La isla de la mujer dormida
14. ‘Parlez-moi d'amour’
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14. Parlez-moi d'amour
Una soleada tarde de octubre de 1951, el capitán de la marina mercante Miguel Jordán Kyriazis amarró su barco en el puerto griego de El Pireo. El Almanzora era un buque de 4.700 toneladas y bandera española, perteneciente a la naviera Mínguez-Pelluz, que desembarcaba fosfato marroquí e iba a cargar cemento con destino a Valencia. Y una vez retirados los remolcadores y aseguradas las amarras en los norays del muelle, con todo en orden a bordo, el capitán bajó a tierra para las formalidades habituales con las autoridades portuarias y el consignatario de su empresa.
Cumplidos los cuarenta y ocho años, Jordán había cambiado poco: seguía siendo alto y fuerte, aunque el cabello le escaseaba en las sienes, la barba rubia estaba entreverada de canas y pequeñas arrugas fruncían sus ojos claros. Una cicatriz, que el paso del tiempo hacía cada vez menos visible, marcaba el lado izquierdo de la frente bajo la visera de la gorra. Llevar uniforme facilitaba los engorrosos trámites locales, y por esa razón vestía la chaqueta azul marino con botones de latón dorado, un ancla y cinco galones en las bocamangas.
Era una tarde agradable, y después de dos semanas de mar al capitán del Almanzora le agradaba pisar tierra firme; así que, ultimado a satisfacción el papeleo, dio un paseo por la calle Kalimastou en busca de un café donde sentarse media hora a hojear los periódicos y ver pasar los coches y a la gente. No había vuelto a El Pireo desde hacía catorce años, y apreció cambios: el puerto había crecido y el entorno estaba animado por modernos restaurantes y comercios. En una esquina había prostitutas que con aire aburrido miraban a los transeúntes. Y más allá de la verja, entre las grúas y los tinglados de mercancías, alcanzaban a verse chimeneas, puentes y banderas de barcos amarrados a los muelles.
Al levantar la vista vio el cartel situado en el balcón de un primer piso: Ioannis Eleonas, Shipchandler. Proveedor de buques. Era un edificio de tres plantas, de buena apariencia, con un comercio en la planta baja cuyo escaparate mostraba un abundante surtido de efectos navales.
Se quedó Jordán parado en la acera, incapaz de moverse, encajando la sorpresa mientras una imprevista franja del pasado se materializaba ante sus ojos. Reaccionando al fin, se acercó al portal para observar la plaquita de metal junto a la puerta abierta, que repetía el mismo nombre y título que el rótulo del balcón. Una ancha sonrisa iluminó su cara, rejuveneciéndola. Después se quitó la gorra, entró en el edificio y subió los escalones hasta el primer piso.
Un vestíbulo adornado con fotografías de barcos y objetos del mar, una recepcionista sentada ante una máquina de escribir, una puerta de cristal esmerilado al fondo del pasillo, un despacho con una amplia ventana que daba al puerto… Y tras una mesa llena de carpetas y papeles, abierta la boca de estupor, más gordo y con el pelo completamente gris, estaba sentado el antiguo contrabandista griego.
—Kalispera, pilote.
—¡Por Dios!… ¡Pero si es el kapetanios Mihalis!
Casi derribó la silla al levantarse. Se detuvieron uno ante el otro, titubeantes, extendidas las manos para estrecharlas, pero un instante después se fundían en un abrazo.
—¿Qué hace en Grecia, capitán? —le miraba Eleonas los galones de la chaqueta, palmeándole con afecto los brazos—. Y veo que lo sigue siendo.
—Mercante, piloto —sonreía Jordán—. Marino mercante.
Cabeceó Eleonas, sorprendido.
—¿Se acabó la Armada?
—En cuanto terminó la guerra.
—Confío en que le pusieran una medalla antes de irse. Una cruz naval o algo así.
—Alguna me dieron.
Indicó el griego, con ademán solemne, una condecoración militar y un diploma enmarcados en la pared. Al lado había una foto de un sonriente grupo de hombres armados y en uniforme de combate, en la cubierta de un caique y con el mar de fondo. El antiguo contrabandista era uno de ellos.
—Acabó su guerra y empezó la mía.
