La isla de la mujer dormida

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13. El cumpleaños del diablo

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13. El cumpleaños del diablo

 

 

 

 

 

—El capitán lo llama al puente.

Se removió Salvador Loncar en la litera mientras abría con esfuerzo los ojos. El marinero que lo había despertado puso en sus manos una taza de café y se retiró dejando abierta la puerta del camarote. El agente republicano estuvo un momento inmóvil mientras tomaba conciencia de dónde se hallaba: olor a pintura, rumor de ventiladores y vibración de mamparos. El ligero mareo con el que se fue a dormir parecía haber desaparecido, a cambio de un leve dolor de cabeza y vacío en el estómago.

Bebió un poco de café, tan caliente que le quemó los labios, y miró el reloj de pulsera. Seis menos cuarto: sin duda de la madrugada, pues al otro lado del ojo de buey todo era negro. Bebió a sorbos cortos el resto del café, se calzó los zapatos —había dormido vestido—, se puso la trinchera y una bufanda y salió al pasillo. El mar parecía tranquilo, pues el balanceo bajo sus pies era tolerable. Al abrir el portillo que daba a la cubierta exterior, camino de la escala que conducía al puente, el aire fresco y la lluvia acabaron por despejarlo del todo.

El Kronstadt navegaba a media máquina en la más completa oscuridad. Aunque el puente estaba en penumbra —sólo el resplandor del cubichete iluminaba desde abajo el rostro del timonel—, resultaba imposible ver nada afuera. Además del timonel había cuatro bultos escrutando la noche más allá de los regueros de lluvia que corrían por los ventanales de proa: reconoció al capitán Sáez, el segundo Urzáiz y los dos oficiales soviéticos. Ninguno dijo nada cuando entró. Siguieron callados, y él se limitó a unírseles sin despegar los labios.

—Puede que no nos vean —dijo alguien tras un momento.

Había sido el primer oficial, Egorenko. Respondió la voz escueta y seca del capitán:

—Nos verán.

El breve diálogo animó a Loncar a hablar por fin.

—¿Hay novedades?

Nadie dijo nada. Al cabo de un rato lo intentó de nuevo.

—¿Dónde estamos?

—Casi en el lugar adecuado —dijo el capitán.

—Llegaremos en una hora —apostilló el ruso—. Más o menos.

—Muéstreselo, Urzáiz.

Siguió Loncar al segundo oficial al cuarto de derrota. Allí cerró éste la puerta y encendió un flexo de luz azul. Había una carta náutica extendida sobre la mesa.

—Debemos de estar más o menos por aquí, unas veinte millas al norte de la isla de Andros, ¿lo ve?… Dirigiéndonos al oeste de las Cícladas, que es la ruta más frecuentada por los mercantes que van hacia el sur.

Loncar estudiaba la carta, inclinado sobre ella: la línea recta trazada con lápiz desde los Dardanelos, las horas anotadas a lo largo de ella. Todos los ataques, comentó Urzáiz, se producían en la zona donde se adentraban. Don Ginés Sáez había decidido ponérselo fácil a los fascistas, tomando el camino más común.

—Amanecerá pronto —concluyó—, aunque la lluvia limita mucho la visibilidad.

Dejó Loncar de mirar la carta. Mantener la vista fija aumentaba su malestar por el balanceo del buque.

—¿Cree que nos localizarán?

Movió el segundo la cabeza, prudente.

—En el mar no hay seguridad de nada, pero llevamos las luces de navegación encendidas y nos dirigimos al principal cuello de botella de las islas… Además, como la falta de visibilidad lo justifica, don Ginés hizo enviar un mensaje a la estación costera griega sobre una supuesta dificultad para ver la luz del faro de Kafireas, preguntando si está apagada…

—¿Ha mencionado el nombre del barco?

—Por supuesto… Pero no el nombre expreso, sino la señal distintiva de llamada. Eso basta para identificarnos, sin ser demasiado explícitos.

Sonreía Loncar. El viejo zorro, pensó. Astucias de mar.

—¿Han respondido los griegos?

—Ellos no; pero sí un barco inglés que patrulla estas aguas, el destructor Bóreas. Si los fascistas están a la escucha, deberían haberlo captado: ya sabe, punto-raya… Muy torpes serán si no dan con nosotros cuando se haga de día.

La idea de un inglés inmiscuyéndose en el asunto no entusiasmó a Loncar. Más que ayudar, una interposición podía desbaratarlo todo.

—¿Puede ocurrir que intervenga?

Urzáiz pareció compartir esa preocupación.

—Complicaría las cosas —golpeteaba con un dedo sobre la carta—. Por eso don Ginés dijo a nuestro radiotelegrafista que no mencionara la posición; de la que por otra parte no tenemos certeza, pues la calculamos por estima según rumbo y velocidad. La noche y la lluvia nos impiden situarnos bien.

—¿Y estamos completamente preparados?

Sin duda, replicó el segundo. Tanto para lo más probable como para lo más peligroso. Las señales de zafarrancho eran: una pitada, todos a sus puestos; dos, listos para el combate; y tres, fuego continuo. Había prevenida una brigada de reparaciones y contraincendios, y todos los artilleros del oficial Berzin estaban alerta: cuatro rusos y dos españoles en cada cañón grande, dos y uno en los antiaéreos y dos españoles en cada una de las ametralladoras situadas en las cubiertas de botes.

—Además, tenemos proyectores potentes, dos en cada banda. Más no se puede hacer.

—¿Cree que localizaremos a los fascistas antes de que nos ataquen?

Hizo Urzáiz una mueca indecisa. La luz del flexo en la carta náutica ahondaba en su rostro sombras de fatiga.

