La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Junio de 2007 » 8

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Algo más calmados tras el torbellino de pasión que había caracterizado el comienzo de nuestra relación, durante los ociosos días que pasamos en «Algún Lugar» Theo y yo nos dedicamos a conocernos mejor. Me descubrí confiándole cosas que no le había contado a ninguna otra persona, detalles nimios que, no obstante, significaban mucho para mí. Me escuchaba con una atención que jamás flaqueaba, y su mirada verde e intensa permanecía clavada en mí. De alguna manera, conseguía que me sintiera más valorada de lo que me había sentido en toda mi vida. Estaba especialmente interesado en Pa Salt y mis hermanas, en el «orfanato de lujo», como llamaba a nuestra existencia en Atlantis.

Una mañana bochornosa en la que el aire estaba tan quieto que tanto Theo como yo habíamos vaticinado tormenta, vino a sentarse conmigo en el diván de la terraza.

—¿Dónde estabas? —le pregunté.

—En una tediosa teleconferencia con nuestro patrocinador para la Fastnet, el entrenador del equipo y el propietario del Tigresa. Y mientras ellos hablaban de los pormenores, yo me he dedicado a garabatear.

—¿En serio?

—Sí. ¿Intentaste alguna vez hacer anagramas con tu nombre o escribirlo al revés cuando eras pequeña? Yo sí, y me salía una palabra ridícula —dijo con una sonrisa—. «Oeht.»

—Ya lo creo, y la mía es igual de absurda: «Ylla».

—¿Hacías también anagramas con tu apellido?

—No —respondí, preguntándome adónde querría ir a parar.

—De acuerdo. Pues a mí me encanta jugar con las palabras y, como me aburría durante la conferencia, me he puesto a jugar con tu apellido.

—¿Y?

—Vale, sé que soy algo obsesivo y que adoro los misterios, pero también sé algo de mitología griega porque estudié a los clásicos en Oxford y porque he pasado aquí todos los veranos desde mi niñez —explicó Theo—. ¿Puedo enseñarte lo que he descubierto?

—Si insistes.

Me tendió un papel donde había anotadas unas palabras.

—¿Has visto la palabra que sale de D’Aplièse?

—Pleiades[1] —dije leyendo la palabra que Theo había escrito debajo de mi apellido y que, al parecer, había extraído de «D’Aplièse».

—Exacto. ¿Y reconoces el nombre?

—Me resulta familiar —acepté con renuencia.

—Ally, es el nombre griego del grupo de estrellas formado por las Siete Hermanas.

—¿Y qué me quieres decir con eso? —repliqué poniéndome absurdamente a la defensiva.

—Solo que es mucha casualidad que tú y tus hermanas os llaméis como las siete, o quizá debería decir seis, célebres estrellas y que vuestro apellido sea un anagrama de «Pleiades». ¿Era también el apellido de tu padre?

Noté que el rubor me abrasaba las mejillas mientras trataba de recordar si alguien había llamado alguna vez «señor D’Aplièse» a Pa Salt. El personal de Atlantis y del Titán lo llamaba «señor» a secas, salvo Marina, que al igual que nosotras, lo llamaba «Pa Salt» o «vuestro padre». Intenté pensar si alguna vez había visto un apellido escrito en las cartas que llegaban a casa, pero solo me venían a la mente sobres y paquetes de aspecto oficial dirigidos a alguna de las muchas empresas de Pa.

—Probablemente —respondí al fin.

—Lo siento, Ally. —Theo había percibido mi malestar—. Solo intentaba averiguar si tu padre inventó un apellido o si también él se llamaba así. En cualquier caso, cariño, mucha gente se cambia el nombre en el registro. De hecho, el tuyo es muy bonito. Eres «Alción Pleiades». En cuanto al apodo de «Pa Salt», diría que…

—¡Ya basta, Theo!

—Perdón, es que lo encuentro fascinante. Estoy convencido de que tu padre era mucho más de lo que aparentaba a simple vista.