Se quedaron mirándose, callados, y por impulso de Eleonas, que de nuevo palmeó fuerte los hombros de Jordán, se abrazaron otra vez. El griego parecía de verdad conmovido: lo contemplaba con afectuosa atención, cual si comparase al hombre que tenía delante con aquel de quien se había separado en El Pireo tantos años atrás.
—Hay que celebrar esto, kapetánie… —dijo señalando un mueble bar bien provisto—. ¿Whisky, coñac, ginebra?
Señaló Jordán una botella de Metaxá.
—Coñac. De ése.
—Lo tengo mejor —protestó el griego—. Soy un hombre próspero.
Casi parecía ofendido. Rió Jordán.
—Ya, piloto. Pero es por los viejos tiempos.
Asintió el otro, complacido al fin. Fue al mueble bar y volvió con dos copas de coñac. Jordán miraba otra fotografía, colocada ésta sobre la mesa de despacho: Eleonas, una mujer gruesa cogida de su brazo y cinco muchachos varones, todos parecidos a él, anchos, fuertes, sonrientes, de pelo rizado y oscuro.
—Mis cachorros… El mayor, Stavros, ya es marino mercante, como usted; está en un petrolero de Niarchos, trayendo crudo desde el golfo Pérsico —separó uno de los dedos que sostenían la copa y apuntó a Jordán—. Tenía un hijo, creo recordar… ¿Qué edad tiene ahora?
—Veintiséis.
—¿Casado? ¿Le ha dado nietos?
—Ni lo uno ni lo otro.
—¿Y tal vez eligió su misma profesión?
—No, para nada. Es ingeniero.
—Ah, vaya… ¿Y usted sigue casado? ¿Vive su esposa?
—Sí.
Chocaron suavemente las copas y bebieron. Jordán, que no había probado en catorce años aquella marca de coñac, lo saboreó —seguía siendo vulgar, áspero y fuerte— con un placer no exento de melancolía. Señaló Eleonas la fotografía de la pared, que su visitante había vuelto a mirar.
—Cuando los alemanes invadieron Grecia, fui a Alejandría y me alisté en la Levant Schooner Flotilla… Durante tres años tripulamos goletas y caiques entre las islas, llevando a los comandos ingleses y griegos para sus ataques y sabotajes.
Bebió otro sorbo. La sonrisa se le había hecho distante, distraída.
—Aún vi cumplir años al diablo algunas veces más —añadió tras un momento—. Estuve en los combates de Leviza y de Santorini, y luego en la batalla y evacuación de Delos.
Se detuvo en una pausa orgullosa, señalando con leve movimiento de cabeza la condecoración enmarcada.
—También a mí, como puede ver, me concedieron una medalla.
Volvieron al silencio sin dejar de mirarse uno a otro, medio sonrientes y medio pensativos.
—Pero nunca viví nada —dijo de pronto Eleonas— como aquel amanecer en el estrecho de Kafireas.
El nombre avivó los recuerdos en Jordán: el mar bajo el cielo de nubes grises, el Kronstadt alejándose muy despacio hasta perderse de vista, tres hombres agarrados al oscilante enjaretado de madera que apenas los mantenía a flote, la fea herida en el cuero cabelludo del timonel Teo Katrakis, descubierto el hueso del cráneo que la marejada limpiaba de sangre a cada embate; sus gemidos cada vez más débiles, hasta que al comprobar que había muerto lo abandonaron al mar. Después estuvieron mucho tiempo tiritando en el agua, cada vez más apagados por la hipotermia, entumecidos los miembros, mortecinos y enrojecidos los ojos entre el fuel derramado que les cubría el rostro como una máscara. Aturdido por la herida de la frente, incapaz de resistir el sopor que se adueñaba de él, Jordán habría dejado de agarrarse al enjaretado de no ser por una de las fuertes manos del piloto, que lo mantuvo todo el tiempo a flote. Y cuando, también exhausto éste, estaban a punto de entregarse al mar, oyeron sonido de máquinas, gritos de advertencia, voces de marineros que, tras arrojarles un aro salvavidas que no pudieron alcanzar, descendían hasta ellos por la red descolgada en el costado del destructor inglés Bóreas.
Eleonas había terminado su coñac. Puso la copa vacía en la mesa.
—No he sabido de usted desde que nos separaron aquí mismo, al desembarcar —comentó—. ¿Cuánto tardaron en soltarlo?
—Poco, un par de semanas. Nadie pudo probar nada contra mí, y tampoco interesaba airear el asunto… Las autoridades locales se desentendieron en cuanto les fue posible.
