La hermana tormenta
Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 43
Página 54 de 62
43
Lo primero que hice al día siguiente fue llamar a la doctora para conocer los resultados del análisis de orina. La prueba, como era de esperar, había dado positivo, y la mujer me felicitó.
—Cuando regrese a Ginebra, señorita D’Aplièse, tendrá que ponerse en contacto con los servicios de maternidad —añadió.
—Lo haré. Y muchas gracias por todo.
Me recosté en la cama con una taza de té, pues no soportaba el olor del café. Aunque las náuseas persistían, desde que conocía el motivo habían dejado de preocuparme. Me dije que debía comprarme por internet un libro sobre el embarazo. Era una ignorante en todo lo referente a tener un bebé, pero ¿qué mujer no lo era hasta que se encontraba en la tesitura?
Yo siempre había tenido sentimientos encontrados respecto a la maternidad. No estaba ni a favor ni en contra, simplemente era una de esas cosas que podrían sucederme o no en el futuro. Theo y yo, obviamente, habíamos hablado del tema y nos habíamos reído pensando en nombres ridículos para nuestros retoños imaginarios. Y comentando que el establo para cabras de «Algún Lugar» tendría que ser lo suficientemente grande para albergar a nuestra numerosa prole de tez bronceada mientras disfrutaba de una infancia extraída directamente de una novela de Gerald Durrell. Por desgracia, la suerte no lo había querido así. Y en algún momento no muy lejano me tocaría decidir dónde quería dar a luz. Y dónde estaba realmente «mi casa».
El teléfono de la mesilla sonó y contesté. La recepcionista me informó de que tenía una llamada del señor Halvorsen y, dando por sentado que sería Thom, le pedí que me la pasara.
—Bonjour, Ally. Ça va?
Para mi espanto, era Felix.
—Sí, estoy bien —respondí secamente—. ¿Y tú?
—Todo lo bien que me lo permiten mis viejos huesos. ¿Estás ocupada?
—¿Por qué?
Se produjo un silencio al otro lado de la línea.
—Me gustaría hablar contigo.
—¿De qué?
—No quiero comentarlo por teléfono. ¿Cuándo tienes un rato para que nos veamos?
El tono de su voz me dijo que, fuera lo que fuese, se trataba de algo serio.
—¿Dentro de una hora? ¿Aquí?
—Perfecto.
—Hasta luego.
Yo ya estaba esperándolo en la recepción cuando llegó con un casco de moto lleno de arañazos en la mano. Al levantarme para saludarlo, me pregunté si la luz le estaba jugando una mala pasada o si realmente había envejecido de un día para otro. Aquel día aparentaba su edad.
—Bonjour, mademoiselle —dijo con una sonrisa forzada—. Gracias por hacerme un hueco. ¿Dónde podemos hablar?
—Creo que hay un salón para los clientes. ¿Te parece bien?
—Sí.
Cruzamos el vestíbulo y entramos en el salón, que a aquellas horas estaba vacío. Felix tomó asiento y se quedó un rato mirándome antes de esbozar una sonrisa débil.
—¿Es demasiado pronto para una copa?
—No lo sé, Felix, eso lo decides tú.
—Café, entonces.
Fui a buscar a una camarera que nos sirviera café y agua y pensé que Felix parecía muy decaído aquella mañana, como si toda su energía se hubiese desintegrado dejándolo hundido y vacío. Charlamos de trivialidades hasta que la camarera nos llevó las bebidas y se marchó, y comprendí que lo que fuera que Felix tenía que decirme debía hablarse en privado y sin interrupciones. Lo observé expectante mientras bebía un sorbo de café y advertí que le temblaban las manos.
—Ally, en primer lugar quiero hablarte de Thom. Es evidente que tenéis una relación muy estrecha.
—Sí, aunque en realidad solo hace unos días que nos conocemos. Es increíble. Sentimos que ya estamos muy unidos.
Felix me miró con los ojos entornados.
