La hermana tormenta
Ally. Junio de 2007 » 9
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Marina y yo le lanzamos besos a Maia mientras la veíamos abandonar Atlantis.
—Me alegro tanto por ella —dijo Ma, enjugándose disimuladamente las lágrimas cuando nos dimos la vuelta para regresar a la casa, donde, frente a una taza de té, hablamos del difícil pasado de Maia y su al parecer prometedor futuro.
De las cosas que Ma decía, resultaba sencillo deducir que tenía la misma opinión de Zed Eszu que yo. Apuré el té y le dije que debía ir a revisar mi correo electrónico.
—¿Te importa que use el despacho de Pa? —le pregunté, pues sabía que tenía la mejor señal de internet de toda la casa.
—Pues claro que no. Recuerda que ahora esta casa es tuya y de tus hermanas —respondió Ma con una sonrisa.
Cogí el portátil de mi habitación, bajé a la planta baja y abrí la puerta del estudio de mi padre. Estaba como siempre, con sus paneles de madera de roble en las paredes, del mismo tono que los muebles antiguos y confortables. Me senté tímidamente en la butaca de cuero con ruedas de Pa Salt y coloqué el portátil sobre el escritorio de nogal. Mientras se iniciaba, hice girar el asiento para contemplar distraídamente la cornucopia de objetos que Pa siempre había tenido en los estantes. No guardaban relación entre sí, y yo había dado por sentado desde que era niña que únicamente eran cosas de las que se había encaprichado durante sus incontables viajes. Paseé la mirada por la librería que cubría una de las paredes de arriba abajo y me pregunté dónde podía estar el libro que mencionaba en su carta. Al percatarme de que Dante descansaba junto a Dickens y Shakespeare junto a Sartre, comprendí que los libros estaban colocados por orden alfabético y eran tan eclécticos y de gustos tan diversos como lo había sido el propio Pa.
El portátil decidió que, a pesar de que acababa de encenderlo, aquel era el mejor momento para preguntarme si quería instalar actualizaciones, así que, mientras esperaba a que se reiniciara, me levanté de la silla y me acerqué al reproductor de CD de mi padre. Todas las hermanas habíamos intentado que se pasara al iPod, pero, aunque en su despacho tenía todo tipo de sofisticados aparatos informáticos y de equipamiento electrónico, siempre decía que ya era demasiado viejo para cambiar y que prefería «ver» físicamente la música que le gustaba. Encendí el equipo, fascinada ante la posibilidad de descubrir lo último que había escuchado Pa Salt, y la estancia se llenó de inmediato con las primeras notas de «La mañana» de la suite de Peer Gynt.
Me quedé allí plantada, con los pies pegados al suelo, asaltada por un alud de recuerdos. Era la pieza orquestal favorita de Pa, y a menudo me pedía que le tocara las primeras notas con la flauta. Con el tiempo se había convertido en la banda sonora de mi infancia, porque me recordaba todos los gloriosos amaneceres que habíamos compartido cada vez que me llevaba al lago para enseñarme a navegar.
Lo echaba muchísimo de menos.
Y también extrañaba a otra persona.
La música que salía de los altavoces fue ganando intensidad e inundando el despacho con su maravilloso sonido. Sin pensarlo, cogí el teléfono que había encima de la mesa de Pa para hacer una llamada.
Me lo acerqué a la oreja dispuesta a marcar el número, cuando me di cuenta de que alguien más estaba usando la línea de la casa. Oí una voz conocida, la misma voz grave que tantas veces me había consolado de niña, y no pude evitar interrumpir la conversación.
—¿Hola? —dije mientras me abalanzaba sobre el equipo de música para bajar el volumen y asegurarme de que era él.
Pero la voz ya se había convertido en un pitido rítmico. Y supe que se había ido.
