La hermana tormenta
Ally. Junio de 2007 » 10
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Hola, Ally.
Miré sorprendida a Theo mientras la marabunta humana del aeropuerto de Heathrow me dejaba atrás a toda prisa.
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué pregunta es esa? Cualquiera diría que no te alegras de verme —rezongó en tono de broma antes de estrecharme entre sus brazos y besarme en mitad del pasillo de llegadas.
—¡Claro que me alegro! —Me reí tontamente cuando nuestras bocas se separaron para coger aire, y me di cuenta de que Theo siempre conseguía asombrarme—. Creía que estabas ocupado con el Tigresa. Salgamos de aquí —añadí deshaciéndome de su abrazo—, estamos provocando un atasco humano.
Theo me llevó hasta la parada de taxis.
—Sube —dijo antes de darle la dirección al taxista.
—¿No pretenderás que vayamos en taxi hasta el transbordador de la isla de Wight? —pregunté una vez dentro del vehículo—. Está lejísimos.
—Naturalmente que no. Pero, dado que una vez allí no haremos más que entrenar, he pensado que sería agradable que pudiéramos disfrutar de una noche íntima antes de que yo vuelva a convertirme en «patrón» y tú simplemente en «Al». —Me atrajo hacia sí—. Te he echado de menos, mi amor —susurró.
—Y yo a ti —contesté en tanto veía al taxista sonreír por el retrovisor.
Para gran sorpresa y deleite míos, el taxi se detuvo delante del hotel Claridge, donde Theo tenía reservada una habitación. Pasamos una tarde maravillosa recuperando el tiempo perdido. Antes de apagar la luz aquella noche me quedé un rato mirando cómo dormía Theo y empapándome de él. Y supe que mi lugar estaba donde estuviera él.
—Bueno, antes de tomar el tren a Southampton, debemos hacer una visita de cumplido.
—¿No me digas? ¿A quién?
—A mi madre. Por si lo has olvidado, vive en Londres, y se muere de ganas de conocerte. Así que me temo que vas a tener que levantar de la cama ese precioso trasero tuyo mientras yo me doy una ducha.
Obedecí y me puse a hurgar entre mis cosas, nerviosa porque me disponía a conocer nada más y nada menos que a mi futura suegra. Lo más elegante que tenía eran los tejanos, las camisetas y las zapatillas deportivas que reservaba para las raras tardes que no estaba en el barco vestida de arriba abajo de Gore-Tex, la hermana impermeable y absolutamente opuesta a lo sexy de la licra.
Entré en el cuarto de baño para buscar en mi neceser mi único juego de rímel y barra de labios, y descubrí que me lo había dejado en Atlantis.
—Ni siquiera tengo un mísero pintalabios —aullé a Theo a través de la mampara de la ducha.
—Ally, me gustas sin adornos —dijo cuando salió del humeante cubículo—. Ya sabes que detesto las mujeres demasiado maquilladas. Y métete en la ducha de una vez. Nos iremos enseguida.
Cuarenta minutos más tarde, después de recorrer un laberinto de calles que pertenecían, según me explicó Theo, a un barrio de Londres llamado Chelsea, el taxi se detuvo frente a una bonita casa adosada pintada de blanco. Tres escalones de mármol conducían a una puerta principal flanqueada por macetas repletas de aromáticas gardenias.
—Es aquí. —Theo subió los escalones a toda prisa, sacó una llave del bolsillo y abrió—. ¿Mamá? —llamó cuando entramos en el recibidor.
Lo seguí por un pasillo angosto hasta una espaciosa cocina dominada por una rústica mesa de roble y un aparador atestado de objetos de cerámica de vivos colores.
—¡Estoy aquí, cariño! —trinó una voz femenina al otro lado de las ventanas francesas.
Salimos a una terraza de losetas, donde una mujer de complexión delgada y pelo rubio oscuro recogido en una coleta corta estaba cortando rosas en un jardín vallado, pequeño y frondoso.
—Mi madre se crio en la campiña inglesa e intenta recrearla en el centro de Londres —murmuró tiernamente Theo al tiempo que la mujer levantaba la cabeza y nos obsequiaba con una sonrisa.