—Cierto. Por la manera en que os tratabais ayer, pensaba que hacía años que os conocíais. Bien, a lo que iba, imagino que te habrá contado que durante muchos años me negué a aceptar que yo fuera su padre.
—Sí.
—¿Me creerías si te dijera que, hasta que me hice la prueba de ADN, estaba convencido de que Thom no era hijo mío?
—Si tú lo dices, será verdad.
—Lo es, Ally. —Felix asintió con vehemencia—. La madre de Thom, Martha, era mi alumna. Es cierto que tuvimos un breve idilio, pero sospecho que ella nunca le contó a Thom que, durante aquella época, ella tenía novio. De hecho, cuando nos conocimos estaba comprometida con él y ya tenían fecha para la boda.
—Entiendo.
—No quiero parecer presuntuoso —continuó Felix—, pero Martha se enamoró perdidamente de mí nada más verme, hasta el punto de obsesionarse. Para mí, claro está, lo nuestro no significó nada. Hablando en plata, fue solo sexo, nada más. Nunca había querido otra cosa de ella, ni de ninguna otra mujer, en realidad. La verdad, Ally, es que yo nunca he estado hecho para el matrimonio, y aún menos para ejercer de padre. Supongo que hoy día se diría de mí que tengo fobia al compromiso, pero siempre he sido muy claro con mis novias a ese respecto. Yo crecí en la era del amor libre, en los desinhibidos años sesenta, cuando todo el mundo empezó de repente a liberarse de los viejos convencionalismos. Y para bien o para mal, esa actitud nunca me abandonó. Simplemente soy así —concluyó encogiéndose de hombros.
—Vale, y cuando la madre de Thom te contó que estaba embarazada, ¿qué le dijiste? —pregunté.
—Que si quería tener el niño, que en aquel entonces yo estaba convencido de que era de su prometido, dado que Martha y yo solo nos habíamos acostado un par de veces, debía decírselo a su novio y casarse con él de inmediato. Pero entonces me confesó que había roto el compromiso la noche anterior porque se había dado cuenta de que no lo quería y de que a quien quería era a mí. —Felix se llevó una mano a la frente y luego se tapó los ojos con ella—. Me avergüenza reconocer que me reí en su cara y le dije que estaba loca. Aparte de que no existía ninguna prueba de que el niño fuera mío, la idea de que nos fuéramos a vivir juntos y jugáramos a la familia feliz me resultaba descabellada. Yo vivía con una mano delante y otra detrás en una cabaña donde te congelabas… ¿Qué podía ofrecerles yo a una mujer y a un niño, aunque hubiese querido hacerlo? Así que la mandé a paseo con la esperanza de que, al ver que conmigo no tenía nada que hacer, no le quedara más remedio que volver con su prometido. Pero no lo hizo. En lugar de eso, poco después de dar a luz fue a ver a Horst y a Astrid, mis abuelos, que para entonces tenían noventa y tres y setenta y ocho años respectivamente, y les contó que me había portado como un cabrón con ella. Si mi relación con mis abuelos ya era problemática, aquello acabó de rematarla. Mi abuelo y yo apenas volvimos a hablarnos antes de que muriera, a pesar de que de niño siempre lo había adorado. Horst era un hombre maravilloso, Ally. Cuando yo era joven, lo veía como mi héroe. —Felix me miró abatido—. ¿Tú también piensas que soy un cabrón, como Thom?
—No estoy aquí para juzgarte, sino para escuchar lo que tienes que decir —repuse con cautela.
