La hermana tormenta
Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 46
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7 de diciembre de 2007
Como de costumbre, me desperté temprano azuzada por un suave ajetreo en mi interior. Miré la hora y, al ver que eran poco más de las cinco, recé para que aquella no fuera la dinámica del futuro, para que el bebé no hubiera establecido ya su patrón de sueño dentro de mi útero. Todavía era de noche cuando, aún adormilada, eché un vistazo al exterior a través de las cortinas y descubrí que una gruesa capa de escarcha cubría la ventana. Fui al cuarto de baño y regresé a la cama para intentar dormir un poco más. Tenía por delante un día muy largo. Aquella noche, el Grieg Hall tendría ocupados sus mil quinientos asientos para el Concierto del Centenario. Y entre el público estarían mis amigos y mi familia. Star y Ma tenían previsto llegar a Bergen por la tarde para asistir al evento y estaba deseando verlas.
En cierta manera, y por muy extraño que pareciera, sentía que mi embarazo y el bebé que crecía dentro de mí eran una experiencia colectiva: aunque yo era la madre y tutora, su llegada al mundo al cabo de tres meses proporcionaría un vínculo entre un grupo de personas hasta aquel momento dispares.
Estaba el vínculo con mi pasado recién descubierto —Felix, mi padre biológico, y Thom, mi hermano gemelo— y el de las cinco tías que, sin duda, cubrirían de mimos a la criatura. Electra, que finalmente me había escrito un correo para felicitarme, ya me había enviado una caja con ropa de diseño escandalosamente cara para el bebé. Había recibido correos conmovedores de casi todas mis hermanas, y también de Ma, de quien sabía que, a su manera discreta y comedida, estaba deseando tener un recién nacido en los brazos y revivir los bellos recuerdos de cuando nosotras llegamos a Atlantis para que ella nos cuidara. Luego estaba la familia de Theo, Celia y Peter, quienes formaban parte esencial de mi presente más reciente y que también acudirían al concierto aquella noche. Y quienes sabía que serían una parte importante de mi futuro y del de mi hijo.
—El ciclo de la vida… —murmuré para mí al pensar que, en medio de una pérdida terrible, había brotado una vida nueva, una esperanza nueva.
Y tal como había comentado Tiggy acerca de los capullos que empezaban a florecer mientras los pétalos de las rosas más antiguas caían, también yo había descubierto el milagro de la naturaleza. Y aunque había perdido a las dos personas más importantes de mi vida con apenas meses de diferencia, había recibido la recompensa de un amor que solo haría que crecer, y me sentía inmensamente bendecida por ello.
Y aquella noche, después de la actuación, las diferentes hebras de mi historia se conocerían en una cena.
Lo que me llevó a pensar en Felix…
El programa de aquella noche era sencillo: abriría con la suite de Peer Gynt conmigo a la flauta. La tataranieta de Jens Halvorsen tocaría aquellos emblemáticos acordes iniciales, tal como había hecho él en el estreno hacía más de ciento treinta y un años. O, como Thom y yo habíamos especulado en privado, tal vez fuera la tataranieta del propio compositor. De cualquier manera, ninguno de los dos tocaríamos de manera fraudulenta. Thom estaría cerca, como primer violín —el segundo instrumento de Jens—, y así se cerraría el círculo de la historia de los Halvorsen.
Los medios de comunicación noruegos habían mostrado un gran interés por nuestro vínculo familiar, y la repercusión de la noticia fue aún mayor debido a que la segunda parte del programa consistiría en el estreno del recientemente recuperado concierto para piano de Jens Halvorsen júnior, orquestado por el hijo del propio compositor, Felix, quien además lideraría la orquesta al piano.
A Andrew Litton, el consagrado director de la Filarmónica de Bergen, le había entusiasmado descubrir El concierto de Hero y estaba impresionado por la inspirada orquestación de Felix, por no hablar del poco tiempo que le había llevado realizarla. No obstante, cuando Thom le preguntó a David Stewart si permitiría que su padre tocara el concierto la noche del estreno, este se había negado en redondo.
