La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


10. Mientras queden estrellas

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10. Mientras queden estrellas

 

 

 

 

 

A media mañana, a poca máquina, la Loba penetró en la ensenada de Kalafatis —un buen lugar entre acantilados, en la isla de Mikonos— y echó el ancla. Soplaba un meltemi prematuro que levantaba una molesta mar del noroeste, así que fondear al resguardo de la costa fue un alivio. El sentimiento era de frustración, pues la última incursión había sido un fracaso: los caiques exploradores perdieron el rastro del barco al que daban caza; y éste, que navegaba con las luces apagadas, se desvaneció durante la noche sin que la torpedera pudiese localizarlo. Según los informes previos se trataba del español Cabo Negrete, de 6.600 toneladas, que bajo el nombre falso de Foxford y con bandera inglesa había zarpado una semana atrás de Feodosia cargado con material de guerra y recambios de aviación. Lo habían buscado sin éxito durante catorce horas, y a eso debía añadirse una filtración de agua en el prensaestopas de una de las hélices, que requería reparación urgente.

Trabajaban en ello, fondeados en cinco metros de sonda, cuando Nikos Kiprianou, encaramado con unos prismáticos a la cofa del serviola, dio la alerta: una embarcación se acercaba desde levante. Subió a cubierta Jordán, que estaba abajo supervisando la reparación, a tiempo de ver que una lancha pintada de blanco y gris entraba en la ensenada. No era grande, sobre los doce metros de eslora, pero a proa montaba una ametralladora con dos sirvientes, y en el palo situado sobre la pequeña caseta de gobierno flameaban la bandera blanca y azul y el gallardete de la Aduana griega.

—Mal asunto —dijo Ioannis Eleonas.

Fumaba recostado en el puente de la torpedera, junto al timonel, cigarrillo en la boca y manos en los bolsillos; pero su apariencia tranquila contrastaba con la mirada inquieta que dirigió a Jordán.

—Nunca había ocurrido antes —añadió.

Compartía Jordán idéntica impresión: era la primera vez que tenían esa clase de encuentro, pero también era cierto que ahora la torpedera operaba lejos de su zona habitual. Quizá se trataba de algo casual, o de aduaneros curiosos. Dirigió un vistazo preocupado a los tubos lanzatorpedos camuflados bajo las lonas, seguro de que no superarían un registro serio. Por fortuna, como cada vez que dejaban de hallarse en acción directa, el cañón Oerlikon estaba desmontado del afuste y guardado en un pañol. Tras asegurarse de eso, Jordán bajó a su camarote y preparó los documentos de la embarcación, consciente de que tampoco resistirían el examen de alguien que no estuviese dispuesto a mostrarse benevolente o cómplice. Volvió a subir con el revólver Webley y un fajo de dracmas metido en un paquete, dejándolo todo oculto en el puente, bajo la gorra.

—Escuche, kapetánie… —dijo Eleonas.

—¿Qué, piloto?

—El dinero tal vez baste, pero no dispararé contra griegos.

Jordán no respondió a eso. Miraba la patrullera y respiraba hondo, despacio, procurando concentrarse en lo que podía ocurrir. Eventualidad más probable o eventualidad más peligrosa. Sin descartar que hubiera algún otro abajo, había cuatro hombres en cubierta: el que estaba al timón y los dos de la ametralladora —relajados de momento, sin actitud hostil— vestían ropa de faena gris; y el cuarto, gorra blanca y chaqueta azul con galón en la bocamanga. Mientras los veía acercarse calculó posibilidades y probabilidades, maniobras e inciertas rutas de escape. En mar abierto, la patrullera no habría podido alcanzar nunca los treinta y cinco nudos de velocidad de la Loba. Allí, sin embargo, la desventaja era obvia: estaban con el ancla largada y los motores parados. De cualquier modo, era consciente de que no podía dejarse apresar bajo ningún concepto. Le sorprendió la calma con que era capaz de encararlo todo. Primero los de la ametralladora, pensó fríamente. Después, el oficial. Situó la mano derecha cerca de la gorra y lo que ésta ocultaba, asombrado de que no le temblase. En el tambor del Webley había seis balas del calibre 38.

—Déjeme hablar a mí —dijo de pronto Eleonas—. Conozco al teniente.

—¿Está seguro?

—Sí, se llama Fukaris… Hemos bebido alguna cerveza juntos.

—Bien —Jordán se dirigió a los hombres que estaban en cubierta—. Todos abajo menos el piloto y yo. Pase lo que pase, que nadie asome la cabeza.

La patrullera se había situado por el través de la Loba y casi abarloada a ésta. Sus tripulantes los observaban con curiosidad y fue Eleonas el primero en saludar, levantando una mano.

—Kaliméra, ipolojagué.

Respondió el patrón aduanero en el mismo tono. Era un hombre de mediana edad, con el inevitable bigote, aunque afeitado el rostro con esmero. Antes de posarse en Jordán, sus ojos oscuros, perspicaces bajo la visera de la gorra, estudiaron la torpedera de proa a popa, sin que le pasaran inadvertidos el afuste vacío del cañón ni los dos largos bultos a una y otra banda, bajo las lonas.

—¿Todo bien? —preguntó en inglés, dirigiéndose a él.

—Sí, todo en orden —respondió Jordán en griego.

—¿Qué hacen aquí?

—Una pequeña avería —intervino Eleonas—. Sin demasiada importancia.

—¿Podemos ayudar en algo?

—No, nada, señor teniente. Muchas gracias. Lo tenemos casi resuelto.

