La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Junio de 2007 » 11

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Un helicóptero trasladó a tierra el cuerpo de Theo. El director de la regata me ofreció amablemente un coche para que me llevara a Southampton en el transbordador y de allí, si quería, al hospital en cuyo depósito yacería su cadáver.

—La madre de Theo y usted aparecen en el formulario de ingreso como sus allegados. Lamento tener que hablarle de esto, pero probablemente una de las dos tendrá que… en fin… rellenar todo el papeleo. ¿Quiere que llame a la señora Falys-Kings o prefiere hacerlo usted?

—No… no sé —respondí aturdida.

—Quizá debería hacerlo yo. Me preocupa mucho que pueda enterarse por la radio o la televisión. Por desgracia, la noticia tendrá una gran repercusión en todo el mundo. Lo siento mucho, Ally. No recurriré al tópico de que Theo hacía algo que amaba. Estoy simplemente desolado por usted, por su tripulación y por el mundo de la navegación en general.

No contesté. Sobraban las palabras.

—Bien. —Era evidente que no sabía qué más hacer conmigo, que seguía sentada en su despacho en estado catatónico—. ¿Quiere que la lleve a su hotel para que pueda descansar un poco?

Me encogí de hombros, desesperada. Sabía que sus intenciones eran buenas, pero dudaba que algún día pudiera volver a «descansar».

—No hace falta, gracias. Iré caminando.

—Si puedo hacer algo por usted, Ally, lo que sea, dígamelo. Tiene mi número de móvil, así que llámeme si desea el coche. En este instante, el resto de la tripulación está devolviendo el Tigresa a Cowes. Estoy seguro de que querrán hablar con usted en algún momento y explicarle qué sucedió exactamente, si está preparada para escucharlo. Entretanto, me pondré en contacto con la madre de Theo.

Regresé al hotel caminando como una autómata por el puerto, deteniéndome un segundo para contemplar el mar gris y cruel. Y mientras permanecía allí inmóvil le grité obscenidades, aullando como una desquiciada, exigiendo saber por qué me había arrebatado a mi padre y después a Theo.

Y en ese momento, me juré que nunca más volvería a poner un pie en un barco.

Pasé las siguientes horas sentada en mi habitación, sumida en un gran vacío, incapaz de pensar, sentir o procesar nada.

Lo único que sabía era que ya no me quedaba nada.

Nada.

El teléfono que había junto a la cama sonó y me levanté mecánicamente para responder. La recepcionista me comunicó que unos amigos me esperaban abajo.

—El señor Rob Bellamy y otros tres —especificó.

A pesar del aturdimiento comprendí que, por muy doloroso que fuera enfrentarme a la tripulación, tenía que escuchar cómo había muerto Theo. Le pedí a la recepcionista que les dijera que me reuniría con ellos en la cafetería del hotel.

Cuando entré, Rob, Chris, Mick y Guy me estaban esperando. También ellos estaban conmocionados, y apenas pudieron mirarme a los ojos cuando me dieron el pésame.

—Hicimos todo lo que pudimos…

—Fue muy valiente al lanzarse a rescatar a Rob…

—Nadie tiene la culpa, fue un trágico accidente…

Asentí y conseguí ofrecer respuestas breves a sus palabras de consuelo, dar la impresión de que seguía siendo un ser humano funcional. Finalmente, Mick, Chris y Guy se levantaron para marcharse, pero Rob dijo que quería quedarse.

—Gracias, chicos —dije dedicándoles un patético gesto de despedida con la mano.

—Al, si no te importa, necesito una copa. —Rob le hizo señas a la camarera que mataba el tiempo junto a la barra—. Y, antes de que te cuente lo que sucedió exactamente, tú también.

Al cabo de unos minutos, armados con sendos brandis, Rob respiró hondo y advertí que tenía la mirada vidriosa.

—Habla, Rob, te lo ruego —lo insté.