—Más nos vale, compañero —sonrió apenas—. Más nos vale. Las cosas no serían fáciles para nosotros con un torpedo en la tripa.

—¿Y en tal caso? ¿Y si las cosas se ponen mal?

—También convendrá estar atento a las pitadas: tres largas y tres cortas, abandono del buque.

—Joder —exclamó Loncar.

 

 

 

No se distinguía el mar del cielo: ni un reflejo en la leve ondulación del agua casi inmóvil, ni una estrella, ni siquiera horizonte. Tampoco había un soplo de viento. La torpedera se mantenía inmóvil en el interior de una esfera negra donde la noche —que ya era alba, comprobó Jordán con un vistazo al reloj ocultando la luz de la linterna— goteaba una mansa lluvia que en forma de velo húmedo, invisible, envolvía la embarcación y a sus tripulantes.

Estaba de pie en el puente de ataque, al descubierto. Su silueta oscura y la de Ioannis Eleonas, una junto a otra, eran lo único que insinuaba reflejos cuando se movían para llevarse los prismáticos a la cara o interrogar al serviola, invisible en su cofa aunque se encontraba a apenas un metro sobre ellos. Los demás tripulantes, a excepción del timonel y el telegrafista, descansaban bajo cubierta; pero los hombres del puente —el vigía era relevado cada media hora— estaban mojados, ateridos, y les escocían los ojos de escrutar la oscuridad.

Ver, de día o de noche, era el principal afán de todo marino. La cabeza de Jordán, como la de cualquier otro en situación semejante, era un arduo barajar de rumbos, ángulos, rectas y horarios; de cálculos sobre una carta imaginaria —o no imaginaria en absoluto— que tenía impresa en la mente de tanto analizar rutas posibles y probables, alternativas, desviaciones, variantes, meteorología prevista para las próximas horas. De combinar cuanto podía conducirlos a estar en el lugar adecuado en el momento preciso, ni antes ni después. El punto exacto del Egeo donde la trayectoria de la torpedera se cruzase, inevitablemente, con la del todavía esquivo mercante ruso, o español, o lo que fuera.

Se abrió el tambucho y asomó la brasa de un cigarrillo.

—La costera griega ha respondido al fin —dijo Bobbie Beaumont—. Informa que no se extingue la luz de la bella Desdémona.

—Traduzca, maldito sea.

Se avivó la brasa del cigarrillo. Jordán sabía que en el mar, incluso en noches como aquélla, podía verse desde muy lejos.

—Apague eso.

—Disculpe.

Se extinguió la brasa.

—El faro de Kafireas funciona sin novedad, comandante… O el ruso no lo ve, o dice no verlo.

—¿Ha habido respuesta del Kronstadt?

—No, mi señor. Sólo el primer mensaje de llamada con su identificación HWQS.

—Fue hace una hora —opinó Eleonas—. Habrán hecho siete o diez millas desde entonces.

—Supongo que con tan poca visibilidad irán despacio, con cuidado —Jordán se inclinó hacia Beaumont—. ¿Hay alguna novedad del destructor inglés?

—Nada en absoluto. Ondea pero calla la bandera de San Jorge, mi señor… No ha vuelto a comunicar.

La proximidad de ese barco inquietaba a Jordán. Introducía en el juego un factor inesperado, de índole peligrosa. Había localizado el Bóreas en el almanaque naval de 1935: moderno, de la clase Beagle, con cuatro cañones de 120 mm, dos antiaéreos de 57 y turbinas de 34.000 caballos. Un lebrel temible, si emprendía la caza.

—Esté muy atento a eso. Infórmeme en el acto.

—Descuide, comandante… Estaré pendiente del menor aleteo, del más sutil gorjeo de la británica alondra.

—No me maree, Bobbie. No es momento.

—Por supuesto que no, señor. Nada más lejos de mi leal intención.

—¿Es fuerte su señal radiotelegráfica?

—La recibo bien —repuso flemático el inglés—. Con este tiempo, igual puede estar a tres millas que a diez…

—En cualquier caso, ¿usted qué opina?

—Si le soy franco, ilustre príncipe, demasiado cerca para mi gusto.

Volvió Jordán a hacer cálculos. Si el Kronstadt interrogaba sobre la luz del faro, que tenía un alcance de ocho millas, eso significaba que se encontraba donde ya debería ver sus destellos. La mala visibilidad complicaba las cosas, aunque parecía lógico situarlo a un máximo de quince millas de la parte más angosta del estrecho. Los caiques de exploración, que lo habían avistado entre dos chubascos con la última claridad del día anterior, señalaban un inequívoco rumbo sursudoeste. Todo parecía coincidir, excepto en el caso de que se tratase de una añagaza y el capitán del mercante fingiera seguir esa ruta para después, aprovechando la oscuridad y la lluvia, cambiar de rumbo y dirigirse al otro lado de Andros y Tinos.

—Nos la pueden estar jugando —comentó Jordán cuando Beaumont regresó abajo.

—En una noche como ésta todo es posible, kapetánie.

El tono estoico de Eleonas, pensó Jordán, era el resultado de treinta siglos de fortuna e infortunios, del Bósforo a Gibraltar. No había sorpresas para esa clase de hombres. Alzó el rostro hacia el invisible serviola.

—¿Alguna novedad desde arriba?

—Ninguna, comandante —respondió la voz.

Volvió Jordán a pensar en el Bóreas.

—Me inquieta el destructor inglés, piloto —confesó tras un momento.

Jordán no podía ver a Eleonas, pero supuso que giraba las palmas de las manos hacia arriba con su habitual gesto de fatalismo mediterráneo.

—Ya veremos cuando aparezca, si es que lo hace.

—De todas formas, confío en que ese cabrón ande lejos y no se meta en esto.