Me senté, respirando agitadamente, y luego me levanté de un salto y salí al rellano para llamar a Ma. Mis gritos también alarmaron a Claudia, que llegó corriendo desde la cocina. Para entonces, yo ya estaba llorando incontroladamente y, cuando Ma apareció en el rellano del primer piso, fui a su encuentro.
—Ally, chérie, ¿qué te ocurre?
—¡Acabo… acabo de oírlo, Ma! ¡He oído su voz!
—¿La voz de quién, chérie?
—¡De Pa Salt! Estaba hablando por la línea de la casa cuando he descolgado el teléfono del estudio para marcar un número. ¡Dios mío! ¡No está muerto, no está muerto!
—Ally. —Advertí que Ma intercambiaba una mirada significativa con Claudia antes de rodearme con un brazo y conducirme al salón—. Cálmate, chérie, te lo ruego.
—¿Cómo quieres que me calme? Mi intuición me decía que no estaba muerto, Ma, y eso quiere decir que está en algún lugar y sigue vivo. Y alguien de esta casa estaba hablando con él…
Le lancé una mirada acusadora.
—Ally, de verdad, entiendo que creas haber oído a tu padre, pero tiene una explicación muy sencilla.
—¿Qué explicación puede tener algo así?
—El teléfono sonó hace unos minutos. Lo oí, pero estaba demasiado lejos para poder cogerlo y saltó el contestador. Estoy segura de que lo que has escuchado es la grabación de tu padre pidiendo que dejen un mensaje.
—¡Estaba sentada justo delante del teléfono y no lo he oído sonar antes de descolgar!
—Tenías la música muy alta, Ally. Podía oírla desde el piso de arriba, desde mi habitación. Quizá por eso no lo hayas oído.
—¿Estás segura de que no estabas hablando por teléfono con él? O tal vez fuese Claudia —sugerí desesperada.
—Ally, por mucho que desees que te diga lo contrario, me temo que no puedo. ¿Quieres marcar el número de la casa desde tu móvil? Si lo dejas sonar cuatro veces, oirás el mensaje de voz de tu padre. Pruébalo, por favor —me instó.
Me encogí de hombros, avergonzada de haber acusado a Ma y a Claudia de mentirme.
—No, no, te creo —dije—. Simplemente… quería que fuera él, deseaba creer que toda esta situación horrible había sido un error.
—Es lo que nos gustaría a todas, Ally, pero tu padre se ha ido y nada de lo que hagamos hará que regrese.
—Lo sé, y lo siento.
—No es necesario que te disculpes, chérie. Si puedo hacer algo…
—No. —Me levanté—. Iré a hacer mi llamada.
Marina me sonrió con ternura mientras regresaba al estudio de Pa Salt, donde me senté una vez más frente al escritorio y examiné el teléfono. Descolgué, marqué el número de Theo y me salió el buzón de voz. Deseando hablar con él y no con una máquina, colgué bruscamente sin dejarle ningún mensaje.
Entonces recordé que aún tenía que encontrar el libro que Pa Salt quería que leyera. Me puse en pie, examiné los títulos de los autores que empezaban por «H» y di con él en cuestión de segundos.
Grieg, Solveig og Jeg
En biografi av Anna og Jens Halvorsen
Jens Halvorsen
Tan solo entendí que se trataba de algún tipo de biografía, pero me lo llevé hasta la mesa y me senté.
Era un libro sin duda antiguo, pues tenía las páginas amarillentas y quebradizas. Me fijé en que se había publicado en 1907, hacía exactamente cien años. Gracias a mis conocimientos de música, enseguida supe casi con total seguridad a qué hacía referencia el señor Halvorsen. Solveig era la triste heroína del poema de Ibsen, y también aparecía en la célebre composición escrita por el maestro Edvard Grieg para acompañar la representación teatral de dicho poema. Cuando pasé la página, vi que también había un prólogo en el que reconocí las palabras «Grieg» y «Peer Gynt». Por desgracia, fue lo único que pude leer, puesto que el resto del texto estaba escrito en lo que imaginaba que era noruego, la lengua materna de Grieg e Ibsen, y, por lo tanto, me resultaba indescifrable.
