La hermana tormenta
Ally. Junio de 2007 » 4
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Quiere llevarla usted, mademoiselle Ally?
Christian señaló el asiento frente al volante en el que solía sentarme para pilotar la lancha a toda velocidad por las tranquilas aguas del lago de Ginebra.
—Hoy no, Christian.
Asintió con expresión sombría, y su gesto me confirmó que todo lo que yo ya sabía era cierto. Puso en marcha el motor y me dejé caer en uno de los asientos de popa, con la cabeza gacha e incapaz de mirar hacia otro lugar que no fuera mi regazo mientras recordaba el día en que, siendo una niña, Pa Salt me sentó en sus rodillas y me dejó manejar el volante por primera vez. En aquel momento, a escasos minutos no solo de tener que enfrentarme a la realidad, sino también de tener que reconocer que no había escuchado los mensajes de mi familia ni respondido a ellos, me pregunté cómo sería capaz algún dios de arrastrarme desde la cima de la felicidad hasta la profunda desesperación que sentía conforme nos acercábamos a Atlantis.
Desde el lago, los inmaculados setos que protegían la casa de las miradas ajenas tenían el mismo aspecto de siempre. Seguro que era un error, me dije cuando Christian entró en el embarcadero y yo bajé para amarrar la lancha al bolardo. Pa aparecería de un momento a otro para recibirme, tenía que hacerlo…
Segundos después, vi a CeCe y a Star acercándose por el césped. Luego oí a Tiggy gritar algo desde la casa antes de salir disparada para dar alcance a sus dos hermanas mayores. Eché a correr por la hierba para reunirme con ellas, pero al ver la expresión de sus caras el miedo me bloqueó las rodillas y me detuve en seco.
«Ally —me dije—, tú eres la líder aquí, tienes que tranquilizarte…»
—¡Ally! ¡Qué alegría que ya estés aquí! —Tiggy fue la primera en llegar hasta mí mientras yo seguía clavada al suelo tratando de aparentar calma. Se abalanzó sobre mí y me estrechó con fuerza—. ¡Llevamos días esperando tu llegada!
CeCe fue la siguiente en darme alcance, seguida de Star, su sombra, que no dijo nada pero se sumó a mi abrazo con Tiggy.
Finalmente me aparté, reparando en los ojos llorosos de mis hermanas, y caminamos en silencio hacia Atlantis.
Al ver la casa, sentí de nuevo el aguijón de la pérdida. Pa Salt la llamaba nuestro reino privado. Construida en el siglo XVIII, era cierto que parecía un castillo de cuento de hadas, con sus cuatro torrecillas y su fachada rosa. Recogida en su península privada y rodeada de magníficos jardines, yo siempre me había sentido segura allí. Pero ya se me antojaba vacía sin Pa Salt.
Cuando llegamos a la terraza, Maia, mi hermana mayor, salió del Pabellón que se alzaba a un lado de la casa principal. Me di cuenta de que sus bellas facciones estaban contraídas por el dolor, pero en cuanto me vio se le iluminó el rostro.
—¡Ally! —exclamó mientras corría a mi encuentro.
—Maia —dije cuando me abrazó—, es espantoso.
—Sí, terrible. ¿Cómo te has enterado? Llevamos dos días intentando contactar contigo.
—¿Entramos en casa? —les pregunté—. Os lo explicaré dentro.
Mientras el resto de mis hermanas entraban arremolinadas en torno a mí, Maia se quedó ligeramente rezagada. Aunque ella era la mayor y la hermana a la que acudían de manera individual cuando tenían un problema, como grupo siempre era yo la que tomaba el mando. Y sabía que aquello era lo que Maia me estaba dejando hacer entonces.
Ma ya estaba esperándonos en el vestíbulo y me envolvió en un abrazo dulce y callado. Permití que mi cuerpo se sumergiera en el consuelo de sus brazos y la estreché con fuerza. Me alegré de que nos propusiera ir a la cocina, pues había sido un viaje largo y me moría por un café.
Mientras Claudia, nuestra ama de llaves, preparaba una cafetera grande, Electra, cuyas extremidades largas y oscuras hacían gala de una elegancia natural incluso con pantalón corto y camiseta, entró en la cocina.
—Ally —dijo con voz queda.
Cuando se acercó, me di cuenta de lo agotada que parecía; era como si alguien la hubiese pinchado con una aguja y les hubiese extraído el fuego a sus increíbles ojos de ámbar. Me dio un abrazo fugaz y me acarició el hombro.