—Bien. El caso es que Martha desapareció después de que le dijera que no quería saber nada del niño, pero me escribió para contarme que iba a seguir adelante con el embarazo y que estaba viviendo en casa de una amiga suya en el norte, cerca de su familia, hasta que decidiera lo que quería hacer después. Siguió escribiéndome cartas interminables en las que me decía que me quería. Yo no respondía, pues confiaba en que mi silencio la ayudara a pasar página. Martha era joven y muy atractiva, así que no me cabía duda de que le resultaría sencillo encontrar a otra persona que le diera lo que necesitaba. Entonces… recibí una carta con una fotografía justo después del parto…
Felix se interrumpió y me miró de una forma extraña antes de proseguir:
—Durante unos meses, no volví a saber nada de ella, hasta que un día la vi empujando un cochecito por el centro de Bergen. Como el cobarde que soy —torció el gesto— me escondí, pero después le pregunté a un amigo mío si sabía dónde vivía. Fue él quien me dijo que mis abuelos la habían acogido en su casa porque no tenía adónde ir. Al parecer, la amiga con la que había estado viviendo la había echado. Supongo que Thom te habrá contado que Martha sufría episodios depresivos, e imagino que su posparto no fue sencillo.
—¿Cómo te tomaste que estuviera viviendo con tus abuelos? —le pregunté.
—¡Me puse furioso! Creía que se habían dejado embaucar por una mujer que decía tener un hijo mío. Pero ¿qué podía hacer? Martha se las había ingeniado muy bien para convencerlos. Hacía años que mis abuelos me tenían por un crápula sin principios, de modo que aquella conducta les parecía muy propia de mí. Dios, qué enfadado estaba. Lo estuve durante años. Sí, había cometido el error de dejar embarazada a una mujer, pero mis abuelos nunca quisieron escuchar mi versión de la historia, nunca. Martha les había hecho creer que yo era un desgraciado, y ni siquiera se plantearon lo contrario. Oye, voy a pedir una copa. ¿Quieres algo?
—No, gracias.
Mientras Felix salía del salón en dirección al bar, rememoré las palabras de Pa Salt acerca de la otra versión de la historia. Todo lo que Felix me había contado hasta el momento tenía sentido. Y aunque fuera un borracho irresponsable, no creía que me estuviera mintiendo. Si acaso, era demasiado claro y sincero. Si lo que explicaba era cierto, podía entender perfectamente su punto de vista.
Regresó con un whisky doble.
—Skål! —dijo antes de beber un largo trago.
—¿Has intentado alguna vez contarle todo esto a Thom?
—Por supuesto que no. —Soltó una carcajada—. Desde el día en que nació, le dijeron que yo era un canalla. Además, siempre ha defendido a su madre a capa y espada. Y lo entiendo —añadió—. No obstante, a medida que pasaban los años empecé a sentir pena por él. Sabía, por lo que se contaba por ahí, que Martha seguía padeciendo episodios depresivos. Por lo menos, el hecho de vivir con mis abuelos durante los primeros años de su vida le proporcionó a Thom una estabilidad muy necesaria en esa etapa. Martha era una muchacha un poco especial, con una personalidad muy infantil. Siempre creía que las cosas tenían que ser como ella quería.
—Así que dejaste que la situación se quedara como estaba hasta que te enteraste de que Thom iba a heredar la casa familiar.
—Ajá. Horst falleció cuando Thom tenía ocho años, pero mi abuela, que era bastante más joven, estuvo con él hasta que cumplió dieciocho. Cuando el abogado me comunicó que mis abuelos me habían dejado el chelo de Horst y una pequeña suma de dinero y que el resto había ido a parar a manos de Thom, me dije que tenía que hacer algo al respecto.
—¿Cómo te sentiste cuando descubriste que, efectivamente, eras el padre de Thom?
—Estupefacto —reconoció Felix antes de beber otro sorbo de whisky—. Pero la naturaleza es así, ¿no? —añadió con una risa—. Juega malas pasadas. Sé que al impugnar el testamento conseguí que Thom me odiara todavía más, pero después de lo que te he contado estoy seguro de que puedes comprender por qué estaba tan convencido de que Thom era un cuco instalado en el nido que yo debía heredar.
—¿Te alegraste cuando supiste que Thom era hijo tuyo? —inquirí, y me sentí como una psicóloga analizando a un cliente.
