La hermana tormenta
Ally. Junio de 2007 » 12
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Lista? —me preguntó Celia cuando nuestro coche se detuvo ante la iglesia de la Santísima Trinidad.
Asentí y, con un rápido apretón de manos de solidaridad mutua, dejamos atrás los flashes de las cámaras y entramos. La iglesia era grande y umbrosa, y al verla llena hasta arriba, únicamente con huecos libres para quedarse de pie en la parte de atrás, casi se me escaparon las lágrimas que había jurado que no derramaría.
Theo ya aguardaba en el altar cuando recorrí el pasillo junto a Celia en dirección a su féretro. Tragué saliva con dificultad a causa de aquella espantosa parodia de la boda que habríamos celebrado si él aún estuviera vivo.
Nos sentamos en el primer banco y el oficio comenzó. Theo había elegido un variado repertorio musical para sus exequias. Después de las palabras del pastor, llegó mi turno y me sumé a la pequeña orquesta que Celia había conseguido reunir. Situada en la parte delantera de la iglesia, la formaban varios violines, un chelo, dos clarinetes y un oboe. Envié una plegaria silenciosa al cielo, me llevé la embocadura a los labios y empecé a tocar. Y cuando el resto de la orquesta se unió a mí y el tempo se aceleró, vi que los asistentes empezaban a sonreír y a levantarse uno a uno hasta que todos estuvieron en pie, realizando el tradicional movimiento de rodilla del baile del «Sailor’s Hornpipe», con los brazos cruzados y estirados delante del pecho. Nuestra pequeña orquesta aceleró el compás, tocando como si la vida le fuera en ello, mientras la gente subía y bajaba cada vez más rápido, al ritmo de la música.
Cuando llegamos al final, estalló una ovación colectiva y los asistentes prorrumpieron en aplausos. Hubo un bis, como sucedía siempre que se interpretaba aquella pieza. Regresé al banco con mi flauta y me senté al lado de Celia, que me estrechó la mano con fuerza.
—Gracias, querida Ally, muchas gracias.
Justo después, Rob caminó hasta el frente de la iglesia, subió los escalones y, tras colocarse ante el féretro de Theo, ajustó el micrófono.
—Celia, la madre de Theo, me ha pedido que diga unas palabras. Como todos sabéis, Theo perdió la vida salvando la mía. Nunca podré agradecerle lo que hizo por mí aquella noche, pero sé que su sacrificio les ha provocado un gran sufrimiento a Celia y Ally, la mujer a la que amaba. Theo, todas las personas que hemos navegado contigo te enviamos nuestro amor, respeto y gratitud. Eras el mejor. Y Ally —me miró directamente a los ojos—, esto es lo que pidió que cantaran para ti.
Una vez más, noté la mano de Celia sobre la mía cuando el coro se levantó y ofreció una hermosa interpretación del «Somewhere», de West Side Story. Traté de sonreír por el guiño privado de Theo, pero las sobrecogedoras palabras me conmovieron profundamente. Cuando terminó la canción, ocho miembros de la tripulación de la Fastnet Race, entre ellos Rob, alzaron suavemente el féretro para cargarlo sobre sus anchas espaldas y comenzaron a andar por el pasillo. Celia me cogió del brazo y juntas encabezamos la procesión de dolientes que se congregó detrás del féretro.
Mientras salíamos, vi algunos rostros conocidos entre los asistentes al funeral. Star y CeCe estaban entre la multitud y me sonrieron con cariño y empatía cuando pasé junto a ellas. Una vez fuera, Celia y yo nos detuvimos para observar cómo introducían el féretro de Theo en el coche fúnebre que trasladaría su cuerpo durante su solitario viaje hasta el crematorio. Y mientras se alejaba por Sloane Street, ambas le dijimos adiós en silencio por última vez. Luego me volví hacia Celia y le pregunté cómo se habían enterado mis hermanas.
—Theo me pedía en su carta que, si le sucedía algo, llamara a Marina para que ella y tus hermanas estuvieran al corriente. Pensaba que podrías necesitarlas.
La gente fue saliendo poco a poco de la iglesia y se congregó en la acera, saludándose unos a otros en voz baja. Algunas personas se me acercaron, en su mayoría amigos navegantes, para darme el pésame y expresar su admiración por mi hasta entonces desconocido talento musical. Miré a mi alrededor y vi a un hombre alto con traje oscuro y gafas de sol, algo apartado de la multitud. Parecía tan desolado que me excusé ante la gente y me acerqué a él.
