La hermana tormenta
Ally. Junio de 2007 » 3
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Al día siguiente, acabábamos de decidir ir a Mykonos para abastecernos cuando Theo me llamó para que bajara desde la cubierta al puente de mando.
—Adivina una cosa —me dijo con aire ufano.
—¿Qué?
—He estado charlando por radio con Andy, un amigo navegante que está por la zona con su catamarán, y me ha propuesto quedar más tarde en la bahía de Delos para tomar una copa. Ha bromeado diciendo que lo localizaría enseguida porque está atracado justo al lado de un yate descomunal llamado Titán.
—¿El Titán? —exclamé—. ¿Estás seguro?
—Andy me ha asegurado que era un Benetti, y dudo que el barco de tu padre tenga un doble. También me ha comentado que se estaba aproximando otro palacio flotante y que empezaba a agobiarse, de modo que se ha desplazado un par de millas. ¿Quieres que paremos a tomar un té con tu padre antes de ir al catamarán? —me preguntó.
—No lo entiendo —respondí con franqueza—. Pa no me había mencionado que tuviera planeado venir a estas islas, aunque sé que el Egeo es su lugar preferido para navegar.
—Probablemente no se imaginara que fueras a estar por la zona, Ally. Cuando nos acerquemos, podrás comprobar con los prismáticos si realmente es el barco de tu padre e informar al patrón por radio de nuestra llegada. Pasaríamos bastante vergüenza si no fuera su yate e interrumpiéramos a un oligarca ruso con el barco lleno de vodka y prostitutas. De hecho, ahora que lo pienso —Theo se volvió hacia mí—, ¿tu padre alquila alguna vez el Titán?
—Nunca —respondí con firmeza.
—En ese caso, señorita, coja los prismáticos y vaya a relajarse a la cubierta mientras su fiel capitán se hace cargo del timón. Cuando veas el Titán hazme una señal por la ventana y comunicaré por radio que nos estamos acercando.
Mientras regresaba a la cubierta para aguardar en tensión la aparición del Titán en el horizonte, me pregunté cómo me sentiría cuando el hombre que más quería en el mundo conociera al hombre que estaba empezando a querer un poco más cada día. Traté de recordar si Pa había conocido a alguno de mis novios anteriores. Tal vez le hubiera presentado a algún ligue durante mis años en el Conservatorio de Ginebra, pero poco más. A decir verdad, nunca había tenido un «compañero» al que me hubiera apetecido presentar a Pa o a mi familia.
Hasta entonces…
Veinte minutos después, un barco con una silueta familiar apareció a lo lejos y lo enfoqué con los prismáticos. Efectivamente, era el yate de Pa. Di unos golpecitos en el cristal del puente de mando y levanté el pulgar. Theo asintió y cogió el auricular de la radio.
Bajé al camarote, me recogí los alborotados cabellos en una coleta y me puse una camiseta y un pantalón corto. Sentí una repentina emoción por poder cambiar los papeles por una vez y ser yo quien le diera una sorpresa a Pa. De regreso en el puente de mando, le pregunté a Theo si Hans, el patrón del Titán, había contestado.
—No. Acabo de enviar otro mensaje, pero si no recibimos respuesta tendremos que correr el riesgo de presentarnos sin avisar. Qué interesante. —Theo cogió sus prismáticos y los dirigió hacia otro barco anclado cerca del Titán—. Conozco al dueño del otro superyate que mencionó Andy. Es el Olympus, y pertenece al magnate Kreeg Eszu. Es el dueño de Lightning Communications, una empresa que ha patrocinado un par de barcos capitaneados por mí, así que lo he visto en varias ocasiones.
—¿En serio? —pregunté fascinada. Kreeg Eszu, a su manera, era tan famoso como Electra—. ¿Y cómo es?
—Bueno, por decirlo suavemente, no me inspira demasiada simpatía. Me senté a su lado en una cena y se pasó toda la noche hablando de él y de su éxito. Y su hijo Zed es aún peor, un niñato malcriado que cree que porque su padre es rico él puede hacer lo que le venga en gana.
Los ojos de Theo se habían llenado de una indignación inusual en él.
Agudicé el oído. No era la primera vez que una persona próxima a mí mencionaba el nombre de Zed Eszu.
—¿Tan terrible es?
