La isla de la mujer dormida
12. El caballo de Troya
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12. El caballo de Troya
Varias veces se había preguntado Pantelis Katelios, en las últimas horas, qué sentiría cuando estuviera de nuevo ante el hombre que se acostaba con su mujer. Ahora podía responder a la pregunta: no sentía nada en particular. Curiosidad, tan sólo, sazonada por una vaga admiración. Aquel hombre alto, fuerte, barbudo y rubio conmovía de algún modo la diamantina solidez de Lena. A diferencia de quienes lo precedieron, ese marino medio español y medio griego era capaz de adentrarse hasta lo más íntimo del peligroso laberinto del Minotauro y salir con el trofeo en la mano, indemne, o al menos sin daños visibles. Nadie había llegado tan lejos y profundo como él, y Katelios sabía lo suficiente de su mujer y de la vida para darse cuenta de eso.
—¿Puedo ofrecerle algo de beber, capitán?… ¿Una copa de ouzo? ¿Un coñac, tal vez?
—No, gracias —sonreían amables los ojos claros—. No es necesario.
Acababan de entrar en el despacho-biblioteca y Katelios hizo acomodarse al visitante. Mientras éste se desabotonaba la chaqueta y ocupaba un sillón, el barón cogió una pipa de las que tenía sobre la mesa y se puso a llenarla sin prisa, sentado frente a él.
—Gracias por atender mi invitación. Hay un par de asuntos que debo plantearle.
—Yo también a usted, barón.
La mención al título nobiliario lo encajaba casi todo en términos oficiales, y eso era hasta cierto punto alentador. El anfitrión tapó la caja de tabaco y apoyó un codo en el brazo del sillón.
—Creo que está teniendo éxito en su trabajo —hizo una pausa diplomática—. Sea cual sea éste, naturalmente, pues no es asunto mío saberlo.
—Le agradezco que no lo sea.
Acercó Katelios un fósforo encendido a la cazoleta de la pipa.
—He recibido una carta, escrita por alguien relacionado con el gobierno de mi nación… No es explícita en la forma, pero su contenido está claro. Y debo decir, si tolera que alardee un poco, que me halaga la confianza de que se dirijan a mí por escrito, con el único ruego de que destruya esta carta después de leerla —se inclinó sobre la mesa y entregó al otro la cuartilla doblada en dos—. Eso me dispongo a hacer; pero antes creo conveniente que usted la lea.
Leyó el visitante la carta y la devolvió sin decir nada. Katelios encendió otro fósforo y la quemó en el cenicero con el torso de una mujer desnuda. Los dos hombres la vieron consumirse en silencio, y el barón no despegó los labios hasta que el papel se convirtió en cenizas.
—¿Algún comentario, capitán?
Negó el español, impasible.
—Coincide con las instrucciones que he recibido.
—Ah, vaya… Celebro saberlo. ¿Concuerdan ambos propósitos, el de mi gobierno y el del suyo?
—Eso parece. Estoy en la fase final de la misión aquí: no sé cuánto tiempo me queda, pero es poco. Debo ir pensando en desmantelarlo todo. Sin dejar huellas.
—Le estaré reconocido si no las deja —sonreía Katelios—. Si borra su rastro de mi isla.
Asintió el otro, tranquilizándolo.
—Debo agradecerle mucho hasta ahora —dijo—. Su colaboración.
Acentuó Katelios la sonrisa.
—Llamarlo colaboración tal vez sea excesivo… No se ofenda, pero no suena lo bastante honorable.
—Lo siento, discúlpeme.
—En cualquier caso, lo llamemos como lo llamemos, no lo hice por ustedes.
—Lo sé. Pero estoy, o estamos, en deuda.
Se quedaron callados un momento. Chupaba Katelios la pipa y el español lo miraba. Fue el barón quien rompió el silencio.
—¿Volverá a España cuando esto acabe?
Encogió los hombros el visitante.
—No sé. La guerra…
—¿Tiene planes para cuando acabe esa guerra?
—Cuando acabe, quizás empiece otra en Europa.
—Aun así. ¿Tiene planes?
—Volveré al mar. A lo que hacía antes, quiero decir.
—Sí, claro… Es obvio que no es un marino de guerra convencional.
—Me esfuerzo en no serlo.
Interpuso Katelios una bocanada de humo.
—Quizá no volvamos a vernos —dijo.
—Es posible.
—Quizá no vuelva usted a ver a mi mujer.
Lo miró sorprendido el español. El azul de sus ojos parecía insólitamente ingenuo. Era fácil imaginar el rostro de Lena, muy cercano, reflejado en él.
—También eso es posible.
Había respondido sereno, con una naturalidad desconcertante. Y tal vez sea ése su encanto, pensó Katelios. Su capital básico. La lenta sencillez con que parece encararlo todo. Dio dos chupadas a la pipa y sonrió con el caño entre los dientes. El sutil rencor que sentía lo tornaba atrevido.
—Ella descansa arriba, en su dormitorio. No se siente bien. Ignora su visita, no le dije que vendría —señaló el cenicero—. Tampoco sabe nada de esa carta. Aunque puede que usted ya le haya dicho…
La mirada que el español le dirigió era dura como un puñetazo. Ese azul engaña, pensó Katelios.
—Disculpe —dijo.
Se quedaron de nuevo callados, observándose. También esta vez fue el barón quien habló primero.
—Me pregunto qué dirá Lena cuando sepa que se marcha.