—Hola —lo saludé—. Soy Ally, la novia de Theo. Me han pedido que le diga a todo el mundo que están invitados a casa de Celia para tomar un refrigerio. Está a solo cinco minutos de aquí a pie.
Se volvió hacia mí, pero sus gafas de sol me impidieron verle los ojos.
—Sí, ya sé dónde está. Antes vivía allí.
Entonces comprendí que aquel hombre era el padre de Theo.
—Me alegro mucho de conocerle.
—Estoy seguro de que entenderá que, pese a lo mucho que me gustaría volver a esa casa, por desgracia no sería bien recibido.
No supe que contestar, así que me limité a bajar la mirada, avergonzada. Era evidente que estaba destrozado e, independientemente de lo que hubiera sucedido entre su esposa y él en el pasado, aquel hombre también había perdido a un hijo.
—Es una pena —acerté a decir.
—Usted debe de ser la chica con la que Theo me dijo que iba a casarse. Me envió un correo hace unas cuantas semanas —continuó con su suave dejo estadounidense, muy diferente del acento británico de Theo—. Voy a marcharme, pero, Ally, le ruego que acepte mi tarjeta. Estaré unos días en la ciudad y me encantaría hablar con usted de mi hijo. A pesar de lo que seguro le habrán contado de mí, lo quería mucho. Supongo que es lo bastante inteligente para saber que todas las historias tienen dos caras.
—Sí —contesté recordando que Pa Salt me había dicho exactamente lo mismo en una ocasión.
—Será mejor que vuelva con sus amigos, pero ha sido un placer conocerla, Ally. Adiós, de momento —dijo antes de darme la espalda y alejarse despacio por la acera, rezumando desesperación por todos los poros.
Cuando me volví hacia la gente, vi a CeCe y a Star esperando respetuosamente a que terminara mi conversación. Me acerqué a ellas y las dos me rodearon con los brazos.
—Dios mío, Ally, todas te hemos dejado un montón de mensajes en el móvil desde que nos enteramos —dijo CeCe—. Lo sentimos muchísimo, ¿verdad, Star?
—Sí. —Mi otra hermana asintió y vi que también ella estaba al borde de las lágrimas—. Ha sido un funeral precioso, Ally.
—Gracias.
—Me ha encantado oírte tocar la flauta —añadió CeCe—. No has perdido tu magia.
Vi que Celia agitaba una mano para llamar mi atención y señalaba el coche negro que aguardaba junto al bordillo.
—Escuchad, debo irme con la madre de Theo, pero os espero en la casa.
—Me temo que no podemos ir —se disculpó CeCe—. Pero nuestro apartamento está justo al otro lado del río, en Battersea. Cuando estés mejor, danos un toque y ven a vernos, ¿de acuerdo?
—Nos encantaría verte, Ally —dijo Star dándome otro abrazo—. Todas las demás te envían su cariño. Cuídate mucho.
—Lo intentaré. Y gracias de nuevo por venir. No imagináis lo importante que ha sido para mí.
Mientras subía al coche, las vi alejarse calle abajo y me sentí profundamente conmovida por su presencia.
—Tus hermanas son encantadoras. Es una maravilla tener hermanos —comentó Celia cuando el coche se puso en marcha—. Yo soy hija única, como Theo.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—No, pero ha sido un funeral muy bello y emotivo. Y no imaginas lo mucho que ha significado para mí oírte tocar. —Guardó silencio durante unos segundos y suspiró hondo—. Te he visto hablar con Peter, el padre de Theo.
—Sí.
—Debía de estar escondido en la parte de atrás, porque no lo he visto al entrar. De lo contrario, lo habría invitado a sentarse con nosotras.
—¿En serio?
—¡Pues claro! Puede que ya no seamos amigos, pero estoy segura de que está tan destrozado como yo. Supongo que ha dicho que no vendrá a casa.
—Sí, pero también me ha dicho que pasará unos días en la ciudad y que le gustaría verme.
—Señor, qué triste que no hayamos podido estar juntos ni siquiera en el funeral de nuestro hijo. En fin, te agradezco mucho tu apoyo, Ally —dijo Celia cuando el coche se detuvo delante de la casa—. No habría sido capaz de pasar por todo esto sin ti. Y ahora, entremos para recibir a nuestros invitados y celebrar la vida de nuestro muchacho.