—De acuerdo. Habíamos echado el ancla debido al mal tiempo. Yo estaba en la cubierta de proa haciendo mi turno de vigilancia, cuando Theo vino a relevarme. Justo después de que desabrochara mi arnés del jackstay, una ola gigantesca me golpeó y me tiró al mar. Por lo visto perdí el conocimiento, así que me habría ahogado irremediablemente, pero Theo dio la alarma, arrojó el bote salvavidas y él mismo saltó al agua. Yo seguía inconsciente, pero para entonces el resto de los muchachos ya estaba en la cubierta y me han contado que Theo consiguió nadar hasta mí, arrastrarme hasta el bote y subirme a él, pero entonces otra ola enorme lo lanzó lejos de mí y lo engulló. Después de aquello lo perdieron totalmente de vista; era de noche y el mar estaba muy picado, y sabes tan bien como yo que es imposible divisar a alguien en el agua en esas condiciones. Si hubiera logrado mantenerse agarrado al bote —Rob ahogó un sollozo— probablemente habría sobrevivido. La tripulación pidió por radio un helicóptero de rescate. Cuando llegó, el equipo me encontró y me subió al barco gracias a la luz del bote. Pero Theo… al final localizaron su… su… su cuerpo una hora después gracias a la señal de su radiobaliza. Dios, Al, lo siento muchísimo. Nunca podré perdonármelo.

Por primera vez desde que me habían dado la noticia, sentí que una emoción real volvía a correr por mis venas. Posé una mano sobre la suya.

—Rob, todos sabemos los peligros que entraña la navegación, y Theo los conocía mejor que nadie.

—Lo sé, Al, pero si no me hubiera desabrochado el arnés en ese momento… ¡mierda! —Se tapó los ojos con la otra mano—. Estabais hechos el uno para el otro… y es culpa mía que ahora ya no estéis juntos. ¡Debes de odiarme!

Rompió a llorar desconsoladamente y solo fui capaz de darle unas palmaditas mecánicas en el hombro. Lo peor de todo era que una parte de mí, en efecto, lo odiaba, porque él había sobrevivido y Theo no.

—No fue culpa tuya. Hizo lo que habría hecho cualquier capitán. Y yo no habría esperado menos de él. Hay cosas que… —Me mordí el labio para contener las lágrimas, incapaz de seguir consolándolo.

—Perdona, Ally, no debería ser yo el que llora. —Rob se secó los ojos con expresión contrita—. Pero necesitaba confesarte cómo me siento.

—Gracias. Y te agradezco mucho que me hayas contado cómo sucedió. Tampoco debe de haber sido fácil para ti.

Nos quedamos un rato en silencio antes de que Rob finalmente hiciera ademán de levantarse.

—Si puedo hacer algo por ti, llámame, por favor. Por cierto —se llevó la mano al bolsillo del tejano—, encontré esto en la cocina. ¿Es tuyo?

—Sí, gracias.

Cogí el móvil que me tendía.

—Theo me salvó la vida —susurró—. Es un auténtico héroe. Lo… lo siento.

Me quedé mirando a un Rob desesperado mientras abandonaba la cafetería y después me di cuenta de que, ahora que ya había visto a la tripulación, nada me retenía allí. Además, estaba segura de que Celia querría identificar el cuerpo de su hijo. Cuando me puse en pie, impaciente por abandonar el lugar que había sido el telón de fondo de mi aniquilación personal, me pregunté adónde debería ir. A casa, en Ginebra, supuse. Pero también allí, comprendí, me esperaba el abismo de otra pérdida.

No tenía dónde refugiarme.

Entré en la habitación y me puse a recoger mis cosas distraídamente.

Aquella vez mantuve el móvil apagado por la razón opuesta a cuando estuve en el Neptuno con Theo. Estaba demasiado afectada para contárselo a mi familia. Además, mis hermanas no sabían lo de nuestra relación. Había dado por hecho que ya habría tiempo de sobra para que conocieran a Theo en el futuro. Y teniendo en cuenta lo poco que hacía que nos conocíamos, ¿cómo explicarles lo que había significado para mí? ¿Cómo explicarles que aunque, físicamente, solo habíamos pasado juntos unas semanas, sentía que nuestras almas llevaban juntas toda una vida?

Cuando Pa Salt falleció, pensé que, por lo menos, había sido el orden natural del ciclo de la vida. Y Theo había estado allí para consolarme, para brindarme la ilusión de un nuevo comienzo. Mientras lo meditaba, comprendí hasta qué punto había confiado en que Theo llenara el enorme vacío que Pa había dejado tras él. Pero ahora él también se había ido. Al igual que nuestros sueños de futuro. En el transcurso de unas pocas horas, no solo Theo sino también mi pasión por la navegación me habían sido brutalmente arrebatados.