—Hola, cariño. Hola, Ally.
Cuando se acercó, sus ojos azul claro me dedicaron la misma mirada penetrante que los de su hijo. Sus rasgos de muñeca y su piel, que recordaba a la típica rosa inglesa, me hicieron pensar que era una mujer preciosa.
—He oído hablar tanto de ti que tengo la sensación de que ya te conozco —dijo besándome afectuosamente en las mejillas.
—Hola, mamá. —Theo le dio un abrazo—. Tienes buen aspecto.
—¿Tú crees? Justo esta mañana me he estado contando las canas frente al espejo. —La mujer soltó un suspiro fingido—. Por desgracia, a todos nos llega la vejez. ¿Qué os apetece tomar?
—¿Café? —preguntó Theo volviéndose hacia mí.
—Perfecto —dije—. Por cierto, ¿cómo se llama tu madre? —le susurré mientras la seguíamos hasta la cocina—. Yo diría que todavía es pronto para llamarla «mamá».
—¡Ostras, lo siento! Se llama Celia. —Theo me estrechó la mano—. ¿Va todo bien?
—Estupendamente.
Durante el café, Celia me preguntó sobre mi vida y, cuando le expliqué que Pa Salt había muerto, me consoló con ternura y empatía.
—Creo que ningún hijo llega a superar del todo la muerte de un progenitor, y aún menos las hijas con respecto al padre. Yo me quedé deshecha cuando perdí al mío. Lo máximo a lo que puedes aspirar es la aceptación. Además, todavía está muy reciente, Ally. Espero que mi hijo no te esté haciendo trabajar demasiado —añadió mirando a Theo de soslayo.
—En absoluto. Y, si te soy sincera, estar ociosa no hace más que empeorar la situación. Prefiero mantenerme ocupada.
—Pues yo no respiraré tranquila hasta que haya terminado esta Fastnet Race. Si un día tienes hijos, entenderás por qué vivo con el corazón encogido durante el tiempo que dura cada una de las regatas en las que Theo participa.
—Por favor, mamá, ya he competido en la Fastnet dos veces y sé lo que me hago —protestó Theo.
—Y es un patrón excelente, Celia —añadí—. Su tripulación haría cualquier cosa por él.
—No lo dudo, y te aseguro que estoy muy orgullosa de él, pero a veces me gustaría que hubiese elegido la profesión de contable o de agente de bolsa, o al menos alguna que no entrañara tanto peligro.
—Venga, mamá, normalmente no te inquietas tanto. Como ya hemos hablado otras veces, mañana mismo podría atropellarme un autobús. Además, fuiste tú la que me enseñó a navegar.
Theo le dio un codazo cariñoso.
—Perdona, no volveré a mencionarlo. Ya os lo he dicho antes: debe de ser la edad, que me está volviendo sensiblera. Por cierto, ¿has sabido algo de tu padre últimamente? —preguntó Celia en un tono un tanto mordaz.
Theo tardó un segundo en responder.
—Sí. Me envió un correo electrónico para contarme que estaba en su casa del Caribe.
—¿Solo?
Celia arqueó una ceja elegante.
—Ni idea. Y tampoco me importa —repuso su hijo con firmeza, e inmediatamente cambió de tema preguntándole a su madre si pensaba ir a algún sitio en agosto.
Los escuché en silencio mientras conversaban acerca de los inminentes planes de Celia de pasar una semana en el sur de Francia y, hacia finales de mes, unos días en Italia. A juzgar por la naturalidad con que hablaban, era evidente que se adoraban.
Al cabo de una hora, Theo apuró su segunda taza de café y miró el reloj de mala gana.
—Me temo, mamá, que tenemos que irnos.
—¿En serio? ¿No os quedáis a comer? Puedo preparar una ensalada, no es ninguna molestia.
—Imposible. A las cinco tenemos una reunión a bordo del Tigresa con la tripulación al completo y no estaría bien que el capitán llegara tarde. Hemos de coger el tren en Waterloo a las doce y media. —Theo se levantó—. Voy un momento al lavabo. Os veré en el recibidor.
