La isla de la mujer dormida

La isla de la mujer dormida


11. Diálogos de caballeros

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11. Diálogos de caballeros

 

 

 

 

 

Ni Salvador Loncar ni Pepe Ordovás andaban finos esa tarde: las dos partidas jugadas habían sido mediocres y terminado en tablas, que aceptaron con alivio. Tenían la cabeza en otras cosas, y ni siquiera las dos chicas alertadas por la solícita madame Aziyadé —una era la joven armenia— habían suscitado su interés. De modo que ambas acabaron levando anclas, resignadas tras una larga y aburrida espera, rumbo a otros clientes del cabaret. Como comentó un distraído Ordovás entre dientes, justo cuando su adversario le comía el segundo caballo en la última partida, no estaban los tiestos para flores.

A los narguiles con su pizca de hachís en el hornillo no dijeron que no. Abandonado el tablero, recostados en los cojines, el agente republicano y el agente nacional se miraron a través del humo que, tras pasear plácida y felizmente por sus pulmones, azuleaba el aire entre uno y otro. Y fue Ordovás el primero en abrir fuego. Después de la quinta chupada a la boquilla sin dejar de mirar a Loncar, se metió una mano en el interior de la chaqueta, sacó un sobre abultado y lo puso junto al tablero.

—Como quien somos, cumplimos.

Sonreía, esquinado y zorruno. Loncar se masajeó la tripa, sobre la que tenía aflojado el cinturón —las hermanas Calafell lo habían mimado a mediodía con un delicioso estofado de cabrito—. El agente republicano miraba el sobre sin tocarlo. Aquello requería un minucioso protocolo, un teatro adecuado. El oponente era cualquier cosa menos tonto. Dio otra chupada al narguile y siguió mirando el sobre sin decir nada. Fue el otro quien lo hizo.

—Ahí tienes la primera mitad prevista: quinientas libras en bonitos billetes del Banco de Inglaterra e Irlanda, grandes como sábanas —hizo una pausa satisfecha—. Un dineral, vaya… No creas que ha sido fácil convencer a los míos.

Consideró Loncar oportuno aparentar cierta desconfianza. No ir a lo fácil.

—Supongo que son billetes auténticos.

Se tocaba el otro el corazón con la boquilla del narguile.

—La duda me ofende, compadre… ¿Crees que yo te jugaría una faena así?

—Una cosa eres tú y otra tus jefes fascistas.

—Ni te preocupes por eso, porque les conviene tenerte contento. Todos confiamos en que éste sea el principio de una relación provechosa para ti y para nosotros… Ya sabes: prietas las filas y en el cielo los luceros. Etcétera.

Contempló Loncar el sobre, sin cogerlo todavía. Todo tenía su ritmo, pensaba. Sus adecuadas maneras. Cuando se tiraba demasiado de la caña, un pez grande podía romper el sedal. Tras una pausa, hizo salir una bocanada de humo.

—Toma nota, Pepe.

Dejó Ordovás la boquilla y sacó del bolsillo una libreta y una Waterman.

—Dispara, compadre —dijo retirando el capuchón.

—Kronstadt, de siete mil toneladas.

—¿Ruso?

—Sí… Podéis encontrar los detalles en los registros navales, porque antes era el español Monte Amparo. Saldrá de Odesa rumbo al Bósforo dentro de unos días.

Asomaba el otro la punta de la lengua por un extremo de la boca mientras movía la estilográfica con mucha aplicación.

—¿Ruta bolchevique prevista?

—La habitual, pasando por el canal entre Tinos y Mikonos. Después tienen previsto fondear en la isla de Milos para camuflarlo, cambiándole el nombre y la bandera.

—¿Qué bandera va a llevar?

—Soviética al salir, inglesa luego.

—¿Y el nombre cuando sea inglés?

—Eso ya no lo sé.

—Coño, Salvita… No me torees.

—Te digo que no lo sé.

—¿Va armado?

—Ahora todos van armados. Éste puede llevar dos cañones de pequeño calibre, uno a proa y otro a popa.

Brillaban codiciosos los ojillos de Ordovás.

—Háblame de la carga, anda.

—Es de las gordas —Loncar cuidaba mucho el tono para no cometer errores—. Diez bombarderos Tupolev Katiuska completamente artillados y con piezas de repuesto, munición, combustible y aceite, acompañados por treinta aviadores y otros tantos ensambladores y técnicos de mantenimiento.

El otro dejó un momento de tomar notas. Abría mucho la boca.

—Anda la hostia.

—Sí.

—¿Y todos son ruskis como la madre que los parió?

—Todos. También los tripulantes lo son, aunque van vestidos con ropa civil y ninguno lleva pasaporte soviético, sino documentos Nansen. El NKVD ha despejado los muelles para la operación y no deja que se acerque nadie sin autorización especial. A los estibadores les han dicho que la carga viaja a Extremo Oriente.

Volvía Ordovás a su libreta.

—¿Se sabe el puerto final, el de verdad?

—En caso de verse interrogados o inspeccionados en alta mar, el destino es Veracruz, en México; pero el material será desembarcado en Cartagena. La carga está registrada como maquinaria agrícola e industrial. Además de los aviones incluye diez mil fusiles checos, cinco millones de cartuchos y ciento cincuenta lanzagranadas alemanes… Que yo sepa.

—Joder.

—Sí.

Suspiró Ordovás.

—Eso vale tus mil libras, desde luego.

