La hermana tormenta
Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 44
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Durante la cena, Thom me propuso que me mudara de inmediato a Froskehuset.
—No hay nada más triste que alojarse en un hotel y, técnicamente, Ally, la mitad de esta casa debería ser tuya —añadió mientras subía los escalones de la casa con mi mochila a cuestas una hora más tarde.
—Por cierto —le pregunté—, ¿qué significa «Froskehuset»?
—«La casa de la rana.» Por lo visto, Horst le contó a Felix que conservaba una réplica de la rana que Grieg tenía siempre sobre el atril del piano. Ignoro qué fue de ella, pero quizá guarde relación con el nombre de la casa.
—Creo que eso resuelve el misterio. —Sonreí cuando Thom dejó la mochila en el recibidor e introduje la mano en el bolsillo lateral para sacar mi rana—. Mira, esta es la otra pista que me dejó Pa Salt. He visto decenas como esta en el Museo Grieg.
Thom la examinó y sonrió.
—La rana te estaba guiando hacia aquí, Ally. Hacia tu verdadero hogar.
Thom y yo solicitamos una prueba genética y Felix insistió en contribuir con muestras de saliva y un folículo capilar. Una semana después, se confirmó que yo era, en efecto, la hermana gemela de Thom y que Felix era mi padre.
—Al ser de diferente sexo no somos idénticos —dije mientras examinábamos la carta con los resultados—. Cada uno tiene su propio perfil de ADN.
—Está claro que yo soy mucho más guapo que tú, hermana mayor.
—Gracias.
—De nada. ¿Llamamos a nuestro descarriado padre y le damos la buena noticia?
—¿Por qué no?
Felix apareció aquella noche con una botella de champán y otra de whisky para él. Y los tres brindamos por compartir el mismo acervo genético. Me di cuenta de que Thom todavía desconfiaba de su padre, pero también de que se esforzaba en mejorar la relación por mí. También me percaté de que Felix estaba intentando compensarlo. Y por algo se empezaba, me dije mientras bebía unas gotas de champán con mi padre y mi hermano.
Felix se levantó para marcharse y se dirigió hacia la puerta tambaleándose.
—¿Seguro que estás en condiciones de conducir esa cosa por la colina? —le pregunté mientras se ponía el casco.
—Llevo haciéndolo casi cuarenta años, Ally, y todavía no me he caído —gruñó Felix—, pero te agradezco el interés. Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba lo suficiente por mí como para hacerlo. Buenas noches, y gracias. No desaparezcas, ¿de acuerdo? —dijo antes de perderse en la noche.
Cerré la puerta con un suspiro, pues sabía que no debía mostrar la lástima que sentía por mi padre delante de Thom.
Pero, una vez más, mi hermano gemelo me había leído el pensamiento.
—No me importa —dijo cuando regresé a la sala y me acerqué a la estufa para calentarme las manos.
—¿Qué no te importa?
—Que Felix te dé pena. De hecho, muy a mi pesar, a mí también me la da. No estoy preparado para perdonarle por lo que le hizo a mi madre, pero cuando pienso en que vio a su propia madre muerta en la calle y que su padre se suicidó horas después… —Thom se estremeció—. Aunque Felix no recuerde los detalles, es una historia horrible, ¿no crees? A saber qué cicatrices le ha dejado.
—Sí, quién sabe —convine.
—Pero basta de hablar de Felix. —Thom exhaló y clavó la mirada en mí—. Hay algo más que me gustaría compartir contigo.
—¿De veras? Te has puesto tan serio que me pregunto si estás a punto de desvelarme que tengo otro hermano o hermana.
—Eso tendría que decírnoslo Felix, así que ¿quién sabe? —bromeó—. No, se trata de algo más… —Thom buscó la palabra adecuada— importante.
—No se me ocurre nada más importante que descubrir que soy una Halvorsen de nacimiento.
—Sin pretenderlo, has dado en el clavo. Quiero enseñarte algo.
Se acercó al buró que descansaba en un rincón de la sala y cogió una llave de un jarrón que había encima. Abrió uno de los cajones, sacó una carpeta y regresó al sofá. Yo guardé silencio y me limité a esperar a que pusiera orden en sus pensamientos, fueran los que fuesen.