Thom había llegado a casa después de aquella conversación negando con la cabeza.
—Dice que conoce bien a Felix y que el estreno de la obra de nuestro abuelo y el evento en general son demasiado importantes para ponerlos en peligro. Y he de reconocer que estoy de acuerdo, Ally. Por fantástica que sea tu idea de reunir —señaló mi barriga— cinco generaciones musicales de Halvorsen, Felix es el eslabón más débil. ¿Y si la noche antes pilla una buena borrachera y simplemente no se presenta? Sabes tan bien como yo que el éxito de este concierto depende del pianista. Si su papel fuera tocar los platillos en la última fila, sería diferente, pero el piano ocupa el centro del escenario. Y los mandamases de la Filarmónica no quieren arriesgarse a sufrir la ignominia de que nuestro querido padre no aparezca. Ya te conté que hace años lo echaron por informal.
Entendí muy bien sus argumentos, pero no estaba dispuesta a tirar la toalla.
Así que había ido a ver a Felix a lo que Thom y yo llamábamos su «foso» y le había preguntado si, en el caso de que peleara por él, podría prometerme sin reservas —por la vida de su futuro nieto— que asistiría a los ensayos y se presentaría la noche del estreno.
Él se me había quedado mirando con sus ojos empañados por el alcohol y se había encogido de hombros.
—Por supuesto. Aunque tampoco es que necesite ensayar. Podría tocar ese concierto mientras duermo y con un par de botellas de whisky en el cuerpo, cariño.
—Ya sabes que las cosas no funcionan así —le había replicado—. Y si esa va a ser tu actitud…
Había girado sobre mis talones y puesto rumbo a la puerta.
—Vale, vale.
—¿Vale qué? —le había preguntado.
—Prometo que me comportaré.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Porque yo te lo he pedido?
—No. Porque es el concierto de mi padre y quiero que esté orgulloso de mí. Y porque sé que nadie puede interpretarlo mejor que yo.
Desde allí, me había ido directamente a ver a David Stewart. Después de que el gestor se negara una vez más a dar su aprobación, había recurrido —me avergüenza reconocerlo— a cierta dosis de chantaje.
—Felix es, a fin de cuentas, el hijo de Pip y, por tanto, el propietario legítimo de los derechos del concierto —le había dicho con la mirada gacha para evitar sonrojarme—. Mi padre tiene serias dudas sobre su estreno. Cree que si él no puede interpretar la partitura de la manera que habría querido su padre, quizá sea preferible no incluirla en el programa.
Contaba con el hecho de que la orquesta ansiaba con todas sus fuerzas ofrecer la primera interpretación en público de la mejor composición noruega escrita desde los tiempos de Grieg. Y, por suerte, la intuición no me había fallado. David, finalmente, había terminado cediendo.
—No obstante, le pediremos a Willem que él también ensaye con la orquesta. Así, si su padre nos deja en la estacada, podremos salvar la noche. Y ni siquiera adelantaré a la prensa la participación de Felix. ¿Trato hecho?
—Trato hecho.
Nos dimos la mano y me marché con la cabeza bien alta, celebrando mi golpe de gracia.
Aunque Felix había cumplido su palabra y había llegado puntual a los ensayos de la última semana, todos sabíamos que no existía ninguna garantía de que apareciera en el momento clave. Al fin y al cabo, ya había fallado con anterioridad.
Felix no fue anunciado oficialmente como el pianista del concierto, y Thom me contó que se había enterado de que habían impreso dos programas diferentes, uno con el nombre de Felix y otro con el de Willem.
Me sentía un poco culpable por ello, pues imaginaba que no debía de ser muy agradable para el ego de Willem saberse el sustituto de un borracho irresponsable entrado en años por la única razón de que llevara el apellido Halvorsen. No obstante, interpretaría el Concierto para piano en la menor de Grieg durante la primera parte del recital, lo cual era un consuelo.