—Puede preguntárselo.
No era mala respuesta dadas las circunstancias, decidió Katelios. Había allí un hombre con el que tener cuidado, a fin de cuentas. Experimentó, casi con placer, el estímulo del riesgo.
—Interesante como idea. Podríamos hacerlo los dos, ahora.
Seguía mirándolo el otro, inexpresivo. Katelios dejó la pipa en el cenicero y se puso en pie.
—Vamos, anímese… Tal vez sea una despedida.
En contra de lo que esperaba, su visitante sonrió. Dientes blancos entre el pelo y la barba rubios. Tenía una mano apoyada sobre la mesa: ancha, áspera, fuerte. Tan masculina que parecía diseñada a propósito para la situación. Debe de ser contundente, pensó el barón, encajar un golpe de esa mano. También será peculiar recibir una caricia.
—¿Qué pretende? —preguntó el español.
Katelios hizo un ademán que no significaba nada.
—Saber, tan sólo. Busco el conocimiento, averiguar las causas de los efectos y consolarme con ellas —compuso una mueca resignada—. ¿A qué otra cosa puede aspirar un hombre en mi situación?
Chispeó el engañoso azul.
—No sé cuál es su situación.
—Muy lúcida, se lo aseguro.
—Está loco.
No era una exclamación ni un insulto; sonó a comentario desapasionado, hecho con plena serenidad, y el barón supo apreciar el tono. Rodeó la mesa hasta situarse junto al marino, que permanecía sentado, y lo tomó suavemente por el brazo hasta que el otro se liberó de su mano, sin violencia, y se puso de pie.
—Venga conmigo —Katelios señalaba el piso de arriba—. No sabemos si habrá otra oportunidad.
Salió de la habitación y caminó por el pasillo hacia el vestíbulo, sin volverse a mirar porque oía detrás los pasos del español. Sólo se detuvo al llegar al pie de la escalera que llevaba al piso superior. Allí se giró por fin.
—Como le he dicho, mi mujer no se encuentra bien. Pero quizás esté despierta… ¿No quiere subir a saludarla?
Un hombre con menos temple habría vacilado ante la forma en que lo miraba el otro: dura y fría. Estaba inmóvil y callado ante él, superándolo en estatura casi una cabeza, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Las manos, sin embargo, se veían crispadas y cerradas, como listas para golpear. Si me diera un puñetazo, pensó casi divertido Katelios, me tumbaría cuan largo soy. Pero no va a hacerlo. No aquí, ni ahora. No lo enviaron a esta isla por ser un hombre de arrebatos.
Entonces el marino hizo algo inesperado. Una de las manos, la derecha, se alzó despacio y, apoyándose en el pecho del barón, lo movió a un lado. No hubo violencia en el ademán, sino una fuerza tranquila, pausada, segura de sí, que apartó a Katelios del camino que conducía al otro lado del vestíbulo y la puerta que daba al exterior. Después caminó hacia ella.
—Quizá sea su última oportunidad —lo interpeló el barón.
No respondió el otro. Sin hablar ni volverse, cogió la gorra que estaba en el perchero, abrió la puerta y salió, enmarcado por el rectángulo de luz que alargaba en el suelo su sombra hasta que ésta desapareció con él. Sintió Katelios que el pulso le batía con inusual violencia en las sienes. De pronto, con súbito impulso, fue hasta el armario del pasillo, cogió la escopeta Purdey e introdujo dos cartuchos en la doble recámara. Después cruzó el vestíbulo y fue tras el español.
Le dio alcance más allá de la casa, en el sendero que conducía al lado oriental de la isla: caminaba a buen paso, en mangas de camisa y con la gorra puesta. Se había quitado la chaqueta y la llevaba al hombro. Se acercó Katelios hasta unos diez metros sin que el otro advirtiera su presencia. Entonces se detuvo, encaró la escopeta, quitó el seguro y apuntó a la ancha espalda. Con cartuchos de postas y a esa distancia era imposible no acertar. Rozando con el dedo el primer gatillo retuvo el aire durante cinco segundos. Al fin dejó salir el aire y bajó la escopeta. Sentía ahora latir más pausado el pulso y una embriaguez extraña y placentera: una asombrosa fraternidad con el hombre que se alejaba, cual si ambos se encontraran solos en el universo. Nunca antes había experimentado eso respecto a ningún otro ser humano.
Te deseo buena suerte, pensó. Sin duda la mereces, capitán Mihalis.
El despliegue de seguridad en el puerto de Odesa era impresionante: un primer control de policía, un segundo del ejército y un tercero de la Armada soviética. El cuarto, bajo la vía elevada del ferrocarril que en forma de semicírculo rodeaba el muelle de la Cuarentena, se veía coloreado por las gorras azules del NKVD. Y más allá, entre los tinglados de mercancías y las grandes grúas de carga, se encontraba amarrado el Kronstadt.
—Paspórt, pazhálsta.
El marinero que había recibido a Loncar en el muelle del Carbón —un ruso sonriente, vivaz, vestido con sucio mono de faena— dejó la maleta en el suelo y entregó el pasaporte del español a los centinelas que, con subfusiles colgados del hombro, vigilaban el acceso a la zona más restringida del puerto. Cuando se lo devolvieron tras minucioso escrutinio, cogió otra vez la maleta, guiñó un ojo a Loncar invitándolo a seguirlo y se dirigió con paso rápido al barco amarrado.
