La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 45

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Durante las tres semanas siguientes, di muchas vueltas por la casa. Sabía que, por lo general, orquestar una sinfonía requería meses de arduo trabajo. Pero aunque Felix solo consiguiera completar los primeros cinco minutos, esperaba que bastaran para convencer a Thom de lo que yo misma había escuchado. Y si Felix no había hecho nada, tampoco importaba, porque Thom nunca lo sabría.

«Todo el mundo merece una segunda oportunidad», pensé para mí cuando oí que se abría la puerta de la calle y que Thom volvía de tocar la ópera Carmen con la orquesta. La temporada de conciertos había arrancado y, cuando cayó derrengado en el sofá, le tendí una cerveza bien fría.

—Gracias, Ally. Podría acostumbrarme a esto —dijo mientras la abría—. De hecho, estos últimos días he estado dándole vueltas a la cabeza.

—¿Ah, sí?

—¿Has decidido ya dónde quieres tener a Pulgarcito?

Pulgarcito era el apodo que le habíamos puesto al bebé un día que Thom me preguntó qué tamaño tenía en aquel momento y yo, siguiendo mi nuevo libro sobre el embarazo, se lo mostré utilizando el pulgar.

—No, todavía no.

—¿Y por qué no te quedas en Froskehuset conmigo? Siempre dices que te encantaría hacerle reformas, y está claro que yo no dispongo de tiempo para ello. Teniendo en cuenta eso del síndrome del nido que leíste el otro día en tu libro del embarazo, ¿por qué no lo canalizas de una manera práctica y pones manos a la obra? A cambio de cama y comida, gasto que no para de aumentar, con eso de que ahora comes por dos —se burló—. Y, por supuesto, a cambio de convertirte en propietaria oficial de la mitad de la casa.

—¡Thom, esta casa es tuya! Jamás se me ocurriría quedarme una parte.

—¿Y si inviertes algo de dinero, en el caso de que lo tengas, en modernizarla? Me parece un trueque justo. ¿Lo ves? No estoy siendo tan generoso como pensabas.

—Podría preguntarle a Georg Hoffman, el abogado de Pa. Estoy segura de que lo vería como una buena inversión. No hará falta mucho dinero para modernizar esta casa, aunque estaba pensando que deberíamos arrancar ese engendro de estufa y sustituirla por una chimenea moderna, y tal vez poner suelo radiante en el resto de la casa. Y también hay que cambiar la caldera, y las tuberías de todos los cuartos de baño, porque estoy harta de ducharme con un chorrito de agua tibia, y…

—Diantre —rio Thom—, estás hablando de un millón de coronas como mínimo. La casa está valorada en cuatro millones, de modo que te pagaré un extra como interiorista. Deberíamos acordar que si uno de los dos necesita venderla en el futuro, el otro tendrá derecho a comprarle su parte, pero, Ally, creo que es importante que sientas que tu hijo y tú tenéis un hogar propio.

—Hasta el momento me ha ido bien sin tenerlo.

—Porque hasta el momento no has tenido hijos. Y como alguien que creció en una casa que mi madre no cesaba de recordarme que no era nuestra, me gustaría que mi sobrino o sobrina no tuviera esa preocupación. Podría ofrecerte mis servicios como mentor y figura paterna hasta que aparezca otro hombre en escena. Y estoy seguro de que aparecerá —añadió.

—Pero, Thom, si me quedara aquí…

—¿Qué?

—¡Tendría que aprender noruego! Y eso es imposible.

—Bueno, el bebé y tú podríais aprender juntos —repuso Thom con una sonrisa.

—¿Y qué pasa si uno de los dos, o los dos, conocemos a alguien?

—Ya te lo he dicho, podemos vender la casa o comprarle su parte al otro. Además, no olvides que esta casa tiene cuatro dormitorios. Y como me niego a permitir que estés con un hombre que no cuente con mi aprobación, no hay razón para que no podamos vivir aquí todos juntos en plan comuna. En cualquier caso, no creo que tenga mucho sentido preocuparse por lo que tal vez pase más adelante. ¿No es esa una de tus frases favoritas?

—Antes sí, pero… ahora he de pensar en nuestro futuro.

—Claro que sí. La maternidad ya ha empezado a cambiarte.