Dos días después, me desperté en la acogedora y algo anticuada habitación de invitados de la casa de Celia. Ante las ventanas pendían cortinas floreadas de Colefax and Fowler, a juego con la colcha de la enorme cama de madera en la que yo estaba tumbada y con el gastado papel de rayas de las paredes. Eché una ojeada al despertador y vi que eran casi las diez y media. Desde el funeral, por fin había empezado a dormir otra vez, pero casi con una profundidad anormal. Por las mañanas me despertaba como si tuviera resaca o me hubiese tomado uno de los somníferos que Celia me había ofrecido y yo había rechazado. Aunque había dormido a pierna suelta durante más de diez horas, permanecí inmóvil en la penumbra, sintiéndome tan cansada como cuando me acosté, y medité sobre el hecho de que no podía seguir escondiéndome allí con Celia consolándome con nuestras interminables charlas sobre Theo. Ella tenía previsto marcharse a Italia al día siguiente y, a pesar de que me había invitado a acompañarla, yo sabía que debía seguir adelante con mi vida.
La pregunta era: ¿adónde iría desde allí?
Ya había decidido que llamaría al entrenador del equipo de vela suizo para comunicarle mi decisión de no presentarme con la tripulación a las pruebas olímpicas. Celia había insistido en que no debía permitir que lo sucedido echara a perder mi futuro y disminuyera mi pasión por el mar, pero cada vez que pensaba en volver a navegar me entraba un escalofrío. Tal vez algún día se me pasara, pero no antes de que comenzase el duro entrenamiento para el acontecimiento deportivo más importante del planeta. Habría demasiados conocidos de Theo en el campo de entrenamiento, y aunque hablar de él con su madre me había proporcionado un maravilloso desahogo, me sentía increíblemente vulnerable cuando otras personas lo mencionaban.
Pero ahora que Theo ya no estaba conmigo y había dejado de navegar, el futuro se me antojaba vacío, un abismo interminable que no tenía ni idea de cómo llenar.
Quizá fuera la nueva Maia de la familia, cavilé, destinada a regresar a Atlantis y soportar mi dolor en soledad, como había hecho ella. Sabía que mi hermana mayor había desplegado sus alas y emprendido el vuelo hacia su nueva vida en Río, y eso quería decir que podía volver a casa y ocupar su nido en el Pabellón.
Las últimas semanas me habían hecho comprender que hasta aquel momento había tenido una vida de ensueño y que, si era sincera conmigo misma, tendría que reconocer que siempre había mirado por encima del hombro a las personas más débiles que yo. No entendía por qué no podían volver a ponerse en pie, sacudirse de encima el trauma que llevaran a cuestas y seguir adelante. Ahora estaba empezando a comprender, de una manera brutal, que hasta que no se ha sufrido en carne propia una pérdida, con el consiguiente dolor, es imposible empatizar realmente con otras personas en igual situación.
En un esfuerzo por conservar el optimismo, me dije que por lo menos lo que me había sucedido quizá me convirtiera en mejor persona. Y, motivada por esa idea, finalmente saqué el móvil. Me avergonzaba reconocer que no lo había encendido desde la muerte de Theo hacía ya más de dos semanas. Lo puse a cargar al ver que no tenía batería y, mientras me duchaba, escuché los insistentes pitidos de los mensajes de texto y voz que llegaron cuando el móvil volvió a la vida.
Me sequé, me vestí y me preparé mentalmente antes de cogerlo y leer los interminables mensajes de texto de Ma y mis hermanas, y de muchas otras personas que se habían enterado de lo ocurrido. «Ally, ojalá pudiera estar ahí contigo, ni me imagino por lo que debes de estar pasando, pero te envío todo mi cariño», había escrito Maia. «Ally, te he llamado varias veces, pero no contestas. Ma me lo ha contado y lo siento muchísimo por ti. Aquí me tienes, Ally, día y noche, para lo que necesites. Besos. Tiggy.»