Justo cuando me disponía a salir de la habitación con la mochila a cuestas, sonó el teléfono de la mesilla.

—¿Diga? —respondí con reticencia.

—Ally, soy Celia. El director de la regata me ha dicho que estabas alojada en el New Holmwood Hotel.

—Sí… Hola.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Destrozada —farfullé, pues ya no me veía capaz de seguir haciéndome la fuerte. Y entendía que, al menos con ella, tampoco era necesario—. ¿Y tú?

—Igual. Acabo de volver del hospital.

Se hizo un silencio mientras las dos digeríamos la espantosa irrevocabilidad que representaban sus palabras. Casi podía sentir a Celia luchando por contener las lágrimas antes de proseguir.

—Ally, estaba preguntándome… ¿adónde piensas ir ahora?

—No estoy segura. No… no lo sé.

—¿Por qué no coges el transbordador y vienes a Southampton? Podríamos viajar juntas a Londres y pasar unos días conmigo. La atención mediática que está empezando a recibir todo este asunto es una pesadilla. Podríamos atrincherarnos en mi casa durante un tiempo y tratar de pasar desapercibidas. ¿Qué me dices?

—Creo… —Tragué saliva cuando unas lágrimas de alivio y gratitud comenzaron a rodar por mis mejillas—. Creo que me encantaría.

—Tienes mi número. Llámame cuando sepas a qué hora estarás en la estación de tren de Southampton y me reuniré allí contigo.

—De acuerdo, Celia. Y gracias.

Desde entonces, muchas veces he pensado que si Celia no me hubiese llamado en aquel durísimo momento, bien podría haberme arrojado al mar encabritado en pos de Theo mientras el transbordador me llevaba a Southampton.

Cuando nos encontramos en la estación y reparé en la palidez de su rostro, semioculto tras unas gafas de sol enormes, corrí hacia sus brazos abiertos de la misma manera en que lo habría hecho con Ma. Estuvimos abrazadas un buen rato, dos relativas extrañas unidas por el dolor, ambas acompañadas por la única persona que sabíamos que podría entendernos.

Una vez en Waterloo, tomamos un taxi hasta la bonita casa blanca de Chelsea y, tras caer en la cuenta de que ninguna de las dos había comido nada desde la noticia, Celia preparó una tortilla. También sirvió dos generosas copas de vino y, juntas, nos sentamos en la terraza para disfrutar de un cálido y tranquilo atardecer de agosto.

—Ally, necesito contarte algo. Quizá te parezca una estupidez, pero el caso es que la última vez que estuvisteis aquí —un estremecimiento sacudió el delicado cuerpo de Celia—, lo supe. Cuando me despedí de él con un beso, sentí que era para siempre.

—Y Theo notó tu temor, Celia. Estuvo muy callado durante el viaje en tren a Southampton.

—¿Lo que sintió fue mi corazonada o la suya? ¿Recuerdas que justo antes de marcharos fue al cuarto de baño y dijo que se reuniría con nosotras en el recibidor? Pues después de cerrar la puerta, volví a la cocina y me encontré esto en la mesa del pasillo, dirigido a mí.

Me pasó un sobre grande con la palabra «Mamá» escrita con la caligrafía elegante y ensortijada de Theo.

—Lo abrí —continuó Celia—, y dentro encontré una copia de un testamento nuevo junto con una carta para mí. Y otra para ti, Ally.

Me llevé una mano a la boca.

—Dios mío.

—He leído la mía, pero la tuya está aquí dentro, todavía sin abrir, naturalmente. Es posible que aún no estés preparada para leerla, pero debo dártela, tal como Theo me pedía que hiciera en la carta dirigida a mí.

Sacó un sobre más pequeño del sobre grande y me lo tendió. Lo cogí con las manos temblorosas.

—Pero, Celia, si Theo tenía una corazonada, ¿por qué no abandonó la regata como hicieron muchos otros patrones?

—Creo que las dos conocemos la respuesta, Ally. Como navegante, tú sabes que cada vez que te subes a un barco al comienzo de una regata estás corriendo un riesgo. Como Theo nos dijo aquel día, también podría haberlo arrollado un autobús. —Celia se encogió de hombros con tristeza—. Quizá sintiera que su destino era…

—¿Morir a los treinta y cinco años? ¡Imposible! Si sentía eso, ¿cómo podría haberse enamorado de mí? ¡Me había pedido que me casara con él! Teníamos toda la vida por delante. No. —Sacudí la cabeza con vehemencia—. No puedo aceptarlo.

