La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Junio de 2007 » 2

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Huelga decir que ni Theo ni yo sabíamos qué esperar cuando zarpamos de Naxos en su Sunseeker, el Neptuno, un potente yate de líneas elegantes y seis metros de eslora más que el Hanse que íbamos a pilotar en la regata. Yo estaba acostumbrada a compartir las atestadas instalaciones de los veleros con muchos otros tripulantes, de modo que, al ser solo dos, el gran espacio entre nosotros se me antojaba excesivo. El camarote principal era una lujosa suite forrada de teca, y cuando vi la enorme cama de matrimonio, me encogí de vergüenza al recordar las circunstancias que rodearon a la última vez que Theo y yo dormimos en el mismo cuarto.

—Lo compré a muy buen precio hace un par de años, cuando el propietario se arruinó —me explicó Theo mientras sacaba el yate del puerto—. Desde entonces, al menos tengo un techo sobre la cabeza.

—¿Vives en este barco? —pregunté sorprendida.

—Los períodos de descanso largos los paso con mi madre en su casa de Londres, pero este último año he vivido aquí durante los raros momentos en que no estaba compitiendo o trasladando un velero a una regata. Aun así, al fin he llegado al punto de desear un hogar propio en tierra firme. De hecho, acabo de comprarme una casa, aunque necesita muchas reformas y no sé cuándo voy a tener tiempo de hacerlas.

Yo ya estaba acostumbrada al Titán, el fantástico yate de mi padre, y a su sofisticado sistema de navegación informatizado, de modo que nos turnábamos en la «conducción», como a Theo le gustaba llamarla. Pero aquella primera mañana me costó abandonar el protocolo habitual. Cada vez que Theo me pedía que hiciera algo, tenía que esforzarme para no responder: «¡Sí, capitán!».

Se palpaba la tensión entre nosotros. Ni él ni yo teníamos muy claro cómo pasar de la relación profesional que habíamos tenido hasta aquel momento a un trato más íntimo. La conversación resultaba forzada, pues yo medía todo lo que decía y, la mayor parte del tiempo, recurría a temas triviales. Theo apenas abría la boca, así que cuando echamos el ancla para comer yo ya empezaba a pensar que todo aquello había sido un gran error.

Agradecí que sacara una botella helada de rosado provenzal para acompañar la ensalada. Nunca había sido muy bebedora, y aún menos en el mar, pero, por algún motivo, conseguimos pulirnos la botella entre los dos. A fin de arrancar a Theo de su incómodo silencio, decidí sacar el tema de la navegación. Repasamos nuestra estrategia para las Cícladas y hablamos de lo diferente que sería regatear en los Juegos Olímpicos de Pekín. Mis pruebas finales para un puesto en el equipo suizo tendrían lugar a finales de verano, y Theo me contó que él iba a competir por Estados Unidos.

—Entonces ¿eres estadounidense de nacimiento? Porque tu acento es británico.

—Padre estadounidense, madre inglesa. Estudié en un internado de Hampshire y luego fui a Oxford y a Yale —explicó—. Siempre fui un poco empollón.

—¿Qué estudiaste?

—Literatura clásica en Oxford y un máster en psicología en Yale. Allí tuve la suerte de que me seleccionaran para el equipo universitario de vela y acabé capitaneándolo. Era de esos que viven en una especie de torre de marfil. ¿Y tú?

—Estudié flauta en el Conservatorio de Música de Ginebra. Pero eso lo explica todo.

Lo miré con una gran sonrisa dibujada en el rostro.

—¿Eso explica qué?

—Que te guste tanto analizar a la gente. Y, en parte, tu éxito como patrón se debe a la buena mano que tienes con la tripulación. Y en especial conmigo —añadí envalentonada por el vino—. Tus comentarios me han ayudado mucho, de verdad, aunque en su momento no me hiciera mucha gracia escucharlos.

—Gracias —dijo agachando tímidamente la cabeza ante el halago—. En Yale me dieron vía libre para combinar mi amor por la navegación con la psicología y desarrollé un estilo de mando que algunos consideran extraño, pero que a mí me funciona.

—¿Te apoyaban tus padres en tu pasión por navegar?

