La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Junio de 2007 » 6

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Desperté al día siguiente en la cama de Pa, aturdida pero descansada. Ni siquiera recordaba haberme quedado dormida, y no tenía ni idea de qué hora era. Me levanté y miré por la ventana. Me dije que las vistas compensaban de sobra la ausencia de lujos de la habitación de Pa Salt. Hacía un día espléndido y el sol se reflejaba sobre la superficie lisa del lago, que parecía extenderse a izquierda y derecha hasta un infinito brumoso. Al otro lado de la masa de agua, se veía la exuberante vegetación de la colina que se alzaba abruptamente desde la orilla. Y durante unos segundos, Atlantis volvió a parecerme mágica.

Subí a mi cuarto, me duché y salí del baño pensando en lo preocupado que debía de estar Theo, pues aún no le había llamado para decirle que había llegado. Me vestí aprisa, agarré el portátil y bajé corriendo a la cocina a buscar el móvil que había pretendido recoger la noche anterior. Tenía varios mensajes de Theo, y me emocioné al leerlos.

«Solo quería saber cómo estás. Te envío todo mi amor.»

«Buenas noches, mi queridísima Ally. Te llevo en el pensamiento.»

«No quiero molestarte. Llámame o escríbeme cuando puedas. Te echo de menos. Besos.»

Los mensajes eran dulces y generosos… ni siquiera me pedían una respuesta inmediata. Con una sonrisa, le contesté mientras recordaba lo que Pa me decía en la carta: que podía ser lo que quisiera y estar con quien quisiera.

Y en aquellos momentos, quería estar con Theo.

Claudia estaba junto a la encimera de la cocina amasando algo en un cuenco. Me ofreció un café caliente a modo de saludo y acepté agradecida.

—¿Soy la primera en bajar? —le pregunté.

—No. Star y CeCe ya se han ido con la lancha a Ginebra.

—¿En serio? —Bebí un sorbo del líquido fuerte y oscuro—. ¿Y las demás no se han levantado aún?

—Si lo han hecho, no las he visto —respondió Claudia con tranquilidad, sin dejar de amasar con sus manos fuertes y hábiles.

Cogí un cruasán del espléndido desayuno dispuesto sobre la larga mesa y mordí el mantecoso hojaldre.

—¿No es maravilloso que podamos conservar Atlantis? Creía que a lo mejor teníamos que vender la casa.

—Sí lo es, para todas. ¿Le apetece algo más? —me preguntó Claudia al tiempo que volcaba el contenido del cuenco en una bandeja y la dejaba junto al horno.

—No, gracias.

Asintió con la cabeza, se quitó el delantal y salió de la cocina.

A lo largo de nuestra infancia, Claudia había sido una referencia de Atlantis tanto como Ma o Pa. Su acento germano le daba un aire severo, pero todas sabíamos que debajo se escondía un corazón bondadoso. Reparé en lo poco que sabíamos de ella. Nunca, ni de niñas ni de adultas, se nos había ocurrido preguntarnos el dónde, el cómo o el porqué. Claudia, como todo en el mágico universo en el que habíamos crecido, simplemente era.

Pensé entonces en las coordenadas de la esfera armilar y me pregunté cómo afectarían los secretos que contenían a lo que sabíamos —o no sabíamos— acerca de nosotras mismas. La idea me asustaba, pero no dudaba de que Pa Salt nos las había dejado por una razón y debía confiar en su decisión. Ahora nos correspondía a nosotras, de manera individual, elegir si queríamos indagar en ellas o no.

Cogí un bolígrafo y una libreta del aparador y salí de la cocina por la puerta de atrás, parpadeando bajo la fuerte luz de la mañana. La caricia del aire fresco sobre la piel me espabiló. El sol todavía no había caldeado el césped que, frío y húmedo, me rozaba el reborde de los pies. En los jardines reinaba un silencio interrumpido únicamente por el esporádico trino de algún pájaro en el aire y el leve chapoteo del agua contra la orilla del lago.