El antes llamado Monte Amparo era un buque grande: ciento cuarenta y cinco metros de eslora, casco negro y superestructura blanca, con un puente central largo y corrido, de dos cubiertas, y dos altas chimeneas pintadas del mismo color que el casco. Estaba amarrado de popa a la ciudad, y sobre el nombre y matrícula actuales —Kronstadt, Odesa— ondeaba la bandera roja de la Unión Soviética. Mientras se aproximaba, Loncar observó la toldilla, donde según sus noticias debía de haber al menos un cañón; pero no vio indicio alguno. Tampoco en el resto del barco, cuando estuvo más cerca, advirtió nada que contradijese la apariencia pacífica de un buque de la flota mercante rusa.
Tras un último control al pie de la pasarela —más gorras azules con pistolas al cinto—, el agente republicano subió a bordo. Apenas pisó la cubierta, mientras el marinero desaparecía con la maleta en el interior del barco, un hombre con gorra de marino y dos galones de distinta anchura en las palas de la camisa acogió al recién llegado con un cordial apretón de manos.
—Bienvenido a bordo, soy el segundo oficial. Mi nombre es Ignacio Urzáiz.
Le hizo una señal para que lo siguiera y Loncar fue detrás, sintiendo el olor a aire caliente, aceitoso y cargado; y bajo los pies, la leve vibración de la cubierta. Urzáiz era joven y desenvuelto. Parecía simpático.
—¿Vasco?
Sonrió el marino.
—De Almería, a pesar del apellido.
—¿Lleva mucho tiempo en el Kronstadt?
—No demasiado. Llegué hace pocos días y aún me estoy familiarizando con él.
—¿Cuántos españoles hay en el barco?
—Veintiocho tripulantes, contándonos al capitán y a mí… El resto son rusos.
Subieron por tres escalas metálicas hasta la segunda cubierta. Urzáiz abrió una puerta, se apartó a un lado e invitó a Loncar a pasar primero. La cámara era espaciosa, iluminada por lumbreras y ojos de buey, y en ella había tres hombres en torno a una mesa con varias cartas náuticas extendidas encima.
Fue Urzáiz quien hizo las presentaciones.
—El pasajero que esperábamos, camarada Loncar… El capitán don Ginés Sáez, el primer oficial Egorenko y el oficial artillero Berzin.
Se estrecharon todos la mano con solemnidad. El llamado Egorenko era un ruso delgado y alto, casi pelirrojo, de pelo lacio y ojos claros, suspicaces. Según las apariencias era el de mayor graduación soviética a bordo —consejero o capitán alternativo procedente de la marina de guerra, supuso Loncar—, pues se le adivinaba la silenciosa autoridad. El otro ruso, Berzin, era bajo y fornido, más bien compacto. Tenía un duro aspecto asiático, con párpados de tártaro ligeramente oblicuos. Y también se le filtraba lo militar por las costuras.
—Llega usted a tiempo —dijo el capitán Sáez—. Largamos amarras esta noche.
—¿El barco ya está a punto? —se sorprendió el agente republicano.
—Por completo.
—Disculpen mi extrañeza… No he visto ningún cañón al subir a bordo.
—De eso se trata esta vez. De que nadie los vea.
Estudió Loncar con sumo interés al capitán. Debía de andar por los cincuenta años y bastaba un vistazo para catalogarlo como hombre de mar y marino mercante de toda la vida: pequeño, nervudo, seco, de ojos tan grises como el pelo entrecano y escaso, en torno a los que se agolpaban docenas de arrugas que enflaquecían más el rostro curtido por el sol y el viento. Vestía una informal camisa de cuadros, sin corbata; y sobre ella, una chaqueta azul de uniforme con galones en las bocamangas: cinco franjas doradas —tres finas y dos gruesas— que el tiempo y el mar habían deslucido con una pátina casi verdosa.
—¿Se pudo instalar toda la artillería prevista? —inquirió Loncar.
Lo miró adusto Sáez, con pensativa desconfianza. Tenía en las manos un compás de puntas y lo abría y cerraba, malhumorado, mientras parecía considerar la pertinencia de la pregunta.
—Llevamos tres cañones Vickers de ciento un milímetros, viejos pero eficaces: dos a proa y uno en la toldilla, a popa, donde también hay un Skoda de setenta y seis… Y en la cubierta superior, camuflados en botes salvavidas, tenemos dos antiaéreos y dos montajes dobles de ametralladoras —señaló al ruso de los ojos oblicuos—. El oficial Berzin se encarga de supervisar el trabajo de los artilleros.
Miró Loncar a este último con curiosidad.
—¿Habla español?
—Sí —dijo impasible el ruso.
—También el camarada Egorenko lo habla bastante bien —apuntó el capitán.
—Lo hablo —confirmó el otro.
—Aun así llevamos un intérprete, para el resto de los hombres.
—Impresionan los medios —confesó Loncar.
Dejó el capitán el compás sobre una de las cartas náuticas: era del Egeo y había trazadas en ella, a lápiz, dos rutas diferentes. Una pasaba cerca y otra lejos de la costa continental griega.
—Todos los rusos que están a bordo, menos el primer oficial Egorenko, un jefe de máquinas, dos electricistas, un radiotelegrafista y un intérprete, son artilleros de la Armada soviética… Los españoles son otro radiotelegrafista, doce fogoneros, doce marineros y un cocinero, además del segundo oficial y de mí. Sin contarlo a usted somos cincuenta y ocho en total.
