La isla de la mujer dormida
9. Temporada de caza
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Aquél era un terreno incómodo, decidió Jordán. Incluso claramente peligroso. De pronto volvió a ser consciente del arma que llevaba en la parte de atrás del cinturón. Había resuelto no decir nada y limitarse a escuchar, pero no pudo evitarlo. El tono de Katelios, confidencial, casi amistoso, hacía difícil quedar al margen.
—Lo afirma con mucha seguridad —apuntó.
—Compré a las suficientes mujeres como para averiguarlo.
Más bocanadas de humo. Olía bien aquel tabaco. La escopeta y el conejo seguían en el suelo, pero ninguno de los dos hombres los miraban.
—Ella no se casó conmigo por dinero, si eso le inspira curiosidad… Yo entonces lo tenía, pero ésa no fue la causa.
—Se enamoró —dijo Jordán.
—Sí, aunque a su manera.
—¿También se enamoró usted?
Fue un impulso repentino. Se arrepintió apenas lo dijo, pero el otro se mantuvo inmutable. De nuevo miraba la cazoleta de la pipa.
—Me fascinó en cuanto la vi.
Jordán recordó a Lena desnuda ante él en la casa de Syros, las largas piernas en torno a sus caderas, la suave sensación de calor húmedo cuando él penetró por primera vez en su vientre. Luego pensó en la placa de latón junto al timbre de la casa del médico: G. Papagos, yiatrós, y experimentó un súbito desprecio por el hombre que tenía delante. De pronto se sentía extraordinariamente audaz.
—Hablo de amor, Katelios.
El apellido hizo que el otro lo mirase con desagrado. Los labios contraídos, que dejaban escapar el humo, mostraban ahora un rictus agrio bajo el bigote gris.
—No sé si celebrar su confianza, capitán… En alemán, y recuerde que soy freiherr, llamar a alguien por su apellido, a secas, suena despectivo.
—Estamos hablando en griego.
Se miraron con más curiosidad que desafío. Después el barón volvió a encoger los hombros.
—Tardé un tiempo en amarla, y ése fue mi error. Llegué cuando se iba.
Desde un momento atrás, Jordán sentía que era capaz de atreverse a cualquier cosa. Las reglas básicas de la cortesía, de las conveniencias, se diluían en aquella extraña intimidad, cual si Katelios y él se conocieran de largos años. Eso hacía crecer su osadía.
—¿Cambió mucho ella?
Con toda naturalidad respondió el barón que Lena había cambiado muchísimo. Cuando él la conoció era una mujer con pasado —fue ése el término exacto que empleó para definirla—, pero a pesar de eso y del trabajo de maniquí en París conservaba cierto candor: una insólita inocencia que, combinada con su elegancia natural, le había parecido fascinante. Pasaba fácilmente del recelo a una confianza casi ingenua, como la de un muchacho. Y era única. Katelios había visto enmudecer a la clientela de los más refinados hoteles, casinos y restaurantes de Europa cuando la veían entrar.
—Las mujeres la miraban a ella con celos, y los hombres a mí con envidia.
Se detuvo en ese punto, un momento, y Jordán advirtió en él una mirada que reclamaba indulgencia.
—Yo era frívolo, ¿comprende?… Más bien disoluto, entiéndame. La conduje a lugares oscuros para mi propio placer, y en ellos Lena descubrió los suyos… No puedo culparla por eso.
Jordán comprendía demasiado bien. Era un profesional rudo y no un hombre de mundo, pero había evidencias al alcance de cualquiera. Y Katelios lo estaba explicando con asombrosa precisión.
—Ella le entregó cuanto tenía y usted lo malgastó. No supo qué hacer con ello.
Lo observó el otro con una sorpresa que parecía sincera.
—Vaya… Es algo más que un marinerote con aspecto de vikingo, diría yo. No me equivoco al hacerle esta visita.
Volvió a notar Jordán la sensación del revólver en su espalda.
—¿Y por qué me la hace?
No respondió el griego a eso. Estaba callado chupando su pipa, entornados los ojos, pese al sombrero, por el resplandor del sol en las piedras blancas y grises de la isla.
