La isla de la mujer dormida
10. Mientras queden estrellas
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Se detuvo pensativa y miró el mar, que ya era negro bajo el acantilado. La penumbra ámbar y violeta se había convertido en noche oscura. Aún no asomaba la luna. Tan sólo las luces de un buque se movían lentamente a lo lejos.
—Ahora empleo parte de mi vida en demostrarle que estaba equivocado.
En cuanto al precio de lo que compró, quiero decir. Hizo un mal negocio.
Lo dijo con animación, cual si estuviera contando algo divertido. Bebió un sorbo de vino y se comió otro dolmas.
—¿No quieres uno?… Están buenos. Akis, el tabernero, pone un poquito de carne picada con el arroz.
Negó Jordán con la cabeza, limitándose a su vaso de vino, y ella volvió a hablar de Pantelis Katelios. Cuando lo conoció, dijo, era un hombre fascinante, o aparentaba serlo. Ni fronteras, ni aduanas, ni clases sociales, ni dinero, aparentaban tener importancia para él. Lo seguía admirada, como una alumna a su profesor.
—Como esos patitos que en los estanques nadan detrás de la madre… ¿Conoces Montecarlo?
—No.
—Pues tampoco imaginas lo que era verlo allí, moviéndose con naturalidad por un mundo al que pertenecía y que despreciaba a la vez. Y también me llevó a Berlín, que me pareció una ciudad maravillosa: pura Metrópolis, como en ese cuadro de Grosz en el que creí estar dentro, pintada entre la gente… ¿Conoces Berlín?
—No. Sólo Hamburgo y Kiel.
—En mi vida me había divertido tanto —continuó ella casi alegre—. La noche era rutilante y enlazaba con el día. Y él lo manejaba todo con desenvoltura y con un humor inteligente, brillante, indescriptible. Había un cabaret, El Dorado, donde todo era posible: hombres, mujeres y cualquier combinación que imaginases… Fue en Berlín donde Pantelis se quitó la máscara, o tal vez se la puso, y empezó a iniciarme en sus costumbres. A mostrar lo que había tras ellas. Tenía él allí una amiga, Petra Kauffmann; una actriz hermosa y promiscua. Su casa era atractiva para pintores, artistas, cineastas —hizo una pausa, y sus pupilas dilatadas lo miraron con repentina fijeza—. ¿Comprendes, marinero?
Jordán comprendía perfectamente. La imaginó en Berlín, el cuerpo desnudo como lo había visto un par de horas atrás entre las sábanas revueltas de la casa del acantilado: las largas piernas abrazando otras caderas, el sabor de la piel, el sudor y el sexo. Sus propias manos y boca aún seguían impregnadas de ese aroma, que lamentaría sentir desvanecerse. De pronto, casi con violencia, detestó al barón Katelios y la deseó a ella de nuevo.
—Sí —dijo.
—Yo era una mujer con algún pasado tras de mí, pero no había rebasado ciertos límites. Él me hizo cruzarlos, no por mi placer, sino por el suyo. Se sentaba a mirar, fumando los cigarrillos turcos que fumaba entonces. Un testigo sofisticado y frío, eso era… Una gelidez cruel, casi perversa.
Se detuvo para llevarse a los labios otro cigarrillo. Sus movimientos al hacerlo y accionar el encendedor seguían siendo rápidos, sueltos, ágiles. De una precisión que a Jordán le pareció perfecta.
—Al fin —prosiguió ella— comprendí que todo era posible porque a él todo le era indiferente. Vagaba por las ruinas de un paisaje en el que toda verdad y auténtico sentimiento habían sido destruidos: un mundo, el suyo, que se desvanecía mientras él lo observaba ecuánime, pasivo y frío, limitándose a esperar el final con curiosidad casi científica.
Dio una honda chupada al cigarrillo, exhaló el humo por la nariz y la boca y contempló la brasa con la atención de quien busca una idea o un recuerdo.
—Así fue como un hombre muerto mató a una mujer que aún estaba viva —concluyó.
Dudaba Jordán.
—Pero se enamoró de ti mientras todo eso ocurría —objetó.
Lo estudió ella con sardónica perplejidad.
—No puedo creer que él te haya dicho algo así… ¿Habéis intimado hasta ese punto?
Jordán no respondió a eso. Se inclinaba hacia ella, los codos apoyados en la mesa.
—¿Por qué, si todo le da igual, ha prestado la isla para que mi gente y yo estemos allí?
—Su viejo amigo Metaxás se lo pidió personalmente, y él se limita a mantener, por decoro, rancios hábitos que llama sentido del honor, del mismo modo que antes y después de casarse conmigo mantuvo a costosas amantes.