Me excusé y entré en la casa, incómoda por el hecho de que Theo hubiera reparado en algo tan íntimo sobre mi familia —aunque solo hubiera sido al jugar con las letras— que mis hermanas y yo, sin embargo, ni siquiera habíamos notado. Y si ellas lo habían descubierto, jamás lo habían mencionado abiertamente.

Cuando regresé a la terraza, Theo no volvió a sacar el tema. Durante la comida me habló de sus propios padres y de su amargo divorcio. Se había pasado la vida yendo de aquí para allá entre Inglaterra, donde vivía su madre, y Estados Unidos, donde pasaba las vacaciones con su padre. Como era típico en él, relató casi toda la historia en tercera persona —analíticamente, como si tuviera poco que ver con él—, pero me di cuenta de que había mucha tensión y rabia subyacentes. Intuí que Theo jamás le había dado una oportunidad a su padre por lealtad a su madre. No obstante, aún no sentía la confianza suficiente para decírselo, aunque supe que con el tiempo lo haría.

Aquella noche en la cama, afectada todavía por el descubrimiento sobre mi apellido, me costó conciliar el sueño. Si nuestro apellido era un anagrama creado por Pa como consecuencia de su obsesión por las estrellas y la mitología de las Siete Hermanas, ¿quiénes éramos, en realidad?

Y más importante aún, ¿quién había sido él?

Por desgracia, sabía que ya nunca podría averiguarlo.

Al día siguiente tomé prestado el portátil de Theo y busqué el grupo de estrellas de las Siete Hermanas o Pléyades. Aunque Pa nos había hablado de ellas y Maia había pasado mucho tiempo con él en el observatorio levantado sobre Atlantis, yo nunca había mostrado demasiado interés. Toda la información que Pa compartía conmigo solía ser de índole técnica, cuando salíamos a navegar juntos. Me había enseñado a utilizar las estrellas para navegar en el mar y me había contado que durante miles de años los marineros se habían servido de las Siete Hermanas para orientarse. Finalmente, cerré el ordenador pensando que, fueran cuales fuesen las razones por las que Pa nos había puesto aquellos nombres, se trataba simplemente de otro misterio que jamás sería desvelado. Y que tratar de descubrirlo solo aumentaría mi malestar.

Así se lo expliqué a Theo durante la comida, y estuvo de acuerdo conmigo.

—Lo siento, Ally, no debería habértelo mencionado. Lo que importa es el presente y el futuro. E independientemente de quién fuera tu padre, lo único que cuenta es que hizo lo correcto al recogerte cuando eras un bebé. Y aunque he descubierto algo más y estoy deseando contártelo…

Me miró tentativamente.

—¡Theo!

—Vale, vale, entiendo que no es el momento.

No lo era, pero aquella misma tarde —tal como quizá había pretendido Theo— saqué la carta de Pa de entre las páginas de mi diario donde la había guardado y volví a leerla. Puede que algún día, pensé, decidiera seguir la pista que me había dejado. O que por lo menos buscase el libro que mencionaba en aquellas líneas y que descansaba en la estantería de su estudio de Atlantis…

Hacia el final de nuestras vacaciones, me sentía como si Theo se hubiera convertido en parte de mí. Cada vez que me repetía aquella frase mentalmente, apenas podía creerme que fuera yo quien la decía. Sin embargo, y aunque se trataba de una idea romántica, de verdad sentía que era mi alma gemela. Con él me sentía completa.

Y no comprendí lo aterrador que podía llegar a ser aquel nuevo sentimiento hasta que, con su habitual serenidad, Theo mencionó la necesidad de abandonar «Algún Lugar» —que ahora ya sabía que estaba en la isla de Anafi— y volver a la realidad.

—Primero he de ir a Londres a ver a mi madre. Luego recogeré el Tigresa en Southampton y lo llevaré a la isla de Wight. Eso me dará la oportunidad de acostumbrarme un poco a él. ¿Y tú, cariño?

—Yo también debería pasar unos días en casa —dije—. A Ma se le da muy bien fingir que está bien, pero ahora que Maia y Pa no están allí, tengo la sensación de que debería ir a verla.