El aduanero seguía mirando a Jordán, que mantenía la mano derecha cerca de la gorra.

—No es buen lugar para estar —dijo.

—Sólo será un momento —terció de nuevo el piloto.

Asintió lentamente el otro, cambió una ojeada con sus hombres y volvió a observar a Jordán.

—¿Es el patrón?

Hizo éste un gesto afirmativo. No había mucho que disimular, decidió. Era obvio que el aduanero sabía muy bien de qué iba todo aquello.

—Lo soy.

—¿Tiene documentos adecuados?

Jordán cogió el paquete de dracmas y se lo arrojó al aduanero, que lo atrapó al vuelo y sin ver lo que contenía lo guardó en un bolsillo de la chaqueta. Después volvió a asentir como quien confirma, sin necesidad, una evidencia.

—No es buen lugar —repitió, indicando el fondeadero—. Váyanse.

—Lo haremos, ipolojagué —dijo Eleonas—. En cuanto reparemos.

No dijo nada más el otro. Dirigió una última mirada a Jordán. Luego, para alivio de éste, dio una orden y, con una humareda de gasóleo y un ronquido del motor, la patrullera se apartó de la Loba, abandonando la ensenada. Dos minutos después era una manchita entre el azul oscuro del mar y el azul claro del cielo. Eleonas la miraba alejarse.

—Nunca nos había ocurrido antes —comentó al fin—. Otras veces pasaron cerca de Gynaíka sin acercarse a husmear… Esto me preocupa. Puede ser una advertencia.

—Eso parece.

—También incomodaron al Karisia. Saben lo que hacemos.

—Lo han sabido siempre, piloto.

—Quizás estén cambiando las cosas y acabemos teniendo problemas.

Jordán se mostró de acuerdo. Analizaba lo ocurrido y las conclusiones no eran tranquilizadoras. Parecía, desde luego, un toque de atención, indicio de que los griegos empezaban a estar incómodos y alerta. Demasiado ruido en el Egeo.

—Es posible —admitió.

Asomaron la cabeza algunos tripulantes para curiosear y Eleonas los mandó de nuevo abajo. Al cabo se inclinó un poco hacia Jordán, bajando la voz.

—¿Cuánto tiempo podremos seguir como hasta ahora, kapetánie?

—No lo sé, ni saberlo es asunto nuestro… Yo cumplo órdenes y ustedes cobran por su trabajo.

Se quedó pensativo. Incómodo. El reverbero del sol en las rocas del acantilado le aclaraba aún más el color de los ojos.

—Un trabajo que esta vez no hemos hecho bien —añadió tras un momento—. Los rojos saben que merodeamos por aquí, y hoy la presa fue más astuta que nosotros: o su capitán tomó al anochecer una ruta más alejada, o se pegó mucho a la costa, a oscuras, para pasar inadvertido. De cualquier modo es un fracaso.

—No se puede ganar siempre —lo consoló Eleonas—. ¿Sabe la de veces que por culpa de ese teniente Fukaris tuve que tirar los alijos al mar?… Lo importante es seguir vivos y sanos para intentarlo de nuevo, y que las autoridades griegas nos dejen tranquilos —miró hacia el horizonte por el que había desaparecido la patrullera—. Aunque esta visita hace que no esté yo muy seguro. Como decimos aquí, algún agujero tendrá la lenteja.

—¿Conoce bien a ese aduanero?

—Diez o doce años. A veces nos vemos en un puerto, o en tierra, y coincidimos en alguna taberna. No es un mal hombre; y cuando hace falta, como ha visto, se deja convencer. En el mar somos enemigos, pero en tierra nos respetamos. Vive y deja vivir, ¿no cree?… Cada cual da de comer a su familia como puede.

Tras decir eso Eleonas permaneció callado un buen rato. Del interior de la embarcación llegaban las voces de los hombres, que volvían a trabajar en la avería.

—Oiga, kapetánie… —dijo al fin.

—¿Sí?

—¿Puedo hacerle una pregunta delicada?

—Puede.

Se pasaba el piloto una mano por el mentón, todavía indeciso.

—De haber tenido problemas, ¿habría disparado contra los aduaneros?

Hizo Jordán una mueca evasiva.

—Con el Oerlikon desmontado no teníamos ninguna posibilidad frente a su ametralladora…

—Si les dábamos tiempo para usarla, ¿no?

—Ésa era la idea.

—¿Lo habría hecho, si fallaba lo del dinero?… ¿Se les habría adelantado?

No respondió a eso. Bajaba por la escalerilla hasta su camarote. Eleonas se asomó desde arriba, por el tambucho abierto.

—Yo no disparo contra griegos, recuerde —insistió—. Si se trata de turcos, no hay problema. Pero nunca a griegos.

Jordán había metido el revólver en un cajón y lo cerraba con llave.

—Sí, piloto, lo sé —encogió los hombros—. Eso ya lo dijo antes.

 

 

 

Saltó a tierra apenas amarraron la torpedera, haciendo resonar el pantalán bajo sus pasos impacientes. La canoa automóvil estaba allí y había visto a Lena Katelios ante uno de los barracones, conversando con el cocinero y su mujer. Eso lo encolerizó.

—¿Qué diablos haces aquí? —dijo al llegar a su altura.

Lo miró ella, inmóvil, con mucha calma. Vestía el pantalón de sarga y el viejo jersey marinero.

—Ya lo ves —respondió—. Converso con Cenobia y su marido.

Jordán les dirigió una mirada furibunda.

—Largo los dos de aquí… ¡Fuera!