—Ha sido un placer conocerte, Ally —aseguró Celia cuando Theo salió de la cocina—. Cuando me dijo que eras la mujer de su vida, me inquieté bastante, como es lógico. Es mi único hijo y la persona más importante de mi vida. Pero ahora ya veo que hacéis una pareja perfecta.
—Te agradezco que me lo digas. Somos muy felices —dije con una sonrisa.
Camino del recibidor, me puso una mano en el brazo.
—Cuida de él, ¿de acuerdo? Tengo la sensación de que nunca ha llegado a entender el peligro.
—Haré cuanto esté en mi mano, Celia.
—Es…
Se disponía a añadir algo, cuando Theo reapareció junto a nosotras.
—Adiós, mamá. Te llamaré, pero no te inquietes si no doy señales de vida durante la semana de la regata.
—Lo intentaré —respondió Celia con un ligero temblor en la voz—. Y estaré en Plymouth para aplaudirte cuando cruces la meta.
Me dirigí hacia la puerta para que pudieran despedirse en privado, pero no pude evitar fijarme en que Celia abrazaba a su hijo como si no soportara dejarlo ir. Finalmente, Theo se liberó de su presa con suavidad y su madre nos dijo adiós desde la puerta con una sonrisa forzada.
Durante el trayecto en tren hacia Southampton, Theo parecía abstraído y más callado de lo normal.
—¿Estás bien? —le pregunté al verlo mirar por la ventanilla con aire pensativo.
—Estoy preocupado por mi madre, eso es todo. Hoy la he notado rara. No suele ser tan negativa. Siempre me despide con una sonrisa de oreja a oreja y un abrazo fugaz.
—Es evidente que te adora.
—Y yo a ella. Todo lo que soy se lo debo a mi madre, y siempre ha apoyado mi gusto por la navegación. Puede que simplemente se esté haciendo mayor —concluyó encogiéndose de hombros—. Además, dudo mucho que algún día supere lo del divorcio.
—¿Crees que todavía quiere a tu padre?
—Seguramente, aunque eso no significa que le caiga bien. Y la entiendo. Cuando descubrió la larga lista de aventuras de mi padre, se vino abajo. La pobre se sintió tan humillada que, aunque aquello le rompía el corazón, le pidió que se marchara.
—Es horrible.
—Sí. Mi padre, como no podía ser de otra manera, también sigue adorándola. Estar separados los hace desgraciados a los dos, pero supongo que la línea que separa el amor del odio es muy fina. Imagino que es como vivir con un alcohólico: en un momento dado, has de tomar la decisión de perder a la persona que amas y conservar tu propia salud mental. Y nadie puede protegernos de nosotros mismos, por mucho que nos quieran.
—No, es cierto.
De pronto, Theo me cogió la mano.
—Nunca permitas que a nosotros nos pase lo mismo, Ally.
—Nunca —respondí con firmeza.
Los siguientes diez días fueron —como sucedía siempre antes de una regata— frenéticos, tensos y agotadores, todo ello acentuado por la reputación de la Fastnet de ser una de las regatas más duras y técnicamente exigentes del mundo. El reglamento requería que el cincuenta por ciento de la tripulación hubiera completado trescientas millas de regatas en alta mar a lo largo de los últimos doce meses. La primera noche, cuando Theo reunió a los veinte miembros de su equipo en el Tigresa, me di cuenta de que yo tenía mucha menos experiencia que la mayoría de ellos. Aunque Theo era conocido por apoyar a los jóvenes talentos y había incluido a la tripulación de la regata de las Cícladas, estaba claro que no quería correr riesgos y había elegido al resto entre la flor y nata de la hermandad internacional de la navegación.
La ruta, ardua y peligrosa, recorría toda la costa sur de Inglaterra, cruzaba el mar Celta hasta la roca de Fastnet, en la costa irlandesa, y regresaba para terminar en Plymouth. En regatas anteriores, los fuertes vientos del oeste y el sudoeste, las corrientes traicioneras y los impredecibles sistemas climáticos habían terminado con las esperanzas de muchas embarcaciones. Y, como bien sabíamos todos, a lo largo de los años se habían producido bastantes muertes. Ninguna tripulación se tomaba la Fastnet a la ligera, y mucho menos aquellas, como la nuestra, cuyo objetivo era ganar.