—He estado mirando vuelos. ¿Qué te parece si este fin de semana vamos juntos hasta Atenas en el Neptuno y luego coges un avión a Ginebra desde allí? Hay uno con plazas libres a mediodía, casi a la misma hora que mi vuelo a Londres.

—Genial, gracias —respondí con brusquedad, pues de pronto me sentía tremendamente vulnerable.

Me asustaba estar sin él y lo que pudiera depararnos el futuro. Incluso si habría siquiera un futuro después de «Algún Lugar».

—¿Qué te ocurre, Ally?

—Nada. Hoy me ha dado demasiado el sol y creo que debería irme ya a la cama.

Me puse en pie para abandonar la terraza, pero Theo me cogió la mano.

—No hemos terminado la conversación. Siéntate, por favor. —Me devolvió a la silla con firmeza y me besó en los labios—. Está claro que tenemos que hablar de nuestros planes después de volver a casa. Por ejemplo, de la Fastnet. He estado dándole muchas vueltas durante estos días y quiero proponerte algo.

—Adelante —dije con frialdad.

Aquellos no eran precisamente los «planes» de los que quería oírle hablar en ese instante.

—Quiero que vengas a entrenar con la tripulación, pero si veo que las condiciones meteorológicas son demasiado peligrosas para que participes en la regata propiamente dicha o si empiezas la regata pero en un momento dado te pido que vuelvas a tierra, tienes que jurarme que obedecerás mis órdenes.

Me obligué a asentir.

—A sus órdenes, capitán.

—No te lo tomes a risa, Ally, estoy hablando muy en serio. Ya te dije una vez que si te pasara algo nunca podría perdonármelo.

—¿No crees que tomar esa decisión me corresponde a mí?

—No. Como tu patrón, y no digamos como tu amante, me corresponde a mí.

—¿Y yo tendré permitido detenerte si creo que la regata es demasiado peligrosa?

—¡Naturalmente que no! —Theo negó con la cabeza, frustrado—. Seré yo quien tome las decisiones, para bien o para mal.

—¿Y si es «para mal» y yo lo sé?

—Me lo dices y tendré en cuenta tu advertencia, pero la decisión final será mía.

—¿Y por qué no puedo tomarla yo? No es justo, yo…

—Ally, esto es absurdo, así no llegaremos a ninguna parte. Además, estoy seguro de que no ocurrirá nada de esto. Lo único que intento decirte es que tienes que hacerme caso, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —acepté malhumorada.

Aquello era lo más parecido a una discusión que habíamos tenido hasta el momento y, con el poco tiempo que nos quedaba en aquel lugar idílico, lo último que quería era que la situación empeorara aún más.

—Pero lo más importante de todo… —vi que la mirada de Theo se enternecía mientras alargaba una mano y me acariciaba la cara— es que no debemos olvidar que hay todo un futuro después de la Fastnet. Estas han sido las mejores semanas de mi vida, pese a todo el trauma. Cielo, sabes que no soy dado a los discursos románticos, pero me encantaría que encontráramos la manera de estar juntos para siempre. ¿Qué me dices?

—Me parece bien —farfullé, incapaz de cambiar de una «irritación extrema» a «pasemos nuestra vida juntos» en unos pocos segundos. Estuve tentada de echar una ojeada a la agenda de Theo para ver si tenía anotado «Hablar del futuro con Ally».

—Y por anticuado que parezca, sé que nunca encontraré a otra mujer como tú. Así que, teniendo en cuenta que ya no somos unos críos y hemos tenidos nuestras experiencias, quiero que sepas que estoy completamente seguro de lo que siento por ti. Y que me haría muy feliz casarme contigo mañana mismo. ¿Y a ti?

Lo miré de hito en hito, tratando en vano de asimilar lo que me estaba diciendo.

—¿Es una proposición al estilo Theo? —espeté.

—Supongo que sí. ¿Y bien?

—Entiendo lo que quieres decir.

—¿Y…?

—Bueno, la verdad es que no es precisamente una escena sacada de Romeo y Julieta.