—Bien. ¿Recuerdas lo enfadada que estabas después de leer la biografía de Jens Halvorsen? No podías creerte que Anna hubiese aceptado el regreso de Jens sin rechistar después de que él la hubiese abandonado en Leipzig años atrás.
—Desde luego que lo recuerdo, y sigo sin entenderlo. El propio Jens dice en el libro que pensaba que Anna había renunciado al amor y a él. Y la describe como una mujer tan batalladora que me resulta imposible creer que lo dejara volver sin más.
—Exacto.
Thom me miró fijamente.
—Suéltalo de una vez —lo animé.
—¿Y si se vio obligada?
—¿A qué?
—A aceptar su regreso.
—¿Para guardar las apariencias? ¿Porque en aquellos días una mujer no podía divorciarse sin provocar un escándalo?
—Sí, pero no. Has acertado en lo referente a la presión moral de la época.
—Thom, son más de las once de la noche y no tengo ganas de jugar a las adivinanzas. Dime adónde quieres ir a parar.
—De acuerdo, Ally, pero antes tienes que jurarme que no se lo contarás a nadie. Y eso incluye a Felix, nuestro padre. Nunca he hablado de esto con nadie.
—Hablas como si hubieras encontrado el vellocino de oro debajo de Froskehuset. Cuéntamelo de una vez, por favor.
—Perdona, es que es una auténtica bomba. El caso es que cuando estaba investigando la relación de Jens y Anna Halvorsen con Grieg para mi libro, sus pasos me llevaron hasta Leipzig. Y he aquí lo que encontré.
Thom extrajo un sobre de la carpeta, sacó la hoja que había dentro y me la tendió.
—Échale un vistazo a esto.
Lo leí por encima y vi que era la partida de nacimiento de Edvard Horst Halvorsen.
—Nuestro bisabuelo. ¿Y?
—Supongo que ahora mismo no lo recuerdas, pero Jens cuenta en su biografía que regresó a Leipzig en abril de 1884.
—No, no lo recuerdo, la verdad.
—Aquí tienes una fotocopia de la página donde lo dice. —Me la tendió—. He resaltado el párrafo en cuestión. No obstante, según esta partida de nacimiento, Horst nació el 30 de agosto de 1884. Técnicamente, eso querría decir que Anna tuvo un hijo después de cuatro meses de embarazo. Incluso un siglo más tarde, eso sigue siendo imposible.
Examiné la fecha de la partida de nacimiento y vi que Thom estaba en lo cierto.
—Puede que Jens simplemente olvidara el mes exacto en que volvió a Leipzig. A fin de cuentas, la biografía la escribió muchos años después.
—Lo mismo pensé yo. Al principio.
—¿Estás intentando decirme que el hijo que Anna llevaba dentro, o sea Horst, no podía ser de Jens?
—Exacto.
A Thom se le hundieron los hombros inesperadamente, pero no supe si de alivio, desesperación o miedo. Quizá fuera una mezcla de las tres cosas.
—Vale, hasta el momento te sigo. ¿Qué más descubriste para confirmar tu teoría?
—Esto.
Thom sacó otra hoja de la carpeta. Era una fotocopia de una carta antigua escrita en noruego. Antes de que pudiera protestar, me pasó otra hoja.
—La he traducido al inglés.
—Gracias.
Leí la misiva, fechada en marzo de 1883.
—Es una carta de amor.
—Ajá. Y hay muchas más en el lugar donde la encontré.
—Thom —dije levantando la vista—, ¿de quién es esta carta? ¿Quién la firma como «Ranita»? —Y antes de que pudiera responder, lo supe—. Dios mío —murmuré—. No hace falta que me lo digas. ¿Has dicho que hay más?
—Docenas. Era un corresponsal muy prolífico. Escribió cerca de veinte mil cartas a diferentes personas en el transcurso de su vida. Y he comparado la caligrafía con la de las cartas del museo de Bergen. Decididamente son suyas.
Se me formó un nudo en la garganta.
—¿Y dónde encontraste esta?
—Han estado en esta sala, delante de las narices de todo el mundo, durante los últimos ciento diez años.
—¿Dónde?
Miré a mi alrededor.
—Encontré el escondite totalmente por casualidad. Se me cayó un bolígrafo y se metió debajo del piano. Cuando me agaché a recogerlo, me golpeé la cabeza con la parte inferior del instrumento. Al levantar la vista, me di cuenta de que se había añadido a la estructura una especie de bandeja de madera estrecha pero de casi tres centímetros de profundidad. Ven, te la enseñaré.