Pasé entonces a los mensajes de voz. Sin duda, la mayoría de ellos, como en el caso de los de texto, serían de gente que me daba el pésame. Pero marqué el número para recuperarlos y el corazón me dio un vuelco al escuchar el mensaje más antiguo, dejado hacía más de dos semanas. Había interferencias y la voz sonaba lejana, pero supe que era Theo: «Hola, amor mío. Te llamo con el teléfono vía satélite ahora que tengo un momento. Estamos detenidos en algún punto del mar Celta. Hace un tiempo endiablado y hasta mi célebre equilibrio me ha abandonado. Sé que estás enfadada conmigo por haberte echado del barco, pero antes de intentar dormir un par de horas quiero que sepas que no tiene nada que ver con tus aptitudes como navegante. Y, si te soy sincero, ahora me encantaría que estuvieras aquí, porque vales lo que diez de los hombres de a bordo. Sabes que solo se debe al hecho de que te quiero, mi adorada Ally. ¡Y espero que sigas dirigiéndome la palabra cuando vuelva! Buenas noches, cariño. Te quiero. Adiós».
Abandoné la idea de escuchar los demás mensajes y me limité a reproducir el de Theo una y otra vez, empapándome de cada palabra. Sabía, por el momento en que lo había enviado, que debía de haber llamado solo una hora antes de subir a cubierta y ver cómo una ola arrojaba a Rob al mar. Y de lanzarse a rescatarlo a costa de su propia vida. No tenía ni idea de cómo se conservaba un mensaje para siempre, pero decidí que tenía que averiguarlo.
—Yo también te quiero —susurré.
Y el último resquicio de la rabia que había albergado contra Theo en mi interior por haberme ordenado bajar del barco aquel día se desvaneció.
Durante el desayuno, Celia me dijo que tenía previsto salir para hacer unas compras de última hora para Italia.
—¿Has decidido adónde vas a ir ahora, Ally? Ya sabes que puedes quedarte aquí mientras estoy fuera. O acompañarme. Estoy segura de que podrías conseguir un vuelo de última hora a Pisa.
—Gracias, eres muy amable, pero creo que me iré a casa —contesté, pues temía estar convirtiéndome en una carga para Celia.
—Lo que decidas me parecerá bien, solo házmelo saber.
Cuando se hubo marchado, subí a mi cuarto y decidí que me sentía lo bastante fuerte para telefonear a CeCe y Star. Marqué primero el número de CeCe, pues siempre era ella quien organizaba los planes de ambas, pero me salió el buzón de voz y llamé a Star.
—¿Ally?
—Hola, Star. ¿Cómo estás?
—Bien. Pero lo importante es saber cómo estás tú.
—Bien. Estaba pensando en pasarme mañana por vuestra casa.
—Estaré yo sola. CeCe se irá a hacer unas fotos de la central eléctrica de Battersea. Quiere utilizarlas como inspiración para uno de sus proyectos de arte antes de que la conviertan en un nuevo complejo residencial.
—Entonces ¿puedo ir a verte a ti?
—Claro, me encantaría.
—Genial. ¿A qué hora te va bien?
—Estaré aquí todo el día. ¿Por qué no vienes a comer?
—De acuerdo. Llegaré sobre la una. Hasta mañana, Star.
Después de colgar, me senté en la cama y caí en la cuenta de que al día siguiente sería la primera vez que pasaría más de cinco minutos con mi hermana pequeña sin que CeCe estuviera presente.
Pensando que debería leer mis correos electrónicos, saqué el portátil de la mochila y lo dejé sobre el tocador. Lo encendí y vi que había más mensajes de pésame y mensajes basura de rigor, entre ellos uno de una tal «Tamara» que me ofrecía consuelo ahora que las noches empezaban a acortarse. Entonces vi otro nombre que no reconocí de inmediato: Magdalena Jensen. Al cabo de unos instantes, recordé que era la profesional que me estaba traduciendo el libro que había sacado de la biblioteca de Pa Salt y di gracias al cielo por no haber pulsado «eliminar».
De: Magdalenajensen1@trans.no
Para: Allygeneva@gmail.com
Asunto: Grieg, Solveig og Jeg / Grieg, Solveig y yo
20 de agosto de 2007
Querida señora D’Aplièse:
Estoy disfrutando sobremanera de la traducción de Grieg, Solveig og Jeg. Es una lectura fascinante, y nunca me había topado con una historia así en Noruega. Pensé que quizá le interesaría empezar a leer el manuscrito, de modo que le adjunto las páginas que he hecho hasta ahora, las 200 primeras. Espero poder enviarle el resto dentro de diez días.
Reciba un cordial saludo,
MAGDALENA
Abrí el archivo que contenía la traducción y leí la primera página. Luego, la segunda y, para cuando me embarqué en la tercera, ya había cogido el portátil y lo había enchufado junto a la cama para poder ponerme cómoda mientras seguía leyendo…