Se quedó un momento callado, mirando a Loncar con ojos metálicos, semejantes a gotas de mercurio. No era la suya, decidió el agente republicano, una mirada simpática. Al menos para él.
—He recibido instrucciones —añadió Sáez con sequedad—. Embarca a título de observador, sin ninguna función ni autoridad… ¿Está claro?
—Por supuesto.
—Tiene libertad para moverse por el barco. Y puede asistir a todo, naturalmente; pero no dará su opinión a menos que se le pida —en este punto endureció el gesto—. Mi barco no es una democracia; aquí no hay comités de marineros ni esa clase de cosas… ¿De acuerdo?
Asintió de nuevo Loncar, incómodo por el tono. Se sentía intruso en el Kronstadt, pero no le parecía justificada esa reticencia.
—De acuerdo —se limitó a responder.
—El señor Urzáiz estará a su disposición para cualquier cosa que necesite —hizo el capitán otra pausa malhumorada—. Lamento que sus funciones de comisario político se vean limitadas esta vez.
Pestañeó Loncar, que no esperaba aquello.
—Disculpe, capitán… Me parece que hay un malentendido. Ni soy comisario político ni embarco en condición de tal.
Lo miró el otro con sorpresa.
—Ah, ¿no?
—En absoluto.
—¿Y qué es, entonces?
—Soy observador en Estambul.
—¿Observador?
—Puede llamarlo así, y con ese título estoy a bordo. Esta operación fue idea mía, al menos en principio: el barco trampa… Por eso me ordenan asistir a ella.
Todos, incluso los rusos, lo miraban ahora de forma distinta. Con renovada curiosidad.
—Yo no lo pedí —zanjó.
Aún arrugaba Sáez el entrecejo, pero su acritud parecía haberse suavizado. Miró a sus oficiales y volvió a fijarse en Loncar, estudiándolo de los pies a la cabeza como si lo viese por primera vez.
—Se le ocurrió a usted, dice.
—Más o menos.
—Pero presentará su informe al regreso, ¿no?
—Si me lo piden.
El capitán se pasó una mano por la cara. Seguía serio, pero el tono era diferente.
—Bien, ya veremos… Instálese en su camarote y únase a nosotros cuando quiera. Cenamos a las diecinueve horas y el cocinero no es del todo malo. Lo he traído de mi anterior barco.
A Jordán le preocupaba el cielo de barlovento. Desde el amanecer se habían estado acumulando allí nubes grises, casi negras, que anunciaban chubascos. En la playa, sin embargo, no había viento: el mar, más allá de las puntas rocosas que horquillaban la ensenada, era un mar muerto, sin una onda. Se mantenía en calma, iluminado el cielo, que todavía era limpio y azul en aquella parte, por el resplandor menguante del sol.
Ioannis Eleonas parecía compartir la inquietud.
—Se está cerrando, kapetánie… De aquí a esta noche tendremos agua.
—¿Y la mar?
Miraba el griego el cielo, rascándose el pelo ensortijado y el mentón sin afeitar. Él y Jordán estaban en el arranque del pantalán controlando el trabajo de los hombres, que habían retirado la red de camuflaje de la torpedera y la alistaban para navegar.
—Depende de cómo role el viento… Si se mantiene alto y del sur, seguirá tranquila.
—Makári, piloto. Ojalá.
Los dos tubos estaban cargados con los torpedos, engrasados por Zinger y firmes en sus trincas, y los primos Maroun estibaban la munición del Oerlikon, instalado en su afuste. La penosa tarea de repostar combustible —debía hacerse a mano, bidón tras bidón, desde el almacén de material— había concluido, y siete mil quinientos litros de fuel llenaban los seis tanques situados a bordo, garantizando una autonomía de seiscientas millas. Abajo, en las entrañas de la Loba, el maquinista Ambelas y Fatmir, su ayudante albanés, probaban los motores. A intervalos, éstos despedían una humareda que la ausencia de viento dejaba flotando en torno a la lancha.
Bobbie Beaumont se acercó sin prisa desde la caseta de radio: tan desgarbado como de costumbre, desnudas las flacas piernas bajo los pantalones cortos, con sandalias y una rezurcida camisa militar. Se había subido las gafas a la frente, traía un papel en una mano y el inevitable cigarrillo en la boca.
—Armaos, mi señor, pues el enemigo cabalga ufano —dijo al llegar, entregándole el papel a Jordán—. Se mueve el bosque de Birnam.
Leyó éste el mensaje, que venía descifrado por el radiotelegrafista al recibirse en clave ordinaria. Después miró a Eleonas.
—El Kronstadt ha zarpado.
—¿Cuándo?
—No lo dicen. Sólo que está navegando.
—¿Ha pasado ya el Bósforo?
—No lo sé, no creo… De ser así, nuestros agentes habrían señalado su presencia. Quizá lo esté pasando en este momento.
—Tendríamos que alertar al Karisia y al Zeios Demetrios.
—Sí.
Volviose Jordán al telegrafista, que, entornados los ojos por el humo del cigarrillo, contemplaba absorto el planear de las gaviotas sobre la playa.
—Avise a los caiques, Bobbie… Que aparejen y salgan lo antes posible.
Pareció despertar el inglés, satisfecho de oírse llamar así. Se bajó las gafas a la nariz.
—Por supuesto, querido muchacho.
—Vamos —lo miraba con severidad—. Lárguese.
—A la orden.