—Mi madre sí, pero mi padre… Se separaron cuando yo tenía once años, y un par de años después pasaron por un divorcio complicado. Después de aquello, mi padre regresó a Estados Unidos. De pequeño pasaba las vacaciones allí, pero él siempre estaba trabajando o viajando y contrataba niñeras para que me cuidaran. Fue algunas veces a Yale para verme competir, pero no puedo decir que lo conozca mucho. Solo a través de lo que le hizo a mi madre, y reconozco que su hostilidad hacia él ha influido en mi juicio. Pero, a todo esto, me encantaría oírte tocar la flauta —soltó de repente cambiando de tema y clavando al fin su mirada verde en mis ojos azules.

Pero el momento pasó y Theo volvió a apartar la mirada, removiéndose en su asiento.

Me sentí frustrada al ver que mis esfuerzos por hacerlo hablar no estaban funcionando, así que también yo me sumí en un silencio irritado. Después de llevar los platos sucios a la cocina, me tiré al agua y nadé enérgicamente para despejarme la cabeza embotada por el vino.

—¿Te apetece tomar el sol en la cubierta de arriba antes de continuar? —me preguntó cuando regresé al barco.

—Vale —contesté, a pesar de que notaba que mi piel blanca y pecosa ya había recibido sol más que suficiente.

Por lo general, cuando estaba en el mar me embadurnaba en una crema con pantalla de protección total, pero era prácticamente lo mismo que ir pintada de blanco y no me proporcionaba un aspecto muy seductor. Aquella mañana había utilizado a propósito una protección más ligera, pero estaba empezando a pensar que las quemaduras no merecerían la pena.

Theo sacó dos botellas de agua de la nevera y nos dirigimos a la cubierta superior, situada en la proa del yate. Nos instalamos en las lujosas y mullidas tumbonas y, cuando lo miré de reojo, la proximidad de su cuerpo semidesnudo me aceleró el corazón. Decidí que si Theo no daba pronto el paso, tendría que dejarme de remilgos y ser yo la que se abalanzara sobre él. Miré hacia otro lado para evitar que mi mente siguiera alimentando pensamientos lascivos.

—Háblame de tus hermanas y de esa casa en el lago de Ginebra en la que vivís. Suena muy idílico —dijo.

—Es…

Teniendo en cuenta que mi cabeza era un torbellino de deseo y alcohol, lo último que me apetecía era embarcarme en una larga perorata sobre mi compleja situación familiar.

—Tengo un poco de sueño. ¿Te importa que te lo cuente más tarde? —dije tumbándome boca abajo.

—En absoluto. ¿Ally?

Noté la leve caricia de sus dedos en mi espalda.

—¿Sí?

Me di la vuelta y, expectante, lo miré a los ojos conteniendo la respiración.

—Se te están quemando los hombros.

—Oh. Entonces será mejor que baje —espeté.

—¿Voy contigo?

No le contesté, me limité a encogerme de hombros antes de levantarme y echar a andar por la parte estrecha de la cubierta que conducía a la popa. De pronto me cogió la mano.

—Ally, ¿qué ocurre?

—Nada. ¿Por qué?

—Pareces… tensa.

—¡Ja! Tú también —repliqué.

—¿Yo?

—Sí —dije mientras me seguía escaleras abajo.

Me dejé caer pesadamente sobre el banco de popa, a la sombra.

—Lo siento, Ally —dijo con un suspiro—. Nunca se me ha dado bien esta parte.

—¿A qué te refieres exactamente con «esta parte»?

—Ya sabes. A los preámbulos, no sé llevarlos. Lo que quiero decir es que me gustas y te respeto, y no quería que te sintieras como si te hubiera traído al barco para darnos un revolcón. Podrías haber pensado que era lo único que pretendía de ti, porque eres muy consciente de tu condición femenina en un mundo de hombres y…

—¡Eso no es cierto, Theo!

—¿Ah, no? —Puso los ojos en blanco, sin dar crédito a lo que oía—. Para serte sincero, hoy en día a los tíos nos aterra que nos acusen de acoso sexual simplemente por mirar a una mujer. Ya me sucedió una vez con otro miembro femenino de mi tripulación.

—¿De veras? —pregunté haciéndome la sorprendida.