—Sí. Una amiga mía salió con él y la trataba como un trapo. En fin… —Theo volvió a mirar por los prismáticos—. Será mejor que intentemos comunicarnos de nuevo con el Titán, porque parece que se está alejando. ¿Por qué no envías tú el mensaje, Ally? Si tu padre o el patrón lo escuchan, quizá reconozcan tu voz.
Así lo hice, pero no obtuve respuesta y advertí que el barco ganaba velocidad y se alejaba de nosotros.
—¿Lo seguimos? —propuso Theo.
—Voy a buscar el móvil y telefonearé directamente a Pa.
—Yo, entretanto, aumentaré los nudos. Estoy casi seguro de que están demasiado lejos, pero nunca he intentado dar alcance a un superyate y podría ser divertido —bromeó.
Dejé a Theo jugando al gato y el ratón con el barco de Pa y bajé al camarote. Tuve que aferrarme al marco de la puerta cuando aceleró. Saqué el móvil de la mochila, pulsé el botón de encendido y miré con impaciencia la pantalla inerte. El aparato me devolvió la mirada como una mascota abandonada a la que hubiera olvidado dar de comer y comprendí que se había quedado sin batería. Hurgué de nuevo en la mochila en busca del cargador y, seguidamente, para buscar un adaptador americano que encajara en el enchufe que había junto a la cama. Enchufé el móvil y recé para que se encendiera.
Para cuando regresé al puente de mando, Theo ya había bajado la velocidad a un ritmo normal.
—Es imposible darle alcance a tu padre, ni siquiera navegando a nuestra velocidad máxima. El Titán va a toda pastilla. ¿Lo has telefoneado?
—No, acabo de poner el móvil a cargar.
—Utiliza el mío.
Me tendió su teléfono y marqué el número de Pa Salt. Me desvió al buzón de voz y le dejé un mensaje donde le explicaba la situación y le pedía que me llamara lo antes posible.
—Da la impresión de que tu padre huye de ti —bromeó Theo—. Puede que no quiera recibir visitas en estos momentos. En fin, llamaré a Andy por radio para que me dé su ubicación exacta e iremos a verlo a él directamente.
Theo debió de reparar en mi desconcierto, porque me rodeó con los brazos.
—Solo estaba bromeando, cariño. Recuerda que no es más que una línea de radio abierta. Es probable que el Titán no haya recibido los mensajes. A mí me ha pasado muchas veces. Tendrías que haberlo llamado al móvil nada más saber que estaba aquí.
—Lo sé —convine.
Pero mientras nos dirigíamos a Delos a una velocidad mucho más baja para reunirnos con el amigo de Theo, yo sabía, por mis muchas horas de navegación con Pa, que él siempre insistía en tener la radio encendida en todo momento y en que Hans, el patrón, permaneciera siempre atento a ella por si había algún mensaje para el Titán.
Mirando ahora atrás, recuerdo lo inquieta que estuve el resto de la tarde. Quizá fuera una premonición de lo que estaba por venir.
De modo que al día siguiente me desperté entre los brazos de Theo en la bella y desierta bahía de Makares, con el corazón entristecido solo de pensar que teníamos que regresar a Naxos aquella misma tarde. Theo ya había hablado de que debíamos prepararnos para la regata que comenzaría al cabo de unos días, así que parecía que nuestro idílico tiempo juntos estaba a punto de acabar, al menos por el momento.
Cuando desperté de mi ensueño, tumbada sobre la cubierta a su lado, desnuda, tuve que obligar a mi mente a abandonar el maravilloso caparazón que formábamos Theo y yo. Mi móvil seguía cargándose desde el día anterior e hice ademán de levantarme para ir a buscarlo.
—¿Adónde vas?
La mano de Theo me detuvo al instante.
—A buscar el móvil. Debería escuchar mis mensajes.
—Vuelve enseguida, ¿vale?
A mi regreso, Theo me cogió por la cintura y me ordenó que dejara el móvil tranquilo unos minutos más. Baste decir que tardé otra hora en encenderlo.
Sabía que lo más probable era que tuviera algún que otro mensaje de amigos y familiares. No obstante, tras apartar la mano de Theo de mi estómago con cuidado para no despertarlo, vi que había una lista de mensajes de texto extrañamente larga. Y varios avisos del buzón de voz.
Todos los mensajes de texto eran de mis hermanas.
«Ally, por favor, llámame en cuanto puedas. Te quiero. Maia.»
