La hermana tormenta
Ally. Junio de 2007 » 7
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Theo me había escrito un mensaje para decirme que me recogería en el aeropuerto de Atenas. Cuando crucé la puerta de llegadas, caminó hacia mí con cara de expectación y me abrazó.
—Estaba muy preocupado por ti, cielo. ¿Cómo estás? Supongo que destrozada, pobrecita mía. Y has adelgazado —añadió palpándome las costillas.
—Estoy bien —le dije con firmeza al tiempo que aspiraba su olor maravilloso y tranquilizador.
Se hizo cargo de mi mochila y salimos al sofocante calor de una noche de julio en Atenas.
Subimos a un taxi, con sus asientos de plástico pegajosos y su olor a tabaco rancio, y pusimos rumbo a un hotel situado en el puerto de Faliro, el lugar desde el que arrancaría la regata de las Cícladas.
—Hablo en serio cuando te digo que, si no te ves con ánimos de participar, podemos apañárnoslas sin ti, de verdad —aseguró Theo mientras recorríamos las calles de la ciudad.
—No sé si tomármelo como un cumplido o como un insulto —repliqué.
—Decididamente, como un cumplido, puesto que eres una parte fundamental de la tripulación. Pero como se trata de ti y te quiero, no me gustaría que te sintieras presionada.
«Te quiero.» Cada vez que Theo pronunciaba aquellas palabras con tanta naturalidad, me estremecía. Y en aquel instante estaba allí, a mi lado, estrechándome la mano y diciéndolas una vez más. Y yo también lo quería a él por su honestidad, por su franqueza y su negativa a jugar al gato y el ratón. Tal como me había dicho durante aquellos maravillosos días en el Neptuno, cuando yo aún no sabía que Pa había muerto, si yo le rompía el corazón, simplemente tendría que buscarse otro.
—Sé que esto es lo que Pa querría que hiciera, volver a subirme a un barco y seguir con mi vida en lugar de quedarme en casa llorando. Y, obviamente, ganar.
—Ally. —Me apretó la mano—. Ganaremos por él, te lo prometo.
Cuando al día siguiente subí a bordo del Hanse con los demás miembros de la tripulación para comenzar nuestros últimos días de entrenamiento, también ellos parecían imbuidos de un gran deseo de ganar. Y me conmovió que todos intentaran hacerme la vida lo más sencilla posible. La regata de las Cícladas no era, ni por asomo, tan ardua como otras carreras en alta mar en las que había participado: duraría ocho días en total, pero con una parada de veinticuatro horas y un día de descanso en cada isla en la que atracáramos.
Theo se había dado cuenta de que me había llevado la flauta.
—¿Por qué no la subes al barco? Podrías tocar para darnos ánimos —propuso.
Mientras surcábamos las aguas bajo el magnífico atardecer del primer día de competición, me acerqué el instrumento a los labios y sonreí a Theo antes de embarcarme en una versión improvisada de Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, una pieza que se había hecho famosa gracias a la película de aventuras marinas Master and Commander. Theo captó el guiño y me devolvió la sonrisa desde el timón cuando entrábamos en el puerto de Milos. Los muchachos me aplaudieron educadamente y me sentí como si hubiera rendido mi pequeño homenaje a Pa Salt.
Ganamos la primera etapa con holgura, quedamos terceros en la segunda y segundos en la tercera, lo que nos colocaba en primer lugar junto con una tripulación griega. La penúltima noche de la regata nos encontró en el puerto de Finikas, en Siros, una isla griega pequeña e idílica cuyos residentes habían organizado un festín para todos los tripulantes. Después de cenar, Theo nos convocó a una reunión.
—Caballeros, y dama, entenderé que me tachéis de aguafiestas, pero vuestro patrón os ordena que os vayáis pronto a la cama. Mientras nuestros rivales —señaló con la cabeza a los miembros de la tripulación griega, que ya estaban medio borrachos y cogidos de los hombros bailando como Zorba al ritmo de un buzuki— se divierten, nosotros dormiremos como bebés y mañana nos despertaremos como nuevos y dispuestos a liquidarlos. ¿Queda claro?
Hubo algún que otro gruñido, pero todos regresaron obedientemente al barco y se retiraron a sus respectivos camarotes.