Se llevó a la cara los prismáticos y tornó a escrutar la esfera negra, intentando penetrarla.

—En lo que al Kronstadt se refiere, si su capitán ha alterado el rumbo para ir a levante, ya no lo atraparemos.

—Todo puede ser —dijo Eleonas con la misma calma que antes.

—Tardaríamos demasiado, y con este tiempo será difícil dar con él. Incluso aquí puede pasarnos bajo las narices —hizo Jordán un ademán de impotencia, abarcando la oscuridad—. Quizás esté ahí mismo, en algún lugar cercano, sin que lo veamos.

—Ya rompe el alba… Algo de luz mejorará las cosas.

Miró Jordán hacia el este, donde la esfera negra se resquebrajaba con las primeras vetas grises. Por un instante pensó en Lena Katelios inmóvil en la playa viendo alejarse la torpedera, y no sin esfuerzo se obligó a olvidarla. Eran el mercante ruso o el Bóreas saliendo de la noche lo que debía ocupar su voluntad y su cabeza. La tierra firme podía esperar.

—Makári, piloto —se frotó las manos ateridas—. Ojalá mejoren, aunque todo lo complique esta maldita lluvia.

El mar ondulado mostraba ahora unos tenues reflejos. Poco a poco, la veladura de agua que seguía cayendo mansamente se hizo más visible y traslúcida hacia levante; y entre las nubes bajas que se desgajaban de la noche, un relámpago silencioso y lejano, violento como un latigazo, acuchilló el horizonte.

 

 

 

Visto a través de los ventanales salpicados de agua del puente del Kronstadt, el rayo resplandeció como un chispazo lívido en la oscuridad del alba. Le sucedió otro zigzag de luz y después un tercero, más cercano, que pareció flotar en el mar antes de extinguirse entre la cortina de lluvia que hendía la proa del barco.

Salvador Loncar estaba junto a la rueda del timón, apoyada la espalda en un mamparo que, como el enjaretado del suelo, transmitía la vibración de las máquinas. Observaba fascinado el lento oscilar de la línea de fe que se desplazaba en el compás cada vez que el timonel manejaba la rueda para mantener el rumbo. Nadie se había movido del puente y todos los prismáticos disponibles escudriñaban el exterior. Olía a café, ropa mojada y humo de cigarrillos.

—Ya aclara un poco —comentó el segundo oficial Urzáiz—, pero no veo el faro.

—Tiene que estar ahí, en la amura de estribor —dijo el capitán Sáez.

—¿Usted cree, don Ginés?

—Salga al alerón y eche un vistazo.

Bajo la aparente calma con que conversaban los marinos, Loncar percibía la tensión. Y no era para menos. No se trataba sólo de establecer la situación exacta del barco respecto a la tierra próxima, de la que el faro de Kafireas era referencia importante, sino de vigilar el mar en todas direcciones, pues de cualquiera podía surgir el enemigo. Había serviolas repartidos por todo el barco y el oficial artillero Berzin llevaba media hora arriba, en el puente descubierto, con unos prismáticos pegados a la cara y manteniendo alerta a los sirvientes de los cañones.

—Empieza a verse algo —dijo con alivio el primer oficial Egorenko.

Era cierto. Por los ventanales de proa, entre los goterones de agua, se insinuaba una primera penumbra. El palo trinquete y el castillo adquirían contornos propios en la oscuridad menguante, más nítidos al recortarse en los relámpagos que a modo de fogonazos resplandecían a lo lejos. El capitán Sáez y el primer oficial Egorenko ya eran algo más que siluetas negras.

—Vamos derechos a la tormenta —comentó el ruso.

—Sí —se limitó a decir el capitán.

Regresaba del alerón el segundo oficial, chorreando agua.

—No se ve el faro, don Ginés… Por un momento me pareció ver una luz, pero es otro barco. Lo tenemos por el través y de vuelta encontrada.

—¿Está seguro?

Urzáiz se había acercado a la bitácora y secaba los prismáticos con un trapo.

—Completamente. He visto su roja.

—¿Podrían ser los fascistas? —intervino Loncar, esperanzado.

—No creo. Si están ahí afuera, dudo que vayan con las luces encendidas.

—Podría ser el destructor inglés —opinó Egorenko.

—Podría ser cualquiera —apuntó el capitán.

—Quizá deberíamos preguntar si son ellos —insistió el ruso—. Y si están situados respecto al faro.

—No.

Sobrevino un tirante silencio. La lluvia continuaba golpeando los cristales y los relámpagos se veían cada vez más próximos.

—Vamos arriba —dijo de pronto el capitán—. Quédese aquí, segundo.

Se abotonó Loncar la trinchera hasta el cuello y siguió a Sáez y Egorenko al alerón, desde el que subieron por la mojada escalerilla que conducía al puente descubierto. El responsable de la artillería estaba allí, a oscuras bajo el aguacero, prismáticos en mano. El capitán se situó a su lado.

—¿Hay novedad, Berzin?

—Ninguna, señor.

—¿Y el faro? ¿Algún destello?

—Tampoco.

—¿Qué hay de ese barco con el que nos hemos cruzado?

—Mantuvo la distancia y se alejó sin alterar el rumbo… Hasta hace un momento aún veía su luz de alcance.

El aire que suscitaba el andar del barco era húmedo y frío, pues la lluvia lo calaba todo; pero seguía sin haber viento real. El mar se mantenía tranquilo, y para satisfacción de Loncar el balanceo del barco era lento y soportable. Excepto por los rayos que iluminaban el horizonte —ya no eran silenciosos, pues alcanzaba a oírse el retumbar lejano—, la noche a proa del buque se resistía a morir. Por la popa y por levante, sin embargo, la cortina de lluvia se aclaraba, desvelando un cielo fosco de nubes bajas, marrones y grises.