—Tienes razón. Como ya has tenido la oportunidad de comprobar, no se me dan bien los grandes momentos. Supongo que solo quiero quitármelos de en medio y seguir… viviendo. Y lo cierto es que me gustaría mucho vivir contigo… casarme contigo, quiero decir —se corrigió.

—No tenemos por qué casarnos.

—No, pero imagino que aquí es donde entra en juego mi educación tradicional. Quiero pasar contigo el resto de mi vida y, por esa razón, quiero pedirte matrimonio formalmente. Me gustaría que fueras la señora de Falys-Kings y poder decirle a la gente «mi esposa y yo».

—A lo mejor no quiero adoptar tu apellido. Hoy en día muchas mujeres conservan su apellido de solteras —repliqué.

—Es cierto —reconoció él con calma—, pero es mucho más fácil así, ¿no te parece? Me refiero a compartir el mismo apellido. Para las cuentas bancarias, y ahorra explicaciones a la hora de telefonear a electricistas y fontaneros y…

—¿Theo?

—¿Sí?

—¡Por lo que más quieras, cierra el pico! A pesar de lo irritantemente práctico que puedes ser a veces, antes de que me analices para intentar sacarme un sí, déjame decirte que yo también me casaría contigo mañana mismo.

—¿En serio?

—Pues claro.

Entonces me pareció ver que se le llenaban los ojos de lágrimas, y la parte de mí que tanto se semejaba a él comprendió que hasta el ser humano más aparentemente seguro se volvía vulnerable al creer que la persona a la que amaba correspondía sus sentimientos. Y que lo deseaba y necesitaba con igual desesperación. Me acerqué a él y lo abracé con fuerza.

—¿No es maravilloso?

Theo sonrió y se enjugó disimuladamente las lágrimas.

—Teniendo en cuenta tu porquería de declaración, sí.

—Genial. Y ahora… aunque se trata de otra petición anticuada que puedes atribuir a la educación que he recibido, me gustaría que mañana fuéramos a comprar algo que marque nuestro compromiso.

—¿Quieres que nos prometamos? —pregunté con tono burlón—. Aunque hablas como si te hubieras escapado de una novela de Austen, será un placer.

—Gracias. —Theo alzó la vista hacia las estrellas, negó con la cabeza y me miró a los ojos—. ¿No te parece un milagro?

—¿Qué parte?

—Todo. Llevaba treinta y cinco años sintiéndome solo en este planeta, y un buen día tú apareces de la nada y de repente lo entiendo.

—¿Qué es lo que entiendes?

Hizo un gesto de negación y se encogió levemente de hombros.

—El amor.

Al día siguiente, tal como Theo me había pedido, fuimos a la capital de la isla, Chora, que en realidad era poco más que un aletargado pueblo de casitas blancas situado en lo alto de una colina con vistas a la costa sur de la isla. Paseamos por sus pintorescas callejuelas, donde encontramos un par de tiendecitas que vendían joyas hechas a mano además de un batiburrillo de productos alimenticios y utensilios para la casa, así como un pequeño mercado al aire libre con algunos puestos de bisutería. Nunca me habían gustado mucho las joyas, y después de pasarme media hora probándome anillos, me di cuenta de que Theo empezaba a impacientarse.

—Tiene que haber algo que te guste —me alentó cuando nos detuvimos ante el último puesto del mercado.

De hecho, acababa de echarle el ojo a un objeto en concreto.

—¿Te importaría que no fuera un anillo?

—Ahora mismo aceptaría un piercing en el pezón con tal de regalarte algo que te guste y de que pudiéramos irnos a comer. Estoy hambriento.

—Muy bien; entonces, quiero eso.

Señalé una delicada cadena de plata con un elegante ojo de cristal azul, el colgante tradicional griego contra el «mal de ojo».

El vendedor lo descolgó del expositor y se lo colocó en la palma de la mano para que pudiéramos verlo mejor mientras señalaba la etiqueta con el precio escrito a mano. Theo se quitó las gafas de sol y levantó el colgante entre los dedos pulgar e índice para examinarlo.