Todos los días nos levantábamos al alba y pasábamos horas en el mar repitiendo las maniobras necesarias una y otra vez, poniendo a prueba las capacidades tanto de la tripulación como del barco de última generación y llevándolas al límite. Durante las sesiones de entrenamiento, aunque me daba cuenta de que Theo se frustraba cuando un miembro de la tripulación no se integraba en el «juego de equipo», como él lo llamaba, jamás perdía los estribos. Cada noche, durante la cena, se debatían y refinaban las tácticas y estrategias de cada fase de la carrera, aunque era Theo el que tenía la última palabra.
Además del entrenamiento propiamente dicho, asistimos a varias formaciones exhaustivas para aprender a manejar el sofisticado equipo de seguridad a bordo del velero y a todos se nos dotó de una radiobaliza de emergencia, un transmisor personal que iba sujeto al chaleco salvavidas. Cuando no estábamos navegando, la tripulación trabajaba incansablemente en el barco revisando con meticulosidad hasta el último detalle bajo la mirada atenta de Theo, desde repasar el inventario de los equipos hasta probar las bombas y los cabestrantes o examinar la ropa de navegación. Theo, entre sus otras muchas obligaciones como capitán, asignaba las literas y elaboraba los turnos rotativos de vigilancia.
Gracias a su inteligente liderazgo, el espíritu de equipo se hallaba en un punto álgido cuando pronunció su arenga final la víspera del 12 de agosto, el día que arrancaba la regata. Y hasta el último miembro de la tripulación se levantó y le aplaudió.
Al fin estábamos totalmente preparados. La única pega era la atroz predicción climatológica para los días siguientes.
—Cielo, tengo que ir al Royal Ocean Racing Club para la reunión de los patrones —me dijo Theo, y me dio un beso fugaz en la mejilla mientras el resto de la tripulación empezaba a dispersarse—. Vete al hotel y date un largo baño de agua caliente. Es el último que disfrutarás durante un tiempo.
Eso hice, procurando saborear al máximo el lujo de sentir que el agua casi quemaba, pero, cuando más tarde miré por la ventana, vi que el viento había cogido fuerza y rugía sobre el puerto zarandeando con violencia los doscientos setenta barcos congregados en él y alrededor de la isla. Se me revolvió el estómago. Era lo último que necesitábamos, y la expresión de Theo cuando se reunió más tarde conmigo en la habitación era de preocupación.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Malas noticias, me temo. Como ya sabíamos, la predicción es nefasta, tanto que hasta están pensando en posponer el comienzo de la regata. Se ha declarado la alerta por vientos huracanados. Para serte sincero, Ally, la situación no podría ser peor.
Se sentó, con aspecto de estar completamente desmoralizado, y me acerqué para darle un masaje en los hombros.
—Theo, no olvides que es solo una regata.
—Lo sé, pero ganarla sería el pináculo de mi carrera hasta el momento. Tengo treinta y cinco años, Ally, y no podré seguir compitiendo eternamente. ¡Maldita sea! —Golpeó el brazo de la butaca con el puño—. ¿Por qué este año?
—Bueno, esperemos a mañana. Los pronósticos del tiempo se equivocan a menudo.
—Pero la realidad no —suspiró señalando el cielo ennegrecido—. En cualquier caso, tienes razón, no puedo hacer nada. Mañana a las ocho llamarán a todos los patrones para comunicarnos si se aplaza la salida. Así que ahora me toca a mí disfrutar de un baño caliente.
—Iré a preparártelo.
—Gracias. Por cierto, Ally…
—¿Qué? —dije dándome la vuelta.
Theo me sonrió.
—Te quiero.
Tal como Theo temía, la regata se pospuso por primera vez en sus ochenta y tres años de historia. La desanimada tripulación comió en el Royal London Yacht Club contemplando sombríamente los cielos a través de los ventanales y esperando un milagro. Se tomaría una nueva decisión al día siguiente a primera hora, de modo que después del almuerzo Theo y yo regresamos cabizbajos a nuestro hotel del puerto.
—Acabará aclarando, Theo, siempre lo hace.