—Vale más, pero de eso ya hablaremos en futuros embarques.

El rostro de raposo se contrajo en una mueca glotona.

—¿Hay más tovarich de camino?

—Por supuesto.

El agente nacional tomaba nuevas notas.

—¿Llevará alguna clase de escolta ese Kronstadt?

—Sólo hasta que salga del mar Negro, como acostumbran… Después deberá buscarse la vida hasta que se encuentre con la escolta republicana, cerca de la costa argelina.

Satisfecho, Ordovás repasaba lo apuntado.

—Esto es muy bueno —concluyó.

—Pues claro que es bueno… Por eso os lo cobro.

—¿Tienes más información de lo que hay pendiente?

—Alguna tengo, pero cada cosa a su tiempo —miró el sobre, que seguía en la mesa—. Cuando revisemos las tarifas.

—Si esto sale bien —Ordovás le guiñó un ojo—, cuenta con ello.

—De vosotros depende que salga.

Se guardaba el agente nacional la libreta y la estilográfica.

—Saldrá, compadre.

Dio un par de palmadas, y cuando acudió Shikolata le dijo que trajera una botella de champaña.

—Celebrémoslo como Dios manda. ¿No te parece?

—Me parece muy bien.

Advirtió Loncar que Ordovás le dirigía una ojeada rápida, penetrante, y percibió en ella un destello de inquietud. Un súbito recelo. El de alguien que, por simple instinto profesional, busca un pelo en la sopa que le acaba de servir el camarero.

—Esto es un diálogo de caballeros, Salvador, no de lo que somos… ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

—La excepción que confirma la regla.

—Correcto.

—Ya lo pregunté, pero lo hago otra vez —hizo aquí Ordovás una breve pausa—. Nos conocemos hace años y llevamos diez meses de guerra… ¿Por qué ahora?

—Tengo una edad en la que un espía, o lo que seamos nosotros, cuida ante todo de salvar el pellejo.

Lo estudiaba el otro tan intensamente como si acabaran de hacerle una jugada de ajedrez dudosa.

—No cuela, compadre —concluyó tras un momento.

Alargó Loncar la mano, cogiendo con mucha calma el sobre, y lo abrió a medias para comprobar su interior. Doblados por la mitad había allí quinientos billetes con la efigie del rey Jorge V. Cerró de nuevo el sobre y lo introdujo en un bolsillo interior de la chaqueta. Había hecho, pensó, negocios peores en su vida.

—Te lo diré de otra manera —respondió—. La República se va al carajo… Sigo siendo un hombre de izquierdas, ni lo dudes. Pero aquello no es lo que iba a ser. Estoy harto de incompetentes, de sinvergüenzas y de criminales.

Soltó Ordovás, más relajado, una risita torcida.

—De estos últimos también los míos tienen una buena nómina.

—Por eso ha llegado el momento de que me asegure la vida, ¿comprendes?… Mira lo que está pasando estos días en las calles de Barcelona: comunistas, trotskistas y anarquistas matándose entre sí, en vez de dedicarse a combatiros a los fascistas.

—Mejor me lo pones —el agente nacional sonreía con cinismo—. Nos dais parte del trabajo hecho… A menos gente habrá que fusilar cuando todo haya terminado.

—A eso me refiero. Gane quien gane, pierda quien pierda, no estoy dispuesto a volver a un país que entre los tuyos y los míos han convertido en una puñetera mierda. Tardará mucho en ser de nuevo un sitio normal.

—Suponiendo que alguna vez lo haya sido.

—Eso es.

—Pero el amor a España…

Movió la cabeza Loncar y dio una larga chupada a la boquilla del narguile.

—Ahórrame monsergas, Pepe —dejó salir despacio el humo—. La única forma de amar a España es mantenerse lejos de ella.

Asentía Ordovás convencido, dándole la razón. El camarero había traído una botella de Bollinger en una cubitera con hielo, descorchada y con dos copas. Y cuando ambos agentes las alzaron para brindar, mirándose a los ojos, Loncar pensó que no era tan difícil mentir si utilizabas la verdad para envolver una mentira.

 

 

 

Pantelis Katelios pasó la baqueta con un trapo para eliminar el último aceite del doble cañón y ensambló éste en el resto del arma. La escopeta Purdey estaba de nuevo limpia y a punto, así que la colocó donde solía tenerla, en el armario del pasillo destinado a las armas y la munición, junto a la Sarasqueta de calibre 12, un revólver Gasser de cinco tiros —recuerdo de sus tiempos de oficial en la guerra grecoturca— y una caja con dos elegantes pistolas de duelo inglesas que habían pertenecido a su padre.

Después de hacer eso introdujo las manos en los bolsillos del viejo cárdigan de lana y anduvo hasta la sala de paso que daba al jardín, amueblada con sillas italianas de cerezo, una deslucida mesita de caoba con viejos ejemplares de Vogue y Le Journal de la Femme, cuadros con motivos de caza en las paredes y dos vitrinas con objetos de porcelana rusa de la Fábrica Imperial, rarísimos de encontrar —los bolcheviques habían destruido colecciones y museos con una saña tenaz—, que durante un tiempo él mismo buscó en anticuarios de toda Europa para regalar a su mujer, hasta que la indiferencia con que ésta los acogía acabó por disuadirlo.

—Son tan cadáveres como la Rusia que recuerdo —había dicho ella la última vez, impasible, con fría crueldad.