—Sí. Creo que dije algo como: «Hola, Jo, me alegro de tenerte a bordo para animar a los muchachos». A partir de ahí me sentenció.

Lo miré incrédula.

—¿Le dijiste eso?

—Maldita sea, Ally, quería decir que su presencia nos mantendría despiertos. Tenía una excelente reputación como navegante. Pero, por lo visto, interpretó mal mis palabras.

—No entiendo por qué —comenté mordaz.

—Yo tampoco.

—¡Estaba siendo irónica, Theo! Entiendo perfectamente que se ofendiera. No puedes imaginar la clase de comentarios de que somos objeto las mujeres navegantes. No me extraña que se lo tomara a mal.

—Bueno, pues por eso me inquietaba tanto tenerte a bordo. Sobre todo porque te encuentro tremendamente atractiva.

—Yo soy el polo opuesto, ¿recuerdas? —contraataqué—. ¡Me criticaste por intentar actuar como un hombre y no sacar partido a mis puntos fuertes!

Touché —dijo con una pequeña sonrisa—. Y ahora estamos aquí solos, y yo trabajo contigo y a lo mejor piensas que…

—¡Theo, esto empieza a resultar ridículo! ¡Creo que el problema lo tienes tú, no yo! —repliqué exasperada—. Me invitaste a tu barco y vine voluntariamente.

—Lo sé, pero si te soy sincero, Ally, todo esto… —Guardó silencio y me miró muy serio—. Me importas mucho, Ally. Y te pido que me perdones por mi estúpido comportamiento, pero hace mucho tiempo que no… cortejo a una mujer. No quiero meter la pata.

Me ablandé.

—¿Qué tal si dejas de analizarlo todo y te relajas un poco? Puede que entonces también yo me relaje. Estoy aquí porque quiero, no lo olvides.

—De acuerdo, lo intentaré.

—Bien. Y ahora que estoy empezando a parecer un tomate maduro —dije mientras me examinaba los brazos—, me voy abajo para descansar del sol. Si lo deseas, puedes acompañarme. —Me levanté y puse rumbo a la escalera—. Y te prometo que no te denunciaré por acoso sexual. De hecho —añadí con atrevimiento—, quizá sea yo quien te anime a ello.

Bajé las escaleras riéndome por dentro de mi descarada invitación y preguntándome si Theo reaccionaría a ella. Cuando entré en el camarote y me tumbé en la cama, me embargó una sensación de poder. Puede que Theo fuera el jefe en el trabajo, pero estaba decidida a ser su igual en cualquier relación personal que pudiéramos tener en el futuro.

Cinco minutos después, Theo apareció tímidamente en la puerta y se deshizo en disculpas por su absurdo comportamiento. Al final le pedí que cerrara el pico y viniera a la cama.

En cuanto «aquello» sucedió, las cosas se arreglaron. Y con el paso de los días ambos comprendimos que entre nosotros había algo mucho más profundo que una mera atracción física: el raro triunvirato de cuerpo, corazón y mente. Y por fin nos zambullimos en la dicha mutua de habernos encontrado el uno al otro.

Nuestro vínculo se estrechó a un ritmo más rápido del habitual porque ya conocíamos nuestras virtudes y debilidades, aunque es justo decir que apenas hablábamos de las segundas, pues preferíamos regodearnos en lo maravilloso que nos parecía el otro. Pasábamos las horas haciendo el amor, bebiendo vino y comiendo el pescado fresco que Theo cogía desde la popa del barco mientras yo leía un libro con la cabeza perezosamente apoyada en su regazo. A nuestro apetito físico se sumaba una sed igualmente insaciable de saberlo todo sobre el otro. Solos en el mar en calma, me sentía como si viviéramos fuera del tiempo, como si solo nos necesitáramos el uno al otro.

La segunda noche, me tumbé bajo las estrellas sobre la cubierta superior y, mientras Theo me abrazaba, le hablé de Pa Salt y mis hermanas. Como el resto de la gente, escuchó fascinado la historia de mi extraña y mágica infancia.

—A ver si lo he entendido bien: tu padre, a quien tu hermana mayor apodó «Pa Salt», os encontró a ti y a otros cinco bebés en sus viajes alrededor del mundo y os llevó a su casa. Es un poco como esas personas que coleccionan imanes para la nevera, ¿no?