Aquella noche me metí en la cama diciéndome que Thom tenía razón. Ya no pensaba solo en mí, sino también en qué era lo mejor para mi pequeño. No había duda de que me sentía feliz, segura y en paz en aquel país que estaba empezando a querer. Y el hecho de que a mí se me hubiese privado de mi verdadera herencia cultural hacía más importante de alguna manera que mi hijo pudiera abrazar la suya. La abrazaríamos juntos.

A la mañana siguiente, le dije a Thom que, en principio, su idea me parecía fantástica y que me encantaría quedarme y tener el niño allí.

—También quiero ver si puedo hacer que me traigan el Sunseeker de Theo hasta aquí. Aunque yo ya no me atreva a subirme a un barco, tal vez a ti te apetezca llevarte a tu sobrino a dar una vuelta por los fiordos en verano.

—Me parece una idea genial —convino Thom—. Aunque, por el bien del bebé, además de por el tuyo, tendrás que volver al mar en algún momento.

—Lo sé, pero aún es pronto —le espeté bruscamente—. Lo único que me preocupa ahora es qué haré después de jugar a ser interiorista y dar a luz.

Dejé sobre la mesa del desayuno las tortitas que tanto le gustaban a Thom.

—¿Lo ves? Ya estás haciéndolo otra vez, Ally. Estás anticipando el futuro.

—Cierra el pico, Thom. Tienes delante a una mujer que ha trabajado toda su vida y que cada día se enfrentaba a algún tipo de desafío.

—¿Y mudarte a otro país y tener un hijo no te parece suficiente desafío?

—Por supuesto, al menos de momento. Pero, aparte de ejercer de madre, me gustaría hacer otras cosas.

—Tal vez pueda echarte un cable —dijo Thom despreocupadamente.

—¿Cómo?

—En la orquesta siempre hay sitio para una flautista de tu talento. De hecho, quería proponerte algo.

—Ah, ¿y de qué se trata?

—Ya te he hablado del Concierto del Centenario de Grieg, en el que debía estrenarse El concierto de Hero, aunque ahora probablemente ya no sea posible. La primera parte incluye la suite de Peer Gynt y estaba pensando en lo apropiado que sería que una Halvorsen de carne y hueso tocara las primeras notas de «La mañana». De hecho, ya se lo he mencionado a David Stewart y le parece una idea fantástica. ¿Qué me dices?

—¿Ya has hablado con él?

—Pues claro que sí, Ally. Fue pan comido y…

—Aunque lo haga de pena, me dejarán tocar por mi apellido —terminé por él.

—¡No digas tonterías! David te oyó tocar con Willem en el Teatro Logen, ¿recuerdas? Lo que estoy intentando decirte es que nunca se sabe qué puertas podría abrirte ese concierto. Así que yo no me preocuparía demasiado por el tema del trabajo si decides echar raíces aquí.

Lo fulminé con la mirada.

—Ya lo tienes todo pensado, ¿verdad?

—Sí. Exactamente como habrías hecho tú.

Justo tres semanas después de haberle llevado el concierto a Felix, llamé a la puerta de su casa con gran nerviosismo. Durante un rato no obtuve respuesta, así que empecé a sospechar que, a pesar de que eran casi las doce, Felix seguía durmiendo la mona.

Y cuando finalmente me abrió, con cara de sueño y vestido con una camiseta y un bóxer, se me cayó el alma a los pies.

—Hola, Ally. Pasa.

—Gracias.

La sala de estar olía a tabaco y a alcohol rancio, y mi inquietud creció cuando reparé en las botellas de whisky vacías y dispuestas en fila sobre la mesa de centro, como si fueran bolos.

—Disculpa el desorden, Ally. Siéntate. —Retiró del sofá una almohada y una manta raída—. Me temo que durante estas últimas semanas he dormido donde caía muerto.

—Ah.

—¿Una copa?

—No, gracias. Sabes por qué estoy aquí, ¿no?

—Más o menos. —Se pasó una mano por el pelo ralo—. ¿Algo relacionado con el concierto?

—Sí, exacto. ¿Y bien? —pregunté sin rodeos, ya desesperada por saber si había superado el reto.

—Sí… esto… ¿dónde lo he puesto?

Había pilas de partituras por toda la sala, y muchas otras convertidas en pelotas que ya estaban allí en mi última visita y que ahora acumulaban polvo y telarañas allá donde las habían tirado. Desalentada, observé a Felix rebuscar en estantes, en cajones atestados y detrás del sofá donde estaba sentada.