Los griegos se metieron apresurados en el interior. Los tripulantes curioseaban desde el embarcadero, y Jordán cogió a la mujer por el brazo para conducirla detrás del barracón, lejos de su vista. Ella se dejaba llevar sin oponer resistencia.

—Es mi isla, te lo advertí —se limitó a decir—. Puedo ir a donde quiera.

Se sentía Jordán tan furioso que la habría golpeado. El fracaso de la última misión, la avería de la torpedera, el encuentro con los aduaneros… Y ahora, como remate, aquella presencia inesperada, inoportuna, que introducía en su cabeza preocupaciones intolerables. Tenía cosas más importantes que atender. Más urgentes y graves.

—Si vuelves a aparecer por aquí, juro que te arrojo al mar.

Ella lo encajó sin alterarse. Apoyaba la espalda en los tablones del barracón, mirando a Jordán con extrema fijeza, cual si considerase todos los ángulos de violencia de que podía ser capaz. Tras un momento introdujo una mano en un bolsillo del pantalón y sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor que él le arrebató con un manotazo, tirándolos al suelo. Lena se agachó para recogerlos y metérselos otra vez en el bolsillo. Al incorporarse, volvió a apoyar la espalda en los tablones y encaró serena a Jordán.

—¿No han ido bien las cosas?

Lo dijo en tono de fría sorpresa. En vez de responder, él se quedó asombrado por su calma. La cólera se le atenuaba despacio, pero volvía a ser dueño de sí mismo.

—Eres irresponsable y estúpida… No te das cuenta de la situación.

Ni pestañeó ante el insulto.

—Me doy cuenta de todo. Sólo quería verte.

—No hay nada que ver.

Siguieron un silencio y una mirada insolente de ella, y el silencio fue aún más insolente que la mirada.

—Deja que eso lo decida yo —dijo al fin.

—Tú no tienes nada que decidir a este lado de la isla. No es lugar para eso ni para nada. Esto es…

Iba a decir «un disparate», pero dejó morir la frase a la mitad. Cuanto decía o pudiera decir resbalaba sobre la máscara inescrutable en que se había convertido el rostro de la mujer. Los ojos color avellana seguían estudiándolo con fijeza, y detectó en ellos un claro desafío.

—Creo que mañana iré a Syros… Quiero que vengas conmigo.

Se estremeció él, de asombro.

—No puedo.

—Oh, sí, claro que puedes. Iré allí y deseo que me acompañes.

Tras decir eso se movió un poco en su dirección. Sólo unos centímetros, pero él sintió físicamente la cercanía, el aroma y el recuerdo intenso de su cuerpo. Olía suave: a perfume casi desvanecido, sudor y carne tibia de mujer.

—Por unas horas, manda al infierno tu asquerosa y mezquina guerra.

Vaciló Jordán y supo que ella lo notaba. Retrocedió un paso y Lena dio otro hacia adelante para mantener la misma distancia. La misma proximidad. Después, habló:

—Jaros, decís en griego: la muerte.

—¿Qué?

De improviso el rostro de la mujer parecía tenso y duro, casi cruel. Alzó una mano mostrándole la palma, con su intrincada trama de líneas de vida y destino.

—Un día moriremos —añadió en tono muy bajo—. Moriré yo, morirás tú… No podemos permitirnos malgastar lo que nos queda.

Negó con la cabeza, confuso. Había demasiadas cosas en ella que lo excitaban y escandalizaban a un tiempo.

—Tú no sabes lo que me puede quedar o no —opuso, molesto.

—Sé lo que me queda a mí…

Se detuvo un instante. De pronto su expresión era de inseguridad y derrota, y eso sorprendió a Jordán, por inesperado. Pero sólo duró un par de segundos.

—Ojalá una muerte que envidien los dioses —concluyó ella con una sonrisa yerma y dura.

Esa pausa, brevísima, fue el único momento vulnerable que pudo advertir Jordán: un atisbo de fragilidad súbita, semejante a un escalofrío, que le hizo adivinar más cosas sobre la mujer que tenía ante sí que en todos los encuentros anteriores. Pensó en las cigüeñas que a veces caían sobre la cubierta de los barcos ante la costa de África, exhaustas y moribundas, sin que nada pudiera hacerse por salvarlas.

—Mañana o pasado —resumió Lena—, cuando pongas en orden tus asuntos, te llevaré de nuevo a Syros.

 

 

 

Salvador Loncar tenía noticias de que el vicedelegado del gobierno en la flota republicana, Nicasio Molina —cuota anarcosindicalista en el juego de poderes entre comunistas, socialistas y libertarios—, era poco competente para su cargo; pero le bastó recibirlo en el andén del Orient Express y acompañarlo al Pera Palace para comprobar que, además, era un imbécil. A la llegada, cuando los faquines del hotel quisieron hacerse cargo de su maleta, Molina los había rechazado con un «yo mismo la llevo, compañeros» que a los bigotudos mozos había desconcertado primero e irritado después, al ver que se les esfumaba la propina.

Sentado ahora en su habitación del quinto piso del hotel con una copa de coñac en una mano, un cigarro puro en la otra y un traje cortado a medida —con el que ni se habría atrevido a soñar cuando era engrasador a bordo del crucero Libertad—, Molina, enviado a Estambul para inspeccionar el tránsito de buques procedentes de puertos soviéticos, interpelaba a Loncar sobre los incidentes del mar Egeo.

—Estarás de acuerdo conmigo, camarada, en que los barcos perdidos en mes y medio son demasiados barcos.