Destapó el capitán el tubo acústico que comunicaba con el puente de abajo.

—Una cuarta a estribor, segundo.

Le puso el tapón y levantó de nuevo los prismáticos mientras la proa se movía lentamente once grados a la derecha.

—No quiero darme de boca con las piedras de Andros.

La tormenta eléctrica estaba cada vez más cerca, con menos intervalos entre el latigazo de los rayos y el retumbar de los truenos. Loncar, que había traído unos prismáticos del puente, miraba hacia la banda de estribor intentando ver algo que no fuera noche a través del aguacero. Le habían dicho que la vista jugaba malas pasadas al escrutar la oscuridad, y que era un error mirar siempre al mismo punto con excesiva atención; así que los movió despacio desde la proa al través.

De repente, la negrura del mar se vio iluminada bajo un zigzag de luz pálida, semejante a un fogonazo de magnesio. Duró tres segundos, pero fue suficiente para que advirtiera una forma oscura: una pequeña embarcación que se movía cerca del Kronstadt, paralela al rumbo, como un escualo que rondase a su presa.

 

 

 

El relámpago deslumbró a Jordán: había descargado en el mar, muy cerca, y la lluvia multiplicó su efecto luminoso, cual si el agua apenas ondulante fuese una superficie de aceite a punto de inflamarse y abrasarlo todo. Un momento después volvió la oscuridad, o más bien la penumbra húmeda que poco a poco se agrisaba hacia levante; pero el barco siguió allí, visible a menos de una milla, con sus luces blancas de posición arriba y la verde de estribor al costado, navegando con rumbo sursudoeste a diez nudos. Una velocidad que Jordán llevaba quince minutos confirmando con marcaciones continuas, para completar los datos en la dirección de tiro de la torpedera.

—Puede que nos hayan visto —comentó Ioannis Eleonas.

—Ya da igual, piloto… Atacamos.

Aún dudaba el otro, desconfiado como el griego que era.

—Es raro que vaya con luces.

—En una noche como ésta sería más peligroso no llevarlas.

Se volvió Jordán hacia Bobbie Beaumont, que estaba con ellos en el puente.

—Emita la señal Oscar-Bravo-Bravo en cuanto aceleren al máximo los motores. Vamos a torpedearlo.

—A la orden.

Desapareció el inglés por el tambucho. Habían localizado las luces detrás de la lluvia, primero la roja de babor, y descrito después un semicírculo por su popa, manteniéndose a una distancia prudente hasta divisar la verde y acercarse un poco más por esa banda para situar el barco entre ellos y la claridad cenicienta del alba. Con los prismáticos pegados a la cara, apoyados los codos en la mojada brazola de acero, Jordán y Eleonas habían estudiado la silueta para confirmarlo: dos chimeneas de la misma altura, dos palos, un puente corrido, un castillo a proa y otro ligeramente elevado a popa. Sin la menor duda era el Kronstadt.

—Abra dos cuartas, piloto. Vamos a entrarle en un ángulo de sesenta justos.

Destapó Eleonas los tubos acústicos que comunicaban con la caseta de gobierno y la sala de máquinas, y dio las órdenes pertinentes. Rugieron más fuerte los motores. La Loba dio un respingo, aumentó la velocidad y su proa se apartó veintidós grados del rumbo paralelo al del mercante. Jordán se quitó la empapada gorra, para que no se la llevaran el viento y el agua.

—Otros once a estribor, piloto.

—Once a estribor.

Se hizo más intenso el viento aparente mientras la lluvia azotaba violenta, con dolorosos alfilerazos, y repiqueteaba con fuerza en la cubierta. Jordán, una mano protegiéndole los ojos, comprobó las bandas y la popa: las sombras de Zinger y Kiprianou se agachaban tras los tubos de los torpedos y la claridad lejana charolaba las mojadas ropas de agua de los primos Maroun, apostados junto al Oerlikon.

—¡Zinger, destrinque el dos!

Llegó, entrecortada por el viento, la voz del torpedista repitiendo la orden. Volvió Jordán a mirar las luces blancas y verde del mercante troquelado en el alba. La lluvia le corría por el pelo y la barba.

—Ahí va bien —se quitó el agua de los ojos y los pegó al binocular de la RZA—. Treinta a babor, piloto.

—Treinta a babor.

Sentía mojada la toalla en torno al cuello y le castañeaban los dientes de frío. Alzó la cabeza para observar el Kronstadt a simple vista.

—¿Mantiene rumbo y velocidad?

Eleonas tenía los prismáticos pegados a la cara.

—Eso parece, kapetánie.

Respiró Jordán tres veces, profundamente, expulsando despacio el aire mientras intentaba deshacer el nudo de tensión que se le había formado en el estómago. Después abrió las piernas, afirmándose, y golpeó con una mano el hombro del piloto.

—Rumbo cero-ocho-cero, entonces. Mil trescientas revoluciones… Vamos a por él.

Repitió el griego la orden por el tubo acústico y la torpedera maniobró a babor, inclinado el puente a la banda contraria. Ahora, atronando los motores, saltaba sobre la superficie oleosa del mar como si ésta fuera sólida, en duros y rápidos pantocazos, hendiendo en línea recta el velo de lluvia que rayaba el paisaje.