Hacía cálculos Jordán. Si el servicio de información nacional en Estambul avisaba a tiempo del paso del Kronstadt, dispondrían de un día para interceptarlo. Un mínimo de veinticuatro horas, margen suficiente para actuar con calma.
—Venga, piloto.
Abordaron la torpedera y bajaron al camarote del comandante: un habitáculo angosto pero suficiente para contener una litera, un armario y una mesa de trabajo. Jordán extendió sobre ésta la carta número 180 del Almirantazgo británico, abrió el compás y calculó las distancias.
Según el Replinger Merchant Shipping, el antiguo Monte Amparo podía navegar a un máximo de dieciocho nudos. Eso significaba que, si seguía las rutas habituales, una vez pasado el Bósforo emplearía veinticuatro horas para llegar a la zona de caza de la Loba.
—Pero aún no sabemos si de noche o de día —objetó Eleonas.
—Intentaremos acercarnos con la menor luz posible —lo meditó Jordán un momento—. Aunque la verdad es que a estas alturas no importa demasiado que nos identifiquen como torpedera.
—¿Y si no hay más remedio que atacar de día, como con el Calblanque?
—Pues lo haremos… Izando bandera italiana, por supuesto.
Sonrió Eleonas.
—Por supuesto.
De la cubierta y la sala de máquinas llegaban los sonidos de los hombres que trabajaban. Jordán seguía estudiando la carta. Líneas trazadas a lápiz señalaban las rutas más probables, pero cabía la posibilidad de que, alertado del peligro en los pasos habituales, el Kronstadt navegara más lejos, arrumbado a poniente. Eso significaba un área mayor a cubrir.
—Un arco de setenta millas, piloto.
—Ni mucho ni poco —Eleonas no parecía preocupado—. Con ayuda de los caiques podemos vigilarlo… ¿Cuándo salimos?
Miró Jordán el reloj atornillado en el mamparo junto al barómetro.
—Antes de que anochezca, entre seis y siete de la tarde. Procure que los hombres descansen. Que hagan una cena decente y el cocinero nos entregue provisiones para dos días, incluidos veinte litros de café ya hecho —indicó un sector en la carta—. Subiremos un poco más que de costumbre para patrullar en espiral a poniente de Quíos… ¿Qué le parece?
Se inclinaba el piloto sobre la carta.
—Razonable, pero consumiremos mucho fuel.
—Ya lo iremos viendo —Jordán señaló el barómetro, que estaba bajo—. ¿Cree que el mal tiempo complicará las cosas?
—Puede ocurrir. Y en ese caso tendríamos menos visibilidad.
—Da igual —hizo Jordán un ademán resignado—. Esta vez es caza mayor… No podemos fallar.
—Se hará lo que se pueda, kapetánie.
—E incluso más de lo que se pueda.
Sonrieron, cómplices. De pronto se les borró la sonrisa, pues sonaba un motor afuera y no era de la torpedera. Cogió Jordán la gorra, e iba a subir por la escalerilla cuando uno de los Maroun se asomó por el tambucho, desde cubierta, para informar de que la Chris-Craft estaba llegando a la playa.
—Con esa mujer, comandante —añadió—. La pilota la mujer.
Jordán estaba furioso. Muy furioso. De no hallarse los hombres mirando —se habían congregado en cubierta para observar la escena— habría agarrado a Lena por el brazo, zarandeándola antes de arrojarla sin miramientos a su lancha y obligarla a marcharse de allí. Una sola impertinencia, pensó. Una sola arrogancia y lo haría sin la menor duda. Con brutalidad, si era necesario.
Como si fuera consciente de eso, ella permaneció quieta, sin decir palabra. Había amarrado la canoa automóvil al extremo del pantalán. Vestía el pantalón de sarga y el jersey marinero y estuvo observándolo mientras se acercaba a grandes zancadas haciendo resonar las tablas. Y se mantuvo así cuando llegó ante ella y la fulminó con la mirada.
—¿Qué haces aquí?
Lena señaló la Loba.
—Creo que estás a punto de marcharte.
—No se trata de eso, no me voy ahora… Es sólo otra misión.
Lo contemplaba muy fija y fría. Movió los hombros con exagerado desdén.
—Mi marido dice que te vas. Que estuviste en la casa y te despediste de él.
—Es cierto, estuve allí y pronto dejaremos la isla; pero todavía no.
—No me enteré de nada. Dormía.
—Lo sé… Me propuso subir.
Enarcó ella las cejas, contenido el asombro.
—¿Te propuso…?
—Lo hizo.
—¿Y subiste?
—No.
Los hombres seguían mirando desde la torpedera, así que la tomó por un codo para alejarla del pantalán. Caminaron por la playa hasta detenerse de nuevo. Al fin ella habló otra vez.
—¿Cuándo salís?
—Antes de que anochezca.
—Quisiera…
Jordán emitió en español una blasfemia de marino, corta y seca. No solía hacerlo y nunca lo había hecho delante de ella, que lo miró con extrañeza.
—No me importa nada lo que tú quieras —dijo él—. Debes irte ahora mismo de aquí.
Nubes cada vez más oscuras avanzaban sobre la isla. El cielo se cerró a levante y la parte de mar iluminada por el sol se contrajo hasta desaparecer, mientras el agua de la ensenada pasaba del esmeralda al gris. Seguía sin haber viento, pero se estremeció la mujer, frotándose los brazos.
—Volveré pronto —dijo Jordán.