Alzó su vaso y tocó con su borde el de Jordán, que estaba sobre la mesa.
—Yasas mortes —dijo—. ¿Conoces el brindis?
—No.
Era una frase antigua, aclaró ella tras beber un sorbo. Argot de los bajos fondos. Durante la guerra de Crimea habían llegado tantos barcos con cadáveres de soldados que en los puertos se recurrió a la gente del hampa para vaciar las bodegas y enterrarlos. Desear salud con muertos era desear trabajo y dinero. Brindar por la buena fortuna. En Grecia se seguía creyendo en el mal de ojo, la buena o mala suerte y los posos del café.
—¿A cuántos hombres has matado, capitán Mihalis?
La súbita pregunta, formulada con frialdad impecable, cogió a Jordán por sorpresa.
—¿Por qué dices eso?
—He visto algunos periódicos. Ya sabes, barcos misteriosamente hundidos en el Egeo…
Se removió en la silla, molesto.
—No sé —dijo—. No puedo responder a eso.
—¿La patria te lo exige? ¿Todos aquellos hombres muertos?
Se recostó Jordán, sombrío, y tocó su vaso sin levantarlo de la mesa.
—Yo no soy exactamente un patriota.
Lo estudiaba ella con atención extrema.
—Ah, ya veo —replicó tras un momento—. Cumples con tu deber, ¿no?… Como mi marido con el suyo. Debe de aliviar mucho tener algún deber que cumplir. Muy analgésico y masculino.
Las últimas palabras las pronunció con una sonrisa ambigua, casi tolerante.
—Qué cómodo es para los hombres. Siempre tenéis un deber a mano.
Estuvo un rato callada, vuelto el rostro a un lado, observando la noche, y estiró después los brazos, desperezándose.
—Bajemos al mar. Tengo ganas de mojarme los pies.
—Es tarde —objetó él.
—Nunca es tarde para eso.
Descendieron por la escalinata que llevaba hasta la orilla misma, bajo las casas a oscuras que parecían inclinarse sobre el acantilado. Los puntitos luminosos de las luciérnagas se apartaban a su paso. La canoa automóvil era una sombra amarrada junto a la plataforma de hormigón y piedra. Aún no había luna y tampoco se oía nada: ni un murmullo, ni un chapoteo, ni un sonido procedente del mar o la ciudad. El agua era una tranquila lámina que no alteraba ningún rizo ni reflejo, y únicamente era posible situar el horizonte porque sobre él podían verse las estrellas. Lena, reducida a una silueta oscura y esbelta, se movía despacio junto a la orilla. Canturreaba muy bajito otra de las canciones que habían escuchado arriba, en el gramófono de la casa:
A nosotros,
los muchachos sin fortuna,
nos bastarán los besos
mientras queden estrellas
bajo la bóveda del cielo.
Se detuvo de pronto, sombra negra sobre el negro del mar.
—¿No te apetece darte un baño, marinero?
—No, para nada… Hace frío.
—Al diablo el frío. Date un chapuzón conmigo.
—Ni hablar.
—Pues tú te lo pierdes.
Alzó los brazos, recortada contra el cielo, y Jordán vio que se estaba quitando el suéter y el vestido.
—Ten cuidado al pisar las piedras —le advirtió—. Hay erizos.
—Al diablo los erizos… Al diablo todo, mientras queden estrellas.
Se acercó él al borde de la plataforma y vio cómo Lena, o su sombra, descendía por la escala para desaparecer de la vista. No brotó sonido alguno de la calma absoluta que reinaba en el agua, cual si la mujer se hubiese desvanecido allí. Escudriñó la negrura, vagamente inquieto, y ya estaba pensando en la absurda posibilidad de lanzarse al mar para buscarla cuando escuchó un suave rumor bajo la escala. Emergió entonces, silueteada en el cielo, y el cuerpo desnudo y mojado fue a refugiarse en el de Jordán. Tiritaba temblorosa, agitada, buscando los labios del hombre con los suyos, húmedos de sal.
—¿Tienes frío? —preguntó él.
—No, no… Tengo miedo.
Se sorprendió Jordán.
—¿A qué?
—A cuando te hayas ido y esto se borre de mi memoria.
Presionó contra él su cuerpo goteante; y Jordán, mojada la ropa, la acogió entre los brazos, estrechándola muy fuerte.
—Maldito seas, capitán Mihalis —susurró ella de pronto.
Tardó él un momento en comprender.
—Sí —dijo al fin.
Alzó el rostro para contemplar la bóveda celeste, que parecía haber descendido para instalarse en torno a los dos y su abrazo, envolviéndolos hasta el final de los tiempos. Como si estuvieran solos en la última noche del mundo.