—Sé que lo puse a buen recaudo… —farfulló mientras se agachaba para mirar debajo del piano—. ¡Ajá! —exclamó al abrir la tapa del precioso piano de cola Blüthner y sujetarla con la varilla de madera—. Aquí está.

Introdujo la mano en las tripas del instrumento y sacó una gigantesca pila de partituras. Se acercó al sofá y la dejó caer sobre mis rodillas, que casi se hundieron bajo su peso.

—Terminado.

Vi que las primeras páginas pertenecían a la parte original del piano y estaban guardadas en una carpeta de plástico transparente. La siguiente sección correspondía a la flauta, seguida de la viola y de los timbales, tal como Felix había descrito. Fui pasando carpeta tras carpeta de partituras impecables y, cuando llegué a la sección de metales, había olvidado para cuántos instrumentos era la orquestación de Felix. Levanté la cabeza, absolutamente anonadada, y vi que me estaba sonriendo con petulancia.

—Si me conocieras mejor, querida y recién hallada hija, sabrías que siempre me crezco ante un reto musical. Y, sobre todo, ante uno tan importante como este.

—Pero…

Clavé la mirada en las botellas de whisky que cubrían la mesa.

—Recuerdo muy bien haberte dicho que trabajo mejor borracho. Triste pero cierto. En cualquier caso, está todo ahí, listo para que se lo lleves a mi amado hijo y nos dé su veredicto. Personalmente, creo que mi padre y yo hemos creado una obra maestra.

—No estoy capacitada para juzgar la calidad, pero sin duda la cantidad de trabajo que has hecho en tan poco tiempo es un milagro.

—Noche y día, cariño, noche y día. Y ahora, largo.

—¿Seguro?

—Sí, quiero acostarme otra vez. No he dormido mucho desde la última vez que te vi.

—Como quieras.

Me levanté sujetando la pila de hojas contra el pecho.

—Cuando sepas el veredicto, comunícamelo, ¿de acuerdo?

—Descuida.

—Ah, y dile a Thom que la única parte que no acaba de convencerme es la entrada de la trompa con el oboe en el tercer compás del segundo movimiento. Quizá sea un poco excesivo. Adiós, Ally.

Y, sin más, cerró la puerta con firmeza detrás de mí.

—¿Qué es eso? —me preguntó Thom aquella tarde cuando llegó a casa después del ensayo con la orquesta y vio las partituras que descansaban sobre la mesa de centro del salón.

—Oh, nada, solo la orquestación completa para El concierto de Hero —contesté como si tal cosa—. ¿Un café?

—Sí, por favor —dijo mientras, con gesto cómico, volvía a clavar los ojos en las partituras.

Me dirigí tranquilamente hacia la cocina, serví el café y regresé a la sala, donde Thom ya estaba pasando las hojas.

—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién?

—Felix. A lo largo de las últimas tres semanas.

—¡Me estás tomando el pelo!

—No.

Me entraron ganas de golpear el aire con el puño en señal de triunfo al ver su cara de pasmo.

—Como es lógico —carraspeó hasta bajar el tono una octava—, ignoro si el trabajo es bueno, pero…

Lo oí tararear la parte del oboe y las violas. Luego pasó a los timbales y se echó a reír.

—¡Es brillante! Me encanta…

—¿Estás enfadado?

—Te lo diré más tarde. —Me miró y en sus ojos vi euforia y un respeto sincero—. Pero, a primera vista, creo que Felix ha hecho un trabajo increíble. Olvida el café, voy a llamar a David Stewart antes de que se marche del teatro. Voy a llevárselo ahora mismo. Estoy seguro de que va a quedarse tan pasmado como nosotros.

Lo ayudé a recoger la partitura y, emocionada, le deseé buena suerte desde la puerta.

—Pip —les susurré a las estrellas—, tú «Hero» va a estrenarse al fin.

El otoño seguía su curso y los preparativos para el estreno del concierto —completo con la inspirada orquestación de Felix— cobraban forma. Yo, entretanto, me mantenía ocupada con mis propios planes. Había llamado a Georg Hoffman para explicarle la situación. Le había parecido sensato que creara un hogar para mi hijo y para mí en una casa de la que era copropietaria. Tras añadir al proyecto mis escasos ahorros y el pequeño legado de Theo, había comenzado con las reformas de Froskehuset. En mi mente ya había tomado forma la visión de un bello refugio escandinavo con suelos y paredes de pino claro reciclado, muebles de diseñadores noruegos jóvenes y lo último en tecnología de bajo consumo.