Desanduve mis pasos de la noche previa rodeando la casa en dirección al jardín privado de Pa mientras admiraba las muchas variedades de rosas que, recién abiertas, impregnaban el aire de la mañana con su denso aroma.

En el centro de la esfera armilar, la bola dorada brillaba bajo un sol que ya empezaba a proyectar sombras nítidas sobre los anillos. Con la manga, retiré el rocío del anillo que llevaba mi nombre y pasé el dedo con suavidad por la inscripción escrita en griego. Me pregunté qué diría y cuánto tiempo habría pasado Pa planeando todo aquello.

Puse manos a la obra y anoté cuidadosamente mis coordenadas y las de todas mis hermanas procurando no adivinar —especialmente las mías— qué lugar señalaban. Y entonces algo me llamó la atención. Conté los anillos de nuevo hasta que mis dedos tocaron el séptimo. Tenía grabada una sola palabra: «Mérope».

—Nuestra séptima hermana ausente —susurré, y me pregunté por qué diantre se le habría ocurrido a Pa añadir su nombre a la esfera armilar cuando él ya no podría llevarla a casa.

«Tantos misterios —pensé emprendiendo el regreso a la casa—. Y nadie que responda mis preguntas.»

De vuelta en la cocina y con las coordenadas delante, encendí el portátil. Mientras me comía un segundo cruasán, aguardé con frustración a que se conectara a una señal de internet que por lo visto se había ido de vacaciones y había dejado en su puesto a un sustituto novato. Cuando al fin se dignó funcionar, investigué sitios web que emplearan coordenadas para marcar ubicaciones y me decanté por Google Earth. Me planteé con cuál de mis hermanas debería empezar y decidí que lo haría por orden de edad, aunque me dejaría a mí para el final. Introduje las coordenadas de Maia preguntándome si el sistema las reconocería y observé el pequeño globo terráqueo aproximarse y señalar un lugar concreto.

—Uau —murmuré fascinada—, funcionan.

Fue una hora desesperante, pues la señal iba y venía a su antojo, pero para cuando Claudia regresó a la cocina para empezar a preparar el almuerzo ya había conseguido anotar la información esencial de todos los grupos de coordenadas excepto el mío.

Las introduje y contuve la respiración durante unos segundos interminables mientras el ordenador hacía su magia.

—¡Ostras! —exclamé al leer los detalles.

—¿Qué ocurre? —preguntó Claudia.

—Nada —me apresuré a responder, y anoté la ubicación en la libreta.

—¿Le apetece comer, Ally?

—Sí, gracias —contesté distraídamente mientras le daba vueltas en la cabeza al hecho de que el lugar que la búsqueda había señalado era, al parecer, un museo de arte.

No tenía sentido, aunque lo cierto era que tampoco estaba segura de que las coordenadas de mis hermanas lo tuvieran.

Levanté la mirada cuando Tiggy entró en la cocina y sonrió.

—¿Solo comemos tú y yo?

—Eso parece, sí.

—Pues será un almuerzo estupendo, ¿verdad? —dijo al tiempo que se acercaba a la mesa como si flotara.

Pese a sus extrañas ideas espirituales, cuando se sentó frente a mí envidié su paz interior. Como ella solía decir, su serenidad era fruto de la firme creencia en que la vida era mucho más de lo que semejaba a simple vista. Parecía llevar el aire fresco de las Highlands de Escocia en su tez clara y su abundante pelo castaño, y su calma se reflejaba en sus amables ojos marrones.

—¿Cómo estás, Ally?

—Bien, ¿y tú?

—Regular. Puedo sentirlo a mi alrededor, ¿sabes? Como si —con un suspiro, se pasó la mano por la cabellera rizada— no se hubiese ido.

—Por muy triste que sea, Pa ya no está con nosotras, Tiggy.

