La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Junio de 2007 » 5

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A las siete en punto, Maia y yo nos dirigimos a la casa principal para reunirnos con Georg Hoffman. Nuestras hermanas llevaban un rato esperando en la terraza, disfrutando del sol del atardecer pero tensas a causa de la impaciencia. Electra, como siempre, estaba ocultando su nerviosismo haciendo comentarios sarcásticos sobre el talento de Pa Salt para el drama y el misterio, cuando finalmente Marina llegó con Georg, un hombre alto y de pelo cano vestido con un traje de color gris oscuro impecable: la quintaesencia de un abogado suizo de éxito.

—Disculpad la espera, chicas, pero tenía que organizar algunas cosas —dijo—. Os acompaño en el sentimiento. —Una por una, fue estrechándonos las manos—. ¿Puedo sentarme?

Maia señaló la silla que tenía al lado y, cuando Georg tomó asiento, percibí su tensión mientras hacía girar alrededor de su muñeca un reloj de pulsera caro pero discreto. Marina se excusó y entró en la casa para dejarnos a solas con él.

—Bien, chicas, lamento mucho que nuestro primer encuentro se produzca en circunstancias tan trágicas —comenzó Georg—. Aun así, tengo la sensación de que, a través de vuestro padre, he llegado a conoceros muy bien a todas. Lo primero que debo deciros es que os quería mucho. —Me percaté de que una emoción sincera embargaba su semblante—. No solo eso, sino que estaba sumamente orgulloso de las personas en las que os habéis convertido. Hablé con él justo antes de… de que nos dejara y me pidió que os lo dijera.

Nos dedicó una mirada amable a cada una antes de centrar su atención en la carpeta que tenía delante.

—Lo primero que debo hacer es abordar el tema económico y aseguraros que estaréis cubiertas, hasta cierto punto, durante el resto de vuestras vidas. Sin embargo, vuestro padre insistía en que no quería que vivierais como princesas ociosas, de modo que todas recibiréis unos ingresos que os permitirán manteneros a flote, pero sin lujos. Vuestro padre me dejó muy claro que esa parte debéis ganárosla, como hizo él. No obstante, ha dejado su patrimonio en fideicomiso y me ha concedido el honor de administrarlo en su nombre. Me corresponderá a mí la decisión de proporcionaros una ayuda económica extraordinaria si acudís a mí con una propuesta o un problema.

Todas permanecimos calladas, escuchando con atención.

—Esta casa también forma parte del fideicomiso, y Claudia y Marina han accedido encantadas a quedarse para cuidar de ella. El día en que fallezca la última hermana, el fideicomiso se disolverá, Atlantis podrá venderse y las ganancias se repartirán entre los hijos que hayáis tenido. En el caso de que no haya hijos, el dinero se destinará a una organización benéfica elegida por vuestro padre. Personalmente —continuó Georg, abandonando al fin los formalismos legales—, creo que vuestro padre ha hecho algo muy inteligente: cerciorarse de que la casa siga aquí mientras viváis para que siempre podáis contar con un lugar seguro al que regresar. Aunque, por supuesto, el principal deseo de vuestro padre es que todas voléis y forjéis vuestro propio destino.

Mis hermanas y yo intercambiamos miradas, pues nos preguntábamos qué cambios provocaría aquello en nuestras vidas. En mi caso, supuse que al menos mi futuro financiero no se vería afectado. Siempre había sido independiente y había trabajado duro para conseguir lo que tenía. En cuanto a mi destino… pensé en Theo y en lo que esperaba que siguiéramos compartiendo.

—Y ahora —continuó Georg, arrancándome de mi ensimismamiento—, vuestro padre os ha dejado otra cosa. He de pediros a todas que me acompañéis. Por aquí, por favor.

Seguimos a Georg sin tener ni idea de adónde nos llevaba. Rodeamos la casa y cruzamos el césped hasta el jardín privado de Pa Salt, oculto tras una hilera de tejos podados a la perfección. Nos recibió una explosión de colores procedentes de la lavanda, el levístico y la caléndula que siempre atraían a las mariposas en verano. El banco favorito de Pa descansaba bajo un emparrado de rosas blancas que aquella tarde se columpiaban perezosamente sobre el lugar donde nuestro padre debería estar sentado. Cuando éramos niñas, le encantaba vernos jugar en la playita de guijarros que se extendía entre el jardín y el lago, yo tratando de manejar torpemente los remos de la pequeña canoa verde que me había regalado por mi sexto cumpleaños.