Esto último lo había dicho entre dos chupadas al puro, asestando a Loncar un tono áspero y una dura mirada de comisario político. Sentado entre él y Antón Soliónov, el agente republicano se mantenía callado y a la espera. Dale a Molina un trato exquisito, habían advertido desde la embajada de Ankara. Es lo que queda de los disparatados comités revolucionarios de la flota antes de que empezáramos a disciplinarlos, así que trágate lo que haya, dale vaselina y etcéteras. Es de piñón fijo y no la vayamos a liar.

—No los ha perdido él —dijo Soliónov.

Hasta ese momento, el representante de Sovietflot había permanecido en silencio, contemplando los globos de cristal de la lámpara del techo como si pensara en otras cosas. Seguía mostrando un aspecto apacible, relajado, de tercero prudente.

—No es su responsabilidad —insistió el ruso.

Lo miró Molina con un breve parpadeo bajo dos cejas que casi eran una sola, muy juntas en una frente estrecha y obtusa como su propietario.

—Ah, no, claro —reculó—. Es evidente que no.

Parecía acostumbrado a atemorizar, pero aquél no era su terreno ni su público. Se le notaba inseguro y parecía evidente que el ruso lo intimidaba: no era lo mismo gallear en España que en Estambul, aunque se alojara en el mejor hotel de la ciudad. En otras circunstancias, decidió Loncar, habría sido inexplicable que semejante individuo ocupase el cargo de responsabilidad que ocupaba; pero era conocido el activo desempeño que Molina había tenido en las matanzas de oficiales cautivos a bordo de los barcos prisión Río Sil y España n.º 3, en Cartagena; una forma de promocionarse tan eficaz como otra cualquiera.

—Tenemos identificados a los agresores del Egeo —anunció el vicedelegado, convencido y convincente.

Se miraron Soliónov y Loncar. Había dudado éste, al principio, sobre la conveniencia de hacerse acompañar por el ruso; pero ahora se felicitaba por ello.

—Qué buena noticia —comentó.

—Sí —dijo el impasible Soliónov.

—Lanchas rápidas italianas —los iluminó el otro.

—¿Seguro? —se permitió Loncar.

—Absolutamente —tan satisfecho de sí como del coñac que tenía en la copa, Molina bebió un sorbo—. Operan desde una base secreta o un barco nodriza —bajó la voz, como si las paredes oyeran—. Y el gobierno griego sabe más de lo que nos cuenta… Más de lo que admite saber.

Pese a la mirada de advertencia que le dirigían los ojos claros y fríos de Soliónov, Loncar no pudo evitarlo:

—No me digas, camarada. Es asombroso.

Al otro le resbaló el sarcasmo.

—Como lo oyes.

Se los quedó mirando Molina como a la espera de un elogio. Al fin, vagamente decepcionado, señaló a Loncar con el cigarro.

—Según parece tienes una propuesta, ¿no?… Una posible solución.

Se había levantado Loncar para asomarse al balcón, contemplando a través de los cristales el espléndido panorama que desde allí se divisaba: tejados, cipreses, minaretes y la superficie nacarada del Cuerno de Oro a lo lejos, rizada por la brisa entre la ciudad vieja y las grandes mezquitas. Para que Nicasio Molina gozara de aquella vista, se dijo con amargura, la República española pagaba dos mil francos por noche.

Alzó una mano, cauto.

—Lo de solución es excesivo —dijo—. Puede salir bien o no salir —se volvió para aludir a Soliónov, que seguía sentado y escuchaba impasible—. Pero a nuestros amigos soviéticos les parece bien.

—He leído un informe tuyo —dijo Molina con displicencia—. Propones que los barcos vayan armados. En realidad ya lo estamos haciendo. Ahora algunos llevan un cañón a bordo. Pero nada nos garantiza…

Se calló y no dijo más, visiblemente incómodo por la forma en que Soliónov lo observaba. Volvió Loncar a sentarse entre ellos.

—Mi propuesta sugería más que eso —apoyó las manos en las rodillas y se inclinó hacia Molina—. ¿Sabes lo que eran los barcos Q en la Gran Guerra?

Vaciló el otro.

—Alguna idea tengo.

—¿La tienes de verdad?

—Bueno, sí —el vicedelegado miraba de reojo a Soliónov—. Detalles aparte, claro… Más bien por encima.

—Los Q eran buques trampa —explicó Loncar—. Bajo la apariencia de simples mercantes, iban armados hasta los dientes. Dedicados a cazar submarinos alemanes, eran eficaces y letales.

—Pero las torpederas fascistas no son submarinos —objetó Molina, ridículamente sagaz.

—La táctica es la misma: dejar que se acerquen confiados, sean quienes sean, y sacudirles a quemarropa.

Lo pensó con detenimiento el vicedelegado.

—Me parece más fantasioso que práctico —concluyó.

Se permitía Loncar una sonrisa.

—Es posible, camarada… Sin duda en el mando de la flota tendréis mejores ideas.

El tono y la sonrisa no parecieron gustar a Molina, que tras un momento considerándolo detectó la ironía y frunció el ceño. Con un par de chupadas al cigarro dejó salir el humo y miró inseguro al ruso.

—¿Qué opinas, camarada Soliónov?

—No es cuestión de opinar —replicó éste—. La idea del camarada Loncar es oportuna, ha sido aprobada por la Sección X y la estamos poniendo en práctica.

Se sorprendió Molina, sobresaltado. Era torpe, pero no hasta el punto de ignorar que detrás de la Sección X, como del propio Soliónov, estaba el NKVD soviético.