—Ya, pero que no puedas ver a alguien no significa que no exista.

—En mi opinión, sí —repliqué bruscamente, pues no estaba de humor para los comentarios esotéricos de Tiggy.

La única forma que conocía de enfrentarme a la pérdida de Pa era aceptarla lo antes posible.

Claudia interrumpió nuestra conversación colocándonos delante una ensalada César.

—Hay suficiente para todas, pero si no viene nadie más, ya se la tomarán las demás para cenar.

—Gracias. Por cierto —le dije a Tiggy mientras me servía—, he anotado todas las coordenadas y he averiguado cómo buscarlas con Google Earth. ¿Quieres que te dé las tuyas?

—Ahora no, más adelante. ¿Tú crees que son importantes?

—No estoy segura, la verdad.

—Lo digo porque, independientemente de dónde provenga, Pa Salt y Ma son quienes me han cuidado y se han ocupado de mí hasta convertirme en la persona que soy. Puede que sí te pida lo que has averiguado sobre las coordenadas, por si algún día siento la necesidad de indagar. En cierto modo… —Tiggy suspiró y reparé en su incertidumbre— no quiero creer que vengo de otro lugar. Pa Salt es mi padre y siempre lo será.

—Lo entiendo. Bueno, solo por curiosidad, ¿dónde crees que está Pa Salt, Tiggy? —le pregunté cuando ambas empezamos a comer.

—No lo sé, Ally, pero te aseguro que no se ha ido.

—¿De tu mundo o del mío?

—¿Hay alguna diferencia? Para mí no —matizó antes de que pudiera contestarle—. Somos energía, nada más. Al igual que todo lo que nos rodea.

—Supongo que es una manera de verlo —respondí, consciente del tono cínico en mi voz—. Sé que a ti te funcionan esas creencias, Tiggy, pero ahora mismo, con Pa recién fallecido, a mí no me sirven.

—Y lo entiendo, Ally, de verdad. Pero el ciclo de la vida continúa, y no solo para las personas, sino para toda la naturaleza. Una rosa florece hasta alcanzar su máximo esplendor, luego muere y otra florece en su lugar, en la misma planta. Y —me miró con una pequeña sonrisa— tengo la impresión de que, pese a la terrible noticia, a ti te está sucediendo algo bueno en estos momentos.

—¿Tú crees?

La miré con desconfianza.

—Sí. —Me cogió la mano—. Disfrútalo mientras puedas, ¿de acuerdo? Nada dura eternamente, ya lo sabes.

—Sí, es cierto —dije, y su certero comentario hizo que me pusiera repentinamente a la defensiva y que me sintiera vulnerable. Cambié de tema—. ¿Y cómo estás tú?

—Bien, bien… —Lo dijo como si no buscara convencerme solo a mí, sino también a ella misma—. Estoy bien.

—¿Todavía disfrutas cuidando de tus ciervos en la reserva?

—Adoro mi trabajo. Parece hecho a propósito para mí, aunque vamos tan cortos de personal que nunca tengo un momento libre. Y, ya que tocamos el tema, no me queda más remedio que volver a Escocia lo antes posible. He mirado vuelos y me voy esta misma tarde. Electra también se va. Iremos al aeropuerto juntas.

—¿Tan pronto?

—Sí. ¿Qué más podemos hacer aquí? Estoy segura de que Pa preferiría que siguiéramos con nuestras vidas en lugar de quedarnos en esta casa lloriqueando y compadeciéndonos de nosotras mismas.

—Sí, tienes razón —convine. Y, por primera vez, pensé en algo que no fuera aquel terrible paréntesis, en el futuro—. Me están esperando para participar en la regata de las Cícladas que tendrá lugar dentro de unos días.

—Pues vete, Ally, de verdad —me instó Tiggy.

—Tal vez lo haga —murmuré.

—Bien, tengo que ir a hacer la maleta y a despedirme de Maia. Creo que es a la que más le está afectando todo esto. Está destrozada.