Dada la estrecha convivencia con el resto de la tripulación, Theo y yo habíamos desarrollado una rutina nocturna que nos permitía pasar unos momentos a solas sin levantar sospechas. Como era la única mujer, tenía mi propia ratonera privada en la proa del barco, mientras que Theo dormía en el banco de la zona destinada a cocina, biblioteca y sala de estar.
Yo esperaba a que los chicos terminaran de utilizar el diminuto lavabo dotado de un lavamanos y un retrete. Entonces, cuando ya reinaba el silencio, subía las escaleras hacia la oscuridad de la noche, donde una mano cálida me esperaba para atraerme hacia sí. Theo y yo nos abrazábamos durante cinco minutos, intranquilos, como si fuéramos adolescentes temerosos de ser descubiertos por sus padres. Luego, para establecer una coartada por si alguien me oía deambular por el barco, bajaba de puntillas a la cocina, abría la puerta de la nevera, cogía una botella de agua y a continuación regresaba a mi camarote y cerraba la puerta con estrépito. Estábamos convencidos de que habíamos interpretado tan bien la farsa que en la tripulación nadie tenía la menor idea de lo que había entre nosotros. Cuando, la víspera del último día de regata, Theo me estrechó contra su pecho, noté una mayor pasión en sus besos de buenas noches.
—Espero que estés dispuesta a pasar por lo menos veinticuatro horas conmigo en la cama para compensar toda la frustración que he padecido estos días —gimió.
—A la orden, mi capitán. Lo que tú digas. Pero no es justo que el patrón ordene a los tripulantes que se acuesten temprano y luego desobedezca sus propias órdenes —le susurré al oído antes de apartar una mano traviesa de mi seno izquierdo.
—Tenéis razón, como siempre. Así que partid, Julieta mía, desapareced de mi vista o en verdad que no seré capaz de contener el deseo que despertáis en mí.
Con una risita, le besé una última vez y me deshice de su abrazo.
—Te quiero, cielo. Que duermas bien.
—Yo también te quiero —le contesté.
Las tácticas disciplinarias de Theo dieron su fruto una vez más. Llegar a la última etapa de la carrera estando a la par con el equipo griego había sido estresante, pero, como Theo comentó triunfalmente el sábado, cuando cruzamos la línea de meta en el puerto de Vouliagmeni cinco minutos antes que ellos, probablemente fuera el ouzo lo que les hizo perder al final. En la ceremonia de clausura, mis compañeros me colocaron sobre la cabeza la corona de hojas de laurel de la victoria, las cámaras dispararon sus flashes y el champán llovió sobre la gente. Cuando me entregaron una botella para beber, la levanté y, en silencio, le dije a Pa Salt que iba por él. También lancé un sentido «Te echo de menos» al cielo.
Después de la cena, cuando aún estábamos alrededor de la mesa, Theo me cogió la mano y me invitó a ponerme en pie.
—En primer lugar, brindo por Ally. Dadas las circunstancias, creo que todos estaremos de acuerdo en que ha estado increíble.
Los chicos me jalearon y su sincera efusión hizo que se me saltaran las lágrimas.
—En segundo lugar, me gustaría que todos considerarais la posibilidad de sumaros a mi tripulación en la Fastnet Race de agosto. Pilotaré el Tigresa en su travesía inaugural. Puede que algunos hayáis oído hablar de él. Es un barco que acaba de ser lanzado. Lo he visto, y estoy seguro de que puede conducirnos a otra victoria. ¿Qué decís?
—¿El Tigresa? —exclamó Rob entusiasmado—. ¡Cuenta conmigo!
El resto de los muchachos aceptaron con igual entusiasmo.
—¿Estoy incluida? —le pregunté en voz baja.
—Pues claro que sí, Ally.
Y dicho eso, se volvió hacia mí, me rodeó con los brazos y me besó apasionadamente en los labios.
Aquello generó otra ovación cuando me aparté de él con la cara roja como un tomate.
—Y eso era lo último que quería anunciaros. Ally y yo estamos juntos. Si a alguien le supone un problema, que me lo comunique, ¿de acuerdo?
Vi que todos los chicos arqueaban las cejas en un gesto de desinterés.
—Vaya novedad —suspiró Rob.
—Eso, ¿dónde está la sorpresa? —intervino Guy.
Theo y yo los miramos atónitos.
—¿Lo sabíais? —preguntó él.