—¿En práctica?… ¿Quieres decir que ya está en marcha?

—Un barco se encuentra casi dispuesto en el puerto de Odesa —respondió muy tranquilo el ruso.

Parpadeó el otro.

—¿Casi?

—Casi.

—No se me ha informado sobre eso… Estuve hace unos días con Kuznetsov, el agregado naval soviético en España, y no me dijo nada.

—Sus motivos tendría para callar —se limitó a decir Soliónov—. Conozco bien a Kuznetsov y es un hombre discreto.

Miraba Molina su copa de coñac como si de improviso le supiera amargo.

—En cualquier caso, antes de seguir adelante habrá que conseguir la aprobación del mando de la flota republicana. Y eso lleva sus trámites oficiales. Su tiempo.

El reproche, subrayado con una ojeada criminal, iba dirigido a Loncar. Pero de nuevo se interpuso Soliónov.

—Lo estamos haciendo ya, camarada.

Volvió a parpadear el otro.

—¿Haciendo?

—Sí.

—¿Cómo que ya?

—Ya, hoy, en este momento —se volvió el ruso hacia Loncar—. ¿Hay más sinónimos en su bello idioma?

Hizo memoria éste, que disfrutaba de la situación.

—Actualmente, ahora, sobre la marcha —sugirió.

Siempre inmutable, con mucha flema, Soliónov volvía a dirigirse al vicedelegado.

—Camarada Molina, mis superiores consideraron oportuno mantener el máximo secreto sobre el asunto, y yo mismo se lo exigí al camarada Loncar… Cualquier indiscreción podría estropearlo todo.

El vicedelegado intentaba recobrar su dignidad.

—¿De qué clase de barco estamos hablando?

—De un mercante de siete mil toneladas de registro bruto, el Monte Amparo. Ahora se llama Kronstadt.

—¿Soviético?

—En cierto modo. Lo retuvimos al comienzo de la guerra de ustedes para evitar que cayera en manos de Franco y los suyos.

—¿Viejo? ¿Prescindible?

—Oh, no, para nada. Construido en mil novecientos veintiuno. Es un buen barco. Pero, solidaria como es, la Unión Soviética está dispuesta a devolverlo al pueblo antifascista español.

Molina no se entretuvo en apreciar la retórica.

—¿Qué tripulación lleva?

—La original fue repatriada en su momento. Le estamos buscando una nueva.

—¿Lo van a dotar de artillería?

Mucha y buena, puntualizó el ruso: cuatro cañones grandes, dos antiaéreos y dos ametralladoras pesadas, pero con nada a la vista. Todo quedaba oculto por paneles abatibles que se descubrirían en caso de combate.

—Su aspecto será el de un Igrek más o menos inofensivo, quizá con sólo un cañón visible a popa, como ahora llevan muchos.

—Entiendo —Molina sonreía por fin, impresionado, cómplice, convencido de estar en el ajo—. Una apariencia inocente.

—Por completo. El barco conservará el aspecto con que figura en los registros navales: dos chimeneas, dos palos, casco negro y superestructura blanca.

—¿Llevará carga convencional?

—Aprovecharemos el viaje, naturalmente: trigo de Ucrania y material militar ligero. Pero la contrainteligencia que haremos correr, y ésa es sobre todo tarea del camarada Loncar, mencionará un importante cargamento… Un cebo tentador que a los fascistas les abra el apetito.

—¿Tripulación?

—Sesenta hombres, más o menos. Necesitamos españoles, pero no sé si podremos reunir suficientes. Por eso también habrá marinos nuestros a bordo.

—¿Cuántos?

—Un oficial de puente y otro de máquinas van a embarcar como asesores, y algunos artilleros de nuestra Armada se encargarán de dirigir el tiro de las piezas. El resto serán españoles… Es una operación delicada y conviene que asesoremos en lo posible.

El vicedelegado ponía mala cara.

—Que controlen, querrás decir.

—No, en absoluto. El mando lo tendrá un capitán español. A los tripulantes los estamos reclutando en los barcos de tus compatriotas amarrados en puertos rusos.

—¿Cuántos hay ahora?

—Cuatro: el petrolero Elcano, el Conde de Abásolo, el Cabo Tres Forcas y el Urano.

—¿Y qué pasa con el capitán?

—Puede ser el de uno de esos barcos, o alguien a quien envíen desde España… Para esto último vamos un poco justos, así que podríamos elegir a uno de los que ya están en la Unión Soviética.

En la ojeada que Molina dirigió a Loncar había un nuevo respeto.

—¿Todo eso fue idea tuya?

—Sólo en líneas generales —repuso éste—. Los detalles técnicos corresponden al camarada Soliónov y a la Sección X.

—¿Y hay luz verde absoluta de Moscú para la operación?

—Del camarada Stalin en persona —dijo el ruso.

Iba Molina a comentar algo, pero al oír eso cerró la boca. Tras un momento la abrió de nuevo.

—¿Fecha?

—El Kronstadt pasará el Bósforo dentro de dos semanas, como muy tarde.

Los miraba alternativamente el otro, desconcertado.

—Ah, coño.

—Sí.

La conversación todavía se prolongó veinte minutos. Después, Loncar y Soliónov salieron juntos, y el agente republicano acompañó al ruso hasta el embarcadero desde el que éste regresaría a Eyüp. Ninguno de los dos pronunció una palabra hasta llegar al puente Gálata, ante los edificios del Arsenal y el antiguo ministerio de Marina.