—Lo sé. Toma, aquí tienes tus coordenadas.

Le tendí la hoja en la que las había escrito.

—Gracias.

La vi levantarse y dirigirse a la puerta, donde se detuvo y se volvió para mirarme con ternura.

—Y recuerda que, si me necesitas a lo largo de las próximas semanas, estoy a solo una llamada de teléfono.

—Gracias, Tiggy. Lo mismo digo.

Después de ayudar a Claudia a recoger la mesa, subí a mi cuarto preguntándome si no debería marcharme yo también. Tiggy tenía razón: allí ya no podíamos hacer nada más. Y la perspectiva de volver al mar —y no digamos a los brazos de Theo— me impulsó a bajar de nuevo con mi portátil para comprobar si había algún vuelo a Atenas con plazas libres en las siguientes veinticuatro horas. Cuando entré en la cocina, me encontré a Ma de pie frente a la ventana con aire pensativo. Al oírme entrar se dio la vuelta con una sonrisa, pero no antes de que hubiera distinguido un fugaz atisbo de tristeza en sus ojos.

—Hola, chérie. ¿Cómo estás hoy?

—Planteándome si debo volver a Atenas para participar en la regata de las Cícladas, tal como tenía planeado. Pero me preocupa dejaros a las chicas y a ti aquí. Sobre todo a Maia.

—Creo que es una idea excelente que participes en la regata, chérie, y estoy segura de que es exactamente lo que tu padre habría querido. No te preocupes por Maia, me tiene a mí.

—Lo sé —dije, y pensé que, aunque no fuera nuestra madre biológica, me resultaba imposible imaginar a otra persona queriéndonos y apoyándonos tanto como ella.

Me levanté para acercarme a ella y abrazarla con fuerza.

—Y recuerda que tú nos tienes a todas nosotras.

Subí a buscar a Electra para entregarle las coordenadas antes de que se marchase. Llamé a la puerta y, aunque me abrió, no me invitó a pasar.

—Hola, Ally. Estoy haciendo la maleta y voy con el tiempo justo.

—Solo te traigo las coordenadas de la esfera armilar. Toma.

—Creo que no las quiero. En serio, Ally, ¿qué tenía nuestro padre en la cabeza? —dijo irritada—. Tengo la sensación de que está jugando con nosotras desde la tumba.

—Solo quería darnos la oportunidad de saber de dónde venimos, Electra, por si algún día necesitamos la información.

—Entonces ¿por qué no lo hizo como lo haría una persona normal? ¿Por qué no escribió la información en un papel en lugar de someternos a una especie de extraña búsqueda del tesoro genealógica? Por Dios, siempre tan controlador…

—¡Por favor, Electra! Seguramente no quisiera darnos toda la información sin más por si preferíamos no saberla. Así que nos desveló lo justo para que pudiéramos hacer averiguaciones si ese era nuestro deseo.

—Pues yo no quiero hacerlas —espetó.

—¿Por qué estás tan enfadada con él? —le pregunté con suavidad.

—No estoy enfadada… —Un destello de dolor y desconcierto asomó a sus ojos ambarinos—. Vale, lo estoy… —Se encogió de hombros y negó con la cabeza—. No sé decirte por qué.

—Bueno, cógelo de todos modos. —Le ofrecí el sobre sabiendo por experiencia que no debía insistirle más—. No tienes que hacer nada con la información, si no quieres.

—Gracias, Ally. Y lo siento.

—No te preocupes. ¿Seguro que estás bien, Electra?

—Sí… estoy bien. Ahora he de hacer la maleta. Nos vemos luego.

La puerta se cerró de golpe ante mi cara y me alejé con la certeza de que Electra estaba mintiendo.

Por la tarde, Maia, Star, CeCe y yo nos acercamos al embarcadero para despedir a Electra y Tiggy. Maia les entregó las citas traducidas.