—Esto es lo que deseaba mostraros —dijo Georg, quien me sacó una vez más de mis ensoñaciones al señalar hacia el centro de la terraza.

Una escultura sorprendente había aparecido en aquel punto, dispuesta sobre un pedestal de piedra que me llegaba a la altura de la cadera. Mis hermanas y yo la rodeamos para examinarla. Una bola dorada atravesada por una delgada flecha metálica descansaba entre una miríada de anillos de metal que la envolvían siguiendo un intrincado patrón. Cuando reparé en el delicado contorno de los continentes y los océanos grabado en la superficie de la bola, comprendí que se trataba de un globo terráqueo y que la punta de la flecha apuntaba directamente hacia la Estrella Polar. Una anilla algo más grande, con el dibujo de los doce signos del zodíaco, cubría la línea del ecuador. Parecía un instrumento de navegación antiguo, pero ¿qué mensaje pretendía Pa transmitirnos con él?

—Es una esfera armilar —anunció Georg, y procedió a explicarnos que aquellos instrumentos existían desde hacía miles de años y que en su época los antiguos griegos las utilizaban para determinar la posición de las estrellas y la hora del día.

Tras comprender su utilidad, estudié la brillantez de aquel antiquísimo diseño. Todas expresamos nuestra admiración, pero Electra preguntó con impaciencia:

—Muy bien, pero ¿qué tiene que ver con nosotras?

—No me corresponde explicároslo —se disculpó Georg—. Aunque si os fijáis bien, veréis que en los anillos que acabo de señalaros aparecen vuestros nombres.

Y ahí estaban, grabados en el metal con una letra clara y elegante.

—Aquí está el tuyo, Maia. —Se lo señalé—. Y al lado hay unos números que parecen un conjunto de coordenadas —dije antes de estudiar los míos—. Sí, está claro que son coordenadas.

Junto a las coordenadas había otras inscripciones. Fue Maia quien se percató de que estaban escritas en griego y se ofreció a traducirlas más tarde.

—Vale, es una escultura muy bonita y está en la terraza. —A CeCe se le estaba agotando la paciencia—. Pero ¿qué significa exactamente?

—Una vez más, no me corresponde a mí decíroslo —contestó Georg—. Y ahora, siguiendo las instrucciones de vuestro padre, Marina está sirviendo champán en la terraza principal. Él quería que todas brindarais por su partida. Después os daré a cada una un sobre de su parte, y espero que su contenido explique mucho más de lo que yo puedo contaros.

Cavilando sobre las distintas ubicaciones que tal vez indicaran las coordenadas, regresé a la terraza con mis hermanas. Todas estábamos muy calladas, tratando de encontrarle sentido al legado que nos había dejado nuestro padre. Mientras Ma nos servía una copa de champán a cada una, me pregunté hasta qué punto estaba ella al corriente de las actividades de aquella tarde, pero su semblante permanecía impasible.

Georg alzó su copa para proponer un brindis.

—Por favor, uníos a mí para celebrar la extraordinaria vida de vuestro padre. Solo puedo deciros que este era el funeral que él deseaba: todas sus hijas reunidas en Atlantis, el hogar que tuvo el honor de compartir con vosotras todos estos años.

—Por Pa Salt —dijimos levantando nuestras copas.

Mientras bebíamos en silencio, medité sobre lo que habíamos visto y comprendí que necesitaba respuestas desesperadamente.

—¿Cuándo nos dará las cartas? —pregunté.

—Iré a buscarlas ahora mismo.

Georg se levantó y abandonó la mesa.

—Este es sin duda el velatorio más extraño que he visto en mi vida —aseguró CeCe.

—¿Puedo tomar un poco más de champán? —le pregunté a Ma mientras las preguntas volaban por la mesa y Tiggy empezaba a llorar quedamente.

—Ojalá Pa Salt estuviera aquí para poder explicárnoslo en persona —susurró.

—Pero no está, cariño —dije en un tono ligero, pues sentía que la atmósfera se iba tiñendo de pesimismo y abatimiento—. Y en cierto modo pienso que es lo mejor. Pa Salt ha hecho que una experiencia tan espantosa sea más llevadera. Y ahora debemos darnos fuerza unas a otras.

Mis hermanas asintieron con tristeza, incluida Electra, y le apreté la mano a Tiggy con fuerza cuando Georg regresó y dejó seis gruesos sobres de vitela encima de la mesa. Los miré y vi los nombres de todas nosotras escritos sobre el papel con la inconfundible caligrafía de Pa.