«A Theo le habría encantado», pensé.
—Francamente, no recuerdo qué sentí —reconoció Felix—. Cuando la prueba de ADN salió positiva, me pasé varias semanas completamente borracho. Martha, por supuesto, me escribió una corrosiva carta de triunfo que arrojé al fuego. —Suspiró hondo—. Qué desastre, qué jodido desastre.
Nos quedamos un rato en silencio mientras yo asimilaba las cosas que Felix me había revelado. Y sentí una profunda tristeza por aquellas vidas que tanto se habían torcido.
—Thom me ha contado que eras un pianista y compositor muy bueno —comenté.
—¿Era? ¡Has de saber que todavía lo soy! —Felix sonrió de verdad por primera vez.
—Pues es una pena que no utilices tu talento.
—¿Y cómo sabes que no lo utilizo, mademoiselle? Ese piano que tengo en la cabaña es mi amante, mi tormento y mi cordura. Puede que sea demasiado bebedor e irresponsable para que alguien me contrate, pero eso no significa que haya dejado de tocar para mí. ¿Qué crees que hago todo el día en esa cabaña perdida en medio del bosque? Tocar, tocar para mí. Tal vez un día te permita escucharme —añadió con una sonrisa irónica.
—¿Y a Thom?
—Dudo que quiera, y supongo que no puedo reprochárselo. Él ha sido la víctima en todo esto. Atrapado entre una madre amargada y depresiva y un padre que nunca se hizo cargo de él. Tiene todo el derecho a despreciarme.
—Felix, deberías explicarle a él lo que acabas de contarme a mí.
—Ally, te prometo que en cuanto pronunciara una sola palabra negativa sobre su adorada madre, daría media vuelta y se iría. Además, sería una crueldad echar por tierra lo que Thom lleva creyendo toda su vida, que Martha era la parte inocente, y derribarla de su pedestal, y más aún ahora que está muerta. ¿Qué importa ya? —suspiró—. Lo hecho hecho está.
Felix empezó a caerme mejor, pues lo que acababa de decir demostraba que Thom y Martha le importaban, aun cuando no hubiera hecho nada para granjearse el cariño de su hijo.
—¿Puedo preguntarte por qué me has explicado todo esto? ¿Es porque quieres que sea yo quien se lo cuente a Thom?
Me miró a los ojos durante unos segundos, levantó su copa de whisky y la apuró.
—No.
—Entonces ¿lo has hecho para decirme que Thom tenía razón? ¿Que soy otra hija ilegítima tuya? ¿De otra de tus conquistas? —bromeé a pesar de que veía en sus ojos que no había terminado de hablar.
—Es algo más complicado que todo eso, Ally. ¡Mierda! Enseguida vuelvo. —Se levantó de nuevo, llegó a la barra prácticamente corriendo y regresó con otro whisky doble—. Lo siento, pero no hace falta que te diga que soy alcohólico. Y para tu información, toco mucho mejor cuando estoy borracho.
—Felix, ¿qué es lo que quieres contarme? —le insistí temiendo que perdiera del todo el hilo cuando el whisky invadiera su torrente sanguíneo.
—Verás… ayer, cuando Thom y tú estuvisteis sentados el uno al lado del otro en mi sofá, me di cuenta de que erais como dos gotas de agua. Y sumé dos más dos. Llevo toda la noche pensando si debo decírtelo o no. Contrariamente a lo que todo el mundo opina de mí, poseo ciertos códigos éticos y emocionales. Y lo último que deseo es hacer más daño del que ya he causado.
—Felix, por favor, habla de una vez —repetí.
—Vale, vale, pero, como acabo de decirte, es solo una suposición. Bien…
Se llevó la mano al bolsillo y sacó un sobre viejo. Lo dejó sobre la mesa delante de mí.
—Ally, cuando Martha me escribió para decirme que había dado a luz, incluyó una fotografía en el sobre.
—Sí, ya me lo has dicho. De Thom.