—Disculpa, capitán, pero llevamos varios días viviendo como sardinas en lata y, dado que nadie más ha tenido el placer de tocarle el trasero a Al sin recibir un manotazo ni conseguido que le dé un beso y un achuchón de buenas noches, no había que ser un genio para adivinarlo —dijo Rob—. Hace siglos que lo sabemos. Lo siento.
—Oh —fue cuanto Theo acertó a decir mientras me abrazaba con más fuerza.
—¡Buscaos una habitación! —gritó Guy, y el resto de la tripulación comenzó a hacer comentarios subidos de tono.
Theo me besó de nuevo y quise que la tierra me tragara allí mismo, pues me di cuenta de que el amor realmente podía ser ciego.
Así que «nos buscamos una habitación», una de hotel, más concretamente, en Vouliagmeni. Fiel a su palabra, Theo nos mantuvo a los dos sumamente ocupados durante las siguientes veinticuatro horas. Tumbados en la cama, hablamos de la Fastnet Race y de lo que haríamos después.
—Entonces ¿estás libre para unirte a mí en el Tigresa?
—Ahora sí. Normalmente en agosto me iba siempre de vacaciones con Pa Salt y algunas de mis hermanas en el Titán… —Tragué saliva con dificultad y me apresuré a continuar—. Luego, en septiembre, si con un poco de suerte supero las últimas pruebas, empezaré a entrenar con el equipo suizo para los Juegos Olímpicos de Pekín.
—Yo también iré con el equipo estadounidense.
—Estoy segura de que serás un fuerte rival, pero no te lo pondré fácil —bromeé.
—Gracias, señorita. Espero estar a la altura. —Theo me dedicó una reverencia burlona—. ¿Y qué me dices de los próximos días? Voy a tomarme unas yo diría que más que merecidas vacaciones en la casa de veraneo de mi familia. Está a pocas horas de aquí en barco. Luego iré a la isla de Wight a fin de prepararme para la Fastnet. ¿Te gustaría acompañarme?
—¿En tus vacaciones o en la Fastnet?
—En las dos cosas. Aunque, y ahora hablo en serio, sé que eres una navegante experimentada, la Fastnet no es ninguna tontería. Participé en la última, hace dos años, y estuvimos a punto de perder a un miembro de nuestro equipo cuando rodeábamos la roca. Matt salió literalmente volando del barco. Es una regata peligrosa y, si te soy sincero —Theo respiró hondo—, estoy empezando a pensar que quizá me haya equivocado al proponerte que te unieras a la tripulación.
—¿Por qué? ¿Porque soy una chica?
—¡Maldita sea, Ally, supéralo de una vez! Por supuesto que no es por eso. Es porque te quiero y si te pasa algo no podría perdonármelo. En cualquier caso, podemos dedicar los próximos días a meditarlo, ¿no? Preferiblemente frente a una copa de vino en una terraza con vistas al mar. Mañana por la mañana he de devolverle el Hanse a su propietario en el puerto, que es donde tengo amarrado el Neptuno, así que podríamos irnos justo después. ¿Qué me dices?
—La verdad es que estaba pensando que debería ir a casa para pasar unos días con Maia y Ma —dije.
—Si crees que eso es lo que debes hacer, lo entenderé. Aunque a mi parte egoísta le encantaría que vinieras conmigo. Parece que a los dos nos espera un año movido.
—Quiero ir contigo, pero primero llamaré a Ma para ver cómo están las cosas. Entonces decidiré.
—¿Por qué no llamas mientras me ducho?
Theo me plantó un beso en la coronilla antes de bajar de la cama de un salto y dirigirse al cuarto de baño.
Cuando la telefoneé, Ma me aseguró que en Atlantis todo iba bien y que no era necesario en absoluto que volviera.
—Tómate unas vacaciones, chérie. Maia ha decidido dedicar un tiempo a viajar, así que ella no estaría aquí, de todos modos.
—¿En serio? Menuda sorpresa —comenté—. Pero ¿estás segura de que no te sientes sola? Te prometo que esta vez tendré el móvil conectado en todo momento por si me necesitas.
—Estoy bien y no te necesitaré, chérie —respondió con estoicismo—. Por desgracia, lo peor ya ha sucedido.