Después de meditarlo mucho, había llegado a la conclusión de que, técnicamente, sería justo que Thom y yo le cediéramos una tercera parte del valor de la casa a Felix en el momento de modificar la escritura para incluirme en ella. Cuando le planteé el asunto, mi padre me sonrió.

—Gracias, cariño, pero no. Te agradezco el detalle, pero estoy contento con la cabaña y, en cualquier caso, los dos sabemos perfectamente adónde iría a parar el dinero.

Además, la semana anterior, Edition Peters —la editorial de Leipzig conocida como C. F. Peters en los tiempos en que había publicado las obras de Grieg— ya se había interesado por El concierto de Hero y había programado una grabación con la Filarmónica de Bergen para el año siguiente. Como heredero legítimo de los derechos de publicación y representación de la obra de su padre, así como de los de su propio trabajo de orquestación, era muy probable que Felix ganara mucho dinero si el concierto, como auguraba Andrew Litton, era un éxito.

Con la conciencia tranquila, y tal vez a causa del síndrome del nido, me sentía llena de optimismo y energía cuando entrevistaba a proveedores y obreros de la zona, hablaba con los responsables de urbanismo y consultaba sin parar cientos de revistas y páginas web. Pensaba en cómo se habrían reído de mí mis hermanas: Ally interesada en el diseño de interiores. Y me maravillaba comprobar hasta qué punto eran responsables las hormonas de muchos de nuestros actos.

Mientras ojeaba un muestrario de telas, sentí un aguijonazo de culpabilidad al caer en la cuenta de que desde mi llegada a Bergen no había telefoneado a Ma todo lo que debería. Y tampoco a Celia. Y ahora que el «período de riesgo» de los tres meses había pasado, ambas merecían conocer la noticia.

Llamé primero a Ginebra.

—¿Diga?

—Ma, soy yo, Ally.

Chérie! Qué alegría oírte.

Cuando escuché la calidez y la total ausencia de reproche en su tono de voz, sonreí aliviada.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Buena pregunta —dije con una carcajada de sincero arrepentimiento.

Y a renglón seguido, acompañada por las expresiones de sorpresa e incredulidad de Ma, le hablé de Thom y de Felix y de cómo me habían llevado hasta ellos las pistas de Pa Salt.

—Así pues, Ma, espero que entiendas que haya decidido quedarme una temporada en Bergen —dije al fin—. Y hay otra cosa que todavía no te he contado y que complica un poco las cosas. Estoy esperando un hijo de Theo.

Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido de una exclamación de alegría ahogada.

—¡Es una noticia maravillosa, Ally! Después de lo mucho que… has pasado. ¿Cuándo sales de cuentas?

—El 14 de marzo.

No me pareció adecuado mencionarle que, después de que la ecografía confirmara la fecha exacta, yo había calculado que habíamos concebido el bebé en torno al día de la muerte de Pa.

—No imaginas cuánto me alegro por ti, chérie. ¿Tú estás contenta? —me preguntó.

—Mucho —la tranquilicé.

—Tus hermanas también lo estarán. Van a ser tías y volveremos a tener un bebé correteando por Atlantis cuando venga de visita. ¿Se lo has contado ya?

—Todavía no. Quería que fueras la primera en saberlo. Durante el último par de semanas he hablado por teléfono con Maia, Tiggy y Star, pero no consigo dar con Electra. No me contesta los mensajes ni los correos electrónicos. Llamé a su agente de Los Ángeles y le dejé un mensaje en el buzón de voz, pero no me ha devuelto la llamada. ¿Va todo bien?

—Seguro que solo es que está muy ocupada. Ya sabes que tiene unos horarios de locura —fue la respuesta de Ma después de lo que me pareció un breve titubeo—. Que yo sepa, Electra está bien.

—Bueno, es un alivio. Y cuando llamé a Star a Londres y le pedí que me pusiera con CeCe, simplemente me dijo que no estaba. No he sabido nada de ninguna de ellas desde entonces.

—Ajá —fue la lacónica respuesta de Ma.

—¿Tienes alguna idea de lo que está pasando?

—No, pero, una vez más, estoy segura de que no hay razón para preocuparse.

—¿Me llamarás si tienes noticias de ellas?

