La isla de la mujer dormida
11. Diálogos de caballeros
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—El mando de la flota, a través de nuestro consejero en España el camarada Kuznetsov, nos ha hecho saber su deseo de que usted presencie de cerca los acontecimientos.
El agente republicano se había quedado boquiabierto. Tardó en encajarlo.
—¿Dónde? —aquello sonaba a disparate—. ¿En el Egeo?
—Más cerca todavía.
Miró Loncar el vaso de vodka que apenas había probado. Al fin, tras un largo momento, se lo llevó a la boca y lo despachó de golpe, seguido en el acto por dos canapés. Cuando pudo hablar le quemaban las palabras en la garganta. Tosió.
—No… me… joda…, camarada Soliónov.
—Me temo que sí, camarada Loncar.
Tosió éste otra vez. La voz le salía irreconocible.
—Yo no soy marino.
—Pero ideó la operación. Quieren que esté a bordo del Kronstadt.
—¿Y quién quiere eso?
—Quien dispone de la autoridad suficiente.
Molina, dedujo Loncar. El hijo de puta de Nicasio Molina le pasaba así factura.
—¿Puedo negarme?
Soliónov se rascó una de sus rubias e hirsutas cejas.
—Todos podemos negarnos, en principio —dijo demasiado lentamente—. No soy su superior, por supuesto; pero sí un amigo que da buenos consejos.
—¿Y qué me aconseja ahora?
Se rascó el ruso la otra ceja. No miraba directamente a Loncar, sino la pared por encima de su hombro.
—Para bien o para mal, las cosas son lo que hacemos que sean. Los diarios de Moscú traen estos días nombres de gente que tal vez se negó a algo. Ya sabe: traidores, conspiradores, contrarrevolucionarios…
Loncar se estremeció en los adentros. Las terroríficas purgas que Stalin llevaba a cabo en el ejército y los medios políticos de la Unión Soviética alcanzaban extremos feroces.
—Así que mi consejo —prosiguió Soliónov— es que suba al Kronstadt. Hay un barco que sale de Karaköy para Sebastopol esta tarde, y creo que le han reservado un camarote. Mañana a mediodía puede estar en el puerto de Odesa.
—¿Para qué?… No tengo allí ninguna autoridad.
Se encogió de hombros el ruso.
—Irá como observador, con butaca de primera fila. Quieren un informe detallado de su puño y letra sobre cuanto ocurra —esbozó una sonrisa distante—. Como sin duda sospecha usted, después de su visita a Estambul el camarada Molina está muy interesado en ello… Y llegados a ese grado de curiosidad, nosotros también.
Todavía hizo Loncar un débil intento.
—Me mareo en los barcos.
Soliónov pareció considerar el argumento. Su mueca comprensiva traslucía tanta comprensión como el filo de una guillotina.
—En ese caso, camarada, le recomiendo que evite las cosas dulces y consuma mucha sal… Tengo entendido que el bacalao crudo va de maravilla.