—Estas cartas me fueron confiadas hace aproximadamente seis semanas —explicó Georg—. Tenía instrucciones de entregároslas en el caso de que vuestro padre falleciera.

—¿Y? ¿Debemos abrirlas ahora o cuando estemos solas? —le pregunté.

—Vuestro padre no dejó instrucciones a ese respecto —respondió Georg—. Únicamente dijo que cada una debía abrirla cuando estuviera preparada y se sintiera cómoda haciéndolo.

Al mirar a mis hermanas, me di cuenta de que probablemente todas estuviéramos pensando que preferíamos leer nuestra carta en privado.

—Bien, mi trabajo aquí ha terminado. —Georg nos saludó con una leve inclinación de la cabeza y nos entregó una tarjeta suya a cada una diciendo que estaba a nuestra disposición—. No dudéis en llamarme si necesitáis mi ayuda. Y sabed que podéis recurrir a mí a cualquier hora del día y de la noche. Aunque, conociendo a vuestro padre, estoy seguro de que ya se habrá anticipado a lo que cada una de vosotras podría necesitar. En fin, ha llegado el momento de dejaros. Una vez más, chicas, os acompaño en el sentimiento.

Me hacía cargo de lo difícil que debía de haberle resultado transmitirnos el misterioso legado de Pa y me alegré de que Maia le diera las gracias en nombre de todas.

—Adiós. Ya sabéis dónde encontrarme si me necesitáis.

Con una sonrisa triste y diciendo que no hacía falta que lo acompañáramos porque ya conocía la salida, se marchó.

También Ma se levantó de la mesa.

—Creo que no nos iría mal comer algo. Le diré a Claudia que sirva la cena aquí —dijo antes de entrar en la casa.

No se me había pasado por la cabeza comer algo en todo el día. Las cartas y la esfera armilar seguían acaparando mis pensamientos.

—Maia, ¿crees que podrías volver a la esfera armilar y traducir las citas? —pregunté.

—Claro —dijo justo cuando Marina y Claudia regresaban con los platos y los cubiertos—. Lo haré después de cenar.

Electra miró los platos y se puso en pie.

—Espero que no os importe, chicas, pero no tengo hambre.

Cuando se hubo marchado, CeCe se volvió hacia Star.

—¿Tienes hambre?

Star aferraba su sobre con fuerza en una mano.

—Creo que deberíamos comer algo —murmuró.

Era lo más sensato, y cuando la ensalada y la pizza casera llegaron a la mesa, las cinco nos obligamos a comer. Luego, una a una, todas mis hermanas fueron marchándose en silencio para estar a solas, hasta que solo quedamos Maia y yo.

—¿Te importa que me vaya también a la cama, Maia? Estoy hecha polvo.

—En absoluto. Fuiste la última en enterarte y todavía estás asimilando el golpe.

—Creo que sí. —Me levanté y le di un beso suave en la mejilla—. Buenas noches, cariño.

—Buenas noches.

Me sentí culpable por dejarla allí completamente sola, pero, como el resto de mis hermanas, necesitaba un poco de soledad. Y me moría de impaciencia por abrir la carta. Tras preguntarme adónde podría ir para encontrar paz y soledad, decidí que mi dormitorio de la infancia sería el lugar idóneo, de modo que subí los dos pisos de escaleras que me separaban de él.

Todas nuestras habitaciones estaban en la última planta, y de pequeñas Maia y yo a veces jugábamos a que éramos princesas en una torre. Mi cuarto tenía mucha luz y una decoración sencilla, con sus paredes de color magnolia y unas cortinas de cuadros blancos y azules. Tiggy había comentado en una ocasión que se parecía mucho al camarote de un barco antiguo. El espejo redondo estaba enmarcado con un salvavidas que tenía las palabras «SS Ally» dibujadas en la superficie con una plantilla, un regalo de Navidad de Star y CeCe de hacía años.

Después de sentarme en la cama y examinar mi sobre, me pregunté si mis hermanas estarían ya abriendo el suyo o si lo que pudiera contener las inquietaría. El mío tenía un pequeño bulto que se movió cuando lo agité al levantarlo. De todas las hermanas, yo siempre había sido la más impaciente a la hora de abrir los regalos de Navidad y de cumpleaños, y lo mismo sentía en aquel momento, con el sobre entre las manos. Lo desgarré y, al sacar la gruesa hoja de papel, di un respingo cuando un objeto pequeño y pesado cayó sobre el edredón. Sorprendida, vi que era una rana de color marrón.