—Creo que Star y yo tampoco tardaremos en marcharnos —comentó CeCe mientras regresábamos a la casa.

—¿En serio? ¿No podemos quedarnos un poco más? —preguntó, apenada, Star.

Y, como siempre, el contraste de sus físicos me llamó la atención: Star, alta y delgada hasta rozar la escualidez, con el pelo rubio claro y la piel blanca como la nieve; y CeCe, de piel morena y constitución robusta.

—¿Para qué? Pa ha muerto, ya hemos visto al abogado y tenemos que llegar a Londres cuanto antes para buscar apartamento.

—Tienes razón —concedió Star.

—¿Qué harás en Londres mientras CeCe va a la escuela de arte? —le pregunté.

—Todavía no lo sé —dijo mirando de reojo a CeCe.

—Estás pensando en hacer un curso en el Cordon Bleu, ¿no es cierto? —contestó CeCe por ella—. Star es una cocinera excelente.

Cuando CeCe y Star partieron con la intención de buscar un vuelo a Heathrow para esa noche, Maia y yo intercambiamos una mirada de preocupación.

—No lo digas —suspiró Maia—. Lo sé.

Caminamos hacia la terraza comentando lo mucho que nos inquietaba la relación entre Star y CeCe. Siempre habían sido inseparables. Confiaba en que, ahora que CeCe iba a estar concentrada en su curso de arte, se despegaran un poco.

Reparé en la palidez de Maia y caí en la cuenta de que se había saltado el almuerzo. Una vez en la terraza, le rogué que se sentara y fui a la cocina para pedirle a Claudia que preparara algo de comer. Tras lanzarme una mirada de complicidad, procedió a hacer unos sándwiches mientras yo regresaba junto a Maia.

—Maia, no quiero entrometerme, pero ¿abriste anoche tu carta? —le pregunté.

—Sí. Bueno, en realidad lo he hecho esta mañana.

—Y es evidente que te ha afectado.

—Al principio sí, pero ya estoy bien, de verdad, Ally. ¿Y tú?

Su tono se había vuelto huraño, y comprendí que no debía seguir insistiendo.

—Yo también la he abierto —dije—. Es muy bonita y me ha hecho llorar, pero al mismo tiempo me ha animado. Me he pasado la mañana buscando las coordenadas en internet. Ahora ya sé exactamente de dónde venimos cada una de nosotras. Y hay más de una sorpresa, créeme —añadí mientras Claudia llegaba con un plato de sándwiches y lo dejaba sobre la mesa antes de retirarse rápidamente.

—¿Sabes exactamente dónde nacimos? ¿Dónde nací? —inquirió vacilante.

—Sí, o por lo menos dónde nos encontró Pa. ¿Quieres saberlo, Maia? Puedo decírtelo o dejar que lo busques tú misma.

—No… no estoy segura.

—Lo único que puedo decirte es que Pa viajó mucho —bromeé tontamente.

—Entonces, ¿sabes de dónde eres? —preguntó Maia.

—Sí, aunque todavía no le encuentro mucho sentido.

—¿Y las demás? ¿Les has dicho que sabes dónde nacieron?

—No, pero les he explicado cómo introducir las coordenadas en Google Earth. ¿Te lo explico a ti también? ¿O prefieres que te lo diga sin más?

—Todavía no estoy segura —dijo bajando sus preciosos ojos.

—De todos modos, ya te he dicho que es muy fácil buscarlo.

—Entonces, quizá lo haga cuando me sienta preparada.

Me ofrecí a anotarle los pasos que debía seguir para introducir las coordenadas, si bien dudaba de que algún día reuniera el valor necesario para hacerlo.

—¿Has podido traducir alguna de las citas grabadas en la esfera armilar?

—Sí, las tengo todas.

—Me encantaría saber qué frase eligió Pa para mí. ¿Me la dices, por favor?

—No la recuerdo con exactitud, pero puedo ir al Pabellón y anotártela en un papel —dijo Maia.