Con un suspiro de decepción, pasé las páginas y encontré varias imágenes en blanco y negro de una mujer menuda caracterizada de campesina para una obra de teatro. Debajo de aquella lámina podía leerse: «Anna Landvik som Solveig, septiembre de 1876». Examiné las fotografías y advertí que la tal Anna Landvik era prácticamente una chiquilla cuando se tomaron las imágenes. Bajo la gruesa capa de maquillaje escénico, se adivinaba un rostro muy joven. Pasé las demás láminas, en las que había fotografías donde aparecía con unos años más, y parpadeé atónita al reconocer el rostro del mismísimo Edvard Grieg. Anna Landvik estaba de pie junto a un piano de cola y Grieg detrás, aplaudiéndola.
Había otras imágenes que mostraban a un hombre joven y guapo —el biógrafo del libro— posando junto a Anna Landvik, que sostenía un bebé en los brazos. Frustrada por el hecho de que el libro no pudiera desvelarme más cosas a causa de la barrera idiomática, noté que se me había despertado la curiosidad. Necesitaba que me lo tradujeran, y me dije que Maia, como profesional de la traducción, seguramente conociera a alguien que pudiera ayudarme.
Dada mi formación musical, la idea de que hubiera podido existir una conexión entre mis antepasados y uno de los más grandes compositores de la historia —por el que Pa y yo, además, sentíamos predilección— me conmovía profundamente. ¿Era esa la razón de que a Pa le gustara tanto la suite de Peer Gynt? A lo mejor me la había puesto porque conocía mi conexión con ella…
Lamenté una vez más su muerte y las preguntas que ya nunca obtendrían respuesta.
—¿Estás bien, chérie?
Arrancada de mis pensamientos, levanté la vista y vi a Ma de pie en el umbral.
—Sí.
—¿Estabas leyendo?
—Sí —contesté posando una mano protectora sobre el libro.
—La comida está servida en la terraza.
—Gracias, Ma.
Frente a una ensalada de queso de cabra y una copa de vino blanco helado, volví a disculparme con Ma por mi exagerada reacción de hacía un rato.
—No hace falta que te disculpes, en serio —me tranquilizó—. Bien, las dos nos hemos puesto al día sobre Maia, pero tú has hablado muy poco de ti. Cuéntame cómo estás, Ally. Intuyo que te ha pasado algo bueno, porque tú también estás distinta.
—La verdad, Ma…, es que yo también he conocido a alguien.
—Lo imaginaba —dijo con una sonrisa.
—Y esa es la razón de que no escuchara los mensajes de voz que todas me dejasteis cuando murió Pa. En esos momentos estaba con él y había desconectado el móvil —solté de repente, pues necesitaba contar la verdad y liberarme de la angustia que me oprimía el pecho—. Lo lamento mucho, Ma. Me siento muy culpable.
—Pues no deberías. ¿Quién iba a imaginar que sucedería algo así?
—La verdad es que soy una montaña rusa emocional —suspiré—. Creo que nunca he estado tan contenta y tan triste a la vez. Es muy extraño. Me siento culpable por ser feliz.
—Dudo mucho que tu padre deseara que te sintieras así, chérie. ¿Y quién es ese hombre que te ha robado el corazón?
Se lo conté todo. Y el mero hecho de pronunciar el nombre de Theo hizo que me sintiera mejor.
—¿Crees que es el hombre de tu vida, Ally? Nunca te había oído hablar así de nadie.
—Creo que podría serlo, sí. De hecho… bueno, me ha pedido matrimonio.
—¡Dios mío! —Ma me miró perpleja—. ¿Y has aceptado?
—Sí, aunque aún tardaremos mucho en casarnos, estoy segura. Pero me regaló esto. —Tiré de la cadena de plata para enseñarle el colgante contra el mal de ojo que llevaba en el cuello—. Sé que todo ha ido muy deprisa, pero siento que es lo que quiero. Y él también. Ya me conoces, Ma, no soy de esas personas que se dejan llevar por el romanticismo, de modo que todo este asunto todavía me tiene un poco impactada.