—¿Sabe, camarada —dijo inesperadamente Soliónov—, que en este lugar es donde hasta hace poco ahorcaban a los espías?

Asintió Loncar.

—Vi colgar a alguno.

Soliónov se había detenido, pensativo, y lo imitó el agente republicano.

—Han cometido en España el mismo error que nosotros en mil novecientos diecisiete —dijo el ruso—: liquidaron a los jefes y oficiales competentes de la Armada, en vez de utilizarlos. Nosotros nos dimos cuenta de eso e intentamos repararlo, pero creo que ustedes no se han dado cuenta todavía… ¿Comprende a qué me refiero?

—Perfectamente.

—Conviene que esta operación salga bien, y no sólo para los míos… Si algo se tuerce, ese Molina no es de los que asumen responsabilidades.

—Casi nadie lo hace en España —replicó resignado Loncar.

—Sería usted una perfecta cabeza de turco.

—Lo sé.

Bajo el ala del sombrero, la fría mirada de Soliónov recorría el entorno: los barcos amarrados, el bullicio de los vendedores, las tiendas y modestos restaurantes, el tráfico intenso de vehículos que hacía trepidar la estructura flotante del puente.

—Tiene gracia, ¿no?… Decir eso en Estambul: cabeza de turco.

Hizo una pausa semejante a un suspiro sin dejar de mirar a uno y otro lado. Después, vuelto hacia Loncar, emitió una risa seca, entre dientes.

—Celebro conocer a semejante individuo —añadió—, pues ahora comprendo mejor en qué manos están ustedes… Y gracias a ese tal Molina despejo una incógnita: por qué la flota republicana española, a pesar de ser más poderosa que la fascista, pasa el tiempo amarrada, sin apenas salir al mar.

 

 

 

Cuando Jordán y la mujer salieron al exterior, la luz poniente se había retirado del recodo y sólo iluminaba la parte más lejana de la bahía. Al extremo de la línea de casas que circundaba la orilla, aún en la zona de sol, el pequeño barco que unía Syros con El Pireo doblaba despacio la punta de la escollera mientras el humo de su chimenea suspendía, en la ausencia de brisa, un prolongado trazo de humo negro.

Se habían detenido un momento en lo alto de la escalera para que Lena cerrase la puerta. Aguardaba Jordán en el primer peldaño y ella vino hacia él, metiendo el manojo de llaves en el bolso. El día había sido caluroso, demasiado para esa época del año: la mujer llevaba el mismo vestido de algodón blanco que la vez anterior, con el bolso grande al hombro. Calzaba sandalias de cuero y el jersey lo llevaba anudado con descuido, por las mangas, en la cintura. Entonaba una canción que habían estado oyendo arriba, en el gramófono, mientras se abrazaban minuciosos, tenaces y en silencio:

 

Parlez-moi d'amour,

redites-moi des choses tendres…

 

Al llegar a su altura, él todavía en el primer peldaño y ella en el rellano superior, inclinó el rostro hacia él y lo besó en la boca. Fue un beso insólito que lo cogió por sorpresa: diferente, prolongado, tierno. Se habían besado innumerables veces durante las últimas tres horas, pero ella nunca lo hizo de ese modo. Llegó a pensar Jordán que la intimidad con una mujer como aquélla se parecía a enfrentarse con un temporal del oeste: ponía a prueba el valor y temple de un hombre, la fibra de la que podía, o no, estar dotado. Habían sido hasta entonces los de Lena unos besos largos, duros, de una intensidad feroz, tan exigentes y obstinados que, mientras luchaba por seguir sereno y dueño de sí —nada fácil, en esas circunstancias, mantener su control y el de aquel cuerpo delgado y flexible violentamente ajustado al suyo—, él los había sostenido y devuelto casi con cautela, consciente de que era arrastrado a un lugar peligroso y oscuro del que no estaba seguro de salir indemne. Un lugar donde ella había estado antes y que se parecía mucho a una enfermedad, un dolor, una atroz desesperanza.

Por eso lo conmovió la repentina ternura de aquel beso imprevisto. La miró con tranquilo asombro y ella se dio cuenta: sonrió apenas y movió la cabeza como si respondiese a una pregunta.

—Eres un buen hombre, capitán Mihalis.

Eso fue todo. Después lo tomó de la mano, cual si fuera un niño y no un marino de treinta y cuatro años y un metro ochenta y nueve centímetros de estatura, y lo condujo escaleras abajo, al descuidado jardín bajo la pérgola por la que entre hierbajos que nadie arrancaba ascendían desordenadas parras y buganvillas. Se detuvo allí, contemplando la luz menguante en la bahía, y al cabo se estremeció un momento como si de repente sintiera frío. Sólo entonces soltó su mano.

—Cuéntame por qué tienes un hijo. Por qué eres un hombre casado.

Tardó él en reaccionar. Aquella mujer lo desconcertaba.

—No tiene nada de raro —replicó—. Hay muchos hombres…

—Tú —lo interrumpió—. No otros, sino tú.

Calló Jordán, pues no estaba dispuesto a confiarle nada. Era la suya, a fin de cuentas, una historia vulgar, casi sórdida: la del chico de veinte años recluido en el cuarto de una pensión de Bilbao, quemándose las pestañas mientras preparaba el examen de segundo piloto. Y muy cerca, demasiado cerca, aquella patrona y su hija.

Miró a Lena y la vio sonreír como si en el silencio de él hubiera intuido una historia obvia, cien veces vista y oída.

—Quedó embarazada, naturalmente… Y tú cumpliste como un caballero.

Se encogió de hombros sin responder. Se sentía adivinado, incómodo y amargo.

