La isla de la mujer dormida
12. El caballo de Troya
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Cubierto con gorra y chaquetón encerado, reluciente de agua, Jordán anduvo de regreso a su barraca. Cuando abrió la puerta Lena Katelios estaba sentada en el catre, la manta sobre los hombros. Tenía en las manos algunas de las fotografías que él había dejado sobre la mesa de trabajo.
—¿Qué haces con eso?
—Nada. Lo miro.
Se acercó Jordán y se las quitó de entre los dedos. Eran media docena.
—No debes hacerlo.
—¿Por qué?… ¿Son secreto militar?
—Algo así.
—No hay nada secreto en ellas, sólo tu gente. Y tú en una de las fotos.
Era cierto: Jordán en primer plano, ajeno a la cámara, con algunos de los hombres detrás y la Loba al fondo. La había tomado Bobbie Beaumont y era una de las pocas que no había entregado a Navia-Osorio en Atenas, por su falta de interés. Metió las fotos en el sobre, asegurándose de que entre los papeles de la mesa no había nada que ella no hubiese debido ver. Aun así, se maldijo por el descuido.
—Tienes que irte.
—¿Os marcháis ya?
—Tienes que irte, Lena.
Fue al baúl, sacó el Webley con la funda y se lo metió en un bolsillo del chaquetón, que goteaba sobre sus botas y las tablas del suelo. Después miró alrededor. Nada más necesitaba de allí. Se volvió hacia la mujer.
—Vamos.
Ella no se movió. Seguía sentada, inmóvil el rostro, mirando el bulto del arma en su bolsillo.
—Nada garantiza que regreses.
—Nada lo garantiza nunca, pero volveré.
—No me gusta este día… Esa luz gris y esa lluvia.
—Hubo otros así antes.
Se quedó un momento callada, pensativa.
—Hay algo que leí hace mucho —dijo—: Llueve en las orillas de Troya mientras zarpan las naves.
Siguió otro silencio. La sonrisa que rozó sus labios, observó Jordán, era tan árida como los ojos, que no reflejaban nada, ni luz ni sombra: absolutamente opacos.
—Hombres que se van y no regresan… Que traicionan, mueren o vuelven a casa.
Negó él, incómodo.
—Yo no tengo casa.
—Tienes una mujer y un hijo.
—No tengo casa —repitió, mostrando la puerta que daba a la playa y la torpedera—. Lo que tengo está ahí afuera.
—Malditos seáis todos.
—Tu marido estará…
—Oh, por Dios.
Lo fulminaba con la mirada. Siguió un silencio sólo roto por el rumor manso de la lluvia en el techo. La mujer apartó la vista.
—Malditos sean —insistió.
La escuchaba Jordán perplejo, sin comprender: rubio grande, fuerte y obtuso. Dejó ella deslizársele la manta por la espalda y se puso en pie.
—Antes, cuando estábamos sentados ahí —señaló el catre que acababa de abandonar—, te pregunté si amaste alguna vez. Y no me gustó tu respuesta.
—No recuerdo lo que dije.
—Eso tampoco me gusta. Que no lo recuerdes.
Miraba ella en torno con desdén, fruncido el ceño, como despidiéndose para siempre de aquel lugar. Hizo entonces algo extraño: alzando una mano, la pasó con insólita suavidad por el rostro de Jordán, acariciándole una mejilla y la barba.
—Nunca imaginé que lamentaría haberte conocido —dijo con fría sencillez.
Se acercó después a la mesa, abrió con mucha calma el sobre de las fotos y cogió la del retrato. Tras contemplarla un momento se la guardó en un bolsillo, y él no hizo nada por impedirlo.
—Maldito seas tú también, capitán Mihalis.
Libre de sus amarras, con los motores en avante poca, la Loba se apartó del pantalán dirigiéndose hacia la punta sur de la ensenada. El cielo nuboso, bajo y sucio, seguía dejando caer una veladura de lluvia que acentuaba la tristeza del paraje. En el puente descubierto, con el agua goteándole por la visera de la gorra, Jordán permanecía atento a la maniobra. Adujados ya los cabos, la tripulación se había refugiado bajo cubierta. Sólo Ioannis Eleonas se mantenía cerca, subida la capucha del traje de agua.
—Mire, kapetánie —dijo.
Señalaba la playa por la banda de estribor, y Jordán miró en esa dirección. Lena estaba en tierra, a un centenar de metros. Caminaba por la orilla como si pretendiese acompañar a la torpedera sin perderla de vista, queriendo retrasar el momento final. La lluvia mansa, la orilla calma del mar, el cúmulo de nubes bajas, daban a su figura solitaria una apariencia desvalida, conmovedora, que suscitó en Jordán una insólita mezcla de perplejidad, melancolía, ternura y remordimiento.
Quizá sí la ame, pensó de pronto. Aunque eso no importe ahora.
Con una última mirada vio que ella se detenía al final de la playa. Sintiendo una congoja inesperada, una bruma húmeda en la garganta y el corazón, apoyó una mano en la mojada brazola de acero y con la otra enjugó las gotas de agua que salpicaban su barba.
—Avante media, piloto… Salgamos de aquí.
Destapó el griego el tubo de órdenes, rugieron con más intensidad los motores, y la torpedera puso proa al mar abierto mientras la figura distante de Lena Katelios quedaba cada vez más lejos, inmóvil bajo la lluvia, desvanecida en la neblina gris.