—Por supuesto que no, y te pido perdón por haberlo mencionado, pero, por algún extraño motivo, a mí me resulta reconfortante. La muerte es algo muy confuso. Nadie acepta realmente que sus seres queridos vayan a morir algún día. Y, sin embargo, aparte del nacimiento, es lo único que sabemos con certeza que nos ocurrirá a todos y cada uno de nosotros.

Contemplé el sobre que descansaba en mis manos.

—Tal vez tengas razón —suspiré con resignación—. Aun así, ¿por qué habría dejado un testamento nuevo y una carta para cada una de nosotras si no hubiese tenido algún tipo de premonición?

—Ya conoces a Theo: siempre organizado y eficiente, incluso en la muerte.

Sonreímos a nuestro pesar.

—Sí. Igual que mi padre. Supongo que debería leer la carta.

—Cuando consideres que es el momento oportuno. Y ahora, si me disculpas, subiré a darme un baño.

Celia se marchó, y supe que lo hacía más por dejarme un rato a solas que porque realmente le apeteciera bañarse.

Tomé un largo sorbo de vino, devolví la copa a la mesa y abrí el sobre con los dedos temblorosos. No me pasó inadvertido el hecho de que era la segunda carta póstuma que recibía en las últimas semanas.

De mí, sin una dirección en particular

(de hecho, estoy en el tren de Southampton

camino de recogerte en Heathrow)

Amor mío:

Reconozco que esta idea que se me ha metido últimamente en la cabeza es bastante absurda, pero, como ya sabes y mi madre te confirmará, soy una persona muy organizada. Ella tiene guardada una copia de mi testamento desde que empecé a competir en regatas. No es que tenga mucho que dejarle a nadie, pero creo que dejarlo todo dispuesto lo hace más fácil para los que se quedan.

Y, claro, ahora que has llegado a mi vida y te has convertido en el centro de mi universo y en la persona con la que espero pasar el resto de mis días, las cosas han cambiado. Dado que la situación no será «oficial» hasta que te ponga el anillo en el dedo para alargar la cadena que ya llevas en torno al cuello, me parece fundamental que todo el mundo sepa, por lo menos en el ámbito económico, cuáles son nuestras intenciones, por si acaso me ocurre algo.

Estoy seguro de que te llevarás una alegría enorme (¡ja!) cuando te diga que te dejo el establo de cabras de «Algún Lugar». El día que lo viste por primera vez me di cuenta de lo mucho que te gustaba (ejem), pero al menos el terreno, junto con el permiso urbanístico, valen algo. («Algo en Algún Lugar» sería un buen nombre para la casa, ¿no crees?) También quiero que te quedes con el Neptuno, mi actual hogar en el mar. Para serte sincero, esos son mis únicos bienes materiales con algún valor. Aparte de la motocicleta, pero creo que te sentirías ofendida si te la dejara, y con razón. Ah, se me olvidaba el exiguo fondo fiduciario de mi generoso padre, que por lo menos pagará el vino cutre que decidas beber en «Algún Lugar» en el futuro.

Perdona la caligrafía, pero estamos pasando por un tramo de baches. Estoy seguro de que en cuanto regresemos de la regata le birlaré esta carta a mi madre para pasarla a máquina. Pero, ante la remota posibilidad de que no vuelva porque la haya palmado, podré descansar tranquilo sabiendo que las cosas se harán según mis deseos.

Y ahora, Ally —puede que aquí me ponga un poco sensible— quiero que sepas lo mucho que te amo y que lo has sido todo para mí durante el poco tiempo que hemos estado juntos. Literalmente, has hecho temblar mi barco (espero que aprecies la analogía marinera) y estoy deseando pasar el resto de mi vida sosteniéndote la cabeza mientras vomitas, hablando de los orígenes de tu extraño apellido y descubriendo hasta el último detalle sobre ti mientras envejecemos y perdemos los dientes juntos.

Y si, por lo que sea, llegas a leer esto, levanta la vista hacia las estrellas, pues has de saber que estaré mirándote desde allí. Y probablemente tomándome una cerveza con tu Pa para que me explique todas tus malas costumbres de la infancia.

Mi querida Ally —mi Alción—, no imaginas cuánta dicha has traído a mi vida.