«Ally, soy CeCe. Todas estamos intentando localizarte. ¿Puedes llamar a Ma o a una de nosotras de inmediato?»
«Ally, cariño, soy Tiggy. No sabemos dónde estás, pero tenemos que hablar contigo.»
Y el mensaje de Electra me produjo un escalofrío de terror: «¡Dios mío, Ally! ¿No es terrible? ¿Puedes creerlo? Ahora volando a casa desde L. A.».
Me levanté y caminé hasta la proa del yate. Era evidente que había sucedido algo horrible. Me temblaban las manos cuando marqué el número del buzón de voz para escuchar qué era lo que había instado a todas mis hermanas a ponerse en contacto conmigo con tanta urgencia.
Escuché el mensaje más reciente, y fue entonces cuando me enteré.
«Hola, soy CeCe otra vez. Las demás parecen estar demasiado asustadas para decírtelo, pero es preciso que vengas a casa de inmediato. Ally, lamento ser la portadora de una noticia tan terrible, pero Pa Salt ha muerto. Lo siento… Lo siento… Por favor, llama en cuanto puedas.»
CeCe debió de pensar que había finalizado la llamada antes de hacerlo de verdad, porque escuché un fuerte sollozo previamente a que sonara el pitido del siguiente mensaje.
Me quedé inmóvil, con la mirada perdida en el horizonte, mientras pensaba en que justo el día anterior había visto el Titán a través de los prismáticos. «Debe de ser un error», me dije para tranquilizarme. Pero entonces escuché el siguiente mensaje de voz. Era de Marina, mi madre en todos los aspectos salvo el biológico, que me pedía que la llamara cuanto antes, y había otro de Maia, y de Tiggy, y de Electra…
—Dios mío, Dios mío…
Me agarré con fuerza a la barandilla para no caerme. El móvil se me resbaló de la mano y aterrizó sobre la cubierta con un ruido sordo. Agaché la cabeza cuando sentí que mi cuerpo se quedaba sin sangre y que iba a desmayarme. Con la respiración entrecortada, me derrumbé sobre la cubierta y enterré la cabeza en las manos.
—No puede ser verdad, no puede ser verdad… —gemí.
—¿Qué te ocurre, cielo? —Todavía desnudo, Theo apareció a mi lado y me levantó el mentón—. ¿Qué ha pasado?
Solo fui capaz de señalarle el móvil.
—¿Malas noticias? —preguntó mientras lo recogía con la preocupación escrita en el rostro.
Asentí.
—Ally, parece que hayas visto un fantasma. Vamos a sentarnos a la sombra. Te traeré un vaso de agua.
Con mi móvil todavía en la mano, Theo me levantó del suelo, me ayudó a bajar y me sentó en un banco de cuero del interior. Recuerdo que en ese momento me pregunté si estaba destinada a que aquel hombre me viera siempre incapaz de valerme por mí misma.
Se puso un pantalón corto a toda prisa, me acercó una de sus camisetas y, con gran delicadeza, ayudó a mi cuerpo inerte a entrar en ella antes de ponerme delante un brandy generoso y un vaso de agua. Me temblaban tanto las manos que tuve que pedirle que llamara a mi buzón de voz para poder escuchar el resto de los mensajes. Me atraganté con el brandy, pero el líquido me calentó el estómago y me ayudó a calmarme.
—Toma.
Theo me tendió el teléfono y, aturdida, escuché nuevamente el mensaje de CeCe, seguido de todos los demás, entre ellos tres de Maia y uno de Marina, y luego la voz poco familiar de Georg Hoffman, a quien recordaba vagamente como el abogado de Pa. Y otras cinco llamadas en blanco en las que, al parecer, la persona no había sabido qué decir y había colgado.
La mirada de Theo seguía clavada en mí cuando dejé el móvil en el banco.
—Pa Salt ha muerto —susurré, y me quedé mirando al vacío durante un buen rato.
—¡Dios mío! ¿Cómo?
—No lo sé.
—¿Estás totalmente segura?
—¡Sí! CeCe ha sido la única que ha tenido el valor de decírmelo. Pero todavía no entiendo cómo ha podido ocurrir… vimos el barco de Pa ayer mismo.
—Me temo que no tengo una explicación para eso, cariño. Lo mejor que puedes hacer es llamar a tu casa enseguida.