Colgué y, de pronto, el desánimo se apoderó de mí, como cada vez que me permitía recordar que Pa ya no estaba. Pero Ma tenía razón, lo peor ya había sucedido. Y por una vez lamenté no pertenecer a una religión con firmes preceptos para afrontar el triste período que sigue a la muerte de un ser querido. Aunque tales pautas me habían parecido arcaicas en el pasado, ahora comprendía que eran un ritual destinado a ayudar a los seres humanos a superar los momentos más duros de una pérdida.
Al día siguiente, Theo y yo dejamos el hotel y nos dirigimos al puerto.
Después de tomar una copa de celebración a bordo del Hanse con su propietario —que estaba encantado con la victoria y ya le hablaba a Theo de futuras regatas—, bordeamos el puerto y subimos al Neptuno. Antes de zarpar, Theo trazó el rumbo en el sistema de navegación. Se negó en redondo a desvelarme nuestro destino, y en tanto él sacaba el barco del puerto de Vouliagmeni y salía a mar abierto, yo me dediqué a llenar la nevera de cerveza, agua y vino.
Mientras surcábamos las tranquilas aguas turquesas, por mucho que intentara concentrarme en la belleza del paisaje, el conflicto de emociones que había experimentado en mi última travesía a bordo del Neptuno volvía a mí una y otra vez. Me descubrí pensando que entre Pa Salt y mi amante existían similitudes: a ambos les gustaba el misterio y, decididamente, tener las cosas bajo control.
Justo cuando estaba preguntándome si me habría enamorado de una figura paterna, noté que el Neptuno disminuía la velocidad y oí que se echaba el ancla. Cuando Theo apareció junto a mí en la cubierta, decidí que no compartiría mis últimas reflexiones con él. Dada su pasión por el análisis, sabía que le daría una y mil vueltas.
Frente a una cerveza y una ensalada de feta con aceitunas frescas que había comprado en un puesto del puerto, le hablé de la esfera armilar y de las citas y coordenadas que tenía grabadas en los anillos. Y de la carta que Pa Salt me había escrito.
—Vaya, da la sensación de que lo tenía todo previsto. Se necesita tiempo para planear algo así.
—Sí, era ese tipo de persona. Siempre lo tenía todo organizado al milímetro.
—Parece que era de los míos —señaló Theo, dando voz a mis anteriores reflexiones—. Yo ya he escrito mi testamento y dejado instrucciones para mi funeral.
—No digas esas cosas —protesté con un escalofrío.
—Lo siento, Ally, pero los navegantes estamos metidos en un juego peligroso y nunca se sabe lo que puede pasar.
—Estoy segura de que a Pa le habrías caído muy bien. —Miré el reloj para cambiar de tema—. ¿No deberíamos reemprender el camino hacia donde sea que vayamos?
—Sí, dentro de poco. Quiero que nuestra llegada se produzca en el momento idóneo. —Theo esbozó una sonrisa enigmática—. ¿Nadamos?
Tres horas después, cuando el sol del atardecer inundó el cielo de una intensa luz naranja y esta se reflejó sobre las casas encaladas que salpicaban la costa de una isla diminuta, comprendí por qué Theo había querido esperar.
—¿Lo ves? ¿No es absolutamente perfecto? —suspiró.
Hizo entrar el barco en el pequeño puerto con una mano en el timón y la otra alrededor de mi cintura.
—Sí —reconocí mientras estudiaba la forma en que los rayos del sol crepuscular se habían filtrado en las nubes, como si fueran una yema de huevo que liberaba su contenido lentamente después de haber reventado—. Pa siempre decía que las puestas de sol griegas eran las más bellas del mundo.
—He ahí otra cosa en la que habríamos coincidido.
Theo me besó en el cuello con ternura.
Dadas mis cavilaciones de aquella tarde, decidí no volver a mencionar los gustos y aversiones de Pa Salt durante nuestras vacaciones.
—¿Vas a decirme de una vez dónde estamos? —pregunté cuando nos adentramos en el puerto y un joven de piel morena se acercó para agarrar el cabo que le lancé y amarrar la embarcación.
—¿Acaso importa? Lo sabrás a su debido tiempo. De momento, llamémoslo sencillamente «Algún Lugar».
Convencida de que tendríamos que acarrear nuestras mochilas por una empinada cuesta, me llevé una sorpresa cuando Theo me indicó que las dejara donde estaban. Tras cerrar la cabina con llave, desembarcamos y Theo le dio unos euros al joven por su ayuda. Después me cogió de la mano y me condujo por el puerto hasta una hilera de ciclomotores. Tras rebuscar un poco, sacó una llave de su bolsillo y la introdujo en un candado, gesto que liberó la retorcida masa de cadenas metálicas que rodeaba uno de los ciclomotores.