Miré a mis hermanas una a una y pensé en las pocas veces que estábamos todas juntas últimamente. Y al recordar el motivo, se me formó un nudo en la garganta. Aunque en algún momento tendría que escuchar qué le había sucedido a Pa, sabía que primero debía contarles dónde había estado, qué había visto y por qué había tardado tanto en llegar a casa.
—Bien. —Respiré hondo—. Voy a contaros qué ha pasado porque, sinceramente, todavía estoy desconcertada. —Cuando nos sentamos a la mesa, advertí que Ma se hacía a un lado y le indiqué que tomara asiento—. Ma, tú también deberías escucharlo. Quizá puedas ayudar a explicarlo.
En cuanto Ma se hubo sentado, traté de ordenar mis pensamientos para tratar de relatar la aparición del Titán en mis prismáticos.
—Resulta que estaba en el mar Egeo entrenando para la regata de las Cícladas de la semana que viene, cuando un amigo también navegante me preguntó si quería pasar unos días con él en su yate. Hacía un tiempo fantástico y me apetecía mucho relajarme en el mar por una vez.
—¿De quién era el barco? —preguntó Electra, como sabía que haría.
—Ya os lo he dicho, de un amigo —respondí evasivamente. Por mucho que deseara hablarles de Theo a mis hermanas, estaba claro que aquel no era el momento—. El caso es que allí estábamos hace un par de tardes cuando mi amigo me dijo que un compañero de navegación lo había llamado por radio para decirle que había visto el Titán…
Trasladándome hasta aquel momento, bebí un sorbo de café y expliqué lo mejor que pude que nuestros mensajes de radio no habían recibido respuesta y el desconcierto que sentí cuando el barco de Pa Salt empezó a alejarse. Todas mis hermanas me escucharon absortas y vi que Ma y Maia intercambiaban una mirada de tristeza. Respiré hondo y les conté que, debido a la terrible cobertura de la zona, no había recibido sus mensajes hasta el día anterior. Me odié a mí misma por mentirles, pero no soportaba decirles que, simplemente, había apagado el móvil. Tampoco mencioné el Olympus, el otro yate que Theo y yo habíamos visto en la bahía.
—Y ahora, por favor —supliqué al fin—, ¿puede contarme alguien qué está pasando? ¿Y qué hacía el barco de Pa Salt en Grecia cuando él ya estaba… muerto?
Todas nos volvimos hacia Maia. Supe que estaba sopesando sus palabras antes de hablar.
—Ally, Pa Salt sufrió un ataque al corazón hace tres días. Nadie pudo hacer nada por él.
Escuchar de labios de mi hermana mayor cómo había muerto Pa lo hizo mucho más definitivo. Mientras luchaba por contener las lágrimas, Maia prosiguió.
—Su cuerpo fue trasladado en avioneta hasta el Titán y luego trasladado mar adentro. Pa Salt deseaba descansar para siempre en el mar. No quería hacernos pasar por ese mal trago.
La miré al tiempo que caía en la cuenta de algo espantoso.
—Dios mío —susurré—. Eso quiere decir que con toda probabilidad me topé con su funeral íntimo. Con razón el barco se alejó de mí a toda velocidad. No…
Incapaz de seguir fingiendo fortaleza y tranquilidad ni un segundo más, escondí la cabeza entre las manos y respiré hondo varias veces para controlar el pánico que me embargaba. Mis hermanas me rodearon de inmediato para intentar consolarme. Poco acostumbrada a mostrar mis emociones delante de ellas, oí que me disculpaba mientras trataba de recuperar la compostura.
—Debe de ser muy duro para ti comprender qué estaba pasando en realidad. Lo sentimos mucho, Ally —dijo Tiggy con dulzura.
—Gracias —acerté a decir, y farfullé que en una ocasión había oído a Pa decir que quería ser enterrado en el mar. Era una coincidencia increíble que me hubiese cruzado con el Titán en la última travesía de Pa Salt. Al darme cuenta de ello la cabeza empezó a darme vueltas y, de pronto, sentí que me faltaba el aire—. Chicas —dije lo más serenamente que pude—, ¿os importaría que pasara un rato a solas?
Mis hermanas coincidieron en que sería lo mejor, y salí de la cocina envuelta en sus palabras de apoyo.
Una vez en el vestíbulo, miré a mi alrededor con desesperación, tratando de arrastrar mi cuerpo hacia el consuelo que tanto necesitaba pero sabiendo que, fuera hacia donde fuese, no lo encontraría, porque Pa ya no estaba.