—¿Es guapa? —insistió ella.

Retuvo Jordán aire en los pulmones y lo espiró despacio. Qué más da, concluyó. Parece conocer mis recuerdos mejor que yo mismo. La historia, sospechó, de todos los hombres que se cruzaron en su camino.

—Ni guapa ni fea —dijo al fin.

—¿Culta, inteligente?

—Tal vez guapa. El resto no importa.

—¿Cómo se llama?

—Da igual cómo se llame.

—¿Y la amaste alguna vez?

Lo pensó sombrío mientras recordaba: reparación de la supuesta deuda mediante un sumiso cumplimiento de los deberes domésticos, devoción sin límites hacia el hombre que nunca deshacía del todo la maleta ni pasaba más de una semana seguida en tierra firme. Un animal obediente, agradecido y estólido, eso era ella. Eso era todo.

—Es una buena mujer —se limitó a decir.

La mueca sardónica de Lena parecía un tajo de cuchillo.

—Lo mismo que tú eres un buen hombre, ¿no?

Esta vez había veneno en el término. Dejó él pasar cinco segundos.

—También es buena madre.

—¿Y tu hijo, o tu hija? —lo miraba intensamente, queriendo comprender o fingiéndolo—. No te imagino como un buen padre.

—Mi hijo —precisó Jordán—. Y no, nunca fui buen padre. Apenas lo vi crecer. Y ahora, la guerra…

Se detuvo inseguro, y volvió a pensar que compartir intimidad con una mujer como Lena Katelios era igual que subir a los palos de un barco de vela con viento duro aullando en la jarcia y los bajíos de una costa a sotavento: la misma sensación de desastre inminente, idéntica sombría desolación. El mismo vacío en el estómago.

—El mar como solución —resumió ella.

Jordán estaba sorprendido por lo exacto del comentario.

—El mar ya estaba ahí, pero es cierto. He visto a marinos llorar porque regresaban a casa.

—¿Llorabas tú al regresar?

Movió inexpresivo la cabeza.

—Yo nunca lloro.

Lo dijo con sencillez, sin presunción, limitándose a responder a la pregunta. Contemplaba Lena el jardín abandonado, los muros desconchados y llenos de grietas, los postigos de madera carcomida y rota, las piedras gastadas, desparejas por el tiempo. Y él advirtió que volvía a estremecerse. Después la vio desanudar el suéter de su cintura y metérselo por la cabeza, estirando los brazos donde ahora quedaban ocultas las casi imperceptibles marcas de pinchazos.

—Tengo una cosa para ti —dijo ella.

Había rebuscado en el bolso y mostraba algo en la palma de la mano: una cajita de madera.

—Ábrela.

Obedeció Jordán. Había dentro unos gemelos para puños de camisa: dos pequeños discos de plata con la misma inscripción griega en cada uno de ellos. Lena no miraba los gemelos, sino a él.

—Es griego antiguo —dijo—, pero podrás leerlo.

—Eni ponto oleto… —levantó la vista, intrigado—. ¿Se perdió en el mar?

—Exacto. Los compré a un anticuario de Atenas para regalárselos a mi marido, pero nunca lo hice. Ahora quiero que los tengas tú.

Dudaba Jordán.

—No creo que deba…

—Oh, te lo ruego, no seas estúpido. ¿Qué mejor regalo para un marino?

Los devolvió a la caja y ella misma se los metió en un bolsillo.

—Es curioso —dijo pensativa, pasado un momento—. De una parte puedo morir ahogada, y cuando subo a la lancha pienso en eso. De la otra, envidio a quienes desaparecieron sin dejar rastro, en el mar… No me digas que el inscrito en esos gemelos no es un bello epitafio.

Movió Jordán la cabeza, escéptico.

—No hay nada envidiable en acabar así.

—¿No?… Bueno, siempre me pareció una forma viril de zanjarlo todo. Desde niña sólo sentí respeto por las mujeres capaces de tomar decisiones viriles, como Milady. Siempre detesté a esa pánfila de madame Bovary

—le dirigió un repentino vistazo socarrón—. ¿Sabes quién es Milady?

—Ésa sí. He leído Los tres mosqueteros.

Lena lo miraba ahora con extrema atención, cual si intentara percatarse de algo. Quizá de una cierta candidez. Después alejó de nuevo la vista hacia el mar.

—Los débiles y los mediocres no pueden permitirse el lujo de ser leales a otros o a sí mismos —comentó en voz baja—. Siempre son los primeros en traicionar y traicionarse.

La luz decreciente, que ya era rojiza en la distancia, parecía multiplicar salpicaduras de plata en su cabello encanecido y muy corto. Los ojos no reflejaban nada, ni luz ni sombra. Como si se hallaran ante un paisaje opaco.

—Necesito beber —dijo, súbitamente sombría—. Y tal vez algo más. ¿Me acompañas, capitán? —enarcó las cejas al ver que él miraba el reloj—. Pero no te inquietes. Regresarás a nuestra isla a una hora respetable, adecuada para seguir cumpliendo con tu deber… Antes de que suenen las campanadas del reloj, termine la fiesta y la canoa automóvil se convierta en calabaza.

 

 

 

G. Papagos, yiatrós. En la penumbra ambarina aún podían leerse las letras grabadas en la placa junto a la puerta. Jordán aguardaba recostado en la pared, contemplando el parpadeo de la farola del espigón que acababa de iluminarse más allá de las formas oscuras de los caiques y botes amarrados a los norays del muelle.