—Los griegos son gente encantadora, pero actualmente la situación económica del país es desesperada y conviene tomar precauciones. No me gustaría llegar aquí y descubrir que me han desaparecido las dos ruedas. Sube.
Sintiendo que el alma se me caía a los pies, obedecí a regañadientes. Yo odiaba los ciclomotores. Antes de empezar los estudios, y siguiendo el consejo de Pa Salt, me tomé un año sabático y me largué a ver mundo con dos amigas, Marielle y Hélène. Empezamos en Extremo Oriente, donde visitamos Tailandia, Camboya y Vietnam. De regreso a Europa, donde había conseguido un trabajo de camarera durante el verano en la isla de Citnos, recorrimos Turquía en ciclomotores de alquiler. Camino de Kalkan desde el aeropuerto de Bodrum, Marielle calculó mal a la hora de tomar una curva cerrada y tuvo un accidente.
Encontrar su cuerpo aparentemente sin vida entre la maleza de la cuneta y esperar en mitad de la carretera la llegada de algún vehículo que pudiera ayudarnos era algo que nunca había olvidado.
Por aquella carretera no pasaba nadie, así que finalmente cogí el móvil y telefoneé a la única persona que pensaba que sabría qué hacer. Le expliqué a Pa Salt lo sucedido y dónde estábamos y él me dijo que no nos preocupáramos, que la ayuda estaba en camino. Tras media hora de angustiosa espera, llegó un helicóptero con un piloto y un paramédico. Nos trasladaron a las tres a un hospital de Dalaman. Marielle sobrevivió con la pelvis destrozada y tres costillas rotas, pero el golpe en la cabeza todavía sigue provocándole fuertes migrañas.
Cuando aquella tarde me instalé en el asiento trasero del ciclomotor de Theo, después de no haberme acercado a uno desde el accidente de Marielle, tenía el corazón en un puño.
—¿Lista? —me preguntó.
—Todo lo lista que puedo estar —farfullé aferrándome a su cintura con todas mis fuerzas.
En cuanto tomamos la estrecha carretera que conducía a «Algún Lugar», decidí que si Theo era uno de esos conductores salvajes que buscaba impresionarme, le exigiría que detuviera el vehículo y me bajaría. Aun así, a pesar de que resultó no serlo, tuve que cerrar los ojos cuando empezó a subir por un camino empinado y polvoriento. Finalmente, después de un trayecto que se me hizo eterno pero que lo más probable es que no durara más de quince minutos, noté que Theo frenaba e inclinaba la moto para poner el pie en el suelo antes de apagar el motor.
—Bueno, ya hemos llegado.
—Genial.
Abrí los ojos, temblando de puro alivio, y me concentré en apearme de la moto.
—¿No es una maravilla? —dijo Theo—. Las vistas durante la subida son espectaculares, pero creo que desde aquí lo son más todavía.
Como había hecho el trayecto con los ojos cerrados, no tenía información alguna sobre las vistas. Me cogió de la mano y me guio por una explanada de hierba áspera y seca. Vi los olivos ancestrales que tachonaban la ladera, que descendía en picado hasta el mar. Asentí para indicar que sí, que era una maravilla.
—¿Adónde vamos? —le pregunté cuando echamos de nuevo a andar por el olivar.
Delante no se divisaba casa alguna, tan solo un viejo establo destinado con toda probabilidad a las cabras.
—Allí. —Señaló el establo y se volvió hacia mí—. Hogar, dulce hogar. ¿No es fantástico?
—Es…
—Te has puesto muy blanca, Ally. ¿Te encuentras bien?
—Sí —le aseguré.
Finalmente llegamos al establo y empecé a preguntarme cuál de los dos había perdido el tornillo. Si aquel era, efectivamente, su «hogar», aunque tuviera que recorrer a pie cada kilómetro del camino de vuelta en medio de la oscuridad, lo haría. No tenía la menor intención de pasar la noche allí.
—Sé que ahora mismo parece una choza, pero hace poco que lo he comprado y quería que fueras la primera en verlo, especialmente con la puesta de sol. Soy consciente de que necesita mucha reforma, y aquí, como no podía ser de otra manera, la normativa urbanística es muy estricta —continuó al tiempo que abría la astillada puerta de madera de un empellón.