Después de observarla detenidamente y de reírme de mí misma por haber pensado que podía tratarse de un bicho de verdad, me la puse en la palma de la mano. Tenía el lomo salpicado de motas amarillas y unos ojos tiernos y expresivos. Acaricié su superficie con los dedos, totalmente perpleja por el hecho de que Pa Salt la hubiera incluido en mi carta. Que yo recordara, ni él ni yo habíamos tenido nunca un interés especial en las ranas. Tal vez se tratara de una de las bromas de Pa Salt y la carta lo explicara.

Recogí la hoja, la desplegué y empecé a leer.

Atlantis

Lago de Ginebra

Suiza

Mi queridísima Ally:

Mientras escribo esta carta, te imagino a ti, mi bella y dinámica segunda hija, leyendo a toda prisa las palabras, ansiosa por llegar al final. Y teniendo que volver a leerlas después más despacio.

A estas alturas, sabrás que ya no estoy con vosotras, y no dudo de que habrá sido un duro golpe para todas. También sé que, como la más optimista de entre tus hermanas, aquella cuyo pensamiento positivo y entusiasmo por la vida han iluminado la mía, llorarás mi muerte, pero luego, como has hecho siempre, te repondrás y seguirás adelante. Como debe ser.

Quizá tú seas la que más se parece a mí de todas mis hijas. Solo puedo decirte que siempre he estado muy orgulloso de ti y que confío en que sigas viviendo tu vida como lo has hecho hasta ahora, aunque yo ya no esté para velar por ti. El miedo es el enemigo más poderoso al que se enfrenta el ser humano, y tu valentía es el don más grande que Dios te ha otorgado. No la pierdas, mi queridísima Ally, ni siquiera ahora que estás triste.

La razón por la que te escribo, aparte de para despedirme oficialmente, es que hace un tiempo decidí que era justo dejaros a todas una pista sobre vuestros orígenes. Esto no quiere decir que pretenda que lo dejes todo de inmediato para ir tras ella, pero nunca se sabe lo que puede suceder en el futuro. O cuándo podrías necesitar o desear indagar.

Para cuando leas esto, ya habrás visto la esfera armilar y las coordenadas grabadas en ella. Estas señalan una ubicación que te ayudará a emprender tu viaje. Además, en la estantería de mi estudio hay un libro escrito por Jens Halvorsen, un hombre fallecido hace largo tiempo. Te contará muchas cosas, y quizá te ayude a decidir si quieres seguir explorando tus orígenes. De ser así, posees el ingenio necesario para averiguar cómo hacerlo.

Querida hija, naciste con muchos dones… casi demasiados, me he dicho a veces. Y tener demasiado de algo puede ser tan difícil como tener demasiado poco. También me temo que, debido a lo feliz que me hacía que compartieras mi pasión por el mar, es muy posible que te haya desviado de tu rumbo cuando existía para ti otro camino igual de accesible. Tenías un gran talento para la música y me encantaba oírte tocar la flauta. Si ha sido así, te pido perdón, pero quiero que sepas que algunos de los días que pasamos juntos en el lago siguen contándose entre los más felices de mi vida. Así que, desde lo más hondo de mi corazón, gracias.

Este sobre contiene uno de mis objetos más preciados. Aunque decidas no descubrir tu pasado, guárdalo como un tesoro. Quizá algún día se lo regales a tus hijos.

Queridísima Ally, estoy seguro de que a pesar del impacto que te ha supuesto leer esta carta, tu tenacidad y tu optimismo te permitirán ser lo que desees y estar con quien desees. No desperdicies ni un solo segundo de tu vida, ¿de acuerdo?

Velaré por ti.

Tu padre, que te quiere,

PA SALT X

Tal como Pa había vaticinado, tuve que leer la carta una segunda vez por lo deprisa que la había devorado en la primera ocasión. Y sabía que la leería cien veces más en los días y años venideros.

Me recosté en la cama con la ranita en la mano, ignorando aún qué significado podía tener para mí y meditando sobre lo que Pa había escrito en su carta. Decidí, entonces, que quería hablarle a Theo de ella, pues creía que podría ayudarme a entenderla. Instintivamente, busqué el móvil en el bolso para ver si me había escrito, pero en ese momento recordé que lo había dejado cargando en la cocina cuando llegué a Atlantis aquella mañana.

Recorrí el pasillo en silencio para no despertar a mis hermanas. Vi que la puerta de Electra estaba entornada y asomé la cabeza sin hacer ruido por si dormía. Mi hermana estaba sentada en el borde de la cama, de espaldas a mí, bebiendo de una botella. Al principio pensé que debía de ser agua, pero cuando le dio otro sorbo me percaté de que era vodka. Observé que la cerraba con el tapón y la guardaba debajo de la cama.