—Ally, he consultado hasta la última página de internet, además de llamar personalmente al centro meteorológico, y por lo visto estamos en medio de una borrasca que durará varios días. Aunque consigamos empezar la regata, será dificilísimo llegar a la meta. En fin —me miró y de pronto sonrió—, al menos tenemos tiempo para otro baño caliente.
Aquel domingo por la noche cenamos juntos en el restaurante del hotel, los dos sintiéndonos tensos y nerviosos. Theo incluso se permitió una copa de vino, algo que nunca hacía la víspera de una regata, y regresamos a la habitación un poco más tranquilos. Aquella noche me hizo el amor con especial urgencia y pasión; después, se derrumbó sobre las almohadas y me estrechó contra su cuerpo.
Justo cuando empezaba a conciliar el sueño, lo oí decir:
—¿Ally?
—¿Sí?
—Si todo va bien mañana, zarparemos, pero será una regata dura. Solo quería recordarte la promesa que me hiciste en «Algún Lugar». Como tu patrón, si te digo que quiero que abandones el barco, obedecerás.
—Theo…
—En serio, Ally, no te dejaré embarcar mañana a menos que tenga la certeza de que harás lo que te diga.
—En ese caso, lo haré —respondí encogiéndome de hombros—. Eres mi capitán y he de obedecer.
—Y antes de que vuelvas a mencionarlo, no es porque seas mujer o porque dude de tus aptitudes. Es porque te quiero.
—Lo sé.
—De acuerdo. Que duermas bien, amor mío.
A primera hora de la mañana, veinticinco horas después del inicio previsto, llegó la noticia de que la Fastnet Race comenzaría ese día. Después de informar a la tripulación, Theo se marchó de inmediato al barco y me percaté de que había recuperado la motivación y la energía.
Una hora después, me sumé el resto del equipo en el Tigresa. Incluso dentro del puerto los barcos se mecían peligrosamente azotados por el viento y las olas.
—Y pensar que ahora mismo podría estar en el Caribe capitaneando un yate de lujo alquilado —farfulló Rob cuando oímos el pistoletazo de salida y aguardamos nerviosos a que llegara nuestro turno de abandonar el puerto.
Durante la espera, Theo nos congregó en la cubierta para sacarnos una foto de bon voyage.
Hasta los navegantes más experimentados que nos acompañaban estaban un tanto pálidos cuando finalmente dejamos la protección del puerto. El mar embravecido que el viento alzaba en remolinos de espuma nos empapó a todos en cuestión de segundos.
Durante las turbulentas ocho horas que siguieron, en las que el viento continuó arreciando, Theo guardó la calma y apenas titubeó mientras pilotaba el barco por las aguas enfurecidas. Emitía una avalancha casi constante de órdenes para que conserváramos el rumbo y mantuviéramos la velocidad. Arrizábamos y desarrizábamos sin cesar las velas para intentar sortear unas condiciones climáticas del todo impredecibles, como por ejemplo ráfagas de viento de cuarenta nudos que parecían surgir de la nada. Y, entretanto, una lluvia sesgada nos acribillaba sin descanso.
Aquel primer día se nos asignaron las tareas de cocina a un compañero y a mí. Intentamos calentar sopa, pero, aun utilizando el fogón basculante diseñado para mantener la estabilidad del cazo, el cabeceo del velero era tan violento que el contenido se derramaba por todas partes y nos abrasó en más de una ocasión. Finalmente optamos por calentar raciones de comida precocinada en el microondas. Los miembros de la tripulación bajaban por turnos, tiritando bajo la ropa de regatista y demasiado agotados para quitársela durante los breves minutos que empleaban en comer. Pero sus miradas de gratitud me recordaban que en una regata las tareas domésticas eran tan importantes como lo que acontecía en la cubierta.
Theo bajó con el último turno y, mientras devoraba su comida, me informó de que varios veleros ya habían decidido refugiarse en diferentes puertos de la costa sur de Inglaterra.
—Será mucho peor cuando salgamos del Canal y naveguemos por el mar Celta. Sobre todo cuando oscurezca —añadió mirando su reloj.
Eran casi las ocho de la noche y la luz empezaba a decaer.
—¿Qué piensan los demás? —le pregunté.