—Eso no lo sabes —opuso ella—. Nunca puedes saber si volverás o no. Y yo tampoco lo sé. Puede que algún día…
La frase se le apagó en los labios. Por un instante, su habitual serenidad pareció vacilar bajo las nubes sucias que ya estaban sobre ellos, veteadas de plomo. Un sector del cielo se desgarró igual que un trozo de lienzo oscuro, apareció un espacio de sol, y cuando se cerró de nuevo cayeron gotas de agua aisladas, gruesas como monedas.
—Estoy cansada…
—Vete a casa.
—No quiero estar allí.
Las gotas caían ahora con más intensidad, rumoreando en la arena. Jordán las sentía en la gorra y los hombros. La mujer miró el cielo y le salpicaron la cara.
—Venía a pedirte que me acompañes otra vez a Syros —bajó el rostro—. ¿De verdad no puedes?
—No seas absurda.
Las gotas se transformaron en lluvia. Jordán notaba pegársele la camisa al torso. En el pantalán, los tripulantes se habían retirado al interior de la torpedera. Olía a tierra y arena húmedas y aire limpio.
—No voy a irme —insistió sombría.
—Aquí no puedes estar.
—¿Por qué?… Todavía es mi isla. Y siento frío.
Tenía mojados el pelo, el rostro y la ropa. Ignoraba Jordán si se refería a la lluvia o a un estado de ánimo que él era incapaz de penetrar.
—Además —ella señalaba el cielo—, hoy no habrá estrellas.
No sonó a lamento sino a reproche, como si Jordán fuera responsable de eso. Miró él hacia la torpedera, impaciente. Unos minutos, se dijo. Sólo unos minutos, por la lluvia. Cogió del brazo a la mujer para conducirla a su barraca. Allí repiqueteaba el agua sobre el techo. Una vez dentro le quitó el jersey mojado, y tras hacerla sentarse en el catre la cubrió con una manta. Lo miraba pensativa, dejándolo hacer.
—Quédate así —dijo Jordán.
Fue hasta la mesa, donde entre papeles y derroteros había varias fotografías que no había incluido en el informe entregado en Atenas, y vertió un poco de coñac en un vaso. Se lo ofreció a Lena, pero ella negó con la cabeza.
—Te quitará el frío —insistió.
—Me da igual, no quiero —seguía sin apartar los ojos de él—. Ven a mi lado.
Se miraban a través de los tres metros de distancia que había entre ellos. Sonrió melancólico Jordán.
—No.
Ella pareció sorprenderse.
—¿Cómo?… ¿No puedes?
—No quiero.
—¿Qué diablos es lo que no quieres?
—Acercarme a ti en este momento.
Se quedó mirándolo, pensativa, para acabar con una mueca cruel.
—¿A qué tienes miedo, capitán Mihalis?… Lo que siento hacia ti no se contagia.
Permanecía inmóvil, apoyado en la mesa. Considerando aquello. Por fin dejó el vaso y cruzó la habitación para sentarse junto a la mujer. Lena se acercó más, hasta quedar pegada a él. Respiraba con suavidad.
—¿Amaste alguna vez a alguien? —le oyó murmurar súbitamente.
Tardó Jordán en responder. Sentía el calor húmedo del cuerpo contra su costado. La recordó desnuda en la cama de Syros, fumando sentada en la alfombra, erizada la piel cuando salió del agua bajo un cielo acribillado de estrellas, y anheló con desesperación, sorprendido de sí mismo, el sexo acogedor, la boca ávida, las largas piernas aferrándolo violentas y tenaces en torno a las caderas mientras él se derramaba como si vaciase en aquel vientre toda su vida.
—No lo sé.
Aún estuvo un momento en silencio, reflexionando sobre eso.
—Es posible que no —resolvió.
—¿Y ahora?
Golpearon la puerta y Jordán se levantó a abrir. Era Bobbie Beaumont, chorreando agua. Dirigió una rápida mirada al interior y se quedó afuera, sin entrar, con actitud prudente. Traía una hoja de papel mojada en la mano.
—Mis excusas, comandante… Hay novedades.
—¿Cuáles?
—El amigo que esperamos, diligente y madrugador, pasó el Bósforo a las siete y cuarto de la mañana.
Jordán consultó el reloj. Su cabeza era una complicada intersección de rutas, distancias y horarios. Una cuadrícula de cálculos geométricos y matemáticos.
—Notifíquelo a los caiques y vaya a bordo. Salimos dentro de una hora.
Después, sin mirar atrás, cerró la puerta y se encaminó hacia la torpedera, bajo la lluvia.
Apoyado en el alerón de estribor del puente, Salvador Loncar contemplaba la costa turca, cada vez más lejana. El Kronstadt había dejado atrás la parte angosta de los Dardanelos y navegaba ya por la desembocadura del estrecho, donde éste se confundía con las aguas del Egeo. El práctico turco acababa de despedirse después de ayudarlos a esquivar los restos de navíos hundidos veintidós años atrás, durante la batalla de Galípoli. El mar estaba tranquilo y el viento era moderado, bajo un cielo sin nubes próximas. Las colinas verdes, las áridas llanuras y las playas de arena y piedra se abrían lentamente por ambas bandas del buque mientras las antiguas fortificaciones de uno y otro lado del canal quedaban difuminadas en la calima de la tarde. Sólo los muros ocres del castillo de Seddülbahir eran aún visibles en la orilla occidental.
