.