Se detuvo Katelios en el centro de la habitación, mirando hacia la puerta abierta a la terraza. Lena estaba sentada en uno de los sillones de mimbre: tenía un libro abierto en el regazo, pero en ese momento no leía, sino que contemplaba el mar que azuleaba entre los olivos, las adelfas, las plantas y flores maltratadas por el sol. Vestía, con el habitual descuido, una deslucida robe de maison de muselina gris. Tenía los pies descalzos sobre un taburete y el cuello largo y esbelto se prolongaba bajo la nuca. Sin moverse, Katelios estudió un buen rato a su mujer como quien estudia el escorzo de una esfinge: intentando reconstruir, adivinar situaciones que él sólo podía suponer; imágenes que vagaban imprecisas causándole, de modo asombrosamente simultáneo y casi equilibrado, placer, desasosiego y ácido tormento.

Un día ella se apagará, pensó con extraño consuelo. Como nos apagamos todos. Mis tristezas y las suyas, atrapadas en esta isla, derivarán juntas, o cada una por su lado, por ese Leteo oscuro donde al beber sus aguas todo se desdibuja y acaba. Nada importará entonces, llegados así al lugar del eterno olvido. Con esa idea en la cabeza imaginó a Lena pasados los años, anciana —aquellas marcas de picaduras en los brazos— si alguna vez llegaba a serlo: marchita, callada, extintas al fin las pasiones y los rencores. En eso pensaba Katelios, inmóvil en el centro de la habitación, serenamente ecuánime mientras espiaba la quietud de su mujer, rememorando situaciones, palabras, sensaciones, remordimientos: la vida en común de ambos antes y después de que los demonios del destino, soltando irónicas carcajadas, tomaran cartas en el asunto.

Cruzó el umbral y salió al exterior. No hizo ningún ruido, pero ella sintió su presencia. Dejó de mirar el mar y volvió el rostro hacia él. El libro que tenía en el regazo era El buen soldado, de Ford Madox Ford. Conocía Katelios sus primeras líneas: Ésta es la historia más triste que conocí nunca. A diferencia de él, que detestaba a los novelistas modernos —charlatanes embaucadores de mentes femeninas, en su opinión—, a ella le gustaba tal clase de literatura. En su dormitorio o abandonadas en la terraza solía haber novelas de Henry James, Somerset Maugham, Stefan Zweig y Joseph Conrad con párrafos subrayados a lápiz, manchas de café y quemaduras de cigarrillos.

—¿Cómo has dormido? —preguntó él.

—Bien, gracias.

Era una fórmula rutinaria, cortés, repetida cada mañana. Katelios señaló el mar como si éste fuera una evidencia.

—Anoche volviste tarde. Oí el motor de la lancha.

No era un reproche sino un comentario objetivo. Lena se limitó a asentir.

—Sí —dijo.

—¿Qué tal en Syros?

—Bien… Como siempre.

Dejó el libro sobre la mesita y se inclinó para coger un cigarrillo del paquete que había allí. Antes de que alcanzara el encendedor, Katelios sacó una caja de fósforos de un bolsillo y prendió uno. Se acercó ella a la llama.

—Gracias.

—¿Fuiste sola?

—No.

Siguió un silencio que Katelios no supo cómo romper, así que acabó por sentarse en el sillón contiguo. Lena había vuelto a contemplar el mar. Se decidió él.

—¿Cómo es?

—¿Quién?

—Sabes quién.

—Ya me lo preguntaste una vez.

—Sí, lo recuerdo. Pero tu conocimiento de él ha mejorado desde entonces.

Estuvo un rato callada, fumando. Movió al fin los hombros con indiferencia.

—Tú ya lo conoces.

—¿Cómo es? —insistió Katelios.

Pareció pensarlo un momento.

—Un buen hombre, supongo —dijo.

—¿Supones?

—Sencillo, callado, masculino… Muy del mar.

—¿De esos que no saben quiénes son Nietzsche ni Freud, ni maldito lo que les importan?

—Exactamente de ésos —sonreía ella sin humor alguno—. De los que imaginas subidos a los palos de un barco, embridando las velas mojadas mientras responden grito por grito a la furia de un temporal.

—Apenas quedan barcos así.

—Pero sí hombres como ésos… Y temporales, y guerras.

Se quedaron callados de nuevo. Había gaviotas planeando sobre el mar, blancas y grises en el azul que lo llenaba todo. Katelios siguió con la vista las evoluciones de las más cercanas a la orilla.

—¿Qué piensa él?

Lena dejó salir el humo del cigarrillo. No había brisa y quedó flotando entre ellos mientras se disipaba despacio.

—¿De qué?

—De esto —hizo un movimiento circular con una mano—. De nosotros.

Chascó la lengua, despectiva.

—No creo que piense nada extraordinario. Imagino que sólo ve en ti a un cornudo excéntrico y en mí a una golfa indiferente —pareció reflexionar un poco más sobre eso—. Es un soldado, a fin de cuentas: un marino que se limita a estar de paso. Se irá pronto y lo sabe… Nada de esto va a cambiar su vida.

El comentario de Katelios se interpuso, ácido.

—¿Como quien visita un burdel entre dos viajes?

Vuelta ahora hacia él, Lena encaró impasible su comentario.

—Algo así —replicó serenamente.

—No creo que sea de ese modo —insistía Katelios—. He conversado con él y veo cómo te mira.

—Soy la única mujer a la que mirar en varias millas a la redonda.