Nos colocamos de rodillas junto al piano. Y allí, clavada toscamente a la base, justo debajo de la sección de las cuerdas, vimos una bandeja de madera contrachapada. Thom sujetó el fondo de la misma y la deslizó por las guías.
—Mira —dijo tras salir de debajo del piano y dejar la bandeja sobre la mesa—. Hay docenas de ellas.
Con sumo cuidado, cogí las cartas de una en una para examinarlas. La tinta de la vitela estaba tan gastada que resultaba prácticamente ilegible —aunque hubiese sabido noruego—, pero comprobé que las fechas iban de 1879 a 1884 y que todas estaban firmadas por «Liten Frosk», es decir, ranita en noruego.
—Y aunque siempre lo llamaron «Horst», habrás visto en la partida de nacimiento que nuestro bisabuelo también fue bautizado con el nombre de «Edvard» —continuó Thom.
—No… no sé qué decir —musité mientras contemplaba la bella caligrafía de una de las misivas—. Estas cartas de Edvard Grieg a Anna deben de tener un valor enorme. ¿Se las has enseñado a un historiador?
—Ya te he dicho antes, Ally, que no se las he enseñado a nadie.
—¿Y por qué no las incluiste en tu libro? Son una prueba irrefutable de que existía una relación entre Grieg y Anna Halvorsen.
—En realidad demuestran algo más que eso. He leído todas y cada una de esas cartas, y queda clarísimo que fueron amantes. Durante al menos cuatro años.
—Uau. Si eso es cierto, estoy segura de que habrías vendido millones de ejemplares si hubieras incluido en tu libro una revelación tan jugosa sobre uno de los compositores más famosos del mundo. No entiendo por qué no lo hiciste, Thom.
—¿De verdad no te lo imaginas, Ally? —me preguntó frunciendo el cejo—. ¿Todavía no has sumado dos más dos?
—No me trates como si fuera tonta, Thom —repliqué irritada—. Estoy intentando asimilar todo lo que me cuentas, pero necesito tiempo. O sea que estas cartas confirman que Anna y Grieg fueron amantes. Y supongo que piensas que Grieg era el padre del hijo de Anna.
—Creo que es muy probable, sí. ¿Recuerdas que te conté que fue el propio Grieg quien sacó a Jens de las cloacas de París? Aquello fue a finales de 1883, cuando Grieg llevaba casi un año separado de Nina, su esposa, y estaba afincado en Alemania. Luego, en la primavera de 1884, justo cuando Jens se presenta en casa de Anna, Grieg vuelve a Copenhague junto a Nina. Y Edvard Horst Halvorsen nace en agosto.
—Edvard Horst Halvorsen, hijo de Grieg —murmuré tratando de digerir la magnitud de semejante posibilidad.
—Como tú misma comentaste después de leer la biografía, ¿por qué demonios fue Grieg a París a buscar a Jens después de seis años de ausencia? ¿Y por qué se mostró Anna tan dispuesta a aceptar su regreso? La única explicación es que ella y Grieg hubiesen llegado a algún tipo de acuerdo por un tema de decoro. No hay que olvidar que en aquella época el compositor era uno de los hombres más célebres de Europa. Aunque fuera aceptable que se le viera en compañía de musas de talento como Anna por la ciudad, no podía arriesgarse a que lo señalaran como el padre de un hijo ilegítimo. Y recuerda que entonces Grieg estaba separado de Nina y que existen pruebas documentales procedentes de los programas que se conservan en los archivos de que Anna y él viajaron juntos por Alemania dando recitales. Puede que corrieran rumores sobre su relación, pero la reaparición del marido en escena habría evitado las posibles especulaciones cuando llegara un bebé unos meses después. Anna y Jens se mudaron a Bergen aquel mismo año y presentaron al niño en Noruega como un Halvorsen.
—¿Y te parece que Anna aceptó que aquello era lo que debía hacer? ¿Vivir una mentira?
—Recuerda que ella también era famosa en aquel entonces. El menor escándalo en torno a su persona habría terminado con su carrera de cantante. Comprendió que Grieg nunca se divorciaría de Nina. Y ambos sabemos que Anna era una joven sensata y pragmática. Apuesto a que concibieron el plan entre los dos.