—Según parece, entre tú y yo podemos proporcionar al resto de nuestras hermanas la información que necesitan si desean explorar su pasado.

—Así es, aunque puede que aún sea pronto para plantearnos si queremos seguir las pistas que nos ha dado Pa.

—Es posible —suspiré—. Además, la regata de las Cícladas está a punto de empezar y voy a tener que marcharme enseguida para unirme a la tripulación. Si te soy sincera, Maia, después de lo que vi hace un par de días en el mar, no me resultará fácil volver a navegar.

—Me lo imagino. Pero todo irá bien, estoy segura —me tranquilizó.

—Eso espero. Es la primera vez que siento miedo desde que empecé a competir.

Decirle aquello en voz alta a mi hermana mayor fue un alivio. En aquellos momentos, cada vez que pensaba en las Cícladas me venía a la cabeza una imagen de Pa tendido en su féretro en el fondo del mar.

—Llevas años dedicándote en cuerpo y alma a la navegación, Ally. No debes dejar que el miedo te pueda. Hazlo por Pa. Él no habría querido que perdieras la confianza en ti misma —me alentó Maia.

—Tienes razón. Cambiando de tema: ¿estarás bien aquí sola?

—Claro que sí. No te preocupes por mí, por favor. Tengo a Ma y tengo mi trabajo. Estaré bien.

Mientras la ayudaba a dar buena cuenta de los sándwiches, le hice prometerme que mantendríamos el contacto y luego, a pesar de que sabía que probablemente no lo haría, le pregunté si le gustaría pasar unos días navegando conmigo cuando avanzara un poco el verano.

CeCe apareció en la terraza.

—Hemos conseguido dos asientos en un vuelo a Heathrow. Christian nos llevará al aeropuerto dentro de una hora.

—En ese caso, voy a ver si consigo un vuelo a Atenas y me marcho con vosotras. Maia, no olvides anotarme la cita, ¿vale? —dije antes de ir en busca de mi portátil.

Tras encontrar asiento en un vuelo de última hora para aquella noche, preparé el equipaje a toda prisa. Al pasear la mirada por la habitación para asegurarme de que no me olvidaba de nada, la posé sobre mi flauta, que descansaba en la estantería dentro de su estuche. Llevaba mucho tiempo sin sacarla de ahí. Pensando en lo que Pa decía de ella en su carta, decidí llevármela. Theo había comentado que le gustaría oírme tocar, y tal vez lo hiciera después de practicar un poco. Luego bajé para despedirme de Ma.

Me abrazó con fuerza y me besó afectuosamente en las mejillas.

—Cuídate mucho, chérie, y ven a verme cuando puedas.

—Lo haré, Ma, te lo prometo —dije.

Después, Maia me acompañó hasta el embarcadero.

—Buena suerte con la regata —dijo, y me tendió el sobre con la traducción de la cita que Pa había elegido para mí.

Tras un último abrazo, subí a bordo de la lancha, donde CeCe y Star ya me estaban esperando. Mientras Christian se alejaba del embarcadero, las tres le dijimos adiós a Maia con la mano. Durante la travesía por el lago recordé que Pa Salt siempre me decía que no había que mirar atrás.

Aun así, sabía que volvería la vista atrás, una y otra vez, hacia lo que había sido y ya no era.

Me alejé de CeCe y Star y me dirigí a la popa con el sobre todavía en la mano. Sentí que no había mejor lugar para leer la cita de Pa que el lago de Ginebra, donde él y yo habíamos navegado juntos tantísimas veces. Abrí el sobre y saqué la hoja de papel que contenía: «En los momentos de debilidad, descubrirás tu verdadera fuerza».

Y mientras Atlantis se perdía en la distancia hasta desaparecer tras los árboles, recé para que las palabras de Pa fluyeran por mi interior y me ayudaran a encontrar el valor que necesitaba para seguir adelante.

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