Por el enorme agujero abierto en el tejado se veían las primeras estrellas que empezaban a aparecer en el cielo. Dentro de la construcción se respiraba un fuerte olor a cabra, y mi estómago ya revuelto sufrió otra arcada.
—¿Qué te parece? —me preguntó.
—Creo que, como has dicho, tiene unas vistas preciosas.
Mientras escuchaba a Theo explicar que había contratado a un arquitecto y que su plan era hacer la cocina justo allí, y una gran sala de estar allá, así como una terraza con vistas al mar, negué con la cabeza y salí del establo a trompicones, incapaz de seguir soportando el olor a cabra. Eché a correr por la tierra escabrosa y seca del exterior y conseguí doblar la esquina antes de agacharme y tener otro espasmo.
—¿Qué te ocurre, Ally? ¿Estás enferma otra vez?
Theo apareció enseguida a mi lado y me sostuvo en tanto yo negaba de nuevo con la cabeza.
—No, estoy bien. Es solo… es solo…
Y entonces me dejé caer sobre la hierba y empecé a llorar como una niña pequeña. Le conté lo del accidente de ciclomotor, y lo mucho que extrañaba a mi padre, y cuánto lamentaba que volviera a verme en aquellas condiciones.
—Ally, eres tú la que debe perdonarme. Todo esto es culpa mía. Es normal que estés agotada por la regata y por el trauma de haber perdido a tu padre. Es tal la imagen de mujer fuerte que das que yo, que alardeo de mi gran capacidad para leer a las personas, te he fallado. Llamaré a un amigo para pedirle que nos recoja en su coche de inmediato.
Demasiado exhausta para discutir, me quedé sentada en la hierba mientras Theo hacía una llamada con su móvil. El sol empezaba a ocultarse tras el mar y cuando empecé a serenarme, decidí que Theo tenía razón. Las vistas eran realmente espectaculares.
Diez minutos después, con Theo siguiéndonos sobre el ciclomotor, circulaba pausadamente colina abajo en un viejísimo Volvo conducido por un hombre igual de viejo al que Theo me había presentado como Kreon. A medio descenso, el coche dobló hacia la derecha y tomó otro camino polvoriento y lleno de baches que, una vez más, parecía no llevar a ningún lugar. Sin embargo, en aquella ocasión, cuando llegamos al final del mismo divisé las acogedoras luces de una bella casa construida sobre un acantilado.
—Siéntete como en casa, cariño —me dijo Theo cuando entramos en un amplio recibidor y una mujer de mediana edad y ojos oscuros apareció y lo abrazó afectuosamente mientras murmuraba palabras cariñosas en griego—. Irene es nuestra ama de llaves —me explicó—. Te enseñará tu habitación y te preparará un baño. Yo bajaré al pueblo con Kreon para recoger nuestras cosas del barco.
La bañera resultó estar en una terraza excavada —como el resto de la casa— en las recortadas rocas que se precipitaban vertiginosamente desde el acantilado hasta el mar. Tras disfrutar de un baño de espuma con agua perfumada, pasé al bonito y espacioso dormitorio. Luego salí a explorar y me topé con un salón elegantemente amueblado que se abría a una inmensa terraza con unas vistas espectaculares y una piscina infinita a la que un nadador olímpico no le habría hecho ascos. Me dije que aquella casa era como Atlantis, pero suspendida en el aire.
Poco después, envuelta en un albornoz de algodón que había encontrado sobre la cama, me senté en una de las butacas tapizadas de la terraza. Irene apareció con una botella de vino blanco dentro de una cubitera y dos copas.
—Gracias.
Bebí un sorbo al tiempo que contemplaba la oscuridad tachonada de estrellas y agradecía la suntuosidad del entorno después de varios días de navegación. Además, ahora también sabía que cuando llevara a Theo a Atlantis, se sentiría como en casa. Muchas veces, en el pasado, cuando invitaba a alguna amiga del internado a pasar unos días a Atlantis o a un crucero en el Titán, nuestro estilo de vida la intimidaba y perdía su naturaleza sociable. Después se iba y, cuando volvíamos a vernos, yo sentía por su parte lo que ahora suponía que era animosidad, y nuestra amistad ya nunca volvía a ser la misma.