—Todos quieren continuar, y yo creo que el barco puede aguantar…
En ese momento, el Tigresa dio tal bandazo hacia estribor que nos hizo salir disparados de los bancos. Cuando el borde de la mesa se me clavó en el estómago solté un grito. Theo —el hombre que yo había llegado a creer que podía caminar sobre el agua— se estaba levantando del suelo.
—Se acabó —dijo al verme doblada de dolor—. Como bien dijiste, es solo una regata. Nos vamos a puerto.
Y sin darme tiempo a replicar, subió los escalones de dos en dos hasta la cubierta.
Una hora después, entrábamos en el puerto de Weymouth. Pese a nuestras ropas impermeables de alta tecnología, estábamos todos empapados hasta los huesos, y absolutamente agotados. Tras echar el ancla, arriar velas y comprobar que no hubiera daños en el equipo, Theo nos convocó en la cabina principal. Nos sentamos pesadamente allí donde encontramos un hueco, todavía ataviados con nuestros uniformes de regata naranjas, como si fuéramos langostas moribundas atrapadas en una red de pescar.
—Es demasiado arriesgado continuar esta noche y no estoy dispuesto a poner vuestras vidas en peligro. Sin embargo, la buena noticia es que casi todos los demás veleros ya han buscado refugio, así que es posible que aún nos quede una pequeña posibilidad. Ally y Mick prepararán pasta y, entretanto, podréis ducharos siguiendo la lista de turnos. Nos pondremos en marcha en cuanto salga el sol. Que alguien ponga agua a hervir para que podamos tomar un té y entrar en calor. Mañana necesitaremos estar muy concentrados.
Mick y yo nos levantamos, tambaleantes, y nos dirigimos hacia la cocina. Mientras hervíamos la pasta en una olla grande y calentábamos la salsa precocinada, Mick preparó té y yo me bebí el mío agradecida, imaginando que el calor descendía hasta mis pies helados.
—No me iría mal algo más fuerte —comentó Mick con una sonrisa—. No me extraña que los marineros de antaño le dieran al ron.
—Al, es tu turno en la ducha —llamó Rob.
—No te preocupes, no me importa dejarle mi turno a otro y ducharme más tarde.
—Buen chico —dijo con gratitud—. Me haré pasar por ti.
Jamás mis dudosas aptitudes culinarias habían sido tan apreciadas como aquella noche. Después de cenar y lavar los cuencos de plástico, la tripulación comenzó a dispersarse para dormir mientras pudiera. Dado que el barco no estaba diseñado para que tantos tripulantes durmieran a la vez, se fueron acomodando en los bancos y en el suelo embutidos en sus ligeros sacos de dormir.
Yo fui a darme una ducha preguntándome si el agua helada, que era la única que quedaba al final de la rotación, me haría sentir mejor o peor. Cuando salí, Theo me estaba esperando.
—Ally, tengo que hablar contigo.
Me cogió de la mano y cruzamos la cabina en penumbra, ya sembrada de cuerpos inertes, hasta el diminuto espacio atestado de material de navegación que él llamaba su «oficina». Me invitó a sentarme y tomó mis manos entre las suyas.
—Ally, ¿tú crees que te quiero?
—Sí, claro.
—¿Y crees que pienso que eres una navegante increíble?
—De eso no estoy tan segura. —Esbocé un sonrisa torcida—. ¿Por qué?
—Porque no quiero que continúes en la regata. Dentro de unos minutos vendrá a recogerte una lancha neumática. Tienes una habitación reservada en un hostal del puerto. Lo siento —dijo—. Simplemente no puedo.
—¿No puedes qué?
—Correr el riesgo. El pronóstico es pésimo, y ya he hablado con varios patrones que están pensando en abandonar. Creo que el Tigresa puede continuar, pero no puedo tenerte a bordo. ¿Lo entiendes?
—No. No lo entiendo. ¿Por qué yo? ¿Por qué no los demás? —protesté.
—Te lo ruego, cariño, ya sabes por qué. Además —guardó un breve silencio antes de continuar—, si quieres saber la verdad, me resulta mucho más difícil concentrarme y realizar mi trabajo contigo a bordo.
Lo miré desconcertada.
—Deja que me quede, Theo, por favor —le supliqué.