—Troya —dijo Urzáiz, el segundo oficial, que había venido a acodarse junto a Loncar mientras fumaba un cigarrillo.
—¿Perdón?
Señalaba el marino la orilla sur del canal que dejaban a popa.
—Está ahí cerca. Supongo que lo sabe.
—Ah, sí —cabeceó Loncar—. Claro.
Sonreía el otro, medio cómplice.
—En cierto modo somos una especie de imitadores, diría yo. De herederos… Me refiero al caballo.
Permanecieron callados, observando a los artilleros rusos que se ejercitaban con los dos cañones de 101 mm situados a proa del puente. Lejos ya de miradas inoportunas, habían abatido los paneles que los ocultaban, supervisados por el oficial Berzin, que iba de uno a otro dando órdenes. A la dotación de cada pieza se le habían asignado marineros españoles como auxiliares cargadores.
Urzáiz miraba al pasajero con curiosidad.
—¿Es verdad que la idea de este barco se le ocurrió a usted? —inquirió al fin.
—No, la idea es vieja —Loncar indicó la costa—. Yo me limité a sugerirla para este caso en particular.
Dio el otro una chupada al cigarrillo y el viento se llevó el humo de inmediato.
—¿Cree que vendrán a por nosotros?
Asintió el agente republicano.
—Es posible, incluso muy probable. Hemos hecho cuanto estaba en nuestra mano para que lo hagan.
Lo escuchaba el marino con atención.
—Un par de veces pasé rozando los cruceros fascistas —dijo—. Eso impresiona un poco, pero siempre pudimos escabullirnos sin consecuencias… Nunca estuve en un combate, ni naval ni terrestre.
—Yo tampoco.
—Todo saldrá bien… Don Ginés Sáez es buen marino, muy experimentado. Domina su oficio.
—¿Se conocían de antes?
—Sí, mucho. Yo era tercer oficial en el Urano. Fue él quien hizo que me trasladaran aquí, con otros cinco hombres de la tripulación.
—No parece lamentarlo —observó Loncar.
—En absoluto —Urzáiz sonreía—. Tengo curiosidad por ver qué ocurre, cómo se porta la gente y cómo me porto yo: la verdadera aventura —arrojó a sotavento la colilla del cigarrillo y volvió a acodarse en la regala—. ¿Usted no?
—No es la curiosidad lo que me trajo a bordo, como dije ayer. Sólo cumplo órdenes.
—De todas formas, querrá ver si su ardid funciona.
—Eso espero. Que funcione.
Volvió el segundo oficial a observar a los artilleros soviéticos.
—Esos tovarich son buenos, conocen su trabajo —señaló a Berzin con el mentón—. Y su oficial los maneja de maravilla.
—¿Qué hay del otro?
—¿Egorenko? —el marino miró hacia el interior del puente y bajó la voz, aunque nadie estaba cerca—. Teniente de navío de la Armada soviética, tengo entendido. Con más conchas que un galápago… Teóricamente embarcó de consejero, porque además conoce estas aguas; pero don Ginés Sáez no es de los que se dejan aconsejar. Lo tiene a raya.
—¿Cuándo estaremos en la zona crítica?
Miró Urzáiz hacia el sudoeste, donde se empezaban a formar algunas nubes.
—Al amanecer, diría yo. El capitán querrá llegar con algo de luz y los rusos van a estar de acuerdo. Pero el barómetro sigue bajando.
—¿Viento?
—No necesariamente. Lo que sí tendremos es lluvia.
—¿Aguantará el barco si nos torpedean?
Hizo Urzáiz un gesto que no comprometía a nada.
—Depende del lugar del impacto… Las cinco bodegas y las sentinas están reforzadas por dentro con planchas de acero sujetas con puntales de madera; o sea, que además de ayudarnos a fingir que llevamos carga, por su peso, el blindaje es razonable. Incluso torpedeados podríamos mantenernos a flote, al menos lo suficiente para darle a quien nos ataque una bonita sorpresa.
—¿Saben los tripulantes españoles lo que nos espera?
—El capitán los informó. A unos gusta más la idea y a otros menos.
—Tengo entendido que no todos son voluntarios.
Torció la boca el marino.
—Cierto, no todos… A la hora de completar la tripulación los rusos no tuvieron miramientos; ya sabe cómo son. Pero se les ha prometido una compensación económica adecuada.
Se abrió la puerta del puente, apareció el capitán con unos prismáticos en las manos, y tras dirigir una breve mirada a Loncar y al segundo oficial observó a través de los binoculares el último vestigio de la costa que dejaban atrás. Después, sin pronunciar palabra, entró de nuevo.
—¿Cómo es? —se interesó Loncar.
—Treinta y tantos años de mar, hágase idea —Urzáiz hizo una mueca de admiración—. Empezó en barcos de vela antes de que yo naciera; con eso se lo digo todo. Pequeño, callado y seco como lo ve, le aseguro que los tiene bien puestos.
—¿Muy significado políticamente?
Opuso el otro un ademán ambiguo.
—Bueno, él es marino, ¿no?… Afiliado a la Naval como todos nosotros, aunque aquí las cosas se vean de manera distinta a como se ven en tierra. Pero cree en la República, y ha hecho varios viajes peligrosos desde Rusia y México con material militar. Aunque la sublevación fascista le pilló en Melilla, pudo escapar del puerto con su barco y llevarlo a Cartagena —movió la cabeza, afirmativo—. Es un viejo zorro de los océanos.
Retiró los codos de la regala y señaló el interior del puente.