Crucé a trompicones la pesada puerta de roble, ansiosa por estar fuera y poder dar rienda suelta al sentimiento de pánico que me oprimía el pecho. Mi cuerpo me condujo automáticamente hasta el embarcadero y, al ver el Laser amarrado allí, respiré aliviada. Subí, icé las velas y solté los cabos.
Cuando me alejé de la orilla, sentí que había buen viento, de modo que desplegué la spinnaker y navegué por el lago lo más rápido que pude. Al final, sintiéndome exhausta, solté el ancla en una ensenada protegida por una península rocosa.
Esperé a que mis pensamientos fluyeran para intentar comprender lo que mis hermanas acababan de contarme. Sin embargo, estaban tan enmarañados que prácticamente no ocurrió nada y me limité a contemplar el lago como una tonta, con la mente en blanco y ansiando poder aferrarme a algo que me ayudara a entender. Los embrollados hilos de mi conciencia se negaban a penetrar en la devastadora realidad de lo que había sucedido: que había estado presente en lo que sin duda había sido el funeral de Pa Salt… ¿Por qué había estado allí para verlo? ¿Existía alguna razón para ello o se trataba de una mera coincidencia?
Poco a poco, cuando mi corazón comenzó a calmarse y mi cerebro a funcionar de nuevo, cobré conciencia de la dureza de la verdad. Pa Salt había muerto y probablemente no hubiera nada más que entender. Y si yo, la eterna optimista, quería superarlo, no me quedaba más remedio que aceptar los hechos tal como eran. No obstante, todos los recursos que solía emplear cuando algo terrible sucedía me parecían ahora tópicos inútiles y vacíos arrastrados por la marea de mi dolor y mi incredulidad. Comprendí que, por mucho que mi mente buscara, las acostumbradas vías de consuelo habían desaparecido y nada podría reconciliarme con el hecho de que mi padre me había abandonado sin despedirse.
Me quedé un buen rato sentada en la popa, consciente de que aquí, en la tierra, estaba transcurriendo otro día sin que Pa formara parte de él. Y de que, de alguna manera, debía aceptar la terrible culpa que sentía por haber dado prioridad a mi felicidad cuando mis hermanas —y Pa— me necesitaban desesperadamente. Les había fallado en el momento más importante de todos. Levanté la vista al cielo con las mejillas empapadas de lágrimas y le supliqué a Pa Salt que me perdonara.
Bebí agua y me recosté en la popa para dejarme acariciar por la cálida brisa. Como siempre, el suave vaivén del bote me calmó e incluso dormité un rato.
«El momento presente es lo único que tenemos, Ally. Nunca lo olvides.»
Me desperté recordando que esa había sido siempre una de las frases favoritas de Pa. Y aunque seguía sonrojándome al pensar en lo que probablemente estuviera haciendo con Theo en el instante en que Pa exhalaba su último suspiro —la cruda yuxtaposición de los procesos de la vida que comienza y la que termina—, me dije que a él o al universo les habría dado lo mismo que hubiese estado tomando una taza de té o profundamente dormida. Y sabía que mi padre, más que ninguna otra persona, se habría alegrado mucho de que hubiese encontrado a alguien como Theo.
Emprendí el regreso hacia Atlantis sintiéndome algo más sosegada. Sin embargo, había omitido un dato al describirles a mis hermanas el momento en que me había cruzado con el yate de Pa. Y sabía que debía compartirlo con alguien para intentar comprenderlo.
Como ocurre en todas las familias numerosas, dentro de la nuestra había varios clanes; Maia y yo éramos las mayores, y fue a ella a quien decidí confiarle lo que había visto.
Amarré el Laser al embarcadero y regresé a la casa sintiendo que, por lo menos, la opresión que me atenazaba el pecho era menos intensa que antes de zarpar. Una Marina jadeante me dio alcance en el jardín y la saludé con una sonrisa triste.
—¿Has salido con el Laser, Ally?
—Sí. Necesitaba despejar la cabeza.
—Entonces te has cruzado con tus hermanas. Se han ido a dar un paseo por el lago.
—¿Todas?
—Todas excepto Maia. Se ha encerrado en el Pabellón para trabajar un rato.
Nos miramos y, aunque resultaba evidente lo mucho que la muerte de Pa le estaba afectando también a ella, quise a Marina por poner siempre por delante nuestros problemas y angustias. No cabía duda de que estaba muy preocupada por Maia, quien, según mis sospechas, siempre había sido su favorita.
—Iba de camino a verla para hacernos compañía mutuamente —dije.