Encogió los hombros el griego y levantó las palmas de las manos, fatalista.
—Conmigo tardaron un poco más, pero todo acabó resuelto.
Desprecintó una caja de Montecristo para ofrecer uno a Jordán, que negó con la cabeza.
—Al final se nos fue aquel barco —se puso Eleonas un cigarro en la boca—. No intacto, pero pudo llegar a un abrigo. Con muertos a bordo, la proa medio hundida y un buen agujero en el casco.
—Hicimos lo posible.
—Y también más de lo posible.
Apuró Jordán su coñac y puso la copa vacía junto a la otra.
—Nunca tuve ocasión de agradecer su ayuda ese día en el agua, piloto.
Se dilató la boca del antiguo contrabandista en una blanca y ancha sonrisa.
—Me gusta que me siga llamando piloto.
—Sin usted no habría sobrevivido.
—Tonterías, disculpe que lo diga así —Eleonas prendía su habano con un bonito encendedor de oro—. Era un hombre fuerte, y veo que lo sigue siendo… Se las habría arreglado sin mí.
—Lo dudo —Jordán estuvo callado un instante—. Nunca se supo de los otros, ¿verdad?
—Nada, ni rastro. A todos se los tragó el mar, como a la Loba.
Chupaba el griego el cigarro, repentinamente serio. Al cabo de un momento miró a Jordán entre el humo.
—¿Sabe?… Después conocí a más hombres duros y viví otras cosas, pero ninguna fue como aquélla. Cuando pienso en los nuestros, pienso que tal vez no eran los más recomendables…
—Desde luego que no —sonrió Jordán—. No lo éramos.
—De eso hablo. Pero es imposible no sentir profundo respeto por quienes fueron capaces de recorrer con nosotros, por dos veces —alzó con énfasis dos dedos de una mano—, aquella milla y media.
—La más larga del mundo.
—La más larga de nuestras vidas.
—Grupo de hermanos, como decía Bobbie Beaumont.
—Sí, eso es… Casi hermanos fuimos aquel día.
Cogió Eleonas la botella de coñac, volvió a llenar las copas y entregó al visitante la suya. Se miraban a los ojos.
—Por quienes fueron los nuestros, piloto —brindó Jordán.
—Por todos ellos, kapetánie.
Eleonas se obstinó en acompañar a Jordán al puerto. Cogió una chaqueta y salió con él, todavía fumando el habano, al tráfico de la calle. Insistía en que cenaran juntos esa misma noche.
—No puedo, piloto… Debo estar a bordo para las operaciones de descarga.
No se resignaba el griego.
—Quiero llevarlo a mi restaurante favorito de Atenas, la taberna Plátanos.
—La próxima vez.
—¿Seguro?
—Muy seguro.
Se despidieron ante el portón de la verja tras estrecharse otra vez las manos. Dio Eleonas una lenta chupada al cigarro, como demorándose a propósito. Dejó salir el humo y entrecerró los ojos, pensativo. Se había puesto serio.
—No me ha preguntado por ellos —dijo.
Jordán, que ya se marchaba, se detuvo.
—¿Por quiénes?
—Sabe muy bien quiénes —dio el griego otra chupada—. Los dueños de Gynaíka.
Se miraban ahora con fijeza. Tardó Jordán un poco en hablar de nuevo.
—¿Tuvo noticias?
Movió el griego la cabeza, afirmativo.
—Alguna tuve… ¿Y usted?
—No, ninguna.
Eleonas parecía extrañado.
—¿No supo lo del barón?
—¿A qué se refiere?
—Ya sabe lo que son esas islas, todo el mundo se conoce. Las cosas se comentan, van y vienen de un lado a otro, como si las llevaran los peces o las gaviotas…
—¿Y?
—El barón Katelios murió al poco tiempo de irnos de allí.
La sorpresa de Jordán era sincera.
—No lo sabía.
—Pues así fue. Por lo que entonces se dijo, estaba en su biblioteca, limpiando una escopeta de caza, y se le escapó un tiro… Figúrese, un accidente.
Tras pronunciar esa última palabra Eleonas hizo un ademán escéptico: movió los hombros cual si dejara deslizarse de ellos toda la responsabilidad del término.
—Aunque es difícil —añadió— darse accidentalmente un tiro en la cabeza con un cañón de escopeta de cuatro palmos de largo.