—Esta vez no. Disputaremos muchas otras regatas juntos, cielo. Y no todas sobre el agua. No las pongamos en peligro.
—Pero ¿por qué está bien que tú continúes si te preocupa tanto que yo haga lo mismo? Si otros barcos están pensando en retirarse, ¿por qué no lo haces tú también?
Mi rabia aumentaba a medida que mi cerebro iba asimilando la devastadora decisión de Theo.
—Porque esta carrera ha sido siempre mi destino, Ally. No puedo decepcionar a todo el mundo. Bien, será mejor que recojas tus cosas, la lancha está a punto de llegar.
—¿Y no te importa que yo decepcione a la gente? ¿Que te falle a ti? —dije deseando gritarle pero consciente de que había gente durmiendo cerca—. ¡Se supone que soy tu protectora!
—Ten por seguro que me decepcionarás si sigues discutiendo conmigo —repuso bruscamente—. Recoge tus cosas. Ya. Es una orden de tu capitán. Obedece, por favor.
—Sí, patrón —espeté irritada, sabedora de que debía aceptar la derrota.
Cuando fui a recoger mi mochila, estaba furiosa con Theo por un montón de razones contradictorias. Subí a cubierta y vislumbré las luces de la lancha que se acercaba desde el puerto. Me dirigí a la popa para bajar la escalerilla.
Decidida a marcharme sin dirigirle la palabra a Theo, agarré el cabo que me lanzó el patrón de la lancha y lo amarré a la cornamusa. Acababa de montarme en la escalerilla para descender cuando una linterna me alumbró la cara desde arriba.
—Te hospedas en The Warwick Guesthouse —dijo la voz de Theo.
—Bien —respondí muy seria.
Arrojé la mochila a la lancha y bajé otro escalón antes de que una mano me agarrara del brazo y tirase de mí hacia arriba.
—Por el amor de Dios, Ally, te quiero. Te quiero… —susurró Theo estrechándome entre sus brazos mientras las puntas de mis pies hacían equilibrios sobre el travesaño de la escalerilla—. Nunca lo olvides, ¿me oyes?
Pese a mi enfado, mi corazón se ablandó.
—Nunca. —Le quité la linterna de entre las manos y le iluminé el rostro para grabar sus rasgos en mi memoria—. Ten cuidado, amor mío —musité cuando Theo me soltó a regañadientes para poder desamarrar el cabo.
Bajé los peldaños y salté a la lancha.
Aquella noche, pese a lo agotada que estaba después del día de navegación más arduo de mi vida, no conseguí conciliar el sueño. Para colmo, cuando rebusqué en mi mochila me di cuenta de que con las prisas me había dejado el móvil a bordo del velero. No podría comunicarme directamente con Theo, y me reprendí por mi estupidez. Mientras caminaba nerviosa por la habitación, pasaba de la indignación por haber sido abandonada en tierra de cualquier manera al miedo cada vez que atisbaba por la ventana los nubarrones y el diluvio que caía sobre el puerto o que escuchaba el continuo golpeteo de los aparejos zarandeados por el viento. Sabía lo mucho que aquella regata significaba para Theo, pero temía que el deseo de ganar nublara su criterio profesional. Y de repente vi el mar tal como era en realidad: una bestia indomable que podía reducir a los seres humanos a pedazos con su fuerza descomunal.
Cuando un alba neblinosa empezó a despuntar, divisé el Tigresa cuando abandonaba el puerto de Weymouth para salir a mar abierto.
Aferré mi colgante de compromiso con los dedos y supe que no podía hacer nada más.
—Adiós, amor mío —susurré, y seguí contemplando el Tigresa hasta que no fue más que un punto diminuto arrojado a las crueles olas del mar abierto.
Pasé las siguientes horas presa de una sensación de total aislamiento. Al final comprendí que no tenía sentido permanecer sola y deprimida en Weymouth, de modo que hice la mochila y tomé el tren y el transbordador de regreso a Cowes. Por lo menos allí estaría cerca del centro de control de la Fastnet y sabría de primera mano cómo iban las cosas, en lugar de tener que depender de internet. Todos los veleros llevaban a bordo rastreadores por GPS, pero yo sabía que eran poco fiables ante el mal tiempo.