—Sí, de Thom. Pero también aparecía ella con otro bebé en los brazos. Una niña. Martha tuvo gemelos. ¿Quieres ver la carta y la fotografía?
—Dios mío —musité, y me agarré al brazo de la butaca cuando de repente el mundo empezó a girar a mi alrededor.
Metí la cabeza entre las piernas y sentí que Felix venía a sentarse a mi lado y me daba palmadas en la espalda.
—Toma, bebe un poco de whisky, Ally. Siempre ayuda en los momentos difíciles.
—No. —Aparté bruscamente el vaso, pues el olor me producía náuseas—. No puedo, estoy embarazada.
—¡Señor! —oí que exclamaba Felix—. Pero ¿qué he hecho?
—Pásame el agua. Ya me encuentro un poco mejor. —Bebí unos sorbos y la sensación de mareo se redujo—. Lo siento, de verdad que ya estoy bien.
Miré el sobre que descansaba sobre la mesa y lo cogí. Me temblaban las manos tanto como las de Felix, pero lo abrí y saqué una hoja de papel de carta y una vieja fotografía en blanco y negro de una hermosa mujer que enseguida supe que era la madre de Thom, puesto que era la misma que había visto en los retratos enmarcados de Froskehuset. Sostenía en brazos a dos bebés envueltos en sendas mantitas.
—¿Puedo leer la carta?
—Está en noruego. Tendría que leértela yo.
—Hazlo, por favor.
—De acuerdo. Primero pone la dirección, Hospital St. Olav de Trondheim. Está fechada el 2 de junio de 1977. Bien, allá voy. —Felix se aclaró la garganta—. «Mi querido Felix, he pensado que deberías saber que he tenido gemelos, un niño y una niña. La niña nació primero, justo antes de la medianoche del 31 de mayo, y nuestro hijo llegó unas horas más tarde, durante la madrugada del 1 de junio. Estoy muy cansada porque fue un parto largo, así que puede que me quede en el hospital otra semana, aunque me voy recuperando poco a poco. Te adjunto una fotografía de tus hijos. Si quieres verlos ahora que ya están aquí, o si deseas verme a mí, ven cuando desees. Te quiero. Martha.» Ya está. Eso es lo que pone en la carta.
Felix tenía la voz ronca y pensé que iba a echarse a llorar.
—El 31 de mayo… mi cumpleaños.
—¿En serio?
—En serio.
Miré a Felix con absoluta incredulidad y de nuevo a los bebés de la fotografía. Eran indistinguibles e ignoraba cuál de ellos podría ser yo.
—Imagino que, al no tener casa ni marido, Martha decidió daros a uno de los dos en adopción enseguida —dijo Felix.
—Pero cuando la viste en Bergen después de que diera a luz, por fuerza tuviste que preguntarte dónde estaba el otro bebé… —tragué saliva con dificultad—, dónde estaba yo, ¿no?
—Ally —Felix posó una mano tímida sobre la mía—, me temo que di por sentado que la niña había muerto. Martha nunca volvió a mencionármela. Y, que yo sepa, tampoco les habló nunca de ella a mis abuelos o a Thom. Pensé que seguramente era un recuerdo demasiado doloroso para ella y que había decidido borrarlo de su mente. Además, después de aquello yo apenas me comunicaba con Martha, y cuando lo hacía siempre era con rabia y resentimiento.
—En esta carta… —Fruncí el cejo desconcertada—. Martha habla como si creyera que ibais a estar juntos.
—Tal vez pensara que ver la fotografía de mis supuestos hijos me provocaría algún tipo de respuesta emocional. Que como ya estaban en este mundo no tendría más remedio que asumir mis responsabilidades.
—¿Respondiste a su carta?
—No, Ally, no lo hice. Lo siento.
Tenía la impresión de que iba a estallarme la cabeza con tanta información, y también sentía el corazón lleno de emociones encontradas. Antes de saber casi con total seguridad que Felix era mi padre biológico había sido capaz de racionalizar lo que me había contado sobre su pasado. Pero ahora ya no sabía qué pensar de él.