Por suerte, no tendría ese problema con Theo. Era evidente que su familia vivía tan bien como la mía. Sonreí al pensar que ambos nos pasábamos al menos tres cuartas partes de nuestra existencia durmiendo sobre duros camastros en camarotes agobiantes y sintiéndonos afortunados si de la diminuta ducha salía un chorrito de agua, ya fuera fría o caliente.
Noté una mano en el hombro y después un beso en la mejilla.
—Hola, cielo. ¿Te encuentras mejor?
—Mucho mejor, gracias. Nada como un baño caliente después de una regata.
—Ya lo creo. —Theo se sirvió una copa de vino y se sentó frente a mí—. Yo también estoy a punto de darme uno. Ally, quiero pedirte perdón una vez más. Sé que puedo ser muy obstinado cuando tengo un objetivo en mente. Me hacía mucha ilusión enseñarte mi casa nueva.
—No pasa nada, en serio. Estoy segura de que será una casa maravillosa cuando esté terminada.
—No tanto como esta, obviamente, pero por lo menos será mía. Y a veces —añadió encogiéndose de hombros— eso es lo único que importa, ¿no crees?
—Para serte sincera, jamás se me ha pasado por la cabeza tener una casa propia. Paso tanto tiempo compitiendo que me parece absurdo comprar algo si puedo volver a Atlantis. Y los navegantes ganamos tan poco que tampoco podría permitirme gran cosa.
—Por eso me he comprado un establo de cabras —convino Theo—. Pero supongo que no tiene sentido negar que los dos hemos contado siempre con una red de seguridad bajo nuestros pies. Personalmente, preferiría morir de hambre a pedirle dinero a mi padre. Los privilegios siempre tienen un precio, ¿no estás de acuerdo?
—Puede, pero dudo mucho que la gente nos compadezca.
—No estoy diciendo que merezcamos compasión, Ally, pero, aunque este mundo materialista piense lo contrario, yo no creo que el dinero pueda resolver todos los problemas. Mira a mi padre, por ejemplo. Inventó un chip informático que lo hizo multimillonario a los treinta y cinco años, la edad que yo tengo ahora. Cuando yo era niño, le encantaba decirme que él había tenido que luchar mucho de joven y que debía ser consciente de mi gran suerte. Su experiencia, evidentemente, no se parece en nada a la mía, porque yo crecí con dinero. Es casi un círculo vicioso: mi padre no tenía nada y eso lo empujó a hacer algo en la vida, mientras que yo lo he tenido todo y sin embargo él me ha hecho sentir culpable por ello. Así que me he pasado toda mi existencia intentando salir adelante sin su ayuda, viviendo permanentemente en la ruina y sintiendo que no he estado a la altura de sus expectativas. ¿También ha sido así para ti? —me preguntó.
—No, aunque sí es cierto que Pa Salt nos enseñó a valorar el dinero. Siempre nos decía que habíamos venido a este mundo para ser nosotras mismas y que debíamos luchar por ser nuestra mejor versión. Siempre he sentido que estaba muy orgulloso de mí, sobre todo como navegante. Supongo que el hecho de que compartiéramos esa pasión ayudaba. Aunque en la carta que me dejó escrita dice algo curioso: da a entender que creía que dejé mi carrera musical porque quise convertirme en navegante profesional para complacerlo.
—¿Y es cierto?
—Creo que no. Me gustan ambas cosas, pero se me presentó la oportunidad de dedicarme a la navegación y la aproveché. Así es la vida a veces, ¿no crees?
—Sí —coincidió Theo—. Curiosamente, yo soy una mezcla de mis padres. Poseo la vena tecnológica de mi padre y la pasión por la vela de mi madre.
—En mi caso, al ser adoptada, no tengo ni idea de lo que hay en mis genes. Crecí marcada por mi entorno, no por mi herencia genética.
—¿Y no te parecería fascinante descubrir si tus genes han influido en tu vida hasta la fecha? Tal vez algún día deberías emplear las pistas de tu padre para averiguar de dónde vienes. Sería un estudio antropológico asombroso.
—No lo dudo —dije ahogando un bostezo—, pero ahora mismo estoy demasiado cansada para pensar en ello. Y tú hueles a cabra. Creo que ya va siendo hora de que te des ese baño.
—Tienes razón. Le pediré a Irene que sirva la cena en la terraza y estaré de vuelta dentro de diez minutos.
Me besó en la nariz y entró en la casa.