 

 

 

Sonaron dos pitadas: listos para el combate. En el Kronstadt todo eran ahora carreras y órdenes por escalerillas y cubiertas, voces en ruso y en español, y Loncar oyó el ruido de los cuarteles de camuflaje que se abatían para descubrir la artillería. Aturdido, sintiéndose una presencia inútil a bordo, el agente republicano se apartó a un rincón de la barandilla para no estorbar, entre dos ventiladores que transmitían el rumor de las máquinas al estar junto a ellos. El capitán Sáez y Egorenko voceaban por los tubos de comunicación, y el otro ruso, Berzin, con un teléfono pegado a la oreja, daba órdenes a las dotaciones de los cañones. A espaldas de Loncar, dos falsos botes salvavidas dejaron ver, al desmontarse, la alargada forma oscura de un antiaéreo de 45 mm y el montaje doble de una ametralladora Maxim. Potentes proyectores se encendieron de pronto a proa y popa del puente, buscando en la noche de estribor, y el halo de lluvia se tornó traslúcido en los haces de luz que encuadraban al enemigo.

—¡Ahí está! —exclamó Egorenko.

Y sí, en efecto. Por fin, allí estaba.

—¡Torpedera, mírenla!… ¡Es una lancha torpedera!

A Loncar se le erizó la piel —no era efecto del frío ni del agua— cuando los haces luminosos de los dos proyectores convergieron sobre la forma oscura que, a menos de una turbia milla de distancia, avanzaba hacia el mercante con increíble rapidez, levantando dos alas de espuma blanca a uno y otro lado de la proa, brincando por la superficie apenas ondulada del mar como si en vez de surcarla se deslizara sobre ella.

—Hijos de puta —se limitó a decir entre dientes, con mucha calma, el capitán Sáez.

Bajó corriendo el oficial Berzin a ocuparse de sus cañones. Sonaron tres pitadas, y al momento una sucesión de fogonazos y estampidos recorrió el Kronstadt, estremeciéndolo de proa a popa y ensordeciendo a Loncar, que entre el resplandor de los disparos se tapaba los oídos mientras miraba en torno con ojos espantados. De modo casi simultáneo hacían fuego los dos cañones de proa, los de popa y los dos antiaéreos situados en la cubierta superior, delante y detrás de las chimeneas; y mientras los sirvientes recargaban las piezas y un humo amarillento se enredaba en espirales de lluvia antes de desvanecerse en ella, las ametralladoras comenzaron a disparar en ráfagas prolongadas y muy rápidas, enviando dobles líneas de lentas trazadoras rojas y blancas que levantaban chispazos al dar en la superficie negra del mar.

—La patria… —empezó a decir Egorenko, complacido por el estruendo.

Lo interrumpió seco el capitán.

—La patria no tiene nada que ver con esto.

 

 

 

La noche había dejado de existir y la lluvia, convertida en bruma rayada y opalina, multiplicaba el efecto de los proyectores del mercante, cuajando una cortina luminosa que deslumbraba a Jordán. Aún estaba sorprendido, pues no esperaba aquella cegadora pantalla de luz, el súbito doble haz que encuadraba la torpedera, siguiéndola a pesar de los treinta nudos de velocidad que en ese momento desarrollaba.

—¡Cinco a babor, piloto!… ¡Así, a la vía!

Agarrado con una mano a la brazola de acero, manejando con la otra las ruedecillas de la RZA, Jordán se esforzaba en mantener la silueta del Kronstadt en la retícula del binocular pese a las violentas sacudidas que le golpeaban la cara contra los protectores de caucho de la dirección de tiro. Usando como referencia la primera de las dos chimeneas, tenía en cuenta el rumbo y la velocidad para hacerlos coincidir con el torpedo que se disponía a lanzar; pero tanta luz lo cegaba. Además, un inesperado infierno se desataba en torno: punteaban el cielo trayectorias de balas trazadoras, caían proyectiles levantando piques de agua o pasaban sobre la torpedera, cortando la lluvia con ruido de tela rasgada, para perderse en la ancha, recta y larga estela que la Loba dejaba por su popa. Llovía agua del cielo y agua del mar.

—¡Tres grados a estribor!… Aguante ahí, así como va…

Aquél no era un simple mercante ruso, concluyó esforzándose en que la propia sorpresa no se convirtiera en desconcierto y bordease el pánico. En absoluto, desde luego, era el barco que le habían dicho que iba a encontrar: estaba artillado como un buque de guerra o un crucero auxiliar, aunque en ese momento no había tiempo ni calma para considerarlo con detalle. Ya habría ocasión, si salían vivos de allí. Por un instante pensó en dar media vuelta y alejarse a toda máquina; pero sin apartar los ojos del binocular supo que el rostro impasible de Eleonas estaba pendiente de él. Ante cierta clase de hombres, determinadas cosas nunca podían hacerse, o dejarse de hacer.

—Así como va, piloto. Ahí va bien.

Un pantocazo más fuerte le lastimó los ojos, obligándolo a apartar la cara. Durante los cinco segundos que tardó en mirar otra vez tuvo ocasión de observar la noche que se rompía en destellos y explosiones, los fogonazos de disparos que brotaban de las cubiertas y puentes del cada vez más cercano Kronstadt, el entrecruzar de rastros convergentes de las trazadoras. Se proponía lanzar un torpedo a seiscientos metros, y su instinto marino hizo los últimos cálculos: cuarenta segundos todavía entre aquella madeja de fuego asesino, con los cañones enemigos tirando al límite, inclinados entre cinco y diez grados por debajo de la horizontal. Con un poco de suerte, los tiros del mercante acabarían pasando demasiado altos.

—¡Modere a mil doscientas revoluciones!

Mientras miraba de nuevo por el binocular oyó a Eleonas repetir la orden en el tubo acústico. También oyó los fuertes estampidos del Oerlikon a popa de la caseta de gobierno, y supo que los Maroun, sin amilanarse con lo que les caía encima, estaban haciendo su trabajo y respondían al fuego intenso del Kronstadt. Unos chicos valientes, pensó, los primos libaneses. No era gran cosa como consuelo, pero tampoco era nada.