—Puede que esta niña no sea yo —farfullé a la desesperada—. No hay pruebas contundentes de que lo sea.
—Es cierto, pero después de veros a los dos juntos, sumado a lo de tu fecha de nacimiento y al hecho de que tu padre adoptivo te enviara en busca de los Halvorsen, me sorprendería mucho que no lo fueras —argumentó Felix con suavidad—. Hoy en día es muy fácil averiguarlo, lo sé por experiencia. Una prueba de ADN lo confirmaría. Estoy dispuesto a ayudarte a hacerla si lo deseas, Ally.
Apoyé la cabeza contra el respaldo del sofá, respiré hondo y cerré los ojos, pues sabía que no necesitaba confirmación. Como acababa de decir Felix, todo encajaba. Y además de las razones que él había citado, estaba el hecho de que la primera vez que vi a Thom me sentí como si lo conociera de toda la vida. Su cara me resultó familiar desde el principio. Éramos como dos gotas de agua. A lo largo de los últimos días, habíamos tenido simultáneamente la misma ocurrencia en multitud de ocasiones, y eso nos había hecho reír. La posibilidad de haber encontrado a mi hermano gemelo me llenaba de dicha, pero al mismo tiempo me forzaba a enfrentarme al hecho de que mi madre había tenido que elegir a qué bebé dar en adopción. Y me había elegido a mí.
—Sé lo que estás pensando, Ally, y lo siento mucho —dijo Felix interrumpiendo mis pensamientos—. Si te sirve de algo, cuando Martha me comunicó que estaba embarazada, me dijo que estaba convencida de que era un niño y que eso era lo que quería. Estoy seguro de que fue una decisión basada en el género del bebé, nada más.
—Gracias, pero ahora mismo eso no hace que me sienta mejor.
—Lo sé. ¿Qué puedo decir? —suspiró.
—Nada. Al menos de momento, pero gracias por contármelo todo. ¿Te importa que me quede la carta y la fotografía durante unos días? Te prometo que te las devolveré.
—Claro.
—Perdona, pero me gustaría ir a dar un paseo. Sola —añadí mientras me ponía en pie—. Necesito que me dé el aire.
—Lo entiendo. Y, una vez más, te pido perdón por habértelo explicado. De haber sabido que estabas embarazada no lo habría hecho. Seguro que eso lo empeora todo.
—De hecho, Felix, hace que todo sea mucho mejor. Gracias por ser tan sincero conmigo.
Salí del hotel para respirar el aire frío y salobre del puerto, y eché a caminar con paso presto en dirección al mar, donde los barcos cargaban y descargaban sus mercancías. Finalmente me detuve junto a un bolardo y me senté sobre su superficie fría y dura. Hacía viento y, como el pelo me azotaba la cara, me lo recogí con la goma que llevaba siempre en la muñeca.
Al fin conocía la verdad. Una mujer llamada Martha me había concebido en Bergen con un hombre llamado Felix, me había traído al mundo y me había entregado enseguida en adopción. Mi mente racional me decía que aquello último era, sencillamente, el resultado inevitable de mis indagaciones sobre mis orígenes, pero el dolor de que mi madre no me hubiera elegido a mí en lugar de a mi hermano era desgarrador.
¿Habría preferido ser el bebé que conservó y haber ocupado el lugar de Thom?
No lo sabía…
Lo que sí tenía claro era que, desde el día en que nací, siempre había existido un universo paralelo al mío que bien podría haber sido mi destino. Y ahora ambos universos habían colisionado y yo daba bandazos del uno al otro.
—Martha. Mi madre.