—Y en cuanto a lo de cambiar vidas, tú cambiaste la mía.

—Oh, por Dios —se volvió hacia el mar—. Por favor.

Tenía el cigarrillo en la boca, y al hablar se movía en sus labios.

—Además, fui yo quien lo buscó a él.

Suspiró Katelios, molesto por sentirse molesto.

—Esa necesidad de hacerme daño…

—No te des tanta importancia. En esta ocasión nada tienes tú que ver. Lo busqué, eso es todo —pareció reflexionar, inclinado el rostro—. Lo busco todavía.

Tras decir eso se agitó con brusquedad repentina, arrojando la colilla del cigarro sin apagar entre las plantas cercanas.

—Esta vez no puedes mirar —dijo con dureza—. Lo siento… No puedes ni siquiera imaginar.

—Ahora te equivocas tú. Os imagino perfectamente.

Sobrevino un nuevo silencio, más largo que los anteriores. Ella seguía contemplando el mar: las formas grises, pardas, brumosas, de las islas en la distancia.

—Dios mío, Lena… Étes-vous tombée amoureuse de cet homme?

Había pasado Katelios al francés de modo instintivo, sin proponérselo. Habría sonado irreal en griego.

—Ne soyez pas ridicule —dijo ella.

—Creo que nunca antes…

Se irguió Lena en el asiento, cruzando las largas piernas bajo el cuerpo, a la turca, los pies descalzos con las uñas pintadas de rojo intenso.

—Se irá, ¿comprendes? —dijo—. En cuanto acabe su misión, y eso va a ocurrir pronto, dejará para siempre esta isla. Saldrá de mi vida y de la tuya… Todo volverá a ser tranquilizadoramente rutinario para ti, tranquilizadoramente vacío para mí.

—Quizá deberías irte —Katelios adoptó un tono sensato—. Salir de esta isla, ir tras él.

—Eh, te lo ruego, párate ahí. Tú eres más inteligente que eso. No pases de ser ridículo a ser imbécil.

—Bien, de acuerdo… Descarta lo de ir tras él, que no sé a dónde diablos irá. Retén sólo lo de irte. Escapar de aquí.

—¿Escapar? —lo observaba casi sorprendida—. ¿De qué debería hacerlo?

—De mí. O de nosotros.

—Eso ya lo hago.

Advirtió Katelios que ahora ella lo observaba con dureza. La mirada era gélida, aunque la voz pareció estremecerse cuando habló de nuevo:

—Todos pagamos tarde o temprano. Antes, durante o después… Yo confío en haberlo pagado todo antes.

—Y ahora me toca a mí —admitió resignado Katelios.

—Cada cual tiene su momento. Sus fantasmas ante los que rendir cuentas.

Había vuelto ella a mirar el mar.

—Irme, dices.

Se inclinó hacia la mesita, cogió el libro, hizo como que seguía leyendo y él supo que sólo fingía hacerlo.

—No seas absurdo —dijo mientras pasaba las páginas—. ¿Dónde podría encontrar un mar de los Sargazos igual que éste?… Es un sitio perfecto para que se deshagan, estancadas, unas vidas como las nuestras.

 

 

 

Jordán había soñado con Lena Katelios: un sueño extraño, como todos, donde caminaban cogidos de la mano por una ciudad oscura y desierta. Al despertar comprobó que Bobbie Beaumont estaba de pie a su lado, tocándole respetuosamente un hombro.

—Hay un mensaje, comandante.

Se revolvió en el catre de lona, somnoliento, mientras intentaba despejar la cabeza. Un rayo de sol que entraba por la ventana le dio en la cara y un momento después olvidó lo que había soñado. Tenía la boca seca y el torso desnudo cubierto de sudor. Alargó una mano hacia la caja de munición que le servía de mesilla de noche para consultar el reloj de pulsera: ocho y cuarto de la mañana. Sólo había dormido una hora y media desde que amarraron la torpedera, después de hundir otro barco diez millas al norte de Mikonos.

—Envié el informe de la operación —dijo el radiotelegrafista mostrando un papel—. Y en respuesta recibí esto… Es largo y parece importante.

Con lento esfuerzo, aturdido todavía, Jordán se incorporó hasta quedar sentado. Señaló la jarra de agua que había en el suelo, junto al catre.

—Por favor —dijo.

Le acercó el inglés la jarra y bebió con avidez. Tenía un fuerte dolor de cabeza.

—Hágame un segundo favor —señaló su mesa de trabajo—. Las aspirinas.

Le trajo Beaumont el tubito de cristal y Jordán, tras desmenuzar dos comprimidos en la palma de la mano, los ingirió con otro largo trago de agua. Se puso en pie, al fin. El papel que el radiotelegrafista le había entregado era una página de cuaderno escrita por las dos caras con letra grande y pulcra.

—Código convencional —dijo éste—. En la primera parte nos felicitan por el trabajo de anoche: loor, lisonja y demás. Los cielos son testigos del laurel que nos adorna y los pétalos que pisamos.

—Abrevie, Beaumont.

—Ya sabe que puede llamarme Bobbie.

Le dirigió Jordán una mirada hosca. No estaba de humor y tenía sueño.

—Abrevie.

—Obedezco pues, mi señor… Quiero decir ilustre príncipe. Quiero decir…

—Acabe, le digo. De una maldita vez.

—Bueno, pues como el resto del mensaje viene en clave Oscar, ya no sé a qué se refiere… En mi boca, respetado amo, quien puede hacerlo encarcela mi lengua.