—Tengo que volver ahí dentro. Esa salida de don Ginés, hace un momento, es su forma de decirme que ya está bien de cháchara.
Sonrió Loncar.
—No parece hombre de muchas palabras.
—Más bien de una, o ninguna. Hace tres meses, durante mi cuarto de guardia y en mitad de un temporal horroroso frente a Ouessant, subió al puente en pijama y estuvo una hora y cuarenta minutos apoyado en un rincón, sin abrir la boca, antes de irse otra vez a su camarote… Concede toda su confianza, pero no te quita ojo de encima.
—No hay nada como un mal rato para que un hombre, con lo que dice o lo que calla, demuestre qué temple tiene.
—Eso piensa él.
Cuando entraron en el puente sintió Loncar, de nuevo, la fascinación de encontrarse entre complicados artilugios técnicos cuyas funciones sólo podía intuir, o imaginar: bitácora, agujas, telégrafo de órdenes y demás indicadores. Estaban allí un timonel español manejando la rueda, el primer oficial Egorenko y el capitán Sáez; que, aún con los prismáticos en las manos, los acercaba a los ojos de vez en cuando para observar el mar que se extendía ante la proa del Kronstadt.
Miró Urzáiz el reloj situado junto al barómetro.
—¿Tomaremos meridiana, don Ginés?
—No hace falta —respondió el capitán—. Estamos perfectamente situados: seis millas al nordeste de Karayer Adalari —indicó el cuarto de derrota—. Anote en el registro de guardia nuestra hora y posición, por favor.
Se situó Loncar entre el capitán y el oficial ruso, mirando el castillo de proa a través de los ventanales. A medida que se adentraban en el Egeo pasaba el mar de marejadilla a marejada; y en el espacio cerrado del puente, el balanceo del buque era más molesto que afuera. Se obligó a mirar al exterior, buscando referencias fijas para la vista. A proa y popa del palo delantero, los hombres del oficial Berzin seguían montando y desmontando los cuarteles de camuflaje de los cañones, ejercitándose en apuntar a una y otra banda del barco.
—Parecen competentes —comentó el agente republicano.
—Lo son —dijo Egorenko—. Seleccionados entre lo mejor de la Armada soviética.
Hablaba arrastrando las erres e introduciendo una i antes de cada vocal, pero su español era bueno. La voz tenía un timbre de orgullo arrogante.
—Harán su cometido —añadió.
Tras decir eso dirigió unas palabras al capitán: algo, que Loncar no llegó a comprender del todo, sobre la conveniencia de dar resguardo a un bajo de cinco metros cercano a la ruta que llevaban.
—Con este rumbo es suficiente —respondió el otro.
—Aquí la corriente es fuerte, capitán: oeste-noroeste de cuatro nudos.
—Lo sé —fue la seca respuesta.
Miró Loncar al timonel, que se mantenía silencioso con las manos en las cabillas de la rueda, pendiente de la aguja del compás. Era flaco, cenceño, y había sonreído al escuchar el diálogo. No parecía sentir simpatía por el ruso, y el agente republicano imaginó que era uno de los que habían sido forzados a enrolarse en el Kronstadt.
Volvió Urzáiz.
—Entro de guardia, don Ginés. Con su permiso.
Asintió el aludido sin moverse de donde estaba. Se desperezó Egorenko, estirando los brazos.
—Salgo de guardia —dijo—. Permiso para retirarme.
Asintió otra vez el capitán y abandonó el ruso el puente para cumplimentar las últimas cuatro horas en el cuaderno de bitácora. Cuando ya no estuvo a la vista, moduló el segundo oficial una sonrisa irónica.
—Parece que nuestro amigo se haya tragado…
—Guárdese lo que a usted le parezca —le cortó el capitán.
Dejó de sonreír el segundo.
—Sí, don Ginés.
—El rumbo es dos-cinco-cero. Manténgase ahí hasta dejar Karayer Adalari en franquía.
—Dos-cinco-cero —repitió Urzáiz con una mirada al timonel, que lo repitió en voz alta.
Loncar contemplaba las nubes sobre el mar a lo lejos, varias millas más allá de la proa.
—¿Creen que cambiará el tiempo?
Miraba de nuevo el capitán por los prismáticos, atento a otro barco que navegaba en las proximidades, y no los bajó hasta asegurarse de que los rumbos no eran convergentes.
—Tendremos lluvia antes de que se haga de noche —dijo.
—¿Y eso nos favorece o nos perjudica?
Seguía el otro mirando impasible el mar.
—Depende.
Tras decir eso echó un vistazo al reloj del mamparo. Comparó la hora con la del suyo, que extrajo de un bolsillo, y se volvió hacia el segundo oficial.
—Modere a media máquina, segundo.
—A la orden, señor… Unos nueve nudos.
—Sí.
Dirigió por fin el capitán sus ojos grises e indiferentes hacia Loncar.
—Quiero ponérselo fácil a los fascistas, llegando mañana cuando haya luz —dijo con calma—. Que nos puedan ver bien, y que nuestros artilleros puedan verlos a ellos.
En la isla seguía lloviendo mansamente, sin viento, con nubes tan bajas que casi rozaban las colinas próximas. Desde la orilla de la playa hasta la bruma que velaba el horizonte, el mar era una inmóvil lámina mercurial acribillada de salpicaduras.
—Todo está a son de mar, kapetánie.
—Bien, piloto… Salimos en seguida.