La isla de la mujer dormida
13. El cumpleaños del diablo
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—Estamos a seiscientos metros, piloto… Póngalo a veinte nudos.
—Veinte nudos, mil revoluciones —ordenó el griego por el tubo acústico.
—Cinco a babor… Así como va, perfecto. A la vía.
Contraído el estómago, árida la boca, tenso como si se le fueran a partir los tendones de cada músculo, sentía Jordán que el viento le enfriaba sobre el cuerpo la ropa húmeda. Alzada la visera de la gorra se mantenía pegado al binocular, frotándose a veces los ojos porque no veía bien, hasta que advirtió que el humo ofuscaba la lente y lo deslumbraba el centelleo de disparos que surgía de proa a popa del mercante. Más proyectiles pasaron aullantes sobre su cabeza o retumbaron al reventar en el agua, salpicando con sordos chapoteos. De pronto algo duro y ardiente golpeó la torpedera haciendo crujir el casco y temblar la caseta de gobierno. Cabeceó la Loba con violencia, hundiendo la proa en un elevado roción de espuma, se llevó la gorra el viento y Jordán dio con la frente en la dirección de tiro, con tanta violencia que cayó de rodillas.
—¡Fuego, uno! —gritó mientras intentaba incorporarse sin conseguirlo.
Oyó al piloto repetir la orden, y después el sonido del torpedo de estribor saliendo del tubo. Aturdido y sin fuerzas, zarandeado por el movimiento de la lancha e incapaz de ponerse en pie, se llevó las manos a la cabeza para retirarlas, con repentino estupor, manchadas de sangre.
Esto no está ocurriendo en absoluto, concluyó. Es sólo un sueño. Una pesadilla de la que si hago un esfuerzo podré despertar.
Intentó levantarse, pero volvió a caer. Le escocía mucho la frente. Cuando alzó el rostro y miró a través del velo rojo que cubría su cara, vio a Eleonas de pie en el puente, gritando algo que era incapaz de oír.
—Sáquenos de aquí, piloto —le rogó débilmente.
Aún hablaba cuando algo muy rápido, estruendoso y feroz como una dentellada de metal, los golpeó otra vez. Y con un crujido que parecía abrir la puerta del infierno, la torpedera se rompió en pedazos.
El torpedo impactó a proa, entre el palo y el puente. Loncar, que se había refugiado en la banda opuesta al verlo llegar, oyó, vio y sintió dos explosiones sucesivas: la del torpedo mismo, que hizo temblar el casco bajo una elevada columna de agua, y otra diez o quince segundos después, un fogonazo seguido de un estampido tan fuerte que despidió por los aires trozos de madera y metal. La onda expansiva empujó al agente republicano, arrojándolo contra la barandilla, y ésta lo salvó de caer al mar. Cuando se recobró, espantado y confuso, lo envolvía una humareda amarillenta cuyo acre olor a cordita le hizo toser y lagrimear. La brisa la disipó despacio, y al fin pudo ver que el primer oficial no estaba en el puente y que el capitán Sáez se arrastraba trabajosamente, con el brazo izquierdo doblado en extraña postura.
Incorporándose, Loncar acudió en socorro del marino. Al ayudarlo a levantarse comprobó que el brazo maltrecho colgaba inerte, desarticulado; parecía roto por debajo del hombro. Pero Sáez estaba consciente, lúcido a pesar de todo; y tal vez por el shock sufrido, la fractura no parecía dolerle mucho. Tambaleante, conseguía mantenerse en pie.
—¿Qué le ha pasado a Egorenko? —preguntó Loncar.
Miró el otro en torno, confuso, hasta fijarse en la barandilla retorcida y rota.
—No está —dijo roncamente, áspera la garganta—. Se ha ido.
El segundo oficial Urzáiz apareció en el puente. Venía pálido, desencajado el rostro, pero conservaba la calma.
—El brazo —dijo el capitán con mucha sangre fría—. Sujétenme con algo este brazo.
Con su propio cinturón se lo fijaron al torso. Después, Urzáiz informó sobre lo ocurrido. El torpedo había alcanzado las municiones del cañón situado en el combés, y la explosión abrió un cráter enorme arrancando los puntales del trinquete, haciendo volar el cañón y matando en el acto a los artilleros y al oficial Berzin, que en ese momento estaba con ellos. En total, a primera vista, siete muertos y media docena de heridos.
Tras contar eso, Urzáiz miró en torno.
—¿Dónde está el primer oficial?
—Se ha ido —dijo Loncar.
El segundo lo miró con extrañeza.
—Entiendo —dijo al fin.
Se había acercado el capitán a la barandilla para ver el estado del combés, y los dos se reunieron allí con él. La cubierta bajo el puente era un agujero de bordes chamuscados y retorcidos que aún humeaba. Olía a hierro caliente, a pintura, goma y madera quemadas, y los rebordes de acero desnudo brillaban como plata. Había marineros, cubierto el rostro con trapos, trabajando allí.
—¿Podemos seguir a flote, segundo? —preguntó el capitán.
—Creo que sí. Por suerte las municiones estaban en cubierta y no abajo… Por eso la onda expansiva fue hacia arriba y no hizo grandes daños laterales, aunque destrozó dos botes salvavidas, dejó el puente inferior sin ventanales e hirió en la cara al timonel.
Escuchaba el capitán sin dejar de mirar abajo, sosteniéndose el brazo con la otra mano.
—¿Están afectadas las calderas?
—Es el timón el que no obedece muy bien… Lo están comprobando.
—¿Embarcamos mucha agua?
—Excepto el boquete del torpedo, no demasiada. Estoy poniendo palletes de colisión y todas las bombas funcionan.
El capitán se frotaba ceñudo el brazo roto.
—No quisiera perder el barco.
Lo tranquilizó el segundo.
—Mientras las cosas no se compliquen, seguiremos a flote. He dicho al telegrafista que radie una señal de socorro y dé nuestra posición —señaló hacia poniente—. Aquello, a unas diez millas, debe de ser el cabo Kafireas… Si los mamparos aguantan y los palletes no ceden podemos llegar a un puerto o un abrigo, aunque sea escorados y algo hundidos de proa.
Reflexionó un momento el capitán.
—Tenemos Karistos a unas veinticinco millas. Hay una entrada amplia y fondo de arena, donde podríamos varar en el peor de los casos.
El segundo sonreía optimista, o aparentando estarlo. Aquel joven era buen marino, pensó Loncar: competente, sólido, sereno. Hecho ya a la vida dura, como tantos de ellos.
—Vamos a seguir a flote, don Ginés… Ya lo verá.
—No quiero perder el barco —insistió hosco el otro.
—Lo salvaremos, descuide —miró Urzáiz el mar a estribor como si recordase algo—. ¿Qué hay de la torpedera fascista?… Desde el puente de abajo no pude ver gran cosa.
—Desapareció —intervino Loncar—. La vimos saltar por los aires.
—Estupendo.
—Eran italianos.
Miró el segundo hacia el destrozado combés y movió la cabeza.
—Menudos hijos de puta.
—Sí.
—Nos lo han cobrado bien.
—Bastante bien —admitió Loncar.
Se dirigió de nuevo Urzáiz al capitán.
—Don Ginés, ¿quiere que comprobemos si hay supervivientes de ellos?… Puedo arriar un bote.
Negó el otro sujetándose el brazo roto. Enfriada la fractura, parecía dolerle más.
—Tenemos demasiado de que ocuparnos… Si los hay, que se jodan los supervivientes.