Asintió Jordán distraído mientras se ponía una camisa. La clave Oscar sólo era conocida por él. En ella —tres grupos de dos cifras para cada letra— se codificaban los mensajes más importantes y secretos.

—Me ocuparé de eso.

Los ojos enrojecidos del inglés, turbios de fatiga, parpadeaban tras los cristales de las gafas. Se ablandó un poco Jordán.

—Vaya a descansar. Lleva treinta horas sin dormir.

Dudó Beaumont.

—Pero el telégrafo, comandante…

—Unas horas sin atenderlo no son gran cosa. Váyase y descanse.

Aceptó agradecido el otro, pasándose una mano por el enjuto rostro sin afeitar.

—Se lo reconozco, querido muchacho. Lo cierto es que lo necesito. Mi lámpara vacía, mi luz que mengua, la edad sin retorno… Reposemos nuestros miembros, pues pagamos al tiempo con dolor.

—Eso mismo, sí —Jordán le señalaba la puerta—. Lo despertaré si hay que enviar una respuesta. Y ahora, desaparezca de mi vista.

—Gracias, comandante —a punto de salir, el telegrafista aún se demoró un poco—. Buena caza anoche la de nuestra loba, si me permite decirlo… Con sus fauces de bronce y su lengua de hierro. Mientras nosotros, felices mortales, seguimos de una pieza.

Volvió a asentir Jordán. Había sido realmente una acción limpia y precisa. El barco se llamaba Calblanque y sólo sabían de él que arbolaba falsa bandera inglesa, tenía 3.800 toneladas de registro bruto y un pequeño cañón en cubierta. Había salido de Sebastopol con material de guerra y alimentos; y consciente su capitán de los peligros del Egeo, desvió la ruta más a levante de lo habitual. Orientada por los caiques de exploración, la Loba lo había avistado a mediodía. Tras asegurarse de que era el barco que buscaban, Jordán lo siguió a distancia, imitando los movimientos de un pesquero, hasta que estimó adecuados momento y posición para el ataque: izó bandera italiana, se acercó a la presa, y un solo torpedo, disparado a setecientos metros, bastó para enviarlo al fondo. Era imposible saber si había supervivientes; pero Beaumont captó una señal QQQ emitida por el mercante en la que daba la posición aproximada y decía estar siendo atacado.

—A estas horas habrán rescatado a la tripulación —dijo Beaumont, cual si adivinara sus pensamientos—. Les dio tiempo a emitir…

Lo cortó Jordán, seco.

—Váyase de una vez.

Parpadeó el inglés.

—A la orden.

Tras alzar dos nudillos hasta la ceja derecha, salió de la barraca. Desperezándose, Jordán se lavó la cara con el agua de la jofaina. Después, abriendo un cajón, cogió un tomate y un trozo de bonito seco. Mientras los mordisqueaba sacó el libro de claves, bloc y lápiz, y se sentó a descifrar el mensaje:

 

Circunstancias externas acercan fin misión esté preparado eventual desmantelamiento base siga procedimientos habituales manténgase atento instrucciones importante objetivo próximos días siguen características específicas también alertamos presencia unidad naval británica vigilancia esas aguas aconsejamos extreme precauciones.

 

Terminaba la descodificación cuando llamaron a la puerta. Era Ioannis Eleonas con una jarra de café caliente y un pichel de hojalata.

—Recién hecho, kapetánie. Me ha dicho Bobbie que ya estaba despierto.

—¿No ha dormido usted?

—Ahora iré a descansar… He estado con el maquinista, ocupándome de arreglar las palancas Chadburn. No creo que vuelvan a dar problemas.

Mientras Jordán se llevaba el café a los labios, miró Eleonas el mensaje descifrado sobre la mesa, sin acercarse lo suficiente para leerlo; pero no dijo nada. No era de los que hacían preguntas. Fue Jordán quien planteó el asunto.

—Parece que esto se acaba, piloto… No se lo diga a la gente, pero estamos en el tramo final.

Lo pensó un momento el otro.

—Demasiado duramos, ¿no le parece?

—Sí, eso creo —vació el pichel y volvió a servirse de la cafetera—. Con mucha suerte, además.

Percibió, divertido, que Eleonas disimulaba un ademán supersticioso. Griego hasta la médula, el duro contrabandista opinaba que mencionar la suerte traía mala suerte.

—Cinco barcos hundidos no es mal balance —dijo Jordán—. Estamos amortizados de sobra.

Lo miraba expectante el griego.

—Ha dicho que pronto acabaremos con esto… ¿Vamos a continuar?

—Un poco más. Pero ya no habrá citas con el barco nodriza, como sabe.

—Eso no es problema, kapetánie. Nos quedan cuatro torpedos en tierra; con el que no disparamos anoche, cinco. Suficiente para dos o tres incursiones. A la Loba aún le quedan dientes para morder.

—Por ese lado estoy tranquilo —indicó Jordán el mensaje—. De momento nos señalan otro objetivo.

Se animó la expresión del piloto.

—¿Pronto?

—Eso creo.

Permanecieron mirándose sin decir nada. Al cabo, Jordán hizo un ademán resignado.

—Esto se acaba —repitió—. Procuremos rematarlo bien.

Fue hasta la mesa, apartó las cartas náuticas y cogió el registro Lloyd's y el Replinger Merchant Shipping. Pasó las páginas de uno y otro hasta dar con lo que buscaba, y tras leerlo se lo mostró a Eleonas.