¡Sé FELIZ! Ese es tu don.

THEO XXX

Me quedé allí sentada, riendo y llorando al mismo tiempo, mientras caía la noche. La carta era tan típica de Theo que se me rompió el corazón una vez más.

Celia y yo nos vimos al día siguiente en el desayuno. La noche anterior me había mostrado mi habitación, pero no me había preguntado absolutamente nada sobre el contenido de la carta, y se lo agradecí. Por la mañana, me dijo que tenía que salir para registrar la defunción de Theo y realizar los trámites pertinentes para el traslado del cuerpo a Londres, y también que deberíamos decidir juntas la fecha del funeral.

—Ally, Theo decía algo más en la carta que me escribió. Preguntaba si querrías tocar la flauta en su funeral.

—¿En serio?

La miré sin dar crédito al nivel de previsión de Theo.

—Sí —suspiró—. Hacía años que había dejado instrucciones sobre su funeral. Quería una ceremonia en su recuerdo, seguida de una incineración a la que, por cierto, insistía en que no debía asistir nadie. También dispuso que sus cenizas se esparcieran por el puerto de Lymington, donde aprendió a navegar conmigo. ¿Te ves capaz?

—No… no lo sé.

—Theo me dijo que tocas muy bien. Como ya te imaginarás, la música elegida es tan poco convencional como él. Quería que tocaras «Jack’s the Lad», de Fantasia on British Sea Songs. Seguro que la has escuchado en Last Night of the Proms.

—Sí, la conozco. No hay un solo marinero que no se sepa al menos la melodía. Básicamente, es la tonada de «Sailor’s Hornpipe».

Repasé mentalmente algunas de las notas. Las había tocado hacía muchos años, pero todavía las recordaba. La petición era muy propia de Theo: aunaba su amor por la navegación con su innata alegría de vivir.

—Sí, creo que me gustaría tocarla.

Y entonces, por primera vez desde su muerte, lloré desconsoladamente.

A lo largo de los espantosos días que siguieron, mantuvimos las escotillas cerradas mientras los medios de comunicación acampaban delante de la casa. Vivimos como reclusas y solo salimos para comprar comida y un vestido negro para el funeral. Y, a medida que fuimos abordando las desagradables tareas que me hicieron respetar aún más a Pa Salt por su autoorquestado entierro, mi respeto por Celia también crecía. Aunque estaba claro que Theo lo había sido todo para ella, en ningún momento se mostró egoísta con su dolor.

—Imagino que nunca te lo mencionó, Ally, pero a Theo le encantaba la iglesia de la Santísima Trinidad de Sloane Street. No está lejos de aquí. Su colegio estaba cerca, y era la iglesia del barrio. Cuando tenía más o menos ocho años, cantó el solo de Away in a Manger en un oficio de villancicos —me explicó con una sonrisa tierna—. ¿Qué te parecería que celebráramos allí el funeral?

Me conmovía profundamente que contara con mi opinión en sus decisiones, aun cuando mis comentarios fueran irrelevantes. Ella había pasado toda una vida conociendo a Theo —su único hijo—, y sin embargo era lo bastante generosa y empática para ver y comprender lo que yo sentía por él. Y lo que él había sentido por mí.

—Lo que a ti te parezca mejor, Celia.

—¿Hay alguien a quien quieras invitar al funeral?

—Aparte de las personas a las que tú ya has invitado, como la tripulación y la hermanad de navegantes, nadie nos conocía como pareja —respondí con sinceridad—, así que no creo que lo entendieran.

Pero ella sí lo entendía. Y muchas veces, cuando nos encontrábamos en la cocina a las tres de la madrugada, el momento en que el dolor alcanzaba su punto álgido, nos sentábamos a la mesa y hablábamos de Theo sin parar, con la esperanza de encontrar en ello el consuelo que ambas necesitábamos. Pequeños recuerdos de la vasta reserva de treinta y cinco años de duración que Celia poseía, mientras que los míos abarcaban solo unas cuantas semanas. A través de ella llegué a conocer mejor a Theo, y no me cansaba de ver fotos de su niñez o de leer las cartas con faltas de ortografía que había escrito desde el internado.

A pesar de que era perfectamente consciente de que aquella no era la realidad, me reconfortaba que Celia y yo lo mantuviéramos vivo a través de la palabra. Y eso era lo más importante de todo.

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