La semana anterior había ido una noche al auditorio para ver tocar a Thom con la orquesta, y Willem había interpretado el Concierto n.º 1 para piano de Liszt. Mientras observaba sus dedos esbeltos y ágiles volar por el teclado, con las aletas de la nariz dilatadas y los mechones morenos agitándose sobre su frente, sentí un hormigueo en el estómago que nada tenía que ver con el bebé que llevaba dentro. Y me dije que aquella reacción física instintiva significaba que, probablemente, con el tiempo superaría la pérdida de Theo, aunque aún faltara para eso. Y que no debía sentirme culpable por ello. Tenía treinta años y toda una vida por delante. Y estaba segura de que Theo no querría que pasara por ella como una monja.
Curiosamente, Thom y Willem se habían hecho amigos. Habían empezado a relacionarse gracias al trabajo, pero, poco a poco, su relación se había extrapolado del plano profesional al personal. Thom lo había invitado a casa la semana siguiente y yo todavía no había decidido si quería estar presente.
Al final, tras asumir que me resultaría imposible seguir durmiendo, encendí el portátil y consulté mis correos electrónicos. Vi que había uno de Maia y lo abrí.
Querida Ally
Solo te escribo para decirte que hoy te llevaré en el pensamiento. Ojalá pudiera estar ahí, pero Brasil y Noruega están muy lejos. Nos hemos ido a la montaña porque el calor en Río es asfixiante incluso para mí. Estamos instalados en la fazenda y no me veo capaz de explicarte lo bonito que es esto. Necesita una reforma exhaustiva, pero estamos barajando la posibilidad de convertirla en un centro destinado a niños de las favelas, para que puedan venir aquí y gozar de libertad y espacio para corretear en plena naturaleza. Pero basta de hablar de mí. Espero que tú y el bebé estéis bien. Me muero de ganas de conocer a mi sobrina o sobrino. Estoy muy orgullosa de ti, hermanita. Besos.
MAIA
Sonreí; la notaba feliz y aquello me alegraba. Fui a darme una ducha antes de ponerme el pantalón del chándal, una de las pocas prendas que todavía se adaptaban a mi cintura en expansión. Reacia a tirar el dinero comprando ropa de embarazada, me pasaba el día embutida en uno de los jerséis holgados de Thom. Me había comprado un vestido elástico de color negro para la actuación de aquella noche, y Thom había comentado con amabilidad que me quedaba muy bien, aunque yo sospechaba que solo lo decía para hacerme sentir bien.
Bajé a la improvisada cocina —temporalmente reubicada en la sala de estar hasta que terminaran las reformas—, compuesta por un aparador con un hervidor de agua y un microondas. La cocina propiamente dicha había desaparecido por completo, pero por lo menos, me dije, lo más difícil ya estaba hecho. Teníamos una caldera nueva y los operarios estaban a punto de instalar el suelo radiante. Sin embargo, las obras se estaban alargando mucho más de lo previsto y me aterraba que la casa no estuviera lista para cuando llegara el bebé. El síndrome del nido me mantenía imparable y, comprensiblemente, volvía locos a los obreros.
—Buenos días —dijo Thom cuando apareció detrás de mí con los pelos de punta, como le ocurría siempre al levantarse—. Hoy es el gran día —suspiró—. ¿Cómo te sientes?
—Nerviosa, ilusionada y preguntándome…
—Si Felix aparecerá —dijimos al unísono.
—¿Café? —propuse cuando el agua rompió a hervir.
—Sí, gracias. ¿A qué hora llega tu gente? —me preguntó Thom mientras se acercaba distraídamente a las nuevas puertas acristaladas que daban a la terraza y ofrecían una vista espectacular de los abetos y el fiordo.
—Cada uno a una hora diferente. Les he dicho a Ma y a Star que entren por la puerta de atrás antes de que comience el recital para saludar. —Noté un ligero hormigueo en el estómago, ya agitado de por sí—. Qué absurdo, me preocupa mucho más tocar delante de un puñado de amigos y familiares que lo que puedan decir los críticos.