—Kronstadt, se llama. Bandera soviética, ex español Monte Amparo… Tiene dos palos y dos chimeneas. Construido en Port de Bouc en mil novecientos veintiuno. Puede hacer dieciocho nudos.

—Un barco grande —comentó el otro, estudiando la descripción.

—Siete mil toneladas. Y al parecer llevará una carga importante.

—A ése habrá que meterle los dos torpedos para echarlo a pique.

—No me sorprendería.

Alzó el rostro el griego.

—¿Tenemos fecha?

—Aún no ha abandonado el mar Negro. Próximos días, dicen. Nos avisarán en cuanto lo haga.

Bostezó Eleonas. Se veía realmente cansado, apreció Jordán.

—Váyase a dormir —dijo.

 

 

 

Salieron de la barraca, deslumbrados por el sol. Jordán se puso la gorra. La playa estaba en calma y no había nadie a la vista. Miró hacia la antigua atalaya.

—¿Hay alguien de guardia?

Sonrió Eleonas.

—He mandado al cocinero.

Dirigió Jordán una mirada inquieta al mar.

—Puede haber un problema adicional, piloto. Me alertaron en Atenas y ahora lo confirman… Tampoco diga nada de eso a los hombres, pero hay un barco de guerra inglés patrullando estas aguas.

Preocupado, el griego se rascó el velludo pecho bajo la camisa.

—¿Desde cuándo?

—No sé. Unos días.

—¿Qué rango?

—Destructor, creo… Lo han destacado desde Alejandría o Malta para vigilar las rutas mercantes mientras las potencias se reúnen en esa conferencia sobre tráfico marítimo… Sus instrucciones son limitarse a una presencia disuasoria y evitar acciones directas, excepto si los barcos hostigados llevan bandera británica.

Movió el otro la cabeza.

—Algunos la llevan falsa.

—Eso les da igual. Quieren que se respete el pabellón.

—O sea, que podríamos toparnos con ese inglés.

—Todo puede ocurrir.

Lo pensó un poco más el piloto.

—Si el destructor nos localiza y hay enfrentamiento lo pasaremos mal —concluyó—. Un barco de guerra es otra cosa.

—Por eso hay que procurar que no nos localice.

—¿Cree que ya saben de nosotros?

—A estas alturas, con el ruido que hemos hecho, algo sabrán.

Caminando hacia los barracones llegaron cerca del embarcadero. La torpedera estaba amarrada bajo la red de camuflaje. Al llegar junto a ella, Eleonas la contempló con orgullo.

—Buena chica, ¿verdad?

—Alemana —sonrió Jordán—. Rápida, sólida y fiable.

—Da igual dónde la hayan construido —insistió el otro—. Es una belleza.

Dirigió Jordán al griego un vistazo de curiosidad. Era peculiar, pensó. Llevaba veinte años en el mar, había navegado en pesqueros, motoveleros y vapores con toda clase de tripulantes, y nunca había oído a ninguno, ni en las peores circunstancias, hablar mal del barco que tenía bajo los pies, aunque se tratara de un cascarón oxidado o una ruina flotante. No había marino en el mundo que no sintiera afecto por su barco; que no se enorgulleciera por sus virtudes o disculpara sus defectos. Ioannis Eleonas, antiguo pescador, contrabandista, corsario accidental, no era una excepción. Tampoco el propio Jordán lo era.

—¿Qué pasará con ella, kapetánie?

Ésa era otra constante: referirse a los barcos como a seres vivos, con carácter e incluso sentimientos. A un barco no se le podía engañar, porque se daba cuenta y jamás perdonaba. Se lo había oído decir Jordán a un capitán cuando, navegando en lastre a bordo del Río Caldarés —su primer viaje como segundo oficial—, un temporal del oeste amenazó con partirles el casco entre Santa Isabel y Casablanca. Nadie como uno de éstos, había añadido aquel viejo marino, sabe reconocer a un impostor.

—No lo sé —respondió—. La entregaremos a la Armada nacional o la destruiremos para borrar el rastro… Depende de lo que nos ordenen.

Parecía pensarlo Eleonas. Se había detenido y contemplaba la torpedera con afecto melancólico. El ojo griego pintado en su proa.

—Los buenos barcos —dijo— deberían acabar sus días hundidos en el mar… ¿No cree?

—Cierto, piloto. Y también algunos de los hombres que los tripulan.

—Eso es una gran verdad —asintió el griego—. Nada hay más triste que acabar varado en tierra y que lo desguacen a uno.

 

 

 

Gatos en la alfombra y sobre los muebles, tapetes de ganchillo, mesa camilla, tazas de café después de la cena, música de Verdi en la radio. Un solícito Salvador Loncar, con las manos extendidas, desmadejaba la lana que Acracia Calafell recogía en un ovillo.

—Lo que está pasando en Cataluña y el frente de Aragón es un disparate —dijo la otra hermana—. Que metan en cintura a esos indeseables del POUM no me parece mal, la verdad. Pero comunistas y libertarios matándose en las calles, eso ya es otra cosa.

—Los anarquistas lo vuelven imposible con su intransigencia —se atrevió a opinar Salvador Loncar.

—¿Intransigencia? —Libertad Calafell hizo sonar su taza contra el platillo, escandalizada—. Hay que hacer previamente la revolución, ¿no?… Sin ella será imposible ganar la guerra.