Quince segundos más, calculó. De pronto sintió reventar algo por encima de su cabeza, con un fulgor anaranjado que la lluvia multiplicó en rápido caleidoscopio, y pequeños fragmentos metálicos repiquetearon sobre la cubierta y el mar. Atento a mantener el objetivo en el visor, no apartó los ojos del binocular. Aunque sabía lo que era.

Fue Eleonas quien lo dijo.

—¡Es metralla!… ¡Nos están tirando con granadas antiaéreas!

—¿Zinger sigue ahí?

—¡Sí, agachado detrás del tubo!

El agua le corría a Jordán por la cara mientras levantaba el puño cerrado. La mira de la RZA seguía apuntando a la primera chimenea del mercante. Diez segundos, seiscientos metros. Otra granada estalló alta, no demasiado cerca, iluminándolo todo de resplandores naranjas, y algo duro y fugaz golpeó el metal de la brazola, haciéndola vibrar con la intensidad de un diapasón.

Apretaba los dientes y sentía la boca tan seca como si no le quedara una gota de saliva en ella. Se llevó una mano mojada a la lengua y chupó los dedos. Es nuestra velocidad, pensó, lo único que nos mantiene vivos.

Bajó el puño y alzó el rostro. Entre la lluvia que golpeaba a ráfagas, iluminada por los proyectores y las explosiones, la torpedera parecía correr a través de un túnel de luz: una veladura húmeda, opalescente y mortal.

—¡Fuego, dos!

Un estampido sordo, un ruido de succión. Jordán oyó cómo el largo pez negro, reluciente de grasa, saltaba por la banda para entrar en el agua; pero sólo tres segundos después advirtió en la mira que el mercante había empezado a disminuir la velocidad. Ya no navegaba a diez nudos, y eso significaba que el torpedo podía pasarle por la proa. Ahogó una violenta blasfemia.

—¡Todo a babor, piloto!… ¡En zigzag y a toda máquina!

Rugieron con más fuerza los tres motores de la torpedera. En ese momento algo reventó bajo y muy cerca, casi a ras del agua, y la Loba se estremeció como un animal dolorido. Miró Jordán a popa mientras se agarraba para no perder el equilibrio con la brusquedad del cambio de rumbo, y en el relumbre de los fogonazos que seguían estallando alrededor vio el Oerlikon inclinado y suelto en su afuste, sin nadie detrás. Uno de los primos Maroun estaba debajo, caído sobre la cubierta entre el rodar de docenas de relucientes casquillos vacíos, mientras la escora a una y otra banda hacía ir y venir su sangre diluida en agua de lluvia. El otro había desaparecido.

 

 

 

A bordo del Kronstadt el estrépito era atronador: disparaban cada veinte segundos los cañones situados en el castillo de proa, el combés y el castillo de popa, y a su estruendo se sumaba el tiro rápido de los dos antiaéreos y el martilleo constante de las ametralladoras. Apoyado en la barandilla del puente superior, aturdidos los tímpanos por las ondas expansivas y atónito por cuanto ocurría —nunca imaginó algo tan ruidoso, encarnizado y violento—, Loncar procuraba mantener los prismáticos fijos en la torpedera, que tras haberse acercado mucho en línea recta describía ahora un brusco semicírculo de cortos zigzags, intentando salir del doble haz de luz de los proyectores que la seguían, medio oculta por los estallidos, la humareda de las explosiones, el rastro de las trazadoras y los piques de espuma amarillenta que el intenso fuego abatía sobre ella.

—¡Torpedo! —oyó a su espalda, y eso le encogió el estómago—. ¡Torpedo!

El capitán Sáez lo empujó sin miramientos al abalanzarse hacia la barandilla, asomarse y mirar el mar.

—¡Todo a estribor! —gritó, y Egorenko repitió la orden por el tubo acústico.

Decreció el cañoneo. La tormenta eléctrica se había alejado, la lluvia era menos intensa, el alba indecisa se había convertido en amanecer. La cuarta parte del cielo había dejado de ser oscura para tornarse plomiza con vetas de nácar, y eso aclaraba el mar. Incluso sin que los proyectores abandonasen la lancha atacante para buscar con urgencia el torpedo en el agua, habría sido visible la estela recta y siniestra que se acercaba al mercante.

Loncar no sabía qué hacer. Desorientado, en espera de un impacto inminente, se agarró a la barandilla mirando al capitán como si en sus órdenes, en el tono de voz, en el modo con que el veterano marino observaba el mar, radicase la débil línea que separaba la supervivencia del desastre, la vida y la muerte. Porque aún no se movía la proa, comprobó realmente asustado. Fuera lo que fuese la maniobra ordenada, el barco seguía su rumbo y el torpedo el suyo. La estela estaba muy cerca y era cuestión de segundos que los alcanzase.

Al fin, cuando la proa empezaba a moverse hacia la derecha, la estela llegó hasta ella como si en apariencia cobrase más velocidad y desapareció de la vista; pero Loncar, que encogía todos los músculos del cuerpo aguardando el fin del mundo y de su vida, sólo oyó el batir ensordecedor que los cañonazos le habían dejado en los tímpanos doloridos. Nada estalló bajo sus pies; el mundo, su vida y las de quienes estaban a bordo del Kronstadt siguieron su curso. Y un momento después, cuando con el capitán y Egorenko corrió a mirar por la barandilla de babor, pudo ver la estela del torpedo, que había pasado apenas a tres metros de la proa, alejarse con su rastro de espuma entre la última llovizna, bajo la superficie del mar oleoso y gris.