—Por supuesto, chérie. Pero, dime, ¿qué planes tienes para cuando nazca el bebé?

Después de colgar, no sin antes haber invitado a Ma y a todas las hermanas que pudiera congregar al Concierto del Centenario de Grieg en diciembre, marqué el número de Celia. Al igual que Ma, se alegró mucho de oírme.

Ya había decidido que quería darle la noticia del bebé en persona, pues sabía que sería un momento muy emotivo para ella. Además, todavía teníamos pendiente el tema de las cenizas de Theo.

—Celia, ahora mismo no tengo mucho tiempo para hablar, pero quería preguntarte si te importaría que fuera a verte dentro de unos días.

—Ally, no tienes ni que preguntarlo. Aquí siempre serás bienvenida. Me encantaría que vinieras.

—Tal vez podríamos ir a Lymington a…

No pude evitar que se me formara un nudo en la garganta.

—Sí, creo que ha llegado el momento —respondió ella con calma—. Lo haremos juntas, como a él le habría gustado.

Dos días después aterricé en Heathrow, donde Celia me esperaba en la sala de llegadas. Cuando dejamos atrás el aeropuerto en su viejo Mini, se volvió hacia mí.

—Ally, espero que no te moleste, pero vamos directamente a Lymington, no a Chelsea. No sé si te había comentado alguna vez que todavía tengo una casita allí. Es muy pequeña, pero es donde Theo y yo nos instalábamos durante sus vacaciones escolares para navegar juntos. He pensado que estaría bien… pasar allí la noche.

Alargué el brazo y le estreché la mano que apretaba con fuerza el volante.

—Me parece perfecto, Celia.

Y lo fue. La casita, con su fachada curva, se hallaba justo en el centro georgiano del pueblo de Lymington, rodeada de calles adoquinadas y pintorescos edificios de color pastel. Tras dejar el equipaje en el estrecho recibidor, seguí a Celia hasta una sala de estar acogedora y luminosa. Una vez allí, me tomó las manos entre las suyas.

—Ally, antes de enseñarte tu habitación, has de saber que esta casa solo tiene dos dormitorios. Uno es el mío y el otro… Bueno, es donde dormía Theo y, como es lógico, todavía contiene… muchos recuerdos.

—No importa, Celia —la tranquilicé, conmovida como siempre por su amabilidad y consideración hacia mí.

—Si quieres, puedes subir tu bolsa mientras yo enciendo la chimenea y empiezo a preparar la cena. He traído unas cuantas cosas para poder improvisar algo. ¿O prefieres cenar fuera?

—No, prefiero que nos quedemos aquí, gracias. Enseguida bajo a ayudarte.

—El cuarto es la primera puerta de la izquierda.

Recogí la mochila y subí. Ya en el rellano, vi una puerta baja con las palabras LA CABAÑA DE THEO toscamente talladas en la madera. La abrí y vi una cama estrecha debajo de una ventana de guillotina y, recostado sobre los cojines, un viejo osito de peluche de color caramelo vestido con un jersey de pescador minúsculo. Las paredes irregulares estaban salpicadas de fotos de veleros y, colgado sobre la cómoda pintada, había un antiguo salvavidas antiguo de rayas rojas y blancas. Se me llenaron los ojos de lágrimas al reparar en lo mucho que se parecía a mi dormitorio de la infancia en Atlantis.

—Mi alma gemela —susurré, y de repente sentí la esencia de Theo a mi alrededor.

Me senté en la cama y apreté el osito de peluche contra mi pecho al tiempo que, con el rostro bañado de lágrimas, tomaba conciencia de que Theo jamás vería a su hijo.

Aquella noche, Celia sirvió un guiso de pollo mientras charlábamos amigablemente. Había encendido un fuego en la chimenea de la sala y las dos nos sentamos a cenar en el mullido sofá.

—Es una casa muy acogedora, Celia. No me extraña que te encante venir aquí.

—Tuve la suerte de heredarla de mis padres. A ellos también les gustaba navegar, y era un lugar perfecto para traer a Theo cuando era niño. A Peter nunca le entusiasmó el mar y, de todas maneras, por aquel entonces casi siempre estaba de viaje por trabajo, así que Theo y yo veníamos aquí a menudo.

—Hablando de Peter, ¿has sabido algo de él últimamente? —le pregunté con suavidad.