—No estoy de acuerdo —objetó él—. Lo primero es ganar; lo otro vendrá después. Si se pierde la guerra se pierde todo.

—¿Cómo se va a perder la guerra?… Ése es un argumento militarista y burgués. ¿No te parece, Acracia?

—Me lo parece, Líber.

Apuntaba ésta a Loncar con su cucharilla de café, cual si empuñara un arma.

—El pueblo revolucionario tiene su propia dinámica, camarada: su impulso natural y su lógica impaciencia. Obstaculizarlo es darse un tiro en el pie.

Loncar no pudo sustraerse a un comentario mordaz.

—Pues los tiros que se dan en Barcelona no son en un pie —bromeó.

Libertad Calafell le asestó la mirada de reprobación de una maestra de escuela a un alumno díscolo. Ella y su hermana, pensó otra vez Loncar, carecían del más elemental sentido del humor.

—Torpes, es lo que son esos brutos comunistas y socialistas —sentenció Libertad—. Salvándote a ti, camarada, y a unos pocos más, unos desahogados y unos torpes.

—Pues allá ellos —apostilló la hermana—. Con su pan se lo coman.

—Cuatrocientos muertos, válgame… Qué atrocidad, hija mía. Y mientras, el canalla de Franco y toda esa chusma fascista, frotándose las manos.

Sonaron las diez en el reloj de pared —un insólito cucú suizo con pajarito incluido—, y de modo casi simultáneo repicó el timbre del teléfono en el piso de arriba. Loncar se liberó de la madeja de lana y se puso en pie.

—Disculpen, señoras. El deber me llama.

—Ve, ve —dijo Libertad—. Y vuelve en seguida. Aún tenemos que hablar de Azaña y Largo Caballero. De esos mantecas blandas.

Sonreía Loncar, afectuosamente horrorizado.

—Miedo me dan ustedes. Igual ya no bajo.

—Venga, sube… No hagas el oso.

Subió Loncar y descolgó el auricular. Al otro lado de la línea estaba Antón Soliónov. El tono del representante de Sovietflot era tranquilo, escueto, pero más grave que de costumbre:

«Supongo que conoce las últimas noticias».

Era fácil comprender a qué se refería. La noticia de la pérdida de otro barco en el Egeo le había llegado aquella tarde a Loncar en dos comunicados: uno del cuartel general de la flota republicana y otro del agregado naval de la embajada en Atenas.

—Algo me han dicho —respondió, cauto. Si en algún lugar debía desconfiarse de una línea telefónica, ese lugar era Estambul.

«¿Podría venir mañana a las nueve a mi despacho?… Lamento estar demasiado ocupado para ir a la ciudad».

Lo consideró Loncar con fastidio. Estar en Eyüp a las nueve significaba subir al barco a las ocho y levantarse a las seis y media. Detestaba madrugar.

—¿Es importante?

«No lo molestaría de no serlo».

Accedió al fin, resignado.

—Allí estaré.

«Se lo agradezco. Buenas noches».

Colgó el teléfono y se dispuso a volver con las Calafell, pero su mirada se detuvo en el tablero de ajedrez. En un bloc, junto a él, estaba anotada la última propuesta del anónimo adversario de la estación de comunicaciones de Ciudad Lineal: PxA. En la jugada anterior las negras se habían comido una pieza enemiga, propiciando un cambio de alfiles, y las blancas lo habían aceptado comiéndose el alfil negro con un peón. Aquello no facilitaba la defensa de Loncar y sólo atrasaba lo que parecía una derrota inevitable. Sin embargo, súbitamente, vio más allá del movimiento. Aquel peón interpuesto era un error: impedía a su adversario llevar la reina enemiga a la casilla más peligrosa para las negras. Se sentó ante el tablero, estudiando la nueva situación. Sus posibilidades. Movió un caballo para interceptar esa diagonal —un hermoso y negro caballo de Troya preñado de insidias— y confirmó un jaque al rey en dos jugadas. Era brillante, o casi. Daría mucho que pensar al otro.

La música de la radio llegaba hasta él por el hueco de la escalera. Anotó la posición para mandarla con el primer envío. Después se puso en pie, satisfecho, y silbando A las barricadas fue a reunirse con las dos hermanas. Por la ventana veía elevarse despacio, sobre la orilla oriental del Bósforo, una luna anaranjada, casi de color sangre.

 

 

 

La oficina de Sovietflot estaba situada en un viejo inmueble de dos plantas, antiguo cuartel de la policía otomana en Eyüp. Las puertas rechinaban al abrirse, olía a humedad, y las paredes conservaban la pintura original, tan gris y desconchada como el exterior del edificio. Tras identificarse ante el vigilante del vestíbulo y esperar diez minutos en un incómodo banco de madera bajo un retrato de Marx, otro de Lenin y otro de Stalin, Salvador Loncar fue conducido por una secretaria —hosca, rubia, gruesa— al piso superior; hasta un despacho donde, entre maquetas de barcos, una antigua bitácora, unos grandes archivadores metálicos, una bandera de la Unión Soviética y un gran mapa del Mediterráneo oriental clavado en la pared, Antón Soliónov lo recibió con su habitual cortesía.

—Gracias por venir, camarada… No lo habría molestado si no fuera importante.

Pulsó un timbre y quince segundos después entró la misma secretaria con una botella de vodka, dos vasos y media docena de canapés de pepino —a esas horas, pensó estremecido Loncar— que depositó en una mesita situada entre dos butacas. Soliónov hizo acomodarse en una de ellas a su visitante y ocupó la otra.