—En pocas palabras, sí. Aunque me gusta pensar que valgo más que un imán.

—Eso ya lo veremos —dijo mordisqueándome suavemente la oreja—. ¿Y cuidó de todas vosotras él solo?

—No. Teníamos a Marina, a quien siempre hemos llamado «Ma». Pa la contrató como niñera cuando adoptó a Maia, mi hermana mayor. Es prácticamente nuestra madre, y todas la adoramos. Marina es francesa, por eso todas hemos crecido hablando francés, además de porque es uno de los idiomas oficiales de Suiza. Pa estaba obsesionado con que fuéramos bilingües, de modo que él nos hablaba en inglés.

—Pues hizo un buen trabajo. De no ser por tu adorable acento francés, jamás habría adivinado que el inglés no es tu lengua materna —dijo mientras me estrechaba contra su pecho y me besaba en la coronilla—. ¿Os ha contado alguna vez vuestro padre por qué os adoptó?

—En una ocasión se lo pregunté a Ma. Me dijo que Pa se sentía solo en Atlantis y tenía mucho dinero para compartir. En realidad mis hermanas y yo nunca nos preguntamos el porqué, simplemente aceptamos nuestra situación, como hacen todos los niños. Éramos una familia, y nos bastaba con eso.

—Parece una historia sacada de un cuento. El rico benefactor que adopta a seis huérfanas. ¿Por qué únicamente niñas?

—Más de una vez hemos comentado en broma que, una vez que empezó a bautizarnos con los nombres del grupo de estrellas de las Siete Hermanas, adoptar a un niño habría fastidiado la cadena —contesté entre risas—. Pero lo cierto es que no tenemos ni idea.

—¿De modo que tu verdadero nombre es Alción, la segunda hermana? Es más difícil de pronunciar que Al —bromeó.

—Sí, pero nadie me llama así salvo Ma cuando se enfada conmigo —aclaré con una mueca—. ¡Y ni se te ocurra empezar a hacerlo tú!

—Me encanta el nombre de Alción, creo que es perfecto para ti. ¿Y por qué sois solo seis, si el grupo de estrellas son siete?

—No tengo ni idea. La última hermana, que, de haberla traído Pa, se habría llamado Mérope, nunca llegó —expliqué.

—Es una pena.

—Sí, pero teniendo en cuenta la pesadilla que fue mi sexta hermana, Electra, cuando llegó a Atlantis, ninguna de nosotras se moría de ganas de añadir otro bebé llorón a la familia.

—¿Electra? —Theo reconoció el nombre enseguida—. ¿No será la famosa supermodelo?

—La misma —respondí con cautela.

Se volvió atónito hacia mí. Yo raras veces mencionaba que Electra y yo éramos hermanas, pues la gente enseguida intentaba sonsacarme quién se escondía realmente detrás de uno de los rostros más fotografiados del mundo.

—Caramba. ¿Y tus demás hermanas? —continuó, y me alegré de que no me hiciera más preguntas sobre Electra.

—Maia es la mayor. Es traductora. Heredó de Pa su facilidad para los idiomas. He perdido la cuenta de todos los que habla. Y si Electra te parece guapa, deberías ver a Maia. Mientras que yo soy todo pecas y pelo rojo, ella tiene la piel y el cabello oscuros y preciosos. Parece una diva latina exótica, excepto por el carácter. Es prácticamente una ermitaña. Sigue viviendo en Atlantis con la excusa de que quiere cuidar de Pa Salt, pero todas las hermanas creemos que se esconde de algo… —se me escapó un suspiro—, aunque no sabría decir de qué. Estoy segura de que le ocurrió algo cuando se marchó a la universidad, porque volvió completamente cambiada. De niña la adoraba, y todavía la quiero con locura, aunque tengo la sensación de que en los últimos años se ha distanciado de mí. En realidad se ha distanciado de todo el mundo, pero las dos estábamos muy unidas.

—Cuando te vuelves introvertido tiendes a prescindir de la gente —murmuró Theo.

—Muy profundo. —Le regalé una sonrisa—. Pero sí, eso es más o menos lo que pasó.