—Si estás en lo cierto y Jens regresó para encontrarse a Anna embarazada de cuatro o cinco meses, ¿por qué se quedó?
—Probablemente porque sabía muy bien que si no lo hacía moriría de hambre en las calles de París poco después. Y estoy casi seguro de que Grieg le prometió que haría todo lo posible por ayudarlo a hacerse un nombre como compositor en Noruega. ¿No lo ves, Ally? Todos salían ganando.
—Y, menos de un año después, las dos parejas estaban viviendo aquí, prácticamente puerta con puerta. Es increíble, Thom. ¿Crees que Nina sospechó alguna vez lo que había sucedido?
—No sabría decírtelo. Está claro que Edvard y Nina se adoraban, pero ser la esposa de semejante celebridad tenía un precio, como ocurre en la mayoría de los casos. Quizá se conformara con que su marido hubiese vuelto a su lado. Y, claro, luego estaba Horst. El hecho de que vivieran tan cerca significaba que Grieg podía ver a su supuesto hijo siempre que quería sin levantar sospechas. Recuerda que Nina y él ya no tenían hijos. En una de sus muchas cartas a un amigo compositor, Grieg explica que se le caía la baba con el pequeño Horst.
—Por tanto, Jens solo tenía que tolerar la situación.
—Sí. Personalmente, creo que recibió su castigo por abandonar a Anna. Vivió para siempre bajo la sombra musical de Grieg y, casi con total seguridad, tuvo que educar al hijo ilegítimo de este como si fuera suyo.
—Entonces ¿por qué escribió Jens la biografía de ambos si tenían que ocultar semejante secreto?
—No sé si sabrás que Anna murió el mismo año que Grieg. A partir de ese momento, las composiciones de Jens empezaron a destacar de verdad. Yo diría que el libro no fue más que una manera de sacar tajada a la fama que Jens sentía que tanto había tardado en alcanzar. La biografía fue todo un éxito en su día, y debió de ganar un buen dinero con ella.
—Tendría que haber sido más cuidadoso con las fechas —señalé.
—¿Quién iba a saberlo, Ally? A menos que alguien fuese a Leipzig a buscar la partida de nacimiento original de Horst, como hice yo.
—Sí, más de ciento veinte años después. Thom, todo esto es pura especulación.
—Echa un vistazo a esto. —Sacó tres fotografías de la carpeta—. Este es Horst de joven, y estos dos son sus posibles padres. ¿A quién dirías que se parece?
Examiné las fotografías y vi que no cabían muchas dudas.
—Pero Anna también tenía el pelo claro y los ojos azules, como Grieg. Puede que Horst heredara esos rasgos de su madre.
—Cierto —admitió Thom—. Todo esto está basado en las únicas herramientas de las que disponemos cuando indagamos en el pasado: pruebas documentales y una buena dosis de conjetura.
Estaba escuchando a Thom solo a medias cuando de repente caí en la cuenta de lo que significaba todo aquello.
—Entonces, si estás en lo cierto, Horst, Felix, tú y yo…
—Exacto. Como te dije al principio, puede que, estrictamente hablando, al fin y al cabo no seas una Halvorsen.
—En serio, Thom, esto es más de lo que puedo asimilar. Si quisiéramos, ¿podríamos demostrarlo de alguna manera?
—Desde luego. John, el hermano de Grieg, tuvo hijos, y sus descendientes siguen vivos. Podríamos mostrarles las pruebas y preguntarles si se prestarían a un test de ADN. Se me ha pasado por la cabeza cientos de veces ponerme en contacto con ellos, pero luego me digo que qué sentido tiene provocar un revuelo que podría dañar la inmaculada reputación de Grieg. Todo eso ocurrió hace más de ciento veinte años y, en lo que a mí respecta, me gustaría que mi música obtuviera fama porque es buena, no porque estoy sacando partido de un viejo escándalo. Así que he tomado la decisión de dejar el pasado tranquilo. Por eso no incluí en el libro lo que había descubierto. También tú has de tomar una decisión, Ally, y si quieres cerciorarte de tus orígenes, no te lo reprocharé, aunque yo preferiría dejar las cosas como están.
—Por Dios, Thom, me he pasado treinta años muy tranquila sin necesitar saber de dónde venía, así que creo que, por el momento, con un acervo genético tengo más que suficiente —dije con una sonrisa—. ¿Qué hay de Felix? ¿Me has dicho que no se lo has contado?