Tres horas y media después, me registraba en una habitación del mismo hotel donde Theo y yo nos habíamos alojado durante el entrenamiento y fui caminando hasta el Royal Yacht Squadron para ver qué podía averiguar. Se me cayó el alma a los pies al reconocer a varias de las tripulaciones que habían comenzado la regata con nosotros sentadas alrededor de las mesas con aire abatido.
Cuando reparé en Pascal Lemaire, un francés con el que había navegado años atrás, me acerqué a hablar con él.
—Hola, Al —me saludó sorprendido—. No sabía que el Tigresa se hubiera retirado.
—No lo ha hecho, por lo menos que yo sepa. Ayer el patrón me ordenó desembarcar. Pensaba que era demasiado peligroso.
—Y tenía razón. Docenas de barcos han abandonado oficialmente la regata o están aguardando en puerto a que el tiempo mejore. Nuestro capitán optó por que nos retiráramos. Para los veleros pequeños como el nuestro estar ahí afuera era un infierno. Pocas veces he visto un tiempo como este. Pero tus compañeros estarán bien en un barco de treinta metros. El velero que capitanea tu novio es insuperable —me tranquilizó al ver la preocupación en mis ojos—. ¿Te apetece una copa? Esta noche somos muchos los que estamos ahogando nuestras penas.
Acepté la invitación y me uní al grupo justo en el momento en que empezaban, inevitablemente, a comparar las condiciones climatológicas de aquel año con las de la Fastnet Race de 1979, cuando las olas derribaron ciento doce barcos y dieciocho personas, entre ellas tres miembros de los equipos de salvamento, perdieron la vida. Al cabo de media hora, preocupada por Theo y el Tigresa, me disculpé, me puse el forro polar y me dirigí por las calles sacudidas por la lluvia hacia el centro de control de la Fastnet, ubicado en el Royal Ocean Racing Club. Enseguida pregunté si tenían información sobre el Tigresa.
—Sí, acaba de dejar atrás Bishop Rock y avanza a buen ritmo —contestó el operador examinando la pantalla—. Actualmente va cuarto. Aunque, a este paso, con la cantidad de abandonos que se están produciendo, quizá gane por falta de contrincantes —añadió con un suspiro.
Celebrando que, aparentemente, todo iba bien y Theo estaba sano y salvo, regresé al Royal Yacht Squadron y pedí un sándwich mientras veía llegar a puerto a más tripulaciones agotadas y caladas hasta los huesos. El viento había arreciado de nuevo, los oí decir, pero estaba demasiado ensimismada para poder involucrarme en sus conversaciones, así que regresé al hotel y conseguí dormir un par de agitadas horas. Al final tiré la toalla y a las cinco de la mañana, mientras un amanecer plomizo luchaba por abrirse paso, ya estaba de vuelta en el centro de control. Cuando entré en la estancia se hizo el silencio.
—¿Alguna novedad?
Vi que los operadores intercambiaban miradas de preocupación.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté con el corazón súbitamente en un puño—. ¿Va todo bien en el Tigresa?
Otro intercambio de miradas.
—Recibimos una llamada de socorro a las tres y media de la madrugada. Hombre al agua, al parecer. Se ha enviado un barco salvavidas y un helicóptero de rescate. Todavía estamos esperando noticias.
—¿Saben quién ha caído? ¿Cómo ocurrió?
—Lo siento, de momento no tenemos más información. ¿Por qué no vas a tomar una taza de té? Te avisaremos en cuanto sepamos algo.
Asentí, intentando controlar la histeria que me invadía por dentro. El Tigresa era una embarcación de última generación con un sistema de comunicación inmejorable. Sabía que me estaban mintiendo cuando decían que no conocían los detalles de lo ocurrido. Y eso solo podía significar una cosa.
El corazón me latía tan deprisa que pensé que iba a desmayarme. Entré en el servicio de señoras y me desplomé sobre la tapa del retrete, tratando de respirar mientras el pánico se apoderaba de mí. A lo mejor estaba equivocada, a lo mejor no podían difundir la información hasta saber qué había sucedido exactamente. Pero en el fondo de mi ser, ya lo sabía.