Pronuncié las palabras en alto y me pregunté si, dadas las letras con las que comenzaba su nombre, también la habría llamado «Ma». La ironía me hizo sonreír mientras contemplaba el vuelo de dos gaviotas. Y pensé en la vida que estaba creciendo dentro de mí, una vida que jamás había imaginado que existiría…
Aunque solo hacía veinticuatro horas que lo sabía, y a pesar de que antes de ese momento jamás me había parado a pensar en serio en la maternidad, el instinto protector que manaba de mi interior era tan profundo como cualquier sentimiento de amor que hubiera experimentado hasta entonces.
—¿Cómo pudiste entregarme? —le grité al agua—. ¿Cómo pudiste? —insistí con un sollozo.
Dejé que las lágrimas rodaran libremente por mis mejillas y que el viento las secara.
Nunca lo sabría. Nunca conocería su versión de la historia. Nunca sabría cuánto había sufrido mi madre al entregarme y despedirse de mí por última vez. Probablemente se aferrase a Thom con más fuerza si cabe, porque todavía le quedaba un hijo al que querer.
Con la conciencia aún agitada, me levanté y seguí caminando deprisa. Mis pensamientos chocaban unos con otros como las olas contra el puerto, reflejaban mi desesperación desconcertados por su incapacidad de fluir sosegadamente.
Dolía. Dolía mucho.
«¿Qué vine a buscar aquí? —me pregunté—. ¿Dolor?
»Ally, te estás dejando llevar por el victimismo —me reprendí—. ¿Qué pasa con Thom? Has encontrado a tu hermano gemelo.
»Sí. ¿Qué pasa con Thom?»
Y conforme me fui tranquilizando y empecé a pensar en la parte positiva, caí en la cuenta de que, igual que Maia cuando se había marchado en busca de su pasado, yo también había encontrado el amor, aunque de un modo muy diferente. La noche anterior me había acostado sintiendo lástima por Thom y su difícil infancia. También me había confesado a mí misma que hasta entonces me había preocupado lo unida que me había sentido a él. E incapaz de poner un nombre a lo que Thom representaba para mí, me había negado a reconocer que lo que sentía era amor. Pero así era. Y ahora que sabía que era mi hermano gemelo, significaba que tales sentimientos eran naturales y aceptables.
Cuando llegué a Noruega, había perdido a las dos personas más importantes de mi vida. Y mientras regresaba al hotel por el muelle, supe que haber encontrado a Thom compensaba con creces el dolor de lo que había descubierto.
Volví al hotel agotada, subí a mi habitación, pedí a la recepción que bloquearan mi teléfono y me sumí en un sueño profundo.
Cuando desperté ya había oscurecido. Miré el reloj y vi que eran más de las ocho de la tarde y que había dormido varias horas. Aparté el edredón, fui a lavarme la cara con agua fría y, mientras lo hacía, recordé lo que me había contado Felix. Pero antes de empezar a analizarlo de nuevo, caí en la cuenta de que estaba hambrienta, así que me puse unos vaqueros y una sudadera y bajé al restaurante.
Para mi sorpresa, al cruzar el vestíbulo me encontré a Thom sentado en uno de los sofás. En cuanto me vio, se levantó de un salto y me miró muy preocupado.
—Ally, ¿estás bien? He llamado a tu habitación, pero tienes el teléfono bloqueado.
—Sí… ¿Qué haces aquí? Hoy no habíamos quedado, ¿verdad?
—No, pero este mediodía se ha presentado en la puerta de mi casa un Felix histérico. Dios mío, Ally, si hasta estaba llorando. Lo llevé a la sala, le puse un whisky y le pregunté qué le pasaba. Me dijo que te había contado algo que no debería haberte explicado, pero que en aquel momento no sabía que estabas embarazada. Estaba muy preocupado por tu estado de ánimo. Me dijo que habías salido a dar un paseo por el puerto.
—Como puedes ver, no me he arrojado al mar. Thom, ¿te importa que sigamos hablando en el restaurante? Estoy muerta de hambre.
—En absoluto. De hecho, es una buena señal —dijo con patente alivio cuando encontramos una mesa y nos sentamos—. Después Felix me contó toda la historia.