—Es extraño, pero sí. De hecho, incluso me atrevería a decir que nos hemos hecho bastante colegas durante estas últimas semanas. Me llama a menudo y hasta nos hemos planteado la posibilidad de que pase la Navidad conmigo en Chelsea, dado que ninguno de los dos parece tener un plan mejor. —Un leve rubor le tiñó las delicadas mejillas—. Sé que puede parecer un tópico, pero creo que la muerte de Theo ha acabado con parte del resentimiento que sentíamos.

—No me parece ningún tópico. Sé que Peter te hizo mucho daño, Celia, pero tengo la sensación de que se ha dado cuenta de los errores que cometió y de lo mucho que te afectaron.

—En fin, nadie es perfecto, Ally. Creo que yo también he madurado y he visto algunas de las cosas que hice mal.

Para empezar, sé que cuando Theo nació se convirtió en el centro de mi vida durante años. Dejé a Peter de lado, y como ya habrás advertido, no es un hombre al que le guste que lo ignoren —añadió con una sonrisa.

—Tienes razón. Me alegro de que por lo menos volváis a hablaros.

—De hecho, le conté que íbamos a venir aquí para lanzar las cenizas de Theo mañana al amanecer, pero no me ha contestado. Típico de él —suspiró Celia—. Nunca se le ha dado bien hablar sobre las cosas que realmente importan.

»Pero da igual, ya basta de hablar de mí. Quiero que me lo cuentes todo sobre tu aventura en Noruega. En el coche me has dicho que has estado siguiendo las pistas que te dejó tu padre. Si te ves con ánimo, me encantaría que me contaras toda la historia.

A lo largo de la siguiente hora, le expliqué la extraña búsqueda de mis orígenes. Al igual que había hecho con Ma, tan solo omití el detalle de mi posible vínculo genético con Edvard Grieg. Al igual que Thom, prefería guardarme esa revelación. Sin pruebas contundentes, no significaba nada y era, por tanto, irrelevante.

—¡Es una historia increíble! ¡Me he quedado de piedra! —exclamó Celia cuando terminé y las dos habíamos dejado ya la bandeja de la cena a un lado—. Has encontrado un hermano gemelo y un padre. Qué extraordinario giro de los acontecimientos. ¿Cómo te sientes?

—Feliz, la verdad. Thom se parece mucho a mí —dije con una sonrisa—. Y espero no resultar desconsiderada si digo que, después de perder a Pa Salt, mi mentor, y a Theo, mi alma gemela, parece que he encontrado a otro hombre con el que conecto, aunque de una manera muy diferente.

—¡Ally, cariño, me parece fantástico! Menudo periplo has vivido estas últimas semanas.

—Y el periplo no acaba ahí, Celia. Tengo que contarte otra cosa. —La miré a los ojos al ver su expresión inquisitiva y respiré hondo—. Vas a ser abuela.

Su cara pasó de la estupefacción al desconcierto momentáneo mientras asimilaba mis palabras. Luego, lentamente, esbozó una sonrisa exultante y me envolvió en un fuerte abrazo.

—Casi no me atrevo a creerlo, Ally. ¿Estás segura?

—Completamente. Me lo confirmó una doctora de Bergen. Y la semana pasada me hicieron la primera ecografía. —Me levanté del sofá para coger el bolso y hurgué en él hasta dar con lo que estaba buscando. Saqué la granulosa imagen en blanco y negro y se la tendí—. Sé que todavía no se ve mucho, pero este es tu nieto, Celia.

Cogió la ecografía y la examinó mientras acariciaba con los dedos el perfil borroso de la minúscula vida que crecía en mi interior.

—Ally… —Cuando al fin consiguió hablar, se le entrecortó la voz a causa de la emoción—. Es… es lo más bonito que he visto en mi vida.

Después de reír, de llorar y de abrazarnos una docena de veces más, nos recostamos en el sofá, ambas ligeramente mareadas.

—Por lo menos ahora puedo contemplar nuestra… misión de mañana con algo de esperanza en el corazón —dijo Celia—. Y hablando de eso, tengo un velero pequeño en el puerto deportivo. Creo que lo más acertado sería que las dos zarpáramos al amanecer y… diéramos descanso a Theo en el mar.

—Lo… lo siento mucho, Celia —tartamudeé—, pero no puedo hacerlo. Cuando Theo murió, juré que nunca más volvería a hacerme a la mar. Espero que lo entiendas.