—Ally, es muy bonito, pero, por quince euros, no es lo que se dice una sortija de diamantes.

—A mí me gusta. Los marineros lo llevan para protegerse de los mares tempestuosos. Además, mi nombre significa que soy la protectora de los marineros.

—Lo sé, aunque no estoy seguro de que un amuleto contra el mal de ojo sea la joya de compromiso más adecuada.

—Pues a mí me encanta, y antes de que los dos nos hartemos y desistamos, ¿puedo quedármelo, por favor?

—Solo si prometes protegerme.

—Lo prometo —dije rodeándole la cintura con los brazos.

—De acuerdo. Pero te lo advierto, aunque solo sea por un tema de formas, es posible que en el futuro me vea obligado a regalarte algo más… tradicional.

Minutos después, nos alejábamos del mercado con el pequeño talismán ya en torno a mi cuello.

—Ahora que lo pienso —dijo Theo mientras recorríamos de nuevo las tranquilas calles buscando una cerveza y algo de comer—, creo que es mucho más apropiado tenerte encadenada por el cuello que por un solo dedo, aunque tarde o temprano tendremos que comprarte un anillo como es debido. Sin embargo, me temo que no podrá ser de Tiffany o Cartier.

—¿Quién está mostrando ahora sus raíces? —bromeé justo cuando nos sentamos en la terraza sombreada de una taberna—. Y, solo para que lo sepas, no me gustan las marcas de diseñador.

—Tienes razón. Te pido perdón por mostrar mi arraigado pasado de club de campo de Connecticut. Y ahora —cogió una carta plastificada—, ¿qué te apetece comer?

Al día siguiente, después de separarme a regañadientes de Theo en el aeropuerto de Atenas, me senté en el avión sintiéndome perdida sin él. De manera inconsciente, no dejaba de volverme una y otra vez hacia mi sorprendido vecino para contarle a Theo algo que se me acababa de ocurrir. Solo entonces recordaba que él ya no estaba. Tuve que reconocer para mis adentros que me sentía totalmente vacía sin él.

No había avisado a Ma de que volvía a casa porque pensé que sería agradable darle una sorpresa. Y mientras el avión me trasladaba a Ginebra y yo me preparaba para llegar a un Atlantis que había perdido su alma, mi corazón se debatía entre la felicidad por lo que había encontrado y el espanto por lo que había perdido y al que me disponía a regresar. Y esta vez mis hermanas no estarían allí para llenar el enorme vacío que había dejado Pa Salt.

Cuando llegué a Atlantis, por primera vez en mi vida nadie se acercó a recibirme al embarcadero, y aquello solo aumentó mi tristeza. Tampoco Claudia estaba en su habitual puesto de la cocina, pero sobre la encimera había un bizcocho de limón recién hecho, que, casualmente, era mi favorito. Corté una generosa porción y subí a mi cuarto. Dejé la mochila en el suelo y me senté en la cama admirando la vista del lago sobre los árboles y escuchando aquel silencio perturbador.

Me incorporé y fui hasta la estantería para coger el barco dentro de una botella que Pa Salt me había regalado cuando cumplí siete años. Contemplé la complicada maqueta de madera y lona y sonreí al recordar la tabarra que le había dado a Pa para que me explicara cómo podía haber entrado por el estrecho cuello de la botella.

—Es magia, Ally —me susurró al oído—. Y hemos de creer en ella.

Saqué mi diario de la mochila y, desesperada por volver a sentirlo cerca, extraje la carta que me había escrito. Después de repasar los detalles, decidí bajar a su estudio y buscar el libro que me aconsejaba que leyera.

Me detuve en el umbral y dejé que el familiar olor a limón, aire fresco y seguridad me inundara.

—¡Ally, cuánto siento no haber estado aquí para recibirte! No sabía que ibas a venir, pero es una sorpresa maravillosa.

—¡Ma! —Me di la vuelta para abrazarla—. ¿Cómo estás? Tenía unos días libres y quería asegurarme de que te encontrabas bien.