Theo me acercó de nuevo el móvil.
—No… no puedo.
—Lo entiendo. ¿Quieres que llame yo? Si me das el número…
—¡No! —le grité—. No, solo necesito irme a casa. ¡Ya!
Me levanté mirando con impotencia a mi alrededor y después hacia el cielo, como si esperara que un helicóptero apareciera sobre nuestras cabezas para trasladarme al lugar donde tanto necesitaba estar en aquellos momentos.
—Espera, voy a entrar en internet y a hacer unas llamadas. Vuelvo enseguida.
Theo subió al puente de mando mientras yo permanecía sentada en el banco en estado catatónico.
¿Mi padre… Pa Salt… muerto? La idea se me antojaba tan absurda que solté una carcajada de indignación. Pa era indestructible, omnipotente. Pa estaba vivo…
—¡No, por favor!
Sentí un escalofrío y noté un hormigueo en las manos y los pies, como si estuviera en los Alpes nevados y no en un barco bajo el sol del Egeo.
—Bien —dijo Theo cuando regresó del puente de mando—. Ya no llegamos al vuelo de Naxos a Atenas de las dos cuarenta, así que tendremos que llegar a Atenas en barco. Hay un vuelo a Ginebra mañana a primera hora. Ya te he comprado el billete, porque quedaban muy pocas plazas.
—¿No puedo irme a casa hoy?
—Ally, es la una y media de la tarde y el trayecto en barco hasta Atenas es largo, y eso por no hablar del vuelo a Ginebra. Calculo que, forzando la máquina durante la mayor parte de la travesía y haciendo una parada en Naxos para repostar, llegaremos al puerto justo antes de que oscurezca. Ni siquiera a mí me haría gracia meter este barco de noche en un puerto tan concurrido como el del Pireo.
—Lo entiendo —murmuré mientras me preguntaba cómo iba a ser capaz de lidiar con todas las interminables horas que quedaban para emprender el viaje.
—Voy a encender el motor —anunció Theo—. ¿Quieres subir y sentarte a mi lado?
—Dentro de un rato.
Cinco minutos después, cuando escuché el traqueteo rítmico e hidráulico del ancla al levarse y el suave zumbido de los motores que se ponían en marcha, caminé hasta la popa y me acodé en la barandilla para ver cómo nos alejábamos de la isla que la noche previa me había parecido el nirvana y que a partir de aquel momento recordaría siempre como el lugar donde me había enterado de la muerte de mi padre. Conforme el yate ganaba velocidad, el sentimiento de culpa fue apoderándose de mí. Durante los días anteriores me había comportado como una completa egoísta. Había pensado solo en mí y en mi felicidad junto a Theo.
Y mientras yo yacía en los brazos de Theo, haciendo el amor, mi padre yacía en otro lugar, agonizante. ¿Cómo iba a perdonármelo algún día?
Theo cumplió su palabra y llegamos al puerto ateniense del Pireo al atardecer. Durante la angustiosa travesía, me había acurrucado en el puente, con la cabeza sobre su regazo, mientras él me acariciaba el pelo con una mano y pilotaba el barco sobre un mar picado con la otra. Después de atracar, Theo bajó a la cocina, preparó un plato de pasta y me la dio a cucharadas, como si fuera una niña.
—¿Vienes a la cama? —me preguntó, y me di cuenta de que estaba agotado por la concentración que le habían exigido las últimas horas—. Tenemos que levantarnos a las cuatro para que cojas el avión.
Acepté, pues sabía que de lo contrario insistiría en quedarse levantado conmigo. Mientras me preparaba para una larga noche de insomnio, dejé que me condujera hasta el camarote, donde me ayudó a meterme en la cama y me acunó entre sus brazos cálidos.
—Si te sirve de consuelo, Ally, te quiero. Ya no solo lo «creo», ahora lo sé.
Me quedé mirando la oscuridad y, a pesar de que aún no había derramado ni una sola lágrima, noté que se me humedecían los ojos.
—Y te prometo que no lo digo únicamente para hacer que te sientas mejor. Te lo habría dicho esta noche de todos modos —añadió.
—Yo también te quiero —susurré.
—¿En serio?
—Sí.
—Pues, si lo dices de verdad, soy más feliz que si hubiera ganado la Fastnet Race de este año. Ahora, intenta descansar.