—Sí, te conozco, Ally, y por eso sé que se trata de algo importante.
—A decir verdad, Theo me recuerda a Pa. Me habría gustado que se conocieran. —Suspiré antes de comer un poco de ensalada—. Cambiando de tema, ¿realmente crees que Pa quería que todas averiguáramos de dónde venimos?
—Creo que quería proporcionaros la información que necesitaríais en caso de que algún día sintierais el deseo de hacerlo. Pero la decisión, obviamente, es vuestra.
—A Maia, desde luego, la ha ayudado mucho. Mientras indagaba en su pasado ha encontrado su futuro.
—Es cierto —dijo Ma.
—Pero creo que es posible que yo ya haya encontrado el mío sin necesidad de ahondar en mi historia. Puede que algún día lo haga, pero ahora solo quiero disfrutar del presente y ver hacia dónde me lleva.
—Me parece muy bien. Espero que traigas pronto a Theo para que lo conozca.
—Lo haré, Ma —dije, y la mera idea me hizo sonreír—. Te lo prometo.
Después de unos días disfrutando de los guisos de Claudia, de noches de sueño reparador y del fabuloso clima de julio, me sentía recuperada y en paz. Todas las tardes sacaba el Laser y daba tranquilos paseos por el lago. Y cuando el sol apretaba, me tendía en la embarcación y dejaba que mis sentimientos por Theo me inundaran. Me notaba más cerca de él y de Pa cuando estaba en el agua. Poco a poco, me di cuenta de que iba aceptando la pérdida de Pa. Y, aunque le había dicho a Marina que no iba a investigar mi pasado por el momento, ya le había escrito un correo a Maia para preguntarle si conocía a algún traductor del noruego. Me había contestado que no, pero que haría algunas averiguaciones. Dos días después, me había enviado un correo con los datos de una tal Magdalena Jensen. Yo ya la había llamado y, cuando hablamos, Magdalena se había mostrado encantada de empezar a traducir el libro. Después de fotocopiar la cubierta y las fotografías por si se extraviaba, embalé el libro con sumo cuidado y se lo mandé por FedEx.
Mientras preparaba la mochila para partir hacia la isla de Wight —situada frente a la costa de Inglaterra— y comenzar los entrenamientos, un escalofrío de inquietud me recorrió la espalda. La Fastnet Race era un asunto serio, y Theo estaría al mando de veinte tripulantes muy experimentados y a los que había seleccionado minuciosamente. Yo jamás había participado en un desafío como aquel. Tendría que dar lo mejor de mí y estar dispuesta a observar y aprender. Bien mirado, era un inmenso honor que Theo me hubiera propuesto participar.
—¿Lista? —me preguntó Ma cuando aparecí en el vestíbulo con la mochila y la flauta, puesto que Theo me había pedido que volviera a llevarla. Al parecer era cierto que le encantaba oírme tocar.
—Sí.
Me abrazó con fuerza y me dejé mecer por el consuelo y la seguridad que Ma representaba.
—Sé prudente en la regata, ¿de acuerdo, chérie? —me pidió mientras bajábamos hacia el embarcadero.
—No te preocupes, Ma, por favor. Te prometo que tengo el mejor capitán del mundo. Theo me mantendrá a salvo.
—Pues entonces asegúrate de hacerle caso, ¿entendido? Sé lo obstinada que puedes llegar a ser a veces.
—Lo haré —dije con una sonrisa burlona, pensando en lo bien que me conocía.
—Llama de vez en cuando, Ally —me pidió al ver que apartaba la lancha del embarcadero al tiempo que Christian recogía los cabos y subía.
—Descuida, Ma.
Y en cuanto la lancha ganó velocidad, sentí que por fin navegaba hacia mi futuro.