—Sí, sí… —dijo con cierta premura—. ¿Y cómo estás tú, chérie?

Sentí que me escudriñaba con su mirada de ojos inteligentes y sagaces.

—Ya me conoces, Ma, yo nunca enfermo.

—Y tanto tú como yo sabemos que no te estoy preguntando por tu salud, Ally —repuso con dulzura.

—He estado ocupada, y creo que eso me ha ayudado. Por cierto, ganamos la regata —comenté débilmente, pues no estaba preparada para hablarle a Ma de Theo y de la posible felicidad que acababa de encontrar. No me parecía apropiado estando en Atlantis sin Pa.

—Maia también está aquí. Se ha ido a Ginebra hace un rato, después de que se marchara el… amigo que la había acompañado desde Brasil. No tardará en volver, y se alegrará mucho de verte, estoy segura.

—Y yo a ella. Me envió un correo electrónico hace unos días y parecía muy feliz. Estoy deseando que me hable de su viaje.

—¿Te apetece una taza de té? Vamos a la cocina para que puedas contármelo todo sobre la regata.

—Está bien.

Me alejé del estudio de Pa y seguí obedientemente a Ma. Puede que solo fuera porque yo me había presentado en casa sin avisar, pero la notaba tensa, privada de la serenidad que la caracterizaba normalmente. Hablamos de Maia y de la regata de las Cícladas y, veinte minutos después, oímos el motor de la lancha. Me acerqué al embarcadero para recibir a Maia.

—¡Sorpresa! —dije abriendo los brazos.

—¡Ally! —Maia me miró atónita—. ¿Qué haces aquí?

—Te parecerá extraño, pero esta también es mi casa —bromeé mientras regresábamos a Atlantis cogidas del brazo.

—Lo sé, pero no te esperaba.

Decidimos sentarnos en la terraza y fui a buscar una jarra de la limonada casera de Claudia. Observé a Maia mientras me hablaba de su reciente viaje a Brasil y pensé que hacía años que no la veía tan animada. Tenía la piel resplandeciente y los ojos le brillaban. Sin duda, descubrir su pasado a través de las pistas póstumas de Pa Salt la había ayudado a sanar.

—Y, Ally, quiero contarte algo más. Debería habértelo explicado hace mucho tiempo…

Entonces me desveló qué era lo que le había sucedido en la universidad y la había hecho recluirse desde aquel momento. Mientras escuchaba la historia se me llenaron los ojos de lágrimas y busqué su mano para reconfortarla.

—Maia, no sabes cuánto siento que tuvieras que pasar por todo eso tú sola. ¿Por qué no me dijiste nada? ¡Era tu hermana! Siempre pensé que teníamos una relación estrecha. Habría estado a tu lado, de verdad que sí.

—Lo sé, Ally, pero por aquel entonces solo tenías dieciséis años. Y, además, me daba vergüenza.

A continuación le pregunté quién era la horrible persona que tanto había hecho sufrir a mi hermana.

—Ah, no lo conoces. Es un chico que iba conmigo a la universidad. Se llamaba Zed.

—¿Zed Eszu?

—Sí. Quizá hayas oído hablar de él en las noticias. Su padre es el magnate que se suicidó.

—Y cuyo barco, no sé si te acordarás, estaba cerca del de Pa el día que supe que había muerto —dije con un escalofrío.

—Es casi una ironía que fuera Zed el que, sin saberlo, me forzó a coger un avión hacia Río cuando aún me estaba planteando si ir o no. Después de catorce años de silencio, un buen día me deja un mensaje en el contestador diciéndome que viene a Suiza y que si podemos vernos.

La miré con extrañeza.

—¿Quería quedar contigo?

—Sí. Me dijo que se había enterado de la muerte de Pa y que podíamos prestarnos el hombro mutuamente para llorar. Si algo podía hacerme salir huyendo de Suiza a toda prisa, era eso.

Le pregunté si Zed sabía lo que le había ocurrido todos esos años atrás.

—No. —Maia sacudió enérgicamente la cabeza—. Y si lo supiera, dudo que le importara lo más mínimo.