Me alejé de la puerta antes de que pudiera verme y bajé las escaleras de puntillas, preocupada por lo que acababa de presenciar. De todas nosotras, Electra era, de lejos, la más obsesionada con su salud, así que me sorprendía que estuviera bebiendo alcohol a aquellas horas de la noche. Pero tal vez las reglas habituales no fueran aplicables a ninguna de nosotras en aquellos momentos tristes y difíciles.

Dejándome guiar por un impulso, me detuve en el rellano de la primera planta y me dirigí hacia las habitaciones de Pa, desesperada por sentirlo cerca.

Abrí tímidamente la puerta y los ojos se me llenaron de lágrimas al ver la cama individual donde mi padre había exhalado su último aliento. La habitación era muy distinta del resto de la casa: funcional y austera, con un suelo de tablones pulidos y desnudos, una cama alta de madera y una maltrecha mesilla de noche de caoba. Sobre ella descansaba el despertador de Pa. Me acordé de que de niña había entrado una vez en aquella habitación y me había quedado mirándolo con fascinación. Pa me dejó subir y bajar el interruptor varias veces para disparar y detener la alarma. Cada vez que sonaba, me entraba la risa.

—Tengo que darle cuerda todos los días para que no se pare —me había explicado mientras giraba la palomilla.

Ahora, el despertador estaba parado.

Crucé la estancia y me senté en la cama. Las sábanas estaban perfectamente planchadas y almidonadas, pero aun así pasé los dedos por el algodón blanco de la almohada sobre la que había reposado por última vez la cabeza de Pa.

Me pregunté dónde estaría su viejo reloj Omega Seamaster y qué habría sido de sus demás, como decían en las funerarias, «efectos personales». Todavía podía imaginarme el reloj en su muñeca, con su sencilla esfera de oro y la correa de piel rozada a la altura del cuarto agujero. Una vez le regalé una correa de repuesto por Navidad y Pa me prometió que la utilizaría cuando la vieja se rompiera, pero aquello nunca llegó a ocurrir.

Mis hermanas y yo solíamos comentar que Pa habría podido comprarse cualquier reloj que quisiera o vestirse con ropa de diseño, y sin embargo todas teníamos la sensación de recordarlo siempre llevando la misma ropa, por lo menos cuando no estaba navegando: una vieja americana de tweed acompañada de una camisa blanca inmaculada y perfectamente planchada, unos discretos gemelos de oro con sus iniciales en los puños y un pantalón oscuro con la raya marcada con precisión militar. Calzaba invariablemente zapatos marrones punteados y con cordones. De hecho, pensé mientras paseaba la mirada por el armario y la cómoda de caoba —los únicos muebles de la habitación, aparte de la cama y la mesilla de noche—, las necesidades personales de Pa siempre habían rayado en lo frugal.

Contemplé la fotografía enmarcada que descansaba sobre la cómoda; en ella aparecíamos Pa y todas nosotras a bordo del Titán. Aunque la foto se había tomado cuando él contaba ya más de setenta años, no cabía duda de que poseía el físico de un hombre mucho más joven. Alto y muy bronceado, sus atractivas y curtidas facciones se abrían en una amplia sonrisa mientras posaba apoyado contra la barandilla del yate rodeado de sus hijas. Desvié entonces la mirada hacia el único cuadro que había en la pared, justo en frente de la cama estrecha.

Me acerqué para examinarlo. Era un boceto al carboncillo de una joven muy bonita. Debía de tener unos veinticinco años, y cuando la observé más detenidamente, me di cuenta de que había tristeza en su semblante. Poseía unos rasgos sorprendentes, pero casi demasiado grandes para su estrecho rostro con forma de corazón. Los ojos, enormes, estaban proporcionados con los gruesos labios, y se le formaba un hoyuelo a cada lado de la boca. Tenía una cabellera rizada y espesa que le llegaba por debajo de los hombros. En el ángulo inferior del cuadro había una firma, pero no fui capaz de distinguir las letras.

—¿Quién eres? —le pregunté—. ¿Y quién era mi padre…?

Con un suspiro, regresé a la cama de Pa y me acurruqué en ella mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas y empapaban la almohada que todavía conservaba su limpio olor a limón.

—Yo estoy aquí, querido Pa —murmuré—, pero ¿dónde estás tú?

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