—No, porque temo que se emborrache y empiece a proclamar a los cuatro vientos que es el bisnieto de Grieg y nos meta a todos en un lío.
—Estoy de acuerdo. Uau —suspiré—, menuda historia.
—Sí. Y ahora que ya me he quitado ese peso de encima, ¿te apetece una taza de té?
Cuando mi partida de nacimiento llegó unos días después, se la enseñé a Thom. Había escrito al hospital y al registro municipal de nacimientos y defunciones de Trondheim no solo porque quisiera ver la prueba, sino también para obtener toda la información que pudiese respecto a cómo me había encontrado Pa Salt.
—Fíjate —le dije—. Me pusieron de nombre «Felicia», el femenino de Felix.
—Me gusta mucho. Es muy bonito y cursi —bromeó Thom.
—Perdona, pero si hay algo que no soy, es cursi. Ally me pega mucho más —repliqué.
Le enseñé otro documento que había llegado junto con la partida de nacimiento. Decía que había sido adoptada el 3 de agosto de 1977. Debajo había un sello que parecía oficial, pero aquello era todo.
—Todas las agencias de adopción con las que me he puesto en contacto me han contestado diciendo que en sus archivos no consta ninguna adopción oficial y que, por tanto, la mía debió de realizarse de forma privada. Y eso significa que probablemente Pa Salt conociera a Martha —razoné mientras devolvía la carta más reciente a la carpeta.
—Es solo una idea, Ally —dijo de repente Thom—, pero me has contado que Pa Salt adoptó a seis niñas y que les puso a todas los nombres de las Pléyades. ¿Y si fue él quien te eligió? ¿Y si fui yo al que rechazaron?
Pensé en ello y me di cuenta de que era una posibilidad. Y aquello mitigó el dolor de manera inmediata. Me levanté y me acerqué a mi hermano, que estaba sentado frente al piano. Le rodeé el cuello con los brazos y le planté un beso en la coronilla.
—Gracias.
—No hay de qué.
Miré la partitura que tenía en el atril, que estaba llena de anotaciones escritas con lápiz.
—¿Qué estás haciendo?
—Echando un vistazo a lo que ha hecho hasta el momento el tipo que me recomendó David Stewart para realizar la orquestación de El concierto de Hero.
—¿Y cómo va?
—Pues lo que he visto hasta ahora no me parece gran cosa, la verdad. Dudo mucho que esté lista para el Concierto del Centenario de Grieg de diciembre. Estamos casi a últimos de septiembre y la partitura definitiva tiene que ir a imprenta a últimos del mes que viene para que la orquesta tenga tiempo de ensayarla. Después de haber conseguido el visto bueno de David para incluirla en el programa del centenario, me disgustaría mucho que no pudiera interpretarse, pero esto —se encogió de hombros señalando la partitura— no me convence en absoluto. Y decididamente no cumple los requisitos para enseñársela a David.
—Ojalá pudiera ayudarte —dije.
De pronto, se me ocurrió una idea, aunque no estaba segura de si debía expresarla en alto.
—¿Qué pasa? —me preguntó Thom.
Empezaba a darme cuenta de que era imposible ocultarle nada a mi nuevo hermano gemelo.
—Si te lo digo, prométeme que no lo descartarás de inmediato.
—Prometido. Habla.
—Podría hacerlo Felix, es decir, nuestro padre. A fin de cuentas, es el hijo de Pip. Estoy segura de que conectaría de una manera especial con la música de su padre.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca, Ally? Sé que estás intentando que todos juguemos a la familia feliz, pero esto me parece excesivo. Felix es un borracho y un vago que no ha completado ni una sola tarea en la vida. No pienso darle el hermoso concierto de nuestro abuelo para que lo destruya. O, aun peor, para que lo deje a medias. Si existe alguna posibilidad de estrenarlo en el centenario, te aseguro que ese no es el camino a seguir.
—¿Sabes que Felix sigue tocando varias horas al día únicamente para su disfrute personal? Y tú mismo me has dicho mil veces que de adolescente era un genio componiendo y orquestando sus propias composiciones —insistí.
—Basta, Ally. No hay más que decir.
—Está bien.
Me encogí de hombros y me fui de la sala. Estaba frustrada y disgustada. Era la primera vez que Thom y yo discutíamos.