—Es normal. Por lo menos te quitarás tu solo de encima nada más empezar. Después solo nos quedará sufrir hasta que Felix haya tocado la última nota de El concierto de Hero.
—Nunca he actuado delante de un público tan numeroso —gemí—. Y aún menos de un público que haya pagado.
—Lo harás muy bien —me tranquilizó Thom, pero cuando le tendí el café me di cuenta de que él también estaba nervioso.
Era un gran día para ambos. Sentíamos que entre los dos habíamos concebido un nuevo ser musical que estaba a punto de ver la luz del mundo. Y aquella noche nosotros seríamos los orgullosos padres que presenciaban su nacimiento.
—¿Piensas llamar a Felix para asegurarte de que se acuerda? —me preguntó mi hermano.
—No. —Ya había decidido no hacerlo—. Tiene que ser responsabilidad suya y solo suya.
—Lo sé —suspiró Thom—. Bien, me voy a la ducha. ¿Estarás lista para salir dentro de veinte minutos?
—Sí.
—Dios, espero que aparezca.
En aquel momento comprendí que, pese a asegurarme lo contrario, el hecho de que Felix hiciera acto de presencia aquella noche significaba aún más para Thom que para mí.
—Aparecerá, ya lo verás.
No obstante, cuando dos horas después ocupé mi puesto en la orquesta para comenzar el ensayo final y vi que el banco del piano estaba vacío, mi confianza empezó a flaquear. A las diez y cuarto, cuando Andrew Litton anunció que no podíamos seguir esperando, estrujé el móvil entre mis palmas calientes.
No, no lo llamaría.
Le pidieron a Willem que ocupara el lugar de Felix al piano y, cuando Andrew Litton levantó la batuta, Thom me lanzó una mirada desolada.
—¿Cómo has podido hacer algo así? ¡Cabrón! —farfullé para mí antes de ver a Felix correr hacia el escenario por el pasillo del auditorio pálido y sin apenas aliento.
—Dudo que alguien de aquí me crea —jadeó mientras subía los escalones—, pero cuando bajaba de la montaña se me ha parado la moto y he tenido que hacer autostop. He traído como prueba a la amable señora que me ha recogido en la carretera. Hanne —llamó—, ¿estoy diciendo la verdad?
Ciento un pares de ojos siguieron el dedo de Felix hasta la puerta del auditorio, donde una mujer de mediana edad aguardaba con patente apuro.
—Hanne, dígaselo.
—Es cierto, se le ha parado en seco la moto y lo he traído en coche.
—Gracias. Tendrá una entrada para el concierto de esta noche esperándola en la taquilla. —Felix se volvió hacia la orquesta e hizo una exagerada reverencia—. Pido disculpas por haberles hecho esperar, pero a veces las cosas no son lo que parecen.
Después del ensayo, vi a Felix fumando un cigarrillo junto a la entrada de los artistas y me acerqué.
—Hola, Ally. Lamento lo ocurrido. Una razón de peso, por una vez.
—Sí. ¿Te apetece una copa?
—No, gracias, cariño. Prometí comportarme para esta noche, ¿recuerdas?
—Sí. ¿No es increíble? Cuatro, o casi cinco generaciones de Halvorsen estarán esta noche sobre ese escenario.
—O de Grieg —dijo encogiéndose de hombros.
—¿Qué…? ¿Estás al corriente de eso?
—Naturalmente. Anna se lo confesó a Horst en su lecho de muerte, y también el lugar donde tenía escondidas las cartas. Y Horst me lo contó a mí justo antes de que me fuera a estudiar a París. Las he leído todas. Un asunto bastante tórrido, ¿eh?
Su despreocupada revelación me dejó paralizada.
—¿Y nunca has pensado en sacarlo a la luz? ¿En utilizarlo?
—Hay secretos que deberían seguir siendo tales, ¿no crees, cariño? Y tú mejor que nadie deberías saber que lo que importa no es de dónde provienen tus genes, sino en quién te conviertes. Buena suerte esta noche.
Y, sin más, me dijo adiós con la mano y se alejó.