—Creo que hiciste bien alejándote de él —le aseguré.

—¿Lo conoces?

—No personalmente, pero conozco a… alguien que sí. En cualquier caso —continué recomponiéndome antes de que pudiera seguir interrogándome—, juraría que subirte a ese avión es lo mejor que has hecho en tu vida. Oye, aún no me has contado nada de tu invitado, el brasileño atractivo. Creo que Ma se ha quedado prendada de él. Cuando he llegado, no hablaba de otra cosa. Es escritor, ¿verdad?

Hablamos un rato de él y luego Maia me preguntó por mí. Decidí que aquel era su momento de hablar de la persona que había encontrado después de tantos años, así que me abstuve de mencionarle a Theo y en su lugar le conté lo de la Fastnet y las pruebas olímpicas a las que me sometería.

—¡Ally! ¡Es genial! Mantenme informada, ¿eh? —suplicó.

—Pues claro.

Marina apareció en la terraza.

—Maia, chérie, no sabía que estabas en casa, me lo acaba de decir Claudia. Christian me ha dado esto para ti esta mañana; me temo que me había olvidado por completo de entregártelo.

Marina le tendió un sobre y los ojos de Maia se iluminaron al reconocer la letra.

—Gracias, Ma.

—¿Os apetece cenar algo? —nos preguntó Ma.

—Si estás preparando algo, me apunto. Maia —me volví hacia ella—, ¿te apetece cenar conmigo? No solemos tener muchas oportunidades de ponernos al día.

—Sí, claro. —Maia se levantó—. Pero, si no os importa, antes me voy un rato al Pabellón.

Ma y yo miramos con una media sonrisa primero la carta que tenía en las manos y luego a Maia.

—Te vemos luego, chérie —dijo Marina.

Cuando entré en la casa con Ma, estaba muy afectada por lo que Maia acababa de contarme. Por un lado, me alegraba que hubiésemos aclarado las cosas, pues al fin comprendía por qué Maia se había vuelto tan distante después de la universidad y había decidido vivir en lo que parecía un exilio autoimpuesto. Pero el hecho de que me hubiera contado que Zed Eszu había sido la causa de su sufrimiento era algo muy distinto…

Con seis chicas en la familia, y todas tan diferentes, los chismorreos sobre novios y aventuras amorosas habían variado de acuerdo con la personalidad de la hermana en cuestión. Hasta ahora, Maia se había mostrado totalmente hermética respecto a su vida privada y Star y CeCe se tenían la una a la otra y raras veces hablaban con el resto de nosotras. De manera que solo quedaban Electra y Tiggy, y las dos habían confiado en mí a lo largo de los años…

Subí a mi habitación y, paseando con nerviosismo de un lado a otro, cavilé sobre el dilema ético de saber algo que potencialmente afectaba a otras personas a las que quería y de si debía compartir esa información o callar. Pero, dado que Maia acababa de sincerarse conmigo por primera vez en años, me dije que la decisión de contar o no su historia al resto de nuestras hermanas era suya y solo suya. ¿De qué serviría que me entrometiera?

Tomada la determinación, consulté el móvil y sonreí al ver un mensaje de Theo.

«Mi querida Ally, te echo de menos. Poco original, pero cierto.»

Contesté de inmediato.

«Y yo a ti (menos original todavía).»

Mientras me duchaba antes de bajar a cenar con Maia, ansié contarle a mi hermana que yo también había conocido a un hombre maravilloso, pero me recordé que, después de tantos años, aquel debía ser su momento y que el mío podía esperar.

Durante la cena, Maia anunció que regresaba a Brasil al día siguiente.

—Solo se vive una vez, ¿no es cierto, Ma? —dijo, radiante de felicidad, y pensé que nunca la había visto tan guapa.

—Ya lo creo —convino Ma—. Y si algo hemos aprendido a lo largo de estas últimas semanas es justamente eso.

—Se acabó el esconderse. —Maia alzó su copa—. Y si no funciona, por lo menos lo habré intentado.

—Se acabó el esconderse —brindé sonriente con ella.

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