—¿Y tu siguiente hermana?

—Se llama Star y es tres años menor que yo. La verdad es que mis dos hermanas medianas van en pareja. CeCe, la cuarta, llegó a casa con Pa solo tres meses después que Star, y desde entonces han sido uña y carne. Ambas han llevado una vida bastante nómada después de terminar la universidad, han viajado por Europa y Asia, pero al parecer ahora quieren instalarse en Londres para que CeCe pueda hacer un curso de arte. Si me preguntaras qué tipo de persona es realmente Star, o qué talentos y ambiciones tiene, no sabría qué responder, porque CeCe la tiene completamente dominada. Es bastante callada y deja que CeCe hable por las dos. CeCe tiene un carácter muy fuerte, como Electra. Como podrás imaginar, existe cierta tensión entre ellas. Electra, tal como indica su nombre, es un poste de alta tensión, pero siempre he pensado que por dentro es muy vulnerable.

—Podría hacerse un estudio psicológico fascinante con tus hermanas —opinó Theo—. ¿Quién viene después?

—Tiggy, que es fácil de describir, porque, sencillamente, es un encanto. Se licenció en biología y trabajó durante un tiempo como investigadora en el zoo de Servion. Luego se largó a las Highlands de Escocia para trabajar en una reserva de ciervos. Es muy… —busqué la palabra apropiada— etérea, con un montón de extrañas creencias espirituales. Es como si literalmente flotara en algún punto entre el cielo y la tierra. Me temo que todas nos hemos burlado de ella cruelmente a lo largo de los años cuando anunciaba que había oído voces o que había visto un ángel en el árbol del jardín.

—Entonces ¿tú no crees en esas cosas?

—Digamos que tengo los pies bien plantados en la tierra. O, por lo menos, en el agua —me corregí con una sonrisa—. Soy práctica por naturaleza, y supongo que esa es, en parte, la razón de que mis hermanas me hayan visto siempre como la líder de nuestra pequeña pandilla. Eso no significa que no respete aquello que desconozco o no entiendo. ¿Y tú?

—Bueno, aunque nunca he visto un ángel, como tu hermana, siempre he sentido que estoy protegido. Sobre todo cuando navego. He vivido momentos de mucho peligro en el mar y, hasta la fecha, toco madera, he salido airoso. Puede que Poseidón esté velando por mí, por utilizar una analogía mitológica.

—Y que dure —murmuré con vehemencia.

—Por último, pero no por ello menos importante, háblame de tu increíble padre. —Theo comenzó a acariciarme el pelo con suavidad—. ¿Cómo se gana la vida?

—Francamente, una vez más, ni mis hermanas ni yo lo tenemos claro. Sea lo que sea, no hay duda de que le va bien. Su yate, el Titán, es un Benetti —dije en un intento de expresar la fortuna de Pa en un lenguaje que Theo pudiera entender.

—¡Uau! A su lado este parece un bote inflable. Vaya, vaya, con tus palacios en tierra y mar, yo diría que eres una princesa encubierta —bromeó.

—No hay duda de que hemos vivido bien, pero Pa estaba decidido a que todas saliéramos adelante por nuestros propios medios. De mayores nunca nos ha dado carta blanca con el dinero, a menos que fuera, o sea, para fines educativos.

—Un hombre sensato. ¿Estáis muy unidos?

—Mucho. Él lo ha sido… todo para mí y para mis hermanas. Estoy segura de que a cada una de nosotras nos gusta pensar que tenemos una relación especial con Pa, pero como él y yo compartíamos el amor por la navegación, de niña pasé mucho tiempo a solas con él. Y no me enseñó solo a navegar. Es el ser humano más sabio y bondadoso que conozco.

—De modo que eres una auténtica niña de papá. Me parece que me han puesto el listón muy alto —comentó Theo mientras me deslizaba una mano por el cuello.

—Basta de hablar de mí, quiero saber cosas de ti —dije distraída por sus caricias.

—Más tarde, Ally, más tarde… No imaginas el efecto que ese adorable acento francés tiene sobre mí. Podría pasarme toda la noche escuchándolo.

Se acodó sobre la cubierta, se inclinó para besarme en los labios y, después de eso, dejamos de hablar.

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