Lo consideró Jordán. Más que difícil era imposible.
—Nunca se sabe, piloto —apuntó.
—Ah, desde luego… Nunca se sabe.
Se quedaron callados entre el ruido del tráfico que, a sus espaldas, saturaba el aire de bocinazos, petardear de motores y humo de gasolina mal quemada. Paciente, Eleonas parecía aguardar la pregunta que Jordán acabó por formular.
—¿Qué fue de ella?
—¿Tampoco sabe nada de eso?
—Qué voy a saber.
Miró el griego el cigarro, casi consumido. Después lo dejó caer al suelo y estuvo un instante viéndolo humear.
—Al morir el barón, la señora se fue de la isla —levantó al fin la vista—. Fue a vivir a una casa vieja que tenían en Syros, junto al mar. Estuvo allí algún tiempo, poco más de un año, hasta que un día subió a un barco y se fue… Nunca se supo de ella. Se la tragó la vida como a tantos otros se traga el mar, sin dejar rastro. Fin de la historia.
Volvió a mirar el suelo, alargó un pie, y con la punta del zapato aplastó la brasa.
—La casa de Syros —añadió tras un momento— quedó destruida durante la ocupación alemana. Una bomba aliada la hizo pedazos.
—¿Y la de la isla?
—La compró un consorcio de empresarios y navieros griegos; creo que Onassis está entre ellos. Alguien me dijo que pretenden convertirla en un lugar para turistas. En un hotel.
Se había metido Eleonas las manos en los bolsillos y miraba más allá de la verja, los barcos amarrados en los muelles y las grúas semejantes a gigantescos insectos zancudos iluminados por el sol de la tarde.
—Recuerdo bien a la señora —evocó, melancólico—. Y aquella bonita canoa automóvil que tenía… Después de la guerra vi una muy parecida en un varadero de Irakleous, arrinconada y pudriéndose en tierra, en muy mal estado. Puede que fuera la misma.
Suspiró profundamente. Sonreía con resignación mediterránea.
—Todo pasa, ¿no? —añadió—. También nosotros. Aquí nos tiene a los dos.
—Haciéndonos viejos.
—Sí, claro… Pero me gusta pensar que alguna vez fuimos jóvenes y peligrosos.
Eleonas permaneció inmóvil un momento, absorto en paisajes antiguos y aventuras lejanas. Al fin, como si despertara, sacudió la cabeza.
—Prométame venir a visitarme cada vez que vuelva por aquí. Beberemos coñac Metaxá.
Asintió Jordán.
—Cuente con ello.
—¿Tengo su palabra de honor?
—La tiene. Buena suerte, piloto.
—Kali Talassa… Buena suerte y buena mar, kapetánie Mihalis.
Regresó Jordán a su barco, y tras contemplarlo un rato desde el muelle como solía hacer cuando estaba amarrado —el Almanzora era un hermoso buque construido ocho años atrás en los astilleros de El Ferrol—, subió por la pasarela. Por alguna razón que no quiso considerar, esta vez lo reconfortó especialmente sentir bajo los pies la suave vibración de la cubierta, el rumor de los ventiladores, el olor cálido de hierro y pintura familiares en todos los barcos del mundo. Olía distinto a la tierra firme. Y eso era bueno.
De camino al camarote atendió una consulta que le hizo el primer oficial y firmó la autorización para que empezaran a descargar el fosfato de las bodegas. Después, cuando estuvo a solas, dejó la gorra sobre la litera, se quitó la chaqueta y la colgó con cuidado en el armario. Uno de los dos ojos de buey, el que daba al lado del mar y a poniente, estaba abierto. A través de él llegaban las voces y sonidos de los tripulantes que martilleaban, rascaban y pintaban el casco por fuera.
Tenía un barco, pensó. Su barco. Era suficiente y no necesitaba más.
El sol ya se encontraba muy bajo. Por la abertura circular entraba una luz horizontal que incidía en su rostro y sus manos, dorando más la barba rubia, haciéndole entornar los ojos azules y relucir los gemelos, que se quitó para remangarse la camisa.
Eni ponto oleto, leyó una vez más en los pequeños discos de plata antes de meterlos en un cajón.
Se perdió en el mar.
Háblame de amor, recordó. Dime otra vez cosas tiernas.
Syros, mayo de 2024