Se abrió el portón de la casa y apareció Lena.

—No he tardado mucho —dijo.

Su voz tenía un tono sereno, más bien ausente, que parecía filtrado a través de pensamientos apacibles. Permaneció un momento inmóvil, mirando hacia donde Jordán miraba. Después le rozó la mano de un modo rápido, casi furtivo, invitándolo a caminar. Esta vez no habían dejado la Chris-Craft en el muelle sino al otro lado, junto a la plataforma de piedra y hormigón situada bajo la casa del acantilado. Anduvieron así de regreso, callados, a lo largo de las fachadas de las casas frente al puerto, hasta el ángulo donde éste coincidía con la subida a la plaza del ayuntamiento y la ciudad vieja. Las sombras empezaban a oscurecer las calles, desmentidas por unas pocas lámparas en tiendas que aún no habían cerrado y por algún rectángulo iluminado de puertas o ventanas.

—¿Cómo es? —preguntó él, por fin.

Tardó Lena en responder.

—Una lucidez cálida —dijo—. El tiempo se detiene y la cabeza va cada vez más veloz que el tiempo… Te garantiza tres o cuatro horas de paraíso.

—¿Así te sientes ahora, en el paraíso?

Esta vez ella se demoró todavía más en la respuesta.

—Son días extraños.

Remontaban la cuesta que conducía a Agios Nikolaos. Sobre ella se alzaba la cúpula, silueteada en el trémulo violeta del cielo de poniente.

—Me siento muy bien —añadió Lena de pronto—. Ligera y lúcida, igual que si el mundo fuese un lugar dulce o amable. Pero el paraíso eras tú dentro de mí, hace un rato, arriba en la casa… Esto se limita a prolongarlo, a retrasar un despertar en el que sólo quieres estar en silencio. Cuando, agotado el efecto, te sientes sola y un poco enferma.

Intentaba Jordán digerir aquello.

—Pero el hábito…

—Ah, sí. Por supuesto. Puedes volverte adicta a otras drogas y destruir tu vida o matarte en pocos meses… La cocaína, sin embargo, mata despacio, durante años. Se lo toma con calma. Es amable, toda una dama. Te concede mucho tiempo.

Calló un momento para considerar sus propias palabras.

—De cualquier forma —añadió en voz más baja— yo no necesito mucho tiempo.

Dejaron atrás la iglesia y tomaron la cuesta descendente bajo los arcos de piedra. A pesar de su prudencia, Jordán no pudo reprimir la pregunta que llevaba rato conteniendo.

—¿Y tu marido?

Brillaron fugazmente los ojos de ella en la penumbra. Lo estudiaban atentos, de pronto.

—¿Qué pasa con él?

—¿También te inició en eso?

—Oh, por Dios, no. En absoluto —parecía a punto de reír, pero no lo hizo—. No probó las drogas en su vida, ninguna de ellas. Sólo iba a lugares adecuados y miraba… ¿En qué podía encontrar consuelo un hombre como él?

Llegaron a la taberna en cuya terraza habían estado la primera vez. Dos lámparas de queroseno iluminaban las mesas. Sin consultar a Jordán, Lena fue a sentarse junto a una de ellas, y al acercarse el mismo tabernero bigotudo y gordo le pidió una botella de vino y un plato de dolmades. Después hizo a Jordán, que seguía en pie y miraba inquieto el reloj, un ademán para que se situara frente a ella.

—Hay una palabra italiana, sprezzatura… ¿La conoces?

—No.

—Se refiere a la forma de vestir, pero puede aplicarse a un carácter. Alude a una especie de indiferencia o descuido elegante respecto a la ropa en particular y hacia el mundo y la vida, en general.

Sacó del bolso el encendedor y un paquete de Raleigh y encendió uno. Cada uno de sus gestos, observó Jordán, lo hacía ahora con rapidez y precisión. Las pupilas estaban tan dilatadas que ocupaban casi la totalidad del iris.

—Cuando conocí a Pantelis me sedujo su sprezzatura. Eso fue lo que me enamoró de él. Hasta que descubrí que no respondía a una actitud, sino a una ausencia.

—¿De qué? —se sorprendió Jordán.

—Vida… Comprendí que estaba muerto. Me había casado con un hombre muerto.

—¿Y por qué seguiste con él?

Lo miró con tranquilo asombro.

—Qué poco sabes de mujeres.

Se llevó dos veces a los labios el cigarrillo antes de continuar, tan lenta y pausada que parecía estar recitando algo ajeno.

—Ya me lo preguntaste hace unos días, y te respondí. Estaba demasiado cansada para ir a cualquier sitio, eso fue lo que dije —se detuvo un instante—. ¿Empezar de nuevo en otro lugar y con otro hombre?… No, gracias. Tuve ya muchos amos, y decidí que él sería el último.

Trajo el tabernero el vino y el arroz envuelto en hojas tiernas de parra. Ella arrojó el cigarrillo a medio fumar por la verja, al acantilado, y se llevó un vaso a los labios.

—Yamas —dijo—. Brindo por todo aquello que no he sido.

Permaneció un momento con un codo apoyado en la mesa y el vaso todavía en alto, cerca de los labios, e hizo un gesto complacido.

—Me gusta el sabor mineral del retsina… Es como beberse la tierra.

Tras decir eso cogió con los dedos un dolmas del plato y se lo llevó a la boca.

—Además —añadió de pronto, entre dos bocados—, mi marido es de los que creen, o creía, que si se compra a alguien hay que comprarlo del todo. Incluida su alma, o lo que tengamos ahí…

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