—Tenía que haberla visto la primera vez que la llevé a un fumadero de opio —dijo de pronto—. Su mirada… Su modo de balancear con suavidad la cabeza, aturdida, indiferente, tumbada de lado y medio desnuda, cuando inhalaba el humo.
Se detuvo un instante, con un suspiro corto y desolado.
—No hay mejor poema que un grano de opio, escribió Jules Boissière… ¿Leyó algo de Boissière?
—No diga tonterías.
—Ah, claro, disculpe… Hay mujeres, pretendía decir, que adoptan las costumbres del hombre del que se enamoran, o con el que conviven, y Lena adoptó algunas de las mías. Lo que nunca pensé es que fuera más allá de donde yo fui nunca. A partir de ahí, desarrolló costumbres propias. Y poco a poco me fue dejando atrás.
Seguía sintiéndose Jordán insólitamente atrevido. Al fin y al cabo, se dijo como excusa, no era él quien había llevado la conversación a ese punto. Por otra parte, no era capaz de reprimir aquel extraño impulso. Lo mismo podría vaciar una botella con ese hombre, conversando durante horas, que molerlo a puñetazos o pegarle un tiro.
—Quizá porque tardó en amarla —dijo.
Katelios encajó la observación con asombrosa naturalidad.
—Sí, es posible —se limitó a responder—. ¿Sabe qué me dijo en cierta ocasión, cuando era demasiado tarde para todo?… Te creía un héroe, pero ahora comprendo que fue mi imaginación la que te construyó: sin lo que yo imaginé no eres nada.
Miró otra vez la pipa, cuyo tabaco se había consumido, y agachándose la vació dando golpecitos suaves en la piedra donde estaba apoyada la escopeta. Algunas partículas de ceniza cayeron en los ojos abiertos del conejo muerto.
—Eso fue lo que ella me dijo —concluyó.
—Sabe apuñalar —dijo Jordán, ecuánime.
—Sí, todas saben. Y el rencor y el desprecio son más peligrosos cuando los ejercen mujeres inteligentes.
Se incorporó Katelios, guardándose la pipa en un bolsillo.
—No se trata de asuntos de honor ni tonterías de ésas —añadió tras un momento—. Estas islas han visto cosas peores, y una posición como la nuestra genera cierta tolerancia social cuando hay escándalo. Excentricidades de ricos, ya sabe… Así lo ven casi todos, aquí.
Se quitó el sombrero y pasó un pañuelo para limpiar la badana.
—Las infidelidades de Lena, por llamarlas de un modo prosaico, no ponen en entredicho mi reputación. O no demasiado.
Volvió a ponerse el sombrero. Se mostraba indeciso, cual si indagara en una idea que no conseguía llevar a sus labios.
—Remordimiento —dijo al fin.
Ahora asentía para sí mismo, con una extraña sonrisa.
—Puede que la palabra sea ésa —insistió—. Remordimiento.
Tras decir eso suspiró de nuevo mientras se agachaba a coger la escopeta y la canana.
—Todos pagamos nuestras culpas, tarde o temprano… Por ejemplo, caminando por esta isla entre los espectros de los viejos errores.
Se colgó al hombro la escopeta y desenganchó el conejo. Lo hizo con mucha parsimonia, pensativo. Tomándose su tiempo.
—Tal vez la mate algún día, cuando yo haya pagado mis deudas. Sola o cuando esté con otro hombre, eso no lo sé todavía… Quizá la sacrifique, como se hace por piedad con un animal maltrecho.
Sostenía el conejo por las patas mirándolo con mucha atención, como si en el animal muerto hubiese indicios que sólo él era capaz de advertir.
—De momento, aún me quedan deudas por pagar —remató, críptico.
—¿Por qué me cuenta todo eso? —quiso saber Jordán.
—Oh, no sé —Katelios le dirigió una mirada larga, oscura e indefinible—. Me cae bien, tan grande como es, ¿no?… Tan rubio y tranquilo a pesar de su medio ascendencia griega. Cacé este conejo esta mañana y pensé en regalárselo —alargó la mano, ofreciéndolo—. Como le dije, algún día podemos dar un paseo y cazar algunos más, juntos. A sus hombres les gustará variar el menú.