A las seis y media, Star me envió un mensaje de texto para decirme que Ma y ella habían llegado. Fui a buscar a Thom al camerino de los músicos y recorrí el pasillo con él, nerviosa ante la idea de presentarle mi gemelo a mi hermana.
—Ma —dije apretando el paso al verla, tan elegante como siempre, con una chaqueta Chanel y una falda azul marino.
—Ally, chérie, cuánto me alegro de verte.
Me abrazó y aspiré el familiar aroma de su perfume, que para mí representaba seguridad y protección.
—Cuánto me alegro de verte también a ti, Star. —Le di un abrazo y me volví hacia mi hermano gemelo, que se había quedado mirando a mi hermana con la boca abierta—. Y este es Thom, mi nuevo hermano.
Star levantó la vista y le sonrió con timidez.
—Hola, Thom —le dijo.
Y yo tuve que propinarle un codazo a mi gemelo para que contestara.
—Sí, hola. Esto… me alegro de conocerte, Star. Y también a usted, Ma… quiero decir, Marina.
Miré a Thom extrañada, pues estaba comportándose de una forma muy rara. Normalmente era muy efusivo en sus saludos, y me fastidió un poco que no lo fuera precisamente en aquella ocasión.
—Para nosotras también es un placer conocerlo a usted, Thom —contestó Marina—. Muchas gracias por cuidar de Ally en nuestra ausencia.
—Nos cuidamos mutuamente, ¿verdad, hermana? —dijo sin dejar de mirar a Star.
En aquel momento, una voz pidió a la orquesta por megafonía que se reuniera en el escenario.
—Me temo que tenemos que irnos, pero os veremos luego en el vestíbulo —dije—. Dios, estoy temblando —suspiré antes de besarlas a las dos.
—Lo harás muy bien, chérie, estoy segura —me tranquilizó Ma.
—Gracias. —Me despedí con un gesto de la mano y volví a recorrer el pasillo en compañía de Thom—. ¿Te ha comido la lengua el gato? —le pregunté.
—Dios, tu hermana es preciosa —fue lo único que consiguió articular mientras lo seguía hasta el escenario para recibir la arenga de Andrew Litton antes de la actuación.
—Estoy preocupada —le susurré a Thom cuando aquella noche regresamos al escenario exactamente a las siete y veintisiete y fuimos recibidos por un gran aplauso—. Felix todavía parece sobrio. Y me dijo que toca mucho mejor cuando está borracho.
Thom rio al ver mi expresión de verdadera angustia.
—La verdad es que Felix me da pena. ¡No hay manera de que atine! En cualquier caso, recuerda que tiene toda la primera parte y el intermedio para ponerle remedio a la situación. Ahora —susurró—, deja de preocuparte por él y disfruta de este maravilloso momento de la historia de los Halvorsen… o de los Grieg. Te quiero, hermanita —añadió con una sonrisa antes de que nos separáramos para ocupar nuestros respectivos puestos en la orquesta.
Me senté en la sección de los instrumentos de viento de madera consciente de que tres minutos más tarde me levantaría para tocar los primeros compases de «La mañana». Y de que, como Felix me había dicho antes, daba igual quién me hubiera concebido. Lo único que importaba era que se me había concedido el regalo de la vida y que de mí dependía extraer lo mejor de ella y de mí misma.
Cuando las luces de la platea se apagaron y se hizo el silencio, pensé en toda la gente que me quería, sentada en la oscuridad en algún lugar del auditorio, y que me animaba a seguir adelante.
Y pensé en Pa Salt, que me había dicho que encontraría mi verdadera fuerza en mi momento de mayor debilidad. Y en Theo, que me había enseñado lo que era amar de verdad a otra persona. Ninguno de ellos estaba presente físicamente aquella noche, pero sabía que estarían mirándome desde las estrellas y sintiéndose muy orgullosos de mí.
Y después sonreí al pensar en la nueva vida que crecía dentro de mí y que aún no conocía.
Me llevé la flauta a los labios y empecé a tocar para todos ellos.