Por la tarde, Thom se marchó a ensayar con la orquesta. Yo sabía que guardaba la partitura original de Pip Halvorsen en el buró de la sala. Sin tener ni idea de si estaba haciendo lo correcto o no, abrí el buró, saqué las hojas y las metí en una bolsa de plástico. Luego busqué las llaves del coche que había alquilado y salí de casa.
—¿Qué opinas, Felix?
Le había explicado la historia que había detrás de El concierto de Hero y lo mucho que urgía orquestarla. Acababa de oírle tocar el concierto de principio a fin. Y, aunque no había visto la partitura en su vida, lo había interpretado sin cometer un solo error. Y con un estilo y un dominio técnico propios de un pianista de gran talento.
—Creo que es maravilloso, de verdad. Dios mío, mi padre era un genio.
Felix estaba visiblemente emocionado y, guiada por un impulso, me acerqué a él y le apreté el hombro.
—Sí, ¿verdad?
—Es una pena que no recuerde nada de él. Era muy pequeño cuando murió.
—Lo sé. Y también fue una pena que este concierto nunca llegara a estrenarse. ¿No sería maravilloso que lo lográramos ahora?
—Sí, sí, con la debida orquestación… por ejemplo, aquí, en los primeros cuatro compases, un oboe, acompañado por una viola aquí —señaló la partitura—, pero los timbales han de entrar casi de inmediato para sorprender, así. —Me hizo una demostración del tempo sirviéndose de dos lápices—. Eso desconcertará a quienes crean que están escuchando otro pastiche de Grieg. —Sonrió con picardía y vi que se le iluminaba la mirada mientras cogía una partitura en blanco y anotaba los arreglos que acababa de describir—. Dile a Thom que sería un auténtico golpe maestro. Y después —prosiguió cuando empezó a tocar de nuevo— llegan los violines, todavía acompañados por los timbales para prolongar ese trasfondo de peligro.
Volvió a rellenar varios compases en la partitura. Luego se detuvo bruscamente y me miró.
—Lo siento, me estoy dejando llevar. Te agradezco que me lo hayas enseñado.
—Felix, ¿cuánto tiempo crees que tardarías en orquestar la pieza entera?
—Dos meses, quizá. No sé si es porque la escribió mi padre, pero ya oigo cómo debería sonar exactamente.
—¿Qué tal tres semanas?
Se volvió hacia mí, puso los ojos en blanco y soltó una carcajada.
—Es una broma, ¿no?
—No. Tendré que hacerte una fotocopia de la partitura del piano, pero si consigues orquestar esto y presentárselo a Thom con la misma brillantez con que acabas de presentármelo a mí, dudo que él o el gestor de la Orquesta Filarmónica de Bergen pudieran decirte que no.
Felix lo meditó en silencio.
—¿Me estás desafiando? ¿Quieres que le demuestre a Thom que puedo hacerlo?
—Aparte del hecho de que en estos momentos esta pieza está incluida en el programa del Concierto del Centenario de Grieg de diciembre, sí. A juzgar por lo que he escuchado hace unos instantes, eres un genio. Y, sin ánimo de ofender, la escasez de tiempo significará que no tienes más remedio que ponerte las pilas.
—Eso ha sido un batiburrillo de cumplidos e insultos, jovencita —resopló Felix—. Me quedaré con los cumplidos, porque, naturalmente, son ciertos. Trabajo mucho mejor con la presión de una fecha límite, y en los últimos años ha habido muy pocas en mi vida.
—Entonces ¿lo intentarás?
—Si acepto el encargo, ten por seguro que haré mucho más que intentarlo. Empezaré esta misma noche.
—En cualquier caso, me temo que tendré que llevarme la partitura original. No quiero que Thom descubra lo que estamos haciendo.
—Oh, no te preocupes por eso, ya la tengo en la cabeza. —Felix recogió las hojas, las apiló con cuidado y me las tendió—. Tráeme una copia mañana, pero después no quiero volver a verte merodeando por aquí para ver cómo van las cosas mientras esté trabajando. Así que te veré dentro de tres semanas.
—Pero…
—No hay peros que valgan —replicó Felix mientras me seguía hasta la puerta.
—Vale, mañana te traeré la partitura. Adiós.
—Otra cosa, Ally.
—¿Qué?
—Gracias por darme esta oportunidad.