Lo miré por encima de la carta.
—¿Y?
—Me he quedado de piedra, como tú, pero Felix estaba tan mal que al final acabé consolándolo. Y sintiendo lástima por él por primera vez en mi vida.
Llamé a la camarera, le rogué que me llevara pan de inmediato y le pedí un bistec con patatas fritas.
—¿Quieres algo? —le pregunté a Thom.
—¿Por qué no? Tomaré lo mismo que tú. Y una cerveza, por favor —añadió cuando la camarera ya se iba.
—Cuando dices que tu padre te ha contado «toda» la historia, ¿te refieres también a la situación de tu madre cuando Felix la conoció?
—Sí, pero otra cosa es que lo crea.
—Como simple espectadora de todo este asunto hasta hace unos días, yo creo que dice la verdad. Eso no justifica lo que hizo… o, más bien, lo que no hizo —me apresuré a añadir, pues no quería que Thom pensara que estaba poniéndome del lado de su padre—. Pero, en cierta manera, explica su comportamiento. Felix se sintió manipulado por todo el mundo.
—Me temo que aún no he llegado a la fase de poder confiar en él o empezar a perdonarlo, pero por lo menos hoy he visto algo de remordimiento. Pero basta de hablar de mí y de cómo me siento o me dejo de sentir. ¿Qué me dices de ti? Tú eres la que ha recibido el golpe más fuerte. Lo siento mucho, Ally. Creo que debo disculparme por ser el bebé que conservó mi madre.
—No digas tonterías, Thom. Nunca sabremos las verdaderas razones por las que hizo lo que hizo, y aunque ahora mismo me resulta muy doloroso pensar en ello, lo hecho hecho está. Por mi propia tranquilidad, me gustaría comprobar si el hospital donde Martha nos dio a luz tiene algún tipo de registro de nuestro nacimiento, o quizá algún documento relativo a mi adopción. Y, si no te importa, también me gustaría que nos hiciéramos una prueba de ADN.
—Por supuesto. Aunque, francamente, Ally, no creo que existan muchas dudas.
—No —dije justo cuando el pan llegaba a la mesa.
Arranqué un pedazo y me lo llevé a la boca con urgencia.
—Por lo menos parece que, a pesar del trauma, has recuperado el apetito. Quizá este no sea el mejor momento para pensar en la parte positiva, porque tú aún estás bajo el impacto de la parte negativa, pero acabo de caer en la cuenta de que voy a ser tío. Y eso me hace muy feliz.
—Siempre es un buen momento para mirar el lado positivo de las cosas, Thom —convine—. Antes de llegar a Noruega, me sentía tremendamente sola y perdida. Y ahora resulta que he encontrado una nueva familia. Aunque mi verdadero padre sea un alcohólico depravado.
Thom me asió tímidamente la mano.
—Hola, hermana gemela.
—Hola, hermano gemelo.
No quedamos así un buen rato, ambos embargados por la emoción. Éramos las dos mitades de un todo, así de sencillo.
—Es curioso… —dijimos al mismo tiempo, y nos echamos a reír.
—Tú primera. Al fin y al cabo, eres la mayor.
—Ay, qué extraño me resulta eso. Yo siempre he sido la segundona de la familia y Maia la mayor. Ten por seguro que me aprovecharé todo lo que pueda de mi nueva posición de superioridad —bromeé.
—No lo dudo ni por un segundo —dijo Thom—. Bueno, los dos decíamos que era curioso que…
—Sí, pero he olvidado a qué me refería concretamente. Son tantas las cosas que me resultan curiosas en este momento… —dije cuando llegó la cena.
—¿A mí me lo dices? —Thom se sirvió la cerveza y brindó con mi vaso de agua—. Por nuestro reencuentro después de treinta años. ¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Que ya no soy hijo único.
—Es cierto —dije—. ¿Y sabes otra cosa?
—¿Qué?
—Que ahora las seis hermanas tienen un hermano.