—Lo comprendo, cariño, pero piénsatelo, por favor. Tú misma me dijiste que es imposible cerrarse al pasado. Seguro que ya sabes que Theo habría detestado pensar que te ha apartado de tu pasión.

Y en aquel momento me di cuenta de que, por muy difícil que me resultara, le debía a Theo y a nuestro hijo subirme de nuevo a un barco.

—Tienes razón, Celia —dije al fin—. Eso es exactamente lo que deberíamos hacer.

La alarma del móvil me despertó al día siguiente antes del amanecer. Me sentí ligeramente desorientada hasta que noté la textura de algo rasposo en la mejilla. Encendí la lámpara de la mesilla de noche y vi que el oso de peluche de Theo descansaba sobre la almohada a mi lado. Lo cogí y hundí la nariz en su pelaje áspero, como si de ese modo pudiera aspirar el espíritu de su dueño. Luego me levanté y me puse a toda prisa unas mallas y un jersey grueso antes de bajar a la sala, donde Celia ya me estaba esperando. No hicieron falta palabras cuando reparé en la inocua urna azul que sostenía entre las manos.

Las calles de Lymington estaban desiertas cuando salimos de la casa y bajamos hasta el puerto rodeadas por la luz blanquecina que precedía al alba. Cuando llegamos al embarcadero donde Celia tenía amarrado el velero, tan solo se apreciaba actividad en un barco de pesca cercano. La pareja de pescadores nos saludó con un breve gesto de la cabeza antes de proseguir con la tarea de remendar y preparar las redes para las capturas del día.

—¿Sabes? A Theo le habría encantado esto. El ritmo incesante de las olas y el mar, siempre igual, desde el comienzo mismo de los tiempos.

—Sí, le habría encantado.

Las dos nos volvimos hacia aquella voz familiar y vimos que Peter se acercaba por el muelle hacia nosotras. Advertí la expresión de sorpresa de Celia y que se le iluminó el rostro cuando él le abrió los brazos y ella se dejó envolver por ellos. Me mantuve apartada para respetar aquel momento de intimidad, pero enseguida volvieron a mi lado y Peter me abrazó a mí también.

—Bueno —dijo él con la voz entrecortada—, en marcha.

Mientras Celia subía al barco, Peter me susurró al oído:

—Solo espero no hacer el ridículo delante de vosotras echando el desayuno por la borda en un momento tan solemne. El mar no es mi fuerte, Ally.

—En estos momentos, tampoco el mío —suspiré—. Vamos —dije tendiéndole la mano—, subiremos juntos.

Una vez a bordo, ayudé a Peter a sentarse mientras yo misma me esforzaba por mantener el equilibrio.

—¿Lista, Ally?

—Sí —le contesté a Celia mientras izaba las velas y soltaba los cabos.

Los primeros rayos de sol empezaban a acariciar la costa y se reflejaban en las crestas de las olas perezosas cuando salimos al estrecho de Solent. Celia llevaba el timón mientras yo me movía por la cubierta ajustando las velas. La brisa fresca impulsaba la embarcación y me apartaba el pelo de la cara con suavidad, y pese a lo que me había costado volver al mar, me sentí extrañamente en paz. Algunas imágenes de Theo destellaban en mi mente, pero, por primera vez desde su partida, pensar en él me llenaba no solo de tristeza, sino también de dicha.

A unos cuantos centenares de metros de la costa, con una magnífica vista del puerto de Lymington, arrizamos las velas y Celia bajó a la cabina para emerger tan solo unos segundos después con la urna azul entre las manos. Fuimos a buscar a Peter, que estaba sentado en la popa con la cara blanca, y lo ayudamos a incorporarse.

—Cógela tú, Peter —dijo Celia cuando el sol se despegó al fin de la línea del horizonte y brilló con todo su esplendor.

—¿Preparadas? —dijo él.

Asentí con la cabeza y los tres colocamos las manos alrededor de la urna, tan insignificante en apariencia pero tan llena de sueños, esperanzas y recuerdos. Cuando Peter levantó la tapa y lanzó el contenido al viento, observamos la fina lluvia de ceniza flotar hasta reunirse con el mar. Cerré los ojos y una lágrima me resbaló por la mejilla.

—Adiós, cariño —susurré mientras, instintivamente, me llevaba una mano al vientre para acariciar su suave curva—. Quiero que sepas que nuestro amor pervive.

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