—En ese caso, dile que Georg Hoffman, el abogado de vuestro padre, no tardará en llegar, pero que primero quiere hablar conmigo, ignoro por qué. Así que la espero en la casa dentro de una hora, y también a ti, claro.
—De acuerdo.
Ma me apretó la mano con cariño y regresó a la casa.
Cuando llegué al Pabellón, llamé suavemente con los nudillos, pero nadie me abrió. Sabía que Maia nunca echaba la llave, de modo que entré y la llamé. Fui a la sala de estar y la encontré dormida hecha un ovillo en el sofá, con las perfectas facciones relajadas, la brillante cabellera castaña naturalmente dispuesta como si estuviera posando para una sesión de fotos. Cuando me acerqué, se incorporó sobresaltada y un tanto avergonzada.
—Lo siento, Maia. ¿Estabas dormida?
—Eso creo —dijo sonrojándose.
—Ma dice que el resto de las chicas están dando un paseo por el lago, así que he decidido venir a charlar contigo. ¿Te importa?
—En absoluto.
Era obvio que la había despertado de un sueño muy profundo, por lo que me ofrecí a preparar un té a fin de darle unos minutos para espabilarse. Cuando nos sentamos con sendas tazas humeantes, me di cuenta de que me temblaban las manos y necesitaba algo más fuerte que un té para contarle mi historia.
—Hay algo de vino blanco en la nevera —dijo Maia con una sonrisa comprensiva, y fue a la cocina a buscarme una copa.
Después de darle un sorbo, me armé de valor y le conté que dos días antes había visto el barco de Kreeg Eszu cerca del de Pa. Para mi asombro, mi hermana empalideció y, aunque a mí me había sorprendido que el Olympus estuviese allí, sobre todo desde que me había enterado de lo que estaba sucediendo en el Titán en aquel instante, Maia parecía mucho más afectada de lo que me esperaba. Observé sus esfuerzos por recuperar la calma y luego, mientras charlábamos, por restarle importancia al asunto e intentar tranquilizarme.
—Ally, por favor, olvídate del otro barco. Carece de relevancia. Pero el hecho de que estuvieras allí para ver dónde Pa quiso que lo enterraran me reconforta. Quizá este verano, tal como propuso Tiggy, podamos hacer un crucero todas juntas y lanzar una corona de flores al mar.
—Lo peor de todo es que me siento culpable —solté de repente, incapaz de seguir ocultándolo.
—¿Por qué?
—Porque… los días que pasé en el barco fueron maravillosos. Era muy feliz, más de lo que lo he sido nunca. Y la verdad es que no quería que nadie me localizara, así que desconecté el móvil. ¡Y mientras yo tenía el móvil apagado, Pa estaba muriéndose! ¡No estuve a su lado cuando más me necesitaba!
—Ally, Ally… —Maia se sentó a mi lado y me apartó el pelo de la cara con una caricia antes de empezar a mecerme con suavidad—. Ninguna de nosotras estuvo con él. Y francamente, creo que ese era el deseo de Pa. Recuerda que incluso yo, que vivo aquí, estaba de viaje cuando sucedió. Además, según dice Ma, tampoco habríamos podido hacer nada. Y así debemos creerlo.
—Sí, ya lo sé. Pero tengo la sensación de que quería preguntarle y contarle muchas cosas, y ahora ya no está.
—Creo que todas nos sentimos igual. Pero al menos nos tenemos las unas a las otras.
—Es cierto. Gracias, Maia. ¿No es increíble el vuelco que puede dar una vida en cuestión de horas?
—Sí, lo es. Por cierto, en algún momento —añadió con una sonrisa— me gustaría conocer el motivo de tu felicidad.
Pensé en Theo y disfruté del consuelo que su recuerdo me proporcionaba.
—Y yo te prometo que en algún momento te lo contaré, pero ahora no. ¿Y tú cómo estás, Maia? —le pregunté para cambiar de tema.
—Bien. —Se encogió de hombros—. Todavía conmocionada, como todas.
—Claro, y además no ha debido de resultarte fácil decírselo a nuestras hermanas. Siento mucho no haber estado aquí para ayudarte.
—Por lo menos ahora que ya estás aquí podremos reunirnos con Georg Hoffman y pasar a otra cosa.
—Ah —dije mirando el reloj—, me olvidaba de decirte que Ma nos ha pedido que estemos en la casa dentro de una hora. El abogado llegará de un momento a otro, pero al parecer primero quiere tener una conversación con ella. Así que —suspiré—, ¿me sirves otra copa de vino mientras esperamos?