Y sorprendentemente, arropada por Theo y su declaración de amor, me dormí.
Al día siguiente, mientras el taxi sorteaba el tráfico de Atenas, denso incluso al alba, advertí que Theo miraba disimuladamente el reloj. Por lo general era yo la que estaba al tanto de esas cosas, la que controlaba el tiempo incluso para los demás, pero en aquel momento agradecí que él se hiciera cargo.
Llegué cuarenta minutos antes de la salida del vuelo, justo cuando el mostrador de facturación estaba cerrando.
—¿Seguro que estarás bien, cariño? —Theo frunció el cejo—. ¿De verdad no quieres que te acompañe a Ginebra?
—Estaré bien, en serio —dije dirigiéndome hacia la zona de embarque.
—Por favor, si puedo hacer cualquier cosa por ti, dímelo.
Habíamos llegado al final de la cola anterior al control de seguridad. Me volví hacia Theo.
—Gracias por todo. Me has ayudado mucho.
—No tienes que agradecérmelo, Ally. Y otra cosa —me atrajo hacia sí con apremio—, no olvides que te quiero.
—No se me irá de la cabeza —susurré con una sonrisa débil.
—Y si en algún momento te vienes abajo, llámame o escríbeme.
—Te prometo que lo haré.
—Por cierto —dijo al separarse de mí—, si, dadas las circunstancias, no te ves con ánimos de participar en la regata, lo entenderé perfectamente.
—Te lo haré saber lo antes posible.
—Sin ti perderemos. —De pronto, sonrió—. Eres el mejor tripulante que tengo. Adiós, amor mío.
—Adiós.
Me incorporé a la cola y la impaciente masa humana me engulló de inmediato. Cuando estaba a punto de dejar la mochila en una bandeja para pasarla por el escáner, me di la vuelta.
Theo seguía allí.
—Te quiero —articuló sin emitir sonido y, después de lanzarme un beso, se marchó.
Mientras esperaba en la sala de embarque, la surrealista burbuja de amor en la que había vivido los últimos días estalló bruscamente y sentí una punzada de terror en el estómago al pensar en todo aquello a lo que tendría que enfrentarme. Saqué el móvil y llamé a Christian, el joven patrón de la lancha de la familia que debía trasladarme, a través del lago, desde Ginebra a mi hogar de la infancia. Le dejé un mensaje en el que le pedía que me recogiera a las diez en el embarcadero. También le decía que no informara a Ma y mis hermanas de mi llegada, que yo misma las telefonearía.
No obstante, cuando subí al avión y me dispuse a hacer la llamada, me di cuenta de que no podía. La terrible idea de pasar otras cuantas horas sola después de que un miembro de mi familia me hubiera confirmado la verdad por teléfono me lo impedía. El avión comenzó a avanzar por la pista de despegue y, cuando nos separamos del suelo en dirección al sol que salía sobre Atenas, apoyé una mejilla caliente contra el frío cristal de la ventanilla y sentí que el pánico se apoderaba de mí. Para distraerme, eché un vistazo distraído a la portada del International Herald Tribune que me había dado la azafata. Ya iba a doblarlo cuando un titular me llamó la atención: EL CUERPO DE UN MAGNATE MULTIMILLONARIO ARRASTRADO POR EL MAR HASTA UNA ISLA GRIEGA.
El periódico mostraba la fotografía de un rostro que me resultaba vagamente familiar, acompañada de una leyenda.
«Kreeg Eszu hallado muerto en una playa del Egeo.»
Conmocionada, seguí mirando el titular. Theo me había dicho que era precisamente el barco de Kreeg Eszu, el Olympus, el que había atracado cerca del yate de Pa Salt en la bahía de Delos…
Dejé que el periódico resbalara hasta el suelo y desvié la mirada hacia la ventanilla, presa del abatimiento. No entendía nada. Ya no entendía nada en absoluto…
Casi tres horas más tarde, cuando el avión emprendió su descenso hacia el aeropuerto de Ginebra, el corazón empezó a latirme tan deprisa que me costaba respirar. Estaba volviendo a casa, algo que por lo general me llenaba de alegría y emoción porque la persona a quien más quería en el mundo estaría allí para darme la bienvenida con los brazos abiertos a nuestro mágico mundo. Pero entonces sabía que aquella persona no estaría allí para recibirme. Y que nunca más volvería a estarlo.