—Sabe lo del último barco, claro —dijo cuando estuvieron solos de nuevo.

—Por supuesto —asintió Loncar—. El Calblanque.

—Sí, eso es. Nuestro último Igrek… ¿Está al corriente de los detalles?

—Lo hundieron hace dos días. La tripulación consiguió arriar los botes salvavidas y lo rescató un carguero chipriota. Por lo visto sólo hubo un desaparecido, un fogonero. El resto se puso a salvo.

Servía el ruso vodka en los vasos. Entregó uno a Loncar.

—Es temprano —objetó éste.

—Nunca lo es para brindar por la solidaridad antifascista.

Se resignó el agente republicano: un corto sorbo de vodka y medio canapé. El alcohol le sentó como un tiro y el pepino estaba rancio.

—Tengo entendido que no fue un submarino —dijo Soliónov.

—No, fue una lancha rápida. De eso no cabe duda. Llegaron a verlo y todos los testimonios coinciden: son italianos.

Frunció el ruso la boca.

—No estoy seguro.

—Llevaba bandera, me dicen. Con todo descaro.

—Aun así —insistió Soliónov—. O quizá por eso mismo.

—¿Sabe usted algo que yo no sepa?

—Nos han llegado informes. Nada está probado, pero mencionan una base secreta en una isla. Y no hablamos de italianos, sino de españoles.

—Eso es imposible.

—No, en absoluto —vació el ruso su vaso de un trago—. Nada de imposible. Son fuentes solventes, próximas al gobierno griego. Españoles en una isla.

—¿En cuál?

—En eso estamos. En saber cuál. Hay medio millar de posibilidades.

—Y si los griegos lo saben, ¿cómo lo consienten?

—No todos los fascistas, camarada, están en Italia. Ni todos los nazis en Alemania.

Se levantó Soliónov y caminó hasta el mapa de la pared. Lo estuvo contemplando inmóvil, las manos enlazadas a la espalda. Al cabo se tornó hacia Loncar, que no había vuelto a probar la bebida.

—¿No le gusta ese vodka, camarada?

—Son las nueve de la mañana.

Los ojos eslavos destellaron de ironía.

—En este momento —dijo Soliónov con impostada seriedad—, los madrugadores obreros y campesinos de la Unión Soviética llevan ya varias horas trabajando, solidarios con la España antifascista.

—No me cabe duda —admitió Loncar.

—Pues beba, hombre. A la salud de la Internacional proletaria.

Mojó tímidamente el español los labios en el vodka, ingiriendo otro sorbo que cayó como vitriolo en su estómago.

—¿Qué hay de nuestro barco trampa? —preguntó cuando se repuso del espasmo.

Sonreía satisfecho el ruso.

—Para eso le he pedido que venga a verme… El Kronstadt podrá hacerse a la mar en tres o cuatro días.

—Gran noticia.

—Sí que lo es.

—¿Con todo el armamento previsto?

—Prácticamente lo hemos convertido en un crucero auxiliar; una desagradable sorpresa para quien pretenda jugarnos una mala pasada.

Se acercó a su mesa de despacho y volvió con un plano del barco y una carpeta.

—Fíjese, camarada.

Estudió Loncar el plano. Era un trazado longitudinal donde se ubicaban las piezas de artillería: a proa, en el puente y a popa. Contó seis cañones de diferentes calibres.

—Impresionante —dijo.

Soliónov, que había vuelto a ocupar su butaca, le pasó también la carpeta.

—La tripulación ya está al completo: incluye a veintiocho compatriotas suyos, y no crea que ha sido fácil reclutarlos. Todos, incluso los oficiales, están afiliados al sindicato naval de la UGT. Los hemos tomado de los barcos españoles que se encuentran en la Unión Soviética. Los últimos siete llegaron ayer en avión desde Riga, vía Leningrado.

—Vaya… No han reparado en medios.

—Desde luego que no. Como le dije, el camarada Stalin está personalmente interesado en el asunto.

Abrió Loncar la carpeta. Había dentro cuatro páginas mecanografiadas con nombres y datos básicos de cada tripulante español.

—¿Todos son voluntarios?

Compuso Soliónov un gesto ambiguo que lo hacía muy significativo.

—En su mayor parte —dijo con suavidad.

—Comprendo.

—La Armada soviética proporciona las dotaciones de los cañones: dos docenas de artilleros, aproximadamente… Unos y otros ya están adiestrándose a bordo.

—¿Y qué hay del capitán?

—De acuerdo con el comisariado de la flota española, se ha designado al del Urano, cuyo tonelaje y características son bastante parecidos a los del Kronstadt —indicó la carpeta—. Se trata de un marino con experiencia, que ha forzado tres veces el bloqueo fascista. Y acepta la misión.

Seguía Loncar repasando la lista. Las edades iban de los dieciocho a los cuarenta y tantos años; había predominio de asturianos, montañeses y levantinos.

—¿De los tripulantes soviéticos no hay datos?

—No, eso es cosa nuestra… Aun así, en el rol del barco figuran todos con nombres españoles.

Se sirvió Soliónov más vodka, volvió a vaciar de golpe el vaso y sonrió a Loncar.

—Hay otra cosa, camarada.

No me gusta esa sonrisa, pensó el agente republicano. No me gusta en absoluto. Huele a gato encerrado.

—Pues dígamela —sugirió cauto, preparándose.

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