 

 

 

—No pudimos, kapetánie —dijo Ioannis Eleonas.

El mercante, bien visible ahora en la claridad cenicienta de levante, estaba a casi dos millas. Desde el lanzamiento del torpedo no había vuelto a disparar contra la Loba, aunque ésta, navegando a media máquina sin perderlos de vista, se hallaba dentro del alcance de sus cañones.

—Nos estaban esperando —dijo Jordán—. Era una trampa.

Hizo el griego su acostumbrado gesto estoico.

—El mar tiene esas cosas. Unas veces se gana y otras…

—Aún no hemos perdido.

Se volvió Jordán a mirar la cubierta de popa. Siguiendo sus órdenes, Zinger y Kiprianou habían tirado al mar el cuerpo del segundo Maroun, sin ceremonia alguna. Ahora el torpedista y su ayudante, envueltos en sus relucientes trajes de agua, permanecían agachados junto al tubo de estribor, mirando taciturnos hacia el puente. A la espera.

—No parecen felices —comentó Eleonas—. Pero se han portado bien.

—Todos lo han hecho —respondió Jordán—. Los vivos y los muertos.

Volvió a observar el Kronstadt, que navegaba impávido con el mismo rumbo que antes.

—No me gusta que me tiendan trampas, piloto.

Lo miró el griego con repentina atención. La luz plomiza marcaba líneas de insomnio en su rostro fatigado y oscurecía el mentón sin afeitar: una de esas luces indecisas que, incluso en compañía de otros, hacían que un hombre se sintiera completamente solo. Debo de tener el mismo aspecto, pensó Jordán. E idéntica soledad.

—¿Vamos a atacar de nuevo?

No parecía sorprendido Eleonas, y a Jordán le gustó que no lo pareciera.

—Nos queda un torpedo.

Dirigió el otro una mirada al mercante, que seguía sin dispararles; como si invitase a la torpedera a acercarse otra vez.

—Es mucho fuego, nos pegaron fuerte —comentó ecuánime—. Y una segunda vez puede ser peor.

—Ya me he dado cuenta.

—O sea, que volvemos ahí.

No era una pregunta. Asintió Jordán.

—Eso creo.

Calló el griego un momento.

—Tengo la impresión, kapetánie —dijo al fin—, de que hoy cumple años el diablo.

Asomó Bobbie Beaumont la cabeza por el tambucho para informar que el destructor Bóreas había visto u oído el cañoneo y pedía a los barcos en la zona información sobre lo que estaba ocurriendo.

—¿Ha respondido el Kronstadt?

Se ajustó el inglés las gafas con un dedo y movió la cabeza.

—Nada, querido muchacho. Nada de nada, ni señal QQQ ni respuesta al Bóreas bajo la pálida luna. Absoluto silencio.

Sonrió Jordán, comprendiendo.

—Su capitán, o quien mande a bordo, no quiere que nadie se meta de por medio. Es casi personal… Un asunto privado entre ellos y nosotros.

Entrecerraba el inglés los párpados por el cigarrillo que le humeaba en la boca.

—Si nos vencen, hermanos de sangre, que venzan hombres.

—Algo así —Jordán le palmeó un hombro—. Vaya a su puesto, Bobbie.

Lo miró flemático el inglés.

—Ha sido duro ahí abajo, mi señor, con tanta devastación y tanto perro de la guerra ladrando encima —hizo un círculo con las manos—. Hay un boquete así en mi cabina.

—Vuelva a ella. Y agache la cabeza.

Desapareció el telegrafista tras dar una última chupada al cigarrillo y arrojarlo por la borda. Eleonas observaba el mercante por los prismáticos.

—Acaban de izar una bandera a popa —dijo.

—¿Soviética?

—No… Roja, amarilla y morada. La republicana de España.

Se le escapó a Jordán una risa entre dientes.

—Están diciendo que volvamos. Que lo hagamos otra vez.

—Eso parece.

—En lenguaje taurino, nos piden otro toro.

Inspiró hondo, queriendo concentrarse.

—¿Queda café?

Le pasó Eleonas un termo y bebió de él directamente. El brebaje estaba frío, pero lo despejó un poco. Calculaba posibilidades geométricas, rumbos y distancias en la nueva claridad nubosa y gris, ya con buena visibilidad tanto para los del mercante como para ellos. Había dejado de llover. El mar estaba ahora agitado, de marejadilla a marejada, y la torpedera se balanceaba más. En la distancia, hacia el este, griseaba la línea de la costa.

El cumpleaños del diablo, consideró Jordán en sus adentros. El mejor día para quedarse en casa.

—Ice bandera italiana, piloto.

Vaciló el otro.

—¿Seguro?

—Pues claro… Seamos consecuentes hasta el final.

Mientras Eleonas obedecía, Jordán puso el tapón al termo y lo encajó detrás de los tubos acústicos. Destapando el que comunicaba con la sala de máquinas, sopló en la boquilla de latón.

—Escuche, jefe… ¿Todo bien ahí abajo?

«Todo en orden», respondió la voz tranquila de Giorgios Ambelas.

—¿Aún puede darme el máximo de revoluciones?

«Todas las que quiera, comandante. Mil quinientas e incluso algunas más».

Se quitó Jordán la toalla del cuello, ya tan húmeda que le mojaba la ropa por dentro. Sacudió la gorra y se la puso, encajándola bien. Durante cinco segundos exactos pensó en Lena Katelios, antes de olvidarla. Después dirigió otro vistazo al Kronstadt. Quien crea que esto se hace por una causa o una fe, pensó, no tiene la menor idea.

—¡Zinger, destrinque el tubo de estribor!

Se incorporó el holandés con aire perplejo, queriendo confirmar la orden.

—¡Destrinque, maldito sea!

Mientras el holandés obedecía, se inclinó Jordán a mirar por la dirección de tiro y encuadró el mercante en la retícula. Sin levantar la vista podía sentir la desaprobación de Eleonas.

—Oiga, kapetánie…

Interrumpió la objeción del griego antes de que la formulase.

—Ordene avante toda, piloto.

Calló un momento el otro.

—Sí —dijo al fin, con voz opaca.

—Quiero treinta nudos. Rumbo uno-tres-cero y luego cero-ocho-cero.

—Sí, comandante.

—Vamos a felicitar al diablo.

Se santiguó el griego cuatro veces de derecha a izquierda —era la primera vez que Jordán lo veía hacerlo— y dio la orden por el tubo acústico. Rugieron los motores, saltó la torpedera como si se encabritase y ganó velocidad alzando la proa entre rociones que arrojaban ráfagas de salpicaduras sobre la caseta de gobierno. Sujeto con una mano a la brazola, abiertas y flexionadas las piernas para no desequilibrarse con los fuertes pantocazos, Jordán introducía los datos del objetivo en la mira de la RZA.

—Cinco grados a babor, piloto… Así como va.

Cuando habían recorrido apenas un cuarto de milla, una sucesión de fogonazos relampagueó en el visor de la dirección de tiro y varios proyectiles aullaron sobre la torpedera, largos de alcance, perdiéndose en la estela.

Aceptado el desafío, el Kronstadt disparaba de nuevo.

 

 

 

Todavía junto a la barandilla del puente superior, prismáticos en mano, Salvador Loncar no daba crédito a sus ojos. La escena parecía irreal: bajo el cielo encapotado de nubes bajas, surcando a saltos el mar gris, la lancha enemiga se acercaba otra vez en diagonal a la amura de estribor, indiferente al vendaval de fuego que caía sobre ella. Atronaban estremeciendo las cubiertas del mercante los cañones navales y los antiaéreos, tirando ya por debajo de la horizontal, y los montajes dobles de las ametralladoras punteaban el aire con las trazadoras que convergían en la torpedera con tal intensidad que el agua en torno a ella parecía hervir en salpicaduras y piques de espuma cuando las granadas reventaban con fogonazos ocres y naranjas. Todo eso creaba una bruma ambarina que su proa hendía con violentos y rápidos machetazos, cada vez más cerca.

—Tienen un par de huevos —dijo el capitán Sáez.

Lo señaló ecuánime, sereno, apagada su voz por el estruendo del cañoneo. No lo dijo para nadie en especial, sino que fue un comentario pronunciado en tono absorto, como para sí mismo. Aunque Loncar, que estaba cerca de él y del primer oficial Egorenko, pudo oírlo perfectamente.

—No diga eso, capitán —replicó molesto el ruso—. Son unos cerdos fascistas.

—Sí —admitió el otro—. Unos cerdos fascistas con un par de huevos.

Lo miraba a intervalos el agente republicano, en demanda de una serenidad que él mismo necesitaba con urgencia. Ninguna emoción traslucían la actitud y la voz del marino, aunque un rictus inusual le crispaba las comisuras de la boca, descubriendo los dientes: una mueca fija y tensa que parecía congelar sus labios mientras veía acercarse la torpedera.

También él tiene miedo, concluyó Loncar con un escalofrío. Tanto como yo.

 

 

 

El rugido de los motores y la fuerza del viento casi tapaban el martilleo constante del fuego enemigo. Pegados los ojos al binocular de la dirección de tiro, Jordán oyó estallar una de las granadas baja y muy cerca, sobre su cabeza: un estampido seco, semejante al de una pila de platos rotos, seguido por una lluvia de esquirlas que golpeó la cubierta y el mar. Se agachó por instinto, miró en torno, incrédulo por estar ileso, y encontró los ojos asombrados de Ioannis Eleonas, que lo miraban de la misma forma: como nunca, a ninguno de los que tripulaban la Loba, podrían verlos sus padres, sus mujeres, sus novias o sus hijos.

—Ésa anduvo cerca, kapetánie.

—Mucho.

Una línea de trazadoras que se acercaba con aparente lentitud desde el mercante pareció aumentar la velocidad antes de impactar en la cubierta delantera y la resonante brazola de acero, disparando una maraña de astillazos que el viento se llevó de inmediato. Vuelto a estribor, Jordán vio que Zinger y el ayudante se mantenían en su puesto, sosteniéndose uno a otro, agachados cuanto podían detrás del tubo del torpedo. En el pasado había sido injusto con el holandés, pensó fugazmente; podía ser desagradable en tierra, pero en el mar cumplía como los buenos.

—No aguantaremos mucho más —dijo el piloto.

Jordán no respondió a eso. Notaba turbios los sentidos y se movía como un sonámbulo dentro de un disparatado sueño. Al incorporarse buscó otra vez en la retícula de la RZA la primera chimenea del Kronstadt, que de nuevo utilizaba como referencia. La obsesión de mantener el mercante en el punto adecuado de la dirección de tiro lo ayudaba a concentrarse, a olvidar. A ser tenaz y dejar para más tarde, como algo que pudiera ser aplazado, el túnel de fuego por el que corría la torpedera, entre rachas de viento y rociones del agua pulverizada que por ambas bandas levantaba la proa.

—Cuatro a estribor, piloto —a cada pantocazo, los protectores de caucho le golpeaban la cara—. Ahí va bien… Manténgalo.

Agarrado con una mano y con la otra ajustando la mira, calculó la distancia y el ángulo respecto a la primera chimenea, cuyo penacho de humo negro, como el de su gemela, ascendía